5 de abril de 2014

Mapa Literario Asturiano (III)

Carretera de Avilés.
               Armando Palacios Valdés nació el 4 de octubre de 1853 en Entralgo (Oviedo).

En Carreño escribió en bable Antón de Marirreguera; en Luanco nació Isidoro Acevedo, fundador del PCE, y están vinculados a Avilés Palacio Valdés y el olvidado Juan Ochoa.
            Periodista y novelista, Isidoro Acevedo nació en Luanco (Asturias) el 2 de enero de 1876.
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Carretera de Avilés, un carretero cantaba y unos poetas escribían. Saliendo de Gijón hacia el Cabo Peñas encontramos en Carreño al clérigo Antón González Reguera, más conocido por Antón de Marirreguera, natural de Logrezana y párroco de Prendes, sobre quien escribe Menéndez Pelayo, un poco en son de burla, que
a principios del siglo XVII componía en armoniosas y fáciles octavas sus poemas de "Píramo y Tisbe", "Hero y Leandro" y "Dido y Eneas", consistiendo la mayor parte del primor de tales rasgos en la divertida metamorfosis que hace sufrir el autor a las clásicas narraciones de Ovidio o del libro IV de la "Eneida" virgiliana, que supone recitadas por un viejo asturiano junto al fuego.
Los orígenes de la poesía en bable son extrañísimos: aparece en época muy tardía y sus manifestaciones literarias no tienen que ver con el entorno de una lengua rústica y de pobre léxico muy ceñido a las faenas agrícolas (como demuestra el diccionario de Carlos González Posada), y sus monumentos literarios no son idilios aldeanos ni épica montaraz, sino parodias irónicas de poesía culta. Lo que indica que los primeros bablistas, como los actuales, escribían una lengua artificiosa que no utilizaban en su comunicación diaria.
Marino Busto, buen ejemplo de erudito local, fue cronista oficial de Carreño, autor de trabajos sobre Antón de Marirreguera, y Carlos González Posada, de un documentado estudio sobre Carreño en la Guerra de la Independencia y de una modesta obra narrativa que incluye los cuentos de «Alma de la tierrina», la novela corta «Josefín el emigrante» y la novela «El beso de la catedral de Érfurt». Asimismo, era originario de Carreño el marqués de Valero de Uría, escritor raro y un pelmazo de mucha categoría.
De Candás era Carlos González Posada, clérigo muy instruido que urdió la patraña del pleito de los delfines, ensayó un diccionario en bable que evidencia la pobreza de esa lengua y es autor de una «Biblioteca asturiana» que proporciona noticias sobre los autores asturianos hasta su época. De Luanco eran los González Blanco, quienes por ser el padre maestro nacieron dispersos por la geografía regional y nacional: Andrés nació en Cuenca, como Clarín en Zamora, y Luanco figura en algunas de sus novelas con el nombre de Puertuco, como es el caso de «El americanín del automóvil». Su hermano Edmundo, nacido en Luanco, es autor de un volumen de «Cuentos fantásticos».
También de nacimiento luanquín era Isidoro Acevedo (1867-1952), trasladado con su familia a Madrid cuando contaba 7 años, trabajador en el arte de la tipografía, seguidor de Pablo Iglesias, uno de los fundadores del Partido Comunista de España y autor de la novela «Los topos» (1930), desarrollada en las minas de carbón de Moreda. Y en Gozón había nacido Nicolás Castor de Caunedo (1818-1879), de obra breve pero sugestiva como su «Álbum de un viaje por Asturias», lleno de curiosas noticias, algunas de mucho sabor romántico, escrita con motivo del viaje de Isabel II por la región.
                        Retrato de Nicolás Castor de Caunedo y Suárez de Moscoso.
Entramos, al fin, en Avilés, escenario de «Marta y María», la segunda novela de Palacio Valdés y la única de escenario avilesino. La villa en la ficción novelada se llama Nieda:
La villa de Nieda, como ya se ha dicho, tiene soportal en casi todas sus calles de uno a otro lado, a veces de los dos. Suele ser bajo, desigual y sostenido por columnas lisas y redondas de piedra, sin adorno de ningún género, muy mal empedradas, asimismo. Si todas las casas se restaurasen (y no dudo que sucederá con el tiempo), la villa, merced a ese sistema de construcción, tomaría un cierto aspecto monumental que la haría digna de verse.
La novela contrapone dos tipos de mujer: María, la mujer medio mística que no vive con los pies en la tierra, y Marta, la mujer hacendosa, seria y serena, siguiendo la tipificación evangélica de las dos hermanas de Lázaro: la mujer con la cabeza a pájaros y la mujer práctica. De época muy anterior, correspondiente al período clásico de nuestras letras, son Tirso de Avilés (1519-1539), historiador generalogista y meteorólogo, de ruda prosa y pésimo verso heráldico, pero de lectura muy provechosa por el abundante acopio de noticias curiosas e interesantes que ofrece, y Francisco Bances Candamo (1662-1704), de la parroquia de Sabugo, el más importante de nuestros escritores de la época clásica, dramaturgo de gran éxito en el ocaso de nuestro Siglo de Oro (que, en realidad, fueron dos siglos, desde el nacimiento de Garcilaso de la Vega en 1503 al fallecimiento de Calderón de la Barca en 1681), autor de comedias, dramas históricos y de enredo y autos sacramentales, seguidor de Lope de Vega, Calderón y, como poeta lírico, de Góngora. Con él se cierra un ciclo glorioso y él mismo, viéndole poco porvenir al teatro, se hizo recaudador de contribuciones, muriendo, se supone que envenenado, en Lezuza. Los de las contribuciones nunca gozaron de la simpatía del público, pero los de Lezuza fueron harto expeditivos.
Juan Ochoa (1864-1899) es un gran narrador olvidado a quien se intentó recuperar en varias ocasiones con resultados desoladores. Pertenecía al círculo de Tomás Tuero y Clarín, todos tuberculosos. Escribió muy poco: tres novelas cortas («Su amado discípulo». «Los señores de Hermida» y «Un alma de Dios») y una docena de cuentos, de los que destacan dos o tres magníficos. Era mejor cuentista que Clarín porque tendía a la brevedad, resolvía las situaciones de manera rápida, sin fárragos, comentarios del autor ni episodios subordinados, y su lirismo (fino como el cristal en «El vino de la boda», «Nube de paso», «Historia de un cojo», «Libertad») es de muy buena ley y cala hondo. Lo peor es cuando pretende seguir la vía sarcástica, imitando a Clarín, a quien tenía por maestro en estampas satíricas como «Rodríguez Chanchullo, don Próspero». En Ochoa uno de los mejores narradores asturianos, digno de figurar al lado de Clarín, Palacio Valdés y Pérez de Ayala, y en algún aspecto, como narrador eficaz y lírico, por encima de ellos. Raquero Goyanes equipara sus cuentos a los de Katherine Mansfield (también tísica). Yo le compararía con Chéjov. Con todos ellos se podría organizar un sanatorio antituberculoso.
                                           Eloy Fernández Caravera.
Estanislao Sánchez Calvo (1842-1894) fue un tremendo erudito genialoide, autor de «De los nombres de los dioses», donde estudia los orígenes del lenguaje relacionándolos con la mitología, y «filosofía de Lo maravilloso positivo», donde la especulación científica deriva hacia la teosofía y la parapsicología. También escribió algunos cuentos, de menos valor literario que sus especulaciones intelectuales, que, disparatadas o no, revelan al menos a un escritor de gran imaginación, caso desconocido entre eruditos.
Juan García Robés escribió «Villagrís», en la línea de Palacio Valdés, y Eloy Fernández Caravera es el autor de «Mayita», la culminación del costumbrismo avilesino. Muy diferente, por su estilo, temática e intenciones, es David Arias, autor de «Después del gas» (1934), en la que se adelanta a la literatura catastrofista, tan en boga treinta años más tarde. En el exilio mexicano publica «Llegará del mar» (1944), cuyo título es mucho mejor que el resto de la novela.
Será inevitable no mencionar a Constantino Suárez (1890-1941), a cuyo monumental registro de autores tanto debemos que en alguna ocasión trabajamos sobre literatura asturiana. También cultivó el ensayo y la novela («Emigrantes», «Sin testigo y a oscuras», etcétera) de interés más limitado.

Publicado por La Nueva España · 18 agosto 2013.
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Las dos orillas del Nalón.

                           Valentin Andrés Álvarez nació en Grado el 20 de julio de 1891
Cudillero se lleva la palma literaria en un territorio en el que el moscón Valentín Andrés Álvarez, gran prosista de la Generación de 1927, es uno de los autores más destacados.

                       Panoramica de la villa de Grado desde La Portiella
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Se ha discutido quién es el autor del primer acto de una de las obras mayores de nuestra literatura: «La Celestina». El bachiller Fernando de Rojas refiere que siendo estudiante en Salamanca encontró el primer acto de la tragicomedia ya escrito y él lo completó, aprovechando unas vacaciones. Tal vez esta explicación sea un convencionalismo literario, pero puso la mosca detrás de la oreja de eruditos policiales que negaron que Rojas fuera el autor de los dieciséis actos siguientes, atribuyéndosele la autoría a Alonso de Proaza, corrector de las pruebas de la edición de Sevilla de 1501, la carta prólogo y los versos cuyo acróstico da el nombre del bachiller Fernando de Rojas, además de las octavas que cierran el libro, firmadas por él; e incluso se ha supuesto que son suyos los actos entre el XIV y el XV que alargaran la tragicomedia hasta el acto XXI. La crítica actual rechaza estas suposiciones, pero no la intervención de Proaza como corrector y como autor de las octavas que firma. No puso Alonso de Proaza su nombre sólo en «La Celestina», sino que fue autor, más latino que castellano, notable en su tiempo. Como secretario de Guillén Ramón de Moncada, obispo de Tarazona, le secundó en sus estudios sobre Raimundo de Lulio, editó algunos de sus escritos, a los que añadió el catálogo de sus obras, imprimiendo la disputa entre el sabio mallorquín y Homero Sarraceno, y en atención a estos y otros méritos fue nombrado catedrático de Retórica en la Universidad de Valencia, en cuya enseñanza perseveró muchos años, pronunciando en 1505 el discurso «Oratio loculenta de laudibu es Valencia». También se le atribuyen las comedias «Thebaida», «Hipolita» y «Serafina», además de otras composiciones poéticas.
También de Proaza eran los hermanos Nicolás y Andrés de Prada, éste secretario de Estado y Guerra de Felipe III, y aunque se desconocen sus obras, «por algunas merecerían ser coronados de laurel de Apolo», según González Posada, pues de ellos dice Lope de Vega:
Don Nicolás y don Andrés de Prada, Castor y Pólux sean, que mejor que los Géminis posean del Fervil mayo la estación dorada.
El río Trubia, que viene de las montañas, pasa por Proaza y desemboca en el río Nalón, el río central de la región, en Trubia; un poco más al Norte, tuerce a la izquierda, dirigiéndose al occidente de la región. Trubia conserva muestras arquitectónicas notable de industrialismo de comienzos del siglo XX; es población artillera, filarmónica y literaria (llegó a tener dos periódicos). Más adelante el Nalón, recibe las aguas del río Nora al lado de la iglesia prerrománica de San Pedro de Nora, erigida por Alfonso II el Casto, y recorre apaciblemente las huertas de Anzo, cuyo primer marqués de la Vega de Anzo, Emilio Martín González del Valle (1853-1911), fue político y ocasionalmente escritor, autor del estudio «La lírica en Cuba», elogiado por Menéndez Pelayo, y del tomo de poesía «Ayer y hoy», mientras su hermano Anselmo González del Valle (1852-1911) es uno de los grandes compositores, musicólogos y concertistas asturianos. La villa de Grado se encuentra en un valle ameno, al oeste del río, que en Peñaflor se encauza hacia el Norte, en dirección a su desembocadura. De esta villa era Alvaro Pérez de Grado, canónigo doctoral de Salamanca y recopilador de los «Establecimientos de la Orden de San Juan» y era oriundo Gonzalo Fernández de Oviedo, uno de los más importantes cronistas de Indias, que detalló la naturaleza de las tierras recién descubiertas con la misma precisión con que fray Bernardino de Sahagún describió su etnografía, y cuya madre, Juana de Oviedo, era natural de la parroquia de San Miguel de Báscones. El escritor moderno más importante nacido en Grado es Valentín Andrés Álvarez, de espíritu polifacético, renacentista y burlón, que viajó en París como si fuera un argentino para estudiar Matemáticas porque quería ser astrónomo y regresó convertido en economista, autor de un tratado sobre la materia que según Azorín era el único publicado en España de su especialidad que se entendía porque está bien escrito. Dispersó su talento en actividades diversas: fue comediógrafo, periodista, bailarín de tangos, taurófilo, novelista, comediógrafo, siempre muy al día de los «ismos» de su época y de todas novedades literarias, desde el modernismo al surrealismo, y uno de los prosistas más destacados de la Generación del 1927 (a la que Pertenecen asimismo como prosistas los asturianos Juan Antonio Cabezas, José Díaz Fernández y el aduanero ilustrado Fernando Vela, gregario de Ortega y Gasset). Su humorismo era estimulante e iconoclasta, ya que consideraba que dentro de él se producía el contacto cósmico entre la categoría kantiana y el tango argentino. Como literato cultivó todos los géneros: la novela («Sentimental dancing», «Telarañas en el cielo»), la comedia («Abelardo y Eloísa, sociedad limitada» «Tararí»), el ensayo («La templanza») y lo; estudios de carácter más profesional como «Introducción al proyecto de la Ley agraria de Jovellanos», «El concepto de capital», etcétera, y dos obritas breves deliciosas: «Guía espiritual de Asturias» y «Memorias de medio siglo».
Nos vamos acercando a la segunda capital histórica de Asturias. El territorio mítico de los reyes se encuentra entre los Picos de Europa y la desembocadura del Nalón. Hubo reyes montaraces (Pelayo, Favila, Alfonso I y Fruela), fluviales (Aurelio, Silo, Mauregato y Bermudo) y, a partir de Alfonso reyes de Oviedo. Santianes de Pravia fue su sede, después de Cangas de Onís y del curso medio del río, donde reinó Aurelio. De Pravia era Rafael Riera (1885-1625), autor de «Pomarada asturiana», volumen que reúne cuentos y estampas costumbristas, bastante mediocres e incoloros, pero publicado en Espasa Calpe, una editora de cobertura nacional. Y en Riberas de Pravia nació Luis Amado Blanco (1903-1975), exiliado a Cuba después de la Guerra Civil pero que se acomodó al castrismo, por lo que no tuvo que exiliarse de nuevo como Antonio Ortega, sino que fue embajador de su país de adopción en Portugal, la UNESCO y Roma. En 1932 publica «Ocho días en Leningrado», crónica de un viaje a Rusia, y en 1967 «Ciudad rebelde», sobre la lucha clandestina contra la dictadura de Batista.
El curso bajo del río Nalón todavía está impregnado por el recuerdo del paso de Rubén Darío. Los lugares de Riberas de Pravia, San Esteban de Pravia y San Juan de la Arena están vinculados a los veraneos del poeta nicaragüense en Asturias, de los que levantó acta Azorín, el cual viajó desde Oviedo a La Arena para visitarle. El paisaje, «uno de los más hermosos que pueden darse», le encantaba a Rubén Darío que extraía de él estampas románticas: «La ría semeja más bien un lago Enfrente se divisa un viejo castillo en ruinas...». En San Esteban de Pravia estuvo abierto hasta no hace mucho tiempo el restaurante El Brillante, con su comedor en el primer piso tapizado de rojo, del que el poeta era cliente habitual.
Ya estamos muy cerca de Cudillero, una de las villas más literarias de Asturias. Por lo que asomémonos a este viejo asentamiento vikingo que no se ve desde mar ni desde tierra. Aquí desarrolla Palacio Valdés «José»: El nombre de Rodillero es explícito y la descripción que abre la novela es la de la Fuente de Canto. También alega Candás sus razones como escenario de la mas conocida novela asturiana sobre la humanidad marinera. Otra novela de mar y de aventuras es «El capitán Cadavedo», de José de Arnao y Bernal, cuyo protagonista era de la Concha de Artedo. Numerosas escritores y poetas de toda España han cantado en prosa y verso a Cudillero, cuyo pasado y folclore fueron recogidos con amorosa dedicación por doña Elvira Bravo.
                Puerto y estación del Ferrocarril Vasco-Asturiano en San Esteban de Pravia, 1915.

Publicado por La Nueva España · 25 agosto 2013
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La línea del mar

                      Francisco F. Arias Campoamor ( As Figueiras, Castropol 1900- Molinos de Guadarrama 1928)
En las costas occidentales se desarrolló una literatura marinera más numerosa que en el resto de la región y en la que destacan Casariego y Arias Campoamor.
                                            Obra de J.E. Casariego
«El capitán Cadavedo» es una extensa novela de aventuras marineras escrita por D. José de Arnao y Bernal y publicada en Cádiz en 1882, a cuya reedición facsimilar J. E. Casariego puso un vigoroso prólogo en el que se refiere muy secundariamente a la novela pero donde se las ingenia para publicar parte de su poema heroico «Mares y veleros de España». Tiene razón cuando afirma que si la novela hubiera sido inglesa habría tenido más éxito y califica a su olvido de «antipatriótico». El protagonista de la novela es de la Concha de Artedo, donde se desarrollan algunos de sus episodios. No sé si la habrá leído Baroja, pero las coincidencias con «Las inquietudes de Shanti Andia» se perciben con claridad. Naturalmente, Baroja es mucho mejor narrador que Arnao y Bernal, pero éste, comandante de infantería de Marina, estaba más familiarizado con el mar y sus «pilotos de altura».
Al oeste de la Concha de Artedo, ya en tierras de Luarca, se encuentra Cadavedo rodeado de mar, de donde era el padre Galo Fernández, más conocido por «Fernán Coronas», poeta de la «Ilingua» de extraordinaria hondura y versatilidad, y español ante todo (lo apunto por quienes entienden las peculiaridades lingüísticas corno oportunidad para la desunión), que al dar su ¡vivaEs-paña! lo daba a sus provincias (Vasconia, Cataluña, Galicia, «Castiella» y Asturias, «la mi Asturias»). Cantó las flores, el «cuquiellu», «la casina vieya», la tarde gris, la salida del sol, la procesión de estrellas, los «páxarus marinos», el domingo por la mañana, la hoja muerta, el agua que baja cantando, glosó a San Agustín y tradujo a Goethe. También cantó, cómo no, al mar: «Fuxiere mar adientru / yo bien quedría». Junto con el oriental Pepín de Pria y el central Teodoro Cuesta, el occidental P. Galo es la cumbre poética del bable.
Por estas costas occidentales se desarrolló una literatura marinera más numerosa que en el resto de la región, cuyas tradiciones marineras, incluso ahora, son tan evidentes. Quedan atrás los versos épicos y sentimentales de lineal, la recreación stevensoniana de «La verdadera historia de la Isla del Tesoro» de Oscar Muñiz y el prestigio de «José», la novela de Palacio Valdés que junto con «Sotileza» de Pereda, describe la vida y las vicisitudes de los marineros de bajura del Cantábrico. Y más adelante tenemos «El mayorazgo navegante» de J. E. Casariego, «una historia romántica de pasiones, de mares y de fantasmas», en la que resuenan ecos de la «Sonata de otoño» de Valle-Inclán, y «La fragata rebelde» de José E. Arias Campoamor, a la manera de «El acorazado Potemkin». Sobre esta larga costa se escalonan los extensos concejos de Luarca, Tineo y Cangas del Narcea. El nombre de Luarca lo llevó hasta China el aventurero Miguel de Luarca, uno de los primeros europeos que penetraron en el enorme y enigmático reino en 1575 y sobre el que escribió la «Verdadera relación de la grandeza del reino de China»: grandeza intuida, pues en relación con la inmensidad del país, el luarqués se apartó poco de la costa. En algunos aspectos recuerda la relación de Marco Polo. Bien es cierto que si ambos recorrieron el mismo país, aunque el veneciano lo hizo desde el oeste y el luarqués entrando por el Este, habrán visto cosas parecidas.
En Luarca nace Luis Portal (1898-1931), que, de haber sido francés, habría sido un autor decadente y delicuescente, a la manera de Jean Lorrain y otros por el estilo (M.° Elvira Muñiz lo compara con Proust: una exageración). Portal, como Proust, era rico por su casa, sintió la atracción de París como si fuera un argentino y murió de una enfermedad muy literaria: tuberculosis. Sus «Cuentos de pecado y edificación» proclaman el aroma de época desde el título; la novela «Ataraxia», subtitulada «Borrador de novela introspectiva», es curiosa, y tal vez tenga interés para los aficionados a leer novelas en las que no pasa nada.
Antonio García Miñor tiene una cuidada obra de «escritor total»: escribió novelas, poesía, teatro, cuentos y narraciones cortas, artículos periodísticos, estudios sobre pintores y libros de viajes y gastronomía, además de una ambiciosa trilogía sobre su villa natal compuesta por «El barrio de pescadores», «Biografía del Río Negro» y «Entre el Funier y el Alfayao», aunque su mejor novela es La casona del cuartel viejo», de inconfundible tono barojiano.
En Luarca nació accidentalmente el poeta Emilio Pola (1915-1967), modernista tardío, que pulsó notas y entonó músicas de Verlaine y Rubén Darío y escribió breves textos en hermosa prosa. Su vida, sin salir nunca de Asturias, se desarrolló en el otro extremo de la región.
Severo Ochoa, premio Nobel de Medicina, escribió ocasionalmente con prosa digna artículos sobre asuntos diversos, evocaciones de maestros y científicos amigos y un par de denuncias sobre el abandono de la ermita de San Antonio de la Florida, recorridas por una indignación casi noventayochista.
Jesús Evaristo Casariego, señor de la Barcellina, «frente a la mar de España», a pesar de su luarquismo militante, no era de Luarca, sino de Tineo, y desde su casona famosa no se veía la mar. Casariego era una potencia de la Naturaleza, de obra desmesurada, en prosa y verso, que abarcó todos los géneros, salvo el teatro, destacando en el panfleto, el alegato y la mixtificación, a la que concedió rango de literario: mas su obra maestra fue él mismo, hidalgo guerrero y cazador, tradicionalista a ultranza que llamaba a los Borbones usurpadores y a los ingleses herejes, y sobre quien Agustín de Foxá escribió con acierto y conocimiento de causa:
Tú debiste ser un noble cazador de la montaña
de otro tiempo; asar un oso en el fuego de tu hogar
gobelinos de hilo de oro en tu tienda de campaña
y tener un mayorazgo navegante sobre el mar.
No se adaptó a su tiempo ni logró que su tiempo se adaptara a él.
También de Tineo eran el cronista de Indias Gonzalo Solís de Merás, según González Posada sobrino en segundo grado de Garci Fernández de Tineo, que mató al pirata Barba Roja, autor de «Memorial de todas las jornadas del Adelantado y conquista de la Florida», primera biografía de Pedro Menéndez de Avilés y José Rodríguez Pérez, conde Campomanes, nacido en Sorriba, en 1723. Fue el ilustrado asturiano, junto con Campillo, que más altos cargos ocupó en la gobernación de España, y polígrafo e historiador, adelantado en los estudios sobre los templarios y autor del «Tratado de la regalía de amortización» (1765), de gran trascendencia política futura.
Carlos González Posada menciona como natural de Cangas de Tineo al comediógrafo Silvestre Collar y Castro, autor de «La conquista de Méjico», «El Jerjes», «Pastora por amor» y «La Artemisa». El P. Luis Alfonso de Carvallo, nacido en el barrio de Entrambasaguas de Cangas de Tineo, hoy de Narcea, es por la vía de la historiografía y de la preceptiva retórica nuestro escritor clásico más importante, como Bances Candarno lo fue en el teatro. Sus «Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias», escritas en prosa desenvuelta, ponen por primera vez en circulación el lema «Asturias, paraíso natural», ya que según él Asturias era el reino de la abundancia que evidentemente no era. El libro se lee con agrado a pesar e sus exageraciones. Y en el siglo XX. Alejandro Casona, de Besullo, escribió un teatro de una cursilería bronca y atroz, de maestro de escuela, que a mediados del pasado siglo tuvo éxito internacional y que de ser representado ahora produciría sonrojo. Su tragedia asturiana «La dama del alba» es una mezcla de Maeterlinck y folclore de la Sección Femenina, aunque nos consta que fue escrita en el exilio, del que regresó, a pesar de sus reticencias, para ser un dramaturgo admirado por la mujer de Franco.
                                 Alejandro Casona (Besullo,1903-Madrid,1965)
Publicado por La Nueva España · 1 septiembre 2013.
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Hacia la raya de Galicia.

Ramón de Campoamor, nació en Navia, Asturias el 24 de septiembre de 1817, murió en Madrid el 11 de febrero de 1901.
 
El Occidente es tierra de ilustrados y en su parnaso sobresale Ramón de Campoamor.

                         Puerto de Luarca en 1930.  www.asturias.es
http://ignaciogracianoriega.net.
A la salida del concejo de Luarca hacia el ocaso tenemos en la recta de Otur, a nuestra izquierda, una de las catedrales de la gastronomía en Asturias, Casa Consuelo, sobre la que existe abundante obra literaria y alberga una importante colección pictórica. En seguida la carretera se retuerce en una curva, y ya en el concejo de Navia, en una desviación a la derecha, desciende hasta el antiguo poblado pesquero y fortificado de Puerto de Vega. A la entrada nos recibe el busto aureolado con imponente peluca dieciochesca del marqués de Santa Cruz de Marcenado, el más occidental de nuestros grandes ilustrados. Se puede seguir la Ruta de la Ilustración desde Alles (Campillo) a Puerto de Vega, pasando por Gijón (Jovellanos, Ceán Bermúdez), Oviedo (Feijoo) y Tineo (Campomanes). Álvaro Navia Osorio, tercer marqués de Santa Cruz de Marcenado, nació en Puerto de Vega en 1684, aunque Carlos Fernández Posada apunta que lo hizo en Anleo. Espíritu enciclopédico (proyectó una enciclopedia universal), economista, autor de «Rapsodia económico política monárquica», y tratadista militar, sus «Reflexiones militares», anteriores al célebre Tratado de Von Clausewitz, influyeron en la organización del Ejército prusiano, y a este respecto se refiere una anécdota que, cierta o inventada, refleja muy bien el carácter de los dirigentes españoles y la poca estima en que se tienen a sí mismos y a lo suyo. Habiéndose enviado una delegación a Prusia con objeto de modernizar el Ejército español, el Rey Sargento contestó asombrado que todo lo que sabía sobre la milicia lo había aprendido leyendo a Santa Cruz de Marcenado.
No termina en Santa Cruz de Marcenado la vinculación de Puerto de Vega con la Ilustración. Aquí murió Jovellanos, fugitivo de los franceses y retenido en este puerto por la galerna, en una casa noble cuya fachada principal está llena de placas conmemorativas como el lomo blanco de Moby Dick lo estaba de arpones. En Puerto de Vega tuvo su casa Pedro Penzol, nacido en Castropol en 1880 y que pasó parte de su vida en la Universidad de Leeds, en Inglaterra. Fue uno de los primeros anglosajones españoles «rara avis», entonces, que predominaba el afrancesamiento. Escritor atildado, culto aunque con no mucho nervio, escribió breves ensayos sobre escritores ingleses y clásicos españoles, sobre arte y otros asuntos más bien etéreos que él denominaba «divagaciones», además de poemas y cuentos y una traducción de Poe. Como le sucede a los españoles que pasan mucho tiempo en el extranjero y quedan fascinados por el país extraño en que vivieron, acaban ellos mismos convirtiéndose en extraños, ni carne ni pescado. Lo que no es óbice para que la obra de Penzol tenga más interés que el que se le ha reconocido.
De Puerto de Vega a Navia hay pocos kilómetros, que pueden hacerse por Teifaros, un paisaje amplio y sereno donde nació Manuel Suárez, indiano en México, protector del pintor Siqueiros y propietario del Hotel-Casino La Selva, de Cuernavaca, donde Malcolm Lowry sitúa «Bajo el volcán». En el centro de Navia y dando la espalda al río que cantó, está la estatua de don Ramón de Campoamor, ante la que se detuvo Cela cuando viajó del Miño al Bidasoa y exclamó aquello de: «¡Quién supiera escribir, don Ramón!», él sabría por qué lo decía. Campoamor, a pesar de sus prosaísmos, o gracias a ellos, renovó el anquilosado lenguaje poético romántico. Algunos de sus poemas son involuntariamente cómicos y orros decididamente plúmbeos, como los extensos, pero se le puede leer con agrado, con benevolencia y con una sonrisa. Su «obra filosófica» es otro cantar, aunque la «Poética» no está exenta de interés. Muy próximo a su estatua estaba el domicilio del Dr. Jesús Martínez Fernández, cuya obra erudita y literaria merece ser recogida y preservada en un volumen.
Inmediato a Navia y casi fundiéndose en ella está el concejo de Coaña, de donde era nativa Eva Canel, mujer trotamundos que recorrió las Américas españolas, fundó periódicos, dio muestras de energía dignas de una pionera y tuvo tiempo para escribir una obra periodística inconmensurable, además de novelas, dramas, ensayos, conferencias, etcétera. Falleció en La Habana en 1932 y está enterrada en Coaña en compañía de su esposo, Eloy Perillán (que era un verdadero perillán que le dio, mientras vivió, más de un disgusto). Por aquí se desciende hasta Boal siguiendo el cañón de la cuenca del río Navia (hay otra carretera bellísima, que parte de La Roda, más adelante), el lugar natal de Bernardo Acevedo, autor de un gran libro sobre los vaqueiros de alzada, y el poeta Carlos Bousoño, a quien por excepción mencionamos ya que aún vive y que viva muchos años más. Se trata del mayor poeta nacido en Asturias y de uno de los grandes en España de la segunda mitad del pasado siglo.
Aunque las tierras altas del río Navia son maravillosas, regresamos a la zona costera. Juan Francisco Siñeriz (1778-1857) es un pintoresco y original escritor, autor de una novela cervantina, ((El Quijote del siglo XVIII», de una parodia del «Gil Blas» de Lesage y de una sorprendente «Constitución europea», a propósito de la cual afirma José A. Tomás Ortiz de la Torre que su autor «tiene el doble mérito de ser el representante en España del movimiento pacifista del siglo XIX y de haber delineado con bastante detalle la creación de un tribunal internacional», por lo que le califica de «internacionalista».
Por esta zona algunos pueblos llevan nombres con resonancias de escritores: Esquilo, Barres (con eco de Maurice Barros), La Roda (que trae a la memoria a Alexander Roda, autor de una novela deliciosa, «Las aventuras del joven Marius»).
Nos acercamos a las orillas del Eo. En su ribera derecha, en la aldea de Seares, perteneciente a Castropol, tuvo lugar una historia desesperada de amor romántico y necrófilo, la de la esplendorosa belleza local conocida por la Searila y sus amores con Antonio Cuervo, jefe político y ocasionalmente poeta, que Alejandro Sela y Jesús Martínez Fernández relataron en un folleto. El enamorado Cuervo, al tener noticia de la muerte de su amada, cabalgó desde La Coruña, desenterró el cadáver, le cortó unos cabellos y escribió una elegía que empieza: «Solitaria mansión del sepulcro / sólo en ti mi esperanza se encierra», que suena a Poe como para que sea posible sospechar una mixtificación. De Castropol eran José Ramón Fernández de Luanco, vinculado a Menéndez Pelayo, autor de un libro sobre los alquimistas españoles y él mismo conocido por el mote del Alquimista de Castropol; Pedro G. Arias, antólogo de poetas asturianos; los mencio-nados Arias, Campoamor y Penzol y el novelista José Díaz Fernández, nacido accidentalmente en Aldea del Obispo. El ilustre marino Fernando Villamil, nacido en Serantes, es autor de «Viaje de circunnavegación de la corbeta Nautilos», y en Figueras hay un tipo que colecciona libros que no lee y a quien ahora van a dedicar un libro: qué gasto inútil. Río abajo, Vegadeo es el lugar natal del ensayista Álvaro Fernández Suárez, autor de «España, árbol vivo». «El pesimismo español», etcétera, de planteamientos interesantes y exposición poco amena.
Antonio Masip nos recuerda que Luis Cernuda pasó unos días en Castropol en 1935, mientras Dámaso Alonso estaba relacionado por motivos familiares con Ribadeo, al otro lado del río. De esta manera, el Eo, ese hermoso río de desembocadura espectacular y que no se sabe si sube o baja, forma parte de la mínima anécdota de la Generación del 27. A Alonso y a Cernuda los separaba más que un río y también un río. Así son la poesía y la geografía.
Publicado por La Nueva España · 8 septiembre 2013.
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