19 de junio de 2014

Los rincones salmoneros de franco en Asturias

De cañas con Franco

En los rincones preferidos por el dictador para pescar a orillas del Narcea, la maleza ha cubierto sus sillas y plataformas de cemento, mientras que los salmones apenas se dejan ver por esos cotos.
Franco pescando en el río Narcea (Asturias) La imagen y la descripción proceden del tomo duodécimo de la Historia de España dirigida por Antonio Domínguez Ortiz y publicada por Planeta en 1991.

Al anterior jefe del Estado le gustaba mucho disfrutar de las tardes de pesca en las orillas del Narcea. No era experto en el arte, pero según los ribereños, cuando iba, jugaba con ventaja, porque el río se cerraba para él. El dictador aprovechaba los mejores pozos. Hoy la maleza cubre sus plataformas de hormigón, como sucede en el coto de La Defensa, cerca de Cornellana. Al mismo tiempo que Franco pescaba los salmones, diseñaba las presas para el aprovechamiento de la energía eléctrica. Esas que también cortaron el paso del salmón.
No sólo el río y sus habitantes, en este caso los peces, han ido cambiando y adaptándose al paso del tiempo. El Narcea, el segundo río más importante de Asturias, tanto en longitud como en caudal, ha visto cómo en los últimos cincuenta años sus características físicas se han modificado y, por lo tanto, también ha cambiado el perfil del pescador.

El Narcea es históricamente uno de los ríos más salmoneros de Asturias, pero, al igual que pasó en otros caudales de la región, la construcción de presas de aprovechamiento de energía eléctrica lo dividió en dos e hizo desaparecer los salmones de la zona alta, ya que los peces nunca pudieron llegar a salvar las alturas de las enormes moles de hormigón sobre las que se construyeron las presas, en este caso, la de Calabazos.
Al igual que en la actualidad, el Narcea era uno de los ríos que lograba acaparar un gran número de pescadores en sus riberas, que acudían a pescar encandilados por la fama de ser un río salmonero. Uno de esos pescadores era Francisco Franco. El dictador pasó muchas tardes al sol disfrutando de la pesca a la orilla del Narcea, un río que, cuando él sacaba la caña, era sólo suyo. Dicen los ribereños que cuando Franco se acercaba a pescar al río «se llenaba todo de guardias civiles y nadie podía acercarse». Así lo asegura Román Herrero, vicepresidente de la Asociación de Pesca Fuentes del Narcea. Pero de aquellos tiempos quedan muchos recuerdos y los escenarios desde los que Franco lanzaba sus cañas, los que fueron sus preferidos, están ahora comidos por la maleza.
Uno de esos pozos en los que Franco solía pasar las tardes es el pozo de La Defensa, cerca de Cornellana (Salas). Ha quedado relegado a una zona de paseo y ha dejado de estar entre las preferencias de los pescadores. Bajo la maleza, dicen, en La Defensa aún se puede encontrar restos de la plataforma de hormigón desde la que el Generalísimo pescaba y de la silla que fue construida para su descanso. «A él le gustaba mucho venir por aquí y también a otros ríos de Asturias. Y claro, siempre que venía, pues picaban unos cuantos, porque hace años en cada pozo había muchos salmones y encima el río era todo para él», cuenta Román Herrero. Eran otros tiempos, es lo que se suele decir, pero es que la realidad del Narcea ha cambiado mucho desde entonces. «Ahora hay menos salmones y muchos de los pozos que antes eran los más buscados para pescar ahora ya no lo son», explican desde la Asociación de Pescadores de Fuentes del Narcea. Otro de los lugares en los que Franco solía pescar era en el pozo de Mestas, justo en la desembocadura del río Pigüeña.
Cuentan los cangueses que Franco acudía todos los años a pescar al Narcea. Solía ir durante 15 días, justo antes de cerrarse la temporada de pesca, aunque eran tiempos en los que la veda se regía por otros calendarios que nada tenían que ver con los de ahora. Se permitía pescar entre el 15 de febrero y el 15 de septiembre, pero después había una prórroga, entre el 15 de septiembre y el 15 de febrero, en la que sólo se podían pescar salmones si eran para el consumo de las familias, es decir, no se podían vender. «La gente pescaba por necesidad, porque lo necesitaban para comer, ahora la pesca se ha convertido en un deporte, para pasarlo bien y disfrutar de la naturaleza», explica Herrero.
Y es que hasta el arte de la pesca ha cambiado con los años. Cuando Franco acudía a la ribera del Narcea solía hacerlo acompañado de un ganchero. En sus visitas a Asturias, dispensaba del saber de un veterano del arte de la pesca: Avelino Aparicio Alonso. Nené, como le conocen sus amigos y compañeros, vive en Bárzana y acompañó al entonces jefe del Estado en su afición. Le llevaba los aparejos y le guiaba a la hora de elegir los lugares en donde se creía que los salmones picaban mejor. El ganchero ha declarado en varias ocasiones que Franco tenía más de aficionado que de experto en las artes de la pesca. Hoy el Narcea retiene entre su aguas al salmón, que no dispone de la libertad de la que contaba cuando la presa de Calabazos no se había levantado.
Y es que Franco pescaba en el Narcea, pero también construyó embalses.

FUENTE:  http://www.lne.es
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Con los ojos en el Eo

Oliveros, primero por la derecha, durante una de las jornadas de pesca de Franco (sentado) en el Eo.
Álvaro Oliveros, natural de Trabada y vecino de Abres, ejerció durante casi cuarenta años como guarda fluvial y compartió días de pesca con personajes como Franco y Fraga.





http://www.lne.es
«Mi gozo en un pozo», masculló el general Franco al ver cómo uno de sus ayudantes rompía, ante sus narices, el sedal del que pendía un salmón recién atrapado. A Álvaro Oliveros, que estaba supervisando la operación, no se le olvidará el comentario de aquel hombre parco en palabras que durante años no se perdió la temporada de pesca en el Eo. Esta es sólo una de las muchas anécdotas vividas por Oliveros en sus casi cuarenta años como guarda fluvial o guardarríos, como se decía entonces.
Oliveros nació en el mes de septiembre de 1929 en la margen gallega del río Eo, en el concejo de Trabada, aunque a los 11 años se trasladó con su familia al lado asturiano. La vida de este ribereño de 82 años ha estado desde siempre marcada por el río que recorre esta tierra fronteriza, en el cual, siempre que puede, sigue pescando. Ahora, en su casa de Abres (Vegadeo), revive sus andanzas.
A Oliveros le pesa no haber tenido la oportunidad de estudiar, pero nació en tiempos duros y con 16 años le tocó arrimar el hombro. Su padre era pescador y su madre se ocupaba de vender cada día las capturas de su marido en la plaza de Vegadeo. Recuerda sus primeros días de pesca con su padre. Tenían una lancha de remo en la que viajaban cuatro hombres. Se dedicaban a lo que se denominaba entonces como «rapetar» por la ría del Eo.
A la altura de Castropol o Ribadeo solían hacer un círculo con la red para capturar todo tipo de peces: salmonetes, sollas, lenguados, panchos, congrios... «La ría era muy rica entonces y había muchísimas especies, sobre todo salmonete», explica. Las horas de pesca dependían de las mareas, pero solían faenar por la noche.
Oliveros rememora las piquillas entre los marineros de Abres para ver quién llegaba antes a la ría. Desde luego, el viaje exigía buena condición física, ya que el camino entre Abres y la ría a golpe de remo se podía demorar hora y media. De aquellas competiciones entre pescadores surgió la afición al remo y a las regatas de botes que aún hoy sigue viva en la zona. «Había mucha afición porque estábamos muy acostumbrados a remar y tirar por la cuerda para colocar el cerco. Me acuerdo de tener los dedos todos gastados», precisa.
A los 19 años se fue a El Ferrol para prestar el servicio militar por la especialidad de Marina y volvió a casa licenciado con 21 años. Por aquel entonces se estaba iniciando la construcción de una escala para el salmón en el río y Oliveros ayudó a los operarios a sacar arena del río para levantarla. «Tenía una pequeña lancha que usábamos para pescar por aquí y también para ir por algas para abonar la tierra. Así que me contrataron y me pagaron muy bien, a 30 pesetas cada cargamento, que era una fortuna».
El servicio de pesca de Galicia -que entonces se ocupaba de todo el cauce del Eo- buscaba un guarda más para la zona y los agentes que vinieron a supervisar las obras de la escala salmonera se fijaron en Oliveros, como buen conocedor del cauce. Le propusieron ocupar el puesto y, tras realizar la pertinente prueba, quedó asignado al coto de Abres.
Corría la década de los cincuenta y el Eo vivía su época de esplendor. «Había muchísimo pescado, me acuerdo de días en los que el río daba 35 salmones. Cualquiera que llegaba, con poco que supiera de pesca, lograba sacar algo», explica Oliveros. También había mucho furtivo y por eso se veía obligado a cursar denuncias si se daba el caso. Era la peor parte de un oficio que le obligaba a recorrer todas las esquinas del río ataviado con su uniforme y a pasar muchas horas dedicado al papeleo. «La verdad es que había mucho trabajo todo el año, pero, sobre todo, cuando se abría la temporada, que solía ser el segundo domingo de marzo», relata.
Entonces la zona se llenaba de visitantes. «Veías matrículas de todas partes, venía muchísima gente. El Eo siempre fue un río tempranero y muy bueno». El general Franco era uno de los visitantes que generaban más revuelo porque venía acompañado de un séquito de decenas de personas. Aunque dormía en el parador de Ribadeo, establecía un campamento en San Tirso, donde descansaba y comía. A Oliveros le tocaba siempre acompañarle en sus jornadas de río, aunque pocas palabras intercambiaron.
Otro popular visitante del Eo fue el ex presidente gallego Manuel Fraga. «Se recorría mucho el río, aunque le gustaba más la trucha que el salmón», dice Oliveros.
La labor de los guardas del río era controlar pero también acompañar e informar a los pescadores. Por eso en temporada de pesca no había tiempo para el descanso. Entre los quehaceres de los guardas estaba también el desove artificial de los salmones, operación que realizaban en diciembre.
Oliveros empezó haciendo su ronda en bicicleta y terminó cubriéndola en un vehículo oficial. Por fortuna, el sistema de trabajo también evolucionó y mejoró. Pero lo que hoy más echa de menos este ribereño es el esplendor del río que lo vio crecer y que hoy en día vive sus horas más bajas.

FUENTE:  Abres  (La Nueva España)
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