9 de marzo de 2017

El vampiro de Avilés

El "Estripador" mató hace un siglo
Supuesta imagen del rostro de Ramón Cuervo. El "Estripador de Avilés"
Cien años del crimen en La Magdalena del último sacamantecas de España, Ramón Cuervo, que degolló y bebió la sangre del niño Manolín Torres
El supuesto "Estripador" Ramón Cuervo de joven
Ramón Cuervo asesinó al niño Manuel Torres hace casi cien años, el 18 de abril de 1917. Le abrió la garganta y se bebió su sangre. Creía que aquel era el mejor método para recuperar el aliento que la tuberculosis que arrastraba desde hacía tiempo le había hecho perder. El "Estripador de Avilés" -así le bautizó la prensa del momento- fue el último vampiro español. Su pista se pierde a la altura de la ermita de La Consolación, en Corvera, camino de Oviedo. La Guardia Civil le escoltaba, temía su linchamiento. La ciudad reclamaba venganza. Ha pasado un siglo de aquel crimen, pero su memoria sigue fortalecida entre los avilesinos. Aquel sanguinario crimen terminó transformándose en cuento para niños malos.

Ilustración de Alfonso Zapico
El infanticida bajó a la villa un día de mercado. Venía de Santa Cruz, en Llanera. Como el depredador en que se había convertido, recorrió la ciudad buscando la víctima que había de salvarle. La halló en la plaza de La Magdalena. Acababa de sonar la campana de la escuela del pueblo. Manuel Torres, Ángel Ovies y Agustín García Sánchez, los tres de ocho años, jugaban antes de regresar a casa. La Magdalena había sido en los años medievales sanatorio de leprosos. Ramón Cuervo se les acercó. Era un forastero de gran altura que tenía una pequeña cicatriz en la cara y vestía una chaqueta color café y unas alpargatas rojas. Esto se supo después, cuando Manolín Torres no llegó a casa y su familia salió a los montes en su busca.
Agustín García Sánchez y Ángel Ovies fueron los que aseguraron que el tipo alto y misterioso se había dirigido a los tres guajes para decirles que buscaba la fábrica de la empresa Suiza Española, una mantequería que a comienzos del pasado siglo daba empleo a buena parte de los vecinos de la localidad de La Magdalena. Manolín Torres le dio las señas. Cuervo le pidió que le acompañase.
Ilustración de Alfonso Zapico
Le ofreció una perra gorda y, después, el futuro asesino y su víctima se perdieron por el camino de La Ceba. Cuando el chaval apareció, unas pocas horas después, era ya un cadáver.
Ramón Cuervo pertenece a una tradición tenebrosa de asesinos enloquecidos por la sangre más joven: los sacamantecas. Ricos, enfermos e ignorantes rendidos a tratamientos desalmados dictados por curanderos tan pobres e ignorantes como sus propios y averiados clientes. Cuervo es el último de esta saga de infanticidas. Antes que él habían actuado Manuel Blanco Romasanta, "O Lobishome" (detenido en 1852); Juan Díaz de Garayo, el primer "Sacamantecas" (detenido en 1880); Francisco Leona, el asesino de Gádor (actuó en 1910); Enriqueta Martí, la "Vampira de Barcelona" (apresada en 1912); José González Tovar, el "Tío Mantequero" (arrestado en 1913). Todos se ensañaron con sus víctimas (mujeres y niños), muchos mataron por encargo y alguno, por celebrar su poder.
La plaza de la iglesia de La Magdalena, a principios del siglo XX
El "Estripador de Avilés", según propia confesión, sufría de tisis desde 1914. Queda constancia de haber sido atendido por un tal Negro Francisco, según la familia de Torres, en la isla de Cuba. Se estima que la visita al curandero abrió el corazón de Cuervo a la esperanza. Se trataba de beber la sangre de un niño tierno. ¿Manuel Torres fue la primera víctima? Seguramente no. Las fechas no cuadran: sufre de tuberculosis desde 1914 y mata a Manolín Torres en 1917. ¿No actuó entre medias? La familia de la víctima recordaba un episodio de una niña que encontraron muerta, junto a un árbol, en Llanera. Quizás sólo murió tras caerse y clavarse una rama: nadie se preocupó de investigar aquella muerte. La familia de Manuel Torres se hizo eco de un rumor que había corrido por Avilés en aquel tiempo: si Ramón Cuervo era de Llanera y la niña muerta también, la niña muerta había sido la primera víctima del infanticida o, al menos, una de ellas. Por el momento, no hay más datos que asocien los dos episodios criminales salvo la experiencia criminológica que lleva a asegurar que un depredador deja de cazar sólo cuando es apresado o muerto.
Dibujo de J. Borbolla
¿Es el caso de Ramón Cuervo?
La muerte de Manolín Torres Rodríguez se produjo al poco de su desaparición. José y Benigna, los padres del chico, dieron parte en el cuartelillo e inmediatamente la Guardia Civil organizó las patrullas de búsqueda. A las ocho horas, Edelmira Flórez, que peinaba el monte de La Arabuya, descubrió un bulto humano. Supo que era del cadáver del niño. Le habían abierto la garganta, estaba desangrado. El "Estripador de Avilés" se descubrió y el miedo atenazó la vida de aquella población asturiana que entonces vivía el auge del dinero llegado de América.
El asesinato de Manolín Torres quedó en Avilés como un cuento "asustaniños". Los hechos reales fueron escondidos en la intimidad de la larga familia de la víctima. No se podía llegar tarde a casa no fuera a ser que uno se encontrase con "El Estripador". El crimen de La Magdalena conmocionó la ciudad al completo, pero aquella ciudad de la segunda mitad del siglo XX -con Ensidesa bullendo- ya no era la misma que se había helado cuando Edelmira Flórez descubrió el cadáver palpitante del chaval convencido por el brillo de una perra gorda.
Aspecto actual de la plaza de La Magdalena, donde hace cien años jugaban Manolín Torres y sus amigos tras salir de la escuela
El juez Prada Vaquero asumió la investigación. Gregorio Heres y Francisco Roches sirvieron como oficiales; Rafael Hernández, como alguacil y los doctores Carreño y Puerta fueron los médicos encargados de la autopsia. Prada Vaquero comenzó a tomar declaraciones a todos los testigos. Dos mujeres fueron clave en la identificación del asesino: Paquita Ovies y Adela Pérez. Las dos señalaron la cicatriz de Cuervo como elemento identificativo. Las dos le habían reconocido: le llamaron Ramón de Paulo.
La familia de Manolín Torres hace memoria: "La noche en que le mató, el hombre durmió aquí, en Avilés. Dio la casualidad, porque eso es una casualidad también, ¿no?, de que entonces nosotros vivíamos en Llano Ponte, teníamos una panadería donde estaban las cocheras del Tranvía Eléctrico. Mismamente enfrente había un mesón, uno de esos mesones antiguos donde venía la gente de Asturias, que dejaba los burros, los caballos. Pues esa noche durmió ahí, se llamaba Casa Mayo, era grandísimo", aseguró en su día a LA NUEVA ESPAÑA Sara de la Campa, una de las primas del guaje, la hija de sus padrinos. En Casa Mayo cayó el asesino. "Le llevaron esposado por todas las calles de Avilés, le bajaron por la calle de la cárcel [Ruiz Gómez]. La gente iba detrás de él, insultándolo. Querían matarlo y todo. Uno salió con un cuchillo contra él. Aquello fue horroroso", continúa Sara de la Campa. Ramón Cuervo no confesó. Mantuvo su inocencia. Por eso el Juez Prada Vaquero siguió interrogando testigos.
Indalecio Prendes era farmacéutico en Avilés, procedía de Perlora, en Carreño. Era primo del abuelo materno de Manolín Torres. Fue él quien le había vendido al asesino el cloroformo con que el infanticida durmió al chaval antes de abrirle la garganta. Cuervo le había dicho que tenía que matar a una vaca. La Guardia Civil decidió trasladar al asesino a Oviedo. Su rastro se pierde en Corvera y en Corvera comienza su leyenda.
Ilustración de Wikipedia
FUENTE: SAÚL FERNÁNDEZ
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