5 de julio de 2016

Toribión de Llanos del Somerón (Lena-Asturias) y la caza del oso (y II)

Breve historia de la caza del oso en Asturias    
Dibujo de oso pardo de Gonzalo Gil
La caza del oso en Asturias se recoge desde tiempos inmemoriales, asociada muchas veces a creencias y leyendas muy arraigadas en nuestra sociedad tradicional
La caza del oso. Ilustración del libro "Viaje ilustrado a las cinco partes del mundo"
Basta recordar cómo en los orígenes del Reino Asturiano ya surge la imagen del oso temible, como bestia capaz de matar al mismo Favila, a quien se le suponían los atributos de fuerza y valor que iban unidos a la figura del rey guerrero. Así, los principales cazadores de osos se recuerdan mitificados, rodeados de leyendas e imágenes heroicas. El peligro que suponía perseguir y abatir a la fiera otorgaba gran mérito a quienes lo conseguían. Eran considerados hombres fuertes y valerosos, merecedores del respeto y admiración popular.
Lobos, zorros, y otras alimañas eran perseguidas incansablemente, pero sin duda el oso fue siempre considerado el mayor de los trofeos. Destacaron numerosos nobles e hidalgos asturianos aficionados a la caza de este animal, a quienes se les reconoce gran destreza en este arte venatorio. Practicaban dos modalidades. Una de ellas consistía en hacer batidas en campo abierto ayudándose de perros para perseguir al animal, que finalmente era abatido con venablos o ballestas y, posteriormente, con armas de fuego como arcabuces o mosquetes. Pero lo que más debía estimular a los aguerridos cazadores era la práctica del cuerpo a cuerpo. Consistía en buscar a la fiera en su propia cueva, provocándola para salir. Cuando el oso se abalanzaba sobre el matador, éste le arrojaba un capotillo a los ojos y se abrazaba al animal para que no pudiese alcanzarlo con sus garras o sus fauces. A la vez, le clavaba una lanza o puñal en el pecho, hasta que cayese abatido.  Pero también se utilizaron cepos y otras trampas.

Oso retratado en Asturias
Los pozos fueron construidos principalmente para capturar lobos, aunque también caerían osos. Se trataba de profundos fosos ocultados por ramas y follaje. La alimaña era atraída por un cebo y una vez que se precipitaba al hoyo ya no podía escapar y era abatida por los lugareños con lanzas o incluso a pedradas.
El oso fue estigmatizado y considerado una bestia perniciosa. Se le acusaba de provocar daños en los ganados, en los cultivos y, especialmente, de destruir  las colmenas. Pero también era una captura cotizada por su piel, con la que se manufacturaban alfombras, adornos, monturas y prendas de abrigo. El famoso unto (untu), la grasa del oso, era muy  apreciado por sus propiedades curativas, especialmente de las afecciones reumáticas. No tanto la carne, considerada algo blanda y oscura.
 La caza del oso y otras alimañas no fue únicamente un divertimento para nobles. Fue también una actividad lucrativa de la que muchos labradores y modestos hidalgos se aprovecharon para mejorar su frágil posición económica pues cada captura era recompensada. Así, entre 1745 y 1843 la Junta General del Principado fomentó la matanza de todo animal considerado dañino, especialmente la del oso, recompensando cada pieza abatida con un premio de aproximadamente 60 reales de vellón el ejemplar adulto (15 si se trataba de una cría). Una vez mermada la población osera se dejaron de pagar las capturas, pero se continuó persiguiendo al animal, tanto por su finalidad práctica para evitar daños como por los beneficios que reportaba la venta de la piel, el unto y la carne.
Numerosos cazadores se recuerdan en Asturias, cuyas peripecias resuenan con un tinte novelesco, casi épico, entre los siglos XVIII y XIX: Juan Díaz-Faes “Xuanón de Cabañaquinta”, Luis Faes “El Corsario”, Francisco Hortal, Manuel Álvarez “el cazador de Urría”, Juan “de Tarna”, Francisco Garrido, “Xuacón de Santiago”, “Mudín de la Reguera”,… y así otros muchos. En ninguna lista falta, con más de sesenta osos abatidos, nuestro personaje “Toribión de Llanos”
Recreación de un hombre peleando con un oso
TORIBIÓN Y EL CUERPO A CUERPO CON EL OSO              
Remontémonos a principios del s. XIX, allá por 1808. Un joven Toribión, de unos dieciséis años, abatía su primer oso. Lo hizo a cuchillo, como casi todos. Se dice que por entonces tenían fama en el Concejo de Lena Gutiérrez de Campomanes, Juan de Tiós y Hevia de La Cortina. A todos los superaría el mozo Toribión, con más de sesenta osos abatidos.
Los cazaba en los montes del entorno de Llanos, especialmente en el bosque de Valgrande, que Alfonso XI ya alababa en el Libro de la Montería (s. XIV), diciendo que “Valgrande es muy real monte de osos en verano, et es uno de los grandes montes que ha en nuestro señorío”. En ese escenario Toribión protagonizó  feroces luchas cuerpo a cuerpo con el animal que acabarían por dejarlo casi inválido.
Se cuenta que iba a esperarlos a las salidas, sobre todo de las cuevas. Allí los provocaba para que se asomasen. Protegido con sacos y trapos viejos, aguardaba a que el oso atacase. Entonces, ambos se fundían en un abrazo, mortal para el animal. Como el oso no dobla los brazuelos, Toribión se metía entre ellos, sabiendo que no podía clavarle las zarpas. Apretado contra la fiera, la acuchillaba a placer con un tosco cuchillo. Pero no podía soltar al oso hasta que cayese derrotado, de lo contrario, un descuido podría resultar fatal.  El tevergano Ignacio Rodríguez, otro ilustre cazador de osos (99, ni más ni menos), reconocía haber aprendido esta técnica de Toribión, quien le habría transmitido “que cuanto más se acerque uno al oso, más seguro se está”.
 (Pelea de hombres con osos) Grabado del libro “Wild Adventures in Wild Places”, de Gordon Stables. Muestra la práctica del “cuerpo a cuerpo” en la caza del oso en Siberia. Esta técnica, la empleada por Toribión, consistía en abrazarse firmemente al animal, evitando que éste pudiera herir con sus garras, mientras se le acuchillaba con un gran puñal.
Casi todos los osos los abatió “cuerpo a cuerpo”, únicamente con la ayuda de un gran puñal y su bastón.Hacia 1820, cuando ya llevaba al menos veinte muertos, pudo comprar una escopeta de chispa. Pero con ella no cazó más de una docena. Prefería combatirlos a cuchillo. Se dice que en una ocasión falló en el disparo y el animal, muy enfurecido, le ocasionó graves heridas.
El caso es que a cuchillo o con escopeta a Toribión las luchas con el oso le pasaron factura. Según las crónicas de Constantino G. Rebustiello, primero quedó tuerto de un zarpazo que no pudo evitar cuando aún tenía treinta y cinco años. Luego sería su brazo izquierdo el que sufrió los arañazos de otro, quedando medio inútil. Finalmente, quedó cojo a consecuencia de una feroz pelea que sostuvo cuerpo a cuerpo en Valgrande, con el último oso que abatió. El mismo reportero afirma que Toribión, muy debilitado y arruinado, tuvo que dedicarse a la mendicidad, recorriendo los pueblos del concejo cantando coplas y narrando sus hazañas. Esto último resulta difícil de creer pues, como se ha explicado, incluso en sus últimos años no parecía estar pasando apuros económicos, permitiéndose el lujo de redimir a su hijo Gaspar de hacer el servicio militar.
En cualquier caso, las hazañas de Toribión fueron célebres incluso varias décadas después de su muerte. Primero fueron Gonzalo Castañón y Escarano y el periodista Pedro Callejas (seudónimo de Tomás Suárez) quienes escribieron sus peripecias en periódicos de mediados del XIX (todavía no localizados). Más tarde, en los años setenta del pasado siglo, los reportajes del mencionado Constantino G. Rebustiello en La Nueva España y la revista Lena permitieron recuperar algunas de las historias que protagonizó.
A principios del siglo pasado se incluyó su figura entras que aparecían retratadas en las cajas de cerillas de La Fosfera, alcanzando popularidad nacional, de ahí el dicho:
“Hizo tantas maravillas que salió hasta en las cerillas”
UNA HAZAÑA DE TORIBIÓN DE LLANOS
 Julio de 1820, era mediados de mes y en Llanos de Somerón, como en toda la comarca la lluvia pertinaz y abundante no dejaba a los labradores ocuparse de las faenas de la hierba. Debajo de un hórreo del lugar, entre ellos el famoso mata-osos Toribión, varios mozos del lugar mataban las horas de un domingo, cabruñando las guadañas, haciendo mangos para las azadas o entreteniéndose en otras labores, a la vez que charlaban sobre las cosas del pueblo.
Mira, esti año nun coyemos ni un arbeyu. Esos que quedaron de venir de Uviéu, a estudiar el por qué aquí se cosechen tan tarde. Dixen que saben diferentes a los otros, cuentiquinos. Xente que nun tien que facer y quier que perdamos el tiempo.
Decía Tomás el de Colasa, buen parlanchín y excelente segador.
¿Y a Toribión nun y decís na? Fay lo menos dos meses que nun mata un osu. Y eso que diz que un lu hay como él en eso de cazalos.
Apuntó con sorna Joaquín el de Marcela, que siempre que podía gastábale bromas.
Bramó el mata-osos. Miró para Joaquín y díjole:
Calla babayu, sabes bien que nun queda unu desde Bendueños a Valgrande. ¿Quies que dexe les faenes del quempu pa ir a buscalos donde los hay?
Eso son disculpes probes.
En esto los presentes, pese a tormenta, oyeron por la entrada del pueblo camino de Carraluz, unas voces desesperadas y lastimosas. Salieron todos de bajo del hórreo y tapándose con sacos fueron hacia allá. Era Miguel el Tolena que a la vez que corría iba diciendo:
Representación de osa con dos oseznos recién nacidos
Los osos matáronme dos vaques. Dexáronme en la ruina. Nun pude cuidales por lo que chovía. Fue en el altu dando vista a Les Piñeres. ¡Hay mio madre, arruináronme!
Trataron de calmarle. Y todos juntos fueron para debajo del hórreo. Y habló Xuan el Rexidor del pueblo:
Mirái, díxonos el alcalde el sábadu pasao en la Pola que había recibido orden, por la que debía pagar 30 reales, por cada piel de osu que se presentase en el Ayuntamiento.
Nada más decir esto todas las miradas recayeron sobre Toribión. Pero nadie se atrevió a decirle nada. Era mucho lo que llovía.
Joaquín todavía tuvo homor para con sorna comentar:
Y Toribio decía fay un momento que nun quedaban osos por aquí.
No contestó nada el mataosos. Levantóse lentamente de la tayuela en que estaba sentado y dijo, dirigiéndose a Miguel.
Espérame aquí. Voy a mio casa. Non tardo en venir. Y si ye verdá lo que diz el rexidor, nun tas arruináu. Les pieles, además, al vendese dan por elles un puñáu de riales.
Vino pronto. Traía unos zuecos y unas pantalones y un chaleco ajustado, todo muy ajustado al cuerpo. Y colgando de ambas caderas dos grandes cuchillos.
Dime donde te comieron les vaques, y por donde viste les güelles.
Explicóselo bien Miguel. Dióle toda clase de de talles.
Nun vayas ahora Toribión, llueve mucho y será difícil que des con ellos.
Por mio madre, que eses fieres nun fain la digestión de les vaques.
Caza del oso, hacia 1924
Y echó a caminar monte arriba, con un saco sobre la cabeza. Nadie trató de seguirle. Sabían que eso irritaría a Toribio. Y siguieron cabruñando y tratando de consolar a Miguel.
Llegó al alto la Lloria y empezó a rastrear por allí. El agua apenas dejaba rastros de los osos. Pensó entonces que acaso la lluvia les hubiese hecho guarecerse en la cueva del Capitán, y hasta allí fue, cogió dos gruesas piedras y las lanzó dentro. Sintió pronto sendos rugidos. Ya los había localizado. Se puso debajo de una peña, y ató a un palo unos cordeles formando una especie de tea. Se metió dentro de la cueva, la prendió y la tiró con fuerza hacia donde estaban los osos. Estos al ahogarse con el humo pronto salieron. Y entonces Toribio se abalanzó sobre uno y desenvainando un cuchillo, se enzarzó en una feroz pelea con la fiera. El hombre buscaba el asirse contra la piel del oso, sabía que un milímetro de separación podía ser su muerte. Buscó durante unos minutos el pescuezo del animal y cuando pudo hallarlo clavó en él su arma. No se separó rápidamente de él. Esperó a que se fuese desangrando y cuando vio que sus brazos no tenían fuerza, le dejó caer.
Siguió al otro oso. Lo provocó, y cuando se abalanzó sobre él, repitió la faena que había hecho al primero. Y otra vez Toribión cobró presa.
Su cara rezumaba agua por todos los sitios. Y todo su cuerpo. Pero no sabía si de la lluvia o del sudor. Aun tuvo agallas para arrastrarlos hasta la cueva y dejarlos allí. Y reemprendió el camino a Llanos de Somerón. Ya se hacía de noche cuando entró en el pueblo. La gente impaciente esperaba el regreso del mata-osos.
En la cueva del Capitán están los dos osos muertos. Mañana al amanecer dos o tres de vosotros vais conmigo, para ayudame a quitaios la piel. Toribión lo que promete lo fai.
Y así salvó nuestro hombre de la ruina a Miguel. Pero Toribión al llegar a su casa llevaba el brazo derecho y la espalda llena de zarpazos. Tenía nuestro hombre 28 años y ya empezaba a sentir sobre sus carnes las huellas que en ella dejaban los osos y que le harían, cuando aún era relativamente joven, convertirse en un inválido que le obligaba a usar un carrillo de ruedas para andar.
Cazadores asturianos transportando un osezno, a la derecha el Marqués de Villaviciosa
LA ÚLTIMA HAZAÑA DE TORIBIÓN DE LLANOS
Toribio García Morán, “Toribión de Llanos”, fue un personaje de leyenda. Fue el más famoso cazador de nuestro concejo de todas las épocas. Sus hazañas casi pueden compararse con las de Xuanón de Cabañaquinta.
Esperaba los osos a pecho descubierto, dejándose abrazar por ellos, y cuando la fiera le tenía entre sus zarpas le clavaba su cuchillo de forma tan hábil, dándoles muerte. Otras veces provocaba a los plantígrados en sus cuevas para hacerlos salir del cubil y en la salida los esperaba con aquellas imprecisas escopetas de chispa, para abatirlos de certero disparo. Dícese que una vez falló, y el osos, enfurecido, le causó graves heridas.
Hasta su muerte está rodeada de aureola y leyenda. Llanos de Somerón, a principios de siglo, era una aldea agrícola-ganadera, perdida en el valle payariego. Algo turbaba entonces la paz del pueblo. A la entrada, cerca del viejo molino que hacía funcionar un pequeño regato, duendes o brujas rondaban por la noche, decían los vecinos.
Es un “miedo”. Chilla como un “furón”.
Callar por Dios. Es un alma en pena. Anteayer menudo susto me dio. Las vacas no querían acercarse a la reguera. Yo oí el raro auillido.
Esta y parecidas conversaciones se oían en las tertulias del pueblo. Un pueblo que vivía medroso y atemorizado.
Jedediah Smith (1799-1831)
Toribión rondaba la vejez. Yo no era cazador famoso. Pero aún, pese a las huellas que en su cuerpo habían dejado las fieras, conservaba la arrogancia y fortaleza que le habían hecho famoso. Un atardecer…
Toribión, Toribión… Por Dios, protégeme… Allí, junto al molino, las vacas escaparon, vi el “miedo”. Es un monstruo.
Era su esposa la que, asustada, había irrumpido en la cocina dando esos gritos.
Cálmate mujer. Descuélgame la foz y por Dios, cálmate.
No, no vayas. Te conozco y harás alguna de las tuyas.
La casa se había llenado de vecinos. Todos querían convencer a Toribión para que no fuese.
Esto se acaba hoy. Quedaros y esperad.
Allí fue el legendario personaje. Las mujeres iniciaron el rezo y el rosario. Cuéntase que al poco se oyó un aullido extraño. Un grito extraterreno. Pasada media hora apareció Toribión en la casa. Venía pálido y desencajado.
No os asustará más el miedo. Pero llamar pronto al señor cura; yo me muero.
Nadie arrancó una palabra más a Toribio. Cayó en cama y falleció pocas horas después.
Aún pasó mucho tiempo antes de que nadie se atreviese a rondar el molino de noche. Pero jamás se supo que allí se escondiese ningún otro misterio. Toribión se fue a la tumba aquella noche sin querer revelar el enigma.
En Llanos esta leyenda se transmite de padres a hijos, y cientos de veces se cuenta y narra la muerte de Toribión en las esfoyazas o en las tertulias que se forman en las largas tardes invernales.
Dibujo de un oso en posición amenazante
FUENTE: CONSTANTINO G. REBUSTIELLO

Revista Lena, (Robustiello firmaba como Lin de Roces)
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