14 de noviembre de 2013

El escritor e investigador turonés fray Maximino Llaneza Álvarez

El fraile misterioso.
 
El turonés fray Maximino Llaneza Álvarez debería estar incluido en la lista de hombres ilustres de las Cuencas por su faceta de escritor, su honradez y su capacidad de trabajo como investigador.

http://www.lne.es
No me pregunten ustedes cómo lo hago -ya saben que los caminos del Señor son inescrutables-, pero me he encontrado con un blog de carácter religioso que entre sus contenidos tiene un juego denominado "El fraile misterioso". La cosa consiste en adivinar, a partir de una pista propuesta por su autor, el nombre de un dominico importante para la historia de esta orden.
Pues bien, la incógnita que proponía el 20 de agosto de 2011 Miguel Ángel Vázquez partía de una imagen con el siguiente pie: "Adjuntamos una fotografía que corresponde a una capilla de construcción muy reciente que no tiene valor histórico ni artístico pero que se encuentra en el pueblo de donde es natural nuestro fraile. Este fraile y escritor es un auténtico desconocido, voy a daros todos los datos que dispongo del personaje. Nació el 1 de julio de 1855. Ingresó en la Orden Dominicana en Corias, continuando sus estudios en Padrón. Ordenado sacerdote en Santiago de Compostela en 1880. Destacado restaurador de la orden en un país europeo. Nombrado Prior del convento de Chiquirirá de Colombia cargo que no llegó a ocupar. Falleció en Salamanca el 5 de diciembre de 1930. Escribió varios libros. ¿De qué fraile hablamos?".
Aunque les parezca difícil, este entretenimiento tiene seguidores y la pregunta obtuvo la respuesta acertada. Alguien añadió la pista de que el personaje oculto había pasado por el convento de Corias, en Cangas del Narcea, y por fin un tal "Cubanín" se atrevió a ponerle identidad al fraile misterioso: "Asumo que hablamos de fray Maximino Llaneza y esperamos que Don Miguel consiga algo más de la biografía de este fraile".
Tenía razón, así que finalmente se dio la solución: "La única pista posible era partiendo de Turón o de Mieres. Como dice "Cubanín" efectivamente se trata de fray Maximino Llaneza Álvarez, nacido en Turón en el barrio de Villabazal. No tengo más datos que los aportados, sí decir que escribió cinco o seis libros y que fue un destacado restaurador de la Orden en Portugal".
La verdad es que la fotografía se correspondía con la capilla erigida recientemente en Villabazal para guardar las valiosas imágenes de San Roque y La Magdalena y que viene a remplazar muchos años después a la primitiva, que se derribó tras la revolución de octubre.
Fue en este hermoso paraje donde nació Maximino Llaneza el 1 de Julio de 1855, uno de los numerosos frailes que dejaron obra escrita en la Montaña Central. Sin embargo, a pesar de haber firmado trabajos más interesantes que muchos de ellos, es el más desconocido. De hecho, las antiguas enciclopedias que recogen su biografía se limitan a repetir los mismos datos incluyendo también los errores, que corrigió acertadamente el investigador turonés y buen amigo Carlos Vega Zapico en una pequeña biografía publicada en el nº 7 de la revista "Ecos del Valle" en junio de 1982.
Por él sabemos que fray Maximino Llaneza tomó el hábito de la Orden de Santo Domingo en Corias, continuó estudios en el de San José de Padrón (La Coruña) y fue ordenado de presbítero en Santiago de Compostela. Luego ejerció como profesor seis años en el mismo Padrón; después en Belchite (Zaragoza); Vergara (Guipúzcoa) y Las Caldas (Santander) y, como contaba el blog, en 1894 fue nombrado prior del convento de Chiquiquirá (Colombia) pero no llegó a ir, aunque sí lo hizo a Portugal en 1908 para restaurar allí su orden.
Fray Maximino fue un escritor tardío pero escogió bien sus temas, especialmente en dos ocasiones: rescatando una curiosa edición del Nuevo Testamento del siglo XVI, que en su momento se ocultó para libarse del fuego de la Inquisición, e investigando sobre la obra de fray Luis de Granada, que publicó completa en 1927, tres años antes de que le llegase la muerte cuando estaba trabajando sobre otro personaje: fray Pedro de Alcántara. Voy a contarles algo sobre estos dos libros y para que vean por qué son interesantes debo llevarles hasta el siglo XVI.
Corrían entonces tiempos de agitación en el mundo cristiano, que iban a resolverse con la separación de las iglesias evangélicas, o protestantes si lo prefieren. Una de las novedades del reformador Martín Lutero fue la traducción de la Biblia al alemán para que sus paisanos pudiesen entender lo que se contaba en ella. Hasta entonces los textos se leían en latín y la jerarquía católica tenía el monopolio para decir a sus fieles lo que interesaba en cada momento, pero ante la evidencia de que todo estaba moviéndose, los obispos católicos decidieron cambiar de táctica.
En Alcalá de Henares, la Universidad Complutense preparó la edición de la Biblia Políglota que dio paso a una cierta apertura en lo que podía publicarse bajo aquel control religioso que impregnaba la vida cultural española y sus aulas atrajeron a los impresores más atrevidos, entre ellos un benedictino llamado Juan de Robles que llegó hasta allí desde la prestigiosa abadía de Montserrat en Barcelona.
Este monje, además de ser un predicador de prestigio, reclamado por sus sermones por toda España, fue también autor de algunos libros como "La caridad discreta practicada con los mendigos" y tradujo al castellano la regla de San Benito de Nursia, el fundador de su Orden. Pero su trabajo más celebrado fue una traducción de los cuatro Evangelios a partir de los textos más antiguos que se conocían en su tiempo, que depositó en el monasterio de El Escorial, donde el manuscrito estuvo olvidado hasta que Maximino Llaneza, el fraile erudito de Villabazal lo publicó en 1906 con el título de "Nueva traslación e interpretación de los cuatro Evangelios", acompañándolo de sus propios comentarios.
Según el turonés, esta traducción es la mejor de las conocidas, ya que fue hecha a conciencia y cotejando los códices más importantes, pero su autor seguramente decidió mantenerla en secreto por temor a dar con sus huesos en el potro de tortura, ya que la lectura de los textos sagrados en catalán, español o cualquier otra lengua vernácula, estaba expresamente prohibida y podía identificar a quien lo hiciese como simpatizante de la ideas de Lutero, algo que el benedictino quería evitar a toda costa, porque al parecer ya había sido reprendido en alguna ocasión por tocar en sus disertaciones temas que no eran del gusto del Santo Tribunal.
No cabe duda de que esta publicación fue un acierto, pero lo que hace imprescindible el nombre de Maximino Llaneza en el panorama de las letras españolas es su exhaustiva y sorprendente catalogación de la obra de fray Luis de Granada, continuando la labor que habían iniciado otros frailes dominicos. Para ello, cuando ya tenía 70 años rebuscó en archivos y estanterías por toda España y "armado por todas las armas de un libro de rezo, de una máquina fotográfica, una Zeiss Krauss, y de un paquetón de cuartillas" conoció las principales bibliotecas de Italia, Alemania, Bélgica, Francia, Inglaterra y Portugal.
Finalmente, en 1926 pudo reunir en cuatro volúmenes toda la producción del maestro de Granada y consignar nada menos que cuatro mil doscientas ediciones de sus obras en varios idiomas, aunque siempre le quedó la frustración de no haber podido hacer lo mismo en América y Asia, donde según sus cálculos podía aumentar esta cantidad en otro tercio. Visto desde el siglo XXI este es uno de esos casos en los que uno se pregunta qué habría podido hacer nuestro hombre si hubiese podido disponer de la información que ahora cualquiera puede tener al alcance de su mano sentado frente a un ordenador.
La meritoria labor del de Turón suscitó la atención de los intelectuales españoles que le dedicaron comentarios elogiosos. Como ejemplo, recordemos el recuerdo que escribió Azorín para el diario "ABC" en un fecha tan tardía como abril de 1952, aprovechando una comparación entre las figuras de fray Luis de Granada y Miguel de Cervantes: "Creo que quien estudie "El Quijote" en su difusión por el mundo habrá de estudiar también, siquiera someramente "El libro de la oración" en su difusión mundial. Son estos dos libros los más universales que tenemos; los dos son esencialmente españoles. La bibliografía de "El libro de la oración" (1554) ha sido hecha, en un grueso volumen, por fray Maximino Llaneza: es un texto intrincado, difícil?".
A juzgar por lo que hemos visto, seguramente tendremos que incluir a este fraile en la lista de hombres ilustres de nuestras cuencas, tanto por su faceta de escritor como por su honradez y su capacidad de trabajo, algo que cada vez es más raro encontrar en quienes se dedican a la investigación de estas cosas.


                                 Ilustración de: Alfonso Zapico.
 

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR.
                                   [-----------------------------------------------------------]

Fray Luis de Granada. 
 
El mejor sermón de Fray Luis de Granada: su buena muerte. 

http://www.dominicos.org
Fray Luis no murió víctima del dolor que le produjo el engaño de la «monja de Lisboa». Fray Luis está tranquilo con la seguridad que rezuma de su último sermón. Ya hacía tiempo que iba diciendo y afrontando el paso definitivo, lejos de las pompas y vanidades del mundo, desde la soledad deseada y buscada, la que como él dirá «la verdadera y perfecta soledad no la hacen los lugares, sino los corazones: solo está quien está con Dios, y solo está quien vive dentro de sí; y solo está quien cortó y despidió de su corazón todas las aficiones del mundo, porque fuera está ya del mundo quien no quiere nada de él, no tiene porqué recibir pena ni gloria de las cosas que no ama, pues donde no hay amor no hay pena, ni cuidado ni alegría ni turbaciones». Fray Luis sabía que el fin de su andadura terrena estaba cercano. Esperaba con gozo a la hermana muerte. Está preparado para el encuentro definitivo con el Señor. Este fue el Padre Granada: el siervo fiel y prudente hasta el fin. Sólo le queda recibir el premio y entrar en el gozo de su Señor. Y así fue. Está finalizando la última etapa de su vida; entrevé la meta. Ha conservado hasta el fin la lucidez de su mente y la fidelidad a su vocación.
Lo que ha sido el objetivo de su celo apostólico, se presenta ahora a su memoria: «El mayor de todos los espacios del mundo (para lo cual sólo el hombre fue criado y para el cual fueron criadas todas las cosas del mundo, y por el cual el mismo Criador y Señor de todo vino al mundo y murió y predicó en el mundo) es la salvación y santificación del hombre». Fray Luis espera esta misericordia del Señor, él que tantas veces la había practicado y proclamado. Anhela ya el abrazo definitivo con el Padre. La esperanza de su vida es ya dicha cercana. Para fray Luis se acerca la posesión de la Paz definitiva, la Luz sin ocaso, la Vida sin fin.
El padre maestro fray Luis de Granada falleció en el convento de Santo Domingo de Lisboa a las nueve de la noche del día 31 de diciembre de 1588. Tenía ochenta y cuatro años cumplidos.
Fray Juan de las Cuevas, testigo de los últimos momentos de la vida de fray Luis y de su santa muerte, nos ofrece un testimonio insustituible. Sus palabras son claridad gozosa, luz serena, fraternidad hecha proximidad y anhelo, esperanza rendida. Es el testimonio del amigo, del sacerdote y del hermano:
«No se contentó el año de 1588 con todos los males que nos tenía hechos, sino que nos llevó también al buen padre fray Luis de Granada. Murió víspera del año nuevo, a las nueve de la noche, y fue a tener los buenos años en el cielo, donde mudará la cuenta de ellos en eternidad.
El principio de su enfermedad fueron unos vómitos de cólera [=bilis]; y pensando los médicos que procedían de frialdades del estómago, comenzaron a curarle con cosas calientes, y comenzó a tener calentura, de suerte que, yendo en crecimiento, le enflaqueció de manera que habiendo caído malo a los 15 de diciembre, cuando vino a los 30 del mismo (mes) le hallaron los médicos tan flaco, que le mandaron dar luego los sacramentos. Y llegándose a él un padre grave de esta casa, le dijo: “Padre Maestro, sepa vuestra paternidad que los físicos dan poca esperanza de su vida, y dicen que está en mucho peligro”. Y el buen viejo entonces levantó las manos a Dios y le dio gracias, y respondió al padre que esto le dijo: “Ningunas nuevas me pudierais dar, padre mío, mejores ni de mayor consuelo que éstas”.
Y avisándome de ello su compañero (fray Francisco Oliveira), fui luego a verle y le dije que sería bien recibirlos, y él dijo que holgaba mucho de ello, y que fuese luego. Y por estar fuera el prior de esta casa (fray Amaro López), pidióme el suprior se los administrase yo; y mientras él se reconciliaba (porque había confesado el día antes), fui a traer el Santísimo Sacramento; y después de haber hecho las ceremonias que se habían de hacer según ordinario, llegando a darle el Santísimo Sacramento, le pregunté si creía que aquel Señor que yo tenía en las manos era Jesucristo, hijo de Dios vivo, salvador del mundo. Respondió las palabras que se siguen:
«Creo que está aquí la gloria de Dios, la bienaventuranza de los ángeles, el Redentor del mundo. Yo os doy muchas gracias, Señor, por la merced que me habéis hecho de traerme a este punto. Recibo de vuestra santísima mano la muerte sin resistencia ni contradicción alguna».
Y después de otras devotas palabras, concluyó diciendo: «Venid, venid, Señor, para remedio de mi alma».
Y entonces le di el Santísimo Sacramento; y le pregunté si pedía el santo Sacramento de la Extrema-Unción en caso que lo tuviese [en] necesidad. Respondió que sí, y que se lo trajese luego, porque quería oír todo el oficio y responder a él. Y así le traje luego el santo sacramento de la Extrema-Unción, y dicha la confesión antes de dársele, pidió, como es ordinario, perdón a todos los que estaban presentes de cualquier ofensa que les hubiese hecho o mal ejemplo que les hubiese dado. Y luego le di el santo sacramento, y él lo recibió con mucha devoción, respondiendo a todo lo que se decía.
Acabado el oficio, llamó a todos los novicios y les hizo una plática, en la cual, entre otras cosas que les dijo, les encargó mucho que tuviesen cada día un rato de meditación de la pasión de nuestro Señor, y que cada día hiciesen examen de su conciencia, y que siempre procurasen cerrar la puerta del corazón a todas las cosas del mundo y fuesen muy observantes en su religión; y con esto, besándole los novicios la mano, les dio su bendición.
Fuímonos todos, y él se quedó encomendándose a nuestro Señor, como siempre lo estaba haciendo.
Tornéle yo después a hablar, y le fui siempre visitando algunas veces, diciéndole algunas cosas espirituales, porque él holgaba de ello, que, aunque ya no podía hablar, preguntándoselo yo, por señas me lo daba a entender. Y leyéndole algunos ratos de la pasión de nuestro Señor, le pregunté si lo entendía, y díjome que sí. Y preguntándole si tenía algún dolor grande que le impidiese pensar en Dios, me hizo señas con la mano diciéndome que no.
Y pocas horas antes que muriese pidió que le pusiesen en las andas o féretro para descansar allí.
Y así se fue acabando poco a poco, sin hacer muestras de dolor ni trabajo. Y fue su muerte tan sosegada y dichosa como él la pudiera escoger.
Bien sabe todo el mundo cuán devoto era este buen padre, y particularmente este adviento pasado, porque tenía más oración y ayunaba todos los días; y con ser de ochenta y cuatro años, tomaba muchos días disciplina, según me certifica su compañero. Y esto, juntamente con la pena que recibió de las cosas de María de la Visitación, tengo entendido que fue mucha parte para acabarle.
Llóranle en esta ciudad muchos pobres y personas necesitadas, a quienes hacía limosna de cantidad de dineros que personas principales fiaban de él para que los repartiese. Y a mi parecer, le debemos llorar todos, pues nos falta un hombre que tanto nos ayudaba con su doctrina y ejemplo para el camino del cielo. Yo le lloro por esta razón y por la soledad que me hace. Pero consuélame mucho el haber visto el discurso de su enfermedad y muerte, en que he echado de ver cuán bueno y fiel es Dios para con los suyos, y cómo no sabe desamparar en la muerte a los que con verdad le han servido en vida.
Como yo le había dado los sacramentos, pidióme el padre prior que hiciese todo el oficio del entierro, y así se hizo la recomendación del ánima, y le llevamos a la iglesia aquella noche que murió, donde por la mañana, como se supo su muerte, comenzó a concurrir gente a verle, porque estaba el rostro descubierto, y verdaderamente hacía devoción mirarle: porque estaba de mejor semblante y parecer que cuando estaba vivo.
Hízose el entierro a las cuatro de la tarde el día de año nuevo, y movióse toda la ciudad, y concurrió tanta gente que apenas nos le dejaban enterrar. Y fue tanta la devoción del pueblo, que se ahogaban por llegar a verle y besar la ropa y tocar rosarios en su rostro. Y cuando le llevábamos a la sepultura, le fueron cortando la capa y los hábitos para reliquias, de suerte que cuasi le echaron desnudo en la sepultura, y si no le defendieran los religiosos, no le quedara hilo de ropa: hasta un diente solo que tenía en vida, se lo quitaron en muerte.
Hízose el entierro con mucha solemnidad y devoción y concurso del pueblo y de las religiones. Diósele sepultura particular y honrada, como se debía a tal persona.
Luego el día siguiente hubo misa y sermón, de gran solemnidad y concurso de gente.
Fue cosa de consideración acertar a hacer su entierro día de año nuevo y primer domingo de mes, donde se hacen en esta casa dos fiestas muy señaladas: la una, del nombre de Jesús, que se celebra con mucha solemnidad, aderezando la iglesia muy ricamente, y con música de instrumentos y voces; y la otra solemnidad es de la procesión del rosario de nuestra Señora, que también se hace muy solemnemente, de manera que estaba su cuerpo en el coro (que es la capilla mayor) y tratábamos de su entierro, y estaba el coro y la iglesia muy bien aderezada y se celebraba su sepultura con música y regocijos. Y así parece que, con ser la muerte de este dichoso padre uno de los mayores trabajos que agora nos pudiera venir por la falta que nos hace, parece que por otra parte ha sido un linaje de alivio y consuelo por los trabajos de estos días pasados: porque con la santidad tan venerada y fundada de este buen padre se ha remediado algo de la fingida y mentirosa de María de la Visitación, y dejan los hombres de hablar ya de ella con lo mucho que tienen que hablar de las grandes virtudes del padre fray Luis de Granada».
De esta forma, rodeado de sus hermanos en la celda humilde del convento de Santo Domingo de Lisboa, con la pluma en la mano y la luz de Dios en su alma, se apagó una de las más claras lumbreras en la historia de España: Fray Luis de Granada.
Del Orden de Predicadores, Maestro de la Elocuencia sagrada, y de la vida christiana. Nació en Granada el año 1504, y murió en Lisboa en el de 1588. http://es.wikisource.org

FUENTE: Urbano Alonso del Campo, O.P.
                                          [--------------------------------------------]
Biografía: Fray Luis de Granada.
                                                                                Fray Luis de Granada
 http://www.biografiasyvidas.com
(Luis de Sarria; Granada, 1504-Lisboa, 1588) Escritor español, destacada figura de la literatura ascética del Siglo de Oro. Confesor de duques y de reyes, fue el orador sagrado más famoso de su tiempo en España y Portugal. Sus sermones, dentro del más puro estilo ciceroniano, sirvieron de modelo hasta el siglo XVIII; fue también uno de los mejores prosistas del siglo XVI en latín, castellano y portugués. Destacan sus Seis libros de la retórica eclesiástica (1576), el Libro de la oración y de la meditación (1554), la Guía de pecadores (1556) y el Memorial de la vida cristiana (1561).
Procedente de una familia muy humilde (su madre era lavandera), sus padres fueron de los que por disposición de los Reyes Católicos poblaron las tierras granadinas conquistadas. Quedó huérfano siendo muy niño y entró de monaguillo en el convento de Santa Cruz de Granada de los dominicos, que habían amparado la viudez de su madre. Se dice que Íñigo López de Mendoza, admirado de los razonamientos del muchacho en una disputa infantil bajo su balcón, decidió protegerle y lo nombró paje de sus hijos, a quienes acompañó en sus estudios. También parece que en aquella ilustre casa compartió las enseñanzas del célebre maestro y humanista italiano Pietro Martire d'Anghiera.
Ingresó en el citado convento dominico en 1524 y profesó al año siguiente. Formado en el Colegio de San Gregorio de Valladolid, tuvo como maestros a famosos teólogos corno Melchor Cano, Bartolomé Carranza y Diego de Astudillo, a quien años más tarde prologaría un libro. Volvió al convento granadino de su orden y años después al de Santo Domingo de Scala Dei, en tierras cordobesas, del que fue nombrado vicario en 1541. Tuvo parte activa en la restauración de este monasterio, donde conoció al maestro Juan de Ávila, cuya biografía escribiría y bajo cuya influencia de escritor y orador se formó.
Fray Luis de Granada fue prior del convento de Palma de Río y capellán y confesor de los duques de Medina Sidonia y de Alba. También fue confesor de los reyes de Portugal (don Enrique y doña Catalina). Autorizado por su orden a predicar libremente, se convirtió en el orador sagrado más prestigioso de España y Portugal. Parece ser que pasó a Portugal por orden de sus superiores para eludir las pesquisas de la Inquisición, que sospechaban en él (así como en otros ascetas ilustres) contagios de la reforma de Europa, tanto por sus sermones y escritos como por la austeridad de su vida. No obstante ser español, fue elegido provincial de su orden en Portugal y no quiso aceptar ni el obispado de Evora ni el arzobispado de Braga. Cuando el Papa le designó vicario general, Felipe II le desposeyó del cargo por su neutralidad en el pleito sucesorio del trono portugués.
Entre sus penas y errores (además de la persecución de los españolistas en Portugal por el citado motivo), estuvo el haber reconocido y defendido la superchería de una monja dominica milagrera de la Anunziata de Lisboa. Era ya muy anciano y casi no veía; pero, cuando se convenció de su equivocación, escribió, retractándose humildemente, su Sermón de las caídas públicas, sobre el escándalo levantado por las falsas llagas y fingidos milagros. Sus honras fúnebres y entierro constituyeron una exaltada manifestación de devoción popular a su persona. Había contado también con la admiración de las grandes personalidades de la vida religiosa de su época, empezando por el papa Gregorio XIII, que elogió su virtud y saber.


Obras de Fray Luis de Granada.
Fray Luis de Granada es considerado uno de los más grandes prosistas castellanos del siglo XVI. Sus obras fueron conocidas en Europa en los originales (escribió en latín, castellano y portugués) y en numerosas traducciones a todas las lenguas europeas. Su labor como maestro de predicadores se plasmó en la Retórica eclesiástica (1576), escrita en latín, en la cual intentó adaptar las formas de la oratoria clásica de Cicerón y Quintiliano al fondo de los sermones, para recomendar ante todo la sencillez. En portugués redactó el catecismo Compendio de doctrina christiana (1559). Como traductor, su versión de Escala Espiritual de San Juan Clímaco y, sobre todo, la de la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis, fueron elogiadas por el Papa.
Aunque en él se percibe el influjo de la teología tomista, como es característico en los autores dominicos, el tono sentimental de su obra lo acercó al platonismo agustiniano y a la idea franciscana del mundo como reflejo de Dios. Su primer texto importante es El libro de la oración y meditación (1554), tratado de carácter ascético que versa sobre el mejor modo de orar, la forma de evitar las tentaciones y los engaños mundanos, la práctica de la virtud y el valor de la religiosidad interior, en la línea de autores como Savonarola y Erasmo.
La Guía de pecadores (Lisboa, 1556) también revela la ascendencia erasmista por su dimensión ética y humanista, ya que en sus páginas se tienen en cuenta los efectos sociales de la virtud, se enuncian los privilegios derivados de ella y, al dirigirse tanto a clérigos como a seglares, se ofrecen en realidad pautas de comportamiento para el perfecto caballero cristiano. La obra es un tratado ético con los remedios contra los peligros del mundo y sus pecados y muestra una copiosa erudición sagrada digna de un maestro de teología. Con todo, por rozar en algunos pocos pasajes la doctrina de los iluminados, tan en auge en su época, la Inquisición ordenó algunas supresiones del texto de la primera edición.
La Guía consta de dos libros, cada uno de ellos dividido en dos partes. El primer libro, que se titula "Exhortación a la virtud", enumera en su primera parte las obligaciones que nos vinculan a la virtud y los frutos inestimables que de ellas se derivan. En la segunda parte trata de la vida virtuosa y da los preceptos para disfrutar de los bienes temporales y espirituales que en esta vida se prometen a la virtud. El segundo libro, que se titula "Doctrina de la virtud", hace en su primera parte un minucioso examen de los vicios más comunes, es decir, de los siete pecados capitales y de sus remedios, y de los pecados veniales, dando consejos para hacer el hombre más virtuoso; en la segunda parte trata del ejercicio de las virtudes y sugiere lo que el hombre ha de hacer para con Dios y para con su prójimo en la variedad de los estados y de las condiciones.
El tratado tiene una intención práctica y se propone poner a los pecadores por el camino de la virtud cristiana. Moralista ascético, Fray Luis de Granada hace sin embargo de la virtud un procedimiento gradual hasta la identificación del alma con Dios, rozando en más de un punto el misticismo de los alumbrados, como más tarde la Guía espiritual de Molinos. Escritor preciso y colorido, los períodos de Fray Luis tienen la amplitud y la lentitud de la oratoria clásica, y su argumentación recurre de grado a las sutilezas escolásticas; sin embargo, cuando describe la miseria del pecador o las efusiones alegres de la vida espiritual, su prosa se torna ágil y poética y extraordinariamente dúctil a la voz del sentimiento.
La obra en la que puso mayor empeño fue Introducción del símbolo de la Fe (Salamanca, 1582-85). Dividido en cinco partes, este tratado apologético sugerido por la contemplación de la naturaleza es su escrito más extenso. La primera parte es una descripción apasionada de las maravillas de la creación que se detiene minuciosa y delicadamente en lo minúsculo. Su elocuencia literaria y la profundidad emocionante de su fondo se centra en efecto en la atención a las cosas humildes; con una especie de franciscanismo íntimo, lo aparentemente insignificante queda herido por su ternura expresiva y su apasionado discurso, como cuando habla de las telas que las arañas tejen para cazar a sus presas. La segunda y tercera partes, más doctrinales, exponen respectivamente la excelencia de la fe cristiana y el misterio de la redención.
Dos obras íntimamente relacionadas, el Memorial de la vida cristiana (Lisboa, 1561) y las Adiciones al Memorial (1574), contienen las normas para un cristianismo práctico y una ascética de la voluntad; en ellas Fray Luis de Granada llega a tan delicadas exaltaciones que puede considerarse místico en algunos pasajes. En sus demás obras ascéticas, importantes por su fondo aunque menores por su extensión, hallamos estimables opúsculos como sus sermones (Trece sermones en castellano), sus meditaciones (Meditaciones muy devotas) y sus biografías (las de Juan de Ávila, Fray Bartolomé de los Mártires y Sor Ana de la Concepción).
Las obras completas de este fecundo escritor han conocido varias ediciones; destacó la valiosa edición crítica iniciada en 1906 por el padre Cuervo, que consta de catorce tomos. La obra de Fray Luis de Granada representa por su forma una magnífica prosa retórica, y por su fondo las más ricas cualidades de espiritualidad y dinamismo religioso, que lo acreditan como una de las grandes figuras del ascetismo español. Insigne orador y escritor, ya en su época fue conocido con toda justicia como el "Cicerón de España".


FUENTE: Biografías y vidas  http://www.biografiasyvidas.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario