27 de noviembre de 2012

Nuestra identidad en la historia

Dos mil años no es nada


Parece normal que, cuando alguno de estos capítulos se acerca al siglo XX, haya quien se pueda sentir aludido, seguramente porque hay temas que a pesar del tiempo transcurrido se asemejan aún a los de hoy. Por eso es relativamente lógico que las referencias a algunos colectivos e instituciones, que inevitablemente visitan esta página, interesen a quienes los integran en la actualidad, aunque ni sus miembros ni sus acciones tengan ya ningún parecido ni la mínima responsabilidad con lo ocurrido en otras épocas más duras. Me consta que a la mayoría le gusta conocer estas cosas, pero entiendo también que haya quienes consideran que lo ocurrido hace un siglo pueda tener cierta proximidad.
Más extraño resulta observar esta misma reacción cuando escribimos sobre episodios que se vivieron hace dos mil años, pero sucede, y sepan que aquí se levantan pasiones aún más exacerbadas, dividiendo a sus partidarios en dos tendencias. Por resumir, les diré que la madre del cordero está en la importancia que pudo haber tenido la resistencia a la romanización en Asturias porque de ella se puede deducir que los asturianos tengamos actualmente más o menos identidad y seamos, o no, un país.
Un ejemplo se da en torno al ya emblemático monte Curriechos: mientras los arqueólogos que vienen trabajando en su excavación sostienen es uno de los conjuntos bélicos «más destacados de Europa por su magnitud y su expresividad» y albergó un campamento con miles de legionarios, necesarios para domeñar a los indómitos pueblos de este lado de la cordillera, otros, como el catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Oviedo Narciso Santos Yanguas, consideran que aquí «no hay signo de violencia ni presencia del ejército haciendo frente a las comunidades indígenas. Hubo una penetración pero no de legiones, sino de destacamentos de cientos de soldados pero nunca en plan de conquista».
La disparidad de los especialistas, en principio siempre es sana y cuenta con sus respectivos apoyos, pero no olviden que en Asturias nada es inocente. Ya ven lo ocurrido con el investigador Ángel Villa -al que desde aquí mando mi humilde apoyo-, que sufre una vergonzosa persecución desde la Consejería de Cultura por haber sacado a la luz pública el desastre de la Campa Torres, donde cientos de restos arqueológicos llevaban años escondidos en un estado lamentable.
Así, aprovechando que los argumentos científicos dejan muchos flecos abiertos, hay quien aprovecha para arrimar el ascua a su sardina ideológica y mientras para los nacionalistas, nuestros ancestros eran un pueblo indómito, rebelde y capaz de unirse ante un enemigo exterior, desde la propia Consejería de Cultura y otros organismos como la Universidad Autónoma de Madrid se niega, a veces hasta el ridículo, esta posibilidad.
En fin, no sé si ustedes recuerdan el caso de las murallas localizadas por el mismo equipo del campamento de La Carisa muy cerca de allí, en el Homón de Faro, donde se mantuvo con todo lujo de detalles que se trataba de unos muros defensivos levantados por los astures, hasta que los laboratorios Beta Analityc, de Miami establecieron su datación entre el 650 y 708 de nuestra era, siete siglos después de lo que se esperaba.
En esta misma página escribí allá por el año 2007 que a partir de este hecho debían extremarse las precauciones antes de concluir nada, y sigo manteniendo lo mismo cuando leo la rápida interpretación que se ha publicado en la prensa regional sobre el reciente hallazgo de las huellas de lo que parece una antigua construcción en la zona de La Col.lá Propinde, detectadas casualmente desde el aire por una avioneta del Instituto francés Ausonios, de Burdeos, que realizaba un vuelo de reconocimiento para completar un atlas con los enclaves bélicos de la vieja Hispania.
Según se informó, dos arqueólogos se desplazaron unos días más tarde hasta el Picu L.lagüezos y se encontraron con que un incendio forestal había dejado limpio el terreno; allí hicieron las primeras indagaciones sobre el hallazgo y tras una rápida investigación posterior, dedujeron que el asentamiento guarda los restos de una estructura «con una finalidad militar, cuyas características no resultan muy distintas del tipo agger fossaque, propio de las castramentaciones romanas».
Jorge Camino, uno de los investigadores, se extendió hablando incluso de un hallazgo que tiene «unas dimensiones importantes y a primera vista piensa que pueda tratarse de se trata de una construcción de piedra, base de una empalizada, en lugar de una muralla», manejando la hipótesis de que el lugar pudo haber un frente defensivo o un lugar de paso para las legiones; e incluso se arriesgó a anticipar una datación: «en cuanto a fechas, el arqueólogo prefiere mostrarse prudente pero apunta a la época romana, probablemente entre los años 26 y 23 antes de Cristo».
Jorge Camino es un arqueólogo de reconocido prestigio, trabajador incansable y buen divulgador, al que debemos agradecer el esfuerzo que viene haciendo por dar a conocer todo lo relacionado con La Carisa, un proyecto que ha calado entre los vecinos de Lena y Aller y en el que están puestas muchas ilusiones, pero creo que la prudencia es buena para todo el mundo y más en este caso, donde hay quien está esperando cualquier error para pasar a la descalificación.
Luego supimos que el Ayuntamiento de Lena va a apoyar el nuevo yacimiento aportando tres trabajadores y financiando las imprescindibles pruebas de Carbono 14. Nos queda esperar los primeros resultados de la excavación que con el deseo de que Camino haya acertado en su observación y se pueda dar un paso más en el conocimiento de nuestro pasado.
Entre tanto, las murallas del Homón de Faro se han convertido en un ejemplo de lo que les decía más arriba y sirven para basar algunas teorías que a veces van contra el sentido común. Por ejemplo, hay quien da por hecho que, dada su similitud con la que se erigió en el Camín de la Mesa, y seguramente con otras que pueden ir apareciendo en otros pasos de la Cordillera, todas formaban parte de un mismo plan para defender este pequeño país de las invasiones exteriores, lo que implicaría la existencia de una estructura organizativa, anterior incluso a la monarquía asturiana.
La fantasía es tal, que se pasan por alto evidencias tan elementales como el hecho de que nuestra muralla tiene solo 400 metros de largo y para librarla o atacarla por la retaguardia cualquier destacamento militar solo tendría que variar su camino y buscar otro a menor altura. Cualquiera que conozca la zona sabe de lo que hablo.
Más les sorprenderá saber que últimamente está tomando fuerza la idea de que el lugar puede ser la llamada «roca de Pelayo», citada por el historiador egipcio Ahmad al-Nuwayri como el escenario de una batalla entre cristianos y musulmanes entre los años 712 y 714, es decir, 6 u 8 años antes de la Batalla de Covadonga y que hasta ahora, a falta de más datos, se identificaba con el cerro de Santa Catalina, donde se emplaza el bullicioso barrio gijonés de Cimadevilla.
Verdaderamente, con el mismo fundamento puede sostenerse la hipótesis de la roca con cualquiera de estos dos lugares, pero también con el que a ustedes se les antoje, aunque primero es preciso conocer el dato de que el señor Nuwayri vivió entre los años 1278 y 1332, en plena Reconquista, cuando todo lo relacionado con Pelayo y Covadonga ya formaba parte de la mitología cristiana y el Islam lleva varios siglos alejado de Asturias, por lo que los datos que tuvo que manejar para su obra no parecen muy fiables.
A la luz de lo que sabemos, cada historiador puede elaborar su propia teoría sobre quienes y por qué levantaron la muralla del Homón de Faro entre el año 650 y el 708, pero la cosa está difícil porque el conocimiento de esta época es muy escaso. Si la datación es acertada, aún faltaban algunos años para que los musulmanes cruzasen el Estrecho y llegasen hasta aquí, por lo que tenemos que pensar en otra posibilidad; también se ha hablado de un ejército visigodo mandado por el rey Wamba para someter una revuelta de los astures. El problema es que tampoco hay constancia de esta expedición.
Por ello resulta tan importante conocer con exactitud si el descubrimiento que ahora se nos presenta se corresponde realmente con una defensa, y si es así, establecer con seguridad su datación para saber si se trata de una obra romana, indígena o cristiana. La profesionalidad de Jorge Camino es una garantía, pero en estos casos a veces debe acompañar también la suerte. Desde aquí le deseo a él y a su equipo toda la del mundo en este nuevo reto.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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