28 de enero de 2015

En la costa asturiana, durante la I Guerra Mundial se vigilaba la presencia de submarinos alemanes

El Cantábrico, mar de espías

Puerto local de Gijón, primer tercio del siglo XX. www.asturias.es
La neutralidad de España en la Gran Guerra se rompió con una red que vigilaba la presencia de submarinos alemanes en las costas de la región con ayuda del partido de Melquíades Álvarez.
El UB-65. El U-65 era un submarino alemán de la Primera Guerra Mundial


La costa asturiana contó con una amplia red franco-británica de espionaje que vigilaba los movimientos alemanes para abastecerse de combustible y aprovisionarse de alimentos. Y es que, aunque España fue oficialmente neutral en la I Guerra Mundial, la costa asturiana, como en el resto del litoral cantábrico, se vio involucrada casi por casualidad en la contienda que arrasó el corazón de Europa. En octubre de 1915 la presencia de un submarino alemán abasteciéndose en el puerto de Gijón fue contestada con una demostración de cruceros franceses. El hecho desembocó en que España fijase en tres millas el límite de las aguas territoriales a efectos de neutralidad. En esa maraña de espías y contraespías tuvo un papel preponderante el Partido Reformista fundado por Melquíades Álvarez, defensor de la causa aliadófila y presto a colaborar con ingleses y franceses a fin de detener la expansión alemana. Así lo cuenta a LA NUEVA ESPAÑA el historiador Eduardo González Calleja, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, en su libro "Nidos de espías" (Alianza), escrito con Paul Aubert.


La guerra naval durante durante la Primera Guerra Mundial siempre ha suscitado numerosos comentarios sobre su caracter transicional.
El 10 de junio de 1917 fue hundido por el UC-248 a cinco millas al sudeste del Cabo Peñas el vapor noruego "Solhaug", mientras el contratorpedero "Villaamil" permanecía anclado en El Musel sin hacer nada. Fue uno de los momentos más tensos que se vivieron en la región durante el conflicto. González Calleja no es ajeno a las historias y leyendas que circulan en las localidades portuarias sobre submarinos alemanes que fondeaban en bahías como la de la Concha de Artedo (Cudillero) para aprovisionarse e incluso practicar el contrabando. A tenor de lo que el historiador cuenta en su libro, queda claro que esas historias, que han ido transmitiéndose a través de las generaciones, están respaldadas por la existencia de una amplia red de vigilancia, establecida por el eje anglo-francés, de San Sebastián a Vigo. En Asturias esa red tuvo relevancia en puertos como los de Ribadesella, Gijón, San Esteban de Pravia, Avilés y Luarca, como enclaves principales.
El libro relata que, por su proximidad a los puertos franceses, la costa asturiana, como el resto de la cantábrica, "fue objeto de un minucioso escrutinio". Cuenta el profesor que el Estado Mayor General (EMG) envió en agosto de 1915 al comisario Chatain para, supuestamente, "esclarecer puntos técnicos referentes a los submarinos alemanes a cargo de una compañía petrolera privada". En realidad, su tarea era "comprobar los rumores sobre avituallamiento de submarinos, supervisar la estructura de vigilancia ya establecida por los representantes consulares de San Sebastián a Vigo y constituir una red de agentes y subagentes", que constataron "movimientos y concentraciones anormales de combustible y compras sospechosas de barcos que los agentes de la Inteligencia británica estaban comenzando a investigar", como indica González Calleja.
En Gijón sólo prestaban servicio subagentes españoles que patrullaban con un pequeño vapor de recreo. Sus trabajos se extendían hasta San Esteban. La falta de profesionalidad acrecentaba la operatividad de un servicio que controlaban los cónsules. Al de Gijón González Calleja lo describe como "un anciano incapaz". A finales de 1915 británicos y franceses abordaron la organización de la costa cantábrica. Ribadesella se asignó a Saint-Palais; a Santiago Inerarity, sobrino del abogado de la Embajada inglesa, Gumersindo de Azcárate, se le destacó en Gijón; a Nolibois, en San Esteban, y a Félix Cantabrana, en Luarca.
La desactivación del Cable Alemán fue otro de los episodios que hicieron que la costa cantábrica tuviese un papel protagonista en la Guerra. Tanto los alemanes, de un lado, como los franceses e ingleses, del otro, estaban representados por sus respectivos consulados en las principales plazas portuarias, entre ellas la de Gijón.
El 5 de agosto de 1914, el Imperio británico entró en la contienda tras el corte del cable telegráfico submarino que unía Vigo y Emden a la altura del canal de la Mancha. "En medio de una guerra en la que las comunicaciones telegráficas tuvieron tanta importancia, que de repente un bando se quedase incapacitado para mantener sus comunicaciones transoceánicas habituales era crucial", asegura el autor.
Bahía de la concha de Artedo
Además, independientemente de las historias de espionaje, las pequeñas bahías, como la de la Concha de Artedo, "eran un refugio ideal tanto para el abastecimiento de los submarinos como para el contrabando, y eso lo supieron aprovechar muy bien, especialmente los alemanes", afirma Calleja.
La actividad fue intensa también en la vecina Galicia. Entre 1914 y 1919, en torno a una veintena de grandes buques comerciales permanecieron internados en los puertos gallegos. A Vigo llegó la joya de la flota mercante del Imperio alemán, el "Goeben", de 9.000 toneladas. El buque funcionó como centro de información y espionaje, y su tripulación, como agentes secretos. Marineros de este barco ayudaron, más de una vez, a los trabajadores del inutilizado Cable Alemán a instalar postes de telegrafía y hasta una nueva estación en el Monte do Castro, expresamente destinada a dar cobertura a su flota en alta mar.
A González Calleja le llama poderosamente la atención la vinculación de los reformistas con las tareas de vigilancia. "Es un fenómeno que no he detectado en ninguna otra zona de España", asegura. Si acaso, algo similar ocurrió en Vizcaya, desde algunos sectores del Partido Nacionalista Vasco (PNV), que también colaboraron con Inglaterra y Francia.
Al historiador no le choca menos la "permisividad" del Gobierno español ante unos movimientos de espionaje o vigilancia que, en definitiva, tendría que realizar la Policía. "Pero lo cierto es que en aquella época no había nada parecido a unos servicios secretos, así que entiendo que al Gobierno también le beneficiaba que alguien asumiese ese trabajo", relata el profesor.
Otro de los fenómenos que no pasa desapercibido para el historiador es el arraigo de los aliados entre la población asturiana, poco proclive a los alemanes durante la contienda. "Esa falta de sintonía con Alemania es propia de todo el norte de España y se explica por la distancia y la falta de relaciones", añade.
Militares de la Primera guerra mundial
Con Gran Bretaña y Francia era diferente. El carbón asturiano se exportaba a Inglaterra y muchas empresas tenían a personal desplazado en la región. "Esas relaciones económicas fueron muy importantes y marcaron también las preferencias políticas", a juicio del historiador.
Y en la base de la red, el Partido Reformista, de ideales republicanos, laicistas y anticaciquiles, fundado en 1912 por Melquíades Álvarez, defendía la necesidad de acometer una profunda reforma de la Constitución de 1876 para conseguir un régimen político democrático para España. En sus filas militaron intelectuales como Manuel Azaña, José Ortega y Gasset, Manuel García Morente, Fernando de los Ríos, Américo Castro, Teófilo Hernando y Alfredo Martínez. Federico de Onís, Augusto Barcia, Adolfo González Posada, Pedro de Répide, Ricardo de Orueta, Gustavo Pittaluga Fattorini, el propio Gumersindo de Azcárate, Víctor Ruiz Albéniz, Benito Pérez Galdós, Enrique de Mesa, Enrique Díez Canedo, Filiberto Villalobos, Rafael María de Labra, Miguel Moya, Luis Zulueta y Escolano, Luis Simarro Lacabra y Toribio Fernández Morales fueron otros de los ilustres seguidores de las ideas de Melquíades Álvarez. La mayor base electoral del Partido Reformista se situaba en Asturias, donde llegó a tener numerosos representantes en las instituciones locales y provinciales.
Tras el fracaso de la Asamblea de Parlamentarios reunida en Barcelona en julio de 1917, el partido pone a punto su programa en la asamblea realizada los días 29 y 30 de noviembre y 1 de diciembre de 1918, esperando ser llamados por el rey Alfonso XIII para formar un Gobierno que convoque Cortes Constituyentes que acometan la reforma de la Constitución de 1876.
El rey Alfonso XIII.
Entre los puntos no negociables de la reforma estaban, según el Partido Reformista, el reconocimiento de la soberanía nacional (poniendo fin a la "soberanía compartida" del rey y las Cortes) con la consiguiente supresión de ciertos poderes de la Corona, la modificación del Senado (para acabar con la designación directa por el rey de parte de sus miembros), el reconocimiento de derechos y libertades y la reforma de la estructura del Estado que permita la autonomía de los municipios y las regiones.
El rey no los llamó a gobernar y vuelve al sistema del turno nombrando al conde de Romanones presidente del Consejo de Ministros. A finales de 1922 un miembro del Partido Reformista, José Manuel Pedregal, entra a formar parte del Gobierno encabezado por el liberal Manuel García Prieto y presidió el Congreso de los Diputados tras las elecciones generales de España de 1923, celebradas en abril. La Primera Guerra Mundial ya había quedado atrás, aunque dejó para siempre en Asturias numerosas historias de espías y submarinos hundidos que nunca aparecieron.

El contratorpedero Villaamil
FUENTE: 



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