12 de marzo de 2016

"La Catástrofe minera de Boo" (Aller-Asturias), ocurrida el día 2 de enero de 1889

ACERCA DEL MAYOR ACCIDENTE MINERO EN ASTURIAS, OCURRIDO EN BOO – ALLER.
Publicado en el nº 220 de “ALTO NALÓN/TEMAS DE ASTURIAS”
Escribe Antonio Castejón.
Ilustración de Alfonso Zapico
Nota previa de Albino Suárez, director de “Alto Nalón”.
La mina y la vida minera están indisolublemente ligada a la tragedia. Y a la muerte. Al luto y al drama. Y, en mayor o menor medida, a un silencio histórico convenido y, en otras ocasiones, a una leyenda negra manipulada por intereses y servilismos
Ilustración de Alfonso Zapico
Acerca de la mayor tragedia minera ocurrida en Asturias, en tierras de Boo, Aller, y en la mina llamada La Esperanza o El Picu, no sólo hubo que registrar 30 muertos –¡TREINTA!- sino que se divulgaron noticias  que eximían a la empresa y a la dirección de toda responsabilidad, mientras serviles paniaguados, rastacueros y mendaces personajes miserables, difundían, en carta a los patronos residentes en Madrid, que aquello no podía achacarse , de ninguna manera, a la empresa, que todo había sido por la irresponsabilidad de los mineros, de ,los cuales, quien más y quien menos, eran todos unos apestados de todo lo malo. .. ¡Vamos, que de existir la Inquisición, muy bien, además de muertos trágicamente, podrían ser condenados de alma, de historia y de memoria por los siglos de los siglos, como hacían los inquisidores…!
La historia minera, además de guardar silencio, cuando decía algo, lo tergiversaba y donde había que censurar, premiaba, y donde había que dar honra, desacreditaba en el acontecer minero.
Sobre el trágico accidente ocurrido en la mina El Picu, en Boo, Aller, ha tiempo que teníamos sin publicar este artículo que ahora sí lo hacemos, escrito (y transcrito) por Antonio Castejón, asturiano residente en tierras vascas, y que publicamos ahora en este nuevo monográfico minero, donde queda reflejado el modo de escribir del corresponsal de El Carbayón, que sólo le falta bendecir a unos y condenae a otros, ya por cierto condenados y muertos.

Ilustración de Alfonso Zapico

Parte para su artículo el bueno de Castejón de un suceso escrito por nosotros sobre una explosión de grisú acontecida en el Pozo de Barredos, en 1948, donde también se intentó inculpar a los propios mineros de irresponsabilidad diciendo que fumaban. –Allí no fumaba ni Dios, manifestó un minero que se había salvado de morir, pero no de quedar de por vida  con el cuerpo quemado totalmente, Genaro Barbón, de Ribota,. Véase pues, en este tema de Antonio Castejón, parte de lo que se ha escrito en 1889 , los muertos referidos y la clase de lámparas usadas por los mineros, que más que de seguridad eran de todo lo contrario.
Ilustración de Alfonso Zapico
Albino Suárez. Bilbao, 20-X-2000.
Amigo Albino:
En el número 205-206 de tu revista, bajo el título “El grisú de La Primera en el pozo de Barredos” y rememorando el trágico accidente ocurrido en el año 1948 en el citado pozo, dice el autor (del artículo, no de la explosión de grisú):
“Se contó mucho acerca de la causa que originó la explosión de gas en aquella mina… llegando incluso a sacudirse el polvo de la culpabilidad técnica diciendo que pudo deberse al hábito de fumar.
-Allí no fumaba ni dios –nos han dicho los que lograron salvarse-. Allí la culpa fue de los mandos, que hicieron oídos sordos al peligro.”
Yo tengo un amigo mejicano que en cierta ocasión me comentó que su abuelo materno, vasco de nacimiento, había vivido y fallecido en Asturias. Indagué y llegué a conocer  que el tal vasco era minero y había fallecido en una explosión de grisú acaecida en una mina de Aller, en el año de 1889. Y en la hemeroteca pude leer la crónica que de aquel suceso publicó “El Carbayón” de Oviedo, a principios de enero de tal año 1889. Y a mi amigo mejicano envié transcripción  de la misma, comentándole previamente que el texto “está plagado de adulación a los poderosos… y contiene una gratuita in culpación del accidente a uno cualquiera de los mineros fallecidos…”. Se trataba, tal como se sigue haciendo hoy en casos similares, de exculpar a los adinerados, o bien a las aseguradoras, si es que entonces tenían seguro los mineros.
Ilustración de Alfonso Zapico
La crónica que sigue es deprimente.
Dice así:
“La Catástrofe de Boo”, de enero de 1889.
Sres. Redactores de El Carbayón.
Mis queridos amigos:
Como ayer os telegrafié, gracias a la amabilidad del ingeniero de minas Sr. Santos, pude trasladarme a Caborana en la máquina del ferrocarril de la empresa carbonera del Marqués de Comillas.
No me detendré a describir la importancia de esta cuenca en la rapidísima visita que he hecho, pues aparte de que en el momento actual no es esta mi misión, carezco de conocimientos para detallarla como fuera mi deseo. Día vendrá y la cosa lo merece ciertamente en que sea muy conveniente dar a conocer esta importantísima riqueza minera, digna de ser estudiada con todo detenimiento, y que ha de ser, no tardando mucho tiempo, una de las principales fuentes de prosperidad de nuestra amada provincia.
Al llegar a Caborana, me encontré con el digno juez de primera instancia de Laviana, Sr. Trapiello, y en su compañía y en la del ilustrado ingeniero Sr. Santos, que nos proporcionó las correspondientes cabalgaduras, nos dirigimos al sitio de la catástrofe, enclavado en la parroquia de Boo.
Por no pasar por este pueblo, que continúa hoy como el primer día azotado por la epidemia variolosa, nos dirigimos a Tarancón (que es un camino por todo extremo difícil) al grupo de minas de La Esperanza.
Ilustración de Alfonso Zapico
No me es posible expresar la emoción que sentí al llegar a este punto. Lo primero que percibí fueron los lamentos de una pobre mujer que había perdido a su esposo, con la circunstancia de que éste no trabajaba en la mina, y al oír aquella explosión, le había incitado para que fuera a auxiliar a sus hermanos, pereciendo, por este motivo, asfixiado.
Sin embargo, no presencié entonces escenas como ésta, desgarradoras, porque la mayor parte de los 28 mineros que perecieron eran de otros concejos y no tenían allí sus familias.
En el sitio de la catástrofe y en la casa-habitación del capataz D. José Díaz Sánchez, tuve el gusto de saludar al ilustrado Jefe de Servicio de estas minas D. Manuel Montaves, al Juez Municipal de Cabañaquinta, D. Manuel Fernández Menéndez, quien con el mayor celo y asistido del Secretario, D. José Bernardo y Sánchez, instruyó las primeras diligencias sumariales, al médico de la empresa D. Julio Álvarez, que fue quien prestó los primeros auxilios, a los facultativos del concejo D. Manuel Hidalgo y D. Benjamín Suárez, que también prestaron importantísimos servicios; a nuestro inapreciable amigo D. Inocencio Sela Sampil, representante de la Empresa; al alcalde de Aller, don Ignacio Hevia y Viriella, debiéndose a su  celo acertadas disposiciones como la de habilitar en el acto un local como cementerio, , pues el de Boo, con motivo de la epidemia que diezma este desgraciado pueblo,  se halla completamente atestado y es incapaz para admitir otro enterramiento. También encontré allí al incansable cura párroco de Boo, Sr. D. Manuel Álvarez.
Ilustración de Alfonso Zapico
El ilustrado médico forense de Laviana, D. Eladio García Jove y el actuario Sr. Cuervo llegaron poco después.
Acompañado de la mayor parte de las personas que acabo de citar y de algunos mineros, penetré en el piso interior de la mina Esperanza. Conocéis mi carácter y podréis comprender cuánto habré padecido al encontrarme por vez primera en una mina, y al considerar el horrible espectáculo que iba a presenciar.
No; yo no puedo describirlo; estas cosas no se reseñan, se sienten.
Apenas habíamos recorrido algunos metros, y al llegar a una especie de plazoleta, encontramos once cadáveres hacinados, que en los primeros momentos habían sido conducidos allí por si podía prestárseles algún auxilio.
Con el corazón oprimido caminé algún espacio más… poco… porque la emoción me ahogaba. Divisé a la poca luz de las lámparas otro y otro cadáver, que no habían sido removidos. La posición de unos era con dirección a la bocamina, la de otros a las cunetas. De modo que puede asegurarse que todos comprendieron el peligro en que se hallaron,  y que procuraron ponerse a salvo.
Es indudable que a la imprudencia de un minero se debe esta horrible catástrofe. Todos, según se me dice, llevaban lámparas de seguridad y se cree que aquélla fue ocasionada, bien porque alguien encendió alguna cerilla aplicándola a la rejilla de la lámpara, o bien porque se haya quebrantado ésta por efecto de algún golpe.
Los desperfectos en el interior de la mina no fueron de consideración. Sólo en el punto donde ocurrió la explosión vinieron al suelo o se resintieron varias entibaciones, y quedaron destrozados algunos vagones y muerto el buey que los conducía.
En esta parte inferior, que fue donde se originó la explosión, perecieron 17 personas, y en la parte superior, que no visitamos porque era difícil atravesarla por la mucha agua que a la entrada la anegaba, se hallaban once cadáveres.
Ilustración de Alfonso Zapico
Cinco de éstos eran mineros que al oír desde fuera la explosión, quisieron salvar a sus compañeros, y perecieron asfixiados por el ácido carbónico. Otros dos que los acompañaban, huyeron al notar el peligro.
Todos los cadáveres se encuentran completamente tiznados  por el polvillo del carbón que al verificarse la explosión debió producirse. Al practicar la identificación, es preciso lavarles el rostro.
Hasta la hora presente, cinco de la tarde, van  extraídos once cadáveres, que son colocados en una caseta-almacén inmediata a la bocamina.
Se notan en algunos terribles quemaduras en cara y pecho, y he visto los cuerpos  de tres mineros completamente destrozados. Muchos de ellos perecieron por asfixia.
En este momento continúa la identificación de cadáveres, y con objeto de poder telegrafiaros, salgo por caminos inverosímiles y acompañado de los Sres. Santos y Sela Sampil, con dirección a Ujo, que dista de aquí dos leguas y media.
He presenciado escenas tristísimas, como la de un pobre padre que con una serenidad y sangre fría verdaderamente espartanas, iba recorriendo los cadáveres y al llegar al de su hijo, le registró los bolsillos, sacándole el reloj y la petaca, pidiendo permiso al señor juez para llevar estas prendas como recuerdo.
Ilustración de Alfonso Zapico
También hubo actos heroicos que costaron la vida a no pocos infelices. El jefe de servicios, D. Manuel Montaves, al tener noticia de la catástrofe, penetró en la mina con el objeto de salvar al que encontrara con vida. Sin reparar en el peligro que corría, echó sobre el hombro a un minero cuyo corazón aún palpitaba, transportándolo de este modo más de 300 metros, y al llegar a la bocamina cayó casi asfixiado, siendo auxiliado por las personas que allí se hallaban.
Como ayer dije, entre las víctimas hubo tres heridos, dos de los cuales fueron trasladados al pueblo cercano de Boo; a éstos no pudo tomárseles declaración por el estado grave en que se encontraban. Al tercero, que se halla en la caseta del capataz, y que también está grave por las fuertes quemaduras que tiene en la cara, le hice algunas preguntas acerca de las causas de la catástrofe, contestándome que lo ignoraba completamente, que sólo percibió un fuerte fogonazo y que después quedó sin sentido.
No perecieron más mineros debido a una circunstancia puramente casual. El día anterior, primero de año, algunos celebraron la fiesta, y como les está prohibido entrar en la mina en mal estado, no concurrieron a los trabajos doce o catorce mineros, que a esto deben su salvación.
El juez Sr. Trapiello ha dado orden para que mañana vengan a reconocer la mina dos capataces de Mieres.
Ilustración de Alfonso Zapico
He aquí la lista de las personas que perecieron en la catástrofe:
Juan Trapiello (caballista), Blas Díaz (pinche), José Mendaro (barrenista), Anacleto Martínez (barrenista), José García Valdés (Entibador), Ramón Ovide Lastra (Picador), Manuel Mallada (vagonero), José Pérez (vagonero), José Mallada (vagonero), Anastasio Álvarez (vagonero), Inocencio Fernández (éste y todos los que siguen “en la explotación”), Celestino Arias, Manuel García Sital, Juan Otero, Antonio Martínez, Pedro Delgado, Florencio Mallada, Bernardo Fernández, Santiago Fernández, Prudencio Canga, Prudencio Díaz Álvarez, Paulino García Lerón, Nicolás Palacios, Ventura Fernández, Silverio Hevia, Carlos Fernández, José Zapico y José Canga.
Heridos graves: José Díaz Álvarez, José Fernández Vara y José Martínez.
No sé si os dije que la catástrofe ocurrió a las once u once y media de la mañana del día dos de enero de 1889.

No puedo extenderme más. Escribo precipitadamente y la carta irá incorrecta.
Hasta mañana se despide  vuestro compañero, Miguel Paredes.
Hasta aquí, la indecente crónica publicada en El Carbayón.
Ilustración de Alfonso Zapico

El José Mendaro mencionado entre las víctimas, era José María Aguirregomezcorta Bastida (ver Aguirregomezcorta; se le cita en el apartado VIII), cuyo primer apellido se trastocó en MAZCORTA, y que entre sus compañeros era conocido como MENDARO, por ser éste su lugar de origen y nacimiento.
El diario gijonés El Comercio era más categórico al definir la causa de la explosión. Decía, en medio de larga crónica, esto que transcribimos (y no olvidemos que escribía al día siguiente de la explosión):
“Según los datos recogidos y los estragos producidos por el grisú, puede asegurarse que la causa fue debida a una imprudencia temeraria de alguno de los 5 operarios que estaban trabajando en el ¿?  de la sobreguía, en el primer piso.
Al parecer y según todas las probabilidades, uno de aquéllos había picado la redecilla de la lámpara o encendido una cerilla para fumar (…)”.
Así se escribe la historia.
Portada de La-Balada del Norte. Ilustración de Alfonso Zapico

FUENTE: Antonio Castejón. http://www.euskalnet.net

Todas las ilustraciones de este artículo son del ilustrador y profesional gráfico Alfonso Zapico.


Alfonso Zapico (Blimea, Asturias, 1981). Ilustrador y autor de cómic español, trabaja como profesional gráfico desde 2006.
Ha realizado ilustraciones, diseños, animaciones y campañas para diversas agencias de publicidad, editoriales o instituciones. Ha trabajado en proyectos educativos del Principado de Asturias (Aula Didáctica de los Oficios) e impartido talleres de ilustración en centros educativos de Asturias y Poitou-Charente (Francia).
Colaborador de diarios regionales asturianos (La Nueva España, Cuenca del Nalón), como autor de cómic ha publicado varias obras: La guerre du professeur Bertenev (Paquet/Dolmen 2006), Café Budapest (Astiberri 2008), Dublinés (Astiberri 2011) o La ruta Joyce (Astiberri 2011). Sus títulos más recientes son El otro mar (Astiberri 2013), auspiciada por la Fundación Mare Australe de Panamá, o Cuadernos d’Ítaca (Trabe 2014). Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, alemán o polaco (...) http://alfonsozapico.com
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