11 de junio de 2014

El domingo 11 de agosto de 1912, se inaguró en Villanueva (Moreda) una sección del Sindicato Minero de Manuel Llaneza

Una inauguración complicada.

Retrato de Claudio López Bru,
2º Marqués de Comillas.
Los hombres del segundo marqués de Comillas reprimían los actos del Sindicato de Mineros en Aller, que abrió el 11 de agosto de 1912 su sección en Villanueva.

Ilustración de Alfonso Zapico de Claudio López Bru, 2º Marques de Comillas
http://www.lne.es
La historia de hoy no es muy cruenta, apenas unas gotas de sangre manchando una camisa, pero sí es muy ilustrativa. Nos sirve de ejemplo para que veamos una vez más el poder que los hombres del segundo marqués de Comillas llegaron a tener en la Montaña Central, representado en este caso por los guardas jurados de su empresa privada, que ante la pasividad de las autoridades políticas actuaban en los pueblos de su jurisdicción minera como si fuesen fuerzas de orden público y con las mismas atribuciones de la Guardia civil.
Ocurrió el domingo 11 de agosto de 1912 cuando se inauguró en Villanueva, inmediato a Moreda, la sección correspondiente del Sindicato de Mineros que habían fundado dos años antes Manuel Llaneza y sus compañeros. Era la primera vez que se conseguía poner una pica en Flandes -siendo nuestro Flandes los dominios del marqués-, y por ello al concluir el acto los asistentes quisieron manifestar su alegría y hacer patente su presencia discurriendo alborozados por la vía pública, precedidos por los sones de una gaita y dando vivas a la libertad, al derecho y a la República, que aún iba a tardar en llegar.

Pero, como era de esperar, la comitiva no tardó en toparse con otro grupo contrario de partidarios de dejar las cosas tal como estaban. Hubo provocaciones, las palabras fueron subiendo de tono y uno de los descontentos con la marcha de los socialistas, le dio un bofetón al inofensivo propagandista Dámaso Vázquez en presencia de dos guardas jurados, y antes de que el agredido pudiese reaccionar, por si fuese poco lo detuvieron.
Lógicamente, el hombre protestó ante el atropello negándose a ir con ellos porque no tenían ninguna autoridad para desempeñar su labor en la vía pública y entonces, según contó "El Noroeste" unos días más tarde: "Entre los dos le izaron en pendolín; él se defendía con las extremidades y los dientes y entonces lo zurraron de lo lindo y le arrastraron unos 50 metros por la carretera hasta que dieron con su asendereado físico en el gabinete de prevención del cuartel de la Guardia Civil de Caborana, donde estuvo reposando unas horas, tranquilizando la consiguiente excitación nerviosa, al mismo tiempo que contemplaba dolorido los estragos que tan desigual pelea había producido en su humilde indumentaria".
La escena indignó a quienes iban con Dámaso, que protestaron enérgicamente del incalificable atropello al derecho de gentes y del desafuero que se estaba cometiendo. Pero los jurados no tardaron en recibir el apoyo de la Guardia Civil y a los dos días fueron detenidos en Caborana otros quince socialistas. Catorce eran mineros y entre ellos estaba toda la flamante directiva del nuevo centro, excepto el secretario Gumersindo González, que fue suspendido por tiempo indefinido; con ellos Mariano Fernández, un pequeño industrial de Moreda, que actuaba como tesorero de la naciente Agrupación.
Todos se llevaron hasta Cabañaquinta, donde fueron puestos en libertad el viernes por la tarde, pero el comerciante sufrió un castigo añadido porque a él lo trasladaron a la cárcel de Laviana y desde allí tuvo que retornar a pie hasta su domicilio.
Lo curioso del caso fue que las fuerzas del orden querían amedrentar con su acción a quienes pretendían organizarse dentro de la Hullera Española contra el monopolio ideológico que imponía su Dirección, y consiguieron todo lo contrario, ya que una parte de la población acabó demostrando su solidaridad con los detenidos acompañándolos cuando salieron de Caborana. Lo hicieron precedidos de un gracioso que tañía una cencerra y llegaron con ellos a Cabañaquinta entre aclamaciones y vivas.
Ya en la capital del municipio allerano, se extendió rápidamente la noticia y los motivos de que estuviesen allí y los alrededores de la cárcel no tardaron en convertirse en una fiesta a la que empezaron a añadirse grupos con viandas, cestas de botellas y hasta gaitas y tambores. La cosa tomó tal cariz que hasta la primera autoridad municipal quiso desvincularse de lo que estaba pasando y para quedar bien con sus gobernados tuvo la atención de obsequiar a los prisioneros con unos aromáticos cigarros de primera calidad. 

Ilustración de Alfonso Zapico
Allí se cantó, se bailó y parece ser que se dieron significativos vivas, sin que nadie molestase a los acampados, hasta que se consiguió su salida. Luego el regreso a Caborana tuvo caracteres de marcha triunfal, porque como expuso el cronista del periódico, llevado por la emoción del momento: "rotas las cadenas con que seculares instituciones aprisionaban a los buenos alleranos, al recibir estos las primeras caricias de soñada libertad y ver convertido en pavesas el armatoste caciquil, desbordose el entusiasmo popular dando muestras del más grande regocijo".
Pero el domingo siguiente volvió a repetirse otro atropello que decidió a los dirigentes socialistas Manuel Vigil y Teodomiro Menéndez, acompañados por un obrero de Moreda, a solicitar una entrevista en Oviedo con la primera autoridad civil de la provincia. Querían informar de los hechos de Caborana y formular su enérgica protesta por la conducta de las autoridades que en el Valle de Aller apoyaban las directrices dictadas desde la empresa de Comillas e impedían el desenvolvimiento de la organización sindical y el ejercicio de las libertades y derechos constitucionales a sus trabajadores.
El domingo, decíamos, la Sección del Sindicato de Obreros Mineros de Moreda, trató de celebrar allí un mitin en el pueblo, encontrándose con la sorpresa de que el lugar señalado para el acto estaba tomado militarmente por numerosas parejas de la Guardia Civil a pie y a caballo y sus jefes instaban a alejarse de allí a los que se habían acercado a escuchar a los oradores -Manuel Llaneza y los dos que acabaron yendo a hablar con el Gobernador-, bajo la amenaza de que podía producirse un derramamiento de sangre.
Según parece, del poblado de Bustiello había partido el rumor de que se estaba preparando un movimiento sedicioso y el alcalde de Aller, según manifestó el propio Gobernador de la provincia, temeroso de que las apocalípticas predicciones sobre el fin de la Humanidad se le vinieran encima prematuramente si dejaba celebrarse aquella pacífica reunión, le instó en demanda de fuerza armada y él "siempre benévolo y previsor, envió allí solamente 50 guardias civiles".
Afortunadamente nadie respondió aquella tarde a la provocación y se decidió aplazar el mitin. Tras la entrevista, la primera autoridad regional prometió amparar los derechos de los mineros alleranos y autorizar todas sus reuniones de propaganda a cambio de que no se registrasen conflictos y, efectivamente, superadas las dificultades que sistemáticamente se venían oponiendo al derecho de asociación y reunión, el sábado 24 de agosto se pudo celebrar en el flamante Centro de Villanueva un acto público, que era además el primero después de una huelga que había afectado a las minas de Aller, hecho con el que la empresa justificaba su acción represiva.
En Villanueva habló por la noche en solitario Manuel Llaneza, ante una nutrida concurrencia, que ya le había escuchado a las tres de la tarde en un mitin celebrado en el mismo lugar, con una asistencia de más de mil quinientos simpatizantes, que hicieron pequeño el local, por lo que los oradores tuvieron que utilizar un balcón como tribuna.
Desde allí los dirigentes del Sindicato Minero, dirigieron la palabra a un auditorio que ocupaba la calle, las ventanas y corredores de las casas contiguas y las huertas cercanas en un acto que contó también con la presencia de dos obreros alleranos: Baldomero Suárez, quién actuó como presentador y Avelino Megido, representando a la juventud socialista de este concejo. Todos estuvieron a la altura de las circunstancias y fueron aplaudidos con entusiasmo, especialmente cuando fustigaron a los caciques de la empresa, que tan sañudamente se venían oponiendo a sus justas aspiraciones de asociarse libremente.
Según la opinión del cronista "Ese es el camino acertado, señor gobernador, y el que puede evitar conflictos que todos son después a lamentar?Tengan entendido aquellos conculcadores de las libertades ciudadanas, que es peligroso el juego que hoy entretiene, sus ocios, y que la paciencia de las multitudes puede acabarse un día, entonces, vendrán las jeremíacas lamentaciones como consecuencia de no haber obrado como la decencia y la equidad aconsejan".
Ocho años más tarde, el 11 de abril de 1920, la profecía se hizo cierta y, después de un mitin, las calles de Moreda y Caborana vivieron el enfrentamiento de los partidarios del Sindicato Católico de Obreros Mineros y los del SOMA: hubo once muertos y treinta y cinco heridos por arma de fuego.

Ilustración de Alfonso Zapico.
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR.
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