21 de noviembre de 2012

Testimonios de la represión nacionalista en Asturias

 Mujer presa declarando, victima de la represión franquista.

La Libertad es un bien muy preciado.
 Dictadura Franquista.
http://www.asturiasrepublicana.com

 "De buenos recuerdos se vive
de malos recuerdos se aprende"
Testimonios de la represióhttp://www.asturiasrepublicana.comn nacionTeresa Prieto: “Para mi tía monja era primero salvar los hábitos que la vida del hermano.”
«Mi padre trabajaba de representante hasta que empezó a hacer reportajes en el periódico “La Prensa”. Más tarde, dejó “La Prensa” y pasó para “El Noroeste”. Tenía una hermana monja y dos casadas con militares. Eramos seis hermanos.
Cuando le movilizaron durante la guerra, se que estuvo mucho tiempo de capitán habilitado de un batallón con destino en Infiesto.
El no quiso evacuar. Decía que no había hecho nunca nada malo y que, por lo tanto, no tenía nada que temer; que solamente había defendido una idea y nada más. (...)Cuando acabó todo ya en Asturias, mi padre se vino para casa. No se quiso ni esconder. Un día, el veintisiete de Octubre, estábamos a la hora de comer sentados todos en la mesa. Picaron a la puerta y él mismo fue a abrir. Eran tres o cuatro falangistas de la “Bandera de Santander”:
-¿Eduardo Prieto Menéndez? -preguntaron.
-Un servidor -contestó mi padre.
Entraron y nos registraron toda la casa. Se llevaron todo lo que quisieron: cadenas de oro, las botas de militar..., todo lo de valor que encontraron. Se lo llevaron a él y, además, se marcharon cargados de todo lo que les apeteció. No les debió de parecer bastante, porque al día siguiente volvieron con la disculpa de llevarse la pistola de papá, y en casa no estaba. Era también la hora del mediodía.
A mi padre, los de Falange, le metieron en un local que tenían donde está el Banesto de la calle Corrida, pero que se entraba por detrás, por la calle Libertad. Creo que le llevaron también a un cuartel de la Guardia Civil. Le dieron unas palizas de muerte. Había un guardia civil que le tenía ganas porque, antes ya de la guerra, mi padre se había interesado y protegido a un aldeano al que acusaban de haber prendido fuego a la casería que llevaba en renta. Mi padre sabía que no había sido él y le escondió en casa.
En el local de Falange, le metieron en un cuarto con más presos. Entró el famoso “Paco Lunares” y dijo:
-¡Uf, buena redada tengo para esta noche! Me duele el dedo de darle al gatillo, pero el corazón me pide sangre.
Nosotros lo sabemos porque uno de los que estaban allí se salvó y se lo contó a mi tío en Méjico.
Mi madre fue a ver a una cuñada, Matilde, que era monja Dominica, para decirle que el hermano estaba preso. Le respondió que no podía hacer nada porque, si se metía, le quitaban los hábitos; o sea, que para ella eran primero los hábitos que intentar salvar la vida del hermano.
(...)Mi madre anduvo buscando a mi padre por entre los presos de la Plaza de Toros, por la cárcel, por todos los sitios... ¡Y ya le habían matado! (...)Mi madre quedó viuda a los cuarenta años y con seis hijos. Antes de la guerra, vivíamos bien, luego, nos tocó pasar hambre, necesidades, no poder estudiar...
Eduardo Valentín Prieto Menéndez, nació en Gijón el catorce de Febrero de 1896, hijo de Francisco y Ladislada, casado con Teresa Ariza, de cuyo matrimonio dejó seis hijos. Se inscribió su defunción en el Registro Civil de Gijón el día doce de Mayo de 1941, figurando en el asiento correspondiente que “falleció en esta villa el 28 de Octubre de 1937 a consecuencia de la guerra.”

Fermín López de Vega en 1935
 
Fermín López de Vega: “Dieciséis meses y once días pasé condenado a pena de muerte, siempre esperando oír pronunciar mi nombre para llevarme a fusilar.”
«Al derrumbarse el Frente Norte, estaba en el sector de Buenavista, en Oviedo, como teniente del Batallón “Onofre” nº 207, que formaba parte de la 1ª Brigada Móvil que mandaba Higinio Carrocera. (...)Yo seguí allí, en mi puesto, desesperado, sin saber qué hacer. (...)A mí no vino nadie a avisarme para salir por mar hacia Francia. (...)Yo no resistí que se llevaran a mi padre por mi culpa, bajé y me entregué. Era el día tres de Diciembre de 1937.
Me llevaron en coche hasta El Rinconín y dieron vueltas por allí, como que iban a “pasearme”. A eso de las cuatro de la mañana me llevaron al cuartel de Los Campos. Aquello era... ¡terrible, terrible, terrible! ¡No puede nadie imaginarse lo que era aquello! Las palizas eran terribles. Se veían trozos de piel humana pegada a las bridas y a las “pichas de toro”. (...)Decían que lo peor era que te llevasen a Falange; luego, a la Guardia Civil, y, luego, a Asalto.
(...)En la aglomeración estuvimos dos o tres días, hasta que nos clasificaron y nos mandaron para una celda, la 11 de la 2ª. Toda la cárcel estaba repleta de gente, a rebosar. A cada uno le correspondía el ancho de dos baldosas y dormíamos pies con cabezas, como las sardinas en la lata.
(...)Del Coto salí, junto con los otros que juzgaron cuando yo, para el consejo de guerra.
(...)Cuando llegamos a la cárcel de El Coto de vuelta del consejo de guerra, Ramón Alvarez, que había sido dependiente de la Ferretería de la Vasco-Asturiana y hacía de ordenanza, nos iba preguntando lo que nos había pedido el fiscal, para clasificarnos:
-A mí, treinta años. -Dije yo aunque fuese mentira.
-Fermín, lo siento, pero lo tuyo es gordo, traes pena de muerte. -Me replicó él.
Me mandaron coger el petate y pasar a la celda 15 de la 1ª galería. (...)En la celda éramos catorce. Llegó el día de la “saca”. (...)Le nombraron a él y a mí no, por eso estoy aquí. Aquel día “sacaron” a ocho. Yo siempre esperaba que fueran a pronunciar mi nombre, ¡siempre! (...)Vi sacar a muchos para llevarlos a fusilar, ¡a muchos! Pasaba el tiempo y algunos compañeros nos decían que a nosotros, después de tanto tiempo, ya no nos iban a fusilar, pero yo tenía tanto miedo como el primer día. ¡Dieciséis meses y once días pasé con pena de muerte encima, que se dice rápido! Los condenados a muerte teníamos un régimen de aislamiento total: no salíamos de la celda y no podíamos recibir paquetes ni visitas. Luego, el régimen de la cárcel se fue suavizando un poco y nos dejaban salir al patio, separados del resto, dos horas por la mañana.
En la celda éramos todos como amigos: uno contaba cosas, otro decía chistes, otro hacía algún juego...Y así iban pasando los días. La comida en la cárcel era infinitamente peor que en el frente y hubo una época, en los años 40, 41 y 42, en que todavía fue peor. Hasta que no nos indultaron no pudimos empezar a recibir paquetes y visitas. Influía mucho el director que hubiese en la cárcel.
(...)En otra ocasión, sacaron de la celda para llevarlos a fusilar a dos policías de Asalto. Venían cada uno de ellos por galerías diferentes y, al juntarse, uno gritó: ¡Viva la Libertad!, y el otro: ¡Viva la República! Los guardianes les molieron allí mismo a culatazos. Tuvieron que ponerles inyecciones para que reaccionasen un poco y poder llevarlos a fusilar.Hubo también un grupo que cuando los formaron para llevarlos a fusilar a Ceares, empezaron a cantar La Internacional. Iba cada uno con su bandera en la solapa: la roja, la republicana, la de la CNT.
Los piquetes de fusilamiento eran unas veces de la Guardia Civil y otras, de Asalto; o sea, si la escolta era de la Guardia Civil, fusilaban los de Asalto, y viceversa. Tres tiros a la cabeza y dos al corazón; eso nos contaba el cura.
(...)Salí en libertad el veinte de Octubre de 1943. (...)En la plaza del Carmen no encontré a nadie conocido, solamente a uno que se había vuelto loco. Me entró tal tristeza, tal desmoralización, que lo único que me apetecía era marcharme a vivir solo en un lugar apartado, como un ermitaño. Cada quince días, tenía que ir a presentarme a la Guardia Civil. Empecé a trabajar donde antes, en Astilleros del Cantábrico. Una vez en libertad, contacté con Penido(...). Reanudé la actividad sindical clandestina de la CNT. En Astilleros del Cantábrico llegué a reunir veinte cotizantes del sindicato. (...)Poco tiempo después, detuvieron a Antonio Bermejo(...). Ese día ya no dormí en casa. Vine a despedirme de la novia y dormí en un pajar en Jove(...). Un día, me avisaron de que había un barco que podía llevarme. (...)Atracamos y yo y cogí el primer tren y me largué para San Sebastián. En San Sebastián, Rafael Tomás ya estaba esperándome con el dinero para pasar a Francia. (...)Pasamos a Francia y fuimos andando hasta Bayona. (.)De allí me mandaron a Pau y a Toulouse, con la dirección de Ramonín Alvarez Palomo. Llegamos a Toulouse, nos cogió Ramonín y nos llevó al comisario Tatharot, del contraespionaje, para arreglar la documentación.(...)”
Fermín López de Vega, natural y vecino de Gijón, de 24 años, soltero, metalúrgico, militante de la CNT. Fue condenado a pena de muerte en un consejo de guerra celebrado en Gijón el ocho de Abril de 1938. La pena de muerte le fue conmutada con fecha catorce de Junio de 1938, pero no se le notificó hasta más de un año después.

Lucio Deago Bullón, comandante de los batallones “Henri Barbusse”
y “Llaneza”, fue ascendido a mayor del Ejército republicano del Norte
 
 Mª del Carmen y Magdalena Deago: “Nuestro padre murió creyendo que también habían “paseado” a su mujer y que nosotras íbamos a quedar huérfanas de padre y madre.”
«Eramos cinco hermanos. Yo, que soy la última, nací el seis de Octubre de 1937 y el diecinueve me vino mi padre a ver: fue la primera y la última vez que me vio.
-Nosotros no veremos el triunfo, pero esta hija lo llegará a ver. -Le dijo mi padre a mi madre mientras me tenía en sus brazos.
Hasta cierto punto, tuvo razón.
Al día siguiente, ya le hicieron prisionero en Gijón. Mi padre iba a marcharse en los barcos que salían para Francia. Hasta mi madre se lo había pedido. Lo que él quería, y había solicitado, era que le pusiesen dos barcos para salir con todos sus hombres, pero eso, claro, en aquellos momentos era imposible. El propio Belarmino Tomás se lo hizo ver.
Al día siguiente, vinieron a por mi madre los de la “cheka” fascista de Olloniego. (...)Se habían llevado ya a un hermano de mi padre, de diecisiete años, y no había vuelto. (...)Aquella noche, mataron a un montón de gente de Olloniego que habían llevado en un camión.
Al amanecer, mi madre se marchó de casa y se fue a esconder a un pajar. Nunca se lo agradecimos bastante a aquella familia que la escondió y le dio de comer. Llevaban la comida de los cerdos y la de mi madre escondida dentro. A los hijos nos repartieron entre otras familias. Ella estuvo escondida allí tres meses. En ese tiempo, saquearon totalmente la casa. Fue gente de allí, del mismo pueblo. No dejaron nada.
(...)Y todo este sufrimiento por el simple hecho de que mi padre había llegado a comandante. A dos hermanos de mi padre, Ramón y Manolo, pues también los mataron. Manolín era un niño, le sacaron de casa para tomarle declaración y no volvió más.
Mi madre, con dos hijas y el cielo arriba y la tierra abajo, se fue a vivir con la madre, trabajando en lo que pintase: cargando duelas, trabajando en las huertas a jornal, vendía pescado...; en lo que saliese, para sacarnos adelante decentemente. (...)Hubo un tiempo en que mi madre asaba castañas y yo iba a venderlas por los bares. En una ocasión, le dijo la chigrera a un señor, del que no te voy a dar el nombre, uno que se acabó suicidando, pues le dijo:
-Anda, hombre, cómprale unas castañas a esta nena, que la probina no tien padre.
-¿De quién es? -preguntó el hombre aquel.
-De Lucio Deago -le respondí yo, inocente.
-¡Ah, de Lucio Deago, eh! Pues a Lucio Deago el primer tiro se lo di yo. Cuando subía con las manos atadas por Ceares p’arriba, todavía nos decía: «cobardes, asesinos, si tuviera un brazo libre volabais todos.» No le dejamos un miembro sin una bala.
Y yo, inocente, se lo fui a contar todo a mi madre...
A nuestra madre también le mandaban ir a fregar al cuartel de la Guardia Civil, hasta que, gracias a la madrina de mi madre y a otras dos mujeres que fueron allí a preguntar el porqué, y no, ya no la volvieron a llamar más.
Don José Arenas, que luego estuvo de párroco aquí, en Gijón, vino un día a ver a mi madre, a preguntarle que por qué no iba a misa.
-Mire, don José, no voy a misa para no oír a los asesinos de mi marido decir “Viva Cristo Rey”(...).”
Lucio Deago Bullón fue miembro del PSOE y de la UGT, participó activamente en la Revolución del 34, en la toma del cuartel de la Guardia Civil de Olloniego. Fue hecho prisionero, juzgado y condenado a 30 años. Permaneció en la cárcel hasta el triunfo del Frente Popular en Febrero del 36. Al iniciarse la guerra, marchó voluntario para el frente. Por sus conocimientos militares y experiencia, así como por su capacidad intelectual y organizativa, llegó a mandar, con la graduación de comandante, los batallones “Henri Barbusse” y “Llaneza”, siendo ascendido oficialmente a mayor en los últimos días de resistencia del Frente Norte. Hecho prisionero en Gijón, fue sometido a consejo de guerra, condenado a pena de muerte y fusilado.

José Segurola Pérez, de Las Chavolas,
Castrillón; teniente del Batallón “Montaña” nº 272
 
José Segurola: “Cuando volví del batallón de trabajadores, a mi familia la habían deshecho.”
Yo era el hermano pequeño y no estaba metido en nada de política. Venía de pasar muchos años en Francia y... ¡qué sabía yo entonces de política! Mi hermano Emilio, el mayor, estaba detenido en un penal de Pamplona a consecuencia de la Revolución de Octubre. Era secretario del PSOE y presidente de la UGT en Castrillón. Era un gran dirigente, un gran luchador: leal, fiel, dialogante; un militante cien por cien. En vísperas de las elecciones, a los presos de aquel penal les trajeron para la cárcel del Coto y allá le fui a ver. A los pocos días ya le soltaron. Aquí se organizó una manifestación para ir a recibirle a la carretera.
(...)La Real Compañía Asturiana tendría entonces sus dos mil y pico trabajadores y era la empresa más importante de la comarca. (...)Al estallar la guerra, toda la gente de Castrillón se marcharon voluntarios para el frente. Yo, no. Yo venía de Francia, que es un país totalmente diferente a España. Mis tres hermanos: Emilio, Severino y Manuel, sí; estuvieron en el frente hasta el último día, creo que en el Batallón “Pablo Iglesias”. En el último momento, consiguieron embarcar, pero les capturó un bou.
(...)Cuando llamaron a la quinta del treinta y siete, me tuve que presentar. (...)Fui a una Academia Militar que había en unas naves del “Simancas”, en Gijón. Me reclamaron de Somiedo antes de que me dieran el nombramiento, pero, sí, lo recibí allí a los pocos días. (...) (El 23-10-37) Llegamos a Trubia y ahí nos cogieron prisioneros. Eramos miles de prisioneros. Poco a poco nos fueron tomando la filiación a todos. (...)Por todos los sitios donde había prisioneros pasaban las “chekas” de Falange de cada municipio a buscar a los que les interesaban.
(...)Al cabo de unos meses, vinieron unos camiones para llevarnos para el campo de concentración que había en el antiguo manicomio de La Cadellada, al lado de Oviedo. Ahí fue donde se formó el batallón de Trabajadores en el que me tocó a mí.
(...)En Alicante estuvimos dos meses. Aquello sí que fue trágico: ¡cómo corría la sangre, Dios mío!. Estábamos en un campamento y todos los días, todos los días, a primera hora de la mañana, bajaba el camión chorreando sangre. Venía cargado con los cuerpos de los que acababan de fusilar y la sangre salía por los costados de la caja.... ¡Dios mío, Dios mío!
Llegué de vuelta a Las Chavolas y me encontré con toda la familia deshecha. Estando en el batallón de Trabajadores, me iban llegando cartas en las que me decían que mi hermano Emilio “estaba pasando las vacaciones con la abuela”; más tarde, que mi hermano Severino, lo mismo; luego, que mi hermano Manolín, igual... ¡Y mi abuela había muerto hacía veinte años! (Sollozos) Mi padre había evacuado para Barcelona, y allí se murió. Mi madre se quedó en casa de unos parientes, en Soto del Barco. Mi hermana no marchó de Las Chavolas. Sufrió mucho, mucho. Le cortaron el pelo al cero varias veces. Le pusieron un sello de tinta en la frente con el yugo y las flechas, y cuando se le borraba, tenía que ir a que se lo pusiesen otra vez...¡Cuántas humillaciones! ¡Cuánto sufrimiento! ¡No se puede ni imaginar, ni imaginar! A otro hermano que me quedaba, Agustín, le fueron a buscar a casa de madrugada. Vivía en La Llonguera. Los de la “cheka” de Falange dejaron el coche en la carretera y bajaron por los prados a buscarle. Le salvó la mujer que hizo frente a los de Falange y consiguió que no se lo llevaran, porque si se lo llevan aquella noche, lo “pasean” también. La mujer de mi hermano conocía al jefe de Falange de Salinas y en casa de ese señor tuvo que estar mi hermano yendo a dormir durante más de tres meses. Se salvó. Mi hermana se tuvo que marchar a vivir a Gijón, pero la obligaban a venir todas las semanas a presentarse al puesto de la Guardia Civil.
(...)Pero no acaba ahí la cosa. Seis años antes de jubilarme, convocaron unos exámenes para jefe de taller. Eramos cuatro aspirantes. Todo el mundo decía: “Segurola no los ve delante a los otros tres”, y añadían que para mí, aquello, “iba a ser un paseo”. Me molesté al máximo, quedé el número uno... ¿Y qué pasó? Pues que colocaron a uno que era adicto al régimen.
Emilio Segurola Pérez, natural y vecino de Castrillón, de 33 años, casado, fue capturado cuando intentaba huir a bordo del vapor “Gaviota”. Sometido a consejo de guerra que se celebró en Gijón el 12 de marzo de 1938, fue condenado a pena de muerte y fusilado el seis de Mayo de dicho año.
Severino Segurola Pérez, de 30 años, casado, fue capturado en el “San Juan de Nieva”. Su consejo de guerra se celebró en Gijón el ocho de Marzo de 1938, siendo condenado a pena de muerte y fusilado el veintinueve de Mayo.
Manuel Segurola Pérez, de 28 años, casado, fue sometido a un consejo de guerra que se celebró en Gijón el día siete de Marzo de 1938 y en el que fue condenado a pena de muerte. Le fusilaron el seis de Julio de ese año.

Luis Quirós Alvarez
 
Luis Quirós: “En El Pedrosu, cuando vi pasar un camión con un cañón antiaéreo, todavía creí que la República no perdía la guerra.”
(...)Me enteré de que estallaba la guerra por “Avance”, el periódico de los socialistas que se hacía en Oviedo. (...)Me movilizaron al principio de todo. Nos llevaron a Begoña. Sería por Septiembre, ya había caído el Simancas. Formamos el primer batallón militarizado que no era de milicianos, el número uno, al mando del capitán Abad. Nos llevaron a Grado a hacer ejercicios de guerra porque venían ya las columnas gallegas.
(...)El final de la guerra me cogió en El Pedrosu, en Villaviciosa. Estaba en el Batallón “Planerías” y cuando ellos tomaron El Mazucu, se perdió el contacto. Fuimos en tren hasta Belmonte de Pría. Luego, continuamos por la carretera que va de Nueva a Corao y nos establecimos en el pico Benzúa. Con una moral terrible, se les pegó una batida a los tercios de Lacar de las Brigadas Navarras. Fue un combate terrible, sangriento, y se les cogieron dos banderas. Tenían un machete amarrado al mástil para poder clavarlas en el terreno. La primera compañía del Batallón “Planerías” desfiló a los pocos días por Gijón porque había sido la primera batalla que se ganaba después de la pérdida de El Mazuco. Luego, a los tres días, ellos dieron una embestida terrible. Fue la vez que más aviones conté: treinta y tres. La aviación nos desmoralizó, pero cuando llovía, no avanzaban ni un milímetro.
(...)La gente se marchaba y yo me quedé. Amaneció el día siguiente y un paisano que iba por la carretera nos dijo:
-¿Qué hacéis ahí, probinos? Si en Gijón ya están los falangistas.
Entonces fue cuando ya se marchó todo el mundo.
(...)Entré en casa por la puerta de atrás y estuve medio guardado. Un día, fueron a detener a mi hermano Ceferino, que era el más significado, y me encontraron a mí. Al final, habíamos estado cinco hermanos en el ejército republicano. Nos salvamos los cinco y sin un rasguño. (...)Me vino a detener Julio Paquet y otros más en un coche. Seguramente que el chivatazo se lo dio el cipayo que tenían de portero en “La Sombrerera”. (...)Me pegaron tres palizas al declarar. Y eso que tuve suerte, porque en vez de al cuartel de la Guardia Civil de Los Campos, me llevaron al Instituto, que era donde estaban los de Asalto. Salvé, porque, poco antes, a un amigo mío le llevaron a la Guardia Civil y le dieron unas palizas de miedo. En el Instituto, la prisión estaba en la planta baja, en el ala que da para “el Parchís”. Seríamos unos cuarenta. Recuerdo que estaban allí Afredo Flórez, médico de Soto del Barco; este Alfredo tenía la preocupación de que cogiesen al hermano y que lo fusilasen; luego, resultó que le fusilaron a él y el hermano se salvó. Estaban también allí “Cochambo”, que era de Cimavilla; una rapaza que se llamaba Saturnina, porque había también cuatro mujeres allí, y esas tenían un catre para ellas; pero cuando me pegaron la paliza a mí, me dejaron ellas la cama para que durmiera aquella noche; estaban Ramón Duarte, Abilio el de “La Palma”...
(...)Empezó a pegarme. Un puñetazo debió de cogerme desprevenido y me desencajó la mandíbula. Fue cuando me dejaron el catre aquellas mujeres, y estando allí echado, yo solo me arreglé para encajar otra vez la mandíbula en su sitio. Volvió a llamarme otro día y a pegarme otra vez, y a preguntarme por la pistola (...). Al tercer día, tenía encima de la mesa un tolete de Asalto y me dijo que era para mí. Me pegó bastante: un brazo me lo dejó tumefacto, y la espalda.
(...)A los catorce días, me llevaron, junto con otros, para la cárcel del Coto en un camión abierto de los de Asalto. Cuando entramos en la cárcel del Coto, nos metieron en un cuartín que había a la izquierda, que se llamaba “el Almacén”. Te metían allí para después clasificarte. Había allí seis hombres tirados en el suelo. Estaban vivos. Había allí un médico con bata blanca que los atendía con cierto cariño. Resulta que era el médico que estuvo en el Simancas, Angel Soutullo, y que estaba allí preso. Estando yo allí, Soutullo, el médico, dijo:
-Ese se muere, tiene la vejiga rota.
Esos venían del cuartel de la Guardia Civil de Los Campos. Comparado con aquellos, lo mío no era nada, no me atrevía ni a quejarme.
(...)En la aglomeración había unas doscientas personas, pero se estaba mejor que en las celdas porque era una sala más grande. Todos los días se medía el espacio que correspondía por persona: 34 centímetros.
(...) (el abogado) Nunca habló conmigo. Eramos diez y nos conoció un cuarto de hora antes de empezar el consejo de guerra. Fue leyendo los nombres de cada uno. Leyó el mío y dijo:
-Lo suyo está muy mal.
El consejo de guerra se celebró en la sala del Instituto que está, según entras al patio, a la derecha. A los diez acusados nos sentaron en un banco corrido y sin respaldo. Detrás de nosotros estaba el público, sentado en bancos; delante, el tribunal, a la izquierda el fiscal y el relator, y a la derecha el abogado defensor.
Somonte empezaba leyendo con voz engolada los cargos que se hacían a cada uno; luego, el fiscal iba pidiendo las penas de muerte, todos pena de muerte, era la costumbre. Salimos de allí para El Coto esposados de dos en dos y yo con la petición de pena de muerte.!
(...)A los que iban a fusilar los venían a buscar a las seis de la mañana. Abrían la puerta de la celda, leían los nombres e iban diciendo: “¡vístase!”, “¡vístase!” Decían la misa y les llevaban para Ceares. Unas veces venían guardias civiles y otras, guardias de Asalto. La vez que más llevaron fue en Enero del 38 en que sacaron a sesenta y dos, y ese día vinieron soldados; nunca volvieron a llevar tantos de una vez, se ve que eran demasiados.
Las celdas del Coto eran de cuatro metros por dos treinta y estábamos catorce: seis, seis y dos. Cuando entraba uno de más de uno ochenta era una desgracia porque te ponía los pies al lado de la cara. Los dos, uno tenía la cabeza debajo del bañal y el otro junto al retrete. A la entrada, a la derecha, estaba el retrete, y a la izquierda, un bañal, que no tenía agua (...).
Artemio Alvarez: “En el campo de concentración de San Marcos, en León, vi los apuntes del dinero que ahorraba el comandante al ejército matando de hambre a los prisioneros.”
Yo me vine a Madrid, y en Madrid estaba cuando estalló la guerra, a consecuencia de la cual me quedé sin trabajo. Pertenecía a las Juventudes Socialistas que, por la intervención de Carrillo, se fusionaron con las comunistas y adaptaron el nombre de Juventudes Socialistas Unificadas, más conocidas por las famosas siglas de JSU.
En Noviembre del 36, salí para el frente en un grupo juvenil de las JSU en el que también había chicas. Nos mandaron a la carretera de Extremadura. Fue en aquellos días en que las tropas de Franco llegaron a las puertas de Madrid, y si no llegaron a entrar fue por cobardes, porque les dio miedo: esa es la verdad. También pudieron creer que era una emboscada que les tendían, el caso es que no se atrevieron a continuar avanzando.
Cuando fuimos para la carretera de Extremadura no llevábamos nada. Nos sacaron del Palacio de Juan March, que estaba en Lista, esquina a Núñez de Balboa. Estaba ocupado por las JSU y organizado en radios y células, según la estructura del Partido Comunista. Antes de llegar a la Puerta del Angel, nos metieron en un cine, nos dieron un bocadillo y a las cuatro de la mañana pidieron voluntarios para dinamiteros. Se levanta uno y, claro, se levantan los demás por el qué dirán. Pero nos dijeron que no, que iban a elegir ellos porque era una misión más delicada. A los dos días, algunas milicias, ante el ataque de los nacionales, empezaron a retirarse. Entonces, nos llevaron a nosotros a la Puerta del Angel, a que les quitásemos las armas a los que venían retirándose. Salimos en el diario “Ahora” como quitándoles los fusiles, pero... ¡qué les íbamos a quitar!, los entregaban: ¿cómo vas a quitar un fusil a un tío que te puede pegar un tiro? Eso fue lo mismo que el golpe de mano para tomar la “Casa del Francés”. Salimos con el rancho frío para dos días. A las cuatro de la mañana, saltamos las trincheras y en vez de dar un golpe por sorpresa, nos mandan a todos ponernos a cantar “La Internacional”. ¡Claro, en cuanto estuvimos a tiro nos frieron!, y bajas a punta pala.
(...)Yo pertenecía al 5º Batallón de la 43ª Brigada, a la que llamaban “la brigada de los niños de Miaja”, pero en una reestructuración que hubo, mientras yo estaba hospitalizado, dejaron las brigadas con cuatro batallones cada una.
(...)Al llegar a Albacete, hacia las tres de la madrugada, tenían emplazadas las ametralladoras en la carretera para recibirnos. Nos consideraban traidores porque abandonábamos el frente, cuando la realidad era que se había derrumbado ya. Bueno, el caso es que Toral debió de hablar con el gobernador de Albacete o con quien fuera y nos dieron paso. Llegamos a Valencia y nos metieron en un local del Partido Comunista, donde nos dieron de comer. Como se habían llevado con ellos todos los papeles y los sellos, pues se hicieron allí mismo salvoconductos en los que se ponía que fulano de tal iba para tal sitio en comisión de servicio. A las doce de la noche, nos dijeron que en Valencia no había barcos y que estaban en Alicante. Salimos para Alicante de madrugada.
(...)En Alicante, los italianos de la División “Littorio” se instalaron en la calle que llevaba al puerto utilizando sacos de lentejas como parapeto y con las tanquetas en posición. Nos decían que el puerto se había declarado zona internacional. Estuvimos allí tres días. Había barcos, se les veía a lo lejos, pero no venían. Luego, he leído algo de eso. Lo de la “no intervención” fue una gran mentira, porque mientras los otros entraban todo lo que les daba la gana, a la República se lo requisaban todo. (...)Ahí vi a la gente volverse loca: el tío que se quiere suicidar, jefes de brigada y comisarios que se juramentan y se disparan mutuamente, muchos casos de esos. Al tercer día, nos dijeron que no había barcos y nos mandaron subir al “Campo de los Almendros”, saliendo de Alicante para Valencia. Allí estuvimos a campo libre, con una lata de sardinas y un chusco para todo el día. Eso era a primeros de Abril de 1939.
En el “Campo de los Almendros” empezaron a depurar: a unos los mandaban para la cárcel y a mí me tocó para el campo de concentración de Albatera, donde estaría unos diez días. Albatera había sido antes un campo republicano para desertores y castigados, con capacidad para cincuenta o cien personas, ¡y nos metieron allí a miles! Estábamos tan hacinados que según nos formaban, así dormíamos. Había alfalfa y la tomábamos como ensalada o cocida. Un día vi en Albatera al jefe de la División, a Hortelano, porque mi jefe, como estaba herido, del puerto de Alicante se fue a un hospital a curarse y luego se marchó. Hortelano me dijo que cómo no me había presentado cuando llamaron a los menores de edad; porque yo tenía los veintiún años recién cumplidos de Marzo. Me dijo que cuando los volvieran a llamar que me presentase. Así lo hice. Había allí militares y falangistas que me preguntaron qué había estado haciendo en el frente. Les dije que me había tenido que alistar como voluntario para intentar salvar el pellejo. Hablaron entre ellos y me dieron permiso para salir. Me preguntaron si quería ir para Asturias o para Madrid. Les dije que para Madrid, que era donde tenía mi último domicilio. Me dieron un pase y me dejaron salir de Albatera.
(...)Llegué a Madrid, me fui a dar un paseo y me pidieron la documentación. Como no tenía, me mandaron para la plaza de toros de Vistalegre. De allí salí gracias a una vecina que era artista y conocía a un policía que le hizo un salvoconducto. Esa vecina me consiguió también un pase para venir a Asturias a ver a mis padres. Llevaba trece años sin ver a mis padres. Vivían en Castrosín. Cuando llegué a Cangas de Narcea, en la Guardia Civil me dijeron que me tenía que presentar cada quince días. Por el cartero supe que estaba declarado prófugo, así que me presenté en el ayuntamiento y les dije que estaba dispuesto a hacer el servicio militar. (...)Nos metieron en un tren y (...)nos llevaban a un batallón de Trabajadores, en La Bañeza. Llegamos allí y nos dijeron que el batallón estaba en Castrocontrigo. En Castrocontrigo estaba el puesto de mando del batallón, pero una compañía estaba en Truchas, otra en Baíllo de Truchas.
Al poco de llegar nosotros, licenciaron a gente del batallón, entre ellos, a unos cuantos que estaban en la oficina. A mí me sirvió haber estudiado mecanografía en Madrid. Entré en la oficina del batallón y, al poco, me trasladaron a la oficina de la Inspección, que estaba en San Marcos, en León, en lo que hoy es parador de San Marcos, que era entonces un campo de concentración de órdago. Allí, el señor comandante del batallón, José Llamas del Corral, tenía en el despacho unos apuntes del dinero que había ahorrado al Ejército matando a la gente de hambre, ¡porque devolvía dinero de lo que le asignaban para comida! (...)Al lado nuestro había un equipo de investigación de la Guardia Civil. Un día cualquiera, llegaba un informe de un prisionero, le bajaban a las carboneras y al día siguiente no se le conocía de los palos que le habían dado.
(...)En los batallones de Trabajadores que estaban en Lugo de Llanera había muchos asturianos, y los sábados y los domingos venían las madres y las mujeres a comer con ellos en la alambrada del campo, unos de un lado y otros, del otro. Había allí unos soldados catalanes que estaban encargados de la vigilancia y daban leña a manta. Entonces, los prisioneros les decían a los familiares:
-Mira, ese soldado que va ahí me dio ayer unos palos...
Luego, los hermanos o lo que fuesen esperaban a que los soldados saliesen a tomar una copa a un bar de los que había por allí, entraban, montaban una bronca y empezaban a zurrarles a los soldados. Fue entonces cuando resolvieron llevar fuera de Asturias a todos los prisioneros asturianos.
En base a unas disposiciones que habían salido, solicité el licenciamiento, pero me vino denegado. Entonces, me dieron el permiso que me correspondía y me vine a Asturias, a casa de mis padres, con la obligación de presentarme cada quince días a la Guardia Civil. Hasta que un día me llegó el aviso de que había sido destinado a un regimiento con servicio de armas, al “Inmemorial” nº 1, en Madrid, por lo que, al ser con servicio de armas, ya no tenía que presentarme a la Guardia Civil. Sería el año 1944. Y en el Regimiento “Inmemorial” nº 1... ¡pues a hacer la mili, de quinto, la instrucción, la jura de bandera y esas cosas! La verdad es que ahora da risa que después de haber hecho una guerra tengas que ir a hacer la instrucción.
Mercedes Ordás: “A nuestra espalda, el teniente de la Guardia Civil gritó: ¡Apunten! ¡Fuego!”
(...)Aquí entraron los nacionales rápido, en Agosto del 36, porque no hubo resistencia, ni un tiro. Solamente en el Puente del Infierno hubo algo de tiroteo y también volaron los puentes. Nosotros quedamos todos en casa con mi madre. Fue cuando dijeron que venían las tropas de León arrasando con todo lo que pescaban. Aquí, cuando entraron, a todo el que cogían lo llevaban por delante: a “Tonelada”, que tenía diecisiete años; a doña Balbina, la maestra, que estaba embarazada; al neno aquel de Corias, de quince o catorce años; el del “Blanquín” tirados ahí él y el padre; a la Leoncia. Por que, aquí, en Cangas del Narcea, mataron a muchos. Y a muchas mujeres les dieron palizas, les hacían beber aceite de ricino y les cortaban el pelo. Muchas veces denunciaban a las mujeres, sobre todo a las jóvenes, solamente para que les cortasen el pelo, así que cuando iban para la comandancia llevaban ya una gorra por si les cortaban el pelo. Hubo gente que enfermó con lo del aceite de ricino.
Entonces, mi madre y otra señora que estaba en casa y tenía siete nenas decidieron marchar para el pueblo en el que ella naciera: Las Defradas, de San Pedro de las Montañas. Querían refugiarse allí, en un pueblo apartado de la montaña, hasta que pasara la primera avalancha. Aguardamos hasta que nos dijeron que las cosas estaban más tranquilas. Ya nos habían desvalijado la casa y todas esas cosas. Entonces, mi madre se decidió a bajar con nosotros para Cangas, pero a nuestro hermano Pepe, que tenía diecisiete años, y a Jaleo, que era el sereno, (?) por si acaso, les dijeron que se quedasen unos días más. Una noche, ellos dos, vinieron a dormir a la cabaña de Frutos, para, al día siguiente, venir para Cangas. Aparecieron cinco o seis vecinos por allí, de vigilancia o lo que fuera, y aquella misma noche los mataron.
fusilamiento franquista en un cementerio

Fui yo (Benigno) con mi madre a llevarle el colchón a la cárcel y nos dijeron que no, que no hacía falta. Mi madre les dijo a gritos si es que le querían matar. Al día siguiente, cuando mi madre le fue a llevar el desayuno, ya no estaba, ya los hubieran matado. Todo el camino de vuelta a casa lo hizo mi madre gritando: ¡bandidos!, ¡criminales!, ¡asesinos!... Todo lo que se le salía. Lo recuerdo perfectamente porque yo (Nieves) era una niña de siete años que iba caminando con ella, agarrada a la falda. Al llegar a casa, a mi madre empezaron a darle ataques. Benigno fue a buscar a don Rafael, el médico. Cuando llegó don Rafael, el médico, ya estaba allí la Guardia Civil que había venido a buscarla para llevársela y matarla también.Gracias al médico que les dijo que hiciesen el favor de salir, que aquella señora no se movía de allí bajo su responsabilidad. Les tuvo que repetir varias veces que saliesen, que él era el médico y que le necesitaba a él. Si no llega a ser por el médico, aquella noche la matan sin más.
Nosotros, durante la guerra, estábamos en Cangas. A mi madre y a esta hermana mayor (Mercedes) las llevaban cada poco para la cárcel y las volvían a soltar. Así, una vez y otra. Yo era más pequeño y estaba en un pueblo, aquí cerca, para que no me viesen y no me llevasen también.
A Félix, el mayor, le cogió el derrumbamiento del frente de Asturias estando herido en un hospital de Sama. Le hicieron prisionero y de allí le llevaron ya a Luarca, a juzgar. En el consejo de guerra le condenaron a pena de muerte. (...)Le trajeron para la cárcel de Cangas. Llegó con la camisa pegada al cuerpo de todos los palos que le habían dado.
En una celdas de castigo tenían metidos a siete condenados a muerte y entre ellos estaba nuestro hermanos Félix. Eran todos de esta zona y de Ibias, y había uno, Zapico, que era de la cuenca minera. Nosotras fuimos muchas veces a llevarle la cena. La cena iba en un cesto de varas que tenía una correa por la parte de abajo. Debajo de la correa era donde metíamos las limas.
Consiguieron hacer un agujero en la pared de la celda y, una noche, cuando faltaban dos días para que les llevasen a fusilar, se escaparon. Salieron al patio y con unas mantas anudadas, saltaron el muro y se descolgaron al exterior. Cruzaron el río y se marcharon monte arriba. Se dispersaron y cada uno marchó por un lado. Félix aguantó tres años escondido por los montes.
Cuando se escaparon, vino la Guardia Civil a casa y me llevaron a mí (Mercedes) para la cárcel. A la noche siguiente, me sacaron con otra mujer, Lola Fernández, cuyo hermano era uno de los que también se habían escapado. Nos llevaron a las dos para que declarásemos a dónde se habían ido. Nosotras no lo sabíamos. Así que nos subieron a uno de aquellos camiones de los soldados. Iban soldados y guardias civiles con nosotras. Algo antes de llegar a Pola de Allande, nos mandaron bajar a las dos. Ibamos esposadas la una a la otra. Nos llevaron a la cuneta de la carretera y nos pusieron de espaldas a ellos, que estaban en la carretera. Yo ya sabía que nos iban a fusilar porque lo había visto otras veces. Resbalaba en la cuneta porque lloviera aquella noche y estaba mojado. “Que vas a caer”, me decía Lola. “Que más da, si vamos a caer las dos ahora”, recuerdo que le contesté yo. El teniente de la Guardia Civil dio la orden: ¡Apunten! ¡Fuego! Claro, pensábamos que íbamos a morir, qué otra cosa se va a pensar. Pero dispararon por encima de nuestras cabezas. Yo tendría dieciocho años y Lola, diecisiete.
(...)Al día siguiente, fueron a buscar a nuestra madre y se la llevaron a ella con los cinco hijos para el campo de concentración de Figueras de Castropol. En ese campo de concentración estuvimos mucho tiempo. Una noche de Reyes (del 39, llevaban allí desde Septiembre), vinieron a buscar a Nieves y a Gil, que eran los más pequeños. A Nieves, que tenía ocho años, la llevaron para Colloto, a un colegio de monjas, y a Gil, que tenía diez, al reformatorio de San Agustín, en Noreña. Yo (Benigno), que tenía doce, quedé en el campo de Figueras con otra hermana (Remedios). A mi madre y a mí (Mercedes) nos llevaron deportadas para Plasencia, en la provincia de Cáceres.
(...)En ese campo de Figueras habría, de media, mil hombres prisioneros y seiscientas mujeres. Había tres barracones para dormir. Estábamos separados los hombres de las mujeres por una alambrada.
A Félix le cogieron en el pajar de la casa de la novia. Hubo un chivatazo y fueron y rodearon la casa. Le gritaban que se entregase, pero nada. Tenía una pistola y les disparaba desde la ventana del pajar. Como tenían miedo a entrar, prendieron fuego al pajar. Cuando se vio perdido, con la última bala de la pistola, se asomó a la ventana, les gritó que era Félix Ordás y se pegó un tiro. El cadáver, medio quemado, lo metieron en un saco y lo trajeron para Cangas. Lo tuvieron tirado delante de la cárcel, en exposición, para que la gente lo viese. Poco después, veníamos mi madre y yo (Mercedes) de andar recogiendo castañas. Nos cruzamos con el barrendero y otros que iban con el carro de la basura en dirección al cementerio. Nosotras no sabíamos nada, pero notamos algo raro y nos quedamos mirando para atrás. Nos dijeron que siguiéramos para adelante y que no miráramos: Llevaban el cuerpo de nuestro hermano Félix.
A los cuatro o cinco días fue cuando nos soltaron a Remedios y a mí (Benigno) en el campo de concentración de Figueras. Llegamos aquí el día dos de Diciembre, no se me olvida, porque era el día siguiente de la feria.
También intentaron quedarse con lo que teníamos. Un día, llegó a casa un papel del Estado diciendo que en el plazo de veinticuatro horas teníamos que entregar la parte de la herencia que les correspondía a los dos hermanos que nos habían matado.
Al otro hermano, a Pepe, y al sereno los habían enterrado en una cuneta a la salida del pueblo. Sabíamos dónde era más o menos porque una tía nuestra y otros vecinos, sintieron los tiros por la noche y, de día, se acercaron y vieron los cadáveres. Los enterraron allí los mismos vecinos, cada uno al lado de un castaño. Luego, yo (Nieves), de nena, iba a llevarles flores. De aquella no pudimos hacer nada porque creo que si pedimos permiso para llevarlo a enterrar al cementerio nos matan a nosotros.
Hace más de seis años solicitamos permiso al Ayuntamiento y nos lo dieron. Fue terrible, dio mucho trabajo porque estaba cambiado todo: los castaños ya hacía mucho que los habían cortado, la carretera la habían arreglado, los cierres de los prados los habían movido, árboles que habían nacido... Llevamos una pala excavadora y, con cuidado, fue removiendo la tierra hasta que aparecieron los restos de los dos. Identificarlos fue fácil por la longitud de los huesos y porque todavía se conocían los zapatos y el cinturón de Pepe, que eran de cuero.»
fusilados victimas de la represión
28-5-41 Condena: Pena de muerte. Aprobada por el Auditor de Guerra el 4-1-38; “enterado”: 2-3-38. Parece ser que se fugó de la cárcel de Cangas de Narcea el ¿26-1-40? Falleció en Bustarel, Allande, a las 7h 27-11-40 a causa de “derrame cerebral” (L 112 F 384 Registro Civil de Cangas de Narcea).
Félix Ordás Roza, natural y vecino de Cangas de Narcea, hijo de Amaro y Esperanza, de 27 años de edad, soltero, jornalero, fue condenado a pena de muerte en un consejo de guerra celebrado en Luarca el día 21 de Diciembre de 1937. Consiguió huir de la cárcel de Cangas de Narcea el día antes de ser fusilado. Falleció en el pueblo de Bustarel, Allande, el día 27 de Noviembre de 1940, al rodear las fuerzas de la Guardia Civil la casa en la que estaba escondido y prenderle fuego.

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