28 de junio de 2014

El dibujante allerano Alfredo González.

Alfredo González escapó de la mina en el expreso.

Paisaje de Agüeria, en el concejo de Aller, a los ojos del asturiano Alfredo González. 

El dibujante allerano dejó Agüeria con 13 años para estudiar con los dominicos en Villava (Navarra)
                            El allerano Alfredo González, publicista, dibujante y pintor.

«Tú, de mina, nada», le decía su padre y le apremiaba a que aprendiera cuentas para que nunca le engañaran en los libramientos. «Yo, de mina, nada», pensó Alfredo González cuando sintió la claustrofobia en un pozo de ventilación, jugando con sus amigos. Para no tener nada con la mina a los 13 años dejó Aller y sus castaños y se fue a Villava (Navarra) a estudiar con los dominicos.
Alfredo González dejó la casa familiar a comienzos de septiembre de 1946. Tenía 13 años. Su padre, Cándido González, picador de la mina Cutrifera, lo llevó al tren. Por el camino le habló poco, como siempre. Había un kilómetro desde la casa de Agüeria a la estación del Vasco en Moreda (Aller). A las seis menos veinte de la tarde tomaron el tren hasta Ujo y de allí, cruzando el puente La Perrona, llegaron a la estación de la Renfe.

El chaval llevaba una maleta de cartón y dentro de ella tres mudas marcadas con el número 93 y alguna sábana. Iba a estudiar con los dominicos de Villava, en Navarra, porque ni su familia ni él querían que entrara en la mina. Su padre, porque la conocía bien: en la inmediata posguerra había trabajado 14 horas al día, siete días a la semana. Durante varios inviernos no vio el sol.
Alfredo no quería ser minero porque una tarde, jugando con los amigos, entró en un pozo de ventilación y sintió el miedo a la estrecha oscuridad subterránea.
Escapar de la minería era dejar atrás la libertad aldeana de un valle de castaños que mientras era niño estaba a su entera disposición y donde por la noche, desde la cama, como un amenazante recordatorio, sentía el retumbar sordo de los barrenos.
En Agüeria, la casa de sus padres y la de sus abuelos maternos estaban al lado. Los abuelos eran Remedios y Cesáreo. Él era bebedor, fumador y tan alto que montaba un burro grande y le quedaba pequeño. Al casarse con Araceli, Cándido arregló una construcción que había a cinco metros del hogar de sus suegros y cuando nació Alfredo hizo el segundo piso.
La carretera rozaba la casa. Los camiones cargados de carbón pasaban al lado del puchero a fuego lento sobre la cocina bilbaína que cada mañana encendía Cándido para hacerse el chocolate antes de ir a la mina.
Atrás, en la huerta, Alfredo tenía situado el paraíso terrenal donde plantó piescales, un manzano y un ciruelo que le enseñaron el ciclo de la vida.
En su pequeña habitación, antes de dormir, Alfredo oía el sonido puntual de las horas en un reloj de pared de Julián Burgos, Mieres, y la respiración angustiosa de Araceli. Su madre era asmática. Iba a secar a León pero en las épocas que le daban los ataques Alfredo tenía que inyectarle Novasmol. Rompió alguna aguja en el brazo magro de su madre.
Hildegar nació cuatro años después de Alfredo. Iban juntos a la escuela de Agüeria, donde estudiaban separados. El maestro, don Vicente Álvarez, de Fuso de la Reina (Oviedo), era muy elegante, tieso, guapo, de pelo rizado. Le daba una tiza a Alfredo para que se entretuviera y conforme fue creciendo le encargaba dibujar las estampas de Historia Sagrada que estaban estudiando.
Alfredo no creció con el privilegio de niño dibujante. Tenía un compañero que hacía muy bien vacas y caballos. Él prefería dibujar máquinas de carbón y camiones.

Alfredo González, recién llegado al colegio de los dominicos de Villava (Navarra).

Estudiaba bien lo que se daba en la Enciclopedia. Era bueno en ortografía y nulo en matemáticas. En casa querían estudiarlo para que no entrara en la mina y él estaba de acuerdo, aunque le pesaba que tuvieran que comprarle un equipaje y pagar una cantidad al mes por él.
El Seminario era muy caro para la familia, pero tenían un tío y un tío abuelo dominicos y eso le daba posibilidades de entrar interno en Corias (Cangas del Narcea) o en Villava (Navarra) si pasaba un examen.
El padre Ricardo lo examinó en Nembra. Alfredo subió con su madre y a lo largo del camino ella le fue advirtiendo de que en el examen le pondrían trampas: le preguntarían cuántos dioses había y cuál era el mar de Madrid.
Atendiendo a su madre, le dijo al dominico que sabía hacer raíces cuadradas, a lo que el padre Ricardo no hizo el menor caso, a lo mejor porque él no aprobó.
En casa le dejaron escoger colegio y eligió Villava porque era el más lejano y él tenía afán de ir más allá. Fue una decisión que, en los años siguientes, cuando llegaban las vacaciones cortas, lamentaría muchas veces porque se encontraba a 24 horas de ferrocaril de su casa.
En la estación, a la espera del exprés, Alfredo acumulaba excitación y curiosidad. Era su primer viaje largo. Había estado en Mieres, en Oviedo y en San Esteban de Pravia. A la desembocadura del Nalón lo llevó el maestro, con el resto de la escuela, para que conocieran el mar. A Alfredo el Cantábrico le pareció una inmensa montaña que se movía.
El expreso Gijón-Madrid llegó a la estación de Ujo un poco antes de las 10 de la noche. Con Alfredo subieron dos chavales de Nembra que también iban al colegio de Villava. A uno le acompañaba su padre, Leoncio, que llevaba para el viaje un pollo al horno y una tortilla.
Desde la ventana del vagón Alfredo vio a su padre, alto, fuerte, vestido de azul vergara, de pie, con peso en la mirada.
Urban sketchers españoles durante su último encuentro en Madrid, retratados en el cuaderno de Alfredo González. 
  
FUENTE:  JAVIER CUERVO 
____________________________
____________________________


NOTA: Si te ha interesado esta entrada y quieres preguntar, comentar o aportar algo al respecto, puedes dejar un comentario o escribir a mi dirección de “correo del blog” con la seguridad de ser prontamente atendido.


¡¡¡Difunde “El blog de Acebedo”  entre tus amistades!!!

Sígueme en:
  • § - Twitter – “El blog de Acebedo”

No hay comentarios:

Publicar un comentario