12 de agosto de 2018

La minería de Quirós (II)

Viejas costumbres mineras en Quirós
Ilustración de Alfonso Zapico
Las explotaciones se regían por pautas muy alejadas de los procesos de extracción actuales y la vida laboral presentaba singularidades respecto a otras actividades
Mineros de Mina Marifonso a principios siglo XX.  foto – Roberto Fernández Osorio. (Cronista Oficial de Quirós)
https://www.lne.es  
Técnicas, costumbres y materiales marcan diferencias radicales entre la explotación minera de principios del siglo XX y cualquier mina actual. El concejo quirosano, con varios centenares de mineros, tenía una forma de hacer con similitudes y diferencias con respecto a las demás cuencas mineras. Los mineros iban a trabajar con un bocadillo y una bota de vino, algo impensable ahora en lo que respecta al acompañamiento alcohólico. Las botas se dejaban en el chigre del pueblo para que las rellenaran de los pellejos donde se guardaba el vino y recogerlas por la mañana. Cuando no llevaban la comida ellos mismos, la familia o alguna vecina era la encargada de acercarla a la explotación. Las mujeres, de vecera, con un cesto en la cabeza apoyado en una «rodiella» por esos caminos, a veces cerca de dos horas de caminata. Llevaban cocido en «las porcelanas», que, una vez allí, los mineros calentaban en unos fuegos en el exterior de la bocamina. Otras veces lo llevaban crudo para que se cociera allí. Un operario se encargaba de cocinar lo de sus compañeros. Colgaba de dos apoyos y una barra de hierro las porcelanas para ir calentando o cociendo la comida, según los casos.
El minero Canor, en 1957, delante de una locomotora del tren minero que se había despeñado. (LNE)
Una anécdota de Cuetu Prietu (Ricao). Allí, Quilino el de las Chanas era el encargado por sus compañeros para ejercer de cocinero. Siempre había un minero quisquilloso que se quejaba de que su cocido estaba crudo. Le espetó un día, «tú tiza, tiza bien». Así lo hizo, pero se pasó y quemó las porcelanas de sus compañeros con el cocido dentro.
Alguno de ellos no llevaba bocadillo. Tan sólo un trozo de madera envuelto o unas avellanas. Comían apartados de los otros por vergüenza. A los mineros del Xagarín durante unos meses les daban todas las semanas un pan: «el mineru» se llamaba. Lo daban en casa de las de Grao, en San Salvador.
Largas caminatas desde el pueblo de madreñas. Cuando estaba seco, las colgaban de un palo y las llevaban al hombro. Duraban poco tiempo: el desgaste del camino y de la mina terminaban con ellas muy pronto. Dos y tres horas de camino de ida y otras tantas de vuelta por los montes eran el anticipo de la jornada laboral. Los del pueblo de Bermiego, cuando venían a trabajar a Cuetu Prietu, sobre todo en invierno, se quedaban «de poisa». La productividad de los mineros era baja salvo que estuviesen a destajo. El «jornalín» resultaba muy escaso y el ir a trabajar andando tantos kilómetros justificaba por sí solo el esfuerzo. Cuando estaban a centímetros el rendimiento era mayor.
Mineros de los cuervos en 1964. (Youtube)
Las herramientas habituales eran la pica o «regaoria» y el «hachu la mina». La primera servía para «regar» el carbón, de ahí la otra denominación. Se picaba con ella en las «series o testeros». Eran de mayor envergadura las usadas en la guía que las de la rampla, más sencillas. Se bajaban a la fragua para afilarlas y dejarlas preparadas para el día siguiente. El «hachu» tiene dos partes. Una de ellas, el corte con el que se prepara la madera para los cuadros que sujetan la tierra o el carbón. El pato, la trabanca y el poste son los nombres de las piezas de un cuadro. Hay que hacerles unos encajes o «balsas» para que las tres piezas formen un conjunto de gran dureza que tendrá que soportar los tirones de la tierra. La otra parte del «hachu» (la cueta) es roma, sin corte, para usarla a modo de maza o gran martillo para clavar puntas o asentar la madera. La barrena para «forar» a mano era de hierro, una barra de dos metros y medio, para preparar los agujeros donde se colocaba la dinamita. Se introducía en el carbón ligeramente inclinada y se hacían varios agujeros en el corte. La longitud introducida variaba según el lugar donde se hiciera en el corte. Se llevaba a la fragua de la empresa para afilarla, pues la cabeza se mellaba mucho.
Ilustración de Alfonso Zapico
Los mineros llevaban el reloj de bolsillo colgado del cuello con «la esterilla», una especie de cuerda larga, pues se metía bajo la cintura. Era de «retorta», un tejido de gran dureza. Las cadenas escaseaban, al igual que el dinero, por eso se usaban esas cuerdas para colgar el reloj, un instrumento básico para saber cuándo se comía el bocadillo o cuándo tocaba salir.
La limpieza era escasa, pues no existían los cuartos de aseo. Se lavaban muy por encima en regueros cercanos. El agua fría no elimina suciedad. Se daban casos de tener que picar los cursos de agua helados para limpiar un poco la cara y las manos. Esta escasa limpieza era un aspecto para presumir, sobre todo a los mozos, pues ser minero era un orgullo frente al ganadero o agricultor. Se quedaban esas ojeras negras que parecen pintadas a propósito. Las ropas de trabajo, los bombachos, sufrían mucho por la dureza de la tarea y sólo se lavaban el fin de semana. Muchos mineros no se cambiaban siquiera. Llevaban la indumentaria de faena para casa y así volvían a la labor al día siguiente. La piel sufría mucho por ese escaso cuidado. Por falta de limpieza llegaban a salir los «dubiesos», unos bultos debajo de la piel.
Tolva de El Cribu. (Ayuntamiento de Quirós)
Las bajas eran muy corrientes, tanto por accidente como por enfermedad común. Los mineros eran también ganaderos y, en épocas de recogida de la hierba, se ausentaban frecuentemente. Por eso las empresas tenían varios guardias jurados. Sus funciones primeras debían ser vigilar las explotaciones, pero la gran cantidad de bajas hacía que visitaran a los «enfermos» en los pueblos. Si los sorprendían trabajando en el campo les multaban y los llevaban a trabajar. También podía dar lugar a despido la repetición de dicha actitud. Hubo una temporada en la cual durante las vacaciones no se les dejaba trabajar. Las boleras se llenaron durante esa época con estos trabajadores.
Las minas, al igual que cualquier otro trabajo, eran lugares abonados para realizar novatadas a los «guajes». Los ayudantes mineros se denominaban «guajes», pues, antiguamente, desempeñaban esas labores críos de poco más de 14 años. Eran los encargados de facilitar los trabajos a picadores o barrenistas. Les daban herramientas, traían madera, cargaban vagones y otras labores. La inocencia de los recién llegados más jóvenes en contraste con la experiencia de la veteranía propiciaba novatadas, de mejor o peor gusto. Había mineros de mala condición que trataban mal a sus ayudantes. Otros tan sólo les gastaban la broma de principiante, sin mala intención.
Ilustración de Alfonso Zapico
Una muy común era encargar traer herramientas que no existían. El neófito desconocía los nombres de ciertos enseres de la mina. Así el escuadra tajos eran común. Un minero encargaba a su «guaje» ir a otro minero a que le diera el escuadra tajos. El otro, continuando con la broma, clavaba dos trozos de madera de mala hechura y grandes dimensiones. A veces los «guajes» tenían dificultades para llevar dentro de la mina la supuesta herramienta, inútil y de forma inapropiada para los espacios angostos. Otro tipo de broma de peor gusto consistía en mear por el ayudante. Mientras el chaval cargaba vagones o desescombraba, el minero veterano situado en la serie, a más altura, hacía la «gracia»: «guaje, llueve». Relacionado con éste, otros deponían en algún lugar y luego mandaban al «guaje» a por dinamita, o unas puntas en ese sitio. La oscuridad de la mina hace que muchas cosas se hagan más por tacto que por vista. Así se atrapaban cosas malolientes.
Costumbres, acciones y omisiones de otros tiempos cuando la mina era aún más dura, con menos seguridad, menores retribuciones, peor equipamiento y más hambre.
Museo Etnográfico de Quirós. (minube.com)
FUENTE: ROBERTO F. OSORIO
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