23 de marzo de 2017

Los primeros tiempos de la Transición

Memoria por Suárez  (Tercer aniversario ( 3 años) de su muerte)
Adolfo Suárez González, (Cebreros, 1932 - Madrid, 2014)
Fue un patriota que, con aciertos y errores, invirtió en una misión histórica todo su capital político, fundamentalmente el de un gran seductor en las distancias cortas
Adolfo Suarez falleció el domingo 23 de marzo de 2014
Los primeros tiempos de la Transición fueron tan vertiginosos como inciertos. La muerte de Franco, una especie de Big-Bang político, hizo surgir de la nada cientos de partidos políticos que trataban de adquirir identidad en un medio que despertaba a la vez esperanza y temor. La esperanza tenía una referencia clara: nuestro entorno europeo. ¿No sería posible que España se convirtiera de una vez en un país normal? nos preguntábamos. El temor era tan ominoso que ni siquiera se atrevía a llamar por su nombre a su conocido causante y lo sustituía por el eufemismo de "los poderes fácticos". Pero en medio de aquel aparente caos, había un proyecto de cambio institucional en marcha, con un impulsor, el Rey, y un arquitecto, Torcuato Fernández-Miranda.

Torcuato Fernandez Miranda y Adolfo Suarez
Ahora es fácil identificarlo, pero entonces nadie lo veía así. Como tampoco se supo identificar la irrupción del contratista que se hizo cargo de una obra tan comprometida. Era evidente que no lo podía ser Carlos Arias Navarro, el presidente del Gobierno heredado de la etapa anterior. Arias, que veraneaba en Salinas, había acompañado a los Reyes en su primera visita a Asturias, a mediados de mayo de 1976, durante la que inauguraron la carretera de los túneles de Riaño y bajaron al pozo María Luisa. Arias no lo hizo. Según contarían tiempo después en Hunosa, alegó que el mono que le habían facilitado no era de su medida, a pesar de que habían puesto hasta cinco a su disposición.
Después de la muerte de Franco, Arias Navarro continuaba en la presidencia del gobierno
Durante todo el viaje se le vio enfurruñado. Sus relaciones con el Rey no eran buenas y había trascendido, a través de una revista norteamericana, que don Juan Carlos lo consideraba "un completo desastre". Apenas mes y medio después de la visita a Asturias presentaría la dimisión.
El elegido. Dos días más tarde, el 3 de julio, se conocía el nombre del sustituto. Era Adolfo Suárez. Yo trabajaba entonces en "La Voz de Asturias" y quiso la casualidad que ese día se encontrara de visita en el periódico Luis Apostúa, quien, como articulista del "Ya", pasaba por ser uno de los gurús del columnismo político del momento. Recuerdo que le pedí su opinión sobre el nombramiento y no dudó en mostrarme abiertamente su desolación. Aquello era una involución con todos los agravantes. No otra cosa podía pensarse sobre alguien cuyo mayor cargo político hasta el momento había sido el de Ministro Secretario General del Movimiento. Aquello era un apaga y vámonos. Unos días después
José María de Areilza (1976)
José María de Areilza remachaba el clavo de la decepción con un martillazo que se convertiría en memorable, aunque no precisamente por el acierto. Areilza formaba parte de la terna que, de acuerdo con las leyes a la sazón vigentes, Torcuato Fernández-Miranda había presentado al Consejo de Estado para que eligiera el candidato a Presidente del Gobierno. Los otros dos eran Suárez y Federico Silva Muñoz, ministro de Obras Públicas con Franco. Culto, experto diplomático, bien relacionado, elegante y con pedigrí, Areilza, que había sido ministro de Asuntos Exteriores en el primer Gobierno de la monarquía juancarlista, pasaba por ser el miembro más presentable del Gabinete cesante. Durante su estancia en el Ministerio se había esforzado además en cuidar su imagen de hombre adecuado para la nueva situación. Tras dar por seguro que sería el elegido para presidir el primer gobierno realmente postfranquista, su postergación ante alguien tan irrelevante como Suárez debió de suponer una afrenta insoportable para su ego.
Federico Silva Muñoz, ministro de Obras Públicas durante la dictadura franquista
Y se aplicó a buscarle una explicación. Fue la que expuso pocos días después en un artículo publicado en "El País", en el que denunciaba de forma contundente cómo todos los poderes de España -los verdaderos, no los aparentes-, comenzando por los económicos, se habían confabulado para abortar cualquier posibilidad de cambio real. Todo seguía pues igual en un país secuestrado por sus verdaderos dueños. Recuerdo haber leído aquel artículo con tanta pasión como indignación. Y, como yo, miles de personas, todas las cuales compartíamos dos sentimientos contradictorios: la indignación por lo ocurrido y la satisfacción porque al fin hubiera un periódico que se atreviera desvelar las verdaderas claves de lo que ocurría. Para "El País" el artículo de Areilza supuso un punto de inflexión. El periódico llevaba apenas dos meses en la calle y hasta el momento no había respondido a las expectativas que había despertado entre el público progresista, su previsible destinatario.
Adolfo Suárez, en una imagen de archivo antes de las primeras elecciones democráticas
El artículo de Areilza le dio de golpe la credibilidad que necesitaba. ¡Había al fin un periódico que se atrevía a contar la verdad con pelos y señales! La buena nueva corrió como la pólvora. Un directivo de "El País" de esa época me contó tiempo después que la edición se agotó a primera hora y que, ante la demanda que llegaba de los quioscos, hubo que poner en marcha de nuevo la rotativa para tirar más y más y más ejemplares. Ese día la difusión de "El País" dio un salto cualitativo, que ayudó, tal vez decisivamente, a la consolidación del periódico. Lo de menos fue que la denuncia de Areilza se basara más en los espejismos que surgieron en el desierto de su decepción que en la realidad. Porque la designación de Suárez como presidente del Gobierno formaba parte de un plan que, en los antípodas del inmovilismo, se proponía cambios realmente revolucionarios.
Adolfo Suárez en el congreso de los diputados
La izquierda no supo o no quiso ver ese plan que Torcuato Fernández-Miranda, tan aficionado a las frases lapidarias, resumió en una fórmula: de la ley a la ley. Aplicándola paso a paso, consiguió que las Cortes, que él presidía, se hicieran el hara-kiri, aprobando la Ley de Reforma Política, que fue refrendada luego en un referéndum en el que las fuerzas progresistas pidieron con escaso éxito la abstención. Las Leyes Fundamentales del franquismo, concebidas para durar eternamente, habían fenecido.
La UCD. Aunque por un camino azaroso, con amenazas de todo tipo, la vida política española se encaminaba a la normalidad, lo que pasaba por reconocer la existencia de aquellos partidos políticos que el régimen había proscrito para siempre jamás. Suárez necesitó crear el suyo, que se dio en llamar Unión de Centro Democrático, en el que trató de integrar a políticos de perfil moderado, no pocos de ellos con más vocación de ayudar a su país en un momento crucial que de medrar en la política.
Logo de la desaparecida U.C.D
A falta de otro capital, Suárez invirtió en ese empeño su principal activo, que era el encanto personal. En Asturias la piedra de toque fueron los democristianos, un grupo pequeño, pero de trayectoria intachable en lo personal y lo político. Eran enemigos declarados de los azules -los falangistas y sus herederos- y por eso Suárez, que había sido ministro del Movimiento, aunque con camisa blanca, y mano derecha de Herrero Tejedor, les despertaba una desconfianza que no se recataban en manifestar. Con ella en la maleta fueron a una reunión con Suárez a Madrid. Al día siguiente me encontré en Oviedo con José María Alonso Vega. Venía entusiasmado del encuentro. Suárez los había conquistado. Empezaba a trascender que en las distancias cortas era insuperable: un verdadero seductor. Eso no implicaba necesariamente que, a la vez, no fuera sincero, algo que había puesto en duda malévolamente Alfonso Guerra cuando acuñó para él el apodo de "Tahur del Misisipí". Visto en perspectiva, el mérito de lo que hizo Suárez se valora mucho más que cuando lo estaba realizando. Una pluma tan hipercrítica como la de Gregorio Morán, que le había dedicado una biografía que destilaba una hostilidad a tono con el prejuicio vigentes en la época -"Adolfo Suárez, historia de una ambición"-, se sintió obligado a rectificarla años más tarde.
El periodista asturiano Gregorio Morán. Foto: Enrique Villarino. (El Confidencial)
Adiós al poder. Llama la atención que en poco más de cuatro años y medio Suárez celebrara un referéndum, convocara elecciones generales en dos ocasiones, entre ellas las primeras, intachables, de la nueva democracia española, impulsara la aprobación de una Constitución que cambiaba la estructura del Estado, devolviera la democracia a los ayuntamientos y lograra un gran pacto político para desatascar una situación económica desastrosa, heredada de la suicida inacción que el tardofranquismo había mostrado ante la Crisis del Golfo. Y todo ello bajo el hostigamiento de un terrorismo rampante, no solo de ETA sino también de los GRAPO. En ese difícil empeño Suárez acabó convirtiéndose en el pararrayos de todas las críticas, al tiempo que perdía sus principales apoyos.
Suárez saluda a Fernández Miranda bajo la atenta mirada de El Rey tras jurar el cargo
Distanciado de Fernández-Miranda, perdió también la confianza del Rey. Criticado por los militares -por la forma en que legalizó el Partido Comunista, aunque probablemente lo hubieran criticado igual si lo hubiera hecho de otra manera-, por la Iglesia, por poner en marcha la admisión del divorcio, y con su partido transformado en un nido de conspiradores, La Moncloa, el palacio que eligió como residencia cuando fue designado presidente del Gobierno, se convirtió en su cárcel. Era la prisión de un patriota que se había atrevido a romper con su pasado porque se sentía imbuido de tener una misión histórica que cumplir. No tuvo entonces otra salida que la dimisión, cuyos detalles contaría confidencialmente Sabino Fernández Campo a LA NUEVA ESPAÑA. El Rey no se mostró afectuoso con Suárez aquel día de febrero de 1981 en La Zarzuela. Como mucho, le gritó cuando se alejaba para subir a su coche: "¡Te daré un título!".
Los reyes de España en  febrero de 1976
El capital político de Suárez no se agotó con aquella dimisión, que muchos tildaron de inexplicada. Por el contrario, no tardó en incrementarse con su actitud ante Tejero y sus guardias el 23 de febrero de 1981, cuando fue, con Gutiérrez Mellado y Carrillo, uno de los tres diputados que se negaron a tirarse al suelo. Pero el suyo era un capital personal, que no encontró la inversión propicia para volver al poder, aunque lo intentara con la creación de un partido propio, el CDS. Su hora ya había pasado. Él era un seductor de personas y quien llegaba, arrollador, era un seductor de masas llamado Felipe González. Cuentan que con el tiempo los dos llegaron a llevarse muy bien.
Ese tiempo no fue, sin embargo, feliz para Suárez, a quien golpearon cruelmente unas pérdidas familiares muy duras. Hasta que se perdió a sí mismo también en la desmemoria. Trascendió entonces que ya no recordaba quién era ni quién había sido. No importa. España, sin duda, se acordará por él.
Suárez fue jefe de Gobierno durante la llamada transición, período que siguió a la dictadura de Francisco Franco (1939-1975).
FUENTE: MELCHOR FERNÁNDEZ DÍAZ
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