16 de diciembre de 2012

Leopoldo Alas "Clarín" (Ovetense y Asturiano de adopción)

Leopoldo Alas "Clarín"
Clarín, espejo de una época. cvc.cervantes.es

Nació el 25 de abril de 1852 en Zamora, donde se había trasladado su familia desde Oviedo, al ser nombrado su padre, Genaro García Alas, gobernador de la ciudad leonesa. Leopoldo fue el tercer hijo del matrimonio
LEOPOLDO ALAS, CLARIN. http://presenteatravesdelahistoria.blogspot.com.es Autor de la caricatura "Caricatorres" htpp://josetorres.artelista.com

http://andreadiver.blogspot.com.es
En la casa se hablaba continuamente de Asturias y su madre, Leocadia, con cierta nostalgia, contaba relatos de aquella tierra de sus antepasados (aunque ella tenía también hondas raíces leonesas). Este ambiente influyó en gran medida en el espíritu del niño Leopoldo que desde siempre se sintió más asturiano que zamorano, aunque a lo largo de su vida conservó un cariño especial por las tierras que lo vieron nacer.
A los siete años entró a estudiar en el colegio de los jesuitas ubicado en la ciudad de León en el edificio de San Marcos (actual parador de turismo). Desde el principio supo adaptarse a las normas y a la disciplina del centro de tal manera que a los pocos meses era considerado como un alumno modelo. Sus compañeros lo conocían con el mote (sobrenombre) de «el Gobernador», por alusión a la profesión de su padre. Sus biógrafos aseguran que esta etapa estudiantil engendró en Leopoldo el sentimentalismo religioso y el principio de gran disciplina moral que fueron la base de su carácter. En este primer año escolar ganó una banda azul como premio y trofeo literario. La conservó toda su vida y se encontraba entre los objetos más queridos del museo familiar.

Clarín. www.biografiasyvidas.com
En el verano de 1859 toda la familia regresó a Asturias. Leopoldo descubrió con sus propios ojos la geografía asturiana de la que tanto había oído hablar a su madre. Durante los años siguientes Leopoldo se encuentra en libertad por las tierras de Guimarán, propiedad de su padre, donde aprenderá directamente de la Naturaleza y de los libros que encuentra en la vieja biblioteca familiar, donde entra en contacto por primera vez con dos autores que serán sus maestros: Cervantes y Fray Luis de León.
El 4 de octubre de 1863, a la edad de once años, Leopoldo ingresa en la Universidad de Oviedo en lo que se llamaban «estudios preparatorios», matriculándose en las asignaturas de Latín, Aritmética y Doctrina Cristiana. El curso lo terminó con la nota de sobresaliente y con la adquisición de tres buenos amigos: Armando Palacio Valdés, Tomás Tuero (que fue también escritor, traductor y crítico literario) y Pío Rubín (escritor).
la regenta de leopoldo alas clarín. www.sellosmundo.com
Enfermedad y muerte
Clarín venía arrastrando su enfermedad desde años atrás y en los primeros meses de 1901 se sentía ya exhausto. En el mes de mayo viajó a León, invitado por su primo Ureña, con motivo de los festejos que se celebraron por haberse terminado la reconstrucción de la catedral. En esta ciudad revivió su infancia y fue agasajado y querido por muchas personalidades. A su vuelta comentó: "En León pasé horas verdaderamente felices".
Una vez de vuelta a Oviedo sintió de nuevo y muy cercana su enfermedad. Allí fue acompañado constantemente por su sobrino el joven médico Alfredo Martínez, que le diagnosticó una tuberculosis intestinal en último grado, enfermedad incurable en aquella época.
El 13 de junio de 1901, a las siete de la mañana, murió Leopoldo Alas, a la edad de cuarenta y nueve años. El féretro fue velado en el claustro de la Universidad donde acudieron profesores, amigos y familiares del escritor. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio de El Salvador.
En Madrid, el escritor Bonafoux (mediocre escritor según Clarín y otros colegas de la época), fiel enemigo hasta la muerte, preparó el artículo necrológico en que añadió estas palabras: «Yo he sido el primero en alegrarme de la muerte de Clarín. […] En su entierro se escuchó el silencio que se escucha en los entierros de los tiranos».
Sello de Lepoldo Alas Clarín
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 La Obra Cumbre, "La Regenta"
 html.rincondelvago.com
La regenta es la obra cumbre de Clarín y tiene como trama central el adulterio, tratado de una manera como jamás antes se había hecho en la literatura española. El realismo europeo había desarrollado un argumento semejante como Madame Bovary del francés Gustave Flaubert, Ana Karénina del ruso León Tolstoi, El primo Basilio del portugués Eça de Queirós e incluso Los pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán.
En La regenta, la joven, bella, provinciana e inexperta Ana Ozores se casa con Víctor Quintanar, ex-regente de la audiencia de Vetusta (ciudad inventada pero que en realidad es Oviedo), hombre bondadoso, aburrido y mucho mayor que ella. Ana se siente cada vez más frustrada y abatida y se convierte en presa del donjuan provinciano don Álvaro y de su propio confesor don Fermín de Pas, hombre de orígenes humildes, soberbio y ambicioso. Ana cae en los brazos de Álvaro, pero esto no era lo que preocupaba especialmente al autor. Él se fija en el escenario: Vetusta que asiste como un coro a todo lo que se va desarrollando. Además plantea una lucha entre Fermín y Álvaro por la posesión física de Ana como una lucha entre los dos poderes de la ciudad: la iglesia más retrógrada y el caciquismo teñido de liberalismo. El final es la degradación más absoluta de los protagonistas: el regente muere a manos de Álvaro en un duelo esperpéntico, Álvaro huye de una manera cobarde dejando clara su ruindad, la ambición de Fermín se manifiesta como la ausencia total de escrúpulos y moral, y Ana, la intocable regenta, se encuentra con "un beso viscoso" del ser más despreciable de la ciudad. En toda la obra se ve claro el sentido crítico y moral de Clarín y las censuras que recibió fueron tantas que, tal vez por eso, en obras posteriores no llegó tan lejos.
La escultura de "La Regenta" frente a la catedral. myspanishinspain.wordpress.com
PRINCIPALES PERSONAJES
La regenta: la joven, bella, provinciana e inexperta Ana Ozores se casa con Víctor Quintanar.
Victor Quintanar: ex-regente de la audiencia de Vetusta, hombre bondadoso, aburrido y mucho mayor que ella.
Don Fermín: hombre de orígenes humildes, soberbio y ambicioso.
Don Álvaro: un don Juan provinciano.

VISIÓN HISTÓRICA DE LA REGENTA:
Cuando Clarín escribe la Regenta en 1884, España está inmersa en un proceso de cambio histórico, político, social, económico y cultural en el que viejas y nuevas fuerzas compiten, se enfrentan o pactan alianzas duraderas que marcarán todo un ciclo que no se cerrará -en falso- hasta la proclamación de la República en 1931. No es una novela histórica en el sentido pleno de la palabra, pero es una narración en la que nada de lo que sucedió entonces se encuentra ausente; de hecho sus contemporáneos la encontraron tan ajustada a la realidad de aquel Oviedo provinciano y levítico, tan amoldado a la Restauración, que se indignaron al verse reconocidos… Y es que no hay nada que siente peor que las fotografías poco favorecedoras, que suelen ser siempre las que más se acercan a la realidad.
El escritor Leopoldo Alas, Clarín (Zamora, 1852-Oviedo, 1901). www.diariodeleon.es
CRONOLOGÍA:

AÑO 1852
El día 25 de abril nace en Zamora Leopoldo Enrique García-Alas Ureña, hijo de Genaro García Alas (asturiano) y de Leocadia Ureña (leonesa). Su padre, amigo y correligionario político del conservador José Posada Herrera, era a la sazón gobernador civil (jefe político, se llamaba entonces) de esa provincia.

AÑO 1854
Se traslada con su familia a León, provincia de la que el padre había sido nombrado (día 14 de agosto) gobernador civil, cesado en 1863 (día 12 de febrero) por traslado, con el mismo cargo, a Pontevedra. Alumno de los jesuitas -«Recordé la infancia [escribía en 1878], aquellos plácidos días en que yo merendaba con los jesuitas en San Marcos, de León; con aquellos padres que me daban recetas para ganar el cielo, guindas con aguardiente y muchos pellizcos en las rosadas u mofletudas mejillas».
1859
Regresa su familia (excepto el padre) a Oviedo, ciudad que Leopoldo Alas acaso viera por primera vez.

AÑO 1863
Comienza el bachillerato en el instituto de Oviedo -«¡El griego! Tomás [Tuero], ¿te acuerdas? ¿Te acuerdas de aquel griego que nos enseñaba aquel dómine que no lo sabía? [...]»-; allí tiene como condiscípulos a Tomás Tuero y a Armando Palacio Valdés, quien recordará en La novela de un novelista (capítulo XXXIII): «Pasamos la vida disputando. [...] Todo era materia para disputas acaloradas que duraban indefinidamente, pues ninguno quería quedar convicto de ignorancia [...]».

AÑOS 1865-1866
Con fecha 12 de julio de 1865 don Genaro, su padre, tomó posesión del gobierno civil de Guadalajara, cargo que desempeñó hasta abril del año siguiente. Cabe pensar -a la vista de las alusiones a Guadalajara que se encuentran en la obra narrativa de Clarín, sobre todo en Superchería- que nuestro escritor conoció directamente la cuidad alcarreña, en cuyo instituto debió de proseguir sus estudios de bachillerato.
     En mayo de 1866 su padre tomó posesión del gobierno civil de Toledo.

AÑO 1868
 El día 1 de marzo comienza la redacción de su periódico manuscrito Juan Ruiz, que duró hasta el 14 de enero del año siguiente. Colabora también (con prosa y verso) en los periódicos ovetenses El Eco de Asturias (diario) y La Estación (semanario). Se declara republicano, lleno de entusiasmo y expectación ante la revolución de septiembre.

AÑO 1869
Concluye el bachillerato e ingresa en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo.

AÑO 1870
    Colaboración de Alas -poema elegíaco A la memoria de Gonzalo Castañón- en la Corona literaria que un grupo de amigos y colegas periodistas sacó en Oviedo como homenaje a Gonzalo Castañón, asesinado en Cayo-Hueso (31.I) -«De Cuba el redentor Gonzalo sea./Haced, sí, que su muerte le redima».

AÑO 1871
   A favor de un decreto firmado por Ruiz Zorrilla termina la licenciatura de Derecho; en octubre se traslada a Madrid para doctorarse y para cursar Letras en la Universidad Central -«Un pobre estudiante que venía a hacerse filósofo y literato de oficio, y a contemplar y admirar a todas las lumbreras de la ciencia, del arte y demás, que en su sentir pululaban en la capital de las Españas», «en el primer año de mis estudios en Madrid, no me acerqué a las cátedras de los vitandos; veíales cruzar por los pasillos y seguíanles mis ojos espantados, me temblaban las carnes; y sobre todo, me temblaba el corazón, porque sentía la atracción del abismo» (recordaría años más tarde). Entre otros profesores tuvo al helenista Lázaro Bardón y al latinista Alfredo Camús; Nicolás Salmerón (Metafísica) y su auxiliar Urbano González Serrano, Francisco de Paula Canalejas y José Amador de los Ríos (ambos, de Literatura), Castelar (Historia), Francisco Giner de los Ríos (Derecho Natural). Las vacaciones escolares las pasaba en Oviedo, con su familia.

AÑO 1872
     En el otoño, Leopoldo Alas, Tomás Tuero, Pío Rubín y Armando Palacio Valdés, asturianos, amigos estudiantes en Madrid (con domicilio en Capellanes 2, principal), sacan tres números de Rabagás, «periódico audaz» ciertamente habida cuenta de la naturaleza de su contenido (político) y de su tono (satírico).

AÑO 1875
    Colaborador de El Solfeo, periódico madrileño fundado y dirigido por Antonio Sánchez Pérez, cuyo primer número salió el día 7 de marzo. En el número 11 de abril estrenó Alas el seudónimo «Clarín», firmando un Azotacalles de Madrid. (Apuntes en la pared).

AÑO 1878
    Leopoldo Alas publicó en la revista asturiana Ecos del Nalón el artículo «La verdad suficiente», cuyo sentido y algunas afirmaciones del mismo produjeron la irritación y la repulsa de ciertos sectores ideológicos de Oviedo; comenzaría así lo que pudiera llamarse su mala fama ovetense: «Aquí sencillamente, no hay acólito mi agregado a ninguna hermandad, que no le mire como a un réprobo de ideas absolutamente vitandas [...]», escribió Tuero comentando el suceso.
     Para el último domingo de marzo se anunciaba que «vería la luz pública la revista literaria que con el título de El Domingo dirigirá el conocido escritor Leopoldo Alas», que tal vez no llegó a aparecer.
     El día 10 de junio leyó Alas su tesis doctoral, El derecho y la moralidad, dirigida por Francisco Giner de los Ríos -«Escribió Alas su tesis en pocas semanas y casi toda en la nada tranquila y silenciosa biblioteca del Ateneo de Madrid (calle de la Montera)».
     El día 27 de julio sale en Madrid el diario La Unión, también fundado y dirigido por Sánchez Pérez y con características semejantes a las de El Solfeo; Clarín figura entre sus redactores.
     Durante el mes de noviembre se celebró la oposición a la cátedra de Economía Política y Estadística vacante en la Universidad de Salamanca; el tribunal «ha colocado en el primer lugar de la terna elevada al Ministerio de Fomento a nuestro querido compañero y colaborador Leopoldo Alas Ureña, de cuyos brillantes ejercicios se han ocupado los periódicos de Madrid», (la noticia viene en Revista de Asturias, Oviedo, nº 40, 5.XII.1878, sección «Ecos y rumores»). Esta revista (nº del 5.I.1879, ídem) informaba que Leopoldo Alas «ha sido postergado al que ocupaba (en la terna del tribunal) el lugar segundo. Hízolo así el Conde de Toreno», cuya decisión, protestada por el perjudicado en carta abierta dirigida al ministro, Francisco Queipo del Llano, sería recordada por él años después con estas palabras: «Yo aprendí de ellos [Salmerón y Giner] a respetar convicciones, y el mayor ultraje que me hizo, tal vez sin saberlo, el conde de Toreno, al negarme una cátedra que era mía, fue la implícita sospecha de que fuese yo un libre pensador como el boticario Homais de Flaubert, capaz de apedrear y despedazar con las herejías que a mí se me ocurriesen, el fanal en que guardaran su fe mis discípulos».

AÑO 1879
   El día 15 de enero Leopoldo Alas llega a Oviedo, donde permanecerá algún tiempo: enfermo en cama la segunda quincena de marzo («sin saber qué hacer, sin gusto para leer nada»); elegido en los primeros días de mayo miembro del comité de la Unión Democrática Republicana ovetense; en julio acude a la fiesta sacramental de Serín, donde le conocería Alonso Posada: «Pasamos juntos la tarde, divertidísimos. Era Leopoldo jovial en extremo, animoso, comunicativo, amable...»; en octubre estuvo presente en la apertura del curso académico de la Universidad de Oviedo y comentó el discurso inaugural de Buylla para los lectores de La Unión, a quienes anuncia su próximo regreso a Madrid.

AÑO 1880
 Comienza su colaboración en el semanario festivo Madrid Cómico, en el que vería la luz la mayor parte de los «paliques». En marzo está en Oviedo y pronuncia una conferencia en la Academia de Jurisprudencia (aneja a la Facultad de Derecho); en mayo vuelve a estar en Oviedo, donde su actividad es abundante y diversa pues sabemos que: intervino en la velada-homenaje al poeta Ventura Ruiz Aguilera, fue a los toros y al teatro de Fontán, y anduvo de fiesta (en el martes del Bollo, Oviedo, y en la romería de la Virgen de la Luz, Villalegre).
     En el Ateneo -que podríamos llamar su hogar madrileño- tomó parte en el debate sobre el origen del lenguaje (como lo haría en otros de años después) -«en aquellas discusiones se reveló, no como un orador correcto no de pretensiones retóricas, pero sí un orador temible e improvisador formidable».

AÑO 1881
    Fue nombrado (sesión del día 29 de enero) socio honorario de la Academia de Jurisprudencia, fundada en Oviedo el año 1879. El día 12 de agosto acudió a la inauguración del Ateneo Obrero de Gijón e intervino en el acto con un breve discurso. En septiembre, tras una enfermedad, prepara su vuelta a Madrid -«Ha estado bastante malucho pero ya se repuso» (contaba Palacio Valdés s Galdós).
     Se publica el libro Solos de Clarín, colección de artículos de crítica literaria, con prólogo de Echegaray.
     Con fecha 18 de octubre ve la luz en La Ilustración Gallega y Asturiana (nº 29) el artículo «La Universidad de Oviedo», que es un elogio de lo que Alas llama el claustro restaurado (Buylla, Aramburu, Díaz Ordóñez, etc.), al que había de pertenecer no tardando.

 Billete antiguo de 200 pesetas con la imagen de Clarín
FUENTE:  html.rincondelvago.com
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Opinión.
Foto de la Escultura dedicada a «La Regenta». Plaza de Alfonso IIel.tesorodeoviedo.es
http://huracanesenpapel.blogspot.com.es
Regresar a nuestra literatura añeja, oxigena. Siempre. Y más aún cuando se trata de la sátira severa de un ateo liberal como lo fue "Clarín". Madame Bovary, de Flaubert, y Ana Karenina, de Tolstoi son almas gemelas de esta intensa obra española. Al leerla penetraremos en la más profunda interioridad de una ciudad, Vetusta, y de sus personajes , lo que nos inducirá a una interesante regeneración moral y cultural. Sentiremos la pasión por la libertad y las nuevas ideas. Nos hará entregarnos en cuerpo y alma al desenlace.
La Regenta fue la primera novela de Leopoldo Alas "Clarín". Empezó a escribirla en 1883, cuando tenía 31 años, y fue publicada en dos tomos entre 1884 y 1885. En contra del clero. Unos años antes, en 1878 había obtenido ya el título de doctor en Derecho civil y canónico, con la calificación de sobresaliente. En su cátedra como profesor de Universidad nunca aceptó ni sobornos ni recomendaciones. Se lo acusaba de carecer de ningún tipo de benevolencia.
Parece ser que lo que ocurre en Vetusta y lo que ocurría en Oviedo no era muy diferente, las coincidencias fueron demasiadas y muchos empezaron a identificar a los personajes entre los habitantes reales. Suscitó una total agitación local, estatal y finalmente universal.
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte.
Esta es la historia de una mujer en una cruzada entro lo místico y lo pasional. Clarín tuvo que publicar La Regenta en Barcelona, en medio de un duro enfrentamiento con el clero debido a la temática de la obra. En concreto al personaje aboslutamente diseccionado de Fermín De Pas.
Reflejo del Oviedo del s.XIX, la ciudad de Vetusta se convierte en una de las protagonistas de la obra para acoger una historia provocadora que no dejó a nadie indiferente en el año de su publicación. Ana Ozores, una bella y joven mujer, se casa con don Víctor Quintanar, exregente de varias audiencias de Vetusta, y mucho mayor que ella. De él recibe el pseudónimo de la Regenta. Su vida, monótona y vacía, le lleva a la desesperación y a la búsqueda de una realidad diferente. Encontrará dos caminos: el místico y el pasional. Encarnados en dos hombres: el Magistral don Fermín de Pas, y el don Juan del lugar, Álvaro Messía. Uno será su confesor, el otro su amante, generando en ambos un sentimiento de atracción sexual, bajo la atenta mirada de los habitantes de Vetusta.
Es perfecta. Cuando observo una torre o un campanario me imagino que Fermín De Pas nos está vigilando con su catalejo. Todo sigue funcionando de la misma manera. Esa es mi impresión más firme tras leer esta soberbia obra maestra de la literatura. Estamos obligados al tránsito y a la regeneración de ideas. Sea cual sea nuestra época. ¡Avancemos!
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Cuento Completo, de Leopoldo Alas "Clarín".
"Adiós, Cordera"
Autor, Leopoldo Alas (Clarín)



 Estatua En OViedo "Adios Cordera"


 Interpretación del cuento.

¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.
  El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus  ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.
Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que aplicado al oído parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba? Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.


Ilustración de Fermín Santos

La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.
Asistía a los juegos de los pastorcitos encargados de Ilindarla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina. ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!
Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y después sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca.
"El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas adelante . . , ¡todo eso estaba tan lejos!"
Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose; más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por 'a trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas.





Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol, a veces entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego,.tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las peñas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros, empezaban a brillar algunas estrellas en lo más oscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad soñadora de la solemne y seria naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera, que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blanco son de perezosa esquila.
En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la zavala del Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados y nobles movimientos, aire y contornos de ídolo destronado, Caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.
Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura, y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.
En tiempos difíciles Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.
En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba y el narvaso para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que le hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:
-Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí.
Estos recuerdos. estos lazos son de los que no se olvidan. Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía meter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida. en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.




Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera. y no pasó de ahí: antes de poder comprar la segunda se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera. el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. Ya Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje. señalándola como salvación de la familia.
"Cuidadla; es vuestro sustento". parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo. El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo. y allá en el Somonte. Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había que decir palabra a los neños. Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor, Antón echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante. sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. "Sin duda, mío pá la había llevado al xatu." No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.
AI oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.
No había vendido porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chìnta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. "No se dirá -pensaba- que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale." Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino par la carretera de Candás, adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.
En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera: un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio el último ataque, algo borracho..
El de Carrió subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón, como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso . . . Por fin la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.
Ilustración de Fermín Santos

Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron, A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio.
El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.
El sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carne, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.
"¡Se iba la vieja!", pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.
"¡Ella será una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela!"
Aquellos días, en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera, que ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre, sub specie aeternitatis, como descansaría y comería un minuto antes de que el brutal porrazo 1a derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado y por otro, el que les llevaba su Cordera.
El vìernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera. Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tanto y tantos xarros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz . . . Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.
Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que separarse. Antón, malhumorado, clamaba desde casa:
-¡Bah, bah, neños, acá vos digo; basta de pamemes! -así gritaba de lejos el padre, con voz de lágrimas.
Ilustración de Fermín Santos

Caía la noche; por la calleja oscura, que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tíntán pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.
-¡Adiós, Cordera! -gritaba Rosa deshecha en llanto-. ¡Adiós, Cordera de mío alma!
-¡Adiós, Cordera! -repetía Pinín, no más sereno.
-Adiós -contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de julio en la aldea-.
Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos triste; aquel día, el Somonte sin la Cordera parecía el desierto.
De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces.
-¡Adiós, Cordera! -gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela.
-¡Adiós, Cordera! -vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino de Castilla.
Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:
-La llevan al Matadero . . . Carne de vaca. para comer los señores, los indianos.
-¡Adiós, Cordera! -¡Adiós, Cordera!
_ -Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía., el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo que les arrebataba, que les devoraba a su  compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones . . . -¡Adiós, Cordera! . .
-¡Adiós, Cordera! . .
Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín que, por ser, era como un roble.
Y una tarde triste de octubre, Rosa en el prao Somonte, sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera, multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña. que dejaban para ír a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.
Pinín, con medio cuerpo afuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba exclamando. como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:
-Adiós, Rosa! . . . ¡Adiós, Cordera! -¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma! . . .
"Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos: carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas."
Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbidos que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos . . .
¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí, que era un desierto el prao Somonte.
-¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!
Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!. bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte.
En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:
-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!
¡ADIOS, CORDERA! 
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2 comentarios:

  1. por favor, cuando pueda ponga la fuente de donde ha sacado la caricatura, Gracias

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  2. Estimado Torres, mil perdones, ya corregí el error de la imagen, en el otro artículo que tengo en el blog sobre Clarín también la tengo y la tengo bien (con la firma del Autor), esta que retire sin la firma, en este momento no se de donde la saque, pero ya esta retirada. Muchas gracias por avisarme del error.
    Un afectuoso saludo.

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