10 de mayo de 2015

Las llamadas "enfermedades secretas" en el Mieres de la Guerra Civil

El látigo de Venus

Ilustración de  José Gutiérrez Solana, prostitutas
El papel de la prostitución y de las enfermedades de transmisión sexual en la Guerra Civil y el caso concreto de dos burdeles de la localidad de Mieres
Ilustración de Alfonso Zapico
Las enfermedades de transmisión sexual fueron un grave problema para los dos bandos combatientes en la última guerra civil. Por supuesto, los nacionales relegaron por simple discriminación a la mujer a la retaguardia, pero los partidos socialista y comunista tampoco las quisieron en el frente. En ambos casos se evitaba también el posible contagio venéreo entre las tropas mixtas. Por su parte los anarquistas, que no hicieron distinción de sexo en sus milicias, tuvieron que pagar las consecuencias. Es sabido que en la Columna Durruti encontraron acomodo muchas chicas salidas de los burdeles barceloneses y ante el avance de las enfermedades el jefe rojinegro tuvo que proceder a sanear sus tropas contradiciendo sus principios igualitarios.
Imagen de Prostíbulo

En tiempos de Franco, José María Gironella escribió que Durruti ametralló personalmente en la Estación de Bujaraloz a los homosexuales y las prostitutas de su columna; una información que luego se apresuró a recoger alborozado el panfletario Pío Moa, pero la realidad es que ni Bujaraloz tenía estación de ferrocarril ni consta que en el pueblo se haya fusilado a nadie por su condición sexual.
Lo que sí se hizo fue abrir allí una especie de dispensario antivenéreo y enviar a todas las mujeres de la Columna a pasar reconocimiento médico. El sacerdote Jesús Arnal, que seguramente inspiró el papel del actor Miguel Bosé en la película "Libertarias" recogió las palabras del mítico cenetista en su libro "Yo fui secretario de Durruti, Memorias de un cura aragonés en las filas anarquistas": "Habla con la gente de Transportes y manda todos los vehículos disponibles a las centurias. Que recojan a las milicianas, sin dejar ni una; que las lleven a la estación de Sariñena y que las facturen a Barcelona en vagones precintados. ¿Lo oyes bien? ¡Precintados!
La columna Durruti, una de las mas conocidas estaba formada por hombres y mujeres de la CNT  http://rubenextremopunk.blogspot.com.es
La orden se cumplió al pie de la letra, pero fue un fracaso. No habían pasado quince días cuando volvieron aparecer mujeres en las centurias, quizás las mismas que habíamos pasaportado y con las mismas o más ganas de "distraer" al personal: Es cierto que sus estragos fueron menores que antes, no porque faltara materia prima, sino porque la gente estaba ya entrenada en el uso de artilugios profilácticos y, habiendo desaparecido el lazareto de Bujaraloz, no tenía el menor interés dejarse cazar por la enfermedad. Este fue uno de los sucesos que se comentaron torcidamente, llegándose a afirmar que Durruti mandó fusilar a parte de las responsables del contagio".
Imagen de Prostituta fumando

Lógicamente el problema también tuvo su reflejo en Asturias. Santiago Blanco "El Avilesu" explicó también en "El inmenso placer de matar un gendarme" como Sanidad Militar decidió cortar por lo sano y cincuenta o sesenta de esas respetables damas fueron recluidas en un chalet contiguo al cuartelillo miliciano de Mieres para ser sometidas a rigurosos exámenes médicos: "Cuando se consideraban limpias de polvo y paja -valga la expresión- se dejaban en libertad, casi como trigo limpio con la prohibición enérgica de que volviesen al frente de guerra? montaron sus burdeles en los pueblos, en la retaguardia, para seguir su respetable misión de regodearse nuevamente con polvo y paja, y otros caprichos, iniciando una atrevida inflación puesto que comenzaron a cobrar diez pesetas, como si fuesen francesas".
Yendo a lo concreto, el 16 de diciembre de 1936, el responsable del Dispensario Oficial Antivenéreo de esta villa, después de haberse dirigido sin resultado a las autoridades sanitarias, presentó un escrito a la Alcaldía contando su problema. En los primeros meses de la guerra una bomba había causado graves daños en el edificio que alojaba este servicio y desde entonces resultaba impracticable para atender a los enfermos.
Ante la evidencia de que ya no se iban a reparar los daños, su petición era la de que las instalaciones se trasladasen hasta el local que había ocupado en tiempos de paz la Casa de Socorro, en un bajo del edificio consistorial que en aquel momento se encontraba sin uso, apoyando esta demanda con la afirmación de que la suya era una labor sanitaria de gran importancia higiénico-social.
Mujeres de la vida (1916) de José Gutiérrez Solana

El traslado al centro de la población suponía que las llamadas "enfermedades secretas" lo fuesen un poco menos, pero todos sabían que el doctor no exageraba y que los contagios por transmisión sexual se estaban multiplicando -sobre todo entre los militares- desde que las medidas para controlar médicamente a la prostitución impuestas por los gobiernos republicanos se habían relajado.
Por la misma época, el Instituto de Higiene Militar editó un cartel con la imagen de un miliciano tocado con una gorrilla de campaña de las que se utilizaban en el frente de Oviedo y que parecía atento tanto al enemigo como a tres enormes balas que se representaban sobre él, cada una con su nombre, blenorragia, chancro blanco y sífilis y una vista al microscopio de sus respectivas bacterias. Con ellas un texto explicativo dejaba clara la amenaza: "He aquí las tres terribles balas que te amenazan tras el parapeto de la mujer galante. ¡Te hieren con placer pero envenenan tu cuerpo para siempre! ¡Alerta!".
La incidencia de estas enfermedades se acercaba ya a la de la temida tuberculosis, por ello en marzo de 1937 el Sindicato Sanitario de la UGT propuso dotar al Dispensario Antivenéreo de la villa con una plantilla de expertos que ya bregaban también contra la tisis: el director sería el médico Martín Fernández y Fernández-Pello, acompañado del auxiliar-practicante Patricio Carro Losada, de la enfermera María García y del enfermero Zósimo Barriales González.
La prostitución femenina ha sido una constante en la historia. Obra Piano-Bar de Alberto Sughi                           orejitas-perfumadas.blogspot.com

Dos meses más tarde el alcalde Alfredo González Peña recibió un informe dramático firmado por un capitán médico de los servicios de sanidad de la sección 4ª del Estado Mayor del Ejército del Norte. En él se decía que tras haberse detectado casos de blenorragia entre los soldados destacados en la zona se había procedido a reconocer a las mujeres dedicadas al comercio sexual en la villa, encontrando a varias infectadas, cuyos nombres y enfermedades se adjuntaban en una hoja aparte.
Se trataba de ocho prostitutas -cuyos nombres me callo tanto por respeto como por seguir el prudente consejo de la encargada de nuestro archivo municipal- que se repartían entre ellas siete casos de gonococia, una pediculosis, una parotiditis y una posible sífilis. Para impedir su actividad se consideraba necesario su traslado acompañadas por agentes de seguridad hasta el Departamento de Sanidad de Gijón y que allí se dispusiese su reclusión en un lugar adecuado.
Las meretrices de Mieres trabajaban en dos establecimientos del barrio de Gonzalín, que aún recordarán los más mayores y de los que ya conté alguna anécdota en otras ocasiones, puesto que prolongaron su actividad en la posguerra, ajenas a los cambios políticos: Casa "Cloti" y el Regina Bar. Ya han visto que estaban afectadas mayormente de gonococia, o si lo prefieren blenorragia, o también gonorrea, que el bicho atiende por todos estos y más nombres. Es una infección que suele manifestarse entre los 2 y los 21 días después de haber tenido el contacto sexual y su primer síntoma es una asquerosa secreción mucosa y purulenta de color amarillento que libera el pene.
Ilustración de Alfonso Zapico

Por otra parte, la pediculosis no es más que la denominación médica de las ladillas, unos insectos de seis patas, que se acomodan como minúsculos cangrejos en el vello púbico originando un gran picor que a veces provoca lesiones en la piel por el rascado. Y, para entendernos, la parotiditis son paperas, que se transmiten por los besos y la saliva, por lo que ustedes pueden suponer que un burdel es un lugar privilegiado para su contagio.
Las tres infecciones pueden ir de la molestia a la gravedad y aunque ninguna de ellas es una bendición, lo de la sífilis es aún peor, porque hoy ya se puede curar desde sus fases iniciales con penicilina y otros antibióticos, pero contraerla en 1937 podía suponer acabar ciego, loco o incluso muerto. Por ello la carta concluía con la advertencia del Jefe de Sanidad Militar del Sector de que la investigación no estaba cerrada y que estaba dispuesto a realizar una enérgica labor de profilaxis antivenérea "en beneficio de nuestros soldados en especial y de la población en general".
Aquel mismo día, 29 de mayo de 1937, con una rapidez que hoy se nos antoja casi de ciencia ficción, desde el Ayuntamiento ya se puso a disposición del consejero de Sanidad a las ocho mujeres conducidas por agentes de la Sección Rural de la Seguridad Nacional, aunque nos consta que los burdeles nunca fueron clausurados.
Y es que cuando se vivía en unas circunstancias donde cada hora podía ser la última, la prostitución se convirtió en uno de los pocos recursos de los soldados para evadirse de la triste realidad sin pensar en las consecuencias de sus actos para un futuro que a lo mejor no iba a llegar nunca. Perdónenme la expresión, pero las guerras siempre han sido una putada.
Ilustración de prostitutas en un burdel
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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