3 de enero de 2015

Pío Baroja estudió el paso por Asturias de Miguel Gómez y Damas

Tras la pista de Gómez.


Pío Baroja, fotografiado por Prieto.
Pío Baroja estudió el paso por Asturias de Miguel Gómez y Damas, que fue una pieza clave en el avance hacia Galicia en la primera guerra Carlista.

Ilustración de Alfonso Zapico

Entre los escritos tardíos de Pío Baroja figura una curiosa colección de relatos que él calificó como memorias y reportajes bajo un hermoso título: "Desde la última vuelta del camino". En uno de sus capítulos el escritor vasco cuenta como realizó un viaje por España siguiendo la pista de la "expedición de Gómez", saliendo desde Vera en automóvil con la compañía de un fotógrafo y un chófer que aprovechaba las paradas para revisar el motor y canturrear. Uno hubiese dado cualquier cosa por ocupar otro asiento en aquel vehículo y acompañar a don Pío en su periplo, pero se tiene que conformar con releer de vez en cuando sus apuntes para pasar un buen rato. Miguel Gómez y Damas fue uno de los jefes más heterodoxos de la primera guerra carlista. Muy discutido en su tiempo, su fama fue apagándose y acabó sus días en Burdeos, completamente olvidado. Como el recuerdo de su expedición, que no tardó en perderse, hasta el punto de que don Pío, cien años más tarde, no pudo encontrar en sus escenarios a nadie que guardase memoria de lo que sus mayores habían visto.
Gómez hizo un fantástico recorrido por España, siguiendo un camino absurdo, lleno de avances y retrocesos en el que invirtió cinco meses y veinticuatro días, manteniendo combates que aunque nunca se tuvieron en cuenta en las academias militares de nuestro país, se estudiaron con atención en Alemania y Rusia.

Las grandes expediciones carlistas: la del general Gómez (verde) y la “Expedición Real” con el propio Carlos V (rojo) recorriendo casi toda España
Según Baroja, a Gómez le gustaban el sol, las naranjas, las almendras, las granadas, el tabaco de La Habana y el vino blanco, y respondía a sus oficiales como un moderno Diógenes cuándo le preguntaban si tenía alguna orden: "No, tengo lo que necesito", mostrando una hoja de papel de fumar que doblaba entre sus dedos.
Con esos antecedentes, comprenderán que me guste el personaje y me perdonarán que esta sea la segunda vez que me refiero a sus andanzas por Asturias. De la batalla que libró Gómez contra los liberales en Puente de Soto ya les he dado detalles en otra ocasión, esta vez quiero contarles algo de otro hombre; aquel al que se había señalado para detener su avance por la Montaña Central.
Gómez partió de Amurrio en la madrugada del 26 de junio de 1836 con un ejército integrado por menos de tres mil hombres con la misión de extender la guerra por toda la Península y al día siguiente ya tenía en su persecución a los isabelinos de la tercera división del Ejército del Norte, mandada por el general Espartero, que, a pesar de forzar el paso, no pudieron darle alcance antes de que cruzase la Cordillera Cantábrica.
Al mismo tiempo, aquí se dispuso que fuese a su encuentro la Milicia Nacional con el objetivo de detener su marcha en el puerto de Tarna y para mandar esta tropa se designó a Bernardo Valdés Hevia y Argüelles, natural de Lorío y que en aquel año ya estaba de vuelta de muchas cosas.
Don Bernardo ya era mayor para la época, puesto que nació en 1777, pero le avalaba su fama de valentía y honradez. Cuando vino la francesada logró organizar él solo una partida de 315 hombres, con la que penetró hasta Valladolid y luego, ya con tropas regulares, combatió por media España, siendo uno de los hombres de confianza del brigadier Juan Díaz Porlier "El Marquesito"; también llegó a subinspector de la tropa que mandaba el famoso general Castaños, pero acabó enfermando de escorbuto y tras una recaída en 1816 se retiró con media paga a su casa de Laviana.
Pero cuando Riego se levantó por la Constitución de Cádiz, volvió a coger las armas para encargarse de contener a los absolutistas que en Pola de Lena se negaron a aceptar los cambios de los liberales y tuvo una destacada actividad en este periodo. Al cambiar las tornas volvió a Laviana pensando que la venganza ordenada por Fernando VII no iba a llegar hasta allí. Pero llegó y en enero de 1927 fue declarado "impurificado", lo que le inhabilitó para la milicia.
Sin embargo, en aquel 1835, la amenaza de los carlistas forzó a recuperar a los hombres que siempre habían sido progresistas y en los que ahora se apoyaba la reina madre, por eso se le encargó a Bernardo Valdés detener la marcha de la imprevisible columna rebelde.
Una misión imposible porque Gómez entró en la región, como se esperaba, por el Puerto de Tarna, pero rehuyó el enfrentamiento directo y el 5 de julio ya estaba en Oviedo.
La crónica de su expedición cuenta que pasó sin detenerse por Campo Caso, Rioseco, Pola de Laviana y Langreo sin toparse con el asturiano, sin embargo Pío Baroja, que tal vez manejaba otras informaciones más concretas, prefirió otro camino y llegó a Asturias después de visitar Éscaro, un pequeño pueblo leonés, que desde 1987 está cubierto por las aguas del Embalse de Riaño. Desde allí Gómez había sido empujado hacia Asturias por las tropas del general Espartero mandadas por el brigadier Isidoro Alaix y nuestro escritor siguió sus pasos:
"Vamos a pasar por cerca del puerto de Tarna, marchando hacia Cofiñal. Las peñas de Mampodre están llenas de grandes manchones de nieve. Comienza a dominar la niebla y el cielo está encapotado. Las perspectivas del paisaje son tristes y melancólicas.
De Cofiñal pasamos a Isoba. Se ve el puerto de Tarna cerca, con una casa a lo lejos, y al aproximarnos notamos que está deshabitada. Después seguimos a Cabañaquinta, que ya pertenece a Asturias, y comenzamos a bajar una cuesta larga y accidentada del puerto de San Isidro, por una carretera nueva, todavía mal arreglada, llena de guijarros y de grandes pedruscos. Ya al llegar a la parte baja, en tierra de Asturias, vamos con rapidez, y a poca distancia de Oviedo, el auto, cansado de tantos vaivenes y traqueteos se para.
-¿No podremos llegar? -le pregunto al chofer.
-Sí, creo que sí.
Efectivamente, por la noche llegamos a Oviedo.
Como vemos, él eligió el camino allerano y para llegar hasta allí tuvo que circular por unas carreteras cuyo estado en aquellos años nos podemos imaginar. La consecuencia fue una avería en su coche, una maldición que entonces era frecuente en los vehículos que se aventuraban a bajar nuestros puertos y que también afectó en 1933 a los miembros de "La Barraca", que viajaban con Federico García Lorca al frente.
El problema de la compañía teatral lo ocasionó el aceite del motor que se había ido quemando al bajar el Pajares hasta que las cuatro bielas de una de las camionetas quedaron inutilizadas. Los actores tuvieron que pasar cuatro días en Mieres, esperando las piezas de repuesto, alojados en la desaparecida casona que tenían en La Rotella los Álvarez Buylla, aprovechando para actuar un par de veces en la villa. El chofer de Baroja fue más hábil y salió adelante con una hora de reparación que le permitió llegar hasta un garaje de la capital.
Volviendo a la expedición de Gómez, pudo entrar en Oviedo sin problemas, ya que los 1400 soldados de su guarnición, mandados por el coronel Pardiñas la abandonaron para presentar batalla en el Puente de Soto, unos kilómetros al sur, donde esperaron los refuerzos acuartelados en Pola de Lena: tres batallones, caballería y voluntarios nacionales mandados por Manso, el capitán general de Castilla La Vieja, a los que se sumó además una columna de 1000 hombres, mandada por el coronel Losada Mures, que también estaba acampada cerca de Santullano de Mieres.
Manso no llegó a tiempo para impedir el desastre. Dijo que la carretera de Mieres estaba impracticable y que dejó a sus hombres descansar en Lena. Fue procesado por ello. Mientras tanto, el 7 de julio el marqués de Bóveda de Limia, lugarteniente de Gómez, atacó a los liberales antes de que llegasen esos refuerzos causándoles 300 bajas y haciendo 521 prisioneros, entre ellos 7 capitanes y 11 tenientes.
Una victoria en toda regla que permitió a los carlistas seguir su ruta hacia Galicia, con sus tropas reforzadas por nuevos alistamientos y con 100 carretas de bueyes cargadas con el botín obtenido en Asturias.
Son unas cifras de tal magnitud que se nos hace imposible comprender porque esta batalla tardó tan poco tiempo en olvidarse, pero esta misma impresión fue la que sacó Pío Baroja de su excursión. Allá por donde pasó, fue buscando a los más viejos y visitando los cementerios y comprobó que ni los hombres ni las piedras le podían decir nada sobre la expedición de Gómez. Tampoco en Pola de Lena, un lugar fundamental para esta historia queda el mínimo recuerdo.
El novelista vasco Pío Baroja y Nessi nació en la calle de Oquendo, de San Sebastián, el 28 de diciembre de 1872 y falleció en Madrid el 30 de octubre de 1956. Desde siempre, y muy particularmente desde 1912, fecha en la que adquirió la casa familiar de "Itzea", en la comarca navarra del Bidasoa, Don Pío estuvo estrechamente unido a su País Vasco, y su actitud, mirada sobre el mundo y su particular sentido de la historia, están íntimamente ligados al paisaje, memoria y mentalidad de este País. En ese recorrido vital, la vida intelectual y humana de Baroja compone un referente de un tiempo en el que destaca su actitud independiente, su pesimismo y escepticismo ante los cambios sociales que conoció, y una obra narrativa singular, que representa, en su conjunto, una de las miradas más genuinas y sobrecogedoras de la literatura de nuestro siglo.  http://html.rincondelvago.com
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

La ruta del General Gómez a su paso por Asturias (Pío Baroja).

Portada de la Revista Estampa, de 1935, donde se publicón el presente artículo.
http://www.lavoz.circulocarlista.com
LOS PUERTOS.
Vamos a pasar por cerca del pueblo de Tarna, marchando hacia Cofiñal. Las peñas de Mampo-dre están llenas de grandes manchones de nieve. Comienzan a dominar la niebla y el cielo está encapotado. Las perspectivas del paisaje son tristes y melancólicas.
De Cofiñal pasamos a Isoba. Se ve el puerto de Tarna cerca, con un casa a lo lejos, y al aproximarnos notamos que está deshabitada. Después seguimos a Cabañaquinta, que ya pertenece a Asturias, y comenzamos a bajar una cuesta larga y accidentada del puerto de San Isidro, por una carretera nueva todavía mal arreglada, llena de guijarros y de grandes pedruscos.
Ya al llegar a la parte baja, en tierra de Asturias, vamos con rapidez, y a poca distancia de Oviedo el auto, cansado de tantos vaivenes y traqueteos, se para.
—¿No podremos llegar? —le pregunto al chófer.
—Sí; creo que sí.
Efectivamente, por la noche llegamos a Oviedo.

EN OVIEDO.
Oviedo, hermosa ciudad, con un parque frondoso en el mismo centro, una gran catedral y esas dos iglesias primitivas en los alrededores: Santa María de Naranco y San Miguel de Cilla, es una ciudad atractiva.
En Oviedo, por la mañana, mientras revisan y ponen el auto en punto, me dedico a la inacción y a la pereza.
La muchacha de la fonda canta, mientras arregla el cuarto próximo:
Si se va la paloma ella volverá; si se va la paloma ella volverá.
No se va la paloma, no. No se va que la traigo yo.
No me disgustaría vivir así; una temporada corriendo por los caminos, otra dedicándome al comentario y a oír si la paloma vuelve o no.
Me llaman. El chófer necesita todavía una hora para arreglar el auto.
Me levanto y salgo de casa.
En Oviedo doy una vuelta por el Campo de San Francisco y me encuentro a un conocido, que me lleva a una bodega, en donde me ofrecen sidra echada en un vaso desde una altura de dos metros para que haga espuma.
Me parece un ejercicio de prestidigitación.
Pienso luego en mi reportaje.
Al llegar los carlistas de Gómez a la capital de Asturias fueron recibidos por la mayoría del pueblo con gran regocijo.
El general publicó un bando, en el cual hablaba de sus pacíficas intenciones, y mandó que se disolviese el Cuerpo formado por los prisioneros en la batalla de Baranda, del valle de Mena, y que cada cual hiciese lo que le pareciera.
Muchos de los soldados cristinos quisieron ingresar en las filas carlistas. Se constituyó el primer batallón de Asturias, al mando del coronel don José Duran. El botín de Gómez debió de ser enorme.
Al tercer día de estancia en Oviedo los carlistas supieron que el general Pardiñas estaba en el puente de Soto del Barco o Soto de la Ribera.
En el parte de Gómez se dice que Pardiñas tenía mil quinientos hombres, pero parece que no contaba más que la mitad: un batallón, el Provincial de Pontevedra, y milicianos.
Don Ramón Pardiñas era un gallego muy exaltado, muy valiente, que murió en la batalla de Maella (provincia de Zaragoza), luchando solo y a pie contra los soldados de Cabrera. Había nacido en Santiago.
SOTO  DEL BARCO.
Gómez envió a su segundo, el marqués de Bóveda, con cuatro batallones y un escuadrón a combatir a Pardiñas. Soto del Barco o Soto de la Ribera es una pequeña aldea que está a orillas del Nalón. El río, como casi todos los que van al Cantábrico, tiene orillas escarpadas y árboles frondosos. El puente de Soto, aunque está restaurado, parece que es antiguo. Pardiñas se encontraba en la aldea.
El marqués de Bóveda lanzó sus carlistas por el puente y por el vado, y pasó con facilidad a la orilla opuesta. Los cristinos se dispersaron, y a no ser por la niebla hubieran caído la mayoría prisioneros.
Pardiñas hizo esfuerzos sobrehumanos para dominar a su gente.
No lo consiguió.
Jefes, oficiales y soldados, todos desertaban.
Días más tarde de su fácil éxito, Gómez no podía sostenerse en Oviedo. Espartero se acercaba. Gómez abandonó la capital asturiana, camino de Grado, y poco después entraba en ella el general don José Manso, antiguo guerrillero de la guerra de la Independencia.
Manso mandó fiiar en las calles una proclama, ofreciendo el perdón, en nombre de la reina, a los ilusos que habían creído en las promesas del pretendiente.
  
TINEO.


Pío Baroja en Tineo


Como hemos perdido el tiempo en el arreglo del automóvil y en averiguar si el puente del Soto del Barco es éste que vemos u otro que está cerca de Trubia, y que algunos llaman con el mismo nombre, salimos por la tarde camino de Galicia. Marchamos hacia el Sur. Vamos por Grado y Salas, y en Tejero tomamos hacia Tineo, que ya es Asturias. En la carretera se ven algunos señores, con aire de indianos, que pasean.
Tineo, pueblo nuevo, tiene buen aspecto; se destaca a nuestro paso en una altura y brilla al sol poniente con un resplandor rojo.
EL PUERTO DEL PALO.
Pasamos por Pola de Allende, pueblo de pocas casas, metido en un barranco, y comenzamos a subir un monte y otro monte, hasta llegar a Gran-das de Salime.
Esta serie de cuestas que hay que subir y bajar constituyen el Puerto del Palo.
Grandas de Salime es un pueblo de sierra, cerca de un arroyo, con una iglesia de piedra oscura y casas cuadradas, bajas, con tejados de pizarra, lo que le da un aire nórdico y feudal. Acentúa el aspecto grave y siniestro el cielo del crepúsculo, anubarrado y gris.
Un hombre nos dice que este invierno pasado han estado incomunicados mes y medio por las nieves. Al salir de Grandas de Salime, la niebla y la noche se nos echan encima.
—Amigo —le digo al chófer—, échese usted hacia el lado del monte.
—No tenga usted cuidado —me contesta—. Si no veo bien, me pararé. Usted mire al otro lado de la carretera.
Se adivina entre brumas el fondo oscuro, lleno de niebla, de un barranco, profundo y siniestro.
Hacemos algunos chistes acerca de lo que nos ocurriría si nos deslizáramos hacia el lado del barranco.
—Ni con lente se nos encontraría —dice el fotógrafo.
El chófer tiene que abrir las ventanas del coche y sacar la cabeza para poder ver algo. El fotógrafo pregunta:
—¿Y habrá osos por aquí?
—¡Bah! —le digo yo—. Un oso echaría a correr al ver nuestro auto —y cuento, para amenizar la oscuridad, una historieta que oí hace años, al subir al Urbión, en Soria.
UN OSO EN LIBERTAD.
Bajábamos del monte Urbión unos amigos y yo, en compañía de dos guardias civiles. Uno de ellos nos contó una historia, una historia triste y lamentable, acaecida en el monte: la de un oso.
Era un pobre oso, que iba con unos titiriteros ganándose honradamente la vida, bailando al son de una pandereta. Un día, en un pueblo no lejano del Urbión, sintió pujos de independencia y se echó al monte.
El pobre animal, al encontrarse en libertad, entre la nieve, debió creerse en el paraíso. Se arrancó el bozal, rompió las cadenas, que le oprimían, como cualquier ciudadano libre, y se dedicó a robar ovejas. Se acercaba a los rebaños, en dos pies, palmeteaba como oso civilizado y se llevaba la oveja que mejor le parecía. A veces que la alimentación de carne le hartaba, iba a coger el postre a las colmenas.
Se bañaba previamente en un arroyo, se revolcaba después en el barro, para cubrirse de una costra que no pudieran atravesar los aguijones de las abejas, cargaba con una colmena y comía la miel en un sitio apacible y tranquilo.
A pesar de su inteligencia, y de que no se metía con nadie, el pobre oso, perseguido y acorralado, fue muerto en Regumiel.
 :::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
 Biografía.

Miguel Sancho Gómez Damas (Torredonjimeno, Jaén; 5 de junio de 1785 - Burdeos, Francia; 11 de junio de 1864).
Miguel Gómez Damas, general carlista. Protagonizó la expedición carlista que recorrió toda la Península

Comenzó a estudiar Derecho en Granada pero abandonó los estudios tras el alzamiento español contra la ocupación francesa de 1808. El 9 de junio de 1808 ingresa como subteniente en el ejército y participa en la batalla de Bailén. Toma parte en otras acciones bélicas hasta que el 21 de julio de 1812 es capturado por los franceses en Castalla. Es enviado prisionero a Autun (Francia) pero logra escaparse y vuelve a incorporarse al ejército. En septiembre de 1812 ya es capitán. Se casó en Madrid con Vicenta de Parada en 1815. Poco después se retira del servicio activo el (8 de mayo de 1816).
El matrimonio se estableció en Jaén, donde Miguel Gómez trabajó como administrador de bulas. Pero, tras el golpe del general liberal Rafael de Riego de 1820, Miguel Gómez, defensor acérrimo de las ideas absolutistas, comienza a conspirar contra el gobierno liberal. Intenta sublevar al regimiento provincial de Jaén pero no lo consigue. Como consecuencia de este acto, tiene que abandonar Jaén.
Después de la restauración absolutista, propiciada por la intervención militar de los Cien Mil Hijos de San Luis (1823), Miguel Gómez regresa a Andalucía. En Cádiz logró frenar un levantamiento y consiguió la comandancia de Algeciras, cargo del que será depuesto durante la regencia de María Cristina de Borbón por sus ideas absolutistas.
Estando en Madrid estalla la Primera Guerra Carlista. Pronto se encamina hacia Navarra para ponerse a las órdenes del general carlista Tomás de Zumalacárregui. Fue nombrado jefe de su Estado Mayor y participó en los combates de Asarta, Acción de Alegría de Álava, Acción de la Venta de Echavarri y Alsasua. En 1834 acompañó a don Carlos y fue nombrado Comandante General de Vizcaya. Posteriormente, pasó a ser Comandante General de Guipúzcoa y tras la acción de Guernica y la toma de Tolosa alcanzó el grado de Mariscal de Campo. En 1834 recibió el título de marqués de Orbaiceta.
Pero, si Miguel Gómez entra en historia de España, es por su famosa Expedición de 1836.
Tras la rendición de Rafael Maroto (1839), Miguel Gómez decide exiliarse, junto con su esposa, en Francia. Volvió a España durante la Segunda Guerra Carlista (1846-1849), siendo Comandante General de Andalucía. Tras el nuevo fracaso carlista, volvió al exilio francés, a Burdeos, donde vivirá hasta su muerte.

FUENTE:  Asociación Editorial Tradicionalista (http://www.lavoz.circulocarlista.com)
_____________________________________
_____________________________________


NOTA: Si te ha interesado esta entrada y quieres preguntar, comentar o aportar algo al respecto, puedes dejar un comentario o escribir a mi dirección de “correo del blog” con la seguridad de ser prontamente atendido.

¡¡¡Difunde “El blog de Acebedo”  entre tus amistades!!!
Sígueme en:
  • § - Twitter – “El blog de Acebedo”

No hay comentarios:

Publicar un comentario