9 de octubre de 2013

El "hombre propone y Dios dispone". La peripecia de Felipez Gonzalez en Asturias en mayo de 1976.

La espicha de Barredos.

Los veteranos y las Juventudes Socialistas se disputaron a Felipe González en el encuentro de 1976 en la localidad lavianesa, en el que él se fotografió haciendo que tocaba la gaita.

                              Barredos (Pola de Laviana)




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La espicha organizada en Barredos el 29 de mayo de 1976 por la sección del PSOE de esa localidad de Laviana (una de las más activas del socialismo asturiano por aquella época) presentaba en sociedad al abogado sevillano Felipe González Márquez, que algunos todavía llamaban «Isidoro» (¿por el santo enciclopédico sevillano?), aunque, verdaderamente, aquel nombre de guerra nunca tuvo mucho sentido ni fue necesario, porque en los tiempos en que empezaba a brillar la estrella de Felipe los socialistas ya no luchaban en la clandestinidad. Mas la espicha, muy bien organizada en el aspecto gastronómico, no lo estuvo tanto en el político, ya que los organizadores, por resabios clandestinos, sólo invitaron a personas de confianza, socialistas o afines, dejando al margen de aquel acto a muchas personas de la oposición que empezaba a organizarse y que se hubieran sumado a él.
González no era un desconocido en esta zona profunda de la cuenca del Nalón, a la que había acudido en alguna ocasión anterior, siendo la más recordada una especie de cursillo que dieron él y Alfonso Guerra en la cabaña de Adenso, muy cerca del pozo Funeres, en Peñamayor; también los acompañó esos días Carmen Romero, esposa de González, e incluso se rumoreaba que durante los ocios nocturnos en la cabaña el joven matrimonio le escribió una carta a la cigüeña, que, como es sabido, antes vivía en París: hecho que fue enérgicamente negado por Paulino García, el zapatero de Barredos y el alma del movimiento socialista allí. Fuera o no cierto que el líder cumplía el débito matrimonial durante su estancia en Peña Mayor, lo cierto es que se procuraba presentarle entre las féminas del partido, de forma algo tímida, por lo demás, como una suerte de atleta sexual, en tanto que la otra cara de su moneda, Alfonso Guerra, presumía abiertamente de tener tantas mujeres como rey moro. Ya entonces, por la vía del sexo, los socialistas de las nuevas hornadas pretendían arreglarle las cuentas a la Iglesia católica, siguiendo el modelo de Guerra, en tanto que reservaban el de González para unas concepciones más convencionales. Un activo socialista de aquella época, Agustín Tomé, me confió maravillado que «Felipe era un follador nato».
La cuenca del Nalón, más allá de las grandes poblaciones fabriles de Sama y La Felguera, que aún conservaba rescoldos de su pasado cenetista, estaba punteada por las figuras de socialistas ejemplares o épicos: Pepe Llagos y Cayo en El Entrego, Sergio en San Vicente, Paulino en Barredos, Emilio Barbón en Pola de Laviana. Barredos era una gran referencia del socialismo asturiano de aquella época, y uno de los pueblos más politizados de Asturias, porque sus vecinos los que no eran ugetistas eran de CC OO. Dentro del socialismo, del que era alma y motor Paulino García, zapatero remendón, promotor de la peña bolística, hombre humilde y siempre disponible, uno de los socialistas más bondadosos y entregados a la causa que he conocido, había personajes de mucha categoría humana, como Mariano el Marqués o Susi, pequeño y descolorido, siempre vestido de gris y con barbita grisácea, y la estrella de David en la solapa, peluquero en la Pola, o Amor, una muchacha guapa, muy seria y muy trabajadora, y otros que lamento no recordar o no haber conocido. Mariano el Marqués, locuaz y magnífico, me contaba historias del maquis. Cuando la brigadilla abatió a varios guerrilleros en una cueva de la peña del Cucuruxu, en Peñamayor, le llevaron a él y a otros muchachos de su edad para que ayudaran al traslado de los cadáveres. Mariano, curioseando por la cueva, encontró una pistola debajo de una colchoneta y la guardó en el bolsillo: nadie preguntó por ella, pero considerándola una pertenencia peligrosa, al cabo de unos días la tiró al río.
Barredos, en la margen derecha del río Nalón, es el pórtico de Pola de Laviana. Hace muchos años pasaba por sus aceras un trenillo carbonero que iba de El Entrego a Pola de Laviana; en cierta ocasión Chichi Roca y yo fuimos a verlo, porque habíamos leído en el periódico que lo cerrarían próximamente, y la Policía nos detuvo en Barredos. De aquélla la Policía estaba obsesionada por impedir unos imaginarios contactos entre la Universidad y las minas, pero nosotros entonces nos teníamos idea de esas cuestiones, por lo que tal vez nos detuvieron por pirar las clases. También era Barredos la entrada a Peñamayor por La Faya de los Lobos. El pueblo es amplio, con construcciones de los años cincuenta y zonas ajardinadas, pero la calle que conduce a la montaña tenía sabor de otro tiempo, con casas alineadas de dos pisos y las fachadas ennegrecidas por el polvo del carbón. En esta calle se encontraba, por así decirlo, el cogollo socialista: la zapatería de Paulino García, y detrás, sobre un peñasco, la antigua Casa del Pueblo, y dos o tres casas más allá, un bar que era de militantes del partido, y en la acera de enfrente el bar Casorra, con el comedor en una galería de madera sobre el río, y la cocina, muy buena: solían servir unos huevos encapotados perfectamente hechos, manteniendo la yema como si estuvieran fritos. Paulino se pasaba en día en la zapatería, arreglando zapatos, y en una trastienda muy reducida tenía una pequeña biblioteca y montones de pasquines y prensa clandestina; también tenía las llaves de la Casa del Pueblo y de la cabaña de Peñamayor. La Casa del Pueblo de Barredos era una de las grandes reliquias del socialismo de la comarca, junto con la bandera de Canzana, bordada a finales del siglo XIX, la más antigua de Asturias, que había estado escondida durante los años de la dictadura debajo de un tiesto, como si fuera un carné de antes de la guerra o una pistola del alijo del «Turquesa». La bandera de Canzana sólo ondeaba en ocasiones excepcionales y era motivo de orgullo poseerla para la gente de aquella agrupación. Hoy, con el triunfo del socialismo posmoderno, acaso se hayan olvidado de ella.
La vieja Casa del Pueblo de Barredos era oscura y pobre. La acababan de comprar entre todos, por lo que volvía a ser propiedad de los socialistas. Había una sala de reuniones muy limpia, presidida por un retrato de Pablo Iglesias y dos pósteres, uno del Che y otro de Fidel. «Cosas de los chavales», se disculpaba Paulino; mas otro militante añadía que «Fidel se está pasando a nosotros, porque ya admite elecciones». No tenía buena información aquel socialista bienintencionado. En una mesa muy pequeña, apoyada a la pared, debajo de una pizarra, se había sentado en una ocasión Felipe González: mostraban la silla ante ella como una reliquia. Las sillas estaban desvencijadas y en la biblioteca había unos cincuenta libros en un estante, mientras que otro, al lado, pintado de verde, estaba vacío, en espera de tiempos mejores. No había horario de lectura: cada cual podía entrar y leer cuando quisiera o pudiera. A la entrada, al lado de la puerta, había un pequeño bar. Cuando la visitaron una delegación de socialdemócratas alemanes, salieron emocionados, diciendo que había que conservar aquella reliquia. Paulino les insinuó que las reliquias se conservan con ayudas y ellos contestaron que no faltaría más. Mas no debieron ayudar mucho, si es que ayudaron algo, y la vieja casa no tardó en ser abandonada, trasladándose los socialistas a un bajo en la calle principal que por la parte de atrás daba al río.
La espicha estaba convocada a las seis de la tarde en un lagar de la carretera de Nava, que es la de Peñamayor, a mano derecha, sobre el río. En un amplio prado recostado en una colina se distribuían mesas de madera llenas de platos con chorizo, jamón, huevos cocidos, fritos de bacalao, cecina y botellas de sidra. La entrada costaba 250 pesetas, y, según Paulino, se habían vendido mil invitaciones, a las que había que sumar los que entraron sin pagar y los pensionistas, que no pagaban. A pesar de ello, hubo protestas por parte de quienes consideraban que la invitación era muy cara para un partido obrero. No todos los que se encontraban allí eran militantes: asistían, entre otros, Manolo Avello, el abogado Miguel Virgós (vinculado al carlismo de Zabala), Herrero Merediz y los inevitables Rosendo Merino y Antonio Masip, que no perdían acontecimientos como aquél. González no llegó hasta pasadas las ocho, y produjo gran sensación. Tomó el megáfono y habló menos de cinco minutos. Dijo que Asturias era una región deprimida pero que algo se había conseguido, porque antes había que reunirse en los montes y ahora nos podíamos reunir en una espicha. Y terminó diciendo: «Ahora vamos a tomar sidra, y fabada...» (y como alguien le apuntó que en las espichas no se comía fabada, añadió con rápido desenfado: «... y lo que nos den»). Él comió poco, porque tuvo que firmar infinidad de tarjetas de invitación añadiendo a su firma «Socialismo: libertad», y dejarse fotografiar haciendo que tocaba la gaita. Se lo disputaban por igual los de las JJ SS para escuchar doctrina y los viejos militantes, para que escuchara asturianadas. Y conforme oscurecía y los asistentes descubrieron que Felipe se había ido, la espicha empezó a languidecer y cada cual volvió por donde había venido. Yo volví a Oviedo con Antonio Masip.
Para no perder el viaje, o matar dos pájaros de un tiro, González, que se había inscrito en el hotel con el nombre de Carlos Dorado, tenía previsto dar un mitin en Gijón al día siguiente. Pero fue prohibido por el gobernador civil. Se podía hablar en las espichas, pero no en los estadios.
                                         Ilustración de: Pablo García.

FUENTE: José Ignacio Gracia Noriega
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El mitin frustrado.

 
Cartel electoral de Felipe Gonzalez (PSOE)
 
El gobernador civil prohibió en Gijón, el 30 de mayo de 1976, un acto político de Felipe González, que el día anterior había estado de espicha en Barredos.
                            




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Felipe González vino a una espicha en Barredos el sábado 29 de mayo de 1976 y para no perder el viaje daría un mitin en Gijón al día siguiente, domingo 30. De este modo se armonizaban y complementaban la diversión y la doctrina. Por fortuna, al pertenecer a un partido distinto todavía la pedantería cursi y el lenguaje campanudo del Viejo Profesor no había contaminado a los militantes socialistas verdaderos y, por lo tanto, a nadie se le ocurrió decir que Felipe González, asistiendo un día a una espicha y dando al siguiente un mitin, aunaba lo «lúdico» con lo político. Por fortuna, el uso exagerado de la palabra «lúdico», puesta en circulación para cualquier cosa que sonara a tambor y gaita, o a droga y sexo, por el enfático y didascálico don Enrique, ha caído en desuso últimamente, pero todavía le queda el estigma de haber sido empleada de manera abusiva, por pedantillos de tres al cuarto que por habérsela oído al oráculo acudían a ella como si se tratara de un comodín, de la misma manera que ahora se abusa de «solidaridad» o «democracia». Así pues, como se diría poco más tarde, González tuvo una jornada «lúdica» en Barredos y aspiraba a protagonizar otra jornada «política» en Gijón. Pero como dice el refrán, válido incluso en este caso, aun tratándose de un laico, el hombre propone y Dios dispone. No digo yo, ni siquiera lo insinúo, que Dios se interfiera en los planes políticos del líder del PSOE, pero al menos convengamos que el gobernador civil de la provincia dispuso que el mitin no podía celebrarse, dado que los que habían solicitado su autorización no se plegaban a las exigencias del poncio.
Esta visita de González a Asturias estuvo rodeada de un secretismo impropio de la manera de actuar de las organizaciones socialistas, que por lo general solían pregonar lo que iban a hacer, de manera oficial o por indiscreciones de algunos de sus militantes. No obstante, en esta ocasión, las cosas se llevaron razonablemente en secreto: Felipe González fue inscrito en un hotel, me parece que de La Felguera, con el seudónimo de «Carlos Dorado», y se vendieron invitaciones a la espicha entre militantes o personas más o menos afines. Mas el mitin había que anunciarlo, porque de lo que se trataba no era de que fueran sólo los afines y los que estaban en el secreto, sino el mayor número de personas posible, en primer lugar para demostrar el poder de convocatoria del resucitado socialismo asturiano y de la figura de González, que no tardaría en pretender ser presentada como carismática, y en segundo lugar para descolocar a los comunistas, que se sorprendían mucho cuando los socialistas daban alguna muestra de organización eficaz. Mas fue precisamente a cuenta del número que asistiría al mitin por lo que fue prohibido por la autoridad competente.
González, en su breve alocución en Barredos, proclamó que en poco tiempo se había adelantado muchísimo: todavía pocos meses los socialistas tenían que reunirse en los montes, y ahora podían hacerlo en una espicha. Mas la permisividad que valía para una espicha no se aplicaba a un mitin, y no era lo mismo fotografiarse haciendo que tocaba la gaita en Barredos que dar un mitin en Gijón. El sábado, por lo demás, no fue jornada «lúdica» para todos los socialistas, ya que mientras se escanciaba sidra en Barredos, en el Gobierno Civil de Oviedo se discutían las condiciones del mitin del día siguiente. Los organizadores pretendían que se hiciera en un merendero al aire libre: el gobernador civil contestaba que sólo lo autorizarían en un local cerrado y finalmente precisó que en un local con capacidad no superior a las mil personas o nada. Los organizadores contestaron que mejor nada que tan poco y las negociaciones quedaron rotas y el mitin prohibido.
Aun cuando se sabía que el mitin no se celebraría, se mantuvo en pie la convocatoria, por lo que durante la tarde del domingo 30 hubo en Gijón movimientos de la Policía armada y de manifestantes, en su mayor parte jóvenes que se consolaban, ya que no iba a hacer mitin haciendo una manifestación. El mitin estaba previsto que se celebrara en el merendero Los Rosales, en La Guía. Yo fui en taxi desde Oviedo y anoto que fue en esta ocasión la primera vez que entré en Gijón por la autopista. Al ver el monumento de Vaquero creí que se trataba de una ola amarilla que anunciaba la proximidad del mar, pero el taxista me explicó que representaba la carretera. Ya en Gijón vimos cierto despliegue de tropas delante del cuartel de la Policía armada. El taxista comentó que habría follón y le contesté que probablemente. En llegar al merendero Los Rosales tardamos más que de Oviedo a Gijón. Al bajar del taxi, el taxista se extrañó: «¿Usted también de los del follón?», y añadió: «¿Cómo puede ir tan tranquilo a una manifestación?». «Ya ve», contesté con modestia. No debía de concebir que se pudiera ir a una manifestación con sombrero y corbata. Delante del merendero había aparcado un coche de la Policía armada y el merendero estaba cerrado. Entré en un bar próximo y allí estaba tomando un vaso Plácido Arango, también de traje y corbata. Llegaron Ramón Rodríguez y Joaquín Fernández, el hermano de José María Fernández, para anunciar que había un «salto» en el Piles. La modalidad del «salto» consistía en que un barbudo sacara una bandera roja de la «trenka», profería los gritos de rigor y cuando los «grises» cargaban, los que se habían congregado alrededor de él se dispersaban vociferando. De este modo, se podían hacer conatos de manifestaciones simultáneas en diferentes lugares de la ciudad. Ramón y Joaquín no querían perderse el «salto», mientras Plácido y yo nos lo tomamos con más calma. En el Piles vimos cómo los «grises» arrojaban literalmente dentro de un «jeep» a un barbudo. Plácido protestó airadamente («¡Esas no son formas!», dijo), pero los policías, al vernos de corbata, no nos hicieron caso. Entonces nos fuimos a pasear por el muro y a mirar a mozas en bikini que se tostaban vuelta y vuelta sobre la arena. De cuando en cuando, ondeaba una bandera roja, la Policía atacaba y los manifestantes echaban correr en todas las direcciones. Las mozas en bikini y los domingueros en general no prestaban la menor atención a lo que sucedía en el muro, ni a los gritos reivindicativos de los manifestantes, ni a los pitidos del silbato del jefe de los guardias. Se conoce que, a su entender, una cosa era la arena y otra el asfalto, y a los que estaban en la arena les bastaba, como a Diógenes, que las carreras de los de arriba no les quitaran el sol. Al día siguiente, la prensa le concedió más atención al accidente automovilístico del Papa Clemente, en el que el visionario del Palmar de Troya perdió los ojos, que a las carreras entre el Piles y el Muro.
A estas alturas creo que el acontecimiento más importante de aquellos fue la muerte de Martin Heidegger en la Selva Negra, a los 86 años. No hubo en el siglo XX media docena de hombres de su talla. Era filósofo de otra época, de preguntas profundas, dirigidas sólo a lo esencial.


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La puñalada en Nueva York.

Felipe González se presentó a los socialistas asturianos en la primavera de 1976 en una espicha en Barredos a la que acudió con patillas de Sierra Morena, traje claro sin corbata y rostro oliváceo.

 




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La primera vez que aparecieron las palabras «Felipe González» en letras de molde en Asturias fue en un recuadro diminuto de la última página de LA NUEVA ESPAÑA que informaba de que al abogado sevillano de ese nombre se le había devuelto el pasaporte, sin exponer por qué motivo se le había retirado. Debió ser por el año 1974. Lamento no conservar el recorte, porque por aquella época yo me encargaba de recoger absolutamente todas las noticias, artículos, etcétera, en que se mencionara al PSOE, y vive Dios que se le nombraba mucho menos que ahora. No obstante, reuní varias carpetas muy abultadas, que cuando decidí perder el tiempo de manera más grata y abandonar el PSOE de paso, le entregué a Agustín Tomé y quién sabe qué habrá sido de ellas: habrán ido a parar a algún contenedor de basura. En aquellos tiempos de clandestinidad (pues estaría mal visto hablar a estas alturas de permisividad), el PSOE consumía toneladas de papel y, todas las noches, los contenedores de basura próximos al despacho laboralista de la calle General Elorza se llenaban de los desechos industrializados de enormes talas arbóreas, por lo que se decidió ir a echar toda aquella papelería a otras calles, para que no sospechara la Policía de que en aquel edificio (en el que no sólo estaba el despacho laboralista de UGT que llevaba Vigil, sino, varios pisos más arriba, el piso del profesor José María Fernández) se efectuaban labores de agitación y propaganda. El despacho laboralista tenía un aspecto serio, con su sala de espera un poco triste y el despacho de Vigil, que en apariencia era un despacho de abogado normal. Pero detrás de la estantería estaba Manolo Mondelo, de corbata y blusón azul, dándole a la multicopista: en aquel zulo sólo cabían él y la multicopista, y a pesar de ello, Mondelo no perdía el buen humor. A veces, Agustín Tomé se sentaba detrás de la mesa de Vigil, decía que él era el abogado y Vigil el pasante, y hasta firmaba con su estilográfica: una Mont Blanc metálica, delgada y larga. Y, efectivamente, Vigil no sólo era el abogado y el pasante, sino que por las noches, cuando se marchaba el último ugetista, se arremangaba los pantalones y fregaba el local. Cuando no le entraba la «neura», que entonces se ponía grosero e insoportable («borde», como diría ahora un «modelno»), Vigil era un tipo de primera.
Posteriormente, Felipe González y Alfonso Guerra vinieron a vender doctrina socialista a Peña Mayor, y de esta estancia en aquellas soledades nació la leyenda de que él y Carmen Romero (que se llama igualito que la legítima del presidente mexicano Porfirio Díaz) escribieron una carta a París en el interior de una cabaña para que a los nueve meses acudiera la cigüeña: hecho vigorosamente desmentido por Paulino el de Barredos.
No se alojaron en la cabaña de Adenso, próxima al Pozu Funeres, sino en otra cabaña que caía por aquellos rumbos, pero no sé cuál era. Un año o dos más tarde (creo que hacia la primavera de 1976), el abogado sevillano que se hacía llamar «Isidoro» se presentó a sus huestes en la espicha de Barredos que había organizado la peña bolística presidida por Paulino García. La espicha se celebró en un prado a orillas del río que viene de Peña Mayor para desembocar en el Nalón pocos metros más abajo, y el abogado sevillano llegó con traje veraniego claro, sin corbata, el rostro oliváceo oscurecido por la barba tenaz que dejaba sombra por mucho que se afeitara y patillas estilo Sierra Morena, y procuró estar simpático y locuaz. Siguiendo el ritual que luego se impondría en las concentraciones socialistas de este tipo, primero fue la ideología y después la gastronomía. Durante algunos minutos, González expresó diversas vaguedades que no recuerdo, y tal vez como advirtiera que la concurrencia no estaba allí solo para escuchar, sino también para masticar, concluyó con una alegre aunque indocumentada revolera:
-Y ahora, compañeros, vamos a comer la fabada (vaciló unos segundos al comprobar cierto estupor en la concurrencia, pero salió airoso del desliz)... y lo que nos den.
Naturalmente, no nos dieron fabada. No recuerdo lo que nos dieron, pero sí lo que cobraron: 500 pesetas por barba. Lo que originó las airadas críticas de muchos compañeros que consideraban aquel precio abusivo, y poco al alcance de los bolsillos socialistas de aquella época. Entre los asistentes que sí podían permitirse aquel desembolso se encontraba Antonio Masip: lo recuerdo, porque volví a Oviedo en su coche. Aunque de aquella Masip no coqueteaba con el PSOE por considerarlo en exceso socialdemócrata, no perdía concentración socialista (también había acudido al homenaje a Manuel Llaneza, en el cementerio civil de Mieres), ya que era de las pocas personas que en aquel tiempo creían en la unidad de objetivos de la izquierda. Por desgracia, una parte de la izquierda, principalmente el PC, no parecía creer demasiado en Masip.
Después de la espicha de Barredos, todo el mundo alardeaba de grande amistad con Felipe González, cuando no de haber hecho las milicias universitarias en su tienda de campaña. Quien sí le conocía era Vigil, que tenía en lugar principal de su casa una fotografía de los hijos de Felipe González al lado de los suyos. Jesús Zapico solía reprocharle este alarde, y me decía: «Cuando vayas a su casa, fíjate». En efecto, un día que fui a su casa, me fijé en que por allí había varias fotografías enmarcadas de niños. No sé si fue el mismo día que me presentó a Manolo Villa, recién llegado de Bruselas. Estábamos charlando cuando llamaron a la puerta: le traían a Vigil un paquete a su nombre. Lo abrió: dentro había un crecepelo y una biografía de Lenin o Stalin. Vigil montó en cólera, porque quien había recogido el paquete y pagado el reembolso fue Ludi. Sin duda, se trataba de una broma; pero Ludi se disculpó: «Como dijeron que se trataba de un crecepelo, pensé que lo habías pedido tú».
Felipe González era un muchacho (como tal se presentaba o lo presentaban) de aspecto espabilado, decidido a no detenerse ante nada, ya que había descubierto un filón que le permitiría no tener que trabajar como abogado laboralista el resto de su vida y capaz de convencer a cualquier persona de las cosas más inverosímiles a condición de que estuviera previamente convencida. Entre la picaresca y la ideología de grado elemental, podía esperar fabada en una espicha, y cuando descubría que no la servían, quedarse tan fresco y salir por peteneras. De hecho, aportaba un cierto aire de frescura (en todos los sentidos) a la ocupación política, que en la España de entonces se entendía de manera bastante fúnebre, y se mostraba mentalmente ágil e intelectualmente escaso y demagogo. A pesar de sus cualidades evidentes, incurría en esa desagradable manía de los socialistas españoles por el adoctrinamiento, por reñir a la parroquia, por dirigirse al auditorio como si se tratara de niños que todavía no han alcanzado el uso de razón o de subnormales, y cuyas manifestaciones más depuradas a la par que desagradables son Z. y Vinagresa Fernández de la Vega. Tampoco le importaba mentir, y lo hacía descaradamente y sin pestañear. Supongo que el desdén hacia la madurez intelectual de los seguidores y las mentiras son vicios de mitinero, y aquel quien toma la palabra en el mitin se dirige a un público decidido a tragar carros y carretas y que además no va a interrumpir al orador. Lo malo es cuando los mitineros se convierten en parlamentarios: de ese modo se ha degradado tanto la vida parlamentaria española.
Se decía que comía poco y austeramente, no sé si por no incurrir en el vicio burgués de la gastronomía, o porque padecía alguna dolencia estomacal, pero en cambio le presentaban como una especie de atleta sexual, lo mismo que a Alfonso Guerra. Seguramente, en esto influía la mucha importancia que le concedían los curas al sexto mandamiento. Alfonso Guerra y él constituían un buen tándem, inspirado en los interrogatorios en las comisarías franquistas, en las que actuaban un policía bueno y un policía malo, llenando al interrogado sucesivamente de temor, de confianza y acaso de agradecimiento. Entraba en el cuarto donde estaba el preso el policía malo dando una patada a la puerta, sacando la pistola y amenazando: «¡A este rojo cabrón me lo cargo yo ahora mismo!». Pero en el momento en que se disponía a apretar el gatillo, intervenía, oportuna y casi milagrosamente, el policía bueno, que, adoptando un aire paternal y comprensivo, calmaba al energúmeno asegurando que él también tenía un hijo en la Universidad, por lo que sabía lo tontos que eran los jóvenes universitarios, que se dejaban influenciar por cualquier marxista de tres al cuarto, y acto seguido, pedía al exaltado que se fuera, y quedando solo en compañía del atribulado muchacho, si éste picaba, nada se había perdido por haber hecho un poco de comedia. A Alfonso Guerra le correspondía el papel de malo, y a González el de bueno: el primero exageraba el gesto agrio, y el otro procuraba parecer simpático a todas horas. De manera que nadie podría imaginar a González tomando el Palacio de Invierno o realizando la reforma agraria, pero a Alfonso Guerra... ¡quién sabía! Así que en la cúpula del PSOE había para todos los gustos: para los radicales, el Guerra; para los que creían en la posibilidad de un socialismo urbano y civilizado, González. Como decía Encarna, rememorando el «siempre nos quedará París»: «Si el PSOE se desvía, siempre nos queda Alfonso Guerra».
Felipe González jugaba, pues, dos bazas: la de pragmático y la de moderado. Volvió de China (adonde había ido «para orientarse un poco», como en el verso de Blas de Otero) con un destilado de sabiduría oriental: «Gato blanco, gato negro, lo que importa es que cace ratones».
Y en pleno fervor socialdemócrata, yo creo que en una ocasión se pasó un poquito cuando dijo, en elogio de la sociedad capitalista norteamericana: «Prefiero que me apuñalen en el metro de Nueva York a morir de aburrimiento en Moscú». Afirmación sorprendente, que fácilmente se vuelve al revés: en Nueva York te matan a puñaladas, porque todo es un puro desorden, mientras que en Rusia hay paz y orden: tanto que te puedes morir de aburrimiento. Y ya se sabe que los socialistas son muy partidarios del orden (mucho más que de la paz), aunque sólo cuando gobiernan.
                   Ilustración de: Pablo García

FUENTE: José Ignacio Gracia Noriega 

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