20 de mayo de 2015

La operación del marqués de la Ensenada en el siglo XVII

Después de la gran redada (Art. actualizado)
El Marques de la Ensenada, Museo del Prado
La operación del marqués de la Ensenada en el siglo XVII para arrestar y erradicar de España a todas las personas de etnia gitana, consideradas maleantes 
  
Sin prisa, Ensenada fue despejando el camino hacia la “solución final”: oyó a los capitanes generales y a los intendentes de los arsenales





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El nombre del marqués de la Ensenada recuerda inmediatamente al Catastro que se realizó siguiendo su consejo y que constituye la mejor fuente de información sobre la vida española en el siglo XVIII. Don Zenón de Somodevilla -que así se llamaba el aristócrata- fue uno de los personajes fundamentales de nuestra Ilustración y ejerció altos cargos de Estado en los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, aunque sus ideas se desarrollaron sobre todo en el periodo fernandino.
Aquella consulta se realizó en los 15.000 lugares que se repartían por la Corona de Castilla con la intención de ajustar la recaudación a la realidad de cada territorio, exceptuando a las provincias vascas porque estaban exentas de impuestos, y es importante para los historiadores porque entre sus cuarenta preguntas incluía algunas sobre las características de cada lugar y de sus habitantes, con datos sobre oficios, rentas y propiedades e incluso el número de tabernas, mesones y tiendas de todo tipo que tenían a su disposición.

Gitano
Ensenada trabajó, como he adelantado más arriba, con Fernando VI. No puedo dejar pasar esta ocasión para contarles que él fue el más extravagante de los monarcas que ha tenido nuestro viejo y herido país, aunque debemos justificar sus rarezas porque derivaban de una enfermedad mental. Ahora, les pido que si están comiendo mientras leen esta página o son personas escrupulosas, se salten el siguiente párrafo.
En la última etapa de su vida, el hombre estuvo obsesionado por la idea de que cada vez que estaba obligado a evacuar su vientre ponía en riesgo su alma, ya que podía escapársele por el esfínter. En consecuencia, procuraba demorar sus visitas al servicio, llegando en ocasiones a taponar su real orificio para impedir la defecación. Finalmente, acabó muriendo en su retiro del Castillo de Villaviciosa, después de haber protagonizado lamentables episodios escatológicos, tratando de comerse aquello que acababa de desalojar de su cuerpo para que volviese a su lugar original o lanzando sus deposiciones a los criados cuando trataban de impedir la insólita maniobra.
Está escrito que, cuando murió, el informe de su médico incluyó este significativo párrafo: «Privado de los consuelos de la religión, y entre sus propios excrementos, ha fallecido Fernando VI, el más pulcro y religioso de los hombres».
Volviendo al marqués de La Ensenada, a la responsabilidad histórica de su famoso Catastro, se añade también la de haberse encargado del episodio conocido como Gran Redada o Prisión General de Gitanos. Una operación que se desarrolló tan solo unos meses antes, el miércoles 30 de julio de 1749, con el objetivo de arrestar y erradicar de España a todas las personas de esta etnia, a las que se consideraba gentes de mal vivir y propensas al robo y a toda clase de delitos contra el resto de la ciudadanía.
Esta increíble operación se planeó minuciosamente y con total discreción en el Despacho de la Guerra, de donde partieron órdenes específicas para cada capitanía que debían guardarse en secreto para abrirse simultáneamente en todo el territorio nacional. Aunque los responsables directos fueron los Capitanes Generales, encargados de elegir cuidadosamente a los oficiales y las tropas que debían intervenir en la acción, los obispos de cada diócesis también tuvieron sus propias instrucciones elaboradas por el Nuncio Apostólico.
Cuando llegó el día que les he señalado, los sobres lacrados que contenían la disposición se abrieron en presencia de las autoridades civiles y, en una acción inédita en la que colaboraron al alimón los militares con las fuerzas de orden de cada localidad, fueron encarcelados más de 10.000 gitanos. Los varones que tenían entre 15 y 50 años se remitieron a los astilleros o los regimientos fijos de los presidios de África, los menores, hasta los 12, se destinaron a las industrias estatales o los remos de los navíos del rey; quienes no alcanzaban esa edad y las mujeres, se encerraron en instituciones que en algún aspecto eran similares a los campos de concentración y en los pueblos solo se permitió quedarse a los mayores de 50 años, lo que en aquella época significaba estar ya en la ancianidad, prohibiendo sus desplazamientos hasta que les llegase el momento de la muerte, que debía procurarse cristianamente en los asilos y casas de misericordia.
Asturias no era en aquel momento una región especialmente poblada por los gitanos, aunque bajo esta denominación era corriente incluir también a los vagabundos o cualquier otro tipo de gentes que llevase una vida irregular, así que los detenidos fueron pocos y además, como sucedió en todo el país, los más afectados por la medida fueron aquellos que habían intentado regularizar su situación asentándose para dedicarse a algún oficio digno, ya que su localización era mucho más sencilla que la de los trashumantes que se desplazaban constantemente con sus carromatos de un pueblo a otro.
Esta injusticia no pasó desapercibida para quienes los tenían como buenos vecinos y decidieron interceder rápidamente pos su liberación hasta conseguir una contraorden que hizo revisar cada caso individualmente, de manera que muchos pudieron regresar a sus casas? para encontrarse con que sus bienes habían sido vendidos en subasta y tenían que volver a empezar de nuevo.
En 1763, Carlos III, del que también debemos decir que ha sido el mejor monarca que ha tenido España, decidió concederles la amnistía y revisar de paso la legislación que les afectaba, pero la burocracia hizo que una cosa dependiese de la otra y la orden tardó en ejecutarse dos años, aunque veinte años más tarde aún había quien estaba cumpliendo condena por actos cometidos en los años de su condena que eternizaron su puesta en libertad.
Por aquellas fechas -1783- el rey aprobó otra pragmática e intentó delimitar el problema gitano haciendo un censo sobre ellos y preguntando a las diferentes regiones cual era su situación real y la problemática que ocasionaban. En 1976, la recordada revista Asturias Semanal publicó un trabajo del investigador Antonio Gómez Alfaro sobre el informe que había elaborado la Real Audiencia de Oviedo en respuesta a aquella solicitud. En él aparecen los tópicos de siempre sobre la vida licenciosa y la afición al delito de la etnia calé, pero también algunos datos llamativos como la reticencia que tenían los propietarios a arrendarles una vivienda, lo que forzaba a aquellas familias que querían asentarse a vivir debajo de los hórreos o en pajares.
De la misma forma, no sorprende que quienes trabajasen lo hiciesen preferentemente como herreros, pero sí que el segundo oficio más elegido fuese el de gaitero, un dato en el que deberían profundizar nuestros musicólogos.
Cuando faltaban quince años para concluir el siglo XVIII, los gitanos asturianos se podían contar con los dedos de pocas manos y se repartían por ocho concejos, tres de ellos en la Cuenca del Nalón. En Caso había dos hermanos, el cerrajero Javier Obaya, que falleció al cumplir los 20 años dejando una hermana de 11, que fue trasladada a Oviedo. En la parroquia lavianesa de Lorio habitaban dos mujeres, Ángela Ceballos y Tomasa Rivera, madre e hija de 70 y 44 años respectivamente, que también fueron trasladadas al Hospicio de Oviedo donde ya estaba recogida una hija de la segunda.
Por último, en Sobrescobio, estaba José Francisco Quiroga, de 26 años, quien fue condenado a pasar cuatro años en los arsenales de San Fernando de Cádiz por hacer vida marital con Manuela Flórez. Ella, que tenía entonces una niña de pecho y otro hijo de 5 años recogido también en el Hospicio de la capital, fue condenada por el mismo motivo a un año de cárcel.
Si hacemos caso a la estadística y la evolución de los censados, podríamos concluir afirmando que no quedó ningún gitano en la Montaña Central, aunque sabemos que no fue así, porque además de aquellas familias que siempre se resistieron a frenar su eterno peregrinaje, también estaban aquellas familias que escogieron vivir apartados en las zonas de montaña más próximas a León, alejándose de aquella sociedad que no comprendía sus costumbres y los persiguió implacablemente.
Si a ustedes, como a mí, les llaman la atención que nuestros vecinos gitanos llevasen los apellidos que les he citado, debo decirles que esto se debía al hecho de que muchas familias fueron tomando como propios los de aquellos propietarios que habían empleado a sus antepasados como jornaleros y que en algunos casos eran nobles. Así se explica la existencia de Vargas, Heredia o Montoya en Andalucía, o de Valdés o Bernaldo de Quirós en Asturias, que también figuran en los documentos de esta misma época.
A lo mejor ya conocían esta historia curiosa, si no es así, espero que les haya gustado tanto leerla como a mí me ha gustado escribirla.
Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE:  ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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Somodevilla y Bengoechea, Zenón de. Marqués de la Ensenada (1702-1781)

Retrato del marqués de la Ensenada, por Pierre Jouffroy, c. 1770, Museo de Valladolid.
Estadista español nacido en Hervías (La Rioja) el 20 de abril de 1702, festividad de San Zenón y muerto en Medina del Campo (Valladolid), el 2 de diciembre de 1781. Permaneció soltero durante toda su vida. Junto con José Patiño es el estadista español más importante del siglo XVIII. Fue precursor de las reformas que luego fueron realizadas durante el reinado de Carlos III. Su labor se extendió especialmente en el campo de la economía y obras públicas. Igualmente reorganizó el Ejército y la Marina.
Fue bautizado en un primer momento en la localidad de Hervías. Sin embargo se conservaron dos partidas de bautismo, ambas legales. La primera partida era de 25 de abril y fue la de Hervías, en la que se indicaba que dicho bautismo se hizo por causa de necesidad. Era en esta localidad donde residió residía su familia cuando él nació. La otra partida era de fecha 2 de junio en Alesanco (La Rioja). Esta se hizo por mantener los derechos de hidalguía inherentes a los bautizados en Alesanco, ya que la familia paterna tenía su origen en esta segunda localidad. Sus padres fueron Francisco Somodevilla y Francisca Bengoechea Martínez, que se habían casado en 1688 cuando tenía el esposo veintitrés años y la esposa dieciocho. El nació en la localidad de Alesanco y ella en la de Azofra (La Rioja). Su padre, debido al lugar donde nació, tenía privilegio de hidalguía. Zenón Somodevilla nació en Hervías debido a que su padre ejerció en esa villa el oficio de notario apostólico, es decir, era el encargado de elaborar los documentos eclesiásticos. Aquí residió con su familia entre 1698 y 1704. El matrimonio tuvo seis hijos, Juana, Teresa, Zenón, Julián, Sixta y Paula. Dos de ellos en Hervías. Aunque tenía el padre condición hidalga, la familia era modesta en su forma de vida. Los bisabuelos de Zenón Somodevilla, tanto paternos como maternos, habían tenido su lugar de nacimiento en localidades riojanas. El origen último del linaje Somodevilla parece ser que estaba en el valle de Ezcaray, en La Rioja, mientras que el materno, Bengoechea, se situaba en Zorrain, Vizcaya. Los primeros años de la vida de Zenón Somodevilla eran poco claros. En 1705 la familia se trasladó a la localidad de Azofra para después, ya de forma definitiva, hacerlo a Santo Domingo de la Calzada en 1707. Recibió los primeros estudios en la escuela parroquial de Azofra. Su padre murió en febrero de 1711 en Santo Domingo de la Calzada cuando él tenía ocho años y era el varón primogénito. En 1720, cuando ya tenía dieciocho años, estaba trabajando en Cádiz como escribiente de una compañía de fletamientos de barcos, aunque no se sabe cuando llegó allí. Ese mismo año José Patiño fue a Cádiz y visitó el arsenal de La Carraca. Allí conoció a Zenón Somodevilla y se lo llevó de regreso a Madrid, donde le introdujo como funcionario en la Armada el 1 de octubre de 1720.

Ascenso al poder
El cargo con el que ingresó en el la secretaría de Marina fue el de oficial supernumerario; el 15 de julio de 1724 ascendió a la que se denominaba clase de segundo; en 1725 ascendió a oficial primero y con este grado recibió el puesto de comisario de matrículas de la costa cántabra. En 1726 estaba asentado en el astillero santanderino de Guarnizo, en término municipal de Camargo. En este puesto estaba bajo las órdenes de otro de los grandes personajes políticos españoles del siglo XVIII, José Campillo. El 6 de noviembre de 1728 ascendió a comisario real de Marina, por lo que regresó a Cádiz; el 14 de abril de 1730 recibió la orden y se dirigió hacia Cartagena, donde ejerció el cargo de contador real pero ese mismo año, el 6 de octubre, se le mandó ir a El Ferrol como comisario real. En todos estos cargos y destinos destacó su labor como gran organizador y administrativo que además tenía una enorme capacidad de trabajo. Igualmente destacó en que desempeñó su labor atendiendo estrictamente a las órdenes que recibió.
Como oficial administrativo de la secretaría de Marina, Zenón Somodevilla participó en la organización de diversas campañas militares en las que estuvo presente.
La experiencia en temas militares se inició en 1732 con motivo de los planes realizados para la conquista de la plaza norteafricana de Orán. Esta plaza fue ocupada en 1509 por tropas castellanas mandadas por el regente de Castiila, el cardenal Cisneros. Fue conquistada en 1708 por el rey turco de Mascara, que aprovechó la debilidad española motivada por la Guerra de Sucesión. La escuadra que se formó en Cádiz desde 1731 zarpó de ese puerto el 12 de mayo de 1732 con derrota hacia el de Alicante. Zenón Somodevilla, con su cargo de comisario real, embarcó en el navío San Felipe, el mismo en el que embarcó desde Alicante cuando se reunió la flota procedente de Cádiz con otra que se formó en Alicante y otra en Barcelona. La salida desde Alicante fue el 15 de junio y tras una tempestad que hizo que volvieran a buscar refugio, llegó la expedición frente a su objetivo el 28 de junio. La conquista se realizó en poco tiempo y el 1 de agosto, en el mismo navío San Felipe embarcó rumbo a España tras haber dejado bien provista a la ciudad recién vuelta a la soberanía española. Por la labor que desempeñó Zenón Somodevilla recibió como recompensa el 29 de septiembre de 1732 el ascenso a comisario ordenador de Marina. Para este nuevo ascenso recibió la orden y se incorporó a un nuevo destino, esta vez en El Ferrol.
Una de las líneas de la política exterior española tras el segundo matrimonio del rey Felipe V con la italiana Isabel de Farnesio, en 1714, fue la recuperación de las posesiones italianas. Estas se habían perdido para la monarquía hispánica cuando se firmó el tratado de Utrecht de 1713. En función de esta directriz política principal, se organizaron diversas campañas militares con destino a la península Italiana y en ellas Zenón Somodevilla tuvo un papel muy destacado. Con su cargo de comisario ordenador se dirigió desde El Ferrol hasta Italia como intendente de la Armada en la flota que estaba encargada de llevar al ejército mandado por el duque de Montemar.
Desde Italia tregresó brevemente a España en 1734 en una comisión pero regresó a Italia, donde llegó el 7 de agosto, vía Cádiz. Tenía como encargo el mantenimiento de las armas navales empleadas, así como la administración económica de la flota. La misión principal de la expedición española era recuperar y después mantener y consolidar el reino de Nápoles para la corona de España. Con esta expedición se logró la conquista de la ciudad tirrena de Liorna, lo que permitió al infante don Carlos hacerse coronar con el nombre de Carlos VII, cuando tenía dieciocho años. La recompensa a la significativa labor de Zenón Somodevilla fue su nombramiento como marqués de la Ensenada, título con el que fue conocido en la Historia. Tenía el marqués cuando recibió el título treinta y cuatro años, puesto que corría el mes de diciembre de 1736. Este título se le concedió a él a perpetuidad y con derecho a ser transmitido a sus sucesores legales.
Entre 1737 y 1741 estuvo el marques de la Ensenada en España donde recibió nuevas responsabilidades. En 1737 el rey Felipe V creó el denominado Consejo del Almirantazgo para fomentar y proteger a la Marina, tanto la de guerra como la comercial. Pero además el rey quería que el segundo hijo de su matrimonio con Isabel de Farnesio, el infante don Felipe, se fogueara en las labores administrativas para lo que le dio la presidencia del Consejo recién creado. La orientación final que quería su madre, Isabel de Farnesio, era que su hijo ocupara el ducado de Parma, cuestión que no ocurrió hasta después de 1746, con su padre, el rey Felipe V, ya fallecido.
Como secretario del Consejo se nombró al marqués de la Ensenada quien desarrolló las actividades para las que se creó el Consejo y con su labor inició el camino que le llevó a ser considerado como uno de los grandes creadores de la Armada española moderna dado que tomó medidas que permitieron su evolución desde las bases que sentó José Patiño. Así el marqués de la Ensenada: creó las denominadas matrículas de mar que permitieron la incorporación a la Armada de todos los varones del reino que se dedicaban a la pesca; ejecutó el reglamento de sueldos, gratificaciones, prestaciones y emolumentos de los miembros de la Armada; creó el arsenal del Departamento Marítimo de Cartagena; contribuyó a la modificación y mejora de la instrucción que recibían pilotos y guardiamarinas; además fomentó el desarrollo de la industria de fabricación naval en América.
En 1739 el infante don Felipe, presidente del Consejo del Almirantazgo, se casó con una hija de Luis XVde Francia, Isabel. En 1740 murió el emperador Carlos VI y Felipe V reclamó los territorios imperiales de Italia, concretamente la Lombardía cuyo centro era la ciudad de Milán. En virtud de su matrimonio se nombró al infante don Felipe generalísimo de los ejércitos españoles en Italia. El marqués de la Ensenada fue designado secretario de Guerra y de Estado del infante, lo que tuvo repercusión administrativa inmediata en su ascenso al grado de intendente general del ejército y de la marina de la expedición que se envió a Italia con motivo del traslado del infante. Dicha expedición salió de España en febrero de 1741 y una vez en Italia se le unieron las tropas de su hermano Carlos VII rey de Nápoles (el futuro Carlos III de España). Esta intervención española comenzó un conflicto bélico con diversas potencias europeas debido al afán que se tenía por mantener los derechos sobre esos territorios. Este afán se mantenía por la voluntad de Isabel de Farnesio por colocar a su hijo Felipe en el gobierno de algún estado europeo. En función de los servicios que prestó el marqués de la Ensenada el rey le concedió, el 25 de enero de 1742 el hábito de caballero de la real y militar orden de Calatrava. Sin embargo aún pasó muchas vicisitudes en Italia en el tiempo que permaneció junto con el infante don Felipe, entre marzo de 1742 y abril de 1743. En este tiempo fue el marqués de la Ensenada el principal consejero del infante. Cuando llevó el marqués de la Ensenada algo más de un año en Italia, recibió que cambió su vida. La noticia fue que el 11 de abril de 1743 murió el secretario José Campillo, que era desde 1741 secretario o ministro de Hacienda, cargo que ya tenía con anterioridad, de Guerra, de Marina y de Indias. El mismo día de la muerte del ministro decidió el rey encargar al marqués de la Ensenada las cuatro secretarías o ministerios vacantes. Cuando supo de tal encargo, el marqués pretendió, con diversas cartas que envió a nobles del entorno de los reyes, que no se le hiciese tal ofrecimiento. Sin embargo, el 25 de abril de 1743 recibió carta del rey con su nombramiento formal para las mencionadas cuatro secretarías, y junto a este nombramiento recibió instrucciones por las que regresó a España.
Ensenada, marqués de la. Zenón Somadevilla Bengoechea - Personajes 
Gobierno del Marqués de la Ensenada
El 1 de mayo estaba en Barcelona y el 8 de ese mes llegó a Aranjuez y ante los reyes intentó nuevamente rehusar a dichos cargos, pero los monarcas no accedieron. El 9 de mayo se emitió el decreto que contenía los cuatro nombramientos y el día 10 juró los mismos. Estuvo once años frente a esas secretarías o ministerios, tres con el rey Felipe V y el resto con el rey Fernando VI. Pero no recibió solo las cuatro secretarías, sino que tembién se le dieron los siguientes cargos entre esta fecha y el 31 de julio de 1743: Superintendente General de las Rentas Generales de Millones; Juez del Resguardo de las rentas tanto del campo como de las Puertas de Madrid; Superintendente General de la Renta del Estanco del Tabaco, así como presidente de la Junta del Estanco del Tabaco; Lugarteniente General del Almirantazgo; Notario Público de los Reinos de España. Más tarde recibió otros nombramientos: el 9 de octubre de 1745 Consejero de Estado; ya con el nuevo rey Fernando VI, se le nombró Secretario de la reina Bárbara de Braganza el 15 de septiembre de 1747; Capitán General de la Armada y del Ejército el 22 de noviembre de 1749. También recibió otros nombramientos y títulos más honoríficos: el 12 de abril de 1750 caballero de la orden del Toisón de Oro; el 27 de octubre también de 1750 caballero de la orden de San Juan de Jerusalén o de Malta. Con todos estos cargos y tras los reyes, se convirtió en el personaje más importante de la monarquía.
A nivel teórico el marqués de la Ensenada desarrolló una serie de medidas que creía necesarias para la mejora de diversos aspectos de la monarquía. Respecto a la Justicia, pretendió que las diversas normas y leyes se unieran en un único Código, civil y criminal, que fuese claro y sucinto; en comercio pretendió el establecimientos de fábricas que suministraron al consumo interior y que evitaran la fuga de capitales con las compras al exterior. Respecto al comercio exterior, indicó que sostenía la navegación y así se aumentaba la marinería para la Armada. Así mismo los impuestos creados por el comercio permitían un aumento de las rentas reales; también pretendió una reforma cultural que afectase tanto a las universidades, academias, archivos públicos y demás; otros aspectos que quería reformar fueron de tipo estadístico, catastral y cartográfico cuyo objetivo era conocer plenamente la extensión de la monarquía, los límites de la misma así como sus recursos tanto humanos como naturales con la opción de traer gentes de fuera del reino que se asentarían en las zonas que se necesitasen. Dentro de lo relativo a la población, también indicó una serie de medidas respecto a la población gitana, que se concretaban en su prisión e “integración” forzosa mediante el abandono de sus costumbres; otra serie de medidas administrativas se orientaban hacia la reforma de los escribanos reales o las cualidades que debía reunir el gobernador del Consejo de Castilla; en otro orden de cosas, indicó las medidas a tomar sobre el peaje de caminos y puertos, la cría de caballo o la organización de la policía.

Política exterior del Marqués de la Ensenada
Las líneas principales de la política exterior del marqués de la Ensenada fue la aplicación práctica de los deseos de sus soberanos. Respecto al rey Fernando VI este deseo consistió en mantener neutral a España entre Inglaterra y Francia, aunque el marqués de la Ensenada sintió cierta predilección por la segunda. Durante sus primeros años frente al gobierno España estaba en guerra con diversas potencias, en especial contra Inglaterra, motivada por la Guerra de Sucesión de Austria. Este conflicto se inició, como ya vimos, en 1740 y no finalizó hasta 1748 con la Paz de Aquisgrán. En esta guerra España llegó a tener un ejército de más de cien mil soldados en Italia y su misión principal era obtener territorios para el infante don Felipe y al que el marqués de la Ensenada acompañó inicialmente a Italia como también vimos. Los últimos reveses de las tropas españolas en el mismo colaboraron a la muerte del rey Felipe V, quien falleció de apoplejía el 9 de julio de 1746. Subió entonces al trono su hijo Fernando VI, tenido de su primer matrimonio con María Luisa de Saboya, y que pasó a la Historia con el sobrenombre de El Pacífico pero que sin embargo mantuvo el conflicto en Italia para apoyar los derechos de su hermanastro. Sin embargo, desde que subió al trono las tropas españolas permanecieron en una actitud defensiva.
La paz de 1748 que se firmó en Aquisgrán permitió realizar la política de paz del monarca mediante el marqués de la Ensenada. Sin embargo, consciente de las vicisitudes de la política internacional, el programa de paz, que entregó escrito al rey en 1746, contenía los puntos necesarios para mantener y acrecentar una fuerza militar suficiente que defendió los intereses de la Corona cuando fue necesario. Se buscó, a grandes rasgos, un entendimiento y negociación con Austria, un entendimiento con Francia sobre la base de no perjudicar los intereses españoles y finalmente con Inglaterra se pretendió llegar a una serie de acuerdo en los puntos que ello fue posible, que abriese el comercio americano a esa nación de tal forma que se pretendió así anular el contrabando y los recortes territoriales, pero sobre todo se pretendió no perjudicar la relación entre los territorios americanos y la metrópoli. Así mismo también se buscó con Inglaterra la restitución negociada de Gibraltar. Otras líneas secundarias de la política exterior promovieron contactos con el Papado, Portugal, Holanda, y en el norte, con Dinamarca y Suecia.

Política interior del Marqués de la Ensenada
Según otro escrito que presentó al rey en 1747, el marqués de la Ensenada pretendió un descenso del gasto en los departamentos de la administración real y de representación de la monarquía. En la Casa y Caballerizas reales buscó la reducción de personal innecesario, la centralización de servicios y combatió los abusos. Igualmente indicaba que se hiciesen puntualmente los pagos al personal de dichos servicios. Similares medidas propuso para los Tribunales, Consejos y Oficinas, a los que él consideraba inflados de personal que además cometía abusos en lo tocante a la gestión económica. Otra parte que era concerniente a la Hacienda se refería a que se aumentasen los ingresos pero sin que supusieran un aumento de la presión fiscal. Para ello tenía previsto un aumento de los mismos que se obtuvo mediante las rentas del tabaco y las aduanas, mientras que pidió un descenso en los impuestos de la sal para fomentar la ganadería, la pesca y la industria de salazón de pescados. Igualmente expuso al rey abolir determinadas cargas fiscales que consideró perjudiciales, como la alcabala (que era un impuesto sobre la compra-venta), cientos, millones, jabón, servicio y montazgo, muchos de ellos de origen medieval que además apenas proporcionaban rentas a la monarquía y que eran muy gravosos para las clases populares. Lo que solicitó es que todas ellas se sustituyeran por un único impuesto. Este se denominó Real, Catastro o Capitación y consistió en que cada vasallo pagase en función de lo que tenía, para ellos puso los ejemplos de Francia y Sabolla. Tal impuesto necesitó un registro previo de todos los habitantes y riquezas del Reino. Dicho registro, el famoso Catastro de Ensenada, se realizó primero en los territorios de la corona de Aragón y luego en Castilla. Igualmente solicitó el marqués de la Ensenada libertad de comercio interior ya que con ello quería conseguir que aumentasen las manufacturas sin que los trabajadores subsistiesen por debajo de un nivel mínimo decente y que igualmente fuese atractivo para los extranjeros que así se asentarían en España donde enseñarían las nuevas técnicas existentes en Europa y poblarían áreas que estaban despobladas. Por otro lado tomó en consideración lo que había que hacer con las rentas de origen eclesiástico, con los impuestos municipales o arbítrios y con rentas que habían tenido de dejar sentido como la de Cruzada o el subsidio o excusado. Mostró interés en que se eliminaran los empeños de la Corona, principalmente los juros y créditos, sobre todo los primeros, que presentaron más problema en su eliminación, pero que permitió una mayor solvencia del erario real. Quería en definitiva que la secretaría de Hacienda tuviese las cuentas claras con gerencias independientes que atendieron, una las deudas atrasadas y otra que administró los ingresos y gastos anuales desde la fecha.
El objetivo que el marqués de la Ensenada persiguió al frente de la Secretaría de Indias fue el aumento de la justicia y el bienestar de los súbditos de las colonias. Se pretendió que los gastos en la Península no supusieran un aumento de la presión fiscal en Indias, lo que perjudicaba al comercio. Igualmente señaló ciertos objetivos a los virreyes allí enviados en torno al gobierno y la defensa de sus respectivos territorios. Con esto pretendió, sobre todo, evitar las pequeñas pero continuas depredaciones territoriales inglesas así como el comercio de contrabando.
En cuanto a su labor al frente de la Secretaría de Guerra, pretendió acabar con el despilfarro y los abusos en la administración, lo cual pensó que sería más fácil de realizar, como así fue, debido a la tradición de obediencia y disciplina que existía en el ejército. Igualmente propició la eliminación de cuerpos, unidades y órganos militares sin función práctica alguna pero que tenían personal a su cargo con el consiguiente gasto. También cuidó que todo lo referido a los suministros militares se hiciese con ahorro en la compra de los mismos, en especial el pan, cebada y paja que se tenían que comprar en grandes cantidades. Pese al recorte de los gastos mantuvo unos niveles de calidad muy altos, como por ejemplo en el suministro de uniformes. También buscó el ahorro en los hospitales militares para lo que optimizó los recursos tanto humanos como materiales.
Respecto a las armas de artillería e ingenieros, consciente de lo caro que resultaba su material, indicó que sin estar en guerra el gasto se podía reducir. En infantería abogó por la reducción de los hombres existentes en las unidades, no de las unidades mismas, para lo que las compañías pasaron a tener de cincuenta y tres a entre treinta o treinta y cinco hombres. En caso de conflicto estas unidades pudieron recibir y encuadrar nuevos integrantes. El fin de esta reducción en efectivos humanos era que los hombres no reclutados se dedicasen a sus actividades económicas habituales. También intentó modificar los cuerpos de infantería extranjera, de los que no quiso la reducción de su personal si era completamente integrado por extranjeros y buscó que se mantuvieran en destinos de guarnición dentro de España con lo que se evitaba el despoblamiento. En caballería indicó que el español se inclinaba por este arma lo que hizo que proliferasen las unidades y los integrantes en las mismas pero de forma descompensada unas de otras por lo que creyó necesario la reforma de las unidades.
Se interesó y fomentó la cría caballar en Andalucía y Extremadura para lo que concedió privilegios a los criadores. Pretendía con ello que en caso de guerra se pudiesen reunir entre treinta y cuarenta mil caballos con poco costo y en poco tiempo. Fuera de los planteamientos sobre cuerpos concretos, otras de sus ideas eran los de mantener en España el grueso de las tropas salvo en caso que se necesitaran. Así mismo, respecto a los países fronterizos, protegió las fronteras terrestres para lo que buscó un acuerdo con Portugal y la colaboración, aunque también recelo y cuidado, respecto a Francia. Respecto a esta última urgió al buen cuidado de las milicias locales de las plazas fronterizas así como de la caballería, igualmente proveyó la cuidada y planificada defensa de las guarniciones y plazas fronterizas. Para ello fomentó la construcción de fortificaciones en las fronteras terrestres y en zonas costeras. El motivo que argumentó fue que así se evitaría que cualquier potencia atacara la Península en función de su debilidad defensiva. Para eso fue muy cuidadoso en las fronteras con Francia y en el cuidado de las fortificaciones de los puertos gallegos, en especial de El Ferrol, del que preconizó su fortificación pero de tal forma que no fuese advertida ni se molestase a las posibles potencias aludidas. También dedicó su atención tanto al equipamiento como a la industria militar, en especial de la artillería y los trenes de suministro y aprovisionamiento, la logística, para lo que fomentó y empleó la industria metalúrgica en las maestranzas de Sevilla y Barcelona, así mismo fomentó las fábricas de armas y municiones que se usaban para las tropas individuales. También mostró preocupación por la sanidad militar y mejoró el hospital general de Madrid. Igualmente creó una Academia de Cirugía en dicho hospital para el Ejército y otra en el de Cádiz para la Armada.
Fue en la Secretaría de Marina, junto con la de Hacienda, donde el marqués de la Ensenada se aplicó profundamente en su ideario y labor reformadora. Indicaba en sus escritos como en este campo apenas existieron abusos económicos y era más fácil de implantar en su administración los principios de la economía. Era también plenamente consciente de que había que potenciar las fuerzas marítimas de España debido tanto a su peninsularidad como a sus vastos dominios coloniales. Por ello urgió al rey a que dedicase su atención preferente al aumento y mejora de la Armada, de tal forma que compitió con la de Inglaterra en unión con la de Francia. Para ello propuso tres objetivos: una tregua con los moros berberiscos que permitió la disponibilidad de marinería de los territorios marítimos de la corona de Aragón; propuso además la construcción de cincuenta navíos nuevos en un plazo de ocho años; finalmente propuso el aumento de la marinería. Este último era un objetivo fundamental, ya que su ausencia impidió el gobierno de las embarcaciones. Su escasez se debió, según él, a la escasa práctica del comercio marítimo y a la continuidad de la guerra contra los corsarios berberiscos. Para evitar esto propuso el mencionado acuerdo con los moros y además que se pagasen puntualmente los haberes de la marinería, que se permitiese el libre comercio peninsular con América y además propuso atraer marinería extranjera, el fomento de la pesca y exenciones y beneficios fiscales a quienes trabajaban en el comercio y la navegación. Para estos objetivos ejecutó un reglamento por el cual se dedicaron todos los fondos posibles de la monarquía al fomento naval, e incluso apoyó la repoblación forestal que tenía como objetivo que se obtuviese materia prima para la construcción naval. El fin de todo este esfuerzo era limar la desproporción de barcos de guerra de nueve contra uno favorable a Inglaterra. Pero no solo se preocupó de limar la diferencia numérica, sino también la tecnológica y cualitativa. La buena marcha de sus previsiones hicieron que en 1751 que se aumentase la previsión inicial de cincuenta navíos nuevos a sesenta navíos y sesenta y cinco fragatas, manteniendo los ocho años iniciales. Cuando finalizó su período de gobierno, la proporción frente a los ingleses se redujo a un barco español por cada dos británicos. Otro tipo de barco al que prestó atención en su aumento y mejora de calidad fueron los jabeques, que se destinaban a la lucha contra el corso berberisco. Para todo este plan constructivo, en especial el de los navíos, se empleó el sistema ideado por Jorge Juan Santacilia, sistema que permitió la construcción de embarcaciones de mayor capacidad mediante el aumento de la manga de los barcos. Además, se modificaron los astilleros de El Ferrol y de Guarnizo, mientras que en el Mediterráneo se construyeron los jabeques en Cartagena y Mallorca. Además de por la labor constructora, se interesó por fomentar y cuidar la marinería, cuestión ya mencionada y las actividades científicas y tecnológicas de la Armada. Fundó para ello en 1753 en la localidad gaditana de San Fernando el observatorio astronómico de la Armada e igualmente fomento la Academia de guardiamarinas de donde salieron los nuevos oficiales de la Armada para todos esos barcos nuevos.
Con el fin de desarrollar su programa de reformas en todos los campos que él creyó necesarios, propició la llegada a España de numerosos técnicos y científicos extranjeros. Les dio una serie de destinos y cargos con los que desarrollaron su labor y acrecentaron el nivel intelectual de la España de la época. Igualmente ideó una propuesta por la que se envió a estudiar a París a un grupo selecto de jóvenes científicos españoles. Fue un gran protector y mecenas de la cultura, con figuras como el padre Enrique Flórez, o los padres Sarmiento, Isla, de Gregorio Mayans y Siscar e igualmente de Campomanes o del padre Benito Jerónimo Feijoo. A su mano también se debió la defensa e impulso de la fiesta nacional de España, los toros, en la que incluso llegó a ser protector de algún torero, en especial el malagueño Diego del Amo. Introdujo igualmente reformas en las infraestructuras y obras públicas, donde fomentó la construcción del canal de Castilla, proyecto que se llevó a cabo pero que fracasó en sus objetivos. También propició la construcción de un camino desde Madrid hacia el puerto de Guadarrama. También se interesó por los proyectos que preveían la irrigación de extensas áreas de Castilla la Vieja, Aragón y Levante.
Otra cuestión, esta vez político-religiosa, en la que su labor fue muy destacada, fue en la conclusión del concordato que se firmó en 1753 entre la Santa Sede y España. En este se intentó solventar cuestiones relativas a asuntos económicos y al elevado número de religiosos que existían en aquellas fechas en España. La negociación fue dura y se realizó entre el marqués de la Ensenada por parte española y el cardenal Valenti por parte del papado. Con el mismo se llegó a un acuerdo satisfactorio para las dos partes pero en especial para la monarquía. De hecho el mismo duró hasta el nuevo que se firmó en 1851. Por una lado la Santa Sede quería mantener la reserva o nombramiento final de los altos cargos eclesiásticos, asunto que quería ser eliminado por la monarquía. Por otro laso la monarquía defendió las regalías o derechos del rey sobre determinados asuntos eclesiásticos. Finalmente se logró que la reserva fuese sino anulada si vaciada de contenido, lo que supuso un triunfo no solo diplomático sino también económico. Un aspecto curioso de estas conversaciones fue que en el curso de las mismas el contacto que hubo entre el marqués de la Ensenada y el cardenal Valenti, así como en algún momento con el papa Benedicto XIV, propició en estos la idea de nombrar cardenal al marqués, quien excusó tal honor debido a sus deberes para con España y su rey.
Retrato del marqués de la Ensenada, por Jacopo Amigoni, c. 1750, Museo del Prado.
Desgracia, destierros y muerte
A las dos de la madrugada del 21 de julio de 1754, domingo, se mandó, de forma imprevista, detener al marqués de la Ensenada, que tenía entonces cincuenta y dos años de edad. Se le destituía igualmente de sus cargos y se le ordenaba el destierro a Granada. Tal acción obedeció a la intriga dirigida por Ricardo Wall, de origen irlandés pero que nació en Francia. Cuando murió el 8 de abril de 1754 el secretario José de Carvajal, colaborador habitual del marqués de la Ensenada, Wall fue nombrado su sucesor. Desde que llegó a la secretaría trabajó según la política y los intereses británicos, que vieron como la labor que desarrolló el marqués de la Ensenada era potencialmente muy peligrosa para ellos. Ante esta situación el marqués de la Ensenada presentó su renuncia al rey pero no le fue aceptada ya que este quería mantener el equilibrio entre los partidarios de los franceses y los de los ingleses. Ante esta primera negativa recurrió a la reina mediante el cantante castrado Carlos Broschi, más conocido como Farinelli. Esto ocurrió el 15 de junio de 1754. Sus enemigos políticos, mientras tanto, habían lanzado una campaña de difamaciones, intrigas y falsedades que fueron magnificadas, cuando no creadas, por el embajador inglés en la corte, Benjamin Knee. Se acusó a Ensenada de beneficiar a los franceses frente a los ingleses así como de un exceso en su lujo y un gran derroche de dinero que solo podía venir de la corrupción y el cobro de sobornos. Sin embargo los reyes se resistieron a admitir su dimisión. Su desgracia se precipitó por la excusa de la problemática de las misiones jesuíticas en el Paraguay (véase: Paraguay: Misiones jesuiticas) y la cesión de las mismas, junto con otros territorios, a Portugal, que era además aliada de los ingleses. Esta cesión fue rechazada tanto por los indígenas de las misiones, que eran mejor tratados por los españoles que por los portugueses, como por los propios jesuitas y el mismo marqués de la Ensenada. Este, enterado de la cesión, cuya negociación se hizo a sus espaldas, envió un emisario a la corte del rey Carlos VII de Nápoles, el futuro Carlos III de España, a quien él colaboró en instaurar en el trono napolitano. El rey de Nápoles envió un embajador a España que protestó por esta cesión, para sorpresa y disgusto de la reina, la portuguesa Bárbara de Braganza, del secretario Wall y del embajador Knee. Cuando se enteraron de quien fue el artífice que avisó al rey de Nápoles, decretaron su cese, prisión y destierro, pero la cesión de territorios a la monarquía portuguesa se frenó.

Entre el 31 de julio de 1754 y 1757 permanecerá desterrado en Granada. Allí se dedicó a diversas actividades como los paseos, la danza, los juegos de cartas e incluso de esta época es la noticia que se tiene de los únicos escarceos amorosos de su vida. Igualmente su interés cultural le llevó a dirigir unas excavaciones arqueológicas en el barrio del Albaicín, así como a excursiones y reconocimiento de diversos parajes tanto de Sierra Nevada como de las Alpujarras. Entre noviembre de 1757 y 1760 continuó su destierro en el Puerto de Santa María, en Cádiz, debido a problemas de salud. En agosto de 1759 murió el rey Fernando VI y llegó Carlos III quien se hizo cargo de la monarquía. Pareció que se lavaba su figura pero el nuevo rey no le dio nunca cargos de tan alta responsabilidad como los que había tenido. De hecho, tras el Motín de Esquilache, el 24 de marzo de 1766, lunes Santo, el rey mandó el 18 de abril su destierro. El marqués de la Ensenada se dirigió a Medina del Campo donde falleció años después, el 2 de diciembre de 1781, con ochenta y un años de edad.

Bibliografía

  • Antonio DOMÍNGUEZ ORTÍZ, Sociedad y Estado en el siglo XVIII español. Barcelona, Ariel, 1990.
  • José Ignacio GONZÁEZ-ALLER HIERRO, España en la mar. Una historia milenaria. Madrid, Lunwerg editores, 1998.
  • Felipe LEÓN ABAD, El marqués de la Ensenada, su vida y obra. 2 vol. Madrid, editorial naval, 1985.
  • Stanley G. PAYNE, La España de los Borbones. Desde 1700 hasta la crisis del 98. Madrid, Playor, 1986.
  • Jaime SALVA, El Marqués de la Ensenada. Ensayo bibliográfico. Madrid, 1942.
El Marqués de Ensenada
FUENTEEnciclonet
Texto extraído de http://www.mcnbiografias.com 
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