4 de diciembre de 2012

El merecido homenaje a Vital Aza

Cien años sin Vital Aza. 

El merecido homenaje al escritor lenense que con su habilidad para el verso y la comedia se mantuvo durante décadas como el autor más popular de los escenarios españoles

En 1951 se conmemoraron los 100 años del nacimiento de Vital Aza. Los actos tuvieron su centro en Pola de Lena donde se colocó un busto de piedra con su efigie en los jardines del Ayuntamiento y una lápida con sus versos en la fachada de la casa que le había visto llegar al mundo; también se celebró una velada literaria al aire libre para que los vecinos recordasen sus textos más inspirados. Estuvieron presentes algunos de sus descendientes y destacó la intervención del autor cómico Enrique Jardiel Poncela, que en aquellos años ocupaba ante el público el mismo lugar que había dejado Vital medio siglo atrás.
No pudo acudir el académico de la Lengua y experto en zarzuela Narciso Alonso Cortés, a quien la comisión pro-homenaje había encargado un librito de 19 páginas con el título «Vital Aza y su realismo», pero envió unas cuartillas que se leyeron en su nombre. En varios escenarios de otras provincias, el aniversario se aprovechó para reponer su teatro y la prestigiosa editorial Aguilar quiso publicar una selección de su obra, ya que aunque muchos de los libretos salidos de su pluma contaban más de diez reediciones, la demanda popular los había agotado haciendo que no fuese fácil encontrarlos en las librerías.
 El tiempo no se detiene, y ahora nos toca a nosotros, una generación después, recordar la muerte de nuestro paisano. En esta ocasión el programa también es denso y se divide entre la Pola y Mieres. Consta de representaciones teatrales, conferencias, exposiciones, conciertos, ofrenda floral ante su tumba y una publicación conmemorativa patrocinada por la Sociedad General de Autores, de la que él fue fundador y primer presidente.
En Lena se añaden actividades que implican a toda la población: en los centros escolares se han diversificado las propuestas con cuenta-cuentos, talleres, concursos; los comerciantes y los establecimientos de hostelería participan exhibiendo paneles con sus versos y hasta el deporte local se ha comprometido con la memoria de su paisano que va a recibir a título póstumo el nombramiento de hijo predilecto. A su vez, el Ayuntamiento de Mieres también ha decidido que sea su hijo adoptivo.
¿Se merece Vital Aza todo esto? Pues sí. Y no solo por ser uno de nuestros vecinos más ilustres, con una habilidad para el verso y la comedia que lo mantuvieron varias décadas como el autor más popular de los escenarios españoles. Lo avalan 63 estrenos de éxito, entre obras de teatro y zarzuelas, 18 de ellas en colaboración con su amigo, el zamorano Miguel Ramos Carrión; también los libros de versos festivos y numerosos artículos del mismo tono en revistas y periódicos de gran tirada. Lo resumió bien Constantino Suárez «Españolito», el avilesino que se dedicó a reunir en siete volúmenes las biografías de todos los literatos y artistas asturianos. Para él, Vital Aza fue «el escritor más regocijante de su tiempo y uno de los más fértiles ingenios españoles».
Pero sobre todo también supo distraer y alegrar a un país destrozado, y eso es lo que más nos importa ahora, cuando se vuelve a repetir la misma sensación de desilusión con las instituciones que acabaron con la pérdida de Cuba y Filipinas y en las calles habita otra vez la tristeza de la crisis. Por eso necesitamos recordar a aquel hombre del que su amigo «Clarín» dijo «que hacía reír a media España en invierno y a la otra media en verano».
Los dos compartieron mesa en la tertulia del «Bilis Club», en la Cervecería Escocesa, muy cerca del edificio de esas Cortes que ya entonces causaban al país más problemas de los que solucionaban. Junto a ellos se sentaban Armando Palacio Valdés, Adolfo Posada y otros asturianos que vivían su juventud en una capital que les ofrecía lo que no podían encontrar en su tierra.
Vital Aza llegó a Madrid para dar un giro a su vida después de concluir sus estudios de delineación en Gijón y de haber trabajado como técnico en el primer tramo del ferrocarril que debía unir el mar Cantábrico con la Meseta.

No le gustaba solucionar los cálculos matemáticos y decidió aprender a curar otros cálculos, los del riñón, en la Facultad de Medicina. Su expediente demuestra que cumplió con los estudios, pero no sirvió de nada, porque lo que realmente le gustaba era la creación literaria, de modo que lo que empezó como un entretenimiento para llenar los momentos libres, acabó convirtiéndose en la razón de su existencia y colgó la bata blanca del quirófano para sustituirla por el sombrero de copa de las funciones de gala.
Definitivamente la medicina no fue lo suyo: un hipocondríaco como él malamente podía convivir entre enfermos y medicamentos, y sus compañeros lo entendieron así, apoyándolo desde el primer momento. El 7 de febrero de 1874, cuando se estrenó su primera pieza «¡Basta de matemáticas!», un juguete cómico de un acto, que el autor todavía no se atrevió a escribir en verso, el patio de butacas del Teatro de Variedades estaba lleno de estudiantes que con sus aplausos le dieron el primer empujón hacia el éxito.
Luego, él supo aprovechar esta oportunidad y se hizo popular y -por qué no decirlo- rico, gracias a su facilidad para saber lo que el público buscaba en cada momento. Se convirtió en uno de los personajes más conocidos de la farándula madrileña, y pudo enlazar una pieza con otra manteniendo siempre su nombre en la cartelera de la capital. Su presencia se esperaba con agrado porque nunca se hacía de rogar a la hora de improvisar rimas o sacar punta a la desdichada actividad política y social del momento.
Fue famoso, fácilmente reconocible en las calles por su elevada estatura y su porte elegante, y querido por la gente sencilla que llenaba los teatros y aprendía de memoria los fragmentos más celebrados para repetirlos después ante los amigos. Aunque no se puede decir que todos hablasen bien de él: la excepción la puso el crítico Luís Bonafoux Quintero, al que llamaban «la Víbora de Asnières» -localidad francesa en la que había nacido-.
El hombre jugaba entonces el papel de malo que ahora imitan algunos personajes en los jurados de los concursos televisivos, exagerando los defectos de los demás. Bonafoux había llegado en sus excesos a acusar de plagio a «Clarín», afirmando que «La Regenta» no era más que una copia de «Madame Bovary», y Vital Aza, que también había sido objeto de sus escarnios lo buscó una tarde en el Café de Fornos, donde se reunía el ambiente cultural de aquel Madrid.
Como en una de sus comedias, lo agarró por las solapas levantándolo en el aire, porque su adversario era muy poca cosa y parecía aún menos al lado del gigante lenense. Luego volvió a posarlo suavemente mientras le espetaba: «Sepa usted que venía con propósito de molerle las costillas, pero por falta material de espacio, desisto».
Así era aquel hombre que necesitaba pasar temporadas en Mieres para descansar del agobio que le rodeaba en las calles de la capital. Aquí encontró el silencio y la inspiración para poder escribir, hasta que su frágil salud le obligó a alternar estas estancias veraniegas con otras invernales en el clima seco de Málaga. Hasta en eso fue un pionero, adelantando un hábito que practican actualmente muchos jubilados de nuestras cuencas. En la ciudad andaluza, que lo recibió con los brazos abiertos y en la que participó de su vida cultural, se quiso perpetuar su nombre dándoselo a una calle y a un teatro -como también hizo Pola de Lena.

                        Les Feries de Pola de Lena en el año 2012

Pero cuando tomó la decisión de apartarse definitivamente de la farándula, haciendo un mutis voluntario sin que nadie se lo exigiese, pidió ser considerado, junto a su familia, vecino de Mieres. Y así lo aceptó este ayuntamiento el 24 de julio de 1908.
Vital se había casado en 1882 con Maximina Díaz Sampil, nacida en Gijón y con raíces en el valle del Caudal. Es de justicia recordar que uno de sus cuatro hijos, del mismo nombre que su padre, mantuvo también la misma pasión por esta tierra y en 1932 impidió humildemente el homenaje que quiso rendirle el pueblo mierense al considerar que no era merecedor de ese honor: él sí fue médico, ginecólogo, y siguió la costumbre de pasar los veranos en la vieja casa familiar del barrio de Oñón donde aprovechaba para atender gratis a las vecinas de la villa, a las que en caso necesario llevaba sin coste hasta su clínica madrileña.
Vital Aza Álvarez-Buylla hubiese querido cerrar los ojos en su tierra, pero la muerte, que a menudo es inoportuna y siempre maleducada, se lo llevó de golpe en una calle madrileña el 13 de diciembre de 1912, cuando tenía 61 años. En el cortejo fúnebre que lo siguió hasta la estación del Norte, presidido por las fuerzas vivas de aquella Corte caduca, se respetó su decisión y no hubo flores.
En Mieres fue imposible cumplir aquel deseo y en su carroza se colocaron dos coronas, una de sus amigos del Casino y otra de la familia de su mujer. Las dos eran enormes, como el cariño de la multitud que lo acompañó hasta el cementerio de La Belonga.
Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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