3 de mayo de 2014

"Manole" Grossi fue el último miembro del comité en abandonar Mieres una vez fracasado el movimiento en Octubre de 1934

Los republicanos en la Revolución de Octubre.
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Manuel Grossi Mier, comunista anti-estalinista, vicepresidente del comite revolucionario de Asturias en el Ayuntamientu de Mieres, delante de 2.000 mineros armados, anunció la República Socialista. En la guerra mando la columna del POUM en Cataluña. Murió en Francia. Participó en la batalla de la Manzaneda. http://ochobre1934.blogspot.com.es

Los elementos que acompañaron a "Manolé" Grossi cuando tomo la determinación de ser el último miembro del comité en  abandonar Mieres una vez fracasado el moviento.

                                     Ilustración de Alfonso zapico.

http://www.lne.es
De todos es sabido que los sucesos del octubre asturiano de 1934 se iniciaron cuando el Gobierno de la joven republica española cayó en manos de quienes la venían minando desde sus inicios.
Los obreros decidieron entonces que ya no había razones para defender a un régimen que no era el suyo y se echaron a la calle buscando la revolución social; por su parte los verdaderos republicanos, en su mayoría de clase media, no participaron de aquel movimiento y quedaron fuera de juego sin saber como reaccionar ante la pérdida de aquello que les había costado tanto conseguir.
Lo que muchas veces se ignora es el papel que estos jugaron  a la hora de reconducir la situación y tampoco es muy conocido el hecho de que Manuel Azaña, el representante más destacado del republicanismo de izquierdas en España también fue detenido en aquellos días, aunque no había tenido nada que ver en la preparación del movimiento.
Azaña, ya ex presidente, conocía los planes de los socialistas y había comentado con Indalecio Prieto las consecuencias de que podía traer su previsible fracaso. Estaba en Barcelona para asistir a los funerales de su antiguo ministro de Hacienda, Jaume Carner, fallecido de cáncer una semana antes y una vez allí, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, decidió quedarse para permanecer lejos de lo que pudiese ocurrir en Madrid.
Cuando el 4 de octubre la CEDA entró en el Gobierno, Lluis Companys proclamó unilateralmente el “Estat català” dentro de una República federal española y Azaña fue propuesto como presidente de la misma, pero él ni era federalista ni tenía la seguridad de que el proyecto pudiese triunfar, así que declinó el ofrecimiento.
Tanto Companys como Azaña fueron detenidos rápidamente. A este último, acusado de haber incitado los acontecimientos de Barcelona, se le encerró en un barco convertido en cárcel flotante; luego fue trasladado a otros destructores de la Armada y hasta el 28 de diciembre no consiguió la libertad.
Estos acontecimientos fueron conocidos por los militantes de Izquierda Republicana de todo el país y, lógicamente, también por los de nuestra Montaña Central, epicentro de lo que estaba sucediendo, pero para conocer cual fue su comportamiento tenemos que volver una vez más al libro de Manolé Grossi  La insurrección de Asturias.
Grossi incluyó este párrafo esclarecedor en el resumen del día 17 de revolución, cuando ya todo estaba perdido:
“No quiero terminar mis notas sobre este día sin referirme brevemente a la actitud de los elementos republicanos. Estos no han intervenido directamente en el movimiento revolucionario, ya que este ha sido netamente obrero y perseguía como finalidad la instauración de la sociedad socialista, pero en más de una ocasión hemos encontrado el calor de su consejo. Han sido ellos los primeros en insistir  cerca del Comité de Mieres para que lanzase un manifiesto en favor de la concordia, comprendiendo que fracasado el movimiento era de todo punto inútil seguir derramando sangre. Nuestras relaciones con los republicanos no han sido malas en ningún momento, pues aun cuando existían entre nosotros grandes diferencias ideológicas, es lo cierto que su apoyo era de todo puno desinteresado. Las advertencias y los consejos de los elementos republicanos nos han servido de mucho y esto, aun cuando ideológica y políticamente no estamos dispuestos a hacerles ninguna concesión, no lo olvidaremos tan fácilmente”.
En efecto, a las 12 de la noche del día 18, decidida ya la rendición y antes de emprender su huida, el Comité Revolucionario de Mieres se entrevistó con una comisión de los republicanos para buscar su colaboración en las medidas de paz que se habían pactado con el general López Ochoa y estos aceptaron hacerse cargo de los presos que se habían tomado, sustituyendo a los guardianes obreros que abandonaron sus puestos, para evitar así que, aprovechando el caos, alguien impusiese su propia justicia con las previsibles consecuencias que esto podría traer tanto para los encarcelados como para los revolucionarios que iban a reemplazarlos en sus mismas celdas pocas horas más tarde.
Uno de los periódicos republicanos de mayor tirada, el Heraldo de Madrid, que recogía en su redacción periodistas de diferentes tendencias de la izquierda del momento: liberales, radicales, azañistas y socialistas, fue suspendido durante 15 días para silenciar sus informaciones sobre los hechos de Asturias, pero cuando pudo reanudar su actividad se ocupó de detalles concretos que se habían silenciado en los otros diarios.
Ya en noviembre, publicó una crónica sobre Manuel Grossi que deberían conocer aquellos que criticaron desde la derecha local el homenaje que se le hizo al minero revolucionario en su pueblo hace menos de un año. Ahora, creo que  no viene mal recordar aquel párrafo:
“Manolé fue quien evitó en Mieres en compañía de unos médicos, abogados e ingenieros, comunistas también, el derramamiento de sangre inocente.  Estaban presos los señores Sela, varios ingenieros, el párroco y el jefe local de Acción Popular. Iban a ser fusilados, según la sentencia de varios desbocados por odios personales y lo supo “Manolé”. Logró librarlos de una muerte segura. Se lanzó al monte para ponerse al lado de sus camaradas. A poco volvió al enterarse de que los citados señores iban a ser pasados por las armas, luego de nuevo juicio sumarísimo del grupo obrero que los odiaba y retornó al pueblo. Ya estaban preparadas las ejecuciones. “Manolé” a puñetazo limpio –no necesitó fusil, pistola ni cuchillo- se peleó con aquellos mineros. Para matar al sacerdote, a los ingenieros y al jefe de Acción Popular tenían que matarlo a él…pero no mataron a ninguno.
Otro día el sobrino del canónigo de Covadonga enterose de que el Tribunal obrero-campesino iba a juzgar a los religiosos de un convento de Pasionistas y a las monjas de otro. La residencia monjil iba a ser asaltada. “Manolé” evitó que todos esos proyectos fueran llevados a la práctica. Libró de la muerte  a varias docenas de seres…Cuando el movimiento fue dominado por las tropas y del Ayuntamiento de Mieres arriaron los soldados la bandera al grito de ¡”Viva la República!”, “Manolé” fue buscado con ahínco por todas partes. No se le halló. No se ha vuelto a saber de él”.
La crónica llevaba  la firma del periodista Emilio Criado y Romero, quien acabaría muriendo en el exilio mexicano y, como habrán visto, está escrita de tal forma que más parece la apología de un santo que la de un revolucionario, pero debemos explicarla en su contexto, cuando se trataba de buscar un contraste con los fusilamientos ocurridos en Turón, que en aquel momento se estaban utilizando para generalizar la culpa sobre todos los mineros.
“Manolé” apareció y pagó su tributo en las prisiones hasta la amnistía de 1936, pero sorprende que en las primeras líneas de este informe figuren entre sus compañeros comunistas “médicos, abogados e ingenieros”. No los había en la agrupación local de su partido el Bloque Obrero y Campesino, ni tampoco en el otro Partido Comunista, que también intervino en las jornadas de lucha. Sí estaban en cambio algunos médicos foráneos en el hospital de los revolucionarios, pero no tuvieron ninguna relación con el asunto de los presos derechistas.
Por ello debemos deducir que Emilio Criado los confundió con los elementos republicanos que acompañaron a Grossi cuando tomó la determinación de ser el último miembro del Comité en abandonar Mieres. Con ellos se dirigió hasta la cárcel del antiguo convento y en su presencia, convencido de que la historia iba a recoger hasta el mínimo detalle de aquellos días, recabo la opinión de los detenidos, quienes testificaron que tanto la comida como el trato que habían recibido de sus guardianes había sido correcto.
Ahora quiero cerrar esta historia con otra anécdota que recogió Mary Low en su Cuaderno rojo de Barcelona durante la guerra civil y que vuelve a definir a “Manolé”, al que ella se refiere como escritor, capitán,  asturiano y cien por cien obrero -“con oírle reír bastaba para darse cuenta del tipo de hombre que era, de una pieza”-. Esta fue su respuesta cuando después de haber tomado Leciñena le preguntaron porque no se había detenido al párroco de aquella localidad:
“Bueno,-explicó Grossi- pues descubrimos que al parecer este cura no era mal tipo. Los únicos pecados que parecía haber cometido era que su sobrino se le parecía demasiado y que le gustaba empinar el codo. No obstante, como ya sabéis, la fornicación no constituye un pecado entre nosotros y como no paraba de repetir que no era más que “un trabajador también, un humilde trabajador a las órdenes de Dios” y que, como todos los trabajadores, presentaba sus reivindicaciones, pues permitimos que ese pobre diablo se marchara y disfrutara de unas vacaciones ilimitadas"




                          Ilustración de Alfonso zapico.

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR.
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