8 de marzo de 2017

La patrulla del talco

Cuando la mina tenía nombre de mujer                                      Día 8 de marzo, "DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA". "RESPETO y ADMIRACIÓN por todas las MUJERES LUCHADORAS que pelean día a día por sacar sus FAMILIAS adelante
Imagen antigua de Puebla de Lillo. El municipio de Puebla de Lillo se encuentra situado en el norte del Reino de León limitando con el Principado de Asturias, siendo un punto de paso crucial de cara a acceder a la región vecina, situándose en este término los puertos de San Isidro y Las Señales, así como la estación de esquí de San Isidro. Está compuesto por las localidades de Camposolillo, Caseríos de San Isidro, Cofiñal, Isoba, Puebla de Lillo, Redipollos, San Cibrián de la Somoza y Sollehttp://www.turismoreinodeleon.com


Puebla de Lillo (León) homenajeo (en agosto del año 2005) a las mineras que sacaron adelante a sus familias trabajando en la explotación de talco
Cuando la mina tenía nombre de mujer. (Diario de León)
Las mineras caminaban doce kilómetros, espalaban ocho horas y atendían ganado y familia, al preguntarles  ¿Qué era lo más duro de la mina? Contestaban, “ir la mitad de los días sin pan, lo peor era la poca merienda” En Puebla de Lillo la minería tizna de blanco, no de negro. El talco leonés, tan codiciado en los mercados internacionales por sus delicadas propiedades cosméticas, especialmente en su variedad blanca, fue la tabla de salvación a la que se aferró un grupo de mujeres de la zona en la época más negra del último siglo. Fueron los estertores de la Guerra Civil, y los difíciles años posteriores. «El asunto estaba claro: no había hombres. Todas las que fueron tenían algo, hermanos huidos o muertos en el frente, padres y maridos en la cárcel,... Si queríamos que las familias tuvieran algo que comer, había que ir a la mina».
Hombres y mujeres de las minas de talco de Puebla de Lillo
Llegaron primero con la misión de espalar las nevadas, a veces hasta tres días de pala para dejar libres los seis kilómetros que separan el pueblo de la antigua mina. Luego más. Por 5,5 pesetas al día, espalar, escoger, cargar en los camiones,... Si se hacía lavadero, dos reales más. Iniciaban camino en la madrugada para trabajar ocho horas, «con veinte minutos para comer, diez por cuenta del obrero y diez de la empresa. Nos sobraban casi todos, porque la mayoría de las veces no tenían nada que llevarse a la boca». Luego otros seis kilómetros de vuelta, y en el pueblo las tareas que quedaban pendientes. «Había que atender los animales y el campo, la familia,... Y trabajar para los ricos del pueblo, cargando carros de hierba, sacando patatas, fregando y lavando,... Con todo, aún comían casi de milagro».
La mayor parte de aquellas mujeres inquebrantables no habían cumplido entonces los veinte años. Sobre ellas recayó el peso de mantener familias enteras caídas en desgracia y sacudidas por la muerte. Lo hicieron sin lamentos, sin tiempo para pensar en una vida mejor, hasta que se les presentó un respiro. No volvieron a pisar la mina, pero hablan de aquellos años sin rencor.
«Trabajábamos, pero no perdimos nunca la alegría. Unas veces compartíamos risas y otras lágrimas. Era lo que había».
Juana García (a la izquierda) y Avelina González, dos de las tres integrantes de la ‘patrulla del talco’. Fundación Saber.es. Biblioteca Leonesa Digital
Tres de aquellas mujeres recibieron un homenaje ya hace unos años, en la romería de Pegaruas (la virgen de Pegaruas en Lillo-León), en el mes de agosto del año 2005, las tres, hace más de 11 años aún podían contar cómo pasaron de la niñez a la responsabilidad a golpe de camino entre nieve, pala y nervio. Eran Celina Alonso, (85 años en el año 2005), Avelina González, (84 años en el año 2005) y Juana García,  (92 años en el año 2005). Y, también con ellas, el recuerdo para Benita, Secundina, Teodora, Nieves, Gabina, Laida, Concha y Tiste, de Puebla de Lillo; y para Vicenta, Florentina, Rosario y Rafaela, de Cofiñal, además de Pura, de Isoba.
Gracias a ellas entre los años 1937 y 1945 la historia de las minas de talco leonesas también se escribió en femenino.
A una pregunta, respondían:
«¿Que si hicimos méritos para recibir el homenaje? El mérito fue que cogiéramos tan pocos catarros...»
Celina Alonso a los 85 años. Fundación Saber.es. Biblioteca Leonesa Digital
Daba gusto escuchar las carcajadas limpias de aquellas tres abuelas capaces de charlar animadamente de un esfuerzo que parece imposible que hubiese sido soportado. La señora Celina, menuda y polvorilla, estaba atrapada en su casa por una bombona de oxígeno. Daba la impresión de que iva a salir corriendo en cualquier momento. Siempre debió ser así, porque la limitación de una pierna torpe por una parálisis de nacimiento no le impidió recorrer grandes distancias cada día entre la nieve y el monte, ni hacer veinte kilómetros para buscar una hogaza de pan. «Había que decir las cosas como eran, sino era mejor no decir nada».  
Verdades como que hacían el camino del pueblo a la mina (entonces subterránea) abriendo hueco en las enormes nevadas, y luego se quedaron trabajando allí. «Ellas pensaban que era por compasión, pero no tuvieron problemas. Ni Celina con su pierna, en aquellos años si trabajabas, te cogían».
En la mina separaban el talco del escombro. “Se arrodillaban en una tabla con una piqueta y lo separaban. Luego cargaban los vagones hasta los camiones”, recordaban entre sonrisas que había que mover el talco tres veces con la pala entre el lugar donde lo dejaban y los camiones». Pura fibra la de aquellas mujeres de la montaña leonesa. Aún así, había bastantes dificultades para poder comer.
«Algún día perdían el trabajo en la mina para ir a por pan a Vegamián (pueblo vecino), salíamos a las cuatro de la mañana y volvían, andando, a las cuatro de la tarde, con una hogaza».
Interior de la mina de montaña de San Andrés, dedicada a la extracción de talco. Puebla de Lillo, León. Archivo Historico Minero
 «Más negra que el traje de Juana», puntualizaba Avelina, que recordaba cómo a Celina le había dado la debilidad un día, de vuelta, a la altura de la ermita de las Nieves. Allí cayó. Pero no tocó el pan. Cuando llegaba a su casa salió su madre. “Traía dos panes de salvado en un saco, su madre los sacó y le preguntó: ¿Es esta la carne de Dios, Celina? ¿O es la cara del demonio? Y ella contesto, yo qué sé., yo sólo sé que ya no podía andar más”.
A mediados de los años 40 dejó la mina y se fue a servir a Madrid, durante cuatro años. «Salí de Málaga y me metí en Malagón. No ganaba mucho más», decía ella; Y puntualizaba a una pregunta realizada ¿por lo menos comías? Y respondía, “Sí, cuando comía, que no estaba la cosa tan boyante”. Y comento; “Entonces todos presumíamos de tacón y pisábamos con el contrafuerte. A mí las casas por fuera no me decían nada, por más bonitas que parecieran. Había que verlas por dentro, por la despensa”.
Mina de montaña de San Andrés, dedicada a la extracción de talco. Puebla de Lillo, León. Archivo Historico Minero
Después de cuatro años volvió a Puebla de Lillo, y se dedico a la labranza, las vacas, arar, abonar,… Era el hombre de la casa». Con hombre y sin hombre, las que tenían hombre tuvieron mejor suerte, aunque fuera con el tiempo. La señora Avelina, coqueta y detallista en la plenitud de sus más de ochenta años durante la entrevista, tuvo que hacerse cargo de su familia aunque era de las menores de doce hermanos. Pero en la guerra los mayores fueron a parar a la cárcel. Quedaron dos más pequeños y uno mayor «que estaba mal porque le había dado la meningitis». Dejó la mina cuando volvieron sus hermanos, y se dedicó a “trabajar para los ricos”. La señora Juana se casó con Goyo, uno de los vigilantes. También dejó entonces la mina. Sin embargo, durante más de veinte años vivió al lado de los barracones de los obreros, y allí crió a su familia. «Rosario y tú llevasteis la voz cantante, les bromeaba Avelina, porque os casasteis con los dos vigilantes.
Nosotras es que trabajábamos mucho..., intentaba justificar Juana, casi con sonrojo. «Ya. Como aquel que decía: Yo me enamoré de ella porque la vi barrer en la puerta, y me gustó tanto como barría...» Avelina se reía con picardía y decía; «Y eso que ya no somos ni nuestra sombra, pero cómo nos reíamos...» Felicidad a la sombra del agotamiento, y del hambre. Seguía diciendo; «Un día nos regalaron una lata de sardinas, y nos la comimos en la mina antes de la hora. Cuando llegó el vigilante tocando el chiflo le dijimos que no teníamos nada que comer. Precisamente aquella vez le dio pena, y nos mandó a la caseta para que la mujer nos diera algo. Nos echó una cazuela de carne y unas casadiellas que no sé cómo no nos hicieron daño, por la falta de costumbre. Claro, que eso fue una vez en la historia».
Nivel superior abandonado de la mina de talco de San Andrés. Puebla de Lillo, León. Archivo Historico Minero
La historia de cada día era la de recorrer el camino entre el pueblo y la mina contra viento y marea. “Si no se trabajaba, no se cobraba”. A veces, las trabajadoras de la mina llegaban a la explotación entre la nieve, “con las madreñas en la mano, porque se quedaban enterradas”, y tenían que darse la vuelta porque los mineros no habían llegado. «Les decía el vigilante: ¡Qué valientes son estas mujeres, no llegan los hombres y vienen ellas! Pero ese día volvían a casa sin cobrar». Ese era el único miedo que ellas tenían al hacer tan largo camino, a menudo con la nieve por encima de las rodillas, el tener que volver sin dinero. «Recuerdan que una vez les salió el lobo, pero ellas no tenías miedo, porque iban unos cuantos en grupo, siguen relatando; “Él lobo siguió su camino y nosotros el nuestro, quién se iba a meter con nosotras, ni el lobo”. Se reían recordando la anécdota.
Estas son las mujeres que rubricaron una página de firmeza de la que hablaban sin dolor, pero sin especial orgullo. Ellas consideraban que habían hecho lo que tenían que hacer. Si no hubiera habido mina, tendrían que haber buscado otra cosa». Mujeres que se hicieron de hierro cuando llegó el momento, y espalaron incansables el camino hacia la mina y hacia la vida. La suya y la de sus familias. La del futuro que se abrió paso entre la desgracia. Con tanta naturalidad que, ellas, ni siquiera acaban de entender a qué venía tanto homenaje.
«En el año 50 las mujeres cobrábamos 6,50 pesetas al día por 8 horas de trabajo más otras 100 horas a mayores al mes. Si se producía un incendio también nos tocaba a nosotros ir a sofocarlo y nos lo pagaban en escabeche. Los hombres que menos cobraban nos doblaban en sueldo, 13,25 pesetas». Fundación Saber.es. Biblioteca Leonesa Digital
FUENTE: MARÍA JESÚS MUÑIZ - LEÓNMARÍA JESÚS MUÑIZ - (Diario de León)
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
NOTA: Si te ha interesado esta entrada y quieres preguntar, comentar o aportar algo al respecto, puedes dejar un comentario o escribir a mi dirección de “correo del blog” con la seguridad de ser prontamente atendido.

¡¡¡Difunde “El blog de Acebedo”  entre tus amistades!!!

Sígueme en:

·                     § - FACEBOOK - Roberto Cortina Mieres
·                     § Twitter – “El blog de Acebedo”
·                     § - Blog-Blogger.  http://elblogdeacebedo.blogspot.com.es

1 comentario: