29 de noviembre de 2013

El Escorial asturiano. El monasterio de San Juan de Corias

El sueño que dio origen a Corias.
 
En la parte superior de la imagen, el terreno donde se encuentran los restos de la iglesia primitiva de Corias.
 Dos tablas del retablo del monasterio, tallado en el siglo XVII, recrean la leyenda de la intervención divina en su fundación por los condes Piñolo Jiménez y Aldonza Muñiz.

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La iglesia y las antiguas dependencias del monasterio San Juan de Corias, próximo a Cangas del Narcea, constituyen uno de los más monumentales y valiosos ejemplos del arte religioso monástico asturiano, al punto que se le llegó a denominar el "Escorial asturiano". Su reapertura, transformado ahora en parador nacional, invita a rememorar la leyenda de su fundación .
En la base del retablo mayor de la iglesia, labrado en el último cuarto del siglo XVII, hay dos tablas talladas en las que se recoge la leyenda fundacional del monasterio por los condes Piñolo y Aldonza, y que ya aparece contada en el denominado "Libro registro de Corias", redactado a partir de 1207 por un monje del mismo monasterio llamado Gonzalo Juánez. Según ella, los condes Piñolo Jiménez (Piniolus Ximenez) y Aldonza Muñiz (Ildoncia Munionis) eran poseedores de una inmensa fortuna que no sabían a qué destinar pues no tenían descendencia. Al parecer, según cuenta el P. Risco en uno de los tomos dedicado a Asturias de la "España Sagrada", habían tenido cuatro hijos que murieron "de tierna edad". El conde Piñolo, según se cuenta en el "Libro Registro", fue tocado en su corazón por el Espíritu Santo para que fundara un monasterio, para tener así hijos espirituales, ya que no podía tenerlos de su propia carne. Comunicó el proyecto a su esposa, Aldonza, que participó del mismo con gran entusiasmo, decidiendo ambos mantenerlo en secreto, mientras ponían los medios para proceder a la fundación.
El tiempo fue pasando y el proyecto no se llevaba a cabo. Por ello, Dios intervino nuevamente valiéndose de Suero, un fiel servidor de los condes y su mayordomo, en quien sus señores tenían gran confianza. Una noche, en sueños, el mayordomo oyó una voz misteriosa que le decía: "Levántate. Ve a decir a tu señor que no retrase por más tiempo la realización de lo que tiene pensado, pues lo pensó por mi inspiración y es por consiguiente consejo divino. Que venga, pues, contigo al lugar denominado Corias y allí edifique un santuario en honor de aquel que me preparó el camino en el desierto (San Juan Bautista) y del cual no ha nacido mayor entre los hombres".
Temeroso el escudero de no ser creído por su señor, no se atrevió a contarle su sueño. Por segunda vez, Suero tuvo la misma revelación nocturna, pero nuevamente volvió a callar, receloso de que el conde Piñolo lo tomase por un embustero y perder así su confianza. La visión se repitió por tercera vez y, en esta última, Suero vio descender del cielo una iglesia sostenida por resplandecientes cadenas, que se posaba sobre el lugar desvelado en la primera aparición. La misma voz volvió a hablar al siervo de los condes en los siguientes términos: "Mira y escucha: Ve a decir a tu señor que este lugar y esta iglesia que has visto descender del cielo han de ser dedicados en la tierra a Juan el Bautista. Y tú, que no quisiste obedecer por dos veces mi mandato por temor a no ser creído, llevarás en tu rostro esta señal para que la vea el conde tu señor". Al tiempo que se decía esto, el siervo recibió una fuerte bofetada en la mejilla izquierda, a consecuencia de la cual quedaron impresas las huellas de los dedos en su cara.
Con tales señales en su rostro, el mayordomo no dudó ya en comunicar al conde Piñolo el mandato divino. Sin embargo, el conde no creyó las palabras de su siervo y sospechó que su mujer había contado al mayordomo el proyecto guardado en secreto, por lo que la increpó por su indiscreción.
-"¿Acaso te atreviste a divulgar mi secreto, que sólo a ti había confiado?", le dijo el conde a su esposa, según se cuenta en el "Libro Registro" y traduce Alfonso García Leal en su edición del manuscrito.
-"Ten por seguro, venerable esposo", contestó Aldonza, "que yo, tu queridísima esposa, no me atreví a hacer pública tu voluntad, agradable a Dios. Pero lo que has discurrido fielmente y me has hecho saber en confianza, realmente te lo ha inspirado Dios para que lo lleves a cabo".
El conde Piñolo se dispuso entonces a dar cumplimiento al mandato divino y encargó a su siervo Suero que reuniese los operarios necesarios para emprender la obra. Lo primero en construirse fue un pequeño oratorio dedicado a San Juan Bautista y en él fue consagrado el primer abad de la comunidad coriense, Arias Cromaz, un clérigo que vivía en el mismo palacio de los condes Piñolo y Aldonza y que, quizás, tuvo influencia en la decisión de sus señores de fundar el monasterio. Este Arias Cromaz fue más tarde, en 1073, elegido obispo de Oviedo y regaló al tesoro de la catedral una cajita de plata sobredorada que aún se conserva.
Uno de los hechos más curiosos de toda esta historia es que el terreno escogido para la construcción del monasterio de Corias no pertenecía a los condes fundadores. La elección del lugar, según la leyenda, fue revelada al escudero Suero por inspiración divina y, según consta en el "Libro Registro", era una heredad medio abandonada, áspera e inculta y llena de maleza, situada junto al Narcea, a su orilla derecha, en la que existía ya un pequeño oratorio consagrado a San Adrián. Tanto Piñolo como Aldonza, pero especialmente el conde, poseían un extenso patrimonio disperso por toda Asturias, con notable presencia en la zona occidental y en la misma cuenca del Narcea. Sin embargo, la heredad de Corias pertenecía al conde Rodrigo Díaz que, según el P. Risco, era hermano de doña Jimena, la mujer de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid. Así pues, para poder llevar adelante su obra, el conde Piñolo hubo de ofrecer a Rodrigo Díaz, a cambio de Corias, una heredad que había sido de sus padres y, además, un perro sabueso y un azor.
Todo esto ocurría por el año 1043, que fue cuando se constituyó la primera comunidad de Corias, que fue puesta bajo la disciplina de la regla benedictina, que entonces hace su aparición en Asturias. Al año siguiente, 1044, los condes Piñolo y Aldonza hicieron la dotación fundacional del monasterio coriense, que incluía un total de ocho monasterios, entre ellos los de San Miguel de Bárcena (en Tineo) y Santa María de Miudes (en El Franco), seis iglesias y un conjunto de más de treinta villas, localizadas en su mayor parte en el valle del Narcea, así como un importante grupo de población servil.
Previamente a la fundación del monasterio, el 28 de marzo de 1032, los condes Piñolo y Aldonza habían obtenido del rey Vermudo III permiso para construirlo, permutando con el monarca varias posesiones, entre ellas siete castillos y varias villas, además de otras heredades, a cambio de la concesión de "coto" a perpetuidad de la llamada "mandación de Perpera" y de todo el territorio monástico. La denominada "mandación de Perpera", que actualmente es el valle conocido como Monasterio del Coto, recorrido por el río del Coto, había sido donada a los condes por Vermudo III el 11 de mayo de 1031, recibiendo de éstos un caballo bayo valorado en doscientos sueldos, precio muy elevado.
La advocación elegida para el monasterio, San Juan Bautista, ampliamente relacionada con un culto pagano y precristiano de las aguas, y la existencia previa de un oratorio dedicado a San Adrián, apuntan hacia un posible carácter sagrado del lugar de Corias. La inclusión del perro sabueso y el azor, animales ambos empleados para la caza, actividad muy prestigiosa en época medieval y propia de nobles, contribuyeron a realzar el valor de la permuta.


Dos tablas en la parte baja del retablo del monasterio recogen la leyenda: se ve una iglesia que baja del cielo.


Dos tablas en la parte baja del retablo del monasterio recogen la leyenda: los primeros trabajos de construcción de Corias.
 
FUENTE: 

El Escorial asturiano. El monasterio de San Juan de Corias, 1925.
                                      Monasterio de Corias www.facebook.com
El pueblecillo de Corias, en donde radica el aludido convento encuéntrase en la carretera de Ponferrada a La Espina, en la provincia de Oviedo, de cuya capital dista 98 kilómetros, y en el partido judicial y Ayuntamiento de Cangas de Tineo, de cuya capitalidad le separan sólo dos kilómetros, que constituyen delicioso paseo.
Consta de tres barriadas: la principal, o del Convento, como se la llama, situada sobre la carretera comunicándose con ella por el puente romano que figura en una de las fotografías; puente que, a pesar de ser uno  o los innúmeros que en la región abundan, caracterízase por el elegante y sobrio trazado arquitectónico de su arco único, que, sin llegar al atrevimiento del típico de Onís o a la estructura original del de Ambas o Entrambasaguas, en Cangas de Tineo, cuya proyección vertical y desarrollo es en curva, tiene mérito sobrado.Otras dos barriadas son la del Palomar, situada detrás del convento, y colgada en una ladera, por lo que es bien apropiada su denominación, y la de Regla de Corias, al otro lado del Narcea —río importante en la comarca, muy abundante en truchas, anguilas y salmones—, y en la que radica la parroquia. El partido judicial de Cangas de Tineo, situado en la parte más occidental de Asturias, lindando con León—del que le separa el elevado puerto de Leitariegos o Lazariegos, con su laguna y el pico o cueto de Arbas, desde el que se divisan inmensos territorios — y con Lugo, es harto montañoso y accidentado. Cubre en invierno sus cimas la nieve y llueve abundantemente; pero de abril a noviembre disfruta de clima delicioso, que haría del mismo punto incomparable de veraneo y excursiones turísticas si tuviera mejores vías de comunicación, ya que hoy no cuenta con ferrocarril alguno, suspirando toda la comarca por la pronta realización del proyectado Pravia-Cangas-Villablino, que facilitaría no sólo la vida de relación, sino la económica de la región.
En efecto, numerosos viñedos producen ricos caldos, que en nada desmerecen de los más acreditados de Burdeos, por su delicado "bouquet". Bosques enormes, maderables fácilmente, de calidad excelente, como los de Muniellos. Canteras de mármol, minas de carbón, en suma, productos los más variados, sin contar la gran riqueza ganadera, no pueden explotarse ni encontrar salida fácil ni remuneratoria por falta de vías férreas, ya que el arrastre por carretera es penoso y de gran coste.
De sus bellezas naturales no hemos de hablar; bástenos saber que forma parte de Asturias la incomparable para idearnos sus verdes y jugosos prados, sus castañares y arboledas, los altos picos de las montañas, en que prende la niebla, dejando ver entre sus jirones caseríos y aldeas a los que parece imposible llegar.
Copiaremos sólo lo que un dominico ilustre, el padre Alberto Colunga, dice en su "Historia de Nuestra Señora del Acebo", imagen muy venerada, y cuyo santuario situado en alta montaña, próxima a Cangas y Corias, es visitadísimo en piadosa romería el 8 de septiembre:

"Los manantiales da agua limpia brotan abundantes en toda la sierra de los Acebales, y los habitantes los aprovechan con cuidado para regar sus prados, una de las principales fuentes de la riqueza de la comarca. Cuando los rayos del sol primaveral acaban por derretir las capas de nieve que cubren las montañas, y la tierra comienza a sentir, después de los rigores del invierno, los influjos del calor solar, la hierba crece en abundancia por doquiera, los "vaqueiros" suben de la ribera con tus ganados, y conviértese en algazara y contento la soledad y tristeza  del invierno. Las cumbres y las brañas se llenan de ganados; las chozas medio arruinadas por la furia de los elementos durante los meses de ausencia se reparan y animan, y a la clara luz que ilumina el cielo y a las suaves brisas que templan la atmósfera responden  los esquilones de los ganados, las músicas y cantares de los pastores que guardan sus haciendas."
Data la fundación del célebre monasterio del siglo XI, en los años 1032 a 1044. Habitando en sus posesiones señoriales —de cuyo torreón o castillo, próximo al convento, apenas quedan vestigios— los condes D. Piñolo Jiménez y doña Aldonza Muñoz, avisados en sueños por celestial visión, determinaron edificar un vasto monasterio, que cedieron a la Orden Benedictina, y que, andando los tiempos, enriquecido por la piedad de sus señores y la hidalga liberalidad de sus reyes, llegó a extender su jurisdicción absoluta en muchas leguas a la redonda, constituyendo la inmensa posesión un verdadero coto cerrado, con total independencia, hasta Felipe II.
El primer abad fue Dom. Arias Gromar, después obispo de Oviedo, y el último, fray Benito Briones, ejerciendo el cargo entre ambos ciento ocho. En 1835 los benedictinos de Corias hubieron de dejar la abadía. En 1860, un Real decreto del Ministerio de Ultramar cedió a la Orden de Predicadores el monasterio de Corias, extendiendo el entonces juez de Cangas de Tineo, D. Álvaro Peláez, acta a favor del procurador general de aquélla de la posesión.
Aun dada la exageración hiperbólica que representa llamar a Corias "el Escorial de Asturias", fuerza es reconocer su relativa importancia y mérito. Constituyendo un cuadrado regular, de unos cien metros de lado, con dos enormes patios centrales, de los que uno es el claustro, en el que está el cementerio de los religiosos; tiene severo y elegante aspecto la construcción, que, por el color de la piedra, semeja mármol rosa. Tiene 865 huecos; tantos como días del año.
La Iglesia, hermosa y bien proporcionada, tiene al lado de la Epístola el enterramiento de sus fundadores, y enfrente, el del rey D. Bermudo y su esposa, doña Osinda. En la parte baja del altar mayor hay dos relieves, que representan: uno, la aparición del cielo a los condes, y otro, el comienzo de los trabajos para la edificación del monasterio, en el que los ángeles desbrozan el terreno.
El coro, con dos magníficos órganos, guarda una preciosa ágata y un Cristo de marfil traído de Filipinas. Espléndidos libros corales sufrieron depredaciones durante las vicisitudes de las órdenes religiosas en el pasado siglo. Una monumental imagen de San Juan Bautista, en piedra, perteneciente antes a la fachada del convento; otra en madera — una Virgen del siglo XIII—y las imágenes de San Pío V y Santo Domingo en marfil, son, juntamente con un bello, retablo en madera policromada, existente en la sacristía, joyas escultóricas de un valor considerable.
Un gran bosque de algunos kilómetros de extensión circunda el monasterio, como resto de sus grandes posesiones antiguas.
En la villa de Cangas citáremos, para terminar, la casa-palacio de los condes de Toreno, entre otras muchas que ostentan en la fachada escudos nobiliarios, y la Colegiata de la Magdalena, fundada en el siglo XVII por el obispo D. Fernando Valdés, presidente que fue del Consejo de Castilla, cuyos restos descansan en el altar mayor, iglesia que es sólida y de buenas proporciones.

El joven historiador del arte Pelayo Fernández Fernández ha puesto nombre y apellidos a los maestros que trazaron este majestuoso retablo, obra realizada entre 1677 y 1678. www.facebook.com

FUENTE:  El Tous p@ Tous - Sociedad canguesa de amantes del país. http://www.touspatous.es

27 de noviembre de 2013

El encuentro en Paris de Aniceto Sela y el barón Pierre de Coubertin en 1892.

Crónica de un encuentro en París.
Aniceto Sela Sampil (1863-1935), Nació en Santullano de Mieres y falleció en Oviedo, fue profesor de la Institución Libre de Enseñanza, catedrático de Derecho Internacional y rector de la Universidad de Oviedo de 1914 a 1917. Tuvo un papel muy destacado en la Extensión Universitaria ya que fue uno de los integrantes del Grupo de Oviedo, conocido también como movimiento de Oviedo y formado por un grupo de docentes intelectuales que creían en la regeneración del país, sumido en una importante crisis, a través de la educación. Estuvo muy vinculado a la Universidad, en la que realizó muchos trabajos relacionados con la ambientación y decoración artística de las distintas estancias tras la destrucción provocada por el incendio de la Revolución de Octubre de 1934, además de formar parte de algunas comisiones de carácter artístico. http://www.gaudeo.es
El intelectual mierense Aniceto Sela se entrevistó en 1892 con el barón Pierre de Coubertin, pero no llegó a participar en las deliberaciones del congreso que restableció los Juegos Olímpicos
Ilustración de Alfonso Zapico

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En la fachada del Colegio Público Aniceto Sela, se colocó hace años una placa para resumir la vida del intelectual más destacado que hasta el momento ha nacido en Mieres. El texto escrito en nuestra lengua vernácula dice así: "Miembru fundador d´Extensión Universitaria y de la Institución Libre de Enseñanza n´Asturies, y representante d´España nel primer Congresu celebráu en Paris, presidíu por Pierre de Coubertain pa la organización de los primeros xuegos olímpicos de la era moderna".
En la inscripción hay que corregir el pequeño error de llamar al barón francés Coubertain en vez de Coubertin, que es lo correcto, pero también sería de justicia revisar el currículo de don Aniceto, ya que el texto se queda tristemente corto al citar sus cargos académicos y además lo del olimpismo no parece tan claro.

24 de noviembre de 2013

La deuda histórica de la iglesia española y el Gijones, José María Díez-Alegría, (jesuita)

La deuda histórica de la Iglesia española.

Un escalofrío les recorrió la columna vertebral, cuando escucharon la noticia por la radio. “¡La iglesia de los jesuitas arde en llamas!” Aquella lacónica información cambiaría la vida de  tres hombres jóvenes que iniciaban su camino en la Compañía de Jesús. Uno era vasco, otro asturiano y el tercero madrileño. Se llamaban Pedro Arrupe, José María Díez-Alegría y José María de Llanos. Los tres me relatarían en primera persona cómo tuvieron que vestirse apresuradamente de paisano, y experimentar miedo físico cuando les insultaban por las calles de “cuervos” o “grajos”. Tuvieron que hacer su atillo y largarse de España, después de que El Sol en su edición de del 14 de octubre de 1931 publicara los siguientes titulares: “España ha dejado de ser católica. Se acuerda disolver la Compañía de Jesús y nacionalizar sus bienes. Se aprueba el divorcio y desaparece la calificación de hijos ilegítimos”. 

                                                          El asturiano,  José María Díez-Alegría

La deuda historica.
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Ellos partieron para del destierro. Pero los que se quedaron  en España vivirían una tremenda tragedia de confrontación, dolor y muerte: la guerra civil que dividió nuestro país en dos trincheras. Lamentablemente una de ellas sería identificada con la Iglesia católica. La Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura, más conocida como Ley de Memoria Histórica,  aprobada por el Congreso de los Diputados el 31 de octubre de 2007, nos replantea una vieja pregunta: ¿Qué parte de responsabilidad tuvo la Iglesia en aquella contienda? ¿Fue solo víctima o también causante? Si es así, ¿ha lavado su cuota de culpa pidiendo perdón? ¿Ha saldado su deuda histórica como lo pretende hacer la sociedad civil? ¿No sería mejor olvidar? Para responder a estas preguntas hay primero que analizar los antecedentes de la verdadera situación que condujo a aquel drama humano que tendría un importante componente religioso.

La Iglesia y la Segunda República.
¿Qué había pasado en España para que el catolicismo se convirtiera en la  bestia negra de la Segunda República?  La llamada “cuestión religiosa”  tenía antecedentes en vecinos países mediterráneos. Las “Leyes de Separación” promovieron en Francia en 1905 la aconfesionalidad del Estado y la libertad de conciencia y cultos, que condujeron a la educación laica, la disolución de órdenes monásticas y la expropiación de bienes eclesiásticos. Unas medidas que copiaron a su modo los portugueses con la política laicista de 1911, y que, incluso en la dictadura de Salazar, supusieron una ruptura definitiva con el estado confesional. En Italia el gran recorte de las prerrogativas de la Iglesia –libera Chiesa in libero Stato- sería una consecuencia de la famosa “cuestión romana”.
El problema en España llegará a revestir tintes dramáticos. El diplomático   vaticano Domenico Tardini, entonces en el vértice de la Sagrada Congregación de Asuntos Extraordinarios, escribía en sus notas de viaje de 1934: “Los españoles son así: enredo, lío, mezcla de bondad y malicia, de fe e incredulidad, de Iglesia y anticlericalismo”. No deja de ser curioso que una revista italiana, Vita e Pensiero, denunciara en 1931 la escasa sensibilidad social de la Iglesia española, el sometimiento secular de la jerarquía y el clero a la dinastía y el poder; el raquitismo, el atraso de la Acción Católica; y hasta la escasa práctica y superficialidad, dentro de la apariencia tradicional de la religiosidad de nuestro país. Algo que el gran lúcido cristiano y a la vez anticlerical Pérez Galdós ya había evidenciado mucho antes.
Resulta también llamativo que tras la proclamación de la República, las primeras reacciones de la Santa Sede fueran mesuradas y cautas. El nuncio Tedeschini  se mostró cortés y deferente con el nuevo  presidente de la República, y, según el posibilista Ángel Herrera Oria, director del el prestigioso diario católico El Debate, estaba en escasa armonía con el integrista  cardenal Segura, que se había manifestado claramente en contra. Estas negociaciones habían conducido incluso a un primer acuerdo  (septiembre de 1931) que reconocía la personalidad jurídica de la Iglesia, autorizaba la existencia de las órdenes religiosas y  permitía el ejercicio de la enseñanza.
El clima se enrareció en la calle por enfrentamiento entre las bases católicas y progresistas. Parece que, tras la forzada dimisión del cardenal Segura, los ministros intentaron salvar las órdenes de la extinción. Pero el gobierno no pudo con la presión de los diputados republicanos y socialistas. La disolución de la Compañía de Jesús se presentó pues como una salida de compromiso de Azaña, junto a la regulación de las demás órdenes, mediante el sibilino subterfugio de prohibir los “votos que impliquen obediencia a autoridades distintas del Estado” –el cuarto voto al Papa de los jesuitas- y la prohibición de la enseñanza a todas. La laicidad del Estado y las medidas como el divorcio y la enseñanza laica provocaron la declaración conjunta de los obispos rechazando la Constitución, y la encíclica de Pío IX Dilectissima nobis que condenaba el régimen republicano
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Los actores del drama.
La guerra estaba declarada. ¿Quiénes eran los actores de este drama que a la larga nos conduciría a las trincheras? Se puede decir que un buen número de intelectuales eran partidarios de una simple separación Iglesia-Estado. Las clases medias progresistas  consideraban a la Iglesia como un enemigo político, y los socialistas la veían más como una antagonista social, una colaboradora del capitalismo  después de su principal enemigo, los patronos. No faltaba en este debate la fuerte oposición de los anarquistas, que lanzaban sus ataques desde la calle y la Prensa. Se ha hablado mucho de “conspiración masónica”. Pero esta tesis, sostenida  por De la Cierva y últimamente por César Vidal, ha sido desbancada por los mejores especialistas en el tema como Ferrer Benimelli, Victor Manuel Arbeloa y Pedro Álvarez. La masonería influyó en la política republicana sólo como un actor más, sin que se le pueda imputar el protagonismo.
En la cúpula vaticana el nuncio Tedeschini y el secretario de Estado Pacelli  no comulgaban con la postura más intransigente de Pío IX. Entre los obispos dominaba el conservadurismo, defensor del  Estado confesional. Pero no se puede comparar la postura de los integristas Segura y Gomá con la de Vidal i Barrquer, cuyos archivos,  publicados por Batllori y Arbeloa, muestran un interlocutor válido con el gobierno en el primer bienio. El prelado  catalán, que se entrevistará en secreto con varios miembros del gobierno,  no dudó en criticar el documento colectivo de los obispos en una curiosa carta al provincial de los jesuitas, padre Murall.
¿Y qué hacían los curas de a pie? Sus sermones, dada la situación y su formación tradicional, no podían incitar a otra cosa que la confrontación. Entre los laicos se daban los dos extremos: el ala de carlistas, integristas, monárquicos de Renovación y Acción Española; y la de católicos abiertos representados por Alcalá Zamora, Miguel Maura Ossorio y Gallardo,  línea de la que participaba también Unió Democrática de Catalunya. Reglón aparte merecen la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y  El Debate de Herrera Oria, junto a un sector renovado de la Acción Católica, los sindicatos confesionales y Acción Popular, que derivaría luego en la CEDA, con Gil Robles al frente, y que,  a partir de una postura posibilista terminó endureciéndose.
Pero quizás el fulminante del enfrentamiento, más que la secularización de los cementerios y del divorcio, fue el debate sobre la enseñanza. Aun admitiendo que los católicos fueran partidarios de una enseñanza confesional, elitista y segregacionista,  se olvidan figuras comprometidas con las clases obreras y los pobres como los padres Vicent, Ferrís, Nevares, Rubio, Poveda, y los laicos Monedero, Ballester, Herera Oria y y Luz Casanova, entre otros. Lo grave es que la defensa de la enseñanza laica no era una mera aspiración a la neutralidad religiosa, sino también un revanchismo frente al poder secular de la Iglesia. Azaña pensaba que la educación católica se caracterizaba por un integrismo lesivo a los ideales de un Estado moderno y democrático y no consideraba la intromisión del Estado contraria a la libertad, sino necesaria a la “salud pública”.
Pese a las reacciones virulentas, en aquel  catolicismo español no era todo oro lo que relucía. Desde el siglo XIX en la clase trabajadora campesina y las clases medias había comenzado a penetrar un proceso de secularización que se traducía en un descenso de la práctica religiosa y un debilitamiento de la fe. Ya Galdós se indignaba con el bajo nivel clero y la ausencia de un catolicismo renovador, que apuntará luego en revistas aperturistas como Cruz y Raya o en las denuncias de falta de compromiso con las clases trabajadoras de los padres Peiró, Sarabia y Arboleya. Pero en general la teología escolástica del tiempo era un muro berroqueño frente a la renovación que apuntaba allende  nuestras fronteras.
Todo ello, como suele suceder en tiempos de persecución, lejos de dar paso a la revisión de planteamientos, condujo a cerrar filas en torno a procesiones y peregrinaciones multitudinarias.  En caseríos del País Vasco no faltaron gentes que aseguraban haber visto apariciones de la Virgen de luto, rezando por España.
En medio de tal confusión de intereses, donde el sentimiento imperaba sobre la racionalidad, la pregunta clave es siempre la misma: ¿Fue la republicana una política que buscaba una sociedad laica mediante una simple separación Iglesia-Estado? ¿O bien se distinguió por un sesgado anticlericalismo desde el poder civil conculcando derechos y libertades como los de asociación, expresión y enseñanza?
La respuesta parece obvia. Junto a políticos y agentes que buscaban la mera separación Iglesia y Estado para modernizar las instituciones, otros, por el anticlericalismo de sus medidas, provocaron  directamente la confrontación. No se puede decir que la aconfesionalidad del Estado, el dejar de financiar al clero y la secularización de los cementerios tuvieran que conducirnos al derramamiento de sangre. Como dice Tuñón de Lara, la famosa frase de Azaña “España ha dejado de ser católica” en su discurso en la noche del 13 de octubre “era inoportuna e impropia de un gobernante de todos, creyentes y no creyentes”. La división de las dos Españas,  que provocaba el famoso artículo 24, no sólo  ponía en bandeja una justificación a la campaña de la derecha conservadora, sino que se volvería a la larga contra los trabajadores, principales víctimas de cuanto vendría después.
La Iglesia, en la que, como en el Gobierno, no faltaron sectores posibilistas partidarios de la convivencia, pecó en lo de siempre: el inmovilismo que le hacía una vez más perder el tren de la historia y en el incorregible alineamiento político de su jerarquía. Sin duda parte del odio que estalló aquellos días respondía a una soterrada dinamita de su entonces omnímoda secular tutela  de las conciencias. Pero no fue la laicidad, sino un laicismo militante agresivo y la respuesta de una derecha que siempre identificaba catolicismo con esencias patrias lo que al final desencadenó la tragedia.

Las víctimas y el “nacionalcatólicismo”.
El aumento de la conflictividad social durante el bienio conservador desembocó en los sucesos revolucionarios de octubre de 1934 en Asturias en los que el Ejército tuvo que sofocar una insurrección proletaria. El episodio se saldó con la muerte de cerca de 1.400 personas y con 3.000 heridos, y durante el cual el anticlericalismo resurgió brutalmente. Durante la insurrección, encontraron la muerte 34 religiosos en episodios como el asesinato de los ocho Hermanos de La Salle y un padre pasionista del valle de Turón a la vez que resultaron dañadas o destruidas 58 iglesias, el palacio episcopal y la Cámara Santa de la catedral. Estos hechos de Asturias, avivados por la propaganda partidista que reclamó el castigo y represión de los revolucionarios, evidenciaron el grado de radicalización y división de la sociedad española en dos sectores que unos meses más tarde se enfrentaron nuevamente de manera general y trágica durante la Guerra Civil.
No voy a dar cuenta detallada de la horrible y demencial matanza de sacerdotes, religiosos y simples laicos católicos, amén de la destrucción del patrimonio artístico e histórico, realizados por el bando republicano. Antonio Montero Moreno habla en su conocido libro sobre el tema (Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939,  4ª ed, Madrid, 2000) de 6.832 víctimas religiosas asesinadas en el territorio republicano, de las cuales 13 eran obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos y 283 religiosas. Vicente Cárcel Ortí, más recientemente,   en su  ”Catálogo de los mártires cristianos del siglo XX”, solicitado por el papa Juan Pablo II en el marco del Gran Jubileo del Año 2000, amplía la estimación con 3.000 seglares, en su mayoría pertenecientes a la Acción Católica, con lo cual la cifra se redondearía en torno a 10.000 el número de víctimas pertenecientes a organizaciones eclesiásticas. La clase obrera asumió la responsabilidad de aquella matanza: “La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia, sencillamente no ha dejado en pie ni una siquiera [iglesias] (…) hemos suprimido sus sacerdotes, las iglesias y el culto”, llegó a afirmar en un artículo de La Vanguardia de la época.
Por otra parte es obvio el apoyo y soporte ideológico de la Iglesia Católica al gobierno franquista, que sería  recompensado con una situación privilegiada de aquella. Este escenario, conocido como “nacionalcatoliscimo”,  se hizo más patente tras la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, que se pondría de manifiesto entre otras aspectos en los actos religiosos y ceremonias fúnebres en memoria de las víctimas. Los entierros de “mártires” fueron celebrados por todo el país en actos y solemnidades litúrgicas y sus nombres escritos en las fachadas de las iglesias.
Pero al mismo tiempo nadie reconocía que en el otoño de 1936, tras la toma de control, por parte de las tropas del general Mola, de Guipúzcoa, tampoco pudieron escapar de la represión 16 sacerdotes, 13 diocesanos y 3 religiosos miembros de la Iglesia Católica, considerados hostiles por el bando sublevado en Euskadi, donde mientras se había mantenido el control por parte del gobierno leal a la República, no se produjeron episodios masivos de violencia contra las personas o los bienes eclesiásticos como en el resto del territorio republicano. Sólo recientemente, en 2009, los obispos vascos, dedicaron un funeral en su recuerdo: “Deseamos prestar un servicio a la verdad”, decían en su comunicado. “Queremos contribuir a la dignificación de quienes han sido excluidos y a mitigar el dolor de sus familiares y allegados”, abundaban en otro pasaje.
Terminada la guerra, en abril de 1939, se celebró un acto en la iglesia madrileña de Santa Bárbara en el que Franco recibió la “espada de la Victoria” de manos del cardenal  Gomá, mientras pronunciaba unas palabras en las que describió a sus adversarios como los “enemigos de la Verdad” religiosa. Era el comienzo de un matrimonio Iglesia-Estado, cuyo relativo idilio -la Iglesia tuvo que soportar regalías  la presentación de obispos y recortes en la libertada de enseñanza- con la presencia del hisopo y el palio no terminó hasta los tiempos de la llamada transición.
A pesar de que, en aras de la reconciliación y supuestas las víctimas de ambos bandos, durante dicha transición española el cardenal Enrique y Tarancón  y su sucesor en la presidencia de la Conferencia Episcopal, Gabino Díaz Merchán, se mostraron proclives a no declarar mártires a los ejecutados por las fuerzas republicanas, Juan Pablo II se empeñó en subirlos a los altares, con procesos que se han consumado en tiempos de su sucesor Benedicto XVI.  Tras la modificación en 1983 del Normae servandae in inquisitionibus ab episcopis faciendis in causis sanctorum, que establecía un plazo mínimo de cincuenta años antes de presentar los procesos en Roma, impulsó numerosas causas de “mártires de la Cruzada”, generando un polémico debate entre distintos sectores de la sociedad española, que desembocaron a partir de 1987 en las primeras ceremonias solemnes.

De la Conjunta a Blázquez.
Durante uno de los momentos más participativos de la reciente historia de la Iglesia española, la famosa Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes de 1971, en tiempos vivamente posconciliares, se replanteo la iniciativa de purificar la memoria histórica. La proposición que se sometió a votación entonces, con gran escándalo de la prensa del momento -con contadas excepciones, entre otras del semanario católico Vida Nueva- decía: “Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso y su palabra ya no está con nosotros. Así, pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón porque no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el pueblo dividido por una guerra entre hermanos”. La propuesta contó con el apoyo de más del 60% de la Asamblea, pero no valió porque se exigían los dos tercios de los sufragios.
El cardenal Tarancon en sus Confesiones (PPC, Madrid, 1996) reconoce que en la carta colectiva de los obispos después de la guerra, según la Conjunta
-La Iglesia aparecía ligada a una de las partes en lucha… (…) Y la Iglesia
aparecía como defensora del capitalismo.
-La Iglesia aparecía como enemiga de los que habían militado en la otra
parte… Esto creaba una situación difícil para la posguerra…
-La Iglesia aparecía desde el primer momento como el apoyo más firme del nuevo Régimen… El nuevo Régimen era, además, confesional -oficialmente católico- en contraposición al régimen persecutorio anterior, y daba con ello una
garantía de fidelidad a la Iglesia.
Y que el hecho de que no alcanzara los votos necesarios, según Tarancón, fue lo mejor, porque las proposiciones resultaban algo “hirientes”. Con todo este único intento colectivo quedaría como único hito histórico.
A título personal, no colectivo, pero como presidente de la Conferencia Episcopal y en el discurso de despedida de su cargo (20-XI-2007) durante  la XC Asamblea Plenaria , Ricardo Blázquez, pidió  perdón por el papel de la Iglesia durante la Guerra Civil. El obispo de Bilbao aseguró que “habrá momentos para dar gracias por lo que se hizo y por las personas que actuaron, y probablemente en otros y ante actuaciones concretas, sin erigirnos orgullosamente en jueces de los demás, debemos pedir perdón y reorientarnos”, añadió citando “la purificación de la memoria” a la que invitara Juan Pablo II.
En este sentido, el prelado afirmó que no es acertado volver al pasado para reabrir heridas, atizar rencores y alimentar las desavenencias, al referirse a las  beatificaciones de mártires en Roma y al aludir a la Ley de la Memoria Histórica. Blázquez dijo también que “la búsqueda de la convivencia en la verdad, la justicia y la libertad debe guiar el ejercicio de la memoria”.  Expresó además su deseo de que los historiadores contribuyan a que se haga “plena luz sobre nuestro pasado: Qué ocurrió, cómo ocurrió, por qué ocurrió, qué consecuencias trajo”. Para Blázquez, esta aproximación abierta, objetiva y científica “evita la pretensión de imponer a la sociedad entera una determinada perspectiva en la comprensión de la historia. La memoria colectiva no se puede fijar selectivamente; es posible que sobre los mismos acontecimientos existan apreciaciones diferentes, que se irán acercando si existe el deseo auténtico de comprender la realidad”.
Tras afirmar que cada grupo humano, como la Iglesia católica, tienen derecho a rememorar su historia y a cultivar su memoria colectiva “porque de esta manera profundizan también en su identidad”, Blázquez dijo que esa actualización del pasado, además de ensanchar la conciencia compartida puede sugerir actuaciones de cara al futuro, ya que memoria y esperanza están íntimamente unidas”. “Pero” advirtió al mismo tiempo que  ”no es acertado volver al pasado para reabrir heridas, atizar rencores y alimentar desavenencias. Miramos al pasado con el deseo de purificar la memoria, de corregir posibles fallos, de buscar la paz”. Para el obispo de Bilbao la búsqueda de la convivencia en la verdad, la justicia y la libertad debe guiar el ejercicio de la memoria, y recordó que un cristiano no puede dejarse llevar del odio, aunque sea en nombre de la justicia.
En su lúcida intervención citó varios documentos de la Conferencia Episcopal Española sobre la necesidad de perdonar por todos los que se vieron implicados en la Guerra Civil, de uno u otro bando, “en acciones que el Evangelio reprueba”, para señalar: “Recordamos la historia no para enfrentarnos sino para recibir de ella o la corrección por lo que hicimos mal o el ánimo para proseguir en la senda acertada”. Refiriéndose a los mártires, monseñor Blázquez destacó que “no denuncian ni señalan a nadie ni guardan rencor en su corazón”,  y que su beatificación “tampoco va contra nadie y a nadie echa en cara su muerte”. “A nadie se acusa, a nadie se pide cuentas”, apuntó.
Durante este discurso, el prelado también hizo referencia al cardenal Vicente Enrique y Tarancón al cumplirse ese año el centenario de su nacimiento. De él, destacó “sus dotes humanas y experiencia pastoral” para dirigir la Iglesia española “en la transición de un régimen personal a un régimen democrático con los numerosos y profundos cambios implicados”. “Era un hombre a quien pusieron en un puesto difícil en un momento difícil”.
Hasta ese momento los obispos habían considerado a la Iglesia víctima de la II República y de la Guerra Civil, pese a haber apoyado el golpe militar que desató la guerra fratricida el 18 de julio de 1936, y bendecido como “cruzada cristiana” las acciones bélicas que desembocaron en una férrea dictadura de 40 años. “La Iglesia, en la guerra civil, fue sujeto paciente y víctima”, proclamó el siete de abril de 2000 el entonces portavoz de la CEE, hoy arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo. El presidente era entonces el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco.
Por su parte en el fallido auto de juez Garzón para conocer la verdad, hacer justicia y reparar el derecho de las víctimas (octubre de 2008) instaba a la Conferencia Episcopal a que comunicara a todas y cada una de las parroquias de España (que son casi veintitrés mil) a “permitir el acceso de la policía judicial” para la identificación de los fusilados y desaparecidos a partir del 17 de julio de 1936. Garzón se dirigió a la CEE, que había contestado al juez que no era la institución apropiada para recabar este tipo de información, y cursó un nuevo oficio para que se dé traslado a cada uno de los obispos de las diferentes diócesis españolas para que impartan las órdenes oportunas a cada una de las parroquias y aporten la información que requirió el juez “en aras a la colaboración con la Administración de Justicia”.
Al margen de este aspecto, el secretario general del Episcopado, Juan Martínez Camino manifestó que no hay un pronunciamiento oficial por parte de la CEE sobre la Ley de Memoria Histórica, aunque advirtió que si ésta “pone en peligro la reconciliación, sería innecesaria”. En todo caso, señaló que la Iglesia defiende que todas las familias, de todos los frentes, “puedan conocer la historia de sus seres queridos” y recordó que algunos de los que la Iglesia beatificó en Roma “no saben donde están enterrados” y pidió que no se haga de la ley “un enfrentamiento ideológico y político que ponga en peligro el bien común”.
En parecida línea se pronunció el obispo de Santander, monseñor Vicente Jiménez Zamora, cuando en declaraciones a RNE dijo que la Ley de Memoria Histórica, puede “inducir a cierta disfunción” y a “elementos de no pacificación” dentro de la sociedad, después de “un gran esfuerzo de todos” para la “reconciliación” y la “convivencia”, considerando la ley “innecesaria” porque “se había hecho un gran esfuerzo por parte de todos en reconciliación y convivencia fraterna”, a través “del pacto que nos dimos todos los españoles al aprobar la Constitución Española”. En este sentido, afirmó que también la Iglesia realizó ese “esfuerzo”, puesto que “fue factor de la Transición política”. Agregó que “durante todos estos años nos ha ido bien”, de modo que en España “hemos crecido en convivencia y en armonía”.
Hay que reseñar un último dato anecdótico y reciente. El 29 de noviembre de 2009, el obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig, celebró la misa anual en el cementerio de los mártires de Paracuellos del Jarama junto a  una bandera de España con el águila franquista que decoraba el altar. Tras concluir la ceremonia, encabezó una procesión por las siete fosas de fusilados durante la Guerra Civil por el bando republicano. Durante la homilía se refirió a la matanza de Paracuellos en el que describe el lugar como “la catedral de mártires más grande levantada jamás pues ha sido construida con la sangre de miles de mártires. Muchos de ellos elevados a la gloria”. Reig  con su presencia en Paracuellos  rompía un lustro de ausencia episcopal en dicho homenaje. Poco  después dijo que la bandera se la encontró allí y  reconoció su error: “Ni personal ni institucionalmente me siento identificado con posición política alguna y lamento con gran dolor cualquier manipulación al respecto”.
En conclusión: La guerra fue un periodo de insania y locura colectiva, y de una guerra civil es muy difícil trazar una frontera, pues todos  tuvieron sus razones y todos en su medida fueron responsables y víctimas de aquel desastre. Tras la proclamación de la República la actitud de la Iglesia fue mesurada y cauta. Pero con su posicionamiento colectivo y su apoyo a las clases dominante, con excepciones, de hecho se granjeó el odio del pueblo, azuzado por un absurdo anticlericalismo iconoclasta y asesino y consumó su maridaje con el régimen franquista.
Otros episcopados han pedido perdón y el propio papa Juan Pablo II lo hizo por algunos errores de la Iglesia. La Iglesia española, víctima de una terrible, injusta y cruel sangría, ha purificado de alguna manera su memoria histórica a través de las recientes beatificaciones, amén de los homenajes que por ello recibió durante la dictadura. Pero aparte del amago de la Conjunta, algunos pronunciamientos individuales y las certeras palabras del ex presidente Ricardo Blázquez, nunca ha asumido oficial y corporativamente su cuota de responsabilidad en los desmanes de la guerra civil, su alineamiento con los vencedores en el nacionalcatolicimo, y su ineficacia entonces para promover la reconciliación. ¿Le costaría mucho arrogarse, como CEE, unas palabras tan sensatas y serenas como las de monseñor Blázquez? Sin duda a esta falta de sensibilidad ha contribuido además  en los últimos tiempos el alineamiento de la cúpula episcopal de forma prácticamente exclusiva con la derecha política (PP) y la exclusión más o menos explícita de la militancia cristiana en otros  partidos, supuesto que ninguno de ellos se adecua plenamente con las exigencias del Evangelio.
Es cierto que nada cicatriza las heridas como el paso de tiempo y el bálsamo del olvido. Pero esa reconciliación necesaria sólo se llega a producir plenamente cuando se asume la Historia en todas sus dimensiones. De la matanza de curas y monjas escribió Salvador Madariaga: “Nadie que tenga buena fe y buena información puede negar los horrores de esta persecución. Que el número de sacerdotes asesinados haya sido de dieciséis mil o mil seiscientos, el tiempo lo dirá. Pero que durante muchos meses y aun años bastase el mero hecho de ser sacerdote para merecer la pena de muerte, ya de muchos tribunales más o menos irregulares que como hongos salían de los pueblos, ya de revolucionarios que se erigían a sí mismos en verdugos espontáneos, ya de otras formas de venganza o ejecución popular, es un hecho plenamente confirmado. (Salvador de Madariaga, Ensayo de Historia Contemporánea, Buenos Aires, 1955)
Pero no se puede olvidar la otra cara de la moneda y al mismo tiempo, como afirma Blázquez, ante algunas actuaciones concretas,” sin erigirnos orgullosamente en jueces de los demás, debemos pedir perdón y reorientarnos”.
Creo que en este sentido la Iglesia española, sin dejar de reconocerse víctima,  no perdería nada por pedir perdón de sus evidentes errores en aquel momento histórico. Por el contrario me atrevo a afirmar que este es  su deber irrenunciable, porque a diferencia de otros colectivos, su fundador  le recomendó explícitamente;” Si en el momento de presentar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego regresa y presenta tu ofrenda”. (Mt. 5,23-24). En este sentido tiene una deuda pendiente con la Historia y nuestra conciencia colectiva. Por otra parte, si esto en el cristianismo es una exigencia,  nada dignifica  tanto al ser humano, cualesquiera sean sus creencias, como  pedir perdón y reconocer los propios errores.
FUENTE: Pedro Miguel Lamet - http://blogs.21rs.es
(Publicado en la revista EXODO) - Valorada además la aportación de Josep Cornella a este artículo.

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José María Díez-Alegría, jesuita "sin papeles".
 
José María Díez-Alegría, en junio del 2002. / Foto: SANTI BURGOS.


Castigado por Roma por no aceptar silencios ni censuras, practicó la teología de la liberación en el madrileño Pozo del Tío Raimundo - Escribió "Yo creo en la esperanza".
 
 De lo que fue Alegría, tal como se le conocía entre los suyos, queda como mejor semblanaza la biografía que escribió Pedro Miguel Lamet, publicada  por la editorial Temas de Hoy y que tan bien lo ha definido con su título: Díez-Alegría. "Un jesuita sin papeles" - http://eumelvi.blogspot.com.es

http://elpais.com
El día 25 de junio del año 2010 fallecia en José María Díez-Alegría, uno de los grandes teólogos españoles. Iba a cumplir en octubre de ese año los 99 años de vida. Fue jesuita impenitente, obligado por los inquisidores del Vaticano a dejar la orden de Ignacio de Loyola por no aceptar silencios ni censuras. Pese a todo, nunca dejó de vivir en (y con) la Compañía de Jesús. "Soy un jesuita sin papeles", ironizaba.
Nacido en la sucursal del Banco de España de Gijón, de la que su padre era director, Alegría (al teólogo Díez-Alegría todos le llamaban Alegría) se mudó pronto al bando de los mineros. Una vez le preguntaron cómo un banquero podía ser católico, y Díez-Alegría contestó con esta anécdota brechtiana. Fue un banquero a confesarse y le dijo: "Mire, padre, yo soy banquero". Alegría le respondió: "¡Mal empezamos!".
Díez-Alegría era profesor en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma cuando en 1972 publicó sin la censura previa obligada el libro Yo creo en la esperanza, que en apenas semanas dio la vuelta al mundo. Eran tiempos del posconcilio, aunque ya se vislumbraban nubarrones en aquella primavera eclesial. Alegría había pedido permiso para editar su libro. No ha lugar, le dicen. Toma una decisión que cambiaría su vida. El libro aparece en la editorial Desclée de Brouwer, de Bilbao. Se vendieron 200.000 ejemplares en numerosos idiomas. Su salto a la fama fue fulminante. Quince días más tarde, un periódico de Roma, Il Messagero, y el más importante de EE UU, The New York Times, tronaban: "El best seller de un jesuita español aclama a Marx y ataca a Roma".
Exclaustrado de la Compañía de Jesús, regresa a Madrid y vivirá en una chabola del Pozo del Tío Raimundo, la barriada en la que otro jesuita, el padre Llanos, ex capellán de Falange y ex amigo del dictador Franco, llevaba practicando teología de la liberación desde 1955. Alegría, cuyo sentido del humor y paciencia evangélica no tenían límites, se hizo imprimir esta tarjeta de visitas: "José María Díez-Alegría. Doctor en Filosofía. Doctor en Derecho. Licenciado en Teología. Ex profesor de Ciencias Sociales en la Universidad Gregoriana. Jubilado por méritos de guerra incruenta. Calle Martos, 15. Pozo del Tío Raimundo".
Falleció en la residencia de los jesuitas de Alcalá de Henares. Discípulos, amigos y admiradores peregrinaban allí con frecuencia para disfrutar de su conversación, sabia, pícara, sin pelos en la lengua, de belleza incomparable.
Alegría tenía admiradores incluso entre los jerarcas del catolicismo porque era cristiano irreductible, pese a sus impertinencias con el poder. En eso se parecía a Jesús, el fundador cristiano, crucificado por decir lo que pensaba. En un mundo de eclesiásticos acomodados, que apenas usan el nombre de Cristo porque prefieren las figuras tiernas pero pacíficas y melifluas de María, o la de los papas lujosamente instalados en la soberanía vaticana, Díez-Alegría aconsejaba humildad, volver a Cristo y menos papanatismo. "Hay que citar más a los Evangelios y menos al Papa", decía. En la última conversación con EL PAÍS proclamó que en unos 20 o 30 años se admitiría el matrimonio de los clérigos y, un poco más tarde, el sacerdocio de la mujer. Cuando regresó de Roma, para quedarse en el Pozo, "una nube de periodistas le buscaba por Madrid, como si fuera un famoso actor de cine", recuerda Pedro Miguel Lamet, también jesuita sabio y rebelde, y su biógrafo (Díez-Alegría. Un jesuita sin papeles. Editorial Temas de Hoy. 2005).
La jerarquía ha soportado la fama Alegría con pasmo o pánico. Por ejemplo, el 28 de mayo de 1977. Ese día, EL PAÍS acogía en su primera página una gran fotografía con el jesuita Llanos saludando puño en alto ante 60.000 personas reunidas en el campo de fútbol de Vallecas (Madrid). "El mitin comunista de ayer contó con dos protagonistas de excepción, tan dentro de la lógica de la historia de la Iglesia española como fuera de programa: los padres jesuitas Díez-Alegría y Llanos. El padre Llanos -en la fotografía- saluda, puño en alto, a su pueblo de El Pozo. De alguna manera viene a simbolizar el compromiso histórico de cierta Iglesia pasada dolorosamente del nacional-catolicismo al saludo de identificación marxista", decía el pie de foto.
Díez-Alegría no era marxista, pero tampoco antimarxista. En el libro Rebajas teológicas de otoño escribió un capítulo titulado Recuerdos a Marx de parte de Jesús en el que contaba que tuvo un sueño en el que Jesús se le presentaba y le decía: "Oye, y este Carlos Marx, del que tanto hablan escandalizados mis discípulos actuales, ¿qué me dices de él?". Alegría le recitaba textos de Marx, y Jesús le decía: "Mira, si ves a Carlos Marx, dale recuerdos de mi parte y dile que no está lejos del Reino de Dios".
A los 90 años, Díez-Alegría publicó la segunda parte de su famoso libro, esta vez con el título Yo todavía creo en la esperanza, pero en medio hay muchas otras obras magníficas, como Actitudes cristianas ante los problemas sociales (1967), Cristianismo y revolución (1968), Teología en broma y en serio (1977), ¿Se puede ser cristiano en esta Iglesia? (1987), Cristianismo y propiedad privada (1988) o Tomarse en serio a Dios, reírse de uno mismo (2005).
Pese al temprano castigo por Yo creo en la esperanza, Díez-Alegría no volvió a tener problemas con los inquisidores. Es que manejaba la Biblia con gran conocimiento. Siempre había un Padre de la Iglesia que había dicho antes lo que él sostenía.
Tampoco tuvieron, ni Llanos ni Alegría, problemas con la severa dictadura franquista y nacionalcatólica, obligada, en cambio, a abrir en Zamora una cárcel solo para curas. La explicación fue el origen de los dos protagonistas. Llanos era hijo de un general, y Díez-Alegría, de un banquero de Gijón, además de hermano de los tenientes generales Luis Díez-Alegría, jefe de la Casa Militar de Franco y ex director general de la Guardia Civil, y Manuel, ex jefe del Alto Estado Mayor del Ejército. Un día, el general Luis cometió una infracción de tráfico y el agente que le tomaba nota para la multa, al ver su apellido, le preguntó si era familiar del "famoso teólogo Díez-Alegría".
He aquí una de las historias que contaba Díez-Alegría, con arrobo teológico, para armonizar con la fe católica su radical teología de liberación. Un catequista de mujeres adultas en Andalucía se topó con una joven muy pobre, casada y con hijos, que se había ido a vivir con un viejo.
- Mujer, tienes que volver, no puedes seguir con el viejo.
- Pues claro que sí, señorito. Pero es que el viejo se va a morir enseguida, y me voy a quedar con una casica muy apañada, me traigo a mi marido y a mis hijos, y problema resuelto.
- Pero, mujer, es que eso es contra la ley de Dios.
La mujercita, con convicción: "No, señorito, si yo con el Señor no tengo dificultad. Yo le digo al Señor: Señor, tú me perdonas a mí y yo te perdono a ti. ("por tenerme tan pobre", matizó Alegría), y estamos en paz".
El teólogo José María Díez Alegría, durante la presentación de su biografía, titulada " Díez- Alegría. Un jesuita sin papeles" en 2005. / Foto: MANUEL ESCALERA.

FUENTE: Juan G. Bedoya  "El País" sábado, 26 de junio de 2010.
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José María Díez-Alegría - Biofrafía.
http://infocatolica.com
José María Díez-Alegría nació el 22 de octubre de 1911 en Gijón (Asturias) y fue ordenado sacerdote el 15 de julio de 1943. Era doctorado en Derecho por la Universidad de Madrid y en Filosofía y Letras por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
El teólogo asturiano también se dedicó a la docencia, que ejerció en centros de la Orden como profesor de Ética en la Facultad de Filosofía de los jesuitas de Madrid y en la Universidad Gregoriana de Roma.
Díez Alegría, fue uno de los 73 teólogos que en el año 2000 firmaron el manifiesto contra la 'Dominus Iesus', un documento del magisterio de la Iglesia que reafirmó la doctrina católica sobre la salvación y la Iglesia.
Anteriormente, en 1970, criticó junto a otros compañeros de la Universidad Gregoriana de Roma la oposición vaticana al proyecto de ley sobre el divorcio, que entonces se debatía en Italia.
Durante la década de los setenta, abandonó la Compañía de Jesús para dedicarse a trabajar junto al jesuita padre Llanos en la zona madrileña de Vallecas, en concreto, en el Pozo del Tío Raimundo.
Díez Alegría participó en el contra Sínodo de 1974 (Ya, 1-10-74). Una conferencia que iba a dar en Las Palmas fue suspendida gubernativamente, pero se aprovechó de la prensa para manifestarse en favor del socialismo, el aborto y el divorcio (La Tarde, 14-2-75; Las Provincias, 14-2-75) por lo que fue desautorizado por el obispo de Canarias (Informaciones, 20-2-75).
La noticia de que abandonaba la Compañía de Jesús causó sensación (Informaciones, 15-3-75), lo mismo que sus explicaciones del hecho: “Por qué salgo de la Compañía de Jesús” (Informaciones, 17-3-75). El provincial de Toledo manifestó que no se le había impuesto la decisión (Arriba, 18-3-75) pero ello no fue óbice para que sesenta y cuatro jesuitas españoles se solidarizaran con el ya exjesuita (El Ciervo, 1.ª quincena, abril, 75; Informaciones, 25-3-75), en un abierto acto de rebeldía que no tuvo consecuencias adversas.
A partir de su exclaustración fue uno de los más decididos partidarios del diálogo con el marxismo (Triunfo, 31-1-76) y uno de los setenta y seis “intelectuales” que se manifiestan en contra de la exclusión del Partido Comunista (La Voz de Galicia, 28-7-76) porque para él el cristianismo es compatible con el marxismo (El País, 27-10-76). Continuó en sus manifestaciones promarxistas (El País, 30-10-76; Diario 16, 13-12-76; Vida Nueva, 8-11-76) hasta anunciar que su voto sería para los comunistas (El País, 22-4-77) y asistió por lo menos a uno de los mítines que organizó el Partido (El País, 28-5-77).
Se mostró contrario a que se mencionara a la Iglesia Católica en la Constitución española (Ya, 4-7-78). Fue uno de los firmantes de un comunicado al Papa, que ya lo era Juan Pablo II, pidiendo se reabrieran las secularizaciones de los sacerdotes que querían contraer matrimonio como una exigencia de los derechos humanos (El País, 25-11-79). Y con otros cuarenta y nueve “teólogos” españoles se manifiestó en favor de Hans Kung, censurado por Roma (El País, 23-12-79).
Desde 1988 fue el presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, hasta que fue sustituido por Enrique Miret Magdalena en 1996.
Sobre su vida y pensamiento se presentó en 2005 la obra 'Díez-Alegría, un jesuita sin papeles', escrito por el también jesuita Pedro Miguel Lamet.
FUENTE:  Agencias/InfoCatólica

23 de noviembre de 2013

La historia de Hildegart Rodríguez, una niña del bando perdedor (la Virgen Roja)

Vida breve de una virgen roja
Madre e hija en una fotografía de la época www.farodevigo.es
Un repaso a la trayectoria de Hildegart Rodríguez, toda una leyenda de la política española en los años treinta, quien llegó a ofrecer una conferencia para las Juventudes Socialistas en Mieres
http://www.lne.es
Hildegart alcanzó tanta fama en los años 30 que al citar su nombre no hacía falta ponerle apellido para saber de quien se estaba hablando. Y además llevaba el mismo de su madre Aurora Rodríguez, porque había sido concebida por ella sin más ayuda de varón que la estrictamente necesaria para lograr un embarazo. Por eso nunca tuvo padre y creció con la única guía de su progenitora, obsesionada por educar a un ser perfecto, culto y destinado a dirigir a las masas.
La mujer ya había intentado antes su proyecto con otro niño que le había dejado su hermana Josefa, madre soltera: se llamaba Pepito Arriola, con el segundo apellido de su abuelo materno y lo convirtió en un precoz director de orquesta hasta que Josefa decidió recuperar la custodia para administrar su lucrativa carrera. Cuando dejó de estar bajo su férreo control, Pepito se hundió en la mediocridad, pero eso ahora no nos interesa.
Para no repetir aquel error, la tenaz Aurora decidió convertirse en madre. Según su proyecto, después de un embarazo surrealista en el que la gestante apenas abandonó el lecho y todos los días le leía a su feto textos cuidadosamente escogidos, la pequeña nació en Madrid el 9 de diciembre de 1914 y los genes de aquel desconocido que doña Aurora había buscado con mimo por todo el país para que prendiesen en su óvulo dieron un fruto excelente.
Hildegart pasó su infancia estudiando, ajena a cualquier juego, y a los 14 años, con un expediente cuajado de sobresalientes y hablando a la perfección cuatro idiomas, consiguió una dispensa para iniciar los estudios de Derecho, que concluyó dos años más tarde, para matricularse a renglón seguido en la Facultad de Medicina.

20 de noviembre de 2013

El poeta sevillano, Luis Cernuda y Asturias

Luis Cernuda sufrió con Asturias en la revolución y en la guerra.
 

Fragmentos inéditos de unos diarios y un relato revelan la honda preocupación d por los sucesos del 34, en la etapa de Lerroux, y la ofensiva franquista del 37.
 
Luis Cernuda

http://www.lne.es
Luis Cernuda, el poeta del que este mes se cumplen 50 años de su muerte, escribió un "Diario íntimo" entre los años 1933 y 1934, que permanece inédito. El 5 de octubre de 1934 anotó en sus páginas:

 "Huelga general. Gobierno Lerroux-Ceda. Me enteré ayer por la tarde en casa de Concha Albornoz (?). Ni metro, ni tranvía, ni taxis; algunos coches mal conducidos. Atravesé Madrid dos veces; por la mañana tenía aire de fiesta. Pero esta tarde ya era más grave el aspecto. Calles apenas alumbradas; gente escasa; motos con guardias, carabina empuñada.
Tal vez esta noche haya algo (?).

Huelga, huelga. Pocas veces he tenido un disgusto, una preocupación colectiva como anoche. Qué asco, qué vergüenza que haya podido llegar a formarse semejante engendro de Gobierno".
El engendro de Gobierno que causaba asco al poeta Luis Cernuda era el formado en la tarde del 4 de octubre de 1934 por Alejandro Lerroux, con la participación de tres ministros de la CEDA.
La CEDA estaba presidida por el abogado salmantino José María Gil Robles y había obtenido 115 diputados en las elecciones de noviembre de 1933, siendo la minoría mayoritaria. Su posición política, abiertamente antirrepublicana, hizo que fuera el Partido Republicano Radical, que presidía Alejandro Lerroux, que había obtenido 104 escaños, el encargado de formar gobierno. La rectificación de la legislación reformista del primer bienio republicano (1931-1933) fue la línea directriz de la acción de gobierno de los radicales, apoyados en el Parlamento por la CEDA.
En septiembre de 1934, Gil Robles expuso a Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, el deseo de su partido de entrar en el Gobierno, y al reanudar las Cortes sus sesiones el 1 de octubre de 1934 retiró la confianza al jefe del Gobierno, el republicano radical Ricardo Samper. La crisis se resolvió el 4 de octubre tal y como imponían los cedistas, y aceptaron los radicales, con la inclusión de tres ministros de la CEDA en el nuevo gabinete, que presidiría Lerroux.
La presencia de la CEDA en el Gobierno fue considerada unánimemente una provocación por todos los partidos republicanos y de izquierdas, y en la misma noche del 4 de octubre de 1934 se hizo un llamamiento a la huelga general. En Madrid y otros lugares, se inició un paro que duró unos días. En Barcelona, Lluis Companys, presidente de la Generalitat, proclamó el 6 de octubre el Estado Catalán de la República Federal Española. En la madrugada del día siguiente, las fuerzas militares que sitiaban los edificios de la Generalitat y del Ayuntamiento de Barcelona abrieron fuego contra ellos. Poco después, Companys telefoneaba al general Batet, capitán general de Cataluña, y solicitaba el alto el fuego, ofreciendo la rendición.


En Asturias, los revolucionarios asaltaron los cuartelillos de la Guardia Civil y se dirigieron hacia Oviedo. La guarnición militar de la capital se refugió en el cuartel de Pelayo (actual campus de Humanidades) y algunos otros puntos, permitiendo a los revolucionarios controlar la ciudad. Enterados del fracaso del movimiento en el resto de España, los revolucionarios asturianos decidieron seguir adelante. Después de dos semanas y tras un despliegue militar sin precedentes, la revolución asturiana fue sofocada con un trágico saldo de muertes, heridos y prisioneros. El saber popular resumió lo ocurrido en octubre el siguiente menú: "lengua a la catalana, gallina a la madrileña y huevos a la asturiana".
El año de 1935 estuvo marcado por la represión contra los revolucionarios de octubre y las campañas por el indulto a los condenados a muerte, que generaron divisiones entre el bloque gobernante. A la tensión política y social, se unieron los escándalos que salpicaron a miembros del Gobierno, como el del "estraperlo" (nombre compuesto de los empresarios Straus y Perlowitz, que introdujeron en los casinos españoles una ruleta fraudulenta), en el que estaba implicado el mismo Lerroux, o el escándalo Nombela, que afectó a otros políticos radicales. En esas circunstancias, el presidente Alcalá Zamora disolvió las Cortes el 7 de enero de 1936 y convocó elecciones para febrero.
Apenas cuatro meses después de la victoria del Frente Popular en las elecciones de 16 de febrero, los derrotados promovieron una sublevación militar que dio inicio a una guerra civil a partir del 18 de julio de 1936.
Luis Cernuda, gran amigo de Concha de Albornoz, hija del que fuera ministro de Justicia en el primer bienio republicano, el luarqués Álvaro de Albornoz, marchó con ambos a París, el 27 de julio de 1936, a trabajar en la secretaría de la Embajada de la República española en la capital francesa, de la que el político asturiano fue nombrado embajador. Sólo dos meses permaneció el poeta en Francia, al cabo de los cuales regresó a Madrid, de donde pasó a Valencia, donde colaboró en la revista "Hora de España". En su número X, publicado en octubre de 1937, aparece publicado su relato titulado "En la costa de Santiniebla", que rememora su estancia en Castropol dos años antes, colaborando con las Misiones Pedagógicas. En ese relato se incluye el siguiente párrafo: "Sólo unos pocos, sin armas ni medios de conseguirlas, a cientos de kilómetros de los amigos que luchaban por ellos y por nosotros allá abajo, ¿qué podíamos hacer? Quería uno gritar para sacar a la luz con su voz todo aquello que le corroía por dentro". Esta frase, puesta por Cernuda en boca de un marinero al que encuentra al borde de la ría y que habla al poeta de "cuando la última guerra civil en Santiniebla", resume el sentimiento que muchos tuvieron en Valencia y otros lugares de la España republicana ante la ofensiva franquista sobre Asturias y su soledad y aislamiento. "Luchar con ellos en esas condiciones era imposible. Tenían refuerzos y nosotros cada día éramos menos", es otra de las frases que Cernuda pone en boca del marinero de Santiniebla y que expresa el dolor e impotencia de toda Asturias en aquel momento.
El 1 de septiembre de 1937 había comenzado la gran ofensiva franquista sobre Asturias, único territorio republicano en el Norte, totalmente aislado del resto y bloqueado por mar, por donde cada vez era más difícil introducir armas y alimentos. Desde Asturias se sucedían las llamadas de socorro y las peticiones de armas. El presidente Azaña anota en sus "Diarios de guerra", el 16 de septiembre de 1937: "Entre los partes oficiales que recibo hoy, figura uno de Asturias, pidiendo un refuerzo de 10.000 hombres y municiones. Tendrán que entregarse, porque se les acaban. Califica de criminal el abandono en que se les deja. ¿Qué querrán del Gobierno? Es tarde para todo". Unos días antes, el 13 de septiembre, se habían celebrado en Valencia unos actos de solidaridad con el Norte, en los que se ofreció un apoyo simbólico a los asturianos y a los otros refugiados de la cornisa cantábrica que se acumulaban en su territorio.

El 5 de noviembre se cumplieron 50 años de la muerte de Luis Cernuda en Coyoacán (México), en la casa de Concha Méndez, primera esposa del poeta malagueño Manuel Altolaguirre, que fue el primer editor de su obra. Concha de Albornoz, su amiga asturiana, dirigió una carta a María Zambrano, contando la impresión que le produjo la noticia de su muerte. "Me he quedado como sorda desde que lo sé. Era un gran solitario. Creo que su sensitividad no le permitía tener muchos amigos. A su entierro, según me escribe mi madre, fueron veinte personas; cuatro de ellos de mi familia. No puedo hacer comentarios sobre lo ocurrido. Estoy no sólo sorda, sino también como sin palabras. No puedo creer que Luis ha desaparecido".
Rosa Chacel, la propia María Zambrano, María Teresa León, Nieves Madariaga y, por supuesto, Concha Méndez fueron las mejores amigas de Luis Cernuda, un gran solitario, que en palabras del poeta y escritor mexicano José Emilio Pacheco, premio "Cervantes" 2011: "Vivió en una arisca soledad, cercada de rencor por todas partes: legítima defensa de un ser vulnerable en extremo, de un caído en el infierno que acepta el mal y, al expresarlo, lo conjura".



 El poeta, en el verano de 1935, en la playa de La Linera, con Castropol al fondo.

FUENTE: 

 


Biografía y obra de Luis Cernuda. (1902-1963)

Luís Cernuda Bidón nace en Sevilla un 21 de Septiembre de 1902. Hijo de padre militar, se educó en un ambiente de rígidos principios. Ya desde pequeño se enfrenta a un choque entre unos valores familiares muy estrictos y la propia personalidad tímida y retraída del poeta. El poema "La familia" del libro Como quien espera el alba (1944) puede ser un buen testimonio de esos primeros años de la vida del poeta.
En esos primeros años marcados por la soledad descubre la literatura, y lo hace de manos de Bécquer, autor con el que su poesía presenta importantes contactos, tanto en sus primeros versos (Perfil del aire) como en otros libros posteriores (no debemos pasar por alto que el título del libro Donde habite el olvido está sacado de un verso de Bécquer).
En 1919 comenzó los estudios de Derecho en la Universidad de Sevilla. Allí conoció a Pedro Salinas, que fue su profesor e introductor serio en la literatura. En estos años descubre también a un autor francés que le influirá poderosamente, Andre Gide, y en el que encontrará el poeta sevillano un paralelo de sí mismo. En 1923, deja la Universidad para el servicio militar; ingresa en el regimiento de Caballería de Sevilla. En 1924, vuelve para seguir la carrera, la cual terminará en 1926. Asiste a los actos celebrados con motivo del tercer centenario de la muerte de Góngora, pero solo como oyente, aunque ya había conocido varios miembros de lo que sería denominado después la Generación del 27.
En 1928, Salinas le ayuda a conseguir una plaza como lector de español en la Universidad de Toulouse. Allí comenzará a redactar los poemas de lo que será su libro Un río, un amor, inspirado directamente en la música de jazz y blues (el poema "Quisiera estar solo en el sur" alude directamente a ella) y en el cine. Se muda a Madrid en 1929. Allí trabaja en la librería de León Sánchez Cuesta y se enamora de un tal Serafín que no le hizo ningún caso. A este amor corresponden los libros Donde habite el olvido y Los placeres prohibidos. Nunca negó su condición homosexual, factor por el que fue considerado siempre un rebelde, dada la mentalidad cerril y poco abierta de la España de Posguerra, "un país donde todo nace muerto, vive muerto y muere muerto", como dirá en Desolación de la Quimera. Aspecto también que le otorgaba siempre un grado de marginalidad, "como naipe cuya baraja se ha perdido" es una de sus frases más conocidas.
Al proclamarse la República, la recibe con ilusión, y siempre se mostrará dispuesto a colaborar con todo lo que fuera buscar una España más tolerante, liberal y culta. Como ejemplo de esto último tenemos su participación en la Misiones Pedagógicas y Culturales que organiza el gobierno de la II República desde 1934.
Estos años son también de compromiso y acción política: Cernuda se afilia al Partido Comunista por breve espacio de tiempo y colabora en revistas de marcado carácter izquierdista, como es el caso de El Heraldo o la revista Octubre, fundada por Rafael Alberti. Pero los primero años treinta son también los del descubrimiento por parte de Cernuda de la obra de los poetas románticos alemanes (Novalis, Heine, Hölderlin), así como el inicio de su faceta de traductor. Durante la Guerra Civil participó activamente desde las trincheras culturales organizando actividades de todo tipo, como es la fundación de la revista Hora de España, o la participación en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas realizado en Valencia.
En 1938 viaja al Reino Unido, donde trabaja de lector de español en la Universidad de Glasgow, la Universidad de Cambridge y el Instituto Español de Londres, pasando los veranos en Oxford en compañía del pintor Gregorio Prieto. Ya no volvería más a España. Allí profundizará en la lectura de los clásicos ingleses y descubrirá la obra de autores que le influirán poderosamente, caso de T.S. Elliot.
En 1947, gracias a la mediación de su amiga Concha de Albornoz, consigue una plaza de profesor en la universidad norteamericana de Mount Holyoke, y logra por fin la ansiada estabilidad económica, y en la que permanecerá hasta 1952.
Pasó a México en 1952, donde se enamoró de un culturista, a quien están dedicados los Poemas para un cuerpo. Trató con Octavio Paz y con Manuel Altolaguirre.
Muere el 5 de noviembre de 1963 en la Ciudad de México y es enterrado pocos días después en la sección española del Panteón Jardín.
 Portada de edición de la antología del poeta sevillano Luis Cernuda. Esta edición de 1978 por Plaza & Janés, incluye un estudio de su vida y obra a cargo de Rafael Santos Torroella. http://www.mienciclo.es

No vengo yo en este momento a esta mesa como
amigo de Luís Cernuda, ni amigo vuestro, ni a
ofrecer este banquete para cumplir un rito
gastado ya en tantas farsas con discursitos
decorados, con envidias cubiertas de veneno y
lágrimas de cocodrilo. No vengo tampoco dispuesto
a que mi voz la lleve el aire para recibir en
cambio, como tantas veces, una bandeja de
aplausos coronada por un "muy interesante" de
merengue. Yo vengo para saludar con reverencia y
entusiasmo a mi "capillita" de poeta, quizá la mejor capilla
poética de Europa, y lanzar un vítor de
fe en honor del gran poeta del misterio,
delicadísimo poeta Luís Cernuda, para quien hay
que hacer otra vez, desde el siglo XVII, la
palabra divino, y a quien hay que entregar otra
vez agua, juncos y penumbra para su increíble
cisne renovado……


Federico García Lorca. 

FUENTE: Poetas Andaluces

Covadonga en Asturias, una pieza fundamental de una interpretación de la historia de España

Batalla y exaltación de Covadonga.

Basilica de Covadonga en construcción en (1894) 
La victoria de los astures marcó una inflexión en la invasión musulmana y sirvió, a partir del siglo XVI, para engrandecer el lugar en lo histórico y en lo religioso, hasta convertirlo en seña de identidad colectiva.

                              Los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, en Covadonga el 8 de septiembre de 1918.
http://www.lne.es
Covadonga fue escenario a comienzos del siglo VIII de una batalla entre los astures liderados por Pelayo y las tropas musulmanas que dirigía Alkama, encuentro que se saldó con la victoria de los primeros. Es discutible la fijación exacta de la fecha en la que se produjo el enfrentamiento y, lo mismo, su magnitud y la cuantía de las tropas que participaron en el choque, pero lo que resulta indudable es que Covadonga marcó un punto de inflexión tras la invasión musulmana de España en 711 y la consiguiente caída del reino visigodo de Toledo. Con Covadonga surgió el «reino de los astures», como se dice en la «Crónica Albeldense», redactada en el año 883, que con el tiempo fue extendiendo su área de dominio y trasladando hacia el Sur sus fronteras y capitalidad, al tiempo que cambiaba su titularidad, hasta terminar ocho siglos después con la total recuperación del territorio peninsular ocupado por los musulmanes tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos en 1492.
Este proceso, que no fue uniforme ni constante en tan dilatado período de tiempo, es conocido con el nombre de «reconquista», palabra que nunca fue utilizada durante los ocho siglos que duró. Se hablaba entonces de «recuperación» y la ideología que alimentó todo el proceso aparece ya expuesta a finales del siglo IX en la conocida como «Crónica de Alfonso III», relato histórico que se ha conservado en dos versiones y cuya redacción fue promovida probablemente por el rey Alfonso III. Las dos versiones de esa «Crónica» dan gran realce a la batalla de Covadonga. Antes del choque, según ella, se produjo un diálogo entre Oppa, obispo de Sevilla y hermano de Witiza, penúltimo rey visigodo, que instaba a Pelayo a entregarse y pactar con los árabes. Pelayo respondió al obispo con unas palabras que condensan esa idea de «recuperación» del perdido reino godo, del que los reyes asturianos, al menos desde Alfonso III, se consideraban legítimos herederos.
«Ni me uniré a las amistades de los árabes ni me someteré a su imperio [?]. Pues confiamos en la misericordia del Señor, que desde este pequeño monte que tú ves se restaure la salvación de España y el ejército del pueblo godo?». El texto entrecomillado es parte de la respuesta que Pelayo dio a la propuesta de Oppa, según la versión conocida como «A Sebastián» de la «Crónica de Alfonso III», muy similar a la recogida en la otra versión conocida como «Rotense».
Antes de la batalla, Covadonga era ya un lugar singular de culto cristiano. Según la «Crónica de Alfonso III», en la cueva había una iglesia dedicada a la Virgen Santa María. En el relato de la «Crónica», el apoyo divino a la causa de Pelayo y los astures fue decisivo en el resultado, pues las flechas y piedras lanzadas contra los refugiados en la cueva de Covadonga, cuando «llegaban a la iglesia de Santa María Virgen, que está dentro de la cueva, recaían sobre los que las lanzaban y hacían gran mortandad a los musulmanes». Fue así como pese a la inferioridad numérica, los cristianos astures consiguieron derrotar totalmente a los musulmanes.
La primitiva iglesia que existía a comienzos del siglo VIII no debía ser más que una simple construcción de madera encajada en el hueco natural de la cueva, similar a otros santuarios rupestres que existían en otras partes de la mitad norte de la Meseta. La tradición atribuye a Alfonso I, rey de Asturias entre 739-757, la fundación de un monasterio en Covadonga. Ningún apoyo documental cierto tiene tal noticia, pues en el real sitio no se conservaba ningún papel ni documento antiguo ya en el siglo XVI, cuando visitó el lugar Ambrosio de Morales, enviado por el rey Felipe II.
No obstante, hay otras pruebas documentales que confirman la existencia de dicho monasterio en Covadonga, al menos, desde el siglo XIII. El gran magnate Rodrigo Álvarez de Asturias dejó en su testamento, fechado en 1331, una manda de mil maravedíes para que se dijeran misas por su alma en el monasterio de Santa María de Covadonga.
En aquellos lejanos siglos medievales, aunque gozaba de gran devoción, especialmente en el oriente de Asturias y en las provincias vecinas de Santander y Burgos, Covadonga no tenía la trascendencia que adquirió posteriormente. Fue a partir del siglo XVI cuando se inició un movimiento de exaltación y reconocimiento histórico y religioso del lugar, en el que no vamos ahora a extendernos. Ambrosio de Morales, cronista de Felipe II, visitó Covadonga en 1572 y en la descripción que posteriormente hizo destaca, aparte de la belleza del lugar y la extrañeza y excepcionalidad del santuario de madera, que «parece milagro no caerse», la gran afluencia de romeros que acudían al santo lugar en su festividad de septiembre. «Se tiene gran devoción en esta tierra, y se hacen a ella grandes Romerías, y hay grande concurso el día de Nuestra Señora de Septiembre», escribió Morales en referencia a la Virgen de Covadonga y su santuario.                                                            

                                      Procesión de la coronación de la Virgen de Covadonga el 8 de septiembre de 1918.
El número de peregrinos debía de tener tal magnitud que, en 1660, el ciego Gabriel Pérez de Bulnes solicitaba licencia al abad José González de Agüero y Bracamonte para vender retratos de Nuestra Señora de Covadonga. Veinte años más tarde, en el cabildo celebrado el 30 de septiembre de 1681, se alertaba de que los peregrinos «con los fierros de los bordones rompen y quiebran piedras de la peña y, cerca del sepulcro de don Pelayo, por la devoción que tienen en el sepulcro, teniéndolo en veneración de Santo», hecho que estaba poniendo en peligro la integridad del considerado primer rey de la Monarquía astur y vencedor de los musulmanes ante la cueva.
Pero fueron los asturianos ausentes de su tierra los que convirtieron a la Virgen de Covadonga y a su festividad en seña de identidad colectiva. En Granada, el 24 de febrero de 1702, se formó una Hermandad de Nuestra Señora de Covadonga por «montañeses», asturianos y cántabros descendientes de los que habían ido a repoblar la ciudad andaluza tras la conquista de los Reyes Católicos en 1492. En el siglo XVIII había en Granada un total de 315 asturianos y 49 santanderinos. Algunos años después, en 1743, se fundó la Real Congregación de Nuestra Señora de Covadonga de Naturales del Principado de Asturias en Madrid, que publicó sus constituciones al año siguiente. Tenía su sede en el madrileño convento de San Hermenegildo de las Carmelitas Descalzas, donde se levantó un altar presidido por la Virgen de Covadonga, según diseño hecho por el pintor Francisco Martínez de Bustamante, y las estatuas de los reyes Pelayo y Favila a sus pies.
En la ciudad de México, un grupo de asturianos levantaron a su costa un altar y retablo dedicado a la Virgen de Covadonga, realizado entre 1736-1737, que ocupa el ábside del lado del evangelio del transepto de la iglesia de Santo Domingo. Lo corona la Cruz de la Victoria. Posteriormente, el 3 de julio de 1784, se fundó en la capital mexicana la Congregación de Nuestra Señora de Covadonga, que se reunió por primera vez el 11 septiembre de 1785 en casa de Cosme de Mier y Trespalacios, del Consejo de S.M. y alcalde de Corte más antiguo en la Real Audiencia y Sala del Crimen de la provincia de Nueva España.
El desgraciado e infortunado incendio del secular santuario de madera de Covadonga, ocurrido en la noche del 17 de octubre de 1777, fue un aldabonazo que hizo revivir el interés por tan histórico y significativo lugar, movilizándose toda la sociedad con el propio monarca Carlos III a la cabeza.
Antes del incendio, durante el siglo XVIII, se habían hecho varias ediciones de estampas de la Virgen de Covadonga y su santuario, siendo muy famosa una que reproduce el santuario y sus alrededores tal y como eran antes de su destrucción, titulada «Puntual diseño del devoto santuario de María Santísima de Covadonga», dibujada por Antonio Miranda Cuervo, natural de La Venta (Santa Cruz de Illas) y grabada por Jerónimo Antonio Gil, zamorano, y fechada en 1759.
El pintor romántico Jenaro Pérez Villamil plasmó en una notable obra terminada en agosto de 1851 la impresionante procesión celebrada el 8 de septiembre de 1850 ante la cueva de Covadonga, en un momento en el que ya no existía el santuario de madera y se había suspendido la ejecución del grandioso proyecto de construcción de un nuevo templo realizado por Ventura Rodríguez, boicoteado, en palabras de Gaspar Melchor de Jovellanos, por «los más obligados a promover su ejecución», en referencia al Cabildo de Covadonga, que no había visto con buenos ojos el proyecto ilustrado de Ventura Rodríguez. Pérez Villamil, impresionado por el lugar y su significado, escribió en el «Álbum de Covadonga», el referido 8 de septiembre de 1850: «Prodigio de la historia de España, monumento sencillo de las primeras luchas de la Religión Cristiana, soledad sublime, bella y magestuosa, yo te admiro por tus nobles recuerdos y por tus portentosas perspectivas». Este pintor es autor también de otro óleo, realizado en 1846, titulado «La Cueva de Covadonga», que reproduce el interior de la misma, y que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Asturias.
Por entonces, ya Covadonga se había convertido en una pieza fundamental de una interpretación de la historia de España que alcanzó un punto de inflexión con Modesto Lafuente, del que el primer volumen de su «Historia de España» apareció en 1850. Le siguieron otros 29 hasta 1867. En su interpretación histórica de la historia de España, Covadonga fue considerada «el principio de la independencia española», y su obra, en opinión de José María Jover, formó la «conciencia histórica de varias generaciones de españoles».
A finales del siglo XIX, merced al impulso del obispo Benito Sanz y Forés se reemprendió la reconstrucción de Covadonga, obra que llevó a su término el obispo Ramón Martínez Vigil, que consiguió acabar la nueva basílica y consagrarla solemnemente el 7 de septiembre de 1901. Unos años después, en septiembre de 1918, impulsado por el entonces cronista de Asturias y rector de la Universidad de Oviedo, Fermín Canella, se celebró con gran solemnidad el XII Centenario del inicio de la Reconquista, con la presencia de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Para tal ocasión se convocó un concurso nacional para poner música al «Himno oficial del centenario de Covadonga», cuyo primer verso es el conocido «Bendita la Reina de nuestra montaña?», obra del agustino Restituto del Valle. El jurado que falló el concurso musical estuvo presidido por el famoso compositor Tomás Bretón de los Herreros y resultó vencedor Ignacio Busca de Sagastizábal, maestro de capilla de San Francisco el Grande de Madrid. El himno fue estrenado el 8 de septiembre de 1918 durante la ceremonia de coronación de la imagen de Nuestra Señora de Covadonga, oficiada por el cardenal asturiano Victoriano Guisasola, en presencia de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. La autorización papal para la coronación canónica de la Virgen de Covadonga había sido anunciada el 26 de marzo de 1917, y la corona, de oro, platino, perlas, rubíes, zafiros, rosas de Francia, brillantes y esmaltes, fue fabricada por el sacerdote y artista Félix Granda Buylla, natural de Pola de Lena.               

«La Cueva de Covadonga», óleo de Jenaro Pérez Villamil, conservado en el Museo de Bellas Artes de Asturias.
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 Realidad y Significado.
 

Santuario del Real sitio de Covadonga (Asturias)





 http://www.santuariodecovadonga.com
Covadonga es un nombre que designa una realidad. Tal realidad atesora muchos significados. Covadonga está en Asturias. Su dimensión física se realiza en la evolución natural de esta tierra. Su dimensión histórica y cultural se integra en el avance milenario de esta sociedad. Es más, Covadonga ha dado origen a lo que ha sido y es Asturias. Desde este germen creció la España cristiana como muralla que detuvo y rechazó la invasión islámica. Por ello aquí se salvó Europa como universo de luz racional, libertad, humanismo y trascendencia. Por ello merece la pena acercarse y entrar con la mirada abierta en este lugar donde se funden naturaleza e historia, altura y profundidad, fuerza y belleza, intimidad recogida y proyección universal
¿Cómo se formó este paisaje? El cimiento geológico de Asturias presenta dos zonas diferenciadas. La primera sería la occidental, más primitiva, formada por rocas silíceas, que originan sus formas redondeadas y oscuras de severa belleza, y que dominan esa parte de nuestra región. En cambio la zona centro-oriental se ha formado en el periodo carbonífero. Por eso en ella dominan las rocas calizas, fácilmente erosionables. Aquí la orogénesis alpina ha levantado los Picos de Europa, en cuyo borde se abre el valle de Covadonga.
Así el monte Auseva, la sorprendente abertura de la Cueva, el chorrón que cae debajo de ella, son producto final de una acción erosiva, que arranca desde hace millones de años. El manto vegetal que los cubre combina especies supervivientes de las glaciaciones cuaternarias con otras que han venido tras la mejora climática del Neolítico. Éste trae la agricultura, la domesticación de animales y, al final, los metales, que permitirán la acción humana sobre el medio, lo que explica muchos aspectos del paisaje actual.
¿Por qué se llama Covadonga esa oquedad hundida rompiendo la pared de caliza gris que el monte lanza para apoyarse sobre el suelo? El nombre no es un brote ambiguo o un azar lingüístico, sino que nace de algo anterior a él, que está allí y que califica su cóncavo espacio. No es una vaguedad que genera confusión o ambigüedad. Es una presencia fuerte que impone una definición precisa. Además, mujer, y no sometida a ningún yugo, sino dominante desde ella misma. Eso dice el título latino: Cova Domínica o Cueva de la Señora. La evolución a través del uso abrevia con frecuencia las voces largas. Entonces domínica acabó en donga . Y resultó Covadonga. Acerquémonos a contemplar tan extraordinaria Señora.
FUENTE: http://www.santuariodecovadonga.com