12 de marzo de 2024

Miradas de muerte

La España con vocación progresista se topó una vez más con señoritos, sotanas y tricornios
Júbilo en las calles de Madrid tras la proclamación de la República. Foto Archivo.
Esta vez, la lucha sería a muerte. Los defensores de la República, mal organizados, no supieron apreciar la fuerza militar de los sublevados, mejor formada y guiada por un mando más unificado
Momento de la proclamación oficial de la Segunda República desde el Ministerio de Gobernación de Madrid. Seis y media de la tarde del 14 de abril de 1931. Foto Archivo.
El Blog de Acebedo
Los salones reales se quedaron mudos, huérfanos de las risas y bailes de la corte. En aquellas horas el verbo perdonar apenas se utilizaba; por eso no resultaba extraño que nadie perdonase a Alfonso XIII su apoyo a la dictadura de Primo de Rivera. El cacique de España se llevó en su caída al monarca, que no supo o no quiso reaccionar ante tantos sables que se abalanzaban sobre el desamparo de un pueblo al que siempre se veía en minoría de edad. 
Trazó una odiosa mano, España mía,
-ancha lira, hacia el mar, entre dos mares-
zonas de guerra, crestas militares,
en llano, loma, alcor y serranía.
Manos del odio y de la cobardía
cortan la leña de tus encinares,
pisan la baya de oro en tus lagares,
muelen el grano que tu suelo cría.
Otra vez -¡otra vez!- ¡oh triste España!,
cuanto se anega en viento y en mar se baña
juguete de traición, cuanto se encierra
en los templos de Dios mancha el olvido,
cuanto acrisola el seno de la tierra
se ofrece a la ambición, ¡todo vendido!
Antonio Machado, «¡Todo vendido!»
Azaña añadió la dirección de un movimiento por el rescate de la República que concentró, avanzado ya 1935, a masas de oyentes en grandes estadios y que culminó en un descampado de las afueras de Madrid. Foto Archivo.
Tras unas elecciones municipales ganadas, a medias, por los defensores de vivir en un país sin corona, la Segunda República nace en la primavera de 1931 con la intención de traer a España el aire de modernidad europea tantas veces anhelado por el filósofo Ortega.
«A la acción unificadora del republicanismo, Azaña añadió la dirección de un movimiento por el rescate de la República que concentró, avanzado ya 1935, a masas de oyentes en grandes estadios y que culminó en un descampado de las afueras de Madrid. Su autoridad entre los republicanos y su nuevo atractivo ante los partidos y sindicatos obreros se convirtió pronto en un significativo capital político. En enero de 1936 Azaña reconstruyó la coalición de izquierdas a su medida: obtuvo para el republicanismo un total de candidatos superior al de todos los partidos obreros; logró que el programa de la coalición fuera el republicanismo, que la responsabilidad del gobierno recayese en sus manos y no permitió que el pacto fuese elaborado por nadie más que por el PSOE y por ellos, aunque aceptó que los socialistas llevaran al pacto todas las firmas que quisiesen si eso no se hacía en menoscabo de la hegemonía republicana.» Santos Juliá.
Manuel Azaña durante el mitin del 28 de septiembre de 1930. Foto Archivo.
Lo que otras naciones occidentales habían tardado largos años en conseguir, los republicanos españoles acariciaban alcanzarlo en poco tiempo. Cambiar el rumbo de la historia y transformar el Estado en un sentido moderno, laico y democrático, era su sueño. Pero el nuevo régimen tuvo muy mala suerte. Fue un recién nacido en una familia donde nadie se llevaba bien. Mientras los justicieros quemaban conventos y herían la imagen de la República, las fuerzas de seguridad reprimían las manifestaciones a balazos en un tiempo en el que las pelotas de goma no se habían inventado. 
Reunión en la que se encuentran Azaña y Marcelino Domingo. Foto Archivo
«Durante los dos primeros años de la República (1931 y 1933) procuró transformar de forma inmediata y radical todos los aspectos más importantes de la vida española. Se intentó asentar una auténtica democracia política; se reestructuró el mapa territorial reconociendo las peculiaridades históricas y culturales de ciertos territorios a los que se concedió un estatuto de autonomía; se redistribuyó la tierra pretendiendo con ello una reforma social radical; del mismo modo, se impulsaron las tendencias laicas de la sociedad al tiempo que se limitaba la influencia de la Iglesia para así reorientar culturalmente a España».
España era un garabato de violencia, un esbozo del lienzo airado que los españoles se encargarían de dibujar en seguida. Los escasos avances sociales tocados con las manos, como la Ley de Reforma Agraria, la secularización de la enseñanza o el descentralizador Estatuto de Cataluña, fueron rápidamente contrarrestados por una parte del país que quería seguir viviendo con anacrónicas desigualdades. Y es que, a Manuel Azaña, erigido en símbolo del espíritu republicano, le tocó habérselas no sólo con una economía maltrecha, heredera de la crisis de 1929, sino también con los extremistas de dos tendencias ideológicas que luchaban en toda Europa por imponerse. La Falange de José Antonio Primo de Rivera, violenta pero escasa, comienza a recibir ayuda económica de los fascistas italianos. En contrapartida, el socialista Largo Caballero radicaliza su bastión obrero de la UGT, llevado por sus simpatías comunistas y por una especie de izquierdismo infantil, del que se encontraba convaleciente en la antesala de la guerra.

Si Mola fue quien diseñó desde Pamplona la estrategia del alzamiento nacional, fue la guarnición de Melilla la que dio inicio efectivo a la contienda, el 17 de julio de 1936. Primeras noticias del alzamiento publicadas en el rotativo El Correo de Andalucía. Foto Archivo

Los salvapatrias de siempre reciben la llamada sobrenatural que les obliga a actuar. El general Mola diseña desde Pamplona la sublevación que habría de devolver a España la ley y el orden. La guarnición de Melilla se rebela el 17 de julio de 1936 y, desde Canarias, Francisco Franco vuela a Tetuán para dirigir el correoso ejército africano, sin que el gobierno pareciera darse cuenta de las intenciones de los sublevados. Imaginado por Mola como un hachazo simultáneo en todas las comandancias, el alzamiento nacional, combinando los sables con las nostalgias monárquicas, los sueños tradicionalistas y el arrojo falangista, desbarataba una República fracasada a la que Azaña no había sabido reconducir.
«Escritores de ambos bandos han coincidido en que la conspiración que desembocó en el alzamiento nacional era algo bien tramado que contaba con amplia mayoría dentro del cuerpo de oficiales. A los que simpatizaban con los sublevados estas afirmaciones les servían para demostrar su capacidad organizativa; y a los gubernamentales, porque la perfección conspirativa y la elevada proporción de los comprometidos les excusaba de la ineptitud». Luis Romero.
Soldados republicanos camino del frente. Fotografía de Robert Capa. Foto Archivo.
Sin embargo, los planes rebeldes de adueñarse, al momento, de una España harta de desórdenes fracasaron. Los militares se dividen y son muchos los que manifiestan su fidelidad a la República. El país mismo se parte en dos al tiempo que el gobierno se decide a armar a las organizaciones de trabajadores para defender el régimen. Caen del lado de los insurrectos: 
A la vista de los recursos de la República, muy superiores a los de los sublevados, nadie hubiera podido pensar en su derrota. "En aquella hora decisiva, las agrupaciones obreras menospreciaron a las fuerzas rebeldes y vieron el alzamiento como una señal de los dioses anarquistas o marxistas para iniciar su propia revolución, con la Iglesia de chivo expiatorio". Bastaba con que alguien fuera señalado como eclesiástico o militante católico para que en el río revuelto de la guerra se le ejecutara sin proceso alguno. 
El coronel Moscardó con los generales Franco y Varela tras la liberación del Alcázar de Toledo. Septiembre de 1936. Foto Archivo.

Aunque luego la sangría se contiene, los 7.000 sacerdotes y miembros de congregaciones religiosas y los innumerables militantes católicos liquidados en la contienda describen la persecución más sangrienta sufrida por la Iglesia desde la proclamación del cristianismo como religión oficial de Europa, 15 siglos atrás. Mientras tanto, no pierde tiempo el ejército de Marruecos, que con la ayuda de aviones alemanes atraviesa el Estrecho bajo la despistada mirada de las fuerzas republicanas, incapaces de detenerlo a pesar de contar con los buques de la Armada. Dada su superior preparación, las tropas africanas progresan por la ruta de Extremadura hasta presentarse en las puertas de Madrid, a la par que el Ejército del Norte se apodera de Guipúzcoa.
Tropas carlistas avanzan en el frente Norte. Foto Archivo.
¿Milicias o ejército?
Con lentitud suicida, la República trata de poner orden en sus agrupaciones proletarias muy enfrentadas entre sí por cuestiones ideológicas y de estrategia al igual que las clases medias, divididas por el problema autonómico. En la jefatura del gobierno, Largo Caballero tiene que elegir entre hacer la revolución o intentar ganar la guerra, lo que en estrategia militar quiere decir optar por las milicias o el ejército. Reprimiendo su querencia miliciana, ordenó la organización del Ejército Popular de la República, cuyo debut en la defensa de Madrid no pudo ser más esperanzados Las tropas franquistas, acostumbradas a la victoria fácil y a los enemigos débiles y divididos, se encontraron, por fin, con una defensa organizada y combativa. 
«Las expediciones de los primeros meses de guerra pertenecen al período aludido por André Malraux como L'illusion lyrique (subtítulo del Libro I de L'Espoir). En ambos bandos, tales columnas tenían mucho en común: estaban organizadas en centurias de unos cien hombres cada una, en las que participaban tres elementos: oficiales regulares, con algunos suboficiales y reclutas; militantes de partidos políticos que, ya fueran carlistas o falangistas, comunistas o socialistas, tenían cierto entrenamiento militar rudimentario (menos probable si eran anarcosindicalistas), y en tercer lugar otros voluntarios sin entrenamiento.» Hugh Thomas.
Fusilamiento del monumento al Sagrado Corazón. Cerro de los Ángeles. Julio de 1936. Foto Archivo.
El cansancio acumulado de un ejército que no conocía tregua se estrella así contra los resistentes dirigidos por José Miaja y Vicente Rojo, que salvan Madrid del hachazo del fascismo.

No olvides, Madrid, la guerra; 
jamás olvides que enfrente 
los ojos del enemigo 
te echan miradas de muerte.
Rafael Alberti
«Romance de la defensa de Madrid»

La esperanza de un ataque por sorpresa se había roto y sólo restaba seguir por la senda de una interminable acción militar de desgaste. La guerra civil no había hecho nada más que comenzar. Se estabiliza el frente y los combatientes solicitan ayuda del exterior para romper el punto muerto. Conocido el camino, los autodenominados nacionales confirman distintos encargos a Hitler y Mussolini, al tiempo que la República adquiere aviones y armas en París a costa de las desnutridas arcas estatales, que completan el viejo material suministrado por la Unión Soviética.
Barricada en Barcelona durante los primeros días de la Guerra Civil. Foto Archivo.
Entre 1936 y 1939, la contienda de un país misterioso y desconocido fue seguida con interés por medio mundo, a través de la radio y la prensa, que veían en ella un presagio de lo que ocurriría en la inminente gran guerra mundial. Los intelectuales españoles ejercieron de embajadores de la República en su búsqueda de aliados para lograr poco más que unas simples palabras de aliento salidas de los labios de las democracias occidentales. No estaban dispuestos los grandes Estados a correr el riesgo de enfadar al Duce y al Führer ni sufrir un parto bélico prematuro. La causa republicana sólo consiguió el inservible reconocimiento internacional y la mejor literatura de Thomas Mann, Faulkner, Gide o Sartre. 
Niños jugando a ser mayores. Foto Archivo.
No obstante, sus llamadas de auxilio bastaron para que los generosos defensores de causas perdidas de todas las nacionalidades formaran parte de las brigadas extranjeras.
«En agosto del 1936, el mapa habría cambiado radicalmente. El alzamiento propició «una división del territorio aleatoria en la que entró tanto lo lógico como lo ilógico. Así, zonas de tradición izquierdista y proletaria quedaron bajo la férula de la autoridad militar triunfante, y, por el contrario, provincias de solera conservadora quedarían en poder del Frente Popular. Una gran masa de españoles se vería situada en zonas indeseadas, expuesta a los riesgos de una depuración. Eso fue lo que prestó a la vida cotidiana durante la Guerra Civil sus más trágicas y dolorosas características.»      Rafael Abella.
Además de obtener el apoyo de los poderosos países fascistas, Franco sabía que para salir triunfante de una lucha tan larga el liderazgo debía estar bien definido. Lentamente los militares golpistas no harían otra cosa que obedecer las órdenes del que se erigió en jefe de la España nacional en octubre de 1936 mientras, seis meses más tarde, las filas de los carlistas y falangistas se apretaban con un decreto de unificación, que atajaba las disidencias. Numerosas consignas inventadas o recicladas por la retórica del Movimiento sirven para identificar esta conjunción precaria; la más popular, la de España, una grande y libre fue la música de fondo del nacionalismo franquista.
Algaradas en la plaza de Sant Jaume. Barcelona, 17 de febrero de 1936. Foto Archivo.
El terror de la guerra se adueñó de la población civil, y muchos lograron en esos días de maldad llevar a cabo las venganzas que habían germinado durante demasiados años en la oscuridad de sus mentes. En cada región, en cada pueblo, los partidarios de uno y otro bando aprovecharon para saldar viejas cuentas, haciéndose cotidianos la muerte y el asesinato. Todos los que pensaban de otro modo, los políticos de sindicato y partido o simplemente los odiados por locos y poetas eran obligados a dar un paseo del que nunca más regresaban. 
«La guerra en el País Vasco tuvo dos fases diferenciadas. Una, la de las Juntas de Defensa, entre el 18 de julio y el 7 de octubre de 1936, en la que el poder regional y el esfuerzo de la resistencia recayeron sobre las fuerzas políticas de la Izquierda obrera y republicana. Otra, la fase del gobierno vasco, entre octubre y la caída de Bilbao, en la que el PNV, que hasta entonces había tenido un papel menor, asumió la responsabilidad en la gobernación y en la dirección de la guerra.» J. P. Fusi.
La mayoría de la población se refugió en el cascarón de sus hogares hasta que amainase el temporal de la intransigencia, una tormenta de verano que duró casi cuatro décadas.
Detención de un sospechoso tras la sublevación militar contra la República. Madrid, 19 de julio de 1936. Foto Archivo.
La luz roja comenzó a encenderse para los republicanos, cuando el Ejército del Norte se apoderó de la zona industrial vizcaína, Cantabria y las minas asturianas. El cinturón de hierro bilbaíno se fundía por la llegada del fuego de las tropas franquistas y, ocupada Euskadi, los nacionalistas vascos perdieron las ganas de pelear por la República. Como remate del proceso de legitimación de la guerra y a petición de Franco, los obispos españoles se dirigieron, entonces, a los católicos del mundo con una pastoral colectiva en la que explicaban el carácter religioso de la contienda. Querían neutralizar con ella las voces de los intelectuales católicos extranjeros, alarmados ante la represión ejercida por los nacionales sobre grupos de militancia religiosa.
Guernica, Vizcaya, poco después del bombardeo. Foto Archivo.
El hambre fue el plato único en las cocinas de muchas ciudades republicanas. La escasez de víveres en Madrid resultó un guiso muy difícil de digerir, sobre todo cuando sus habitantes contemplaban con la impotencia de los vencidos cómo las demás ciudades caían una a una bajo el yugo y las flechas. Juan Negrín actúa como jefe del gobierno republicano desde que Largo Caballero, desasistido por sus propios ministros, le pasara el testigo en mayo de 1937. Quería salvar lo insalvable, a la espera de que algún acontecimiento internacional se pusiese de su parte. 
«La aparición del general Franco fue, en parte, casual. Según los planes elaborados entre febrero y julio de 1936, el general Sanjurjo fue designado como figura principal de la junta militar, pero el 20 de julio murió en un accidente de aviación.» Gabriel Jackson.
Los junkers alemanes de la Legión Cóndor. Foto Archivo.
La preocupación de Franco de asegurar todas las posiciones conquistadas antes de ordenar un nuevo avance propició una guerra con excesivo metraje. Por eso los republicanos tuvieron tiempo de jugarse en la batalla del Ebro la victoria final a un solo número. A pesar de la crítica situación militar de la República, "la batalla fue la más larga y sangrienta de la contienda y durante cuatro meses las dos fuerzas se masacraron entre sí hasta que el ejército republicano del Ebro fue totalmente destruido".
Niños muertos tras un bombardeo. Foto Archivo. 
La victoria abrió una brecha aprovechada por Franco para entrar triunfante en una Cataluña defendida por un ejército maltrecho y bajo de moral. A esas alturas, las brigadas internacionales ya se habían retirado de una guerra perdida y un difícil exilio acogía a muchedumbres de españoles fieles al ideario republicano. Aún aguanta la capital de España, hasta que el coronel Segismundo Casado, perdida toda esperanza de paz negociada y rebelado contra su gobierno, ordena a los madrileños deponer cualquier resistencia. Todos eran conscientes de que no había llegado la paz, sino la victoria. 
«La Batalla del Ebro fue decisiva para el curso de la guerra. Con la victoria de las tropas nacionales, los ejércitos de Franco pudieron entrar en Cataluña y conquistar Barcelona. Desprotegida y abandonada por las brigadas internacionales, Madrid no tardaría en caer. La Guerra Civil había concluido».
Otra vez sobre el libro azul que baña la luz naciente en oro ensangrentado el dedo del Señor ha decretado un destino de estrellas para España. José María Pemán, «España»
Jóvenes madrileños reciben brazo en alto a las tropas franquistas a su entrada en la capital. En el cartel puede leerse: «Los Césares eran generales invictos». Foto Archivo.
Diario de Burgos “La Guerra Ha Concluido”. Foto Archivo.
FUENTE: FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR. En colaboración con José Manuel González Vesga Álbum de la historia de España. Págs.: 122 a 135. © Círculo de lectores, S.A. 1995. El blog de Acebedo.
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IMÁGENES.




Carteles de La Guerra Civil de ambos bandos.
El Guernica de Pablo Ruiz Picasso, trabajosamente compuesto en plena contienda civil española (1937), es sin lugar a dudas el cuadro más simbólico e importante de todo el siglo XX. Foto Archivo.

Cartel realizado por el pintor catalán Joan Miró en apoyo de la II República. Foto Archivo.
Concordia. Hermanos de la retaguardia. Estrechamente unidos seremos la fuerza motriz del curso glorioso de nuestro ejército popular. Delante de él se encuentra el enemigo común». Carteles propagandísticos. Foto Archivo.
¡Milicianos! no desperdicies municiones, víveres ni energía. Carteles propagandísticos del gobierno de la República. Carteles propagandísticos del gobierno de la República. Foto Archivo.
«Cuídate de las enfermedades venéreas como de las balas». Carteles propagandísticos Foto Archivo.
Socorro Rojo. Carteles propagandísticos. Foto Archivo.
El 1808. Catalunya Derrotà L’Invasor. Carteles propagandísticos. Foto Archivo.
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AUTORES.

Fernando García de Cortázar y Ruiz de Aguirre (Bilbao, 1942 - Madrid, 2022)
. Fernando García de Cortázar es el escritor que más ha enseñado a amar la historia a los españoles, es catedrático de la Universidad de Deusto (Bilbao), donde desarrolló una importante labor de investigación. Su formación humanista y su sensibilidad literaria le han ayudado a acercar de forma atractiva la historia al gran público, de tal manera que muchos de sus libros se han convertido en grandes éxitos editoriales. Una curiosidad insaciable por el pasado para hacer el presente inteligible, un gran talento narrativo y un admirable dominio del arte de la síntesis dan razón de la extraordinaria difusión de su obra. Ha escrito cuarenta libros, algunos traducidos a otros idiomas y muchos de ellos repetidamente editados, consiguiendo también popularizar la historia de España mediante la prensa y la televisión. (...). Saber más... L’ Casa del Libro.


José Manuel González Vesga. Historiador bilbaíno, licenciado en Historia por la Universidad de Deusto
. Es funcionario del Ayuntamiento de Bilbao. Coautor, junto con Fernando García de Cortázar, del volumen Breve historia de España (Alianza Editorial, Madrid, 199), libro que ha tenido después sucesivas ediciones y reimpresiones, como la realizada por Círculo de Lectores (2001), convirtiéndose en un bet seller de divulgación histórica, haciendo sido traducido a otros idiomas, como el italiano. También es coautor, junto con el mismo Fernando García de Cortázar, de otro manual de historia, Biografía de España (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 1998). Ha publicado artículos históricos en revistas especializadas y en publicaciones colectivas como el titulado "El mea culpa del historiador", en el libro Debates para una historia viva (Universidad de Deusto, Bilbao, 1990). Ha participado en 1998, como profesor en el Curso de Verano "Biografía de España" -curso dirigido por Fernando García de Cortázar- en la Universidad de Cantabria, en colaboración con la Fundación Grupo Correo. Ha publicado artículos de su materia en diversas revistas culturales, como Cuadernos de Alzate, editada en Madrid por la Fundación Pablo Iglesias. (...). Saber más... EUSKO IKASKUNTZA. Foto: Puvill Libros.

El Círculo de Lectores, fue un club de lectura en España creado en 1962, perteneciente al Grupo Planeta desde 2014.​ A finales de la década de 1990 la compañía llegó a tener más de un millón y medio de socios que recibían mensualmente el catálogo de novedades; en 2010 contaba con una red de más de 5000 agentes repartidos por toda España. (...). Saber más... WIKIPEDIA.

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Esta página se editó por última vez el 12 de marzo de 2024 a las 08:30 horas.

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