2 de marzo de 2013

Las misiones pedagógicas.

Una misión en el olvido.


La II República tuvo en su corta existencia luces y sombras. A nadie se le escapa que durante décadas se intentó borrar el recuerdo de lo positivo y lamentablemente aún hay quien se sigue empeñado en presentarla como una cocina donde se fraguaron platos de matanzas y desastres. Hoy no quiero perder ni un renglón en discutir estas miserias, allá cada uno con lo que quiera creer. Lo que me apetece es viajar hasta 1932 y recordar el proyecto más serio que se hizo nunca en este país para acercar la cultura al pueblo: las misiones pedagógicas.

Cuando Alfonso XIII hizo sus maletas rumbo al exilio dejó tras de sí una España con un elevadísimo índice de analfabetismo que afectaba sobre todo a las zonas rurales. Una de las prioridades que los gobiernos republicanos tuvieron desde un principio fue reconducir esta situación, no sólo mediante el ambicioso plan de escolarización y construcción de escuelas que se inició por todo el país sino también apoyando las iniciativas de grupos de artistas y enseñantes progresistas que se empeñaron en llevar hasta el último rincón de nuestra geografía el teatro, las películas, las obras de arte, la música y principalmente la literatura.

En otra ocasión ya me he referido al paso por Mieres de «La Barraca», la compañía capitaneada por Federico García Lorca gracias a la cual muchos pueblos pudieron asistir a representaciones dramáticas y conocer de cerca a nuestros clásicos, en unas actuaciones que los vecinos recordaban aún muchos años más tarde porque aquellos momentos mágicos habían sido excepcionales al romper la monotonía de unas vidas centradas en el trabajo y en el aislamiento. El otro gran proyecto apoyado por el Ministerio de Instrucción Pública fueron las Misiones Pedagógicas, propuestas por maestros y profesores de diferentes disciplinas y por intelectuales empeñados en llevar un poco de luz a aquellos que nunca la había tenido y a los que sus amos habían alejado intencionadamente de los libros sabiendo que a la larga las letras siempre son mucho más peligrosas para sus intereses que las pistolas.

Uno de los personajes que se implicó desde un principio en este empeño fue el ovetense Luis Álvarez Santullano, inspector de Primera Enseñanza y colaborador de la Junta de Ampliación de Estudios y de la Institución Libre de Enseñanza, quien trabajó en Madrid mano a mano con Manuel Cossio -el principal inspirador de las misiones- y supo contagiar pronto su entusiasmo a otros asturianos de prestigio como Constantino Suárez Fernández «Españolito», al que debemos el ímprobo trabajo de haber podido reunir en una obra todo el listado de escritores y artistas asturianos que se conocían hasta aquel momento; Eduardo Martínez Torner, otro intelectual que ya hemos citado más veces en estas páginas y que los asturianos conocemos de sobra por ser el autor de muchas de nuestras canciones más populares o Alejandro Casona, autor dramático de éxito que aún en nuestros días sigue gozando de una fama merecida.

Torner llegó a organizar un coro junto al que viajaba enseñando a los aldeanos la belleza que podían adquirir una vez arregladas las viejas canciones que ellos le enseñaban y Casona les hizo conocer como espectadores preferentes el teatro de calidad. Así, éstos junto a otros misioneros y misioneras, como ellos mismos se llamaban, llegaban a los enclaves más alejados pertrechados de proyectores, gramófonos, reproducciones de las mejores obras del Museo del Prado y libros, muchos libros, en un intento de que alguna de las diferentes facetas de nuestra cultura acabase por despertar el interés de unas gentes embotadas muy a su pesar por el atraso y la miseria de la España más negra.

Tengo la suerte de guardar en casa algunos de aquellos libros, rescatados en el último franquismo de una oscura sala de la Universidad de Valladolid hasta donde habían sido llevados después de expurgarlos de las escuelas de Tierra de Campos cuando la esperanza republicana se fue al garete, con el estigma de estar marcados en sus primeras páginas con el sello del patronato. Puedo asegurarles que la selección de obras y autores es impecable y los ejemplares, sin un solo desgarrón ni una mancha, muestran señales evidentes de haber sido leídos infinidad de veces. No sé a donde habrán ido a parar los de Asturias, pero deben saber que las misiones crearon aquí una red de 132 bibliotecas e instalaron además servicios de música en Oviedo, Alevia (Panes), Castropol y, por supuesto, Besullo, la patria chica de Alejandro Casona y que visitaron siempre que estuvieron por aquí. Viniendo a las Cuencas, en los archivos de misiones pedagógicas se recogen dos visitas al concejo de Mieres, en los veranos de 1932 y 933, las llamadas Besullo I y Besullo II, pero sin poner en duda la veracidad de esta información, el caso es que no hemos podido localizar ningún documento más que lo acredite, ni referencias en la prensa de la época y tampoco el más mínimo recuerdo entre los vecinos mayores de la zona y por ello llamo desde aquí a quien pueda aportar algún dato que nos ayude a completar esta pequeña laguna de nuestra historia local. Veamos las pistas:

En 1932 la misión estaba integrada por José Fernández, José Llanas, Gabino Rodríguez, José Rodríguez Álvarez, Matutina, Rodríguez Álvarez, Teresa Rodríguez Álvarez y el propio Alejandro Casona. Llegó, como siempre, a Besullo y desde allí se desplazó a las aldeas vecinas de Posada, Irrondo, Trones y Otriello (todas en el mismo concejo de Cangas del Narcea), luego estuvo Noceda e Iboyo (Allande), Cerecedo (Riosa), La Montaña y Pomar (Santa Cruz de Mieres). Como vemos, el nombre de los misioneros que acompañaron a Casona, todos maestros y profesores, está registrado, como el propio recorrido y las actividades que se desarrollaron; el problema surge al querer localizar los dos últimos lugares: en Cangas existe el topónimo de Las Montañas que seguramente se corresponda con La Montaña, pero lo de Pomar, claramente señalada en santa Cruz de Mieres es mucho más extraño.

En el verano siguiente, agosto de 1933, los misioneros fueron de nuevo Casona, José, Matutina y Teresa Álvarez Rodríguez más Florentino Hurlé Rodríguez que se incorporó en esta ocasión y volvieron a Besullo, Lorante (otro caserío de Cangas), La Montaña y por segunda vez Pomar, en Santa Cruz de Mieres.

¿Qué pasa con este Pomar? Pues que no es ni ha sido nunca una aldea y ni siquiera un caserío aunque a efectos legales tenga esta categoría. Pomar, o La Pomar, o Pomar de Frades, como se conoce hoy al lugar, está situado en el extremo norte del poblado minero de Bustiello y apenas cuenta con un par de edificaciones que en su día albergaron la residencia de Manuel Montaves, subdirector de las minas de Aller y mano derecha del Marqués de Comillas. No hay en Mieres ni mucho menos en Santa Cruz otro topónimo similar, luego la ficha de las Misiones tiene que referirse forzosamente a este sitio, antiguo castañedo, y habitado por alguien que seguramente no necesitaba que le fuesen a enseñar lo que era una película ni un disco.

Definitivamente, Manuel Montaves fue un administrador avezado y un técnico prestigioso cuya agudeza para los negocios mineros aún se recuerda en Bustiello como una leyenda, pero al mismo tiempo era absolutamente fiel a unas ideas alejadas del progresismo que le hacían responder con perlas como ésta ante una consulta para subir los salarios de los trabajadores: «La cuestión del operario en Asturias es muy difícil de resolver, porque son muy viciosos tanto los hombres como las mujeres? lo mismo o peor estará cuando gane mucho que cuando gane poco».

No, no parece que con estas características Montaves -rico, culto y conservador-, ni tampoco su familia o sus criados, únicos habitantes de La Pomar, respondan al tipo de público elegido habitualmente por Casona y sus acompañantes para desarrollar su benéfica y altruista labor, pero entonces, ¿por qué se cita Pomar dos veces junto a una lista tan reducida de aldeas, que por otro lado están bastante alejadas de Mieres, sin que nadie se lo haya cuestionado? He aquí otro de los pequeños misterios de nuestra historia. Lógicamente no he podido hablar con todas las personas de edad que podrían haber sido testigos de la visita y cabe la posibilidad de que alguien pueda aportar un poco de luz a este misterio. Si es así, se lo agradeceríamos de corazón. No olviden que si nosotros no hacemos nuestra historia vendrán otros a hacerla desde fuera. Y entonces que Dios nos libre.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

1 comentario:

  1. El nombre de uno de los integrantes de las misiones Besullo I y IIes incorrecto. No es Jose LLanas, sino Jose LLamas. El nombre completo es Jose Maria LLamas Alvarez ,maestro nacional en La Felguerosa Moreda de Arriba.Amigo de Casona Jose Maria participo con el dos veranos en las misiones.Mas que buscar en Mieres, yo buscaria en la zona del bajo Aller

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