2 de abril de 2014

Mapa Literario Asturiano (II)

La aldea perdida, o qué verde era mi valle.
Armando Palacio Valdés.
 

 Un recorrido por la Arcadia de Palacio Valdés, la Cenciella de Pérez de Ayala y la polémica de los sidros, guirrios y zamarrones.


                       Ramón Pérez de Ayala
«!Sí, yo también nací y viví en Arcadia!». Así comienza «La aldea perdida», la novela de Armando Palacio Valdés que es glorificación de la vida rural frente a la barbarie industrial y urbana. El narrador de la novela supo lo que era «caminar en la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías, bañarme en arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde». Estamos en el concejo de Laviana, cuya capital, la Pola, era en la primera mitad del siglo XIX el centro cultural y judicial del valle del Nalón entre Sobrescobio y Langreo: a ello alude la canción:
Por cuatro palos que di
Junto a la iglesia de Sama
Lleváronme prisionero
A la cárcel de Laviana.
Armando Palacio Valdés nació en Entralgo, muy próximo a la Pola, el 4 de octubre de 1853, a las cuatro y media de la tarde, según precisa Francisco Trinidad. A los seis meses de su nacimiento, la familia se traslada a Avilés, otro de sus escenarios literarios asturianos. A diferencia de Clarín y de Ramón Pérez de Ayala, novelistas ovetenses, con desarrollos narrativos en Oviedo y sus alrededores, las novelas de Palacio Valdés se extienden por buena parte de la Asturias central: Avilés («Marta y María»). Oviedo («El maestrante»), y no entraremos en la vana polémica de sí «José» se desarrolla en Cudillero o Candás: el nombre ficticio del Rodillero, tal vez indique algo, y la descripción que abre la novela parece ser la de la Fuente de Canto. Pero si Palacio Valdés es conocido y recordado. y permanece, se debe a sus novelas de Laviana: «El señorito Octavio», «El idilio de un enfermo», «Sinfonía pastoral», «La novela de un lista», «Santa Rogelia» (desarrollada en el inmediato valle de Langreo), y, sobre todas ellas, «La aldea perdida». El novelista no se alejó espiritualmente de su valle natal, al que se refiere una y otra vez, bien con sus nombres propios, bien con pseudónimos toponímicos: en «El señorito Octavio», Vegalora es Laviana, y La Segada, Entralgo. Así veía él su valle cuando era verde, patriarcal y feliz:
«El concejo de Laviana está dividido en siete parroquias. La primera, según se viene del mar por los valles de Langreo y San Martín del Rey Aurelio, es Tiraña: la segunda, la Pola, capital y sede del Ayuntamiento; enfrente de ésta Carrio, más allá Entralgo, y detrás de él, en el, en los montes limítrofes de Aller, Villoria, la más numerosa de todas. Por último, en el fondo del valle, a cada orilla del río, están Lorío y Condado. Allí se cierra y sólo por una estrecha abertura se comunica con Sobrescobio y Caso».
«La aldea perdida», que podría titularse fordianamente «Qué verde era mi valle», es la evocación nostálgica y elegíaca de un mundo desvanecido para siempre. El novelista recuerda los viejos buenos tiempos. El progreso sólo traerá oscuridad, violencia y desdicha. Con el progreso no empieza la civilización: empieza la barbarie.
«Sinfonía pastoral», novela de madurez, de sosiego, es la historia de la vuelta del indiano a la tierra natal. Como es habido, los indianos que verdaderamente vuelven lo hacen ricos, corno en los cuentos, que decía Ortega. Entre los personajes de esta novela figura un eclesiástico eminente, a quien el novelista llama con su nombre verdadero: fray Ceferino González, nacido en Villoría, la parroquia inmediata a Entralgo. Fray Ceferino (1831-1894) era dominico, fue misionero en Filipinas, profesor en Manila, obispo de Córdoba, arzobispo de Sevilla y Toledo, y cardenal. Como filósofo, intentó la restauración del tomismo, en obras como «La Biblia y la ciencia», «La filosofía elemental» y «Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás». Gran fumador, increpó en cierta ocasión a un cura socialdemócrata de costumbres disolutas que rechazó el cigarro puro que le ofrecía, alegando con toda la contundencia de su carácter que fumar no es vicio.
Situémonos ahora bastante al norte de Laviana, en el concejo de Siero. De aquí eran los hermanos Justo (1872-1943) y Fausto Vigil (1873-1956), historiador y erudito, cronista oficial del concejo, autor de trabajos sobre Siero, y Enrique II, sobre la Guerra de la Independencia en Siero, de una «Historia de Siero», más trabajos de interés etnográfico como la polémica que mantuvo con Uría Riu a propósito de los sidras, guirrios y zarnarrones. Los sidras son aguinalderos que disfrazados con máscaras y con pieles de animales, protagonizan mascaradas de invierno que se conservan con distintos nombres en algunos concejos de la región (los zamarrones de Lena, los barrancos de Caso, el guirria de Ponga, etcétera). Según Fausto Vigil, los sidras, propios de Siero y Bimenes, constituyen el último eslabón con los misterios medievales representados en los atrios de las iglesias. A finales del siglo XIX, José Noval, «Siero» (1856-1937), dio en escribir «comedies» para las mascaradas de los sidras, de tono popular y carnavalesco, con personajes fijos (la Dama, el Galán, el Viejo, el Ciego y su criado, los tontos, etcétera) y referencias a la actualidad: las guerras carlistas, las de Cuba y África, la emigración, el anarquismo, etcétera. Son extrañas pervivencias de los remotos orígenes del teatro europeo, en cuya importancia no se ha reparado suficientemente. Al oeste del gran concejo de Siero se encuentra el de Noreña, condal y episcopal, reducido a la villa; mas está cargado de pasado ilustre y turbulento. Buena parte de la historia medieval de Asturias se desarrolló aquí o tuvo relación con Noreña. En su cementerio están enterrados el economista Álvaro Flórez Estrada, nacido en Somiedo, pero pasó los últimos años en el palacio de Miraflores, y el historiador Juan Uría Riu, iniciador de los estudios medievales en Asturias y su principal medievalista. De Noreña era el P.Alberto Colunga (1879-1962), autor, en colaboración con Eloíno Nácar de la versión de la Biblia más difundida en España en la época modena.
Aunque ovetense de nacimiento, Ramón Pérez de Ayala pasó los veranos de su juventud en Noreña, a la que dio el nombre literario de Cenciella, y el de Tereña en «La rifa de la xata». Los cuentos de «El raposín», un personaje popular, «menudo, flaco, vivaz», se desarrollan en una Noreña en la que tiene considerable presencia la estación del ferrocarril. Otros lugares y tipos de la vida citados son la capilla del Ecce Homo, la industria chacinera y los zapateros. De Cenciella era Belarmino, remendón filosófico que tenía su cajón en la rúa Ruera de Pilares, frente al del dramático Apolonio, en la novela que lleva por título los nombres de ambos: «Belarmino y Apolonío». En «Luz de domingo», novela poemática, unos amores ingenuos son truncados por rivalidades caciquiles en una Cenciella abrumada por los enfrentamientos políticos y, no obstante, filarmónica. «La paz del sendero», su prima libro de poesías, publicado en 1903, transmite la serenidad de unos recuerdos, relacionados en algún verso explícitamente con Noreña, de un mundo en el que el campo y la villa no son enemigos ni contradictorios, de la nostalgia de la aldea perdida:
En la paz del sendero se anegó el alma mía, que de emoción no osó llorar. Atardecía.
 Don Armando Palacio Valdés la gran obra que dedicó a Asturias, La aldea perdida.

Publicado por La Nueva España · 28 julio 2013.
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Entre la Catedral y la plaza del mercado.
                               Estatua de la Regenta en la plaza de catedral de Oviedo.
Sólo el Madrid galdosiano puede emular al Oviedo novelesco en España y pocas ciudades han dado lugar, en el corto espacio de su casco histórico, a obras como «La Regenta».
                       Leopoldo Alas Clarin y su obra.
 http://ignaciogracianoriega.net
«La torre de la Catedral, poema romántico de piedra, delicado himno de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo dieciséis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que, modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura», leemos al comienzo de «La Regenta» la novela del catedrático Leopoldo Alas, conocido literariamente por «Clarín». Desde su plaza se sube ligeramente la rúa Ruera, donde «cada casa es el producto impulsivo del arbitrio de cada habitante. No hay dos iguales. No se echa de ver norma ni simetría. Todo son líneas quebradas colorines desvaídos y roña, que tú quizá llames patina». El peatón que circula por esta calle, a través de la de Cimadevilla, pasa por debajo del arco del Ayuntamiento y, atravesando la plaza consistorial, penetra en la plaza del mercado o el Fontán, dejando a su derecha el armazón jesuítico de la iglesia de San Isidoro:
«La plaza del mercado en Pilares, está formada por un ruedo de casucas corcovadas, caducas, seniles. Vencidas ya de la edad, buscan una apoyatura sobre las columnas de los porches. La Plaza es como una tertulia de viejas tullidas que se apuntalan en sus muletas y muletillas y hacen el corrillo de la maledicencia. En este corrillo de viejas chismosas se vierten todas las murmuraciones y cuentos de la ciudad».
Pocas ciudades como Oviedo han dado lugar, en tan corto espacio, desde la Catedral al Fontán a tanta literatura: «La Regenta» de «Clarín», «Belarmino y Apolonio» y «Tigre Juan» de Ramón Pérez de Ayala. Y muy próximo, a pocos pasos de la plaza del Ayuntamiento, está el Oviedo de «Nosotros, los Rivero», de Dolores Medio. Tan sólo el Madrid galdosiano puede emular al Oviedo novelesco en España. La ciudad escenario de tantas novelas ha recibido distintos nombres que de ninguna manera encubren su topografía y su respiración, su modo de ser y actuar y su espíritu inconfundible: Vetusta es «La Regenta», Pilares en las novelas ovetenses de Ramón Pérez de Ayala (prácticamente toda su obra narrativa, salvo «Troteras y Danzaderas», que se desarrolla en Madrid, aunque su protagonista es ovetense, o sea, de Pilares), Lancia en «El Maestrante», de Armando Palacio Valdés, Fontán, en «Camino con retorno» de Sara Suárez Solís, o, sencillamente Oviedo, en «Nosotros, los Rivero», de Dolores Medio. Oviedo, la bien novelada, se ha dicho. Por asturianos y por foráneos, como Francisco García Pavón en «Cerca de Oviedo», una novela olvidada pero agradable.
Desde hace más o menos medio siglo se tiene «La Regenta» como la gran representación novelesca de Oviedo. No es del todo exacto ni justo, pues implica el olvido o menosprecio de las novelas ovetenses de Pérez de Ayala, que, con sus defectos, son estimables. Las obras de Pérez de Ayala, pesar de redichas y pedantes, poseen un penetrante aroma asturiano que no siempre se aprecia en Palacio Valdés y sólo muy raramente en Clarín La aparatosa prosa de Pérez de Ayala es más apropiada para el ensayo que para la narración: pero la ironía le redime de la pedantería: esa ironía, ese humorismo desconocidos por Clarín, cuyo humor es sarcasmo.
A Clarín le «nacieron» en Zamora, como él decía, pero vivió la mayor parte de su vida en Oviedo como catedrático de la Universidad Por el contrario, Atanasio Rivero podía afirmar: «Soy de Oviedo y no es alarde», aunque vivió fuera de su ciudad buscándose la vida como aventurero trotamundos por las Américas españolas. Atanasio Rivero fue otro de los singulares cervantistas asturianos, autor del cuento «Pollinería andante», en el que Sancho Panza sale al camino, y de una fenomenal patraña con la que estuvo a punto de embromar a los solemnes cervantistas del siglo pasado con motivo del tercer centenario de la publicación del «Quijote» Era hombre desenvuelto, y lo mejor de su obra fue su vida.
No sé si con eso del «Estado de las autonomías» que ha dividido España en reinos de taifas podremos considerar ovetense a Feijoo: pero que haya llegado a Oviedo en la primavera de 1709 y haya sido desde entonces vecino de la ciudad, hasta su muerte en 1764, digo yo que cuenta. Sus obras fueron escritas en Oviedo, en una celda conservada hasta hace poco tiempo, cuando la destrozó sin ningún respeto ni dar explicaciones la barbarie «progre». En esa celda reunía el buen fraile a sus amigos, entre ellos el doctor Casal (sobre cuya estancia en Oviedo Tolivar Faes escribió la novela «El mal de la rosa»). Mirando hacia esa celda, ahora destruida, el doctor Marañón afirma que Oviedo era, en la primera mitad del siglo XVIII, la «Atenas de España».
No citaremos a todos los escritores nacidos en Oviedo o que escribieron sobre la ciudad, harían falta media docena de artículos. Pero merece ser recordado el economista José Canga Argüelles, nacido en 1770, que, en su «Elemento de la Ciencia de la Hacienda» afirma que los agentes productores de la riqueza son «la naturaleza el trabajo, los capitales, la economía y la civilización». Sin duda estaba anticuado, porque en la España actual se tuvo el convencimiento de que la riqueza se obtiene por medio de la subvención( cuando no del saqueo)
El conde de Toreno, José María Queipo de Llano, nació en 1786 en el palacio que hoy es la sede de un muy erudito Instituto secular o Rinstituto. Su gran libro sobre la Guerra de la Independencia (en cuyos comienzos él desempeñó importante papel), de título elocuente («Historia del Levantamiento, guerra y revolución de España»), es la obra de un historiador al tiempo que testigo que no desdeña el tratamiento épico ni el estilo elevado. Se trata de un monumento histórico y literario, de prosa solemne y sonora. Podría comparársele con Edward Gibbon, si aquí se supiera quién es Gibbon y se hubiera leído a Toreno.
Ceferino Suárez Bravo (1824-1896), recordado por unos briosos versos en la torre de la Catedral, fue poeta que aprovechó todas las incitaciones románticas a su alcance, desde el castillo de Priorio hasta la Luna («Salve, oh cándida Luna, que velas desde el cielo / la faz del universo con lívido blancor») y el retorno a la tierra natal («Te vuelvo a ver, rincón nunca olvidado / dulce teatro de mi edad primera») y autor de una novela sobre las guerras carlistas, «Guerra sin cuartel», que no está nada mal. También es autor de un cuadro escénico contra la Revolución Francesa, «Robespierre», y de folletos y panfletos políticos, dada su condición de carlista en activo (llegó a ser secretario de negocios extranjeros en el Gobierno del pretendiente Carlos VII).
Ya en nuestra época, y aunque según Emilio Marcos el pudor del carácter asturiano destila su lirismo a través de la ironía, Ángel González figura entre los poetas de los años cincuenta que por vivir en una España que ellos consideraban cenicienta, escribieron versos cenicientos En sus versos «nada brilla»: predomina un humor desolado, un prosaísmo efectivo e implacable, sin apenas referencias a otra cosa que a la interioridad de un poeta que lleva la vida como una carga. No obstante, se le deben breves textos en prosa recorridos por el afecto que le merece su ciudad natal.
                          El encanto de un casco histórico medieval muy vivoen "El Fontan" de Oviedo.
Publicado por La Nueva España · 4 agosto 2013.
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El solar de Jovellanos.                  
                     Francisco Acebal (Gijón, 1864-1933)

La amplia y acogedora sombra del ilustrado planea sobre un Gijón que pese a su fama de ciudad de pintores registra una amplia nómina de literatos de variada factura.
Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos, pintado por Nicanor Piñole. Museo Casa Natal de Jovellanos. Gijón .
De Villaviciosa a Gijón se pasa por Arroes, de donde era el famoso Ramón García Tuero, nacido en 1860 y más conocido por el Gaitero de Libardón, localidad en la que se casó en 1890 y como demostración de que en Asturias hay matriarcado, desde entonces se le llamó con el nombre del pueblo de su mujer. También era de Arroes Tomás Tuero (1851-1893), un malogrado escritor más conocido por la devoción que le tenían sus amigos que por su obra, escasísima. Clarín escribió:
Dejó publicado algo, muy poco, que puede servir de indicio a quien sepa leer entre líneas para calcular el valor del espíritu que se oculta detrás de esos rasgos de ingenio improvisados, escritos a vuela pluma y sin pretensiones, por ganar el jornal casi siempre y refiriéndose a asuntos que al escritor no le llegaban al alma.
Se le deben una traducción de «Nana», de Zola, y algunos escarceos teatrales.
Al término de Gijón se entra por el alto del Infanzón, por una carretera que discurre entre parajes boscosos y que desde arriba ofrece una soberbia perspectiva de la eran villa pero a la que la pedantería de la velocidad y de los rápidos desplazamientos ha reducido ahora a uso local.
Sobre Gijón planea, como sobre toda Asturias, la amplia y acogedora sombra de Jovellanos, el gijonés más ilustre, el asturiano más ilustre y, según Jiménez Losantos, «el español por excelencia». Dios nos libre de parecer «chauvinista», pero el tan desdeñado siglo XVIII se resume en dos asturianos, uno de pación (Feijoo) y otro de nación (Jovellanos). Feijoo, nacido en Casderniro, en la provincia de Orense (como se escribía entonces) escribió toda su obra en Oviedo, y Jovellanos, a diferencia de otros asturianos que se fueron muy jóvenes de su tierra para no volver, como Alonso de Quintanilla, Bances Candamo y Campillo, vivió buena parte de su vida, la más fecunda y mejor, en su Gijón natal. Cuando le llega el nombramiento como embajador en Rusia, lo deplora amargamente, dándose cuenta de que su vida tranquila de estudio y conocimiento había terminado. A partir de asta salida de Gijón, su vida dará muchas vueltas, pisará los despachos del gobernante en ejercicio y las cárceles de gobernante caído en desgracia. Aún le queda una última y muy corta estancia en Gijón, adonde llega decrépito pero no vencido, y debe abandonar su lugar de nacimiento para siempre ante la amenaza francesa, para morir pocas millas al oeste, en Puerto Vega. La obra de Jovellanos (17441810) no se reduce a lo que escribió, sino también a lo que hizo. Sus ideas sobre economía y gobierno merecían una práctica mayor de la que tuvieron: pero su ministerio fue efímera A diferencia de sus compatriotas y contemporáneos afrancesados, prefería el civilizado sistema parlamentario inglés y no se dejó tentar por el extremismo revolucionario: en seguida vio la sangre debajo de la retórica humanista e incendiaria. No hay cosa peor que quienes pretenden regenerar a la especie humana a golpes de guillotina. En materia económica explicó algo muy elemental que los españoles no acaban de admitir y reconocer: no corresponde al Estado enriquecer a sus ciudadanos sino garantizarles las situaciones idóneas para que puedan hacerse ricos. La intervención del Estado, cuanto menor sea, mejor. Sin libertad no hay comercio. Lo ideal serían pocas leyes pero que se cumplieran. Con muchísimas leyes que se pueden saltar a la torera con la mayor facilidad no se adelanta nada o se llega a la situación en la que ahora estamos. El frenesí legislativo es otra expresión del absurdo.
Como escritor, su obra es voluminosa. Su teatro («Pelayo», «El delincuente honrado») es irrecuperable y como poeta acusa los resabios de su época aunque en sus versos finales se advierten vislumbres muy notables y muy conseguidos del romanticismo. Fue poeta lunar y prosista lunar, y tiene razón Gerardo Diego cuando señala que lo mejor de su poesía en su prosa: por ejemplo, la descripción del castillo de Bellver. La prosa de Jovellanos (didáctica, histórica, económica, política) alcanza elevación extraordinaria en el «Elogio de Carlos III» y en la «Memoria en defensa de la Junta Central», uno de los grandes y más solemnes testimonios personales e históricos de nuestra lengua. Sus «Diarios» y las «Cartas a Ponz» son obras maestras de un género misceláneo y enciclopédico en el que se reúnen el relato de viajes, la estampa histórica, la erudición arqueológica y artística, y su propia visión y opiniones que unifican el enorme material acumulado. Jovellanos, a pesar de sus actividades profesionales y políticas que necesariamente le situaban fuera de la región, fue de los asturianos que más escribieron sobre Asturias, con sabiduría y afecto, pues sabía sobre qué escribía, ya que recorrió la mayor parte de su tierra, como certifican sus «Diarios»; y como escribió Unamuno, a una tierra se la conoce y se la ama de una sola manera: pisándola.
Se ha dicho que Oviedo es una ciudad de novelas y Gijón de pintores. No es exacto. En Gijón nacieron buenos novelistas y sobre Gijón se escribieron buenas novelas. Incluso hubo novelistas tan diferentes no sólo por la temática sino por la extensión de sus obras como Alejandro Núñez Alonso, autor de la imponente pentalogía sobre Benasur de Judea, a la manera de «Ben Hur» de Lew Wallace, y de menores reconstrucciones históricas sobre épocas recientes, como «Cuando don Alfonso era rey», y autores de una sola obra como Julián Ayesta, cuya «Helena o el mar del verano» es una de las más hermosas novelas cortas del siglo pasado, en la que se reconstruye el Gijón luminoso y mágico de la infancia y de la primera juventud. Una prosa evocadora y envolvente (como se dice ahora) evoca un mundo que se fue y no volverá, pero que se reconstruye en el recuerdo de manera feliz. Ayesta, a quien conocí personalmente y constato su despego de la literatura y de las actividades habituales del escritor, escribió otras cosas, poquísimas, y que al lado de la luminosidad de oro puro y de mañana de verano de «Helena», no valen nada.
Francisco Acebal (1864-1933: según María Elvira Muñiz, en 1864, en su «Historia de la literatura asturiana en castellano», y en 1866 en su otra obra, «Escritores de Gijón») es un novelista galdosiano que se dio a conocer con la novela corta «Aires de mar», premiado en 1901 por un jurado en el que estaba Pérez Galdós. Le siguen las novelas «Huellas de almas», «De buena cepa», «Dolorosa» y «El calvario», la colección de cuentos «De mi rincón», y las novelas cortas «Rosa mística» y «Penumbra». También incurrió en la poesía («Crepúsculo en el mar»), el teatro («A la moderna») y el periodismo («Cartas de Acebal»). Con toda seguridad se trata de un autor al que habrá que descubrir.
Antonio Ortega (1903-1970) escribió pocos cuentos pero excelentes («Yemas de coco») y una novela, «Ready», cuyo narrador es un perro. El exilio y el periodismo alimenticio (dirigió la revista «Carteles» en La Habana) obstaculizaron su actividad literaria. Dos gallegos, Franco y Fidel, le exiliaron de España y Cuba, y otro dictador cuyo nombre también empieza por efe, Fulgencio (Batista), contribuyó, junto con los otros, a su úlcera de estómago.
Otros novelistas y narradores son Luciano Castañón, Oscar Muñiz, Mauro Muñiz, etcétera. Entre los escritores festivos se cuentan Pachín de Melás y Adeflor, y en la erudición tenemos el erudito violento (Julio Somoza) y él apacible (Enrique García Rendueles, autor de una deliciosa «Liturgia popular»). El poeta torrencial Alfonso Camín nació en Roces. Gijoneses eran el trotamundos Alonso Carrió de Lavandera, autor de «Lazarillo de ciegos caminantes» y el ilustrado Ceán Bermúdez, biógrafo de Jovellanos, ambos del siglo XVIII.
                            Alfonso Camín, nació en Roces, aldea de Gijón,en 1890.
Publicado por La Nueva España · 11 agosto 2013
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