12 de mayo de 2015

Maximilano Arboleya y el intento de entendimiento con las organizaciones obreras

La desilusión de Arboleya 

(Artículos publicados en “La Nueva España” sobre Maximiliano Arboleya, escritos por dos autoridades en recuperación histórica en las cuencas mineras Asturianas como son: ERNESTO BURGOS y FRANCISCO TRINIDAD).Ver más sobre Maximiliano Arboleya en este blog:
  • El cura Arboleya y el marques D. Claudio. Un pulso entre católicos. (9 de marzo de 2013)
  • "El Carbayón", una publicación que se convirtió en el mejor ....... (19 de octubre de 2014)

Maximiliano Arboleya 
El sacerdote asturiano intentó acercar la Iglesia a los obreros cuando los sindicatos socialistas y anarquistas estaban en plena expansión
Ilustración de Alfonso Zapico
http://www.lne.es
Ya saben que me gusta recordar de vez en cuando a algunos personajes para que no se pierda su memoria, por eso vuelvo a hablarles de Maximiliano Arboleya, el cura asturiano que quiso acercar a la Iglesia católica hasta el mundo obrero cuando los sindicatos socialistas y anarquistas estaban en plena expansión. Lógicamente perdió aquella batalla, pero acabó sus días convencido de que la culpa del fracaso había sido de sus propios compañeros de credo que vivían cómodamente subvencionados por los poderosos mientras los trabajadores se iban alejando poco a poco de un cristianismo que la patronal manejaba a su antojo.
Arboleya nació en Pola de Laviana en 1870 y tras pasar por el seminario de Oviedo pudo concluir gracias a una beca sus estudios de doctorado en Roma cuando se estaba impulsando la doctrina social expuesta por el Papa León XIII en su encíclica Rerum Novarum.
Le apasionó aquella idea que defendía la creación de organizaciones sindicales industriales y agrícolas de carácter católico y viajó para conocer las que empezaban a funcionar en algunos lugares de Europa. Con la experiencia adquirida quiso reproducir en nuestra tierra lo que había visto y dedicó su vida a la organización de un sindicato donde los obreros cristianos pudiesen luchar por sus derechos sin tener que recurrir a los postulados de la izquierda atea.
Yo no sé si ustedes piensan lo mismo que yo, pero creo que la biografía de Arboleya tiene muchos puntos en común con la de Manuel Llaneza, quien al ser despedido tras la "Huelgona" de 1906 también se preocupó de conocer en su exilio el sindicalismo francés que luego le sirvió para la fundación del Sindicato de Obreros Mineros de Asturias.
De vuelta a casa, el sacerdote lavianés fue profesor del mismo seminario en el que había pasado su juventud y tanto desde el aula como en los artículos de prensa que publicó en Justicia Social, Asturias Agraria, El Zurriago Social y sobre todo El Carbayón, defendió sus posiciones frente a los socialistas, polemizó con los profesores laicos de la Extensión Universitaria y denunció la actitud de los sectores integristas de la propia Iglesia.
Eran demasiados enemigos para un solo hombre, aunque el verdadero peligro lo constituyeron los últimos, representados por los hombres del marqués de Comillas y la todopoderosa Compañía de Jesús.
Plaza de La Pontona de Pola de Laviana en 1910
Arboleya estuvo en 1901 en el poblado de Bustiello invitado por la Sociedad Hullera Española para impartir un ciclo de conferencias a sus habitantes, pero en cuanto le oyeron defender un modelo de sindicalismo sin interferencias de los patronos no le dejaron volver a intervenir y la actividad se cerró con una sola charla. En 1912, ya con el SOMA de Llaneza en plena expansión, volvieron a llamarlo para que organizase su sindicato católico, pero al ver que seguía en sus trece y los estatutos que redactó volvían a incidir en la autonomía obrera, se le apartó definitivamente de aquel proyecto.
Mucho más tarde, en octubre de 1944, habiendo vivido una revolución y una guerra en la que se había regado con sangre la fractura definitiva entre el mundo obrero y la Iglesia, Maximiliano Arboleya publicó su Técnica del apostolado popular, que subtituló con una frase significativa y dramática: "Ante la apostasía de las masas".
Este libro es uno de los más interesantes de su amplia producción y en él contó como había transcurrido una de sus primeras conversaciones con los hombres del marqués de Comillas. Fue en su primera visita, a principios de 1901, cuando el capellán de la Hullera Española y el Arcipreste del distrito le preguntaron qué se podía intentar en la cuenca de Aller para impedir que cayese sobre aquel tranquilo y religioso valle el socialismo que ya empezaba a difundirse por otros centros industriales de la región.
Su respuesta a esta consulta fue esta: "creo que tres cosas son necesarias, todas ellas relativamente fáciles hoy, acaso no tanto andando el tiempo: algunas conferencias explicativas de la doctrina social católica, organizar a los mineros en un buen sindicato para que se sientan fuertes y satisfechos y no necesiten acogerse a los sindicatos socialistas y un periodiquito que mantenga encendida la lámpara de la buena doctrina y deshaga con la conveniente oportunidad los indicados sofismas que han de pulular como la avispas entre la fruta sazonada".
Según él, se siguieron los tres consejos, pero mal, ya que las conferencias se trocaron en sermones en los que se exponía la doctrina referente a la resignación cristiana ante los infortunios inevitables; el sindicato se tradujo en una asociación de mineros patrocinada por la empresa, domiciliada en un edificio propiedad de la empresa, y cuyos fondos también se depositaban en la Caja de la empresa donde producían un crecido interés y el periodiquito se convirtió en una inocente Semana religiosa que la empresa imprimía en sus instalaciones de Barcelona.
Imagen antigua del poblado minero de Bustiello.

Lo más grave fue que cuarenta y tres años más tarde, Arboleya ya pudo saber con certeza que el sindicato católico se había convertido en un desprestigiado sindicato amarillo al servicio del capitalismo, la resignación seguía siendo el único remedio que proponía la Religión ante la "miseria inmerecida" en que vivían los trabajadores y, en vez de prensa crítica, a los obreros de la Sociedad Hullera Española solo les dejaban leer unos modestos boletines parroquiales editados y repartidos por sus patronos.
Nuestro hombre perteneció a un grupo de pioneros que precedió a aquellos que más tarde serían conocidos como "curas obreros" y de los que tan buenos ejemplos tuvimos en la Cuenca del Nalón. En algunos capítulos de la Técnica del apostolado popular se lee su admiración por el padre redentorista Paul Rutten, nacido en los Países Bajos en 1889, que sin colgar los hábitos trabajó como picador en una mina de las cercanías de Lieja, y también por el lenense José Domingo Gafo, quien ya ha visitado estas Historias Heterodoxas en otras ocasiones.
El padre Gafo fue otro defensor del obrerismo católico que murió al poco de iniciarse la guerra civil. A mediados de agosto de 1936 estuvo detenido en la Dirección General de Seguridad, desde allí lo trasladaron a la cárcel Modelo y el día 3 de octubre se decretó su libertad para matarlo cuando apenas se había alejado unos metros de la entrada de la prisión. El episodio, que no parece dar lugar a muchas interpretaciones, suscitó sin embargo un extraño comentario de Arboleya sobre la identidad de los asesinos: "el inolvidable y tan olvidado Padre Gafo, aquel insigne místico y mártir del apostolado popular, asesinado por los enemigos de este y no por lo obreros como pretenden los conocidos demófobos?"
Ilustración de Alfonso Zapico

Maximiliano Arboleya siempre tuvo una visión clara de la distancia que mediaba entre la Iglesia y los trabajadores y sufrió al verla agrandarse por la ceguera de sus dirigentes. En su libro cita un buen ejemplo de esa desilusión engañosa. Fue durante la celebración de un "Vía Crucis" por las calles de un pueblo cuyo nombre no aclara, pero que puede ser cualquier capital de concejo de la Montaña Central. Durante el desfile, varios jóvenes llegados de otros lugares conducían penosamente una gigantesca imagen del Señor crucificado mientras otro se encargaba de dirigir las pláticas en cada estación.
Como el cura no había podido estar presente se interesó por los detalles de la procesión y obtuvo esta respuesta: "fue enorme ¡Cortaba la respiración aquel silencio tan impresionante!". Conociendo la zona, les preguntó extrañado si había muchos fieles del barrio y ellos respondieron que solo niños y mujeres, pero hombres y muchachos ni uno.
-Pero ¿de verdad no había ni un hombre ni un mal jovenzuelo, que a lo menos intentara deslucir el acto?
-¡Ya se librarían muy mucho! Llevábamos varias parejas de la Guardia Civil dando escolta al Santo Crucifijo?
Maximiliano Arboleya era consciente de que estos hechos, que se repetían continuamente, no hacían más que abrir una brecha entre los mineros asturianos que no iba a cerrarse nunca y así lo expuso tanto durante la Dictadura de Primo de Rivera como con la República. En ambos periodos pudo defender libremente sus opiniones e incluso llegó a dar conferencias en los centros obreros y ateneos controlados por socialistas y comunistas, pero paradójicamente fue el Estado nacional-católico quien le puso freno.
Cuando acabó la guerra, el polémico comandante Caballero, cuya desgraciada memoria aún es motivo de discusión en Oviedo, le abrió un expediente por haber expresado en la prensa y la radio opiniones peligrosas; gracias a sus compañeros del Tribunal Eclesiástico se pudo cerrar el caso, pero fue obligado para siempre a la discreción.
Murió, en 1951, en Meres, un tranquilo lugar del Concejo de Siero, alejado de los despachos del Obispado donde otras sotanas más poderosas señalaban la doctrina que debían recibir los fieles. El resto ya lo conocen ustedes.
Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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Maximiliano Arboleya

Maximiliano Arboleya
El sacerdote y escritor que intentó lograr la compenetración entre la Iglesia y las organizaciones obreras
http://www.lne.es
La trayectoria personal, religiosa, social y humana de Maximiliano Arboleya, que tendría que ser cuando menos un toque de atención para determinadas actitudes de la Iglesia española, es sin embargo una incomodidad que se solventa encogiéndose de hombros una jerarquía desde siempre incapaz de conectar con determinados sectores de la población. Domingo Benavides, que dedicó a Arboleya una clarividente tesis doctoral que en todo momento procura ser objetiva, acabó titulándola «El fracaso social del catolicismo español», aludiendo inequívocamente a la imposibilidad -¿o incapacidad?- del canónigo lavianés por incorporar la llamada Doctrina Social de la Iglesia a masas de la población, especialmente el proletariado, que progresivamente se han ido alejando de la Iglesia por la distancia de su jerarquía y sus representantes de los intereses de cada vez más amplios sectores sociales. 
Maximiliano Arboleya nació en Pola de Laviana el 9 de octubre de 1870. Su padre era oficial del Registro de la Propiedad de Pola de Laviana y su madre, Amalia Martínez Vigil, hermana del obispo de Oviedo Ramón Martínez Vigil. 
Cursó en Laviana las primeras letras con el maestro Pedro García Morán, que lo fue también de fray Graciano Martínez y su hermano Emilio, entre otros muchos lavianeses; hasta que en 1884 ingresó en el seminario de Oviedo. Fue posteriormente becado a Roma para estudiar en el Pontificio Colegio Español, obteniendo la licenciatura en Teología por la Universidad Gregoriana y el doctorado por el Pontificio Seminario de San Apolinar. Durante su estancia romana accedió al diaconado y, poco después, fue ordenado sacerdote por su tío, el obispo Vigil. 
A su regreso de Italia ejerció como profesor de Apologética en el seminario y en 1898 obtuvo la plaza de canónigo de la catedral de Oviedo. Pero en Roma había entrado en contacto con la doctrina social del Papa León XIII, del que fue un gran admirador, y se empeñó en dotar a la institución eclesiástica de instrumentos que contrarrestaran el ascenso de los movimientos socialistas y, lo que realmente preocupaba a Arboleya, la apostasía de las masas, es decir, el abandono de las prácticas religiosas por grandes masas de la población que no encontraban ni solución a sus necesidades inmediatas en la doctrina tradicional de la Iglesia ni capacidad para enfrentarse a los retos de futuro. Para ello viajó por distintos lugares de Europa para ponerse al día en formas de organización obrera que hasta entonces no habían calado en España. Un somero repaso a algunos títulos de sus obras puede ser suficientemente explicativo de esta inquietud de Arboleya: «La misión social del clero» (1900), «La cuestión social» (1901), «Liberales, socialistas y católicos ante la cuestión social» (1901), «Sindicatos obreros y otras obras sociales» (1915), «La sindicación católico-agraria» (1923)... obras que, ya desde el título, apuntan a la inquietud de aquel canónigo ovetense que se empeñó en desarrollar una importante labor sindicalista: «Mi proyecto -según ha resumido Gracia Noriega las propias palabras del canónigo- era lograr la compenetración entre la Iglesia y las organizaciones obreras. Labor difícil, porque en las organizaciones obreras hay un sentimiento anticlerical muy fuerte, mientras que las organizaciones católicas consideran a las obreras con desconfianza y miedo. Para poder realizarla viajé por diversos países europeos, estudié el funcionamiento de empresas similares a las que yo me proponía impulsar y pronto me di cuenta de que lo importante era ir a lo práctico: organizar la Federación de Sindicatos Agrícolas, la Bolsa del Trabajo, los Sindicatos Femeninos, en los que el carácter sindical no excluyera lo católico». 
Fue, pues, fundador e impulsor de sindicatos obreros industriales y agrícolas, a los que procuró mantener al margen tanto de la lucha de clases como de la patronal, desde posiciones y tesis «sindicales» más imparciales y progresistas que las del marqués de Comillas, Claudio López Bru, que desde la Unión Hullera pretendía un sindicalismo servilmente sometido a la patronal, a medias entre el paternalismo empresarial y el caciquismo ultramontano más descarnado. 
Ilustración de Alfonso Zapico

Una de las facetas más relevantes de su labor pública fue su actividad periodística, que ejerció en medios fundados por él mismo, como «El Zurriago Social» o «Justicia Social», o en medios tan conocidos y cualificados en su época como «El Carbayón», del que acabó siendo director de facto. Fue director de la revista «Cuestiones Sociales Científico-Literarias» y colaborador de infinidad de medios, como «ABC», «El tiempo», «El Universo» o «Nuestro tiempo», entre muchos otros. 
Como publicista de trinchera fueron muy sonadas sus polémicas con algunas personalidades de la época, como el socialista Manuel Vigil Montoto, e incluso los profesores republicanos de la Extensión Universitaria, como, entre otros, Sela o Altamira, y aunque tanto su labor social como muchas de sus posturas periodísticas no encajaban con la corriente más conservadora de la Iglesia de Oviedo no tuvo excesivos problemas con la jerarquía gracias al apoyo incondicional de su tío, el obispo Martínez Vigil, tras cuyo fallecimiento, en 1905, hubo de encajar ataques desde distintos ángulos; una de sus polémicas más conocidas fue la que mantuvo con el P. Noguer, que le atacaba porque Arboleya predicaba que los sindicatos por él fundados debían ser aconfesionales. A partir de 1922 obtendría también el apoyo del obispo Juan Bautista Luis y Pérez, que lo nombró director de la Federación Diocesana de Sindicatos Agrarios y deán de la catedral de Oviedo. 
La Guerra Civil le sorprendió en Meres y, cuando se recrudeció el conflicto, se refugió en Vizcaya, de donde regresó finalizadas las operaciones militares en el frente norte, para recluirse en Meres ante la animadversión de la Iglesia asturiana: si los «rojos» le hubieran asesinado, como quizás -tente pluma...- esperaba su jerarquía, tras la guerra le habrían beatificado y posteriormente canonizado, mientras que, habiendo sobrevivido a la contienda, le marginaron y vigilaron como sospechoso de connivencia con el enemigo y acabó sus días en el ostracismo más infamante en Meres, Siero, el 19 de enero de 1951.
Meses antes, en agosto de 1950, para homenajearle en su ochenta aniversario (que habría de cumplirse el 9 de octubre de ese año), se dio su nombre a una de las más significativas plazas de Pola de Laviana, cuya placa se descubrió en un sentido acto celebrado el día grande de las fiestas del Otero, el día 15, a las doce y media de la mañana, bajo la presidencia del alcalde Atanasio Pandiella Arrieta. 
Veinte años más tarde, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, el Ayuntamiento de Laviana editó un folleto de veinticuatro páginas -«A la memoria de don Maximiliano Arboleya en el centenario de su nacimiento: 1870-1970»- con varios textos alusivos a su vida y obra y, en el mismo acto en que se presentaba dicho opúsculo, se descubrió su retrato, obra del pintor ovetense Paulino Vicente, en el salón de sesiones del Ayuntamiento. 
El pintor Paulino Vicente Rodríguez García (Oviedo, 1900-1990) había sido el presidente de la comisión que otorgaba el Premio al Pueblo más bonito de Asturias que concedió dicho galardón al pueblo lavianés de El Condao, ocasión en la que, andando ya en los preparativos del homenaje de 1970, el Ayuntamiento de Laviana entabló relación con él y acabó encargándole dicho cuadro.
Paulino Vicente había nacido en Oviedo en el año 1900 y cursado estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Oviedo que completó, gracias a una beca, en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, estudiando con Julio Romero de Torres, y en Italia. 
Fue muy prolífico en su obra, generalmente de temática asturiana, y realizó numerosos retratos, entre otros los de Buñuel o Henry Moore, así como los de diversos rectores de la Universidad de Oviedo, como los de Aniceto Sela Sampil (1945), Torcuato Fernández-Miranda y Hevia (1958), Sabino Álvarez-Gendín y Blanco (1959) Valentín Silva Melero (1961), Jesús Arias de Velasco y Lugigo (1966), José Virgili Vinadé (1974), Leopoldo Alas Argüelles (1974) y José Miguel Caso González.
Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE: FRANCISCO TRINIDAD
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1 comentario:

  1. Maximiliano Arboleya tiene una placa con su nombre en una calle del barrio de Vallobín, al pie de monte Naranco en Oviedo. Habité en esa calle durante un tiempo a partir de 1958, en el primer piso del nº 3, o 5, de aquellas casas de ladrillo de color rojizo que había comenzado a construir don Julián Rodríguez, continuando su labor su hijo a quien se conocía por Julianín; y en aquel principio, el nombre de esa calle creo recordar que era C/ C-3...Bastantes años después volví por el barrio atraída por los recuerdos pasados de aquel tiempo en el que una parte de mi vida había transcurrido por allí... y fue entonces cuando me encontré con la placa que le daba nombre a la calle en cuestión: "Maximiliano Arboleya". No tenía ni idea de haber tenido noticia de quien había sido éste señor hasta que un buen día me encontré con una parte de su interesante historia en el recientemente entonces descubierto " blog de Acebedo" donde hoy he vuelto a leer más detalladamente la trayectoria de este canónigo cuyas inquietudes y desvelos en pro de la gente obrera y trabajadora no llegaron a buen fin...Y si, recuerdo a los curas obreros-comunistas, que proliferaron en aquel tiempo posconciliar de los años 70 del pasado siglo XX, y las polémicas que se levantaron a raíz de esta cuestión...Pienso que nuestra vida va pasando como la de los dos conejos de la fábula que, discutiendo si los perros que les perseguían eran galgos o podencos, estos llegaron junto a aquellos cuando ya los discutidores conejos no tuvieron manera de escapar de su perdición...

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