8 de febrero de 2016

Tiempos pasados con problemas

Historia y presente
Conde duque de Olivares
Un libro de John H.  Elliott, permite comparar tiempos pasados con problemas como la crisis de la Monarquía y el conflicto territorial

Los artefactos que el hombre fabrica pueden servir para nada o para mucho, para el bien o para el mal, para lo sublime o lo abyecto. Así, los libros, unos sirven para formar montones de papel o amontonarse, mugrientos, en los rastros dominicales o mercadillos de viejo; otros, por el contrario, son joyas, cuyo resplandor, por muchos quilates, puede hasta modificar las mismas vidas: «Toda mi vida modifica el libro que estoy leyendo», escribió Borges. Quede esto escrito, con reto y desafío para el ahora mismo y ante tanto libro de escritor con ensoñaciones y fantasías infantiles de inmortalidad o de lo que sea. ¡El infantilismo en las personas mayores se nota tanto!
El libro «Haciendo historia» (Taurus 2012) es un libro bueno. Su autor es John H. Elliott, hispanista británico, estudioso de la España moderna, en particular del siglo XVII. El libro es de interés para los profesionales de la historia por el repaso de métodos y maneras para la historiografía. También es útil, especialmente, al permitir comparar tiempos pasados con problemas -los del «valido» y «privado» de Felipe IV, el conde duque de Olivares- semejantes a los nuestros, muy actuales, y entre los que se pueden citar los siguientes: pesimismo y decadencia en la sociedad española, la crisis de la Monarquía por crisis del Monarca y las tensiones continuas entre uniformidad y diversidad o entre el centro (Gobierno de Felipe IV) y la periferia (Principado de Cataluña).
Al ser personaje central en esta historia el conde duque de Olivares ha de recordarse, desde Asturias, a un profesor asturiano, don Ignacio de la Concha, catedrático que fue de Historia del Derecho de la Universidad de Oviedo, de personalidad compleja y sorprendente a veces. Don Ignacio «inventó» los denominados «Itinerarios históricos», que fueron unas tutorías didácticas, magistrales y viajeras de muy alto espíritu universitario, unas «tutorías» comparables a las mejores de las universidades inglesas. Cada «Itinerario» tenía su hilo conductor e histórico y por él transitábamos subidos a un modesto microbús en tiempos de carros, carretas y carromatos.

ANTIGUA POSTAL DE TORO (ZAMORA)
Si el conde duque estuvo desterrado en Toro (Zamora), si sus restos están en Loeches (Madrid), si fue estudiante y rector de la Universidad de Salamanca, pues, a Toro, a Loeches y a Salamanca íbamos y llegábamos leyendo «in situ» o «in itínere» el único libro destacado sobre él publicado: «El conde duque de Olivares» de don Gregorio Marañón, en la edición de Austral (portada naranja), la número decimotercera (año 1969), de 234 páginas -en 1986 y en inglés se publicaría el gran libro, sobre el mismo personaje, de Elliott (en castellano, en 1990, por la editorial Península)-. Señalo que el interés del profesor De la Concha por Olivares tuvo causa, no en su condición de «valido» del Rey ni por ser personaje central del genial Barroco español, sino por sus investigaciones sobre el complejo «régimen señorial» español, habiendo nacido Olivares en la «casa de los Guzmanes». Y junto a la Colegiata de Toro, en el convento monasterio de la Inmaculada Concepción de Loeches, y delante de las cadenas de privilegio de la Universidad de Salamanca, se leían las ponencias históricas.
Bien deberían escribirse «crónicas» de aquellos viajes, en las que se tendrían que contar episodios apoteósicos, como la lectura de ponencias en el monasterio de Santo Tomás de Ávila, delante del sepulcro del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, «que murió de amor»; lecturas en el convento de la Inmaculada de Ágreda (Soria) ante el cuerpo incorrupto de la loca sor María, que «correspondía al Rey por correspondencia», o bajando hacia la frailuna ciudad Guadalupe (Cáceres) leyendo lo escrito por don Miguel (Unamuno) en su libro «Por tierras de Portugal y de España». Podrían contarse igualmente episodios para la risa y el cachondeo, como el de los orinales (con pises) aparecidos debajo de una cama en una pensión pobretona de Córdoba, o el de las «yemitas» de Almazán (Soria), ofrecidas a los itinerantes por unas condesitas repolludas y muy señoritas, amigas de don Ignacio, en el interior de su palacio condal.
Miguel de Unamunoes.wikipedia.org
Lo del conde duque es muy serio, dramático y normal, pues recibió el mismo trato que los Reyes, primero Austrias, luego Borbones, dan a sus más fieles colaboradores: la patada en lo delantero o trasero. Olivares no dejó de dar consejos -repásese el «Gran memorial» (1624) destinado a su imbécil rey, llamado Felipe, dedicado a la caza, si bien y para bien, no de elefantes en tierras remotas-. Y es que el rey nada entendía, ni lo más sencillo, ni lo más complicado: la decadencia española y de la propia Monarquía. El conde duque se desgañitaba en balde y el rey en el balde, con esa manía o costumbre, tan de reyes, que consiste en hacer siempre lo que les da la gana, aunque sea delito; y con olvido del que si ahí están «entronados», además de por la gracia de Dios o de Francisco, lo están por imperativo de cromosomas o, dicho de manera más vulgar, por el «ovulito» cazado por el espermatozoide corredor y con movimientos de renacuajo. Con esto, los del «principio monárquico» elucubran con trastornos.
Fue inteligente el conde duque en vincular los comportamientos del rey con el concepto de decadencia, y fueron inteligentes los «barrocos» que encontraron la clave en la palabra «reputación», pues sin reputación una Monarquía no es nada, absolutamente nada. Es explicable que al que está acostumbrado a hacer lo que le apetece lo de la reputación le suene a ronquido -la sordera total, no el ronquido, es más enfermedad de músicos que de reyes-. La decadencia o declinación («declinatio» o «inclinatio») de España, ahora y antes, no admite duda; la desgracia es que siempre fue así; nuestro problema es de proverbio chino: «Las sociedades, como los peces, se corrompen por la cabeza», culpa de unas élites corruptas y ladronas, de sus cabezas y de la más alta, coronada.
Los últimos treinta y cinco años de la historia de España (desde 1978) pudieron ser la excepción a la decadencia permanente; pero nada, no fue posible. He ahí la gran estafa y el enfado de españoles muy defraudados. La pena es aún mayor, si cabe, pues no se sabe dónde situar el período (en la historia de España) «de éxito» o de Edad Dorada; desde luego no en el siglo XX; es que tenemos pocas referencias, acaso Isabel y Fernando, acaso Carlos V, acaso don Pelayo, «monarca» astur, acaso el moro Muza o Munuza. Se podría ahora también escribir lo que Olivares escribió en su «Gran memorial»: «El presente estado en que se hallan estos reinos, por nuestros pecados, es por ventura el peor en que se han visto jamás». No podemos, por supuesto, compartir el autoritarismo del conde duque, en su pretensión de una «Monarquía fuerte» (Elliott); mas sólo pedimos -pido- un poco de orden y no corrupción en todo, todo, también en lo de la Monarquía.
Retrato de Felipe IV, por Diego Velázquez. National Gallery de Londres
Fue siempre valiente Elliott en su crítica a los historiadores «nacionalistas» catalanes que presentaban y presentan a Cataluña «como víctima de la continua opresión de Castilla» (el llamado victimismo), seguido de otros mitos. Lo cierto es que las relaciones entre Castilla y Cataluña siempre fueron muy complejas desde el matrimonio de Isabel y Fernando (1469): unión de las coronas de Castilla y Aragón, y que los acontecimientos revolucionarios de la primavera de 1640 en Cataluña fueron en verdad contra el Gobierno de Felipe IV, pero también contra las élites corruptas (diputats) de la «Diputació» catalana. Jamás, hasta ahora, Cataluña pretendió ser un Estado nación, desgajado de España.
La política centralista y la pretendida uniformidad que quiso el conde duque, sin matizar en la dialéctica tradicional, en España, entre el centro y la periferia, produjo un desastroso resultado: la rebelión en Cataluña y la secesión en Portugal meses después. Y a los que ahora mismo piden un nuevo centralismo de Madrid, al estilo de Olivares, habría que recomendarles que para saber antes de predicar o vociferar han de leer la historia de España; acaso y a esos efectos, con leer a Elliott será suficiente. El nuevo soberanismo catalán no se puede gestionar desde Madrid en plan guerrero, con guerra de síndromes -quiero decir-. Y esto no se debería olvidar a las puertas de un nuevo proceso constituyente español: la complejidad es mucha, sólo abarcable por cabezas preparadas y no por ladrones vulgares, del centro y de la periferia.
El Conde-Duque de Olivares a caballo (c. 1634), cuadro de Diego Velázquez expuesto en el Museo del Prado.

FUENTE: Ángel Aznárez Notario (La Nueva España)
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