23 de febrero de 2018

Escenarios dantescos en la Montaña Central

El ventarrón asesino
Ilustración de Alfonso Zapico
Los temporales que castigaron a las comarcas mineras en el pasado, dejando incendios, casas destruidas y varios muertos a su paso
Ilustración de Alfonso Zapico
Me parece que no es del todo correcto emplear el término ciclón cuando nos referimos a ese desagradable fenómeno atmosférico que tiene una de sus características en encabronar el aire y transformarlo en un ventarrón destructor. Creo recordar que cuando se estudiaba este tema en la facultad de Geografía e Historia, se hacía una diferencia entre huracanes, ciclones y tifones, considerando que los primeros eran propios del Atlántico norte, Caribe y el noreste del Pacífico, mientras que los segundos se daban en el Océano Índico y también en el sur del Pacífico y los terceros reducían su ámbito geográfico al noroeste de este último mar, pero como tampoco hay que ser tiquismiquis, creo que para andar por casa podemos entendernos con cualquiera de estas denominaciones.

Ilustración de Alfonso Zapico
Así que hoy les voy a contar algunas cosas sobre los ventarrones que soplaron más fuerte en la Montaña Central y que desgraciadamente dejaron su huella entre nosotros. Seguro que recuerdan, por ejemplo, a Hortensia, que se dejó sentir los primeros días de octubre de 1984 con rachas que alcanzaron en el observatorio meteorológico de Oviedo hasta 148 kilómetros por hora y mató a seis personas en España; tres de ellas el día 4, de las cuales dos eran asturianas: un hombre de 46 años, electrocutado por un cable del tendido eléctrico arrancado por un árbol en la aldea de Isongo, de Cangas de Onís, y una mujer de 75 años, en Celón, del municipio de Pola de Allende, aplastada por otro árbol. Hortensia, que cuando llegó a Europa, ya venía perdiendo fuerza, tiró muros y marquesinas, levantó tejados y terrazas, arrancó árboles de cuajo e interrumpió las comunicaciones cortando carreteras, obligando a cerrar aeropuertos y flotas marítimas, dejándonos sin luz varias horas, y también quiso dejar su firma en el centro urbano de Mieres, donde una niña de 14 años resultó gravemente herida por la caída de una rama desprendida por el aire.
En la Navidad de 1999 llegó Lothar, que se había formado el 22 de diciembre sobre Islandia y fue bajando hasta entrar en la Europa continental con picos de viento de 170 km en puntos de la costa. Su balance fue terrible con cerca de 100 muertos, 31 de ellos en Francia, 11 en Suiza, 15 en Alemania y 5 en el norte de España. Y esta vez sí trajo el luto a la Montaña Central, porque entre estos últimos se contaron dos obreros que fueron aplastados, también en Mieres, por un muro en construcción, mientras otro compañero que los acompañaba sufrió lesiones gravísimas.
Ilustración de Alfonso Zapico
Diez años más tarde, los días 23, 24 y 25 de enero de 2009, pasó Klaus, con más suerte para los asturianos, ya que la mayor parte de sus víctimas se registraron en Cataluña, entre ellas cuatro pobres niños de Sant Boi de Llobregat, donde el techo de un polideportivo salió volando. Sin embargo los destrozos fueron tan grandes que llegaron a afectar la economía de muchas pequeñas empresas de las Cuencas mineras. En esta ocasión, un observatorio segoviano pudo apuntar pudo anotar una racha de nada menos que 189 km.
Se habrán dado cuenta de que todos estos fenómenos ya llegaron bautizados, con lo que tampoco es una novedad que ahora se les ponga nombre a las borrascas. Sin embargo hace más tiempo, cuando todavía eran anónimos, tenían los mismos efectos y también mataban sin distinguir clases ni categorías: el que sacudió Asturias la noche del 15 de febrero de 1941, vino anunciado por un descenso de presión que en el barómetro de la "Escalerona" en la playa de San Lorenzo marcó los 735 milímetros de mercurio; cortó la luz eléctrica y las comunicaciones telefónicas y acabó frenando al ferrocarril en Busdongo.
Pero aquí dio también la nota luctuosa acabando en Ujo con Rafael Belloso, director de la Sociedad Hullera Española en los críticos años 30 y uno de los representantes más destacados del paternalismo empresarial. Luego, el ventarrón siguió su camino y acabó causando en Santander uno de los mayores desastres de nuestra historia con el incendio que calcinó un tercio de la capital cántabra.
Ilustración de Alfonso Zapico
Es difícil saber cuál fue el ciclón más destructor de los que sacudieron la Montaña Central, porque de la misma forma que se puede seguir la pista de las inundaciones por los viejos legajos en los que se dejó constancia de la caída y posterior reconstrucción de los puentes llevados por las riadas, con los efectos del viento casi tenemos que esperar a la existencia de la prensa escrita. Y al revisar las hemerotecas nos encontramos con que el peor desastre del siglo XX en esta tierra empezó a descargar su ira el sábado 26 de diciembre de 1920.
En el valle del Caudal, hubo incendios aislados y derrumbes por todas partes, algunos en lugares tan conocidos como el polvorín de la Sociedad Hulleras del Turón, los cuarteles de La Rabaldana y los que se estaban construyendo en el barrio de San Francisco; aunque lo más llamativo fue ver volar la techumbre del elegante chalé de los Figaredo.
Y peor fue lo del Nalón. Los periódicos nos hablan de un escenario dantesco, con calles cubiertas por nubes de piedra suelta, cristales y arena mientras el huracán arrancaba infinidad de cornisas, tejas y chimeneas atemorizando a los vecinos que se vieron obligados a no salir de sus viviendas, hasta que a las doce de la mañana del domingo las campanas de la iglesia parroquial de Sama tocaron a rebato pidiendo ayuda porque el fuego había prendido en dos casas de la calle marqués de Canillejas y amenazaba con extenderse a toda la población.
Ilustración de Alfonso Zapico
En aquel momento Langreo carecía aún de servicios contra incendios por lo que hubo que formar varias de esas cadenas que a veces vemos en las películas para ir pasando de mano en mano calderos con agua. Por fin, tres horas más tarde las llamas se extinguieron cuando solo quedaban en pie las paredes de las casas y se habían consumido todos sus enseres, aunque las viviendas inmediatas lograron salvarse con pequeños daños exteriores. Pero pronto se supo que aquel no había sido el único incendio ya que en otro lugar de la villa los talleres de fundición de Joaquín Soldevilla también habían resultado arrasados y su grandiosa armadura estaba hundida provocando unos daños que su propietario valoró en una cantidad cercana a las 40.000 pesetas. Luego fue conociéndose la verdadera magnitud de las pérdidas en el concejo: doce casas y ocho cuadras quemadas en La Fresnosa; cuatro casas, la capilla y tres cuadras en El Corralón; dos casas y dos cuadras en La Polla; dos cuadras en Pampiedra; una casa y una cuadra en La Campa; el pueblo de La Teyuca arruinado totalmente por el fuego; innumerables derrumbes en Las Piezas y La Felguera, donde se vino abajo la gradería del campo de fútbol. Hasta el Circo Ruso, que estaba instalado en la plaza de Alejandro F. Nespral, había perdido sus enormes lonas. Además todo lo que se guardaba dentro de las construcciones, incluyendo muebles, cosechas y ganado tampoco se había podido salvar.
Ilustración de Alfonso Zapico
Igualmente la ruina afectó a otros pueblos de los concejos vecinos donde cayeron hórreos, casetas y todo tipo de obras. Por ejemplo, en La Hueria de Carrocera una cuadra se derrumbó matando a las ocho vacas que había en su interior, y en la Hueria de Santa Bárbara, de veintitrés casas solo habían quedado seis en pie; también a causa de las chispas se había quemado un monte de más de quince mil metros. Avanzada la tarde, amainó el tormentón y empezaron a llegar las autoridades civiles y militares para comprobar lo ocurrido, pero como toda cruz tiene también su cara, de inmediato las cuencas mineras volvieron a demostrar su solidaridad con los damnificados. El Ayuntamiento abrió la primera suscripción y pronto le siguieron otras; los empresarios teatrales, los Centros Obreros y el Racing Club langreano se ofrecieron a organizar espectáculos benéficos, y a su vez los periódicos empezaron a publicar listas de donantes que sacaron de sus bolsillos lo que pudieron para ayudar a sus vecinos más infortunados: la mayor parte de los donativos osciló entre una y cinco pesetas, pero hubo desde "un desconocido" que aportó 0,30 céntimos hasta dos billetes de mil pesetas, uno de Manolita Ortiz Lastra y otro de Ignacio Herrero.
Ilustración de Alfonso Zapico
Al mismo tiempo, en Gijón también se inició una campaña de ayuda a Langreo, y en cuanto a los políticos, el Gobernador Civil dio de su bolsillo unas 250 pesetas.
Por su parte, desde Madrid se comunicó que tanto el ministerio de Gobernación como el de Hacienda no disponían en aquel momento de fondos para aliviar la triste situación de los langreanos, pero que el subsecretario de este último ministerio anunciaba una actuación conjunta de la Intervención general del Tesoro y el de Fomento para enviar una ayuda en cuanto se pudiese. Cuando ha transcurrido casi un siglo de aquella promesa, creo que ya podemos dudar de que se vaya a cumplir.
Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR

Ernesto Burgos Fernández nació en Mieres (Asturias) el 7 de julio de 1957.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo (1979). Diploma de Estudios Avanzados en Arqueología Histórica («La romanización en las cuencas mineras del sur de Asturias» 2006).Profesor de Educación Secundaria, ha trabajado en los institutos «Juan de Herrera» (Valladolid), «Sánchez Lastra» (Mieres), «Camino de La Miranda» (Palencia), «Valle de Aller» (Moreda) y desde 2006 en el IES «Mata Jove» de Gijón. En el año 2016 el reconocido historiador mierense fue distinguido con el reconocido galardón anual de  “Mierense del año”.


Alfonso Zapico (Blimea, Asturias, 1981). Ilustrador y autor de cómic español, trabaja como profesional gráfico desde 2006.
Ha realizado ilustraciones, diseños, animaciones y campañas para diversas agencias de publicidad, editoriales o instituciones. Ha trabajado en proyectos educativos del Principado de Asturias (Aula Didáctica de los Oficios) e impartido talleres de ilustración en centros educativos de Asturias y Poitou-Charente (Francia).
Colaborador de diarios regionales asturianos (La Nueva España, Cuenca del Nalón), como autor de cómic ha publicado varias obras: La guerre du professeur Bertenev (Paquet/Dolmen 2006), Café Budapest (Astiberri 2008), Dublinés (Astiberri 2011) o La ruta Joyce (Astiberri 2011). Sus títulos más recientes son El otro mar (Astiberri 2013), auspiciada por la Fundación Mare Australe de Panamá, o Cuadernos d’Ítaca (Trabe 2014). Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, alemán o polaco. (…)http://alfonsozapico.com
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