18 de febrero de 2013

Rosario de Acuña y Villanueva

Hipatia en el recuerdo
En mayo de 1923 falleció en su casa de El Cervigón Rosario de Acuña y Villanueva
Rosario de Acuña. https://www.lne.es/gijon/2009/05/05/hipatia-recuerdo/752797.html
https://www.lne.es/
El día 5 de mayo del año 1923 fallecía en su casa de El Cervigón Rosario de Acuña y Villanueva. Una traicionera embolia cerebral acabó de manera inesperada con la vida de quien, renunciando a los privilegios que su distinguido origen le tenía reservados, prefirió caminar con valeroso entusiasmo por la intrincada senda de la «verdad y la libertad», por más que tal decisión le acarreara todo tipo de penalidades. Nacida el primero de noviembre de 1850 en el seno de una distinguida familia que hundía sus orígenes en las raíces de los Grandes de España, sus primeras décadas de vida debieron semejarse bastante a las de aquellas jovencitas de la burguesía madrileña que la novela realista tan bien nos ha retratado: una vida cómoda salpicada por fiestas, teatro, viajes, modas... y ¡poesía!, para la que la señorita de Acuña parece estar especialmente capacitada, a tenor de los parabienes que reciben algunas de sus obras.

13 de febrero de 2013

San Petersburgo generó en 1905 actos de repulsa en las Cuencas

El eco del «Domingo Sangriento»   actualizado el 07-05-2020
Pintura de Ivan Vladimirov (1870-1947) sobre la matanza del Domingo Sangriento. El Domingo Sangriento o Domingo Rojo (en ruso: Кровавое воскресенье) fue una matanza de manifestantes pacíficos conducidos por el padre Gapón perpetrada por la Guardia Imperial rusa. Sucedió en San Petersburgo el 22 de enero de 1905 (9 de enero según el calendario juliano entonces vigente en Rusia), día en el que doscientos mil trabajadores se reunieron a las puertas del Palacio de Invierno, residencia del zar Nicolás II. De Ivan Alekseevich Vladimirov - http://www.sgu.ru/rus_hist/?wid=811, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2551154
La brutal carga del ejército zarista contra una multitud hambrienta de San Petersburgo generó en 1905 actos de repulsa en las Cuencas, donde se gestaba el sentimiento de solidaridad internacional
Ilustración de Alfonso Zapico
http://www.lne.es
El 22 de enero de 1905 las tropas de élite del ejército zarista, esos cosacos bigotudos y gritones que solían aparecer en los cuentos de nuestra infancia, cargaron en San Petersburgo contra una multitud hambrienta, congregada frente al Palacio de Invierno con la intención de presentar a Nicolás II un escrito que recogía una lista de peticiones para ayudar a solucionar su miseria. Cuentan los investigadores que en aquellos momentos el soberano se encontraba lejos de la ciudad, pero a pesar de todo -cosas de tener el poder absoluto- no pudo negar la responsabilidad en el baño de sangre que dejó en las calles un número de víctimas que los más optimistas dejan en más de 200 muertos y 800 heridos de todas las edades, cifras que los periodistas de la época elevaron a más de 4.000 entre los dos grupos.

10 de febrero de 2013

La Pola milenaria poco tiene que ver con la villa actual

Fe milenaria. (Artículo ilustrado con fotos antiguas de Pola de lena)
1910. Mercado de Pola de lena. (Archivo del Blog)
La Pola cuenta con entidad urbana, localización y comunicaciones para desafiar al futuro mediante ideas que aprovechen las potencialidades y contengan el declive demográfico reciente
1954. La plaza Alfonso X El Sabio. (Archivo del Blog)
https://mas.lne.es/
Pola de Lena es referencia urbana, histórica y actual, de la Montaña Central de Asturias. Puerta urbana que abre Ciudad Astur a los que llegan atravesando la Cordillera. Tan sorprendidos, hoy como ayer, al franquear los puertos y atisbar, desde el mostrador de la serpenteante autopista, el escaparate del mundo de la alta montaña, al que sus guardianes permanentes, la nublina y el orbayu, oscurecen sin previo aviso, para cegar al viajero y hacer sentir, al acongojado primerizo, que entra en otro país. Así que la Pola fue y es el contraste civilizado frente a naturaleza tan desbocada. Por eso debe cuidar sus formas urbanas, comenzando por las que hoy son fachada principal de la villa carretera y también ferroviaria, ahora punto final de la modernización del ferrocarril que avanza con dificultad desde Valladolid.

Sama de Langreo ha perdido el «sabor» de su vida comercial

Un mercado de valores

                                      Escudo de langreo

El poeta salmerón Ricardo Labra recorre su villa natal, que ha perdido el «sabor» de su vida comercial y se busca en el nuevo mapa de una reindustrialización «sin alma»

Marcos Palicio / Sama de Langreo (Langreo)
El edificio del mercado cayó al amanecer, un día gris en los años ochenta. Aquel derribo, mirado con la perspectiva del paso del tiempo, es una metáfora para los ojos del poeta, algo así como «el hundimiento simbólico de Sama», la frontera que separa el antes del después en esta villa que ha visto desplomarse lo que era y que ya no ha vuelto a sentirse «el centro comercial más importante del valle del Nalón». Ricardo Labra, salmerón de sentimiento y compromiso, langreano de agudo resquemor por el tiempo perdido, pasa con pesar por delante del sustituto moderno de la vieja plaza de abastos, que hoy ocupa la misma manzana de siempre en un lateral de la iglesia de Santiago, pero que es física y esencialmente diferente, ya sin el rumor alborotado de los charlatanes que vendían de todo, de maquinillas de afeitar a navajas, de quesos a embutidos; sin «los animales que traían para portear las estructuras de los puestos» ni «la vida y los aromas del mercado» que remolcaba literalmente a la villa.
Cayó el edificio, se calló la plaza y a Sama, en aquel amanecer sucio de los ochenta, se le fue algo más que una construcción emblemática de su pasado. El inmueble sobrevive reconstruido de otra manera, «pero nunca más ha vuelto a funcionar». Detrás de su nueva fachada marrón, demasiado impersonal al decir de Labra, en la frialdad del gran supermercado que ahora ocupa el interior, ha quedado sepultado algo, afirma, «de aquella Sama finisecular que se va alejando poco a poco por las aguas de la memoria». No es sólo la demolición de la edificación ni la huida de los puestos del ferial, son los indicadores de un cambio de sentido, las alertas de un sentimiento de pérdida en el tránsito de una villa a otra. Alrededor de la plaza, «toda la zona está muerta», se duele el escritor langreano. «Y mira que tenía vida» cuando el niño que fue Ricardo Labra venía a comprar «con mi madre, con una ilusión enorme, engañado porque me decía que me iban a traer un burrín y yo venía aquí a preguntar cuándo llegaba. Todo ese sabor ya se ha perdido».
Esta Sama que no se parece a aquella, vuelve el poeta a la metáfora, es más bien hoy «una coronaria de Asturias». «Lo que ha ocurrido en Sama equivale de algún modo a lo que le puede pasar al Principado». Ni el nuevo mercado suple al viejo ni las minas dejaron más sustituto que aquellos polígonos industriales que querían ser, descifra Labra, «pistas de aterrizaje para que llegase Leviatán a poner el huevo. Pero Leviatán no tiene el vínculo con la tierra que tenían las antiguas empresas de la zona y el futuro se hace incierto si todo se construye sobre las subvenciones», concluye. La villa natal del poeta, aquella del río negro y las minas en el casco urbano, la de la campana de niebla que elevaban las industrias del entorno, está hoy limpia y cuidada, «tal vez nunca estuvo tan atildada, pero puede que la apariencia sea atrezzo, un oropel», que por dentro haya perdido en parte «la identidad, la fuerza». Habla Labra en el parque Dorado, a los pies de «La carbonera», una mujer de mármol con pañoleta y madreñas sacando carbón de una vagoneta empotrada en la peana que sostiene un busto del ingeniero Luis Adaro. Habla en uno de los escenarios donde Sama rinde tributo alegórico al apego con su identidad y su historia, a las mujeres que se buscaban la vida rascando el mineral sobrante en los vagones de transporte y que tampoco ha olvidado, como el poeta, que «esta zona fue el motor industrializador de Asturias. Por aquí se pasó de la Asturias rural a la industrial, esto fue una vanguardia en el movimiento obrero y una avanzadilla democrática y, si todo eso desaparece, el futuro se resentirá. El tejido social se empobrecerá si sólo somos una villa en la que la gente viva y se desplace a su trabajo. Hay que encontrar otras fórmulas, aunque sea difícil, porque Leviatán no tiene alma».
Es el canto a la mirada al futuro sin perder de reojo el pasado, al concepto difuso de la identidad y a la sensación de que al explorar alternativas fuera de la mina tal vez no convenía «una ruptura tan violenta. Es cierto que vivimos una revolución tecnológica avanzada, pero esto no es Silicon Valley. Aquí se pasó directamente del siglo XIX al XXI y si es cierto que no se pueden acometer las épocas nuevas con fórmulas viejas, también lo es que no conviene actuar sobre una zona con tanta historia con una óptica absolutamente nueva. He ahí el gran problema, el dilema en el que está inmersa esta zona», la encrucijada de todo el Valle y no sólo de esta villa que conserva en torno al Ayuntamiento la perimetría medieval y que no puede querer ser, porque nunca lo ha sido, una «ciudad-dormitorio» en exclusiva. Sama «es un sitio para dormir, vivir, sentir y morir, no un lugar sin alma».
Por eso sigue él aquí, ahora viviendo en La Felguera y sólo aparentemente solo, porque es cierto que el éxodo posindustrial se llevó a muchos de sus compañeros de quinta, pero también que le queda «una gran ventaja: las calles me hablan. Ése es tal vez el gran error de la gente mayor que se ha marchado a otra ciudad, que son exiliados, que no saben adónde ir, que se sienten solos. Yo aquí no puedo sentirme solo, la calle me habla». Es otra forma de hacer que el discurso regrese a la identidad, al vínculo entre el poeta y su villa.
La definición que mejor se le adapta toma prestadas las palabras que utilizó un día el periodista y escritor Juan Cueto, allí donde dijo que Sama era «la población más posmoderna de España». El retrato resulta de la elevación para mirar desde arriba la histórica capital langreana y de la vista de una villa que fue «una campana entera cubierta por toda la bruma de las industrias que había en La Felguera y Ciaño, pero abierta al mismo tiempo al mundo rural». A un paso del trazado más urbano del centro, concreta, Sama se convierte de inmediato en Rondera, en Costadarcu, «en ese universo totalmente agrario donde se daba esa economía mixta tan típica de las zonas mineras». Ricardo Labra sabe lo que hay porque  nació en La Casa Nueva, barrio viejo al otro lado de la vía de Renfe, exactamente en el número 10 de Hernán Cortés -hoy calle de La Casa Nueva-, en otro lugar de la villa donde se mezclan mundos opuestos. Aquí la vivienda baja, en la orilla opuesta de los raíles del tren la edificación residencial de clase media y el centro comercial y urbano, un área que creció tan de espaldas a esta zona que los edificios que limitan con la vía no tienen ventanas que den hacia aquí.
Labra, de oficio «descifrador de significados», todavía identifica Sama por sus sonidos. A la sola mención del topónimo de la villa vuelve a oír el eco fundido de aquellos dos mundos limítrofes, «las esquilas del ganado y el trepidar del valle entero con los sones industriales, los turullos de las fábricas de La Felguera y el eco del río, porque puede que haya pocas poblaciones en las que tenga tanta importancia el río. Sama siempre estuvo además llena de campanas, la de la iglesia, la del Ayuntamiento... Incluso creo que sonaba la cúpula del edificio de Ridruejo que estaba en la esquina entre la carretera general y la calle Soto Torres y que alguien decidió tirar cometiendo un atentado urbanístico de primera magnitud que cambió la fisonomía de Sama». En esta memoria con banda sonora suena todo eso y alrededor muchos trenes, porque «la vía era un cinturón que cruzaba toda la red urbana y estaba llena de ellos: el de Modesta, el que iba a Duro Felguera, Renfe, Feve...». «Siempre digo que soy una planta del río Nalón», persevera el poeta, y que «Sama es una buena medida del mundo, en el sentido de que hay personajes que se pueden encontrar en cualquier ciudad, el noble y el villano, el inteligente y el bufón...».
Sin nombrar, porque sería «peligroso», «los grandes personajes de una ciudad son los que en una novela formarían parte del inframundo, del mundo marginal», pero Ricardo Labra, el poeta, no puede marcharse sin mencionar a Eugenio Torrecilla, escritor y alma de una tertulia literaria «que iluminó esta zona durante tantos años». Él, que vive aún en «los siete pisos», el edificio racionalista que envuelve el cine Felgueroso, fue y sigue siendo «esa luz intelectual» sobre esta Sama con su «gran sabor de personajes» y su arquitectura peculiar, de un eclecticismo atrayente para el que sabe mirar o da con el guía adecuado. «Esto es de la Rusia de "Crimen y castigo"», señala Labra un edificio que se incendió hace poco en La Casa Nueva. Aquel otro, azul, con adornos blancos, recién restaurado frente a la estación de Renfe, «es Portugal»... Por eso siempre vuelven a Sama, destaca Ricardo Labra, todos los viajeros con sombrero que pintaba Eduardo Úrculo, salmerón ilustre. Es aquí adonde viene Williams B. Arrensberg, ese otro viajero de bronce salido de las manos del artista langreano, plantado con el equipaje a los pies en la plaza de Porlier de Oviedo, mirando a la Catedral. «Ahí paraba el Carbonero», explica Labra, «está esperándolo para volver a Sama».

9 de febrero de 2013

«Salus infirmorum» de Luis Menéndez Pidal

Historia de un cuadro: «Salus infirmorum»
Luis Menéndez Pidal fotografiado por Goñi (Blanco y Negro, 1907). Wikipedia
Luis Menéndez Pidal, nacido en la localidad lenense de Pajares en 1861, es el autor de uno de los mejores cuadros que se hayan pintado en Asturias
Ilustración de Alfonso Zapico
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«Salus infirmorum» es una frase latina que podemos traducir como «la salud de los enfermos»; también se llama así uno de los mejores cuadros que se han pintado en Asturias. Su autor fue Luis Menéndez Pidal, nacido en Pajares en 1861 y miembro de la familia más culta que ha dado esta tierra: Juan, uno de sus hermanos, fue un prestigioso historiador y director del Archivo Histórico Nacional durante muchos años; Ramón, el otro, prefirió la filología y también llegó a dirigir la Real Academia Española, formó parte de la Generación del 98 y ha pasado a la historia como el divulgador del Cantar del Mío Cid; por último su hijo, llamado Luis como él, fue un conocido arquitecto y restaurador, firmando entre otros proyectos los del Parador de Turismo de Pajares, la Biblioteca Pública de Gijón y la Capilla de la Santa Cueva de Covadonga. Enseguida apuntó maneras y, como seguía en su idea, fue enviado en 1885 a la Escuela Superior de Pintura de Madrid y luego, gracias a una beca, a Roma y Florencia, donde residió hasta 1888.

5 de febrero de 2013

El Ateneo Popular de Mieres

A la conquista del Ateneo.

 Escuela de Capataces:  Construida con el dinero aportado por el Ayuntamiento de Mieres y la Diputación Provincial se inaugura la Escuela de Capataces de Minas, Hornos y Máquinas el 31 de julio de 1884. Está formada por un cuerpo central transversal y dos salientes a los lados que hacen una estructura en U, con un estilo austero entre un incipiente racionalismo y la tradición regional. Actualmente es la Casa de Cultura Teodoro Cuesta y en ella está situada la Biblioteca Pública "Vital Aza"  cabecera de la Red de Bibliotecas Públicas del Ayuntamiento de Mieres.

A comienzos del siglo XX se multiplicaron las asociaciones de tipo cultural en Asturias

 En las primeras décadas del siglo XX se produjo en Asturias una multiplicación de asociaciones de carácter cultural. Bibliotecas, centros y sociedades populares del mismo tipo fueron abriéndose en todos los núcleos de población, incluso en los más pequeños, de manera que, por ejemplo, sólo en la cuenca del Caudal llegaron a contarse 43 establecimientos con características parecidas.

Al seguir la pista de estos colectivos resulta frecuente encontrar que con el tiempo y los relevos en sus directivas cambiasen también de nombre, pero entre las diferentes denominaciones que adoptaron, la preferida fue la de Ateneo. En algún momento los hubo en Ujo, Santa Cruz, Ablaña, Sueros, Turón, Vegadotos, Santo Emiliano, Figaredo, Urbiés, La Rebollada, La Peña, Los Pontones, Cardeo, Siana, Loredo, Rioturbio, Entrerríos y Mieres. También en Malvedo, Vega del Ciego y La Pola, en Lena. Y lo mismo en Cabañaquinta y Moreda. Por no hablar del Nalón: Langreo, La Felguera, Lada, Riaño, Barros, La Gargantada, Ciaño-Santa Ana, La Canga, Cotorraso, La Nisal, Blimea o Pola de Laviana.

La mayoría nacieron o tuvieron su esplendor en los años republicanos, pero hubo sociedades mucho más antiguas, como el Centro Instructivo de Siana, de 1909; la Sociedad Obrera de Instrucción y Recreo de Blimea, de 1911; La Montera de Langreo, de 1912 o el Centro de Instrucción y Recreo de Ujo, de 1915, por citar algunos, y aún en el siglo XIX encontramos también asociaciones tan dispares en sus objetivos, dimensiones e historia como el Casino de Mieres y el Círculo de Recreo de Turiellos, La Felguera, que ya aparece en documentos oficiales de 1882...

Con estos datos no quiero agobiarles, sólo pretendo que se sitúen en el ambiente de la última fecha que les doy: el 7 de abril de 1928, día en que se constituía el Ateneo Popular de Mieres, para que vean que su fundación no fue nada original y seguía la moda que se había extendido por toda Asturias. Pero en nuestra sociedad había una circunstancia que la distinguía de las demás: desde la Casa del Pueblo socialista ya se organizaban con frecuencia actos culturales, con lo que los usuarios habituales de este tipo de locales -mineros, obreros de la fábrica y ciudadanos de izquierdas- tenían allí su sitio, pero la pequeña burguesía, que ya se reunía en el Casino para sus celebraciones y actividades lúdicas, carecía del suyo a la hora de satisfacer sus inquietudes intelectuales.

Llenar ese espacio fue el objetivo que se propusieron desde un principio los fundadores del Ateneo. El principal impulsor del proyecto fue el conocido y prestigioso maestro Juan Vicario, un quirosano que había dedicado toda su vida a la enseñanza en Mieres, primero en la Escuela Municipal, abierta entonces en los bajos del Ayuntamiento, y más tarde como director del Grupo Escolar Aniceto Sela y profesor en el Instituto de Segunda Enseñanza. Con él figuraron en la primera directiva otros dos maestros, dos médicos, un abogado, cinco funcionarios municipales y cinco empleados de la Fábrica, todos de tendencia conservadora, lo que en un principio ocasionó las esperadas críticas de los socialistas.

Pero Juan Vicario supo a base de sabiduría y mano izquierda reconducir inmediatamente la situación. En el primer curso del Ateneo hizo desfilar por su sala a conferenciantes de tan distinto pelaje intelectual como el sacerdote obrerista Maximiliano Arboleya, nuestro viejo conocido Roso de Luna, el musicólogo Eduardo Martínez Torner o los profesores Leopoldo Alas Argüelles y Benito Álvarez Buylla y a la vez también se organizaron clases de diferentes materias, incluyendo el esperanto, una lengua que a partir de aquí tendría su propia historia en Mieres, y a las que se apuntaron 70 alumnos.

El éxito fue tal que en unos meses se logró reunir a 700 socios que pagaban una cuota de una peseta mensual, algo bastante económico si tenemos en cuenta que en el Ateneo de Turón se cobraba el doble e incluso existían asociaciones como la Sociedad Cultural Ablañense -la más cara- donde se llegaba a las 3 pesetas, después de haber entregado 10 por la tasa de afiliación.

Con todo, las aportaciones de los socios eran insuficientes para hacer frente a los gastos, que sólo por los costes de las conferencias ascendieron en el primer año a 1200 pesetas, a los que había que sumar las otras actividades y las compras de libros para nutrir una biblioteca que se fijó el objetivo de tener al menos el doble número de volúmenes que de lectores. La importancia del Ateneo en la vida cultural mierense se hizo evidente, de forma que a la subvención de 250 pesetas que otorgaba la Diputación provincial se sumó otra de 1000 aprobada por el Ayuntamiento y se creó la figura del socio protector, con el doble de cuota, para equilibrar la afiliación gratuita de los parados de larga duración, que, como se ve, no son cosa de ahora.

La eclosión política y social que supuso la llegada de la República trajo el despegue definitivo del Ateneo mierense que siguió creciendo y adaptándose a las novedades que se extendían por el país, pero al mismo tiempo los diferentes grupos políticos que habían surgido en las Cuencas se dieron cuenta de que la institución era una plataforma fenomenal para sus actividades propagandísticas y una cantera potencial de afiliados con inquietudes culturales como no se podía encontrar en otra parte. Los socios fundadores, anclados en su conservadurismo asistían perplejos a la evolución de la institución, mientras los socialistas que seguían empeñados en potenciar sus propios centros no acababan de creer en los Ateneos, con lo que la puerta quedó abierta a otras organizaciones.

Quienes primero se dieron cuenta fueron los comunistas, que empezaron a tomar posiciones en los de Moreda, Turón y Mieres, aunque aquí quien se llevó el gato al agua fue el pequeño grupo de trotskistas que habían organizado Manuel Grossi y Marcelino Magdalena bajo las siglas del Bloque Obrero y Campesino, un partido de gran implantación en Cataluña, pero en el que en el resto del país apenas tenía influencia. Dicho sea de paso, conocer como se produjo el contacto de los mierenses con esta organización es un asunto pendiente que seguramente acabará llamando la atención de los historiadores que últimamente se interesan por la figura de Grossi y la importancia que acabó teniendo tanto en la Revolución de Asturias como en el posterior desarrollo del POUM, en el que él y Magdalena se integraron desde su fundación.

El caso es que los hombres de Grossi, haciendo gala del nombre de su partido, entraron en bloque en el Ateneo y en las elecciones que se celebraron a finales de 1933, aprovechando una sesión a la que asistieron sólo 190 socios de los más de mil que entonces tenían derecho al voto, se hicieron presentes en la directiva que pasó a presidir Patricio Carro.

Llama poderosamente la atención como ejercieron su influencia en sus actividades desde aquel momento: se organizaron ciclos de conferencias con títulos tan significativos como «Cultura popular y cultura proletaria» y en los meses que siguieron desfilaron por Mieres intelectuales que entonces gozaban del mayor interés, como Victoria Kent, del Partido Radical Socialista, y famosa por haberse opuesto en el Congreso español a que diese el voto a las mujeres afirmando que sería tanto como entregar la República a la derecha; Augusto Barcia, otro republicano y maestro masón de gran peso político que había dirigido el Gran Oriente de España en los años 20; o los teóricos comunistas Wenceslao Roces e Isidoro Acebedo, éste último bestia negra del SOMA desde la publicación en 1930 de una novela de ambiente minero «Los topos» en la que criticaba abiertamente a Manuel Llaneza.

Pero lo más sorprendente fue la presencia en las Cuencas de Joaquín Maurín y Andreu Nin, llamados expresamente por Grossi y que constituían en aquel momento la máxima representación del trotskismo peninsular dividida en dos partidos. Maurín dirigía la Izquierda Comunista y Nin el Bloque Obrero y Campesino. Andreu Nin, amigo de otro mierense que los habituales de esta página conocen de sobra, Jesús Ibáñez, con el que había vivido en Moscú, defendía en aquel momento el «entrismo"», una táctica consistente en infiltrarse en partidos u organizaciones de mayor tamaño para acabar controlándolas desde dentro. Precisamente fueron las diferencias sobre la aplicación de esta estrategia con el PSOE las que acabaron alejándole del mismísimo Trotsky, pero a lo que parece, cuando Grossi lo hizo en el Ateneo mierense el resultado fue inmejorable.

Tras la revolución de 1934 el Ateneo Popular de Mieres fue clausurado por la autoridad militar que relacionó sus actividades con aquellos hechos y aunque pudo volver a abrir sus puertas cuando llegó la calma, apenas fue un espejismo: la Guerra estaba encima y la caída de Asturias en poder del Ejército nacional puso el punto final a su historia.
 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

"Hacer cosas para el mundo desde Moreda".

Muros que son peldaños

Graciano García, director emérito de la Fundación Príncipe, reivindica el espíritu emprendedor de la Moreda abnegada y solidaria de su infancia

                                Vista de Moreda



Marcos Palicio / Moreda (Aller)
Por la avenida Tartiere, de madrugada, los clavos de las madreñas de los mineros resonaban contra el suelo de la travesía central de Moreda. El sonido, «monótono pero inconfundible», de los obreros saliendo hacia las minas de montaña ha despertado otra vez a Graciano García, que era aquel niño que dormía en la casa de la galería acristalada, en el número 48 de la calle que enhebra la localidad y está aquí a punto de abandonarla por el Sur camino de San Isidro. A la primera mención de su población natal, el director emérito vitalicio de la Fundación Príncipe de Asturias ha vuelto a oír el eco de la Moreda perdida, el ritmo redundante pero genuino, plenamente reconocible, que marcaba el compás en aquel territorio malogrado de la infancia y la mina. El silencio de hoy es la evidencia de que aquella villa viva quedó enterrada en los pozos cerrados, de que no es la misma desde que no oye el taconeo de los mineros. Al regresar a hoy, a través del tiempo, el pueblo le parece más pequeño. Sin minas, «narcotizado por las prejubilaciones y las subvenciones», Moreda es a través de sus ojos  un mundo nuevo detenido en la encrucijada de las decisiones, paralizado en «un cierto impasse», expectante, pendiente de encontrar su camino prescindiendo de la ayuda de un sistema que equivocó las soluciones. «Tengo siempre muy en cuenta la sabiduría de la Biblia», concreta García, que descubre que aquí cabe el Eclesiastés, con su certeza de que «todo tiene su tiempo bajo el cielo», traduciendo que en Moreda y en las comarcas mineras las contrapartidas de la reconversión «apartaron de la vida activa, de su momento bajo el cielo, a personas jóvenes, víctimas perjudicadas por un sistema erróneo». «Creo que no descubro ningún Mediterráneo si digo que todo aquello fue dañino, muy negativo».
Nieto de «inmigrantes» del valle vecino de Langreo, hijo predilecto  de Aller desde abril de 2007, el periodista se ha vuelto a ver aprendiendo a andar en medio de las manzanas de la pomarada que los abuelos paternos, David y Vicenta, tenían  detrás de casa, en la loma por donde se trepa hacia Moreda de Arriba, al barrio original, al principio de todo esto que hoy es el plano muy urbano del corazón del bajo Aller. Graciano García ha regresado a aquella villa que se hizo en la mezcla, que era mitad agraria mitad minera, una «tierra de emigrantes» que ni siquiera existía como tal hace poco más de un siglo, «cuando el terreno bajo de la vega del río Aller que hoy es el trazado urbano no era más que la tierra de cultivo de la que vivían los de Moreda de Arriba». Y como un emigrante es, por definición, un emprendedor, alguien que arriesga para buscar nuevos horizontes y superarse a sí mismo, y como el que habla es el periodista resuelto que puso en marcha los premios «Príncipe de Asturias», García saca de la experiencia propia y ajena la sospecha de que por ahí sale un camino también para el porvenir de su pueblo. «Moreda fue un lugar de gente joven y emprendedora», afirma, «y me gustaría que ese espíritu que tuvo esta villa pudiese regresar de alguna forma. Seguro que no se han perdido la inteligencia ni la capacidad básica de la gente de aquí, gente muy preparada y con capacidades naturales para hacer muy diversas cosas», heredera del carácter de aquella Moreda minera que también «marcó mi vida», admite, y que dejó sembrada para siempre la esencia de la «cultura de la mina, del riesgo para vivir y de la solidaridad». «Hay ahí un capital humano, de conocimiento, de espíritu y valores, un patrimonio que está sembrado». Puede que tarde en brotar, habida cuenta de la violencia del golpe que asestó a la villa el agotamiento de su principal fuente de vida, pero con esa sustancia sí se puede. Lo dice él tomando en préstamo un verso del poeta alemán Rainer Maria Rilke, un eslogan que parece hecho de encargo: «Tenemos que convertir los muros en peldaños».

Empezando por uno mismo. «Una de las ilusiones de mi vida», enlaza García, «es devolver al pueblo algo de lo que el pueblo hizo por mí», contribuir por ejemplo consiguiendo que «las empresas que creé en el mundo editorial pudiesen tener alguna actividad desde aquí y hacer cosas para el mundo desde Moreda». Sería un punto de apoyo, un inicio para aprovechar las destrezas aprendidas y empezar a pensar que aquí, como en todo el valle y en la cuenca entera, el monocultivo murió con la mina: «El futuro no está en una sola actividad», sostiene. «Yo creo en la pluralidad de iniciativas, en la diversidad, en muchas pequeñas ideas».
La más fructífera de las suyas, los premios con el nombre del Príncipe de Asturias, también tuvo su momento aquí. «Tardó quince años», pero llegó «cuando debía, porque Moreda merecía» ser «Pueblo ejemplar» en 2007, compartiendo el galardón con la sociedad de Los Humanitarios de San Martín. Aquel 27 de octubre, «un día luminoso de sol», el moredense que era entonces director de la Fundación agradeció, sobre todo, el saludo de los Príncipes a Dolores, su madre, «ya muy enferma», que había tenido durante muchos años aquella ilusión y esperaba a la comitiva sentada en una silla en la plaza de la iglesia. Después vendrían los reencuentros con los amigos de la infancia y el concurso de tiragomas, en el que «acerté en el blanco a la primera, de chiripa, para regocijo de los asistentes». Quedan muchos recuerdos intangibles de la «jornada inolvidable» que fusionó su pasado moredense con su obra para el futuro, pero también hay una foto dedicada. Sale él con los Príncipes, «yo en el centro, aunque protocolariamente no me correspondía», y al fondo el picu Moros en su papel eterno de «vigía de Moreda».
Y es que todas las miradas hacia arriba se han encontrado siempre en este pueblo con el perfil triangular del pico, a veces también con «las primeras nieves en el Carraceo» y también, esto lo dijo así Graciano García en su discurso de agradecimiento de su título de hijo predilecto de Aller, con «las torres de nuestra iglesia, que parecían orientar hacia el cielo no sólo nuestros rezos, sino también el alegre regreso de las golondrinas». Aquí, enlazó él aquel 25 de abril de 2007 en el teatro cine Carmen, «sentí mis primeras emociones asistiendo a las misas de gallo de la Navidad, esperando la llegada de las fiestas del Carmen o yendo a las de San Antón de Moreda de Arriba, una fiesta que me anunciaba cada año, al son alegre de la gaita de Vitorín, que pronto se alargarían los días y que la primavera estaba próxima».
Ese recorrido por la memoria tal vez estaría incompleto si faltasen Rodolfo y Dolores, los padres, la suerte de haber coincidido aquí con los cuatro abuelos -David y Vicenta, los paternos; Juan y Concepción, los maternos- y Domitila, «la maestra inolvidable que me enseñó las primeras letras y las primeras oraciones». Pero la ruta tampoco acertaría si no fuese a desembocar al río. Graciano García no duda en la elección de su rincón preferido y al volver a pararse sobre el puente que cruza el Aller en Moreda se recuerda nadando o pescando truchas a mano con Juanín, «el de Gésima», como el «eficaz furtivo» que fue, «varias veces multado por la Guardia Civil». Lo remontaban hasta Oyanco para buscar la parte limpia cuando el carbón ennegreció el tramo que bajaba por Moreda y descubrieron con el tiempo que «el río enseña mucho», tal vez porque aquí fue siempre a la vez una fuente de vida y riqueza y una amenaza de desastres por crecidas. La corriente era en esta villa ese factor impredecible capaz de dar y de quitar la vida. Como la mina misma.


FUENTE:  Marcos Palicio

4 de febrero de 2013

El susto de Santiagón en la primavera de 1892, en Boo

A tiros con el diablo
Imagen de Boo, en el concejo de Aller
Las andanzas de Santiagón de Morcín, que fue el autor del horrendo crimen de Peñerudes, cambatió en la Revolución del 34 y murió durante la Guerra Civil
Ilustración de Alfonso Zapico
A nadie se le ocurriría calificar hoy al cementerio de Boo, en la montaña allerana, como un lugar maldito; sin embargo, a finales del siglo XIX reunía todas las características para que las gentes evitasen acercarse a sus tapias cuando el día perdía su luz. No era para menos, el camposanto había nacido de la pura necesidad, para poder dar cristiana sepultura a los más de 60 muertos que la viruela había causado en pocos días en la aldea minera, diezmándola y haciendo que el pequeño recinto que se venía usando para este fin, junto a la Iglesia de San Juan Bautista, se quedase pequeño. Y encima, como si aquella tierra siguiese marcada por una maldición, desde enero de 1989, acogía también los cadáveres de los 30 mineros fallecidos en la mina La Esperanza, unos por el grisú y otros por la fatalidad que se había cebado en ellos cuando acudieron a socorrer a sus compañeros. Por ello se decía que allí habitaban los fantasmas y el cura -que como veremos más abajo, era persona de pocos reparos- aceptaba gustoso que los vecinos pagasen misas para facilitar su descanso.

Luis Arias Martínez (Navia)

 
"Luis Arias Martínez", cafetero en Puerto Rico

Natural de Navia, constituyó junto a sus sobrinos una de las grandes empresas del sector del café, con sucursales en todos los continentes, y regresó para levantar un palacio a la entrada de su villa natal

Parece que era norma para hacerse rico en Cuba ser tabaquero y en Puerto Rico, cafetero, y entre una y otra producción, la del tabaco y la del café, está la del azúcar, que tenía en Cuba un volumen y un arraigo parecidos a los del tabaco, con la única diferencia de que el tabaco era planta autóctona y el azúcar, en cambio, era producto de una aclimatación que resultó ser un éxito completo. Cuando Colón vio a un indio en una piragua con algo en la boca que le pareció un tizón, pues era oscuro y echaba humo, estaba viendo algo realmente nuevo para un europeo: algo que un europeo veía y olía por primera vez. En cambio, la captación del azúcar sigue otro proceso, aunque debe quedar bien claro que azúcar y tabaco son productos vegetales del mismo clima, pero su aprovechamiento y explotación siguieron vías y procedimientos diferentes. La explotación del azúcar empieza en unas fechas muy tempranas de la colonia, pues ya en el año 1523 unos frailes dominicos fueron los primeros que sembraron cañas de azúcar en Cuba, aunque el ilustre etnógrafo cubano Fernando Ortiz prefiere considerar a Cristóbal Colón como «el primer azucarero de América».

Fernando Ortiz es autor de un libro magnífico, fundamental, titulado «Contrapunto cubano del tabaco y del azúcar», obra voluminosa y muy completa, a la que Bronislaw Malinowski describe en el prólogo como «una obra maestra de investigación histórica y sociológica, tan magistralmente condensada y documentada como libre de toda erudición pedante y estéril». Ortiz afirma en ella que «el contraste entre el tabaco y el azúcar se da desde que ambos se juntan en la mente de los descubridores de Cuba. Cuando, a comienzos del siglo XVI, ocurrió la conquista del país por los castellanos que trajeron al Nuevo Mundo la civilización europea, ya la mente de estos invasores era impresionada fuertemente por dos hierbas gigantes. A la una, los mercaderes venidos del otro lado del océano la contaban ya entre las más fuertes tentaciones de su codicia, y a la otra la tuvieron como el más sorprendente hallazgo del descubrimiento y como peligrosa tentación de los diablos, quienes por tan inaudita yerba les excitaban sus sentimientos como un nuevo alcohol, su inteligencia como un nuevo misterio y su voluntad como un nuevo pecado». El tabaco provocó siempre curiosas suspicacias, desde las de la Inquisición a las del socialismo posmoderno, y nada digamos de las gentes indoctas y supersticiosas, como el criado de monsieur Nico (de quien procede el nombre de nicotina), que al ver a su señor fumando apaciblemente una pipa, le echó un jarro de agua por encima, temiendo que estuviera quemando por dentro o en posesión de los demonios y por su boca salieran los humos del infierno. Claro que los humos del infierno huelen a azufre y los del tabaco extienden aromas deliciosos. A estas alturas de la posmodernidad, las peores enemigas del tabaco son las ministras posmodernas como la Salgado, que como no creen en el diablo ni en la otra vida, creen en la salud maníaca y que el tabaco es nocivo, porque, como afirmaba inteligentemente Chesterton, desde que no se cree en Dios, se cree en cualquier cosa. Por el contrario, según Grande Cobián, el mayor perjuicio que puede causar el azúcar es a la dentadura.

Siendo cultivos distintos, dieron lugar, como es lógico, a distintos tipos de cultivadores. De los tabaqueros ya hemos mencionado al riosellano Ramón Cifuentes. En cuanto al negocio del azúcar, en el artículo anterior nos hemos ocupado de Pedro Alonso; su cuñado, Manuel Rionda era conocido en Cuba como el rey del azúcar. Queda un tercer producto por considerar, el café, inseparable del tabaco y del azúcar. Al negro y amargo café se le quita bravura con azúcar, y es compañía indispensable, en las sobremesas, del tabaco. Antes, encender un buen puro era ritual indispensable de las sobremesas. Ahora esa costumbre no sólo se ha perdido, sino que van a prohibirla. Los propietarios de restaurantes observan que los no fumadores comen (a ser posible con agua mineral y viandas bajas en colorías) y se van como si fueran a perder el tren o a apagar un incendio. En cambio, los fumadores dilatan el momento de levantarse de la mesa y tomando consumiciones preferentemente alcohólicas. De manera que, desde un punto de vista estrictamente comercial, resultan más convenientes como clientes los fumadores que los no fumadores.

El café, inspirador de amenas sobremesas y de algún que otro insomnio, no es exclusivo de las Antillas, sino que está distribuido por las zonas cálidas de todo el planeta. A lo largo del siglo XIX, el café de mayor prestigio era el de grano pequeño, redondo, amarillento y muy aromático de Moka, cuyo centro de comercio era Yemen; también el café de las Mascareñas, de grano grueso y alargado, y menos oloroso, procedente de las islas de Mauricio y de la Reunión. También fue muy apreciado el café de Sumatra, Java y Filipinas, islas a su vez buenas productoras de tabaco, y en América los cafetales de Brasil, Cuba, Haití y sobre todo el «caracolillo» de Puerto Rico, cuya mezcla con el moka constituye el mejor café del mundo, en opinión de los entendidos.

Al café se dedicó en Puerto Rico el indiano Luis Arias Martínez, nacido en Navia, en el seno de una familia numerosa y humilde. Su sobrino, el ilustre escritor Luis Romay G. Arias, a quien la timidez y la modestia impiden dar más frecuentes frutos de su talento literario, le describe «pícnico, de mirada acuosa y con bigote sumamente poblado; usaba leontina de oro, con dije y medallón, y un reloj de bolsillo con tapas de oro, con águilas resplandecientes, además de unos espectaculares gemelos, confeccionados con monedas de dólares de oro. Completaban su peculiar fisonomía unas gafas de oro, con cristales en verde, y un tresillo de diamantes, adquirido en un «trust» de la madrileña Puerta del Sol». Es el retrato típico del indiano clásico. Otros muchos detalles de su biografía y obras contribuyen al clasicismo del personaje, y en lugar eminente la construcción del palacete Arias, que es ornamento importantísimo y característico de la villa de Navia y en la actualidad sede de un cómodo y excelente hotel.

Aunque Luis Romay no precisa las fechas (me guío por su notable contribución al volumen «10 estudios sobre emigrantes asturianos a América», coordinado por Servando Fernández Méndez), es de suponer que embarcó joven «con la idea de obtener rápidos beneficios que les habrían permitido un acomodado retorno y el apoyo a los familiares que aquí quedaban esperando ansiosos la llegada de noticias y, como no, el día del feliz y definitivo regreso». Esa era la meta de los jóvenes emigrantes, y desde luego, la de Arias.

Arias, desembarcado en Puerto Rico, se introdujo desde el principio en el negocio de los cafetales, en el que ya otros asturianos habían hecho grandes fortunas. Para consolidar la suya, Luis Arias Martínez reclamó a sus sobrinos Indalecio y Luis, con quienes fundó la razón comercial «Arias y Sobrinos», que hacia el año 1922 era de las más importantes de la isla, con sucursales en todos los continentes. Sin embargo, y a pesar de la magnitud del negocio, en su dirección predominaba un sentido muy tradicional del ahorro, basado en el principio de que todo gasto superfluo que se evita es ganancia. Siguiendo este inefable principio de gestión, para abaratar costes de transmisión, Arias y Sobrinos decidieron prescindir del envío de telegrama de aviso, sustituyéndolos por un sistema de claves alfabéticos-numéricas, que sin duda resultó eficaz, además de barato, porque el negocio no pareció resentirse por prescindir del servicio telegráfico. Esto puede deberse también a la buena suerte de Arias, señalada por Romay. Cuando los ciclones caribeños azotaban la isla, los cafetales de Arias no resultaban afectados. En rigor, el más afectado era él, que caía en un estado del postración, del que se recuperaba al comprobar que las fuerzas de la naturaleza desatada le había respetado una vez más. Esto ya desde que desembarcó: porque el barco que le condujo a Puerto Rico, a la vuelta a la patria se perdió en el mar con todo el pasaje a bordo. Este naufragio es, según Romay, la comprobación de la buena estrella del pariente.

Luis Arias regresa a la patria al considerar que ya llevaba demasiado tiempo en las Indias Occidentales, y la obra más importante de su regreso es la construcción del palacio de Arias, a la entrada de la villa de Navia, que encargó al arquitecto Luis Menéndez Pidal. La obra fue iniciada en 1925 y se empieza a habitar en 1929. Posteriores reformas se deben a los sobrinos del indiano, de manera especial al cura y latinista Hilario Arias, autor de una gramática latina muy útil por su buen sentido y claridad. La familia hizo otras obras que contribuyeron al desarrollo local, donando un terreno en El Poste para un parque. Y aunque don Luis Arias padecía diversos achaques (Romay es médico y los detalla), pudo disfrutar todavía diez años de la suntuosa villa. Lo que, según se vea, es otra manifestación de su buena suerte. Pues otros no llegaron a terminar su palacio, o no llegaron a habitarlo, como Íñigo Noriega, que nunca vivió en su palacete de Colombres, «Villa Guadalupe». Arias pasó los últimos años jugando al tresillo y comiendo berzas. Para los horarios de las comidas era de una puntualidad inflexible. Murió el 14 de enero de 1939.

Ilustración de: Pablo garcia

FUENTE:  IGNACIO GRACIA NORIEGA

3 de febrero de 2013

Dr. Rafael Fernández Calzada

Rafael Fernández Calzada: Un abogado en Argentina.

                       Dr. Rafael Fernández Calzada.

Natural de Navia, fue uno de los indianos con mayor reconocimiento y tuvo gran protagonismo en la celebración del IV Centenario del Descubrimiento

Rafael Fernández Calzada fue de los grandes indianos asturianos; no de los más conocidos. Su relevancia en diversos campos, su gran labor social, cultural y política a ambos lados del Atlántico, le convierten en figura de extraordinario interés, tanto por la persona como por las obras. «Cuando aún no llevaba dos décadas residiendo en Buenos Aires -escribe el profesor Rafael Anes, su mejor biógrafo-, era Calzada el español con mayor prestigio y más influencia de los que allí había. Hay muchas pruebas de ello y una la tenemos en que cuando los gobiernos español y argentino acuerdan la celebración con toda solemnidad del IV Centenario del Descubrimiento de América, designan a Calzada como presidente de la comisión que se forma. El prestigio que ya entonces tiene Calzada sobrepasa el ámbito del Río de la Plata y llega, lógicamente, a Paraguay, donde, en 1892, a la avenida Recoleta se le cambia el nombre por el de España, y también a Chile, como lo pudo comprobar en la visita que llevó a cabo en 1889. El reconocimiento de que gozaba Calzada en España era comparable a su preocupación por todo cuanto se relacionaba con su país de origen».

Había nacido en Navia el 23 de enero de 1854 y fue bautizado en la iglesia parroquial al día siguiente. Era el mayor de los seis hermanos vivos, de los cuales cinco fueron emigrantes. Uno de ellos, Carlos, marchó a Cuba, y los otros cuatro fueron a Argentina, quedando en Navia una de las hermanas, y como escribe Víctor García Costa, «dejaron huella». El de huella más profunda fue Rafael, indiano multifacético, adalid republicano, escritor, elocuentísimo orador (según la terminología de la época), periodista, autor de «cuentos emocionantes» y fundador de la población Villa Calzada, próxima a Buenos Aires, que según el poeta Salvador Rueda consiguió triunfar en el «epiléptico torbellino de Buenos Aires» y a quien F. A. Barroetaveña calificó como «un "specimen" de Garibaldi civil, tan español como americano, que puso al servicio del progreso y del bien público de ambos mundos todas sus vigorosas y nobles energías, como noble ciudadano de la Península y del Mundo de Colón».

Cuando los ingenios americanos se despeñan por la «barranca abajo» del elogio desmesurado y a toda costa, no hay quien los frene, y por lo general sueltan lo primero que se les ocurre a condición de que sea sonoro. ¿Qué tiene que ver Rafael Calzada con Garibaldi salvo que ambos anduvieron bajo la Cruz del Sur, los dos fueron republicanos y también a Garibaldi le dio por escribir, en su retiro de Capri, dos o tres novelas deplorables? Pero si al señor Barroetaveña le parece ajustado comparar a Calzada con Garibaldi, a mí no me parece mal, porque un aventurero de la talla de aquel gran «condottiero» del siglo XIX me resulta simpático. Ahora bien: Calzada no evoca a un «condottiero», sino a un abogado que triunfa dedicándose a la política y a los negocios.

Los primeros estudios de Calzada los realizó en su propia casa, ya que su madre era maestra aunque no estaba en activo, y más tarde en la escuela de Navia, de la que era maestro Francisco Alonso Trelles, de Coaña y padre de otro emigrante singular, José María Alonso Trelles, que se haría famoso al otro lado del charco como uno de los principales representantes de la poesía gauchesca con el pseudónimo de «Viejo Pancho». ¿Coincidieron Calzada y Viejo Pacho más allá del mar? América es muy grande, pero todo es posible. Seguidamente estudió latín en Coaña con un ex seminarista de Mondoñedo, sabio latinista según Eva Canel, y el Bachillerato en el instituto de Tapia, en el que muy tempranamente se significó como republicano precoz, pronunciando un discurso en la campaña electoral de 1869 que con el título de «Al pueblo», fue impreso por cuenta del Comité Republicano de Navia. Al parecer tales ideas le venían de su padre, amigo de Pi y Margall.

Luego inicia los estudios de Derecho en Madrid, donde compagina la asistencia a las aulas con la práctica en el bufete de Pi y Margall. Después de pasar por la Universidad de Barcelona el curso 1871-72, volver a la de Madrid y reintegrarse al bufete de Pi y Margall, se licencia en la Universidad de Oviedo en junio de 1875, con 21 años. Precisamente esos 21 años fueron los que determinaron que emigrara a América, ya que su propósito era ser juez, pero tenía que esperar a cumplir los 25 años para opositar; y aunque su tío, el abogado Eduardo Rayón, quiso quitárselo de la cabeza, alegando que a América sólo emigraban los hijos de los campesinos que no poseían más ciencia que la fuerza de sus brazos, Rafael Calzada marchó a Montevideo, adonde llega el 29 de octubre de 1875, viajando en primera, lo que es una manera bastante peculiar de emigrar. De Montevideo se cansa pronto, y el 19 de noviembre pisa por primera vez Buenos Aires, la ciudad en la que residirá el resto de sus días, salvo los inevitables desplazamientos fuera de ella por motivos políticos (fue diputado republicano en Madrid) y de negocios.

Su primer trabajo en Argentina lo hizo como abogado en el bufete de José María Moreno, catedrático de Derecho Civil en la Universidad de Buenos Aires, que le ayudó a la revalidación de su título. Las cosas debieron irle bien porque en 1876, al año de establecido en Buenos Aires, cuenta con despacho propio y dirige la «Revista de Legislación y Jurisprudencia». En 1878 es admitido como socio del exclusivo Club Español, del que llega a presidente ocho años más tarde: lo que indica que Calzada a donde llegaba, besaba el santo, según el conocido refrán. También fue abogado del Consulado Español, lo que le permitía intervenir en las testamentarías de los españoles que morían sin herederos en argentina, y en 1879 funda el Ateneo Español y es socio honorario del Colegio de Escribanos de Buenos Aires. Reconocimiento o condecoración que le proponían, la aceptaba, aunque fuera de la latón.

Debido a una actividad profesional y social incansables y sabiendo encontrarse siempre en el lugar adecuado, donde actúa en el momento oportuno, antes de los treinta años, según Martín Dedeu, había alcanzado «legítimos y ruidosos éxitos, que hicieron muy pronto de su estudio uno de los más acreditados de Buenos Aires». Entre los casos famosos que le tocó defender figura el del cabecilla de una banda conocida por «los caballeros de la noche», que habían sacado del cementerio de la Recoleta el cadáver de una acaudalada señora para exigir rescate, el caso conocido como el de «La niña de los dos padres», o la intervención en la sucesión de la herencia del dictador Juan Manuel de Rosas, muerto en el destierro, en Southampton, el cual tenía tres mujeres, y una herencia complicada, por tanto. Actuando en casos como éstos, no es de extrañar que se haya hecho en poco tiempo un abogado muy popular. En 1889 ingresa en la Academia de Jurisprudencia y Legislación de Argentina.

Simultaneándola con la jurídica, la actividad periodística de Calzada, tanto en España como en Argentina, obedece a motivos políticos y vocación. Después de colaborar en «La Discusión», controla «El Correo Español» hasta que en 1903 se convierte en sociedad anónima, en la que preside en consejo de administración, y «se dice», apunta cautamente Rafael Anes, patrocinó «El Porvenir Asturiano», editado en Navia y dirigido por Carlos Fernández Calzada. A la labor periodística añade la literaria de creación, siendo calificado por Vicente Blasco Ibáñez en 1903 de prosista notable y de importante poeta, capaz de convertir un artículo del periódico en una obra de arte. Calzada publicó su autobiografía con el título de «Cincuenta años en América» y sus «obras completas» fueron publicadas por el librero de Buenos Aires Jesús Menéndez, natural de Oviedo y compañero de Calzada en la Universidad, previstas en un total de diez volúmenes. Narrador además de periodista y poeta, sus cuentos fueron coleccionados en un volumen que lleva el imaginativo título de «Narraciones», más otro independiente titulado «Katara», que contiene una narración de ambiente polinésico. «La patria de Colón» es un estudio histórico, y «Cincuenta años en América», en dos volúmenes, es, además de sus aspectos autobiográficos, una historia del desenvolvimiento de la colonia española en Argentina. Y otros volúmenes contendrían los artículos de periódicos, y los discursos tanto políticos como forenses y de circunstancias, y completarían las «obras completas» la reedición del libro «Galería de españoles ilustres».

Elegido diputado republicano en Madrid, fue víctima de pucherazo descomunal, pero al fin pudo ocupar su escaño de 1905 y 1907, haciéndose notar por su oratoria y por su decidida oposición a la ley de Administración Local de Maura. Perdido el escaño, en 1908 regresa a Argentina.

Una de sus empresas más memorables fue la fundación de Villa Calzada, próxima a Buenos Aires, del Barrio España en Rosario y de la Colonia Calzada en Navia. También fue el autor de los estatutos y presidente de la Asociación Patriótica Española, de la Liga Republicana Española y de la Federación Republicana Española de América. Su republicanismo, un tanto retórico, era indesmayable. Quien acabó claudicando a causa de la edad y los achaques fue Calzada, muerto en Buenos Aires el 4 de noviembre de 1929.

                          Ilustración de: Pablo garcia

FUENTE:  IGNACIO GRACIA NORIEGA
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 BIOGRAFIA. Dr. Rafael Fernández Calzada.

Un poco de historia… RAFAEL CALZADA, UN MULTIFÁCETICO HACEDOR.
http://todobrown.com.ar
La localidad de Rafael Calzada,  en el municipio de Almirante Brown, lleva su nombre. También la estación ferroviaria, claro. Muchos se preguntarán ¿quién fue? La mejor respuesta -también la más sintética- sería ¡qué no fue! este hombre, español de nacimiento pero que amó en sumo grado a la Argentina y que residió precisamente en la localidad epónima -surgida al influjo de su propia iniciativa- hasta sus últimos días, integrando diversas entidades fomentistas, y cuyos restos descansan en el cementerio local. Jurisconsulto, escritor, poeta, abogado aqui y en su España, filántropo, político, periodista, diputado  en las Cortes españolas, fundador de pueblos, barrios y de las instituciones más diversas. Era, lo que se dice, un hombre “todo terreno”, teniendo en cuenta su multifacética personalidad.
Nació en Navia, provincia de Oviedo, el 23 de enero de 1854, como fruto del matrimonio de Rafael Fernández Calzada y Rosa Fernández Luengas. Cursó sus primeros estudios en su aldea  natal y pueblos vecinos. Completó el bachillerato en la cercana  localidad de Tapia en tan solo 4 años, revelando sus cualidades. Por entonces, en 1869, pronunció su primer discurso político. Un año después, ingresó en la Facultad de Derecho de Madrid pero en 1871, los continuó en Barcelona.
En esa etapa de su vida, escribió  varias obras teatrales, “Escapando de un ingles”, “Empleados y Cesantes”, “¡Ladrones, Ladrones!” y “El médico de mi mujer”, entre otras. Fundó también el semanario político “El Rey H” e ingresó a trabajar en el diario republicano “La Discusión”.
De regreso a Madrid, en 1874, rindió todas las materias del ultimo año de la Facultad de Derecho, excepto  una, la correspondiente a Ampliación del Derecho Civil. Un año más tarde, en Oviedo aprueba la ultima asignatura de la carrera y da el examen de revalida con un “sobresaliente”.
Calzada aspiraba a ingresar en el cuerpo judicial, pero para ello debía tener 25 anos;  con solo 21,  podía trabajar de abogado. Por ello, resuelve intentar suerte en América durante los años venideros, con la idea de  volver a España al cumplir los 25.
Así, llegó a Buenos Aires, luego de haber permanecido varios días en Montevideo. En la Capital conoce al doctor José María Moreno,  abogado y destacado político, comenzando a trabajar en su estudio. Poco después, en 1876 revalidó su titulo de abogado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires , teniendo  el honor de ser el primer extranjero en hacerlo en nuestro país.
Más tarde se haría cargo de la dirección de la “Revista de Legislación y Jurisprudencia”, además de instalar su propio etudio  en la calle Florida 63. También fue elegido miembro del Club Español y pasó a desempeñarse como abogado del consulado ibérico en Buenos Aires. Posteriormente, sería socio fundador del Ateneo Español y socio honorario del Colegio de Escribanos de la Capital, además de integrar la comisión directiva del Instituto Geográfico Argentino.
Fue también director de la Revista de los Tribunales, socio honorario del Centro Gallego de Buenos Aires, integró la comisión pro monumento al doctor José María Moreno y socio fundador del Club Liberal.
Años después sería electo presidente del Club Español de Buenos Aires e interviene en una demanda por petición de herencia, en la sucesión de don Juan Manuel de Rosas, abierta en Southampton, Inglaterra, donde falleciera el “Restaurador”.
Reelecto titular del Club Español y sumándose como socio honorario a la Unión Protectora de Inmigrantes  Españoles, integró la comisión redactora para  uniformar los estatutos de sodas las sociedades españolas de socorros mutuos existentes en el país y confederarlas entre si.
Por otra parte, Calzada integró  el directorio del Banco Nacional Inmobiliario y fue miembro de la Asociación de Prensa de la República Argentina, además de académico en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación,  adquiriendo por otra parte el diario El Correo Español, quedando desde entonces como su propietario y director.
En 1891 fue candidato a concejal en la ciudad de Buenos Aires, y se unió en matrimonio  -en Asunción del Paraguay- con Celina G. Pena, hija del entonces presidente del vecino país,  Juan G. González.  Más adelante pasó a integrar la comisión directiva de la Liga Patriota Española y fue designado presidente honorario de la Sociedad Filantrópica Española de Beneficencia de Santiago de Chile.
En el 1900, pública su libro “Discursos”,  viaja a Europa y  es nombrado presidente honorario del Congreso Hispano Americano. A año siguiente, junto a su esposa iniciaría una extensa gira por el exterior. Ese periplo lo lleva a Oran, Tanger, Túnez, Tripoli, Alejandría, El Cairo, Assuan, Canal de Suez, Port-Said, Jerusalén, Belén, Damasco, Constantinopla, Atenas, Corfu, Italia, Malta, Marsella, Barcelona y Madrid, para concluir en Navia, su pueblo natal. En sesión extraordinaria, el  Ayuntamiento lo nombra “Hijo Predilecto de Navia”, resolviendo que en lo sucesivo llevara el nombre de “Doctor Calzada” una calle de esa villa.
De regreso a Buenos Aires, integró la comisión  para erigir el monumento en homenaje al Dr. Bernardo de Irigoyen, pero retorna a España donde es presidente honorario de la Asamblea Municipal Republicana realizada en Zaragoza.
En 1907, junto a otro eminente escritor, Benito Pérez Galdos, Calzada es electo diputado  a las Cortes de Madrid, representando al partido Republicano.
De regreso a estos lares, en terrenos que el propio Calzada donara, se funda el barrio “España” en Rosario y se coloca la  piedra fundamental del Hospital Español de esa ciudad santafesina. Poco después funda en la provincia de San Luis la “Colonia Calzada”, lindante con la provincia de Mendoza, en campos atravesados por el ex ferrocarril Pacífico. Entonces, la empresa ferroviaria estableció dos estaciones “Colonia Calzada” y “Plumerillo”; esta última, debido a sus gestiones, cambia de nombre por el de “Navia” (nombre de su pueblo natal).
Por si fuera poco, fue  Vicepresidente de la Unión Republicana reunida en Madrid,  presidente honorario de la Liga Republicana de la Argentina; del Comité Federal de Gijón, y del Centro Instructivo Obrero Republicano de Huelva, socio honorario del Centro Republicano, de la Juventud Republicana y del Circulo de Bellas Artes, los tres de Madrid; y de la Juventud Republicana de Zaragoza, además de integrar la comisión encargada de erigir el Monumento de los Españoles a la Argentina, con motivo de la celebración del primer centenario del 25 de Mayo de 1910.

E1 18 de julio de 1909, se funda en su honor, la localidad de Villa  Rafael Calzada, en el municipio bonaerense de Almirante Brown.  Fueron padrinos de la ceremonia su  esposa,  Celina G. Peña de Calzada y el escritor español Vicente Blasco Ibañez.
El mismo año, su espíritu emprendedor lo  lleva a fundar el barrio “Calzada” en la ciudad de Rosario, en una superficie aproximada de 20 manzanas. La Municipalidad de esa ciudad acordó espontáneamente darle su apellido, en testimonio de gratitud por su acción en bien del progreso.

Ya en 1911,  fija  el 22 de diciembre, su residencia en Villa Calzada, donde o había hecho construir un chalet que denomino “La Celina” y que había obsequiado a su esposa.

 
En 1913,  publica un nuevo libro: “Rasgos biográficos de José S. Decoud”, en el cuarto  aniversario del fallecimiento del destacado ciudadano paraguayo.
Un año más tarde, aparece un libro sobre su vida -obra de Martín Dedeu-, titulado: “Nuestros hombres de la Argentina – Dr. Rafael Calzada”.
Vista de “La Celina”, la quinta del Dr. Calzada, en Rafael Calzada
Poco después publica Calzada otro de sus libros: “Narraciones”, con prologo del escritor español Salvador Rueda. Pronuncia también una conferencia en el Teatro Nacional de Asunción del Paraguay  sobre la patria de Colon, que serviría de base para un libro sobre el tema.
Fue presidente honorario del Club Atlético Calzada de Rosario, integró la comisión pro monumento homenaje a Cervantes en Buenos Aires, prologó el libro del doctor José León Suárez “Carácter de la Revolución Americana”, al tiempo que  se inaugura en Rosario  la Escuela de Artes y Oficios de la Infancia Desvalida”, levantada en una manzana de terreno que donara oportunamente para ese fin.
Prologó luego  el libro de Martín Dedeu intitulado: “El catalanismo en acción” y en 1920, Calzada publica “La Patria de Colon”.
En 1924, año en que aparece su libro “Katara – Recuerdos de Hana Hiva”, comienza a desempeñarse como presidente de la Comisión de Fomento de Villa Calzada. Además, a iniciativa suya, se da el nombre de Pi y Margall a la  hasta entonces calle Dulce, de la Capital Federal. Por otra parte, cede gratuitamente, en la ciudad de Rosario, una manzana de terreno en el barrio Saavedra, para la construcción de una plaza con ese nombre.
Ya en 1925, celebra sus bodas de oro en la Argentina. Ya llevaba  50 añoos trabajando por el  país cuando el entonces presidente Alvear lo felicita por “haber sido un hombre útil para la patria”.
En 1926 y 1927, aparecen sus dos últimos libros:  “Cincuenta años de América”, volumen I y volumen II, respectivamente. 1928, lo encuentra como presidente
honorario de la Cooperadora Sarniento, de Villa Calzada.

Foto de Rafael Calzada (ya mayor)
El infatigable doctor Rarael Calzada, quien no tuvo descendencia,  falleció el 4 de noviembre de 1929,  mientras caminaba por un andén de la estación Plaza Constitución.
Sus restos fueron velados en el domicilio del doctor Luis Méndez Calzada para luego  recibir sepultura en el cementerio  de su pueblo,  Villa Calzada.
Inumerables anécdotas pintan a Calzada de cuerpo y alma. Sólo mencionaremos tres y bien breves.
Poco después de haber aprobado el examen de reválida de su titulo en Buenos Aires, el doctor Calzada debió prestar juramento ante la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires.
“Me pidieron que jurara por Dios y por la Patria – tal la fórmula consagrada – siendo yo extranjero. Así lo hice, pensando de corazón que, si juraba por la mía, juraba también por la Argentina, que quedaba adoptada como mi segunda patria desde aquel momento, uno de los mas solemnes y memorables de mi vida”.
En tierras ibéricas tanto como aquí, siendo fervoroso republicano, era muy conocida su postura política adversa a la monarquía.
En enero de 1908 el entonces Rey Alfonso XIII recibió en audiencia a Anselmo Villar, viejo amigo de Calzada. Durante la entrevista Villar  habló de la Argentina y pero no de los republicanos. “No me habla usted de los republicanos y hace mal; para mi todos los españoles allá residentes no son mas que amigos y compatriotas. Personalmente me he alegrado de la elección del jefe de los republicanos de allá, doctor Calzada, como diputado por Madrid. Me regocija pensar que pueda infundir a sus correligionarios de aquí el sano espíritu que ustedes demuestran, anteponiendo en interés patrio a todo otro pensamiento”, le dijo el monarca.
Por otra parte, los estudios finales para graduarse de abogado en España, le habían exigido al doctor Calzada un gran esfuerzo que, unido a su tarea de periodista, determinaron un estado físico deplorable. Al extremo  que algunos de sus amigos se alarmaron, pues creían que padecía alguna grave enfermedad. Coincidió eello  con su convocatoria al ingreso al servicio militar y los médicos que lo revisaron lo declararon “inútil”, creyéndolo tísico.
“No me sorprendió aquella declaración porque yo mismo, lleno de aprensiones, estaba convencido que tendría vida para muy poco”, diría Calzada muchos años después.

Como curiosidad, hay una cerveza que lleva su nombre, producida en la ciudad.











Firma de:
Dr. Rafael Fernández Calzada

Atanasio Rivero

El ingenioso indiano Atanasio Rivero
Ovetense, telegrafista e inventor, emigró a Cuba en 1893, donde se dedicó a la vida bohemia y a la literatura antes de trasladarse a México y El Salvador
Los indianos, por lo general, fueron gente seria y de orden, que cuando decían «ése es persona decente» se referían a que tenía muy saneada la cuenta corriente. Pero la existencia y mentalidad del indiano triunfador no excluía los personajes pintorescos que no hacían buenos negocios y habían de quedarse en América para siempre o resignarse a ser repatriados por el Consulado. En los años veinte, ser repatriado era lo peor que le podía pasar al indiano, incluso peor que casarse con una india, lo que, en determinados lugares, representaba la «muerte civil». Conozco historias verdaderamente lamentables de esta modalidad de endogamia. Porque el indiano «como Dios manda» o no se casaba hasta que retornaba a la patria o aprovechaba un viaje para casarse con la sobrina o alguna muchacha de la aldea, siempre mucho más jóvenes que él. En ciertos aspectos, la sociedad cerrada de los indianos no se diferenciaba de las de los oficiales y administradores ingleses en la India. Lo que no eran los indianos eran socialistas, por lo que si ahora votan a ese partido, muy mal deben irles las cosas al partido y a ellos (en realidad, muy residuales, y que, salvo excepciones, tienen poco que ver con los indianos de la época clásica). Atanasio Rivero era un tipo genial. Hubo indianos de verdadero genio (Íñigo Noriega, José Menéndez, Manuel Suárez, etcétera) para los negocios. Atanasio Rivero lo fue para la literatura en muy pequeña medida y en enorme proporción para las mixtificaciones. Según Constantino Suárez, «si dijéramos que Atanasio Rivero fue uno de los escritores más castizos e ingeniosos de las letras españolas contemporáneas, no habría hipérbole en la afirmación. Para que su fama fuera poco extensa bastaron dos circunstancias: que floreció en tierras de América, más concretamente en Cuba, y que derrochó su talento e ilustración en las páginas efímeras de la prensa periódica». Era ovetense, pero no se conoce la fecha exacta de su nacimiento, que pudo suceder entre 1865 y 1870. Desenfadadamente resume su infancia y estudios en una entrevista concedida a Alfonso Camín: «Soy de Oviedo. Fui a la escuela como el que más y estudié como el que menos. No recuerdo de mi infancia más que la cara de mi maestro, que era barbada y aborrascada, y unos calzones rotos que debí traer luengos días, porque aún los tengo entre ceja y ceja. Fui campanero amateur de la Catedral. Ingresé en el instituto sin saber cómo y estudié varios años sin saber para qué. Mi Bachillerato fue algo serio y algo glorioso... Lo cierto es que salí suspenso, por junio, de las trece asignaturas, y en septiembre me aprobaron de todas por quitarme de delante. Estudié dos años de latín sin entender que lo estudiaba para hablarlo». No iba para sabio, pero bien claro tenía que podía ir para pícaro. Desanimado de continuar los estudios, ingresó en el cuerpo de telégrafos, siendo destinado a Salas. Su dedicación a los telégrafos fue completa; como él dice: «Fui telegrafista Breguet en ferrocarriles y telegrafista Morse en el Estado». De paso fue inventor. En ratos de ocio hizo un invento portentoso, precisamente para aumentar el ocio propio, que consistía en despachar el telégrafo sin necesidad de levantarse de la cama. También se adelantó a su tiempo suprimiendo el aparato de relojería del Morse y recibiendo siempre «de oído» y en ocasiones recibía «a ojo» hasta cuarenta telegramas seguidos. Enterado de estos portentos, el director de Telégrafos de la provincia, se escandalizó mucho, pues era hombre piadoso, y dijo que aquel funcionario «olía a azufre», pero en lugar de ponerle de patitas en la calle, le encargaron además de la estafeta de correos. Por correos y telégrafos, Atanasio cobrada quince duros al mes, así que echó cuentas, determinó que no compensaba y marchó a Cuba el año 1893. Durante su estancia en Salas organizó las fiestas de agosto e inició su vida literaria con una oda a la tortilla de chorizo, mucho más substanciosa que la triste oda a la patata de otro vate de cuyo nombre prefiero no acordarme. En Cuba quiso trabajar como dependiente de comercio: en todas las casas a las que acudió le dijeron que ya era muy mayor para ese empleo, por lo que se dedicó a la literatura y a la vida bohemia, y no debió irle mal, porque, según Constantino Suárez, llegó a ser muy estimado «por sus prendas intelectuales y agradable carácter». Al estallar la guerra de Cuba entendió que no era asunto suyo, por lo que marchó a México y de allí a El Salvador. En la república centroamericana vivió una picaresca alegre y momentos de gloria política y militar. Primero hizo de «negro» para un cómico y después fundó y dirigió el periódico «Sancho Panza», que se hizo tan popular que todo el mundo le conocía por don Sancho. Un vaivén de la política le elevó al cargo de secretario particular del ministro de Fomento, en el que firmaba con el nombre de Sancho Rivero. Las cosas marchaban bien hasta que a un talento local se le ocurrió construir la República Centroamericana, formaba por Honduras, Nicaragua y El Salvador: mas al no ponerse de acuerdo sobre dónde estaría la capital del conjunto, las tres repúblicas se declararon entre sí la guerra y Atanasio fue automáticamente ascendido al grado de coronel, a las órdenes directas del presidente salvadoreño general Tomás Regalado, que era hombre valiente, pendenciero y borrachón. El general Regalado dio un cuartelazo en trece estados de los que ganó doce cuarteles, y al coronel «Sanchito» le encomendó la toma de la localidad de Cojutepeque, lo que hizo después de un intercambio de seis disparos, ni uno más. Como Rivero dice: «Fui bachiller sin esgrimir un libro y coronel sin mancillar el sable». No conozco la razón o razones por las que, tan bien situado en la política y en la milicia como parecía, un buen día regresó a La Habana decidido a sentar cabeza, y como primer paso, contrajo matrimonio con doña Aurora Quiroga. Y se dedicó al periodismo. A partir de 1901 colabora habitualmente en el «Diario de la Marina», en el que popularizó las secciones «Pistos manchegos» y «Comidillas». «La prosa y el verso no tenían secretos para él -escribe Cándido Posada-, el asunto más baladí tratado por su pluma adquiría proporciones admirables». En 1904 publica la novela «El mayorazgo de Villahueca», y en 1905, la recopilación de artículos «Duelos y quebrantos» (le tenía afición a los títulos de resonancias gastronómicas) y el cuento «Pollinería andante», del que es protagonista Sancho Panza, caballero de su pollino. De 1911 es otro cuento, «Virgilio, gran patriota», y en 1916 se da a conocer como cervantista publicando «El crimen de Avellaneda», un ataque, como se deduce del título, contra el autor del falso Quijote. Es curioso señalar la atención que Avellaneda merecía a los escritores indianos: Constantino Suárez también le dedicó un artículo. Y será como cervantista como Atanasio Rivero alcanza su mayor fama, embromando a los serios y sesudos cervantistas de la metrópoli: esos personajes que según Azorín no conseguían otras cosas que desvirtuar a Cervantes y a su libro. «El crimen de Avellaneda» fue su contribución al aniversario de la muerte de Cervantes y su aval como cervantista. El bombazo lo lanzaría poco después, al afirmar que había descubierto que el «Quijote», en realidad, se componía de dos libros en uno, en lo que hasta entonces nadie había reparado. De un lado estaba el relato que todo el mundo creía leer: las aventuras de un hidalgo manchego que por leer demasiadas novelas de caballerías sale a los caminos como si el tiempo de los caballeros continuara vigente. Pero mediante la combinación matemática de todas sus letras, el «Quijote» contenía otro libro que Cervantes se había propuesto ocultar. De todos los mortales, tan sólo uno había desvelado ese secreto, y para ponerle al alcance de todos, Atanasio Rivero viajó a Madrid y expuso el descubrimiento en una serie de artículos publicados en «El imparcial». La conmoción causada en los ambientes literarios españoles, y nada digamos entre los cervantistas, resultó extraordinaria, provocando acaloradas polémicas entre los que aceptaban la tesis del «Quijote» como «libro trazado» y los que sospechaban, si no una broma de tamaño natural (porque los cervantistas nunca fueron capaces de concebir que fueran posibles las bromas, porque para ellos el «Quijote», ese monumento del humorismo, es algo rematadamente serio), cuando menos una mixtificación. Incluso el propio Rodríguez Marín, vicario de Cervantes en la tierra en aquel tiempo, terció en la polémica, sin saber muy bien a qué carta quedarse. Por otra parte, en «El crimen de Avellaneda» aventuraba otra teoría tal vez más fundamentada. Habida cuenta que Avellaneda es un seudónimo, Rivero afirmó que encubría a Gabriel Leonardo Albión y Argensola, sobrino de los dos poetas aragoneses, y al dramaturgo Antonio Mira de Amescua. En poco tiempo se hizo famoso. Se le ofrecieron colaboraciones en periódicos madrileños, pero él se contentó con un banquete de homenaje en el Centro Asturiano de Madrid y regresó a Cuba, donde tenía su vida organizada. Por lo menos, había hecho trabajar a los cervantistas fuera de su rutina: Rodríguez Marín se vio obligado a publicar el folleto «El apócrifo " secreto de Cervantes"», con el que intentaba desmontar la patraña. Atanasio Rivero debió disfrutar de lo lindo con el barullo a que dio lugar su fantasía. En La Habana escribe la sección «Comidilla» en el diario «El Mundo» hasta el final de sus días: que termina el 3 de enero de 1930 en un sanatorio de Madrid, al que había acudido para aliviarse de una vieja afección bronquial, a la que él llamaba «la ruin».
FUENTE: IGNACIO GRACIA NORIEGA 
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  BIOGRAFÍA:
Atanasio Rivero, escritor festivo nacido en Oviedo (Asturias) en 1870.
Tras realizar los estudios de Segunda Enseñanza, ejerció como telegrafista en Salas, villa asturiana en la que fundó una sociedad recreativa y organizó varias veladas literarias. En 1893 emigró a Cuba, donde entró en contacto con intelectuales y artistas de vida bohemia. Al estallar la guerra de independencia cubana se trasladó a México, y desde allí a El Salvador. En el país centroamericano fundó el periódico Sancho Panza, con el que alcanzó una gran popularidad. Con el sobrenombre de Coronel Sanchito luchó en la guerra de El Salvador con sus vecinas repúblicas de Honduras y Nicaragua. Después de algunos años volvió a Cuba, casándose y pasando a residir a La Habana. Desde 1901 fue miembro de la redacción del Diario de la Marina, encargándose de la sección de tono humorístico «Pistos manchegos y Comidillas», que tuvo gran aceptación entre los lectores y le dio mucha popularidad y algún que otro sinsabor. Asimismo, perteneció a las redacciones de La Lucha y El Mundo. Enfermo del pulmón, falleció el 3 de enero de 1930 en Madrid, a cuya capital se había desplazado para tratar de curarse. Atanasio Rivero es autor de las obras siguientes: los cuentos Pollinería andante y Virgilio, gran patriota, que lograron dos primeros premios; El Crimen de Avellaneda (1916), sobre el autor del Quijote apócrifo; la novela El mayorazgo de Villahueca (La Habana, 1904); el libro de ensayos Duelos y quebrantos (La Habana, 1905), y El bien de España en Cuba (La Habana, 1921).
FUENTE: Consejería de Cultura del Principado de Asturias — www.VivirAsturias.com.
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