3 de abril de 2015

Conchita Valdés, la católica "roja"

"A mi abuelo Pepón Valdés, jefe de los municipales de Mieres, le ocultaron unas prostitutas en el 34"

Conchita Valdés
"Siendo responsable de la JOC despachaba cada 15 días con Tarancón; él veía que yo era muy lanzada, por ejemplo, con las huelgas, y le decía: 'Tenemos que ir, porque la Iglesia es la cofradía de los ausentes'".


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Conchita Valdés se declarada "militante cristiana y comunista", insiste en que si pones 'El Capital' de Marx en una mano y el Evangelio en la otra, pesa más el Evangelio, porque exige más si lo vives en lectura de hoy en día". Para ello "hay que fijarse en muchos parrafinos, como cuando los apóstoles le dijeron a Cristo: 'Tienen hambre', y Él les respondió: 'Dadles de comer'". En el presente, "decimos: 'Hay seis millones de parados; dadles trabajo, señores del Gobierno".
Antes de militar en el Partido Comunista, Conchita Valdés vio que "de cara al pueblo, había más compromiso en la izquierda que en los católicos, que no se movían. Y nunca se movieron, y a mí me encendía la sangre, aunque sí se movió la JOC", la Juventud Obrera Católica, en la que ella se inició. En el PC fue responsable de la comarca del Caudal, "y después ya fui del comité regional y luego del comité central, y concejala y diputada regional". En el presente, "estoy en la comunidad cristiana de San Pedro de Mieres, con actividad militante que compagino perfectamente con la actividad del partido, aunque ésta descendió mucho porque en diciembre hago 80 años".
No obstante, "todavía me llaman para que vea algunos informes porque estamos en plan de hacer un estudio de lo que es IU y por dónde tenemos que tirar". Conchita Valdés opina que "hay que ponerse al día, pero no debemos tener miedo a Podemos, aunque no se puede negar que es un revulsivo". Sin embargo, "un Partido Comunista no puede permitir su ascenso, como no debíamos haber permitido que el PP haya llegado donde llegó".
La veterana militante defiende que "en política se pueden hacer muchas cosas sin insultar y sin violencia, pero puedes ponerlos colorados, o pueden ponernos colorados, como ahora con el señor Villa". Conchita Valdés reconoce que el "caso Villa" "pone colorada a toda la izquierda, porque para mí Villa era un ídolo que traspasaba las fronteras de Asturias y de España, ya que era un ejecutivo de la Confederación Europea de Sindicatos". Así pues, "era la imagen obrera de España, sobre todo de los mineros". Al tiempo que manifiesta estar "encantadísima con el equipo médico y el personal del Adaro, por su amabilidad, sabiduría y cariño", Conchita Valdés evoca su vida.
Conchita Valdés, en el Sanatorio Adaro de Sama, mientras se recuperó de "dos tromboembolismos pulmonares y de una insuficiencia coronaria" en octubre de 2014. Foto de
Vencedores y franquistas. "Nací el 13 de diciembre de 1934, en Turón. Mi padre, Cristóbal, era guarda jurado de Hulleras de Turón, y mi madre, Severina, ama de casa. Fui la mayor de tres hermanos y le sacaba 14 mese a mi hermana Pepita, que murió bastante joven, y diez años a Cristóbal, que trabajó en Ensidesa y vive en Avilés. Nací en el seno de una familia muy católica por ambas partes, y muy de derechas. Tanto que mi abuelo paterno y el materno eran de la CEDA de Gil Robles y después de la guerra fueron de los vencedores y franquistas. Eso era lo que se respiraba en mi casa. Cuando tenía 19 meses me llevaron a vivir con mis abuelos paternos, Engracia y Pepe. Ellos sólo habían tenido un hijo, mi padre, y estaban deseosos de una nena, así que cuando nació mi hermana no lo vieron mejor. Eran tiempos malos y la guerra se veía venir. Mis padres dijeron: 'Bueno, llevaila hoy, pero traeila mañana'. Y estuve con ellos 33 años, hasta que murió mi abuela. Ella me contaba que en la Revolución del 34 le habían desvalijado la casa y que se llevaron hasta el fierro, las arandelas y el paletón de la cocina. Y mi abuelo, conocido como Pepón Valdés y que era jefe de los municipales del Ayuntamiento de Mieres, estuvo escondido. Tengo que decirlo en agradecimiento y reconocimiento a unas personas que socialmente son despreciadas"

Doble fondo de una cama. "A mi abuelo le recogieron las prostitutas del Norte, en el barrio Gonzalín. Su patrona era una mujer llamada la Mierense y era uno de los dos prostíbulos que había en Mieres y que yo llegué a conocer ya de chavalina; quiero decir que conocí las casas, pero no a las mozas porque el invicto general prohibió ese oficio. Y mi abuela, que ya digo que era sumamente católica y, por lo tanto, contraria a ese tipo de vida, jamás permitió que delante de ella se hablara mal de una prostituta, porque tenía conciencia de que su marido les debía la vida a esas mujeres. En la guerra, mi padre fue movilizado por los rojos y estuvo por Pajares y León. Él decía que nunca disparó un tiro, porque el teniente del batallón, o lo que fuera, que era de Mieres y del mismo tiempo de mi padre, le dijo: 'Cristóbal, no pases miedo que no te voy a poner en línea de tiro, vas a ir siempre en retaguardia y el día que pueda te paso al frente nacional'. Y, efectivamente, una noche muy oscura el teniente fue a buscarlo a la tienda: 'Coge la manta y el macutu que hoy es el mejor día', y lo llevó hasta la raya. Pero cuando mi padre entró en la zona nacional no llevaba credenciales de que era de derechas y no era un hombre de confianza. Al acabar la guerra le tuvieron retenido en un campo de Llanes, hasta que alguien lo avalara. Mi abuelo Pepón había pasado la guerra escondido en un doble fondo de una cama de casa. En los 17 meses de guerra fueron a buscarlo 14 veces, pero no le encontraron. Y mi abuela metía la mano en el bolso del mandil y rezaba el rosario mientras los rojos registraban la casa. Tuvimos la suerte de que en la vecindad no hubo ningún chivato. Cuando mi abuelo estuvo en condiciones de salir a la calle, se puso el uniforme de inspector y se fue con un capitán del Ejército de moros y regulares que estaban en Mieres para traer a mi padre".
La Iglesia San Juan y Requejo
Sindicato Amarillo. "Y el padre de mi madre también era de derechas. Se llamaba Antonio el Amarillo, que era un mote político, porque era del Sindicato Amarillo, el rompehuelgas, de la Agremiación Obrera Católica. Él era jefe de los guarda jurados de Fábrica de Mieres y, según decían, era el amo porque era el confidente de la señora condesa. Y así como mi abuelo Pepón no tomó represalias contra nadie, Antonín? Hay una anécdota. Hablando hace unos años con una señora de Mieres me comentó que era de La Rebollada, 'donde estaban los Amarillos, que eran tan malos que echaron a mi padre de la fábrica y con tantos hermaninos que éramos en casa no entraba una peseta'. Y yo pensaba: 'Si supieras que el Amarillo era mi abuelo?'. No se lo dije porque la pobre mujer podía quedar cortada. También me pasó otra con una camarada del Partido Comunista, que me dijo: 'Conchita, ¿quién me iba a decir que al cabo del tiempo íbamos a ser camaradas tú y yo, porque en la Revolución del 34 salí muchas veces en manifestación pidiendo un, dos, tres, la cabeza de Valdés; ¿no nos guardas rencor ni nos tienes antipatía?'. 'En absoluto. ¿Tú me tienes rencor a mí por ser católica?'. 'No, no me importa'. Al terminar el Bachillerato en Mieres me hubiera gustado mucho ser médico y dedicarme a la investigación, pero mi abuelo murió antes de tiempo y mi abuela, que era la bondad en persona, me dijo: 'Chitina, no sé cómo lo verás, pero me parece que vas a tener que empezar a trabajar'. A las viudas de funcionarios les quedaba muy poca pensión. Así que entré de auxiliar en una farmacia. Tenía 19 años, era manceba de botica y entregaba toda la paga en casa. Mi abuela me daba dos pesetas los jueves y diez los domingos". 
El párroco de la Iglesia de San Juan D. Nicanor, visto por Alfonso Zapico
La clase obrera. "Seguía con mis prácticas religiosas y en la Acción Católica de la parroquia de San Juan de Mieres. Pero vino un cura perdido de no sé dónde, Florentino Pérez, y un día nos empezó a hablar de la Juventud Obrera Católica, la JOC. Nos dijo en qué consistía y nos habló de Cardijn, su fundador. Sin hablar abiertamente de socialismo o de la clase obrera, soltó alguna palabra que me hizo reflexionar. Y no me cayó en bajo. La clase obrera no existía en mi casa; no se hablaba de ella. Yo sólo sabía que por delante de casa pasaban los mineros a las cuatro y media de la mañana con unas madreñas de clavos. Y le decía a mi abuela: 'A estos hombres, sólo por levantarse y apagar el despertador, había que darles 5.000 pesetas'. Yo había leído algún librucu y un día le dije a mi abuela: 'Abuelina, esto que me cuentas tanto de Franco y de tanta bondad en los nacionales y falangistas, la verdad es que yo veo cosas que no deberían haber sido así'. 'Eso no ye pa nenes; tú calla la boca y déjalo'. Empecé a ir a la JOC y cada vez me gustaba más. Después empezamos a conocer sacerdotes de un prestigio extraordinario, Óscar Iturrioz, Pepe el comunista, Benavides, Santaeufemia? La cabeza se iba agradando e ibas viendo cosas. Algunas se las contaba a mi abuelina y otras no, porque veía que ella sufría. Era una mujer de pueblo, pero muy inteligente. Más tarde salí responsable de JOC en la comarca del Caudal y me tocó formar muchos grupos. Llegamos a hacer una JOC muy buena y potente, y empezamos a interesarnos por las cosas sociales, a leer libros de la historia del movimiento obrero y algunas empezamos a escarcear un poco en 'El Capital' y leer filósofos, con los debidos problemas de conciencia. Y mi abuela decía: 'No sé por qué me parez que voy a tener una nieta comunista'. 'Que no, que no, ¿no ves que los domingos voy a misa y comulgo?'".  
Santiago Carrillo en el local de Amigos de Mieres el 9 de marzo de 1977, a su izquierda Horacio Fernández Inguanzo

Magdalena y Azcárate. "Estando en la JOC, iba a la Asociación de Amigos de Mieres, que era la sede clandestina, o la tapadera de los comunistas. Era socia y me gustaban mucho las charlas que allí daban. Eso también me lo dijo un cura de Mieres, don Nicanor López Brugos: '¿Por qué nos vas a Amigos de Mieres y te haces socia?'. Allí me empezó a echar el ojo Agustín, "el Barberu", que me invitó a entrar en el movimiento vecinal, que lo formaron los comunistas. Él me dijo: 'Conchita, ¿no te gustaría presentarte a la candidatura de la dirección de la asociación?'. 'Bah, fíu yo de esto no entiendo na; yo voy a la JOC y estoy aprendiendo a moverme por el mundo'. Pero me presenté y salí presidenta. En aquel tiempo se celebraban en Madrid las conversaciones entre marxistas y cristianos. Estaba Miret Magdalena por los cristianos y Manuel Azcárate por la parte marxista. Yo escucha a Azcárate y me decía: 'Este hombre no está desencaminado'. Yo comentaba aquello con los curas asturianos y me decían, muy prudentes: 'Vete asimilando, vete viendo las cosas y no aceleres tu formación'. Pero también te empujaban un poco. Traté mucho a Tarancón, que era muy respetuoso, y también cuando ya me hice comunista, que fue después de que un camarada me preguntó que si me iba al partido, y le contesté: 'Esto no se dice así, que yo del partido no sé nada'. Pero un día le dije a mi abuela: '¿Para qué te voy a estar engañando; yo ya soy comunista. ¿Viste que cambiara en algo?'. 'Pero, ay Chitina, por favor, no pierdas la fe; haz el mejor bien que puedas, pero no dejes la Iglesia'. 'No tengas miedo, que la llevo muy arraigada dentro de mí, pero quiero ser libre y quiero ser comunista'". 

"Tarancón al paredón". "Siendo responsable de la JOC despachaba cada 15 días con Tarancón. Él veía que yo era muy lanzada, por ejemplo, con las huelgas, y le decía: 'Tenemos que ir, porque la Iglesia es la cofradía de los ausentes'. Y lo sigo diciendo: un cristiano no levanta el culo de la silla ni aunque caiga la iglesia encima. Es una cosa que no puedo entender y lo digo con toda la seriedad y respeto. Tarancón, porque se lo oía a algunos sacerdotes, me comentaba: 'Veo que la JOC tiene una escuela de comunistas', pero me lo decía con cariño. Y cuando llegó el momento, Tarancón supo tener lo que había que tener. Cuando yo veía la pintada 'Tarancón al paredón', me entraba una alegría enorme, pero no porque quisiera que lo mataran, sino porque me decía: '¡Coño, por lo menos hay uno de la Iglesia que estorba'. Y era un arzobispo cardenal de Madrid, una cosa muy gorda. Pero un día ya le dije en Oviedo: 'Mire, señor arzobispo, no quiero engañalu porque no va conmigo la doble vida, pero soy comunista'. Y me replicó: 'Ya me parecía, ¿qué vas a hacer?'. 'Pues lo que usted quiera; mi cargo diocesano está a su disposición, pero el partido no lo voy a dejar y la Iglesia tampoco'. Y él me dijo: "Que no, que no, que sigas, pero no te me desvíes mucho'. Y seguí hasta que cumplí los 35 años, la edad máxima para estar en la JOC".
Bandera del Partido comunista
Pie izquierdo atrás. "Para entrar en el PC eran necesarios avales y me los habían dado Agustín "el Barberu", Berto Barredo, un militante extraordinario y minero del pozo Barredo, y Alberto Loreo, de Loredo, un pueblo de Mieres, que trabajaba en Nicolasa. Éste era de aquellos hombres que paraban los pozos cuando querían. Ya vestido en la sala de baños, con las botas ya calzadas, echaba el pie izquierdo para atrás y lo apoyaba en la pared. Ésa era la señal de huelga y no se movía ni un minero. Tengo estado en asambleas en las que se usaba esa señal. A las cinco de la mañana estuve muchas veces en la casa de baños de los pozos, y bajé a las minas y a los talleres de explotación. Moríame de miedo, pero había que hacerlo. Cuando entré en el PC, era todavía clandestino y nos reuníamos donde podíamos, más bien de noche que de día y en cuadras, pajares o por los montes. Y con un candil y dos camaradas que estaban vigilando por si venía la Guardia Civil en caballos. Y si nos reuníamos de día en una cuadra, la mujer de uno de los camaradas ponía unas botellas de sidra, y chorizo y jamón, y estábamos como en una espicha, que no estaban prohibidas por el dictador". 

Conchita Valdés en el Hospital Adaro de Sama (octubre de 2014)
Blasfemias. "Entré en el PC cuando Tini Areces era el secretario general, porque Horacio Fernández Inguanzo estaba en la cárcel. Horacio era un hombre que imprimía carácter y tenía una delicadeza extraordinaria, pero tenía unas ideas firmísimas. Nunca le oí hablar mal de nadie. Estábamos una vez Horacio, Emilio Huerta 'Triqui' y yo y me preguntó Triqui: 'Tú, ¿cuánto tiempo pasas en la iglesia?'. 'Menos que tú en el chigre'. Y dijo Horacio: 'Anda, vuelve a por otra'. Fue la única broma que me gastaron con mi catolicismo, y voy a decir más. Como en toda la militancia de Asturias, y sobre todo de las Cuencas, la blasfemia está a la orden del día, una vez les dije: 'Os rogaría que cuidaseis un poco el lenguaje porque, la verdad, mis sentimientos se ven un poco heridos con tanta repetición de la mismas palabras'. No se creerá, pero delante de mí era rarísimo que se les escapara una blasfemia. Tengo que agradecer mucho al partido que a una mujer católica y de familia de derechas la elevaran a cargos de tanta responsabilidad. Pero empecé haciendo de enlace y pasé mucho miedo".
El ideal vale más que la vida; y soy soltera por vocación, porque no tuve tiempo para el noviazgo.

Conchita Valdés Menéndez nació en Turón, el 13 de diciembre de 1934, pero a los 19 meses la llevan a vivir con sus abuelos paternos, en Mieres. Allí estudiará el Bachillerato y después trabajará como auxiliar de farmacia. Descendiente de dos familias muy católicas y de derechas, Conchita es creyente practicante y de joven se enrola en la Juventud Obrera Católica (JOC). 
Al mismo tiempo, frecuenta ambientes del Partido Comunista, en la Asociación de "Amigos de Mieres". Siendo responsable diocesana de la JOC, en la época del arzobispo Tarancón, ingresa en el Partido Comunista cuando aún es una organización clandestina.
En las elecciones municipales mierenses del 3 de abril de 1979 Conchita Valdés iba de nº 2 en la lista de Florentino Prieto Ordiales
Consignas. "Una cosa que me encomendó el PC al comienzo me hizo pasar mucho miedo. Nos guiábamos por las consignas que llegaban de Rusia hasta Asturias, vía Francia y Madrid. Me propusieron ser enlace, porque tenía coche, así que llegaba a un café de Oviedo con ‘La voz de Asturias’ bajo el brazo, pedía un café en la barra y me sentaba sola en una mesa. Luego llegaba alguien con LA NUEVA ESPAÑA, hacía lo mismo y se sentaba a mi lado. Hablábamos de cosas intranscendentes y nos intercambiábamos los periódicos. Después yo volvía a la sede de Amigos de Mieres y veíamos el folio de las consignas. El Sábado Santo Rojo de 1977, legalizaron el PC. Salimos con coches banderas y altavoces por las calles, y después de la ‘procesión comunista’ fui a los oficios de Semana Santa, en la parroquia de San Juan. La gente me había visto antes y decían: ‘Pero si Conchita es roja’. Después hubo la conferencia del PC en Mieres y me preguntaron que si quería ir en la candidatura para el comité comarcal. Dije que sí y lo que menos pensaba yo es que iba a salir presidenta. Al cabo del tiempo se hicieron las listas para las primeras elecciones municipales, en 1979. Unos camaradas no querían que yo fuera de número uno. ‘Ye muyer y de familia de dereches’, dijeron, y contesté: "Que el numero uno no sea un muyer lo acepto’ (el PC tenía una línea machista en aquel momento que luego corrigió), "pero que vengo de familia de derechas lo sabe todo el mundo, y que soy católica, también’".
Horacio Fernández Inguanzo, Dolores Ibarruri y Santiago Carrillo, el campo de fútbol del Batán de Mieres a finales de los años 70.
Pasionaria y Carrillo. "Los concejales del PC trabajamos duro, y con un pacto con el PSOE, cuyo alcalde era Vital Buylla, un gran hombre, pero de político como Tierno Galván. Yo estaba en la comisión de ganadería y en la de asuntos sociales. Le dimos la vuelta al Ayuntamiento conforme a nuestras posibilidades y al presupuesto. No cobrábamos ni un céntimo, ni la gasolina. Era todo vocacional. Siempre digo que el ideal vale más que la vida, y cuando me señalan porque quedé soltera digo que no tuve tiempo para el noviazgo. Soy soltera por vocación. El partido fue para mí más que una universidad. Cuando salí miembro del comité central quedaba abobada escuchado a Manuel Azcárate, Tamames, Solé Tura, Sartorius, el Padre Llanos, García Salve (que fue después expulsado y no sé todavía el porqué), Pilar Bravo, Camacho Y no digamos de Carrillo y Pasionaria. Cuando vino de Rusia y fue número uno en la lista de Asturias, estuvo en Gijón, en casa de un camarada, en el Infanzón, y me dijeron que fuera a ponerla al corriente. Pero sabía ella más de Asturias que yo, y también hablamos de la Iglesia y ella entonó canciones religiosas. Y me contó cosas como que sacado a monjas de España cuando la guerra, o recuperado imágenes que hoy salen en las procesiones. Haría cosas que no estarían bien vistas, no lo niego, pero que no se vea sólo lo malo".

Puñetazo en la mesa. "Sin dejar de ser concejala pasé a la Diputación, por Mieres y Morcín. Era presidente Agustín Antuña y los grupos políticos de aquel momento no estábamos nada enfrentados. Y un diputado de la UCD, Fidalgo, abogado de Mieres, casi me salvó la vida el 23-F. A las diez y media me llamó y me dijo que me escondiera porque encima de su casa era la sede de los Guerrilleros de Cristo Rey y estaban saltando y dando patadas y diciendo que si triunfaba el golpe irían a por Conchita Valdés. No triunfó el golpe y mi vida no corrió peligro, pero ¿y si hubiera triunfado? En las primeras elecciones autonómicas el PC sacó nueve diputados y yo iba de número tres. Era Javier Suárez el secretario del partido y cabeza de lista. Fui la portavoz suplente del grupo y a nivel interno responsable de política institucional para la Junta y los ayuntamientos, con lo que recorrí toda Asturias. Durante la Transición, en el PC los más éramos partidarios de la ruptura (pero sin represalias), y otros de la reforma. Sobre monarquía y república, bastantes del comité central pedíamos un referéndum. Carrillo estaba en el sí pero no, no pero sí, pero estoy totalmente convencida de que el PC trajo la democracia a España. En Asturias éramos todos republicanos, pero un día, en el comité central, Carrillo pegó un puñetazo en la mesa y dijo: ‘Bandera de España y monarquía’. Del puñetazo cayeron las botellas de la mesa. El congreso de Perlora fue un episodio muy desagradable. Había división entre los mal llamados intelectuales, encabezados por Tini Areces, y los obreros, de Horacio y Gerardo Iglesias. Se hicieron dos candidaturas para la mesa del congreso y me pusieron en las dos, pero me determiné por la de Horacio y Gerardo, que fu la que salió y entonces se fueron los intelectuales, Merediz, Areces, Riopedre, Moreno".
El Papa Juan Pablo II junto a la imagen de la Virgen de Covadonga el 21 de agosto de 1989 
El Papa en Covadonga. "En la Junta estuve cuatro legislaturas, incluida la de la Diputación, y después fui jefa de gabinete de Laura González, cuando fue presidenta, hasta que se marchó al Parlamento de Bruselas, y yo pasé, dentro del partido a secretaria europea para la Cornisa Cantábrica. Siendo yo secretaria primera de la mesa de la Junta, vino a Asturias Juan Pablo II en 1989, y yo estaba entusiasmada, aunque, la verdad, no es que tuviera una devoción excesiva al Papa, ni a su cardenalada en el Roma, ni a los obispos. Fui con mi parroquia al acto de la Morgal y al día siguiente era el acto oficial en Covadonga. Yo estaba en la tribuna de autoridades y la prensa tiró fotos. Saludé al Papa, le besé la mano correctamente y hablamos algo con él, dos minutos que polaricé yo diciéndole que la iglesia no se movía, pero que tenía una misión profética. El Papa dijo que sí, que sí y le repliqué que no bastaba con reconocerlo, sino hacerlo, y le se río como diciendo: ‘¿Y cómo, cómo?’. Y digo yo ahora: coño, para eso es el Papa. Después, cuando tuvimos comité en Asturias, un camarada, Manolín de Grado, un hombre de gran prestigio, dijo muchas cosas, y muy desagradables, y pidió mi inmediata dimisión. Yo siempre llevaba la credencial y el acta de diputada conmigo; la saqué y la puse encima de la mesa. Gaspar Llamazares que estaba a mi lado, la vio y me dijo: ‘Conchita, no me jodas, guarda eso ahora mismo’. O sea, que no me admitió la dimisión y aquello creó sus corrillos. Me decían: ‘Bien pudiste haber ido a Covadonga y sentarte entre el público", y yo les contestaba: ‘Home, qué guapo, y la silla del PC vacía; entonces, ¿qué somos? ¿Dónde queda la reconciliación nacional que habíamos predicado?’".

Voces del pueblo. "Voté tres veces en el partido en contra del aborto. La primera, en el Ayuntamiento de Mieres, por una moción de apoyo a la Ley del aborto en tiempos de Felipe González. Un sector de Mieres me preguntó qué feminismo era el mío y respondí que: ‘Defender la igualdad, los mismos derechos y deberes y, a igual trabajo, igual sueldo, pero por el aborto no paso’. Luego voté en comité central pero allí hubo más personas que votaron en contra, porque había varios cristianos. Votábamos así por convicción y también por influencia religiosa, no tengo por qué negarlo. También voté en la Junta en ese sentido y una vez me pidieron 100.000 pesetas para una chica que tenía que abortar. En aquel momento tenía ese dinero, pero dije que no. ‘Es que el padre del rapacín no se puede casar’, me explicaron. ‘Lo siento mucho, y que hubieran tenido sus precauciones". Pero me libre Dios de juzgar a la persona que tenga que recurrir a esos métodos. Sigo militando en el PC y en la comunidad cristiana de San Pedro de Mieres. Tenemos un sacerdote bajado del cielo, Segundo Fernández, y unos grupos muy activos con gente maravillosa. Y termino con algo que decíamos en la JOC y que son los últimos versos de una canción de Atahualpa Yupanqui: ‘Canto por los caminos y cuando estoy en prisión, y oigo las voces del pueblo que hablan y cantan mejor que yo’".                       
Conchita Valdés en el hospital Adaro de Sama (octubre de 2014) , rodeada por Silvia Ramos, María González, Vanesa González y María Ezama, en el Adaro.
FUENTE: J- MORAN - LA NUEVA ESPAÑA
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