5 de junio de 2014

La tragedia del hospital de Valdedios 27 de octubre de 1937



Informe histórico y antecedentes de la fosa de Valdediós (Asturias).
Personal del Hospital de Valdediós Enero 1937 (Fotografía: Constantino Suárez)

Nota: Con todas las reservas propias del caso, las personas identificadas serían: 1. desconocido; 2. Adela Alvarez; 3. desconocida; 4. desconocida; 5. E. Montoto; 6. desconocido; 7. Sagrario Estébanez; 8. desconocida; 9. Máximino Manuel González; 10. Lucía González; 11. Concha Moslares?; 12. desconocida; 13.  desconocido; 14. desconocido; 15. desconocido; 16. Antonio Piedrahita; 17. Urbano Menéndez; 18. desconocido; 19. Domingo González; 20. Gerardo Pérez. (Foto de Constantino Suarez tomada en Valdediós en Enero de 1937 que se conserva en el Archivo Municipal de Gijón).

Al estallar la Guerra Civil el  coronel Aranda,  que hasta entonces ha tenido engañadas a las autoridades republicanas, se traslada al cuartel de Pelayo, donde se encontraban el resto de los mandos militares de la ciudad de Oviedo con excepción de los correspondientes al 10º Grupo de Asalto, cuyo jefe el comandante Alfredo Ros Hernández era adicto a la República.    
Según diario anónimo existente en el Archivo Histórico Militar de Avila había recibido del Ministro de Guerra el siguiente mensaje: “Fusiles en Cuartel Pelayo trasládense inmediatamente a Cuartel Santa Clara. Personal armado con fusiles sobrantes en mayor número que pueda y municionado debe marchar ferrocarril con urgencia sobre Palencia y Valladolid. Dé cuenta del cumplimiento y salida”.  
Todos los allí reunidos son partidarios de desobedecer la orden y de la sublevación. Aranda encarga al comandante Caballero, que hasta entonces se había mantenido escondido, que tome el Cuartel de Santa Clara, antiguo convento y  sede del mencionado Grupo de Asalto y en donde se encontraban ya civiles en busca de armas. En cambio,  hay pocos guardias pues se encontraban dispersos en la ciudad al cuidado de centros de interés.  
A pesar de ser sorprendidos los guardias y los paisanos que se encontraban en el Cuartel consiguen presentar resistencia hasta el día siguiente en el que tienen que rendirse. Después de la rendición mataron al comandante Ros que enarbolaba un pañuelo blanco, dos guardias y veinticinco milicianos según la declaración de un superviviente. 
Una vez salvadas las escasas resistencias en la ciudad el coronel Aranda comunica al general Mola tener en su poder la capital.          
Algunos dirigentes de izquierda se reúnen en el asilo Cano-Mata-Vigil para constituir el Comité de Oviedo del Frente Popular. Entre ellos está el doctor Luis Laredo, que más tarde sería despedido de la Cruz Roja por “mal español”, y que también tenía un Sanatorio en la calle Fuertes Acevedo, situado a la altura del edificio en el que actualmente se encuentran las oficinas de la empresa HUNOSA, y en el que trabajaban al menos dos enfermeros del Psiquiátrico, Antonio Piedrafita y Buenaventura Domingo Fernández. Este último, visto en el Cuartel de Santa Clara, donde había acudido por armas en compañía de otro enfermero llamado Pablo Tolín, e integrando la columna de apoyo a Madrid fue detenido y se le juzgó en Consejo de Guerra el 2 de diciembre de 1936 acusado de  rebelión condenándosele a cadena perpetua.   
La fosa en primer plano en Valdediós antes de la excavación.

Una vez pasados los primeros días las fuerzas adictas a la República  cercan Oviedo.
El Hospital Psiquiátrico de La Cadellada queda  dentro del cerco establecido por los milicianos del ejército republicano a la ciudad, y en Octubre  de  1936 lanzan un fuerte ataque, gracias al cual en la mañana del día 13 ocuparon el hospital que había sido abandonado por sus defensas dejando atrás enfermos y personal de servicio. 
Durante la permanencia de los milicianos en el hospital parece que el Dr. Fandiño se hace cargo del Centro con parte del personal, unos por encontrarse de servicio y otros que acuden nuevamente al trabajo, a pesar de que habían dejado de acudir desde  el  19  de Julio anterior.  
Durante esos días se presentaron también algunos familiares de enfermos para hacerse cargo de ellos y llevárselos. 
Existen algunas declaraciones posteriores que dan cuenta de la actividad de algunos empleados durante esos días colaborando con los milicianos, empleados que más tarde serían expedientados y destituidos. 
En algunas de esas declaraciones parece que los milicianos dieron instrucciones para que los empleados nombrasen a un Jefe del Centro, resultando elegido el capataz de la vaquería Luis F. Tejuca. Es de suponer que fuese para todos los aspectos que no fuesen médicos.              
Militarmente la ofensiva de las milicias  fracasa y tienen que abandonar a su vez el hospital cinco días después, es decir, el día 18. Los Milicianos, en cambio, llevan consigo a parte de los enfermos y del personal, estos últimos tras una estancia breve en Gijón para completar la plantilla se dirigen a un antiguo Monasterio, en Valdediós, cercano a Villaviciosa. 
Construido en el año 1200 por Alfonso IX de León, que originariamente estuvo habitado por monjes cistercienses venidos de Sta. María de Sobrado (Galicia) hasta que hubo de ser abandonado por la desamortización del s. XIX, aún así algunos de los monjes permanecieron en el hasta su muerte. Se encuentra al lado de la iglesia prerrománica asturiana de San Salvador de Valdediós. 
Valdediós, al fondo la fosa.

Este Monasterio fue habilitado por las autoridades sanitarias republicanas para hospital y en él estuvieron casi un año. 
Algunos empleados se hicieron acompañar de sus familias con las que fueron ocupando casas deshabitadas, alquilando habitaciones, o incluso en el propio Monasterio, etc., donde la vida transcurrió  con bastante normalidad, y donde sus hijos pudieron ir a una escuela cercana.  
Un periodo incluso feliz según nos confiesa Antonio Lorenzo, quien se encontraba allí con su madre y hermano, mientras que su padre iba los fines de semana desde Gijón, donde trabajaba.   
Antonio Lorenzo contaba entonces con once años de edad. Su madre, Conchita Moslares, junto con su amiga Angeles García y los hijos de ambas acabaron compartiendo una vivienda en Llaneces, trabajando Ángeles en turno de día y Conchita en el de noche con el fin de tener atendidos a sus hijos.
No toda la plantilla del Hospital permaneció estable durante todo el tiempo, sino que algunos fueron incorporándose más tarde y otros sólo durante algún tiempo. 
Las únicas incidencias que hemos encontrado registradas en ese periodo fue el suicidio de dos enfermos. 
El Juzgado de Villaviciosa abrió diligencias de ambos casos, pero de uno de ellos, dada las características de la muerte cerró el caso sin las mismas. Del expediente abierto en el primer caso nos ha servido para conocer el nombre de un enfermero que no constaba en otros documentos.    
Todos los expedientes judiciales de estos años serían revisados posteriormente por los nuevos jueces nombrados por el nuevo Régimen.  
Casi todo el personal se afilia a la llegada a Valdediós al Socorro Rojo Internacional, sección de Villaviciosa, pues hemos localizado en los microfilms existentes en el Archivo Histórico Provincial de Oviedo, el registro de inscripciones que recoge un primer grupo más numeroso y otros, posteriores, más reducidos.  
Algunos incluso afiliaron a algún familiar, como por ejemplo Emilio Montoto, que anotó a su esposa e hija. 
Foto publicada en la prensa local de la época
 Este registro nos ha servido para el cruce y confirmación de nombres que estuvieron o pasaron por el Hospital así como la relación de personal  localizada que aunque no figura fecha, probablemente se hizo hacía el verano de 1937, pues en esas fechas otros hospitales efectuaron también, a petición de la Consejería de Sanidad, listas parecidas.   
Es muy posible que las autoridades republicanas de la Consejería de Sanidad de Asturias y León no pensaran en Valdediós como emplazamiento definitivo, pues hemos encontrado un escrito fechado en Mayo de 1937 en el que solicitan la expropiación de una finca en Hevia (Noreña) con el fin de destinarla a Sanatorio Psiquiátrico. El curso de la guerra haría que estos planes se abandonasen.     
Es posible que el Hospital se usara también para  estancias de ciertas personas que sin estar enfermas psíquicas  lo usaran para estar escondidas por algún motivo, seguramente político. No obstante hay que tener en cuenta que entonces, y hasta muchos años después, el padecer ataques de epilepsia era motivo suficiente para internamiento.    
Además según nos cuenta Antonio Lorenzo, ingresaban personas que procedían del frente con neurosis, e incluso algunos de ellos heridos. 

Foto de Constantino Suarez tomada en Valdediós en Enero de 1937, cuyo negativo se conserva en el Archivo Municipal de Gijón.
  
En Oviedo. 
Una vez retirados los milicianos del Hospital de la Cadellada, en el que  quedaron una parte de los enfermos y del personal sanitario,  los gestores de la Diputación abren expedientes de depuración prácticamente a todos los  empleados, incluso a algunos que no marcharon con los milicianos, y que tuvieron que justificar su permanencia en el hospital, siendo destituidos el resto. 
Se hace cargo nuevamente de la dirección el doctor Pedro Quirós Isla, que en Mayo de 1936 había sido suspendido mientras se le incoaba expediente por diversas denuncias presentadas contra él.  
Se nombra un Juez Instructor y entre Oviedo y Luarca, debido al cerco,  se van ejecutando los expedientes, estos siempre tienen la misma tramitación: solicitud de informes a la Oficina de Información y Enlace, quien da cuenta de la actividad política o sindical. A la Comisaría de Investigación y Vigilancia, que a su vez informa de los antecedentes policiales o penales. Publicación de la apertura del expediente en el Boletín Oficial de la Provincia concediendo cinco días al expedientado para efectuar su pliego de descargo. Y tras una literatura equívoca que  intenta ocultar quién se levantó en armas contra el régimen establecido que era la República, como por ejemplo,...”en las filas de quienes se han levantado en subversión comunista contra el régimen y organización secular de la vida española”... o...”y para mantenimiento de los sagrados principios que informan la nueva España”. Los expedientes terminan con la destitución del empleado  con efectos retroactivos a la fecha en que había dejado de acudir al Hospital de La Cadellada. 
Edificio de La Cadellada, días antes de su demolición en el año 2003

Una vez que el Hospital fue desalojado por los Milicianos, pareció como si se convirtiera en blanco preferente de la artillería sitiadora republicana pues el Psiquiátrico hubo de ser desalojado en Diciembre de 1936 para buscar refugio en Las Dominicas. De donde tienen evacuar también a finales de febrero de 1937,  marchando entonces al Colegio del Santo Ángel. El Colegio también hubo de ser abandonado trasladándose entonces al Monasterio de Córias, en Cangas del Narcea, lugar ya definitivo hasta que terminada la guerra y reparado el edificio de La Cadellada acogió nuevamente la sede del Hospital Psiquiátrico Provincial.
 
Requetés de las Brigadas Navarras
La Guerra.             
En septiembre de 1937 el ejército nacional, con cuatro Brigadas Navarras, en conjunto unos 33.000 hombres, ya veteranos en la campaña del País Vasco y Santander, con gran cantidad de armamento artillero y con el apoyo aéreo de la “Legión Cóndor” alemana, que durante la campaña alfombrará de bombas incendiarias los reductos de resistencia, cruza la frontera Cántabra con Asturias.  
Entre estas brigadas se encuentra la  6ª Brigada Navarra, creada en Mayo de 1937 durante la campaña del País Vasco al mando del Coronel Miguel Abriat, y que entre otros, en la Primera Media Brigada, se encuentra el 4º Batallón Arapiles nº 7, al mando del Comandante de Caballería Emilio Molina, incorporado al Batallón el 6 de Julio de ese año. 
El Comandante Molina permanece al mando del Batallón Arapiles hasta que es relevado con fecha 9 de diciembre por ascenso a Teniente Coronel, y se le da el mando de la Segunda Media Brigada de la 63 División.   
El 11 de Octubre se hace cargo de la 6ª Brigada  el Coronel H. Rolando de Tella. Se reorganiza la Brigada y pasa a tener 3 Agrupaciones en vez de las dos iniciales. La primera Agrupación sigue también al mando del Teniente Coronel  Alberto Serrano.
Dos lugares destacan en la dura resistencia puesta por las fuerzas republicanas en la que se aprovecha de la dureza del terreno: el Mazuco y Peñas Blancas. Dos hombres destacan dirigiendo sus defensas: Higinio Carrocera en el primero y Fernández Ladreda en el segundo.   
No obstante, la superioridad y la veteranía se impone, la república quema las últimas reservas llamando a los asturianos más jóvenes, pero a mediados de octubre de 1937 el ejército republicano asturiano prácticamente ya no existe.

Las brigadas navarras desfilan por las calles de Gijón tras el triunfo franquista. I biblioteca nacional.
 El día 17 de Octubre, la IV Brigada Navarra pasa el Sella entre Ribadesella y Santianes y llega hasta la Isla. La I Brigada baja por el Sueve a Colunga mientras la VI Brigada “recorre y limpia” la margen del izquierda del río, según escribe eufemísticamente Martínez Bande en su libro “El Final del Frente Norte”.    
Seguramente es en estos días, cuando se produce un hecho que Antonio Lorenzo nos cuenta y que a su vez le fue narrado por  su primo refiriéndose al jefe que mandaba el regimiento acampado en el Monasterio, y que transcribimos “Le estoy viendo alto, fuerte vestido de uniforme lleno de medallas con un crucifijo enorme colgado al cuello y una cicatriz que le marcaba desde el rabillo del ojo izquierdo hasta la comisura de la boca dándole un aspecto sardónico. El nos pasaba la mano en la cabeza y seguía su paseo siempre en la alameda que da entrada al convento y siempre solo. Después quedé sabiendo por mi primo que la cicatriz era herida de bayoneta y el motivo de el andar solo parece ser que los otros oficiales le evitaban hacían el vacío por su crueldad pues no hacia prisioneros y justo en el último combate que tuvieron antes de llegar a Valdediós habían capturado una compañía de milicianos todos jóvenes de última hora y les habían mandado pasar a bayoneta como era su costumbre”.  
El día 19,  la IV Brigada entra en Villaviciosa, la I Brigada baja por la carretera de Colunga a Infiesto mientras la VI Brigada se encuentra a su izquierda por las laderas  oeste y sur del Sueve. 
De ser correcto  el recuerdo de Antonio Lorenzo narrado anteriormente, es probable que se produjese este día 19, pues en la copia del Diario de Operaciones de la 6ª Brigada detalla de la siguiente forma las operaciones del día: “La primera Agrupación con Arapiles y trece de Zaragoza tras duros combates, en que cogieron más de 70 cadáveres enemigos, dos ametralladoras y 74 sub-fusiles ametralladoras, ocuparon Caravidales, La Guesal y Cereceda” y aunque informa igualmente que el Arapiles tuvo 68 heridos es el único día en que se recoge el número de víctimas del bando republicano.  
El día 20, la IV Brigada opera en los alrededores de Villaviciosa, la I Brigada llega hasta Amandi mientras que la VI Brigada continúa avanzando por su flanco. “La primera Agrupación sin hallar resistencia, marchó por La Goleta y Millares a establecerse en posiciones próximas a Cabanes”.  
El 22 de octubre de 1937 hacia las 15 horas llegan al Monasterio de Valdediós dos compañías del IV Batallón de Montaña Arapiles nº 7
En estos días prácticamente ya no se combate,  lo recoge el diario de Javier Nagore, mencionado anteriormente y que señala que en su camino hacia Gijón se cruzaban con “un chorreo de milicianos que, con todo su armamento, camina en dirección contraria, hacia sus pueblos y aldeas. No hay odio en sus miradas, sino cansancio”. 
El día 21 la IV Brigada entra por la tarde en Gijón, mientras que la I Brigada llega a Peón, y según el diario de Javier Nagore, del que recoge un extracto Daniel Palacio en el Cuaderno de Historia nº XIII, editado por el Ateneo Obrero de Gijón, apuran para llegar también a Gijón, haciendo noche en Granda. La VI Brigada siguió su marcha sin encontrar resistencia. 
Sin embargo el libro de Martínez Bande “El final del Frente Norte” da como día de entrada en Gijón por la I Brigada el día siguiente 22 de Octubre y termina la guerra en Asturias. Y da comienzo entonces una dura etapa de represión siempre ocultada y negada. 
El día 22 de Octubre la VI Brigada se establece “a lo largo y a ambos lados  de la carretera Oviedo a Villaviciosa”. “La primera Agrupación lo hizo en Valdediós y pueblos inmediatos”. En el Monasterio se establece el IV Batallón Arapiles 7, como mínimo, pues se encuentra allí el primo de una de las enfermeras, de Conchita Moslares, como asistente del alférez Mendiarán, perteneciente a la 4ª Cia. del Arapiles.    
Este hecho apunta a que el Comandante Molina sea la persona que Antonio Lorenzo nos señala en su mensaje, trascrito parcialmente anteriormente y del que completaremos más adelante, aunque no hemos podido confirmarlo con total seguridad hasta ahora. 
La única duda queda en la situación que ocupó durante esos días el Teniente Coronel Alberto Serrano, Jefe de la 1ª Agrupación de la Brigada. Si quedó en Valdediós o bien se alojó con la plana mayor de la Brigada en Villaviciosa. 
La Agrupación llegó a Valdediós hacia las 15 horas del día 22 de Octubre, hora que coincide con lo recogido por Esther y su madre en una cinta grabada posteriormente.         
La viuda e hija de Emilio Montoto nos cuentan en dicha cinta  que el día de la llegada de los militares a Valdediós, quienes llevaban entre ellos un sacerdote, se dijo una misa en el exterior a la que asistieron también los vecinos del lugar. 
Durante este mes de Octubre se ha  recrudecido la huida hacia Francia de las personas que temen los horrores de la guerra y esa etapa de represión que adivinan que vendrá tras la derrota. Entre ellas varias personas de la plantilla del Hospital de Valdediós, algunos,  significados ya durante los hechos de la Revolución de Octubre de 1934, como es el caso de Domingo González, personaje importante en el sindicalismo de la época, según la nota autobiográfica que más adelante incorporamos a nuestro trabajo. 
Mari Paz, hija de Gerardo Pérez Ania recuerda que Rosa Flórez fue a su casa a despedirse, pero volvieron, bien porque no encontraron donde ir o porque consideraron, al igual que los que no se movieron de allí, que no tenían nada que temer pues estaban cumpliendo su obligación como funcionarios dependientes de la Consejería de Sanidad de un gobierno legítimo como era el de la República. Posiblemente contribuyera a esta idea el hecho de no sufrir represalias los primeros días de estancia de los militares en el Monasterio. 
Valdediós
A la vista de los hechos acaecidos posteriormente no cabe duda que se equivocaron y ese error les costó la vida a muchos de ellos. 
Mari Paz nos cuenta que a Valdediós llegaron procedentes de Covadonga, parte de personal, enfermos y heridos de los  hospitales allí establecidos, uno de Sangre, dependiente del Socorro Rojo, que debía ser pequeño dada la corta relación de atendidos que en un momento dado realiza, y otro mucho mayor dependiente de la Consejería de Sanidad. Al igual que del Hospital de Valdediós hemos localizado la relación del personal del Hospital de Covadonga. No, en cambio, del Hospital de Sangre. 
   
La tragedia. 
El resto de empleados continuó sus funciones en el Hospital hasta el 27 de Octubre en que ocurrió la tragedia que aún se recuerda por las circunstancias que concurrieron: la crueldad, la premeditación y los intervinientes. Por un lado soldados del ejército, indudablemente con la aquiescencia de sus mandos, y por otras personas que no habían empuñado un arma y que como sanitarios de un Hospital dependiente de la Consejería de Sanidad eran funcionarios civiles. 
Ese día parece ser que llegó un mensajero procedente de Oviedo con una lista. 
Los nombres de esa lista son llamados, y cinco de ellos son detenidos y conducidos a la cárcel de Villaviciosa y posteriormente a la del Coto, en Gijón, donde se les juzgaría en Consejo de Guerra. Dos de ellos serían fusilados. 
Emilio Montoto ante la preocupación de su esposa al oír su nombre le dice: “no temas que por cuidar dementes no me va a pasar nada”. Sería la última vez que lo vio con vida, según nos cuenta su hija Esther.  
A lo largo de ese día Mari Paz, hija de Gerardo Pérez, que había sido detenido,  es enviada por su madre al Monasterio para pedir a una enfermera amiga que las acompañe por la noche. Parece que es Rosa Flórez la que le contesta que ellas están encerradas allí y que no las dejan salir.  
A continuación reproducimos la versión de Antonio Lorenzo,  tal como nos la cuenta, únicamente nos hemos permitido corregir algunas letras o la ortografía de algunas palabras pues se trata de un hombre que lleva muchos años fuera de España.  
Antonio nos cuenta: ”El día anterior a eso de las nueve de la mañana apareció en el convento un sujeto vestido con un traje negro y corbata con una carpeta (nosotros estábamos jugando en la alameda lo teníamos visto y fijado por que desentonaba del ambiente) el cual la entrego al Pires y se fue. Este por su vez llamó a su ordenanza y le pidió para entregar una lista que sacó de dicha carpeta al oficial de turno para no dejar salir a los que estaban en la misma. El ordenanza paso una mirada en la misma y se encontró con un apellido Moslares en la misma.....así que se puso a buscar quien tenía ese nombre y cuando mi madre llegó, él la estaba esperando y enseguida se identificaron como primos pues mi madre tenía contacto con las tías y tíos, él la puso al tanto de lo que había y fue a hablar con el Piles el cual le autorizo a sacarla de la lista. Después fue a pedir por Angeles “la sampedra” compañera de muchos años de mi madre y también consiguió sacarla de la lista a partir de ahí no se separo mas de mi madre la noche toda”
Antonio Piedrafita sostiene una foto con sus padres al pie de la fosa común de Valdedios.
También Esther y su madre nos confirman el que los empleados fueron llamados nominalmente por lista. Creemos que, al margen de la procedencia de la lista, bien sea por carta, como nos dice Antonio Lorenzo, o bien por nómina, como nos cuentan Ester y su madre, lo que si queda clara es la premeditación de los hechos que ocurrieron posteriormente.   
Entre los años 1965 y 1970, siendo entonces Anita la encargada de enseñar el Monasterio a los turistas recuerda que un día uno de ellos se dirigió a ella al acabar la visita, preguntándole si sabía dónde se encontraba la “sala física”, una vez allí el hombre comentó emocionado, según Anita, que aún mantenía fijas en su memoria las imágenes que horrorizado contempló allí. Después le pidió ir al prado donde se encuentra la fosa donde fueron enterradas las personas asesinadas y le contó que fue obligado a ayudar a llevar a dos mujeres hasta allí y que acabó perdiendo el conocimiento pues era muy joven, cuando lo recobró se encontraba nuevamente en el Monasterio. El le aseguró que fueron 18 las víctimas aquella noche.  
Antonio Lorenzo, en cambio, asegura: ”Nuestro primo después nos informó de varios detalles del suceso. Se llevaron que yo me recuerde sobre treinta y tres personas, las obligaron a abrir la fosa y acostarse en la misma y así los mataron menos a Piedrafita que intento huir y le dieron un tiro en la cabeza, seguro que está allí enterrado. Después de eso los perros andaban desenterrando restos y alguien los enterró mejor”
Este detalle de los perros también nos lo cuenta Esther y Anita, siendo el padre de esta última quién decide cubrirlos mejor. 
Eduardo García, en su artículo publicado en La Nueva España con fecha 29 de diciembre del año 2002 refiere el testimonio del sacerdote que acompañaba a la tropa y transmitido a otro sacerdote con motivo de unos ejercicios espirituales: “Es un relato estremecedor que habla de una cena preparada por las propias enfermeras, de un baile obligado, del consumo de gran cantidad de alcohol y de todo tipo de abusos sexuales”. 
Cuenta la leyenda popular en Valdediós que un capellán fue el encargado de dar la extremaunción a las victimas instantes antes de la matanza. 
La desesperación de los familiares que allí vivían con alguno de los asesinados alcanza un punto culminante cuando la esposa de Antonio Piedrafita  arranca parte de la chaqueta que su marido muerto llevaba puesta. Según se dice a Piedrafita no le correspondía trabajar esa noche. No sabemos si fue llamado o si acudió para ver qué ocurría y si podía ayudar a sus compañeros. 
Antonio Lorenzo recuerda también que al día siguiente “como mi madre tenía el turno por la noche ella llegaba a cada a las seis y diez lo máximo y traía la  leche  para  el desayuno.  En el día del suceso eran  las seis  y  media  y  no tenia  aparecido así yo bajé por la caleya a encontrarla y cuando llegué en la esquina del muro del convento noté que algo tenia pasado, aquella zona era un castañal de árboles grandes que cubrían un área bastante extensa atrás del convento pues bien  cerca  del  camino  ya dentro del bosque había una área toda revuelta  como  si tuviese sido escarbada yo me adentré y vi pedazos de carne en un tronco. Asustado salí de allí y un poco más abajo cerca de un bebedor que tenía en el camino me encontré con mi madre que venía llorando y que me puso al corriente de lo que tenia pasado” ... “a partir de estos hechos perdí mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud en aquellos años de la pos-guerra  que mejor  no recordarlos”. 
Resulta un sarcasmo y una demostración de la publicidad mediática el artículo que dos días después de los asesinatos publica Sánchez Mazas en la prensa y del que entresacamos unos párrafos:...” 
Tú no nos elegiste, Señor, para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes, sino soldados ejemplares.....cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y una moral superiores...” 


Antecedentes y conclusiones. 
Existe en la memoria del Valle el convencimiento de que el Jefe que mandaba el Arapiles murió en el frente de Teruel. No es cierto tanto en el caso del que mandaba el batallón, el Comandante Molina, como en el caso del Jefe de la Agrupación, el Teniente Coronel Serrano.  
La fosa en primer plano en Valdediós antes de la excavación. Area del prado en donde se encontraba la fosa.
El mismo día en que los militares marchan de Valdediós, el 28 de Octubre,  se produce el acuerdo de la Diputación Provincial para que el doctor Pedro Quirós Isla se desplace allí para recoger a los enfermos del Hospital. 
El doctor Pedro Quirós Isla se niega a recibir a la ya viuda de Antonio Piedrafita, muerto esa nefasta madrugada, según le contó posteriormente esta a su hijo que entonces tenía nueve meses. 
En 1983 Antonio Lorenzo viene a España e intenta entrevistarse con quién  esté dispuesto a escucharlo con el fin de exhumar los cadáveres y darles una sepultura digna teniendo que marchar sin conseguir absolutamente nada. Nos cuenta que intentó entrevistarse con Pedro Quirós Isla pero este se negó alegando su edad avanzada. 
En cambio, diez años más tarde, en 1993,  se produce un cruce epistolar en la sección de “Cartas al Director” de La Nueva España entre componentes del Ateneo Obrero de Gijón, Daniel Palacios entre ellos,  y Pedro Quirós Isla en relación a los sucesos allí ocurridos que este niega y achaca la tristeza y el pesimismo reinante a la detención de los cinco empleados que, posteriormente, serían juzgados en Gijón y asegura en su carta publicada el 22 de Mayo de 1993 que su memoria es excelente, a pesar de sus años. 
Varios voluntarios trabajan en una fosa de Valdediós. / PACO GARCÍA PAREDES.
Es de imaginar que el personal estuviese triste, principalmente, por lo ocurrido a sus compañeros días antes, pero también es probable que Pedro Quirós Isla no tuviese deseos de saber nada ya que nunca quiso recibir a la viuda de Antonio Piedrafita que acudió repetidas veces a su puerta, en el Monasterio, en demanda de explicación o ayuda. 
Que duda cabe que la recuperación de esa lista que Antonio Lorenzo asegura que tuvieron su primo y su madre, pues de otra forma no se explica el saber que Ángeles García también se encontraba en ella, nos diría la relación de nombres que contenía, su procedencia y quién la firmaba. Pero nos tememos que no aclararía totalmente el número de las víctimas. 
Es posible que la famosa lista contuviese los nombres de las personas que siendo empleados de la Diputación en el Hospital de La Cadellada habían dejado de acudir a su puesto de trabajo por distintas causas, bien por haber huido desde el inicio de la guerra, por haberse ido a Valdediós por una u otra razón, o haber ido directamente al frente y que fueron represaliados y expulsados.      
Exhumados los restos durante la segunda quincena del mes de julio del año 2003, se confirma que las víctimas fueron diecisiete, doce mujeres y cinco hombres (ver informe específico de exhumación y análisis de los restos).
Antonio Piedrafita ‘hijo’ muestra una foto de sus padres en el lugar donde estaba la fosa.

FUENTE: Pedro de la Rubia, con la colaboración de José Antonio Landera.
Asociación para Recuperación de la Memoria Histórica en Asturias.

Nota previa: Parte de la información más abajo expuesta puede consultarse de igual modo en la página web “La memoria de los nuestros” cuya dirección es:

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