9 de noviembre de 2013

Una bomba en la casa familiar de Inocencio Fernández Martínez, en 1890

La compañera dinamita.

Inocencio Fernández. (Archivo Pozu Espinos). Juan Inocencio Fernández Martínez de Vega, que pasa a la historia como Inocencio Figaredo (haciendo del topónimo su apellido), el que se encargue de la empresa y la sitúe entre los principales productores de la región. Establecerá relaciones personales y empresariales con otros burgueses y capitalistas del Principado, de ahí que se convierta en una figura central en la vida social, económica e incluso política del Principado. Hace crecer el número de concesiones hasta alcanzar un enorme cuadrilátero de 350 ha, en el que se mejora el sistema de laboreo y a partir de 1871, establece un primer sistema de transporte fundamental, el llamado “tranvía de Coto Paz” que conducía la producción (atravesando Santullano) hasta el cargadero de Ferrocarril del Norte. En la década de 1880, instala un sistema mecánico de criba, lavado y clasificación comercial de carbones, previo al proceso de cokización, que aún entonces se efectuaba al aire libre. http://www.territorio-museo.com.

 
"Mineros asturianos" Pintura al óleo de 275 por 200 cm. realizada por J. M. Félix Magdalena, Campus universitario de Mieres  (1967).

Los conflictos laborales se recrudecieron en mayo de 1890 con la colocación de una bomba en la casa familiar de Inocencio Fernández Martínez, propietario del Coto Minero La Paz del valle de Turón.

http://www.lne.es
Se ha escrito que la primera huelga de la que se tiene memoria en Asturias fue la que declararon en Oviedo los empleados de Constantino Gómez, al que llamaban "El Diablo". El industrial al parecer no estaba satisfecho con la abusiva jornada laboral que imponía en su almacén de muebles y pretendió aumentarla aún más, lo que causó la protesta de aquellos infelices que se jugaron el tipo exponiéndose al despido y la cárcel. Lo cierto es que acabaron ganando su demanda cuando corría enero de 1872, pero, como ahora veremos, bastantes años antes que ellos, otros obreros ya habían decidido plantarse en el trabajo para luchar por sus demandas.
En una fecha tan temprana como 1858, cuando aún faltaban seis años para que se fundase en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), o Primera Internacional si lo prefieren, los metalúrgicos de la Compañía Minera y Metalúrgica de Mieres, que todavía no había adquirido Numa Guilhou, ya pararon su actividad solicitando un aumento salarial por medio de un comité de negociación cuyos miembros fueron detenidos. Así lo contaba el diario "La Discusión" el jueves 21 de octubre de aquel año:
"Acaban de decirnos que los obreros de la fábrica de fundición y de las minas de Mieres han reclamado de su director un aumento de jornal y el pago de los jornales atrasados, de cuyas resultas siete de los peticionarios han entrado hoy presos en Oviedo. No sabiendo exactamente los pormenores de este desagradable suceso y temerosos de formular juicios infundados, nos abstenemos por ahora de todo comentario".
La escueta afirmación acabó ampliándose con una aclaración que desvinculaba a los huelguistas de cualquier ideología política, lo que en aquel momento quería decir que no eran carlistas, ya que los republicanos casi no existían, los anarquistas aún iban a tardar casi dos décadas en darse a conocer en Asturias y el socialismo todavía más, hasta la década de 1890. Veamos como lo explicaba el periodista:
"Los trabajadores de la gran fábrica de hierro de Mieres del Camino, provincia de Oviedo, han pedido violentamente el aumento de sus jornales. El gobernador civil de la misma dispuso la instrucción de una sumaria en averiguación de los autores del motín, de la cual resulta que los insurrectos no abrigaban ninguna tendencia política, como se había supuesto en un principio".
Si hablamos de huelgas generales, los historiadores estamos de acuerdo en que la primera con estas características no se produjo hasta mayo de 1873 y también fue causada por una demanda de aumento salarial, que en este caso exigía doblar la mísera paga que se cobraba en los tajos. La secundaron 2.000 trabajadores de Sama de Langreo y La Felguera y tuvo su pequeño reflejo en Mieres, donde solo llegaron a parar 200 mineros, ya que los patronos con buen tino, antes de que la cosa pasase a mayores accedieron enseguida a la petición elevando el jornal de 6 a 12 reales. En el Nalón, donde se cobraba más, no fue tan fácil e hicieron falta dos semanas para conseguir que quienes recibían 7 pasasen a 14 y los que percibían 8 llegasen a los 16 reales.
Desde este momento, la lista de paros puntuales se hizo cada vez más densa, siempre por motivos de reivindicación salarial o de reducción de jornada y afectando por igual a las minas y fundiciones de nuestras dos cuencas, e incluso en contadas ocasiones a otros sectores puntuales, como ocurrió en marzo de 1879 cuando los peones que empedraban la carretera del puerto a la altura de Puente Los Fierros dejaron en el suelo sus herramientas hasta que no vieron crecer sus libramientos.
Con todo, el conflicto más importante de estos años, tanto por su extensión como por sus características, fue el que se registró en mayo de 1890, porque en él los obreros dieron un paso más en sus protestas y recurrieron a una nueva compañera que ya no iban a abandonar hasta bien entrado el siglo XX: la dinamita.

                      Portada del periodico liberal "La Iberia" (jueves 22 de mayo de 1873).
 
No es fácil saber en que momento los paros empezaron a acompañarse con otro tipo de incidentes, pero un año antes, a finales de abril de 1889, el ambiente que se vivió en un plante que afectó a los hornos de Mieres ya hacía sospechar que las cosas estaban cambiando y la violencia picaba a la puerta. Así lo sospechaba el corresponsal del diario "La Iberia": "Continúa en Mieres (Asturias) la huelga de los operarios de la fábrica del Sr. Ibrán, ascendiendo a cerca de 700 el número de los huelguistas. Hasta ahora la huelga tiene carácter pacífico; pero se teme que se haga más numerosa y que se propague a los mineros de aquellos contornos".
En aquella primavera de 1890, en Vizcaya y Asturias, los dos focos industriales del norte de España, se multiplicaban las demandas de los trabajadores. En nuestra región, cuando las cuencas mineras decidieron sumarse a la protesta ya estaban en paro sectores tan diferentes como los picapedreros en Avilés, los panaderos de Oviedo o los albañiles de Bimenes, todos tras las mismas demandas de siempre: mejores sueldos y menos horas de trabajo.
Los primeros mineros se quedaron en casa en las explotaciones de "Molinucu" y "Lláscares", que abastecían a la Fábrica de Mieres, y unos días más tarde ya era difícil encontrar un tajo activo en el Nalón o el Caudal. Para entender lo que pasó entonces hay que tener en cuenta que en aquel momento pequeños grupos de trabajadores ya empezaban a interesarse por la propaganda marxista -en 1891 se iba a constituir en Gijón la primera Agrupación Socialista Local y en febrero de 1892, Pablo Iglesias visitaría aquí a sus primeros seguidores- y en los círculos anarquistas se extendía la idea de que el camino más corto para conseguir algo pasaba por la acción directa.
De manera que la huelga se acompañó de manifestaciones que desde el Gobierno trataron de reprimirse con la intervención de la Guardia Civil, lo que no hizo más que provocar unos enfrentamientos como nunca se habían visto por aquí haciendo crecer la espiral de violencia hasta el punto de que se hizo necesario traer a las villas mineras un batallón del ejército procedente de León.
En aquellos momentos, uno de los hombres más ricos de la Montaña Central era Inocencio Fernández Martínez, empresario minero del valle de Turón y para muchos el mejor representante de lo que debía de ser el capitalismo moderno, ya que, al contrario de lo que hacían la mayoría de los terratenientes de la región, temerosos de invertir su dinero en algo que no pudiesen ver con sus ojos o medir con sus manos, participaba como accionista en una larga lista de empresas vinculadas con los cambios de la época y no le hacía ascos a los negocios bancarios.
Don Inocencio había sabido aprovechar la herencia familiar y explotaba el Coto La Paz que a finales de la década de 1870 era capaz de extraer 12.000 toneladas de carbón anuales, pero además procuraba que sus explotaciones se actualizasen con las tecnologías de la época y en aquel 1890 había instalado dos aparatos Berard con los que se podían lavar hasta diez toneladas métricas de hulla por hora, pero incluso así su empresa estaba pasando por un momento de estancamiento y además veía por primera vez la competencia de la Sociedad Hulleras de Turón, pensada por un grupo de industriales vascos que pugnaba por hacerse con algunas de sus propiedades.
Decididamente, aquel no fue un buen año para Inocencio Fernández, porque a sus problemas se unió otro inesperado cuando una bomba vino a turbar su pacífica existencia. La dinamita, que desde entonces iba a estar presente en muchas protestas mineras, hizo su debut volando la casa familiar, que servía además como oficina central de sus negocios.
Desconocemos la autoría de este atentado, pero seguramente influyó en la decisión de que la familia decidiese cambiar su residencia, detrás del viejo palacio de la localidad, y empezase a pensar en el nuevo el chalé, que se inauguró en 1929 con la capilla ardiente de Vicente, el hijo de Inocencio, quien ya había cambiado su apellido por el de Figaredo con el que sus descendientes se pasean hoy por la historia de Asturias olvidando que un día fueron unos sencillos Fernández.
En cuanto a la huelga, duró 15 días y concluyó con el triunfo de los trabajadores que pudieron conseguir muchas de sus reivindicaciones. Don Inocencio por su parte se convirtió en la imagen de la modernidad para los mierenses que se sorprendieron al verle colocar en su despacho el primer teléfono del valle y se maravillaron con su coche a motor, que también fue el primero en pasar por nuestras calles.
Aunque hay que decir que sus sustos no acabaron en aquel mayo de 1890, puesto que aún tuvo que vivir en sus carnes la visita del popular bandido Constantino Turón que en una demostración de chulería entró a robar en su casa después de avisar a la Guardia Civil. ¿Qué cómo lo consiguió?: disfrazándose de cura, pero esta ya no es la historia de hoy.


                                       Ilustración de: Alfonso Zapico.
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
                                               [-----------------------------------------]

La Iberia (España) http://es.wikipedia.org

Portada de su periódico "La Iberia" del que Pedro Calvo Asensio fue fundador, director y propietario. 
La Iberia fue un periódico español de carácter liberal que se publicó entre 1854 y 1898, fundado por Pedro Calvo Asensio. Entre enero y septiembre de 1868 recibió el nombre de La Nueva Iberia.

Historia

El periódico La Iberia fue creado en Madrid por Pedro Calvo Asensio en junio de 1854, en su deseo de crear un nuevo periódico político de carácter liberal y progresista en España. El título del diario correspondía a la aspiración de alcanzar la 'unidad ibérica', es decir, la unión de España y Portugal.
Desde sus páginas se apoyó la Revolución de 1854 y la figura del Espartero para dirigir el Gobierno mientras que se atacaba a O'Donnell.
La Iberia. Diario liberal de la mañana, periódico que, junto con su atención preferente a la política, destaca según los autores por la rica y variada información cultural, literaria o científica que todos los días ofrece en sus páginas, y que dista mucho de la proporcionada por otros periódicos madrileños de su tiempo. Estamos ante un periódico, primero matutino y de aparición diaria y después vespertino y publicado de lunes a sábado, en cuya redacción colaboraron escritores de la talla de Juan de la Rosa, Concepción Arenal, Patricio de la Escosura o Gaspar Núñez de Arce, entre muchos otros, y cuya principal etapa se desarrolla entre los años 1860 y 1863, con un equipo ya consolidado, corresponsalías internacionales en Londres y París y una actividad que, como apuntan los autores, conduciría a La Iberia al liderato en la prensa política y la convertiría en punta de lanza de iniciativas tan significativas para la vida literaria del siglo XIX como fue la coronación del poeta Manuel José Quintana en 1855.
En 1863 es adquirido por Sagasta, junto con José Abascal, quien lo dirigirá hasta junio de 1866, alcanzando su máxima difusión y sirviéndole para criticar al gobierno y preparar la Revolución de 1868.

Bibliografía

La España del siglo XIX: sus hombres y acontecimientos más notables, Volumen 1. 1865.

 FUENTE: http://es.wikipedia.org
                                                      [-------------------------------------] 

El entierro de don Vicente Fernández.

Minas de Figaredo, Paulino Vicente, 1943-Museo de Bellas Artes Asturias




http://www.lne.es
El chalé de Figaredo es, como ustedes saben, uno de los edificios más notables de las Cuencas y alberga desde hace años la sede del Centro de Cooperación y Desarrollo Territorial de la Universidad de Oviedo. Sólo he estado en él una vez; fue hace años, cuando la Asociación «La Griesca» me invitó a dar una charla sobre la historia del lugar con motivo de las fiestas patronales, y aún recuerdo que lo primero que me encontré al entrar en la sala fue a quienes me habían llamado limpiando el suelo con unas fregonas.
La explicación insólita que me dieron es lo que hace que no lo olvide: en el programa de actos me había precedido Nel Amaro con una de sus «performances»; no sé si se trataba de algo relacionado con una recreación de un lavadero de carbón o si había roto aguas en el escenario en el curso del parto de los montes, pero el caso es que cuando puso fin a su actuación hubo que retirar un enorme charco para poder colocar el atril necesario para la charla. Todo sea por el arte.
El chalé, inaugurado en 1929, es una obra del arquitecto Enrique Rodríguez Bustelo y se diseñó con el afán de que fuese la vivienda más lujosa de Mieres, como una exhibición del poder económico de sus dueños, la familia Fernández, un apellido tan vulgar que, como no le decía nada a nadie, ellos no dudaron en cambiar por otro a la medida que les identificase allá por donde fuesen recordando de paso su origen y también el lugar donde habían hecho su fortuna: Figaredo.
Los Fernández eran una familia pudiente, oriunda del valle de Turón, que durante generaciones había vivido de las rentas de las numerosas fincas de labranza que poseían en la zona. Había otros linajes como ellos, e incluso mucho más ricos, pero ninguno vio la oportunidad de invertir en la minería del carbón cuando empezaron a explotarse las primeras galerías en la zona. Vicente Fernández Blanco fue la excepción y lo siguió Inocencio Fernández Martínez de Vega y luego sus hijos; de manera que desde mediados del siglo XIX y casi hasta que la mala fe del Gobierno y la incompetencia de los sindicatos cerraron las minas la saga estuvo dirigiendo la vida del valle y enriqueciéndose con el mineral que salía de sus generosas entrañas.
Fueron la excepción en una región en la que prácticamente no existieron inversiones autóctonas y los capitalistas llegaron desde Cataluña, la Rioja, Cantabria, el País Vasco, Inglaterra y Francia; y además su participación en los negocios no quedó limitada a un par de generaciones como en otros casos, sino que pudo mantener su pujanza hasta el tiempo que nos toca vivir.
Inocencio Fernández explotó con éxito el Coto La Paz, que a finales de la década de 1870 ya producía 12.000 toneladas de carbón anuales, pero promovió también la creación de Minas de Riosa e invirtió en otras empresas tan rentables como la Panadería Modelo de Mieres o el Ferrocarril Vasco-Asturiano. Cuando murió, en 1918, sus hijos ya tenían sus propios negocios, pero no dudaron en juntarse en un ambicioso proyecto que iba a garantizar sus capitales en caso de un improbable descubierto que nunca llegó a producirse: el Banco de Oviedo.
Quien mandó construir el chalé volvía a llamarse Vicente como el patriarca, pero su primer apellido ya era Figaredo y el segundo, suficientemente conocido de ustedes, Herrero, evidenciando que había empezado la política de alianzas matrimoniales con otras familias poderosas que ya iba a ser habitual en la familia.
Vicente Figaredo Herrero supo multiplicar su herencia diversificando también sus intereses, pero sin abandonar los negocios del carbón. Había estudiado en la Escuela de Minas de Madrid, para pasar después una temporada en Lieja con su hermano Isaac. El uno pudo conocer de cerca las técnicas de explotación más modernas de la época, y el otro se especializó en los entresijos del comercio, de manera que ambos pudieron adquirir la experiencia que les permitió situarse al frente de los negocios de la saga cuando se inicio la I Guerra Mundial y llegaron las vacas gordas para la hulla asturiana.
Don Vicente se convirtió en presidente de Hulleras de Riosa y formó parte del consejo de administración de la Sociedad Minera del Caudal y del Aller, fundada en 1916 con un capital de 5.000.000 de pesetas que asumían en su mayoría accionistas franceses, pero donde también figuraban inversores más próximos como José Tartiere, con el que también participó en los vastos negocios de la Industrial Asturiana; intervino a la vez en los de Fábrica de Mieres y la Hullera del Rosellón y Santofirme y, por supuesto, estuvo entre los fundadores del Banco de Oviedo junto a los Masaveu, los Caicoya y el mierense José Sela, y del Banco Gijonés de Crédito.
Por supuesto, no fueron éstas sus únicas empresas: una de sus incursiones más peculiares estuvo en los negocios navales, en los que participó junto a Luis Ibrán y los hermanos Caicoya aprovechando la fuerte demanda de carbón que precisaban la industria y el ferrocarril a principios del siglo XX. Su naviera contaba con cuatro buques con los que se realizaban principalmente transportes de mineral entre Asturias, Bilbao y Barcelona; y como las ganancias eran suculentas, Vicente Figaredo acabó formando su propia compañía en 1926, aunque con sólo dos barcos: el «Inocencio Figaredo» y el «Santofirme», que acabaría siendo rebautizado con su propio nombre.
Por esas cosas de la fatalidad, ésta fue una nave con gafe desde el momento en que falleció su propietario. Cuando adquirieron el «Santofirme» ya tenía años de más y su maquinaría anticuada fallaba constantemente; por ello en aquel mismo 1929 fue necesario hacerle una revisión general en el astillero Euskalduna de Bilbao que forzó a dejarlo un mes en el dique seco y supuso una factura de 115.000 pesetas. Dos años más tarde volvió otra vez a detener su singladura, esta vez por una huelga de su tripulación, y en 1933, cuando ya lucía en su proa el nombre de Vicente Figaredo, una vía de agua obligó a remolcarlo desde el Mediterráneo, donde estaba efectuando un transporte de carbón, hasta Bilbao, donde los Figaredo decidieron venderlo para chatarra.
Volviendo al chalé, lo que nunca se imaginó su propietario es que el mismo año de su inauguración iba a colocar allí su propia capilla ardiente, y es que Vicente Fernández Blanco falleció poco antes de las diez de la noche del 28 de julio de 1929, cuando aún vivían su madre, Dominica Herrero, y sus hermanos Guadalupe, Amparo, Alfredo, Isaac, Ismael, y Nicanor, los tres últimos ya residentes en Gijón. Como verán, se trataba de una familia numerosa, aunque sus ramificaciones no habían hecho más que empezar. Para que se hagan una idea, sin ir más lejos, Ángeles Sela y Sela, la viuda de Vicente, quedaba en aquel momento al cargo de ocho hijos: Inocencio, Aurora, Vicentín, Antonio, Alberto, Dominica, José María y Juan.
Lógicamente, por el chalé pasaron en aquellas horas las mayores fortunas de la región a testimoniar su pésame. En aquel momento presidía la Unión Popular José Sela y Sela y por ello los componentes de sus comités provincial y local se personaron en pleno junto a los allegados y recomendaron a sus afiliados la asistencia a las ceremonias religiosas. A los dos días, a las diez de la mañana del martes 30, se celebró el funeral de córpore insepulto de más tronío que se ha visto hasta el momento en la iglesia parroquial de Figaredo, aunque no hubo entierro porque la familia prefirió llevar el cadáver hasta su panteón ovetense.
Ya les he dicho más arriba que el finado y los suyos tenían mucho que ver con el Ferrocarril Vasco-Asturiano, por ello a nadie le extrañó que la compañía dispusiese especialmente un tren fúnebre para el traslado. Puntualmente, como estaba previsto, a las 11.35 salió desde la estación de Figaredo un convoy en el que viajaban centenares de mineros de sus explotaciones, con un vagón especial engalanado con crespones y coronas de flores donde iba el cuerpo del finado acompañado por sus parientes y amigos cercanos. Una hora más tarde ya estaba en la capital, donde esperaban más trabajadores que se habían adelantado en otros trenes y una multitud que en muchos casos había llegado desde otras localidades en automóviles, ocasionando uno de los primeros atascos que registró la historia ovetense. Una vez allí, el ataúd fue transportado por los obreros hasta la carroza fúnebre, que echó a andar flanqueada por ordenanzas del ayuntamiento de Mieres y del Banco de Oviedo y, seguida por una enorme comitiva, emprendió el camino hasta el cementerio del Salvador donde fue inhumado.
Mientras tanto, bastantes ovetenses se acercaron hasta el Banco de Oviedo, del que era presidente en el momento de su muerte, para firmar en los pliegos de condolencia que allí se exponían y acudieron también al día siguiente a otro funeral, esta vez en la iglesia de San Juan el Real. A las pocas horas volvía a trabajarse en Figaredo.
Sic transit gloria mundi, que diría el clásico y que no significa otra cosa que aquí, pobre o rico, no se queda nadie.
                                                   Ilustración de: Alfonso Zapico.

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada