27 de abril de 2015

Los viajes en diligencia por Asturias y a Madrid, hasta principios del siglo XX

Arrieros, recuas y posadas

Entre las particularidades de las diligencias estaban los correajes de cuero por debajo de la estructura, a manera de suspensión, que le daba cierta comodidad.
El viaje en diligencia por la Asturias de aquellos años distaba mucho de ser cómodo, la comida en las estaciones no solía ser buena, la lluvia constante, el lodo y el polvo eran intolerables, y durante las noches los viajeros dormían en las posadas, corrales o al aire libre. 
Recua de mulas y diligencia dirigiéndose a Cangas de Tineo desde la zona central asturiana. caminorealeitariegos.wordpress.com
El final de las rutas de diligencias llegó entre 1890 y 1915 con la inauguración del servicio de autobuses.
La vida de las posadas asturianas de antaño era pintoresca, aunque algunas veces pobre e incómoda. Ventero ladino, pero servicial, mozas generosas en lo suyo, mozos de paja y cebada llenos de marrullerías: todos pendientes siempre de la propina; tipos que han sido muchas veces citados en una literatura de costumbrismo convencional, que no siempre respondía a las realidades.
Arrieros y viandantes del común se amontonaban en las amplias cocinas de inmenso lar (llar y char, en asturiano), donde en los escaños , mesas y banquetas toscamente labrados , los "tayuelos" , tenían lugar animadas tertulias en las que se cambiaban noticias nuevas o se recitaban , una vez más, viejas leyendas y romances.

Animación al Alba.
Se dormía generalmente en las cuadras y cocinas, entre montones de heno y sacos de paja y cebada; unos candiles iluminaban la escena y a veces se apagaban para facilitar un episodio erótico entre el viajero galán o dadivoso y la moza servicial, como la Maritornes cervantina. Muchas comidas se hacían en común, cada uno con su cuchara de palo sacando directamente con ella la vianda de la olla donde había sido guisada.
Sólo algunas posadas de los caminos reales importantes tenían habitaciones con camas completas arregladas; eran para los viajeros ricos que montaban caballo propio y llevaban también criado o criados ecuestres. 
Pasajeros de diligencia llegando a una posada http://www.cervantesvirtual.com
En el lar barboteaban los grandes calderos colgados de la gramallera o se freían las truchas o la magra (Carnes), en amplias sartenes de asas, sobre los tréboles. De escarpias fijadas en la pared se colgaban mantas, capotes, escopetas, espadas y trabucos. En algún rincón sobre humilde mesa, se podía jugar a las cartas y generalmente los jugadores daban grandes puñetazos sobre el tablero al sacar los triunfos.
La vida de las posadas se animaba singularmente al atardecer y al alba. A esa hora proseguía el viaje de la recua bajo el sol ardiente o entre la niebla lechosa o la lluvia insistente y monocorde. Todos se cubrían con sus capotes de capucha, arrebujándose en sus mantas o bajo los lienzos encerrados; algunos, ya en los últimos tiempos desenfundaban gigantescos paraguas de telas chillonas, rojas o amarillas.

En determinadas épocas de guerras civiles y trastornos o en lugares donde se sabía que operaban bandoleros, las gentes iban con temor y recelo, y los valientes acariciaban los trabucos, escopetas o pistolas de arzón. Pero no eran frecuentes los asaltos a recuas numerosas, pues los bandoleros solían rehuir los posibles combates. Por eso, en esas circunstancias, los viajeros y arrieros solían esperarse unos a otros y unir sus recuas y caballerías, formando caravanas a veces de más de cien personas y animales; ello daba seguridad al camino, pero aumentaba las incomodidades de la posada, adonde entraba de repente tal multitud.
La Ferrocarrilana, empresa de diligencias de Luarca 1889 - http://www.alsa.es

Durante las guerras civiles, los carlistas dominaban generalmente los campos despoblados y aldeas; y los liberales, las ciudades y villas. A lo largo del viaje podían surgir en cualquier recodo las boinas de los voluntarios del Rey o los morriones de los soldados de la Reina. Había que sonreírles a unos y a otros, en el camino, estar a bien con todos, pues un mal entendido exponía a graves riesgos tanto en mano de partidarios de la Tradición como en las de los defensores del liberalismo . En la primera guerra (1833-1844) se contaron algunas represalias, pero generalmente ni carlistas ni liberales causaban daño o molestias a los viajeros, limitándose a identificarlos por si entre ellos iba algún personaje o correo del bando contrario.
La recua fue el único medio de viajar a Asturias durante siglos. 

Las últimas grandes recuas llegaron hasta mediados del siglo XIX, La época de su mayor importancia y animación son las tres centurias que van desde Carlos I a Isabel II. En el reinado de ésta fue cuando se instauró un nuevo modo de viajar; las modernas diligencias de línea regular. Pero eso ya es otra historia.
Viajes, portes y precios
Los arrieros llevaban y traían toda clase de mercancías, pero los productos típicos eran el pescado, con exportación y el vino y el aceite de oliva, como importación; artículos que en Asturias alcanzaban altos precios hasta que , a finales del siglo XVIII, se importaron regularmente por mar desde levante y Andalucía , distribuyéndose al interior desde los puertos de Gijón, Avilés o Luarca.

Las recuas que salían desde Oviedo por las rutas de Pajares y Peñaflor y la Mesa o las del Occidente , que iban de Luarca y Cangas por Leitariegos, solían contar de diez a veinte y hasta más machos o acémilas que llevaban y traían bultos de encargos o constataban sus caballerías a los pasajeros . A estas recuas se les solían unir otros viajeros para caminar juntos, con mayor amparo y pasar el viaje más entretenidos. 
Los viajes a Madrid desde Oviedo solían tardar diez a quince días, según la estación y las circunstancias; los que iban de Luarca a Oviedo por la Espina empleaban de veinticuatro a treinta horas para recorrer los noventa kilómetros de distancia, pues el antiguo camino real era más directo que la moderna carretera. En los viajes a Madrid solían parar un día entero de descanso en León y Valladolid.

El precio del transporte resultaba caro. La "carga completa de un macho" (unos ochenta kilos) venia a salir de doce a catorce reales diarios, es decir que el porte de Asturias a la capital de España costaba entre ciento cincuenta y doscientos reales, por tanto, a unos dos reales Kilo, cantidad muy alga para la economía de época, por lo cual sólo se utilizaba este medio de porte en mercancías menudas o finas. Se conservan facturas o notas por cajones de libros u otros encargos a Madrid.
Carruaje por un paso de montaña con pasajeros http://cvc.cervantes.es
Si se trataba de un viajero, el porte venia a salir poco más o menos lo mismo, pero los gastos de alimentación, cama en las posadas, etcétera eran por cuenta del pasajero. Todos los arrieros disponían de lienzos encerados para que viajeros y mercancías pudieran caminar resguardados de la lluvia.
Los arrieros, al menos los que tenían recua propia, que eran la inmensa mayoría, ganaban buen dinero y solían ser rumbosos en las ventas y mesones, comiendo buenas tajadas, bebiendo los mejores vinos y disfrutando de la alegre compañía de complacientes mozas. En cambio, casi nunca dormían en cama; usaban por alcoba pajares y cocinas y por colchón montones de heno o sacos de paja.

Al mediar el siglo XIX, los arrieros de Luarca y zona de occidental de Asturias solían tener su sede en Madrid, en la posada de la Madera, sita en la plaza de la Cebada, numero 12. En Oviedo eran importantes centros de arriería, la posada de la Colasa, en el campo de la Lana, y las de la Capitana y Agustín en la Puerta Nueva.

En Luarca, el punto de partida de las recuas eran la plazoleta de Crucero, en la orilla del rio Negro, frente a la gran posada de Cuerdas. De ahí salían las recuas, por lo menos desde mediados del siglo XVIII hasta que el establecimiento de la diligencia en 1864 vio a disminuir estos servicios. De esta posada de Cuerdas habla muy elogiosamente Gerorge Borrow, o sea " Jorgito el Ingles" que pernocto en ella en 1836 "" Encontramos en Luarca una Posada grande y cómoda"
VIAJANDO EN ASTURIAS. Spanish pictures drawn with pen and pencil, de Samuel Manning (1870). Ilustración de Gustave Doré. http://cvc.cervantes.es
FUENTE: JESÚS EVARISTO CASARIEGO

 (La Nueva España 7 de Abril de 1991)
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El final del camín, ¡¡¡Madrid!!!
La Vega, Cangas de Tineo
¡Qué periplo! ¡Qué aventuras! ¡Qué anécdotas! habrán vivido nuestros bisabuelos en sus viajes a través del camín real hasta su llegada a la Plaza de la Cebada en Madrid. El final de su aventura concluía con la llegada por la Calle Segovia al Mercado de la Cebada, Plaza de los Carros, Plaza de la Paja y Calle de las Tabernillas. Todo un conjunto histórico de gran interés aún vivo en el viejo Madrid de los Austrias, y allí estuvimos para comprobarlo. 
Mercado de la Cebada, Madrid
Cuenta el tío alonsín, a sus 80 años ya en 1926 que el recorrido del Camín Real hacia Madrid, por Castilla, transcurría por el valle de Laciana a media tarde, por la zona de Ferrera, con arribada a la Venta del Tío Santos, en Caboalles, para hacer noche. La travesía por los pueblos de este concejo era lenta pero muy animada, ya que los recueros se abastecían  en el valle de mercancías diversas para su venta en Madrid. Los mantequeros acudían a la venta del Tío Santos para entregar la vianda tan apreciada por el comercio capitalino. El transito de los arrieros constituía  una especie de feria móvil a la que acudían los vecinos de Villager, San Miguel, y Rioscuro para colocar sus productos que, una vez pesados y pagados, eran estribados en banastas. 
Mercado de la Cebada, a donde llegaban las recuas de mulas y los arrieros. 1860.
Ruta desde ahí: Omañon, Toral de la Vega, Villamañan, Benavente, Villardefrades, Tiedra,  Bercero, Rueda, Ataquines, Labajos, Puerto Guadarrama, alto los leones, Villalba, Calle Segovia y Plaza de la Cebada (Madrid), Itinerario realizado sobre 9 jornadas. Los carromatos con sus mulas circularon hasta 1928 aproximadamente, después ya fueron sustituidos por los camiones; incluso algunos carreteros fueron convertidos en camioneros y en conductores de los omnibuses pioneros de Cosmen y Beltrán, haciéndose cargo del transporte de viajeros, movidos por gasógeno.
Mercado de la Cebada, en Madrid
En cuanto al paso por Castilla hacia Madrid del camino real, en el Diccionario geográfico histórico estadístico de España y sus posesiones de ultramar, de Madoz, P. Madrid 1845-1850, cita, por ejemplo;
1.- Villamañán; los principales caminos cuyo tránsito es de alguna utilidad para esta v., se dirigen desde Asturias por los puertos de La Magdalena y Leitariegos a la corte
2.- Gordoncillo; los caminos dirigen a los pueblos limítrofes, a Rioseco, a Rueda y la Seca, por cuyo motivo es muy frecuentada la v. por los arrieros de Asturias que van a cargar vino blanco a los indicados puntos.
A la dcha. haciendo esquina, estaba la Posada de la Madera (posteriormente conocida como Mesón de la Madera), en el número 12 de la Plaza de la Cebada, donde tenían su sede los arrieros de Luarca y de Cangas en el apogeo de este trajinar con recuas de mulas hace algo más de un siglo.
Foto de la Plaza de los Carros, a la salida del metro de La Latina.
En la Plaza de los Carros, los arrieros “aparcaban” sus carros y diligencias, y los “mozos de cuerda” tenían allí también sus pequeños carros para trasladar la mercancía aportada por los arrieros de los distintos lugares de España por las calles de Madrid a su destinatario. Muchos de estos “mozos de cuerda” eran asturianos.
En la plaza de La Paja, se almacenaba y distribuía el alimento para tantas y tantas caballerías venidas de muy distintos lugares de España. Se calcula que a finales del siglo XIX entraban en esa plaza más de 200.000 carruajes. Esta es una de las zonas con mayor personalidad de la ciudad, no obstante se corresponde con el espacio que configuró el primer recinto urbano de Madrid en la época Medieval que estuvo rodeado por una muralla de la que todavía hoy quedan vestigios. Dicha cerca era una herencia de la época musulmana, los condicionamientos geográficos hicieron que Madrid fuese un lugar elegido por los árabes como fortaleza avanzada para la defensa de todo el Valle del Tajo y de Toledo. En la muralla había una serie de puertas que daban a los caminos más importantes, con el tiempo estos caminos se irían convirtiendo en las calles que vertebraran la ciudad. Ahí estaba la puerta de Segovia, por donde entraban los arrieros de Asturias.
La Cava Alta se extiende desde la calle Toledo hasta la Plaza del Humilladero. Pero sin duda de mayor importancia es la Cava Baja que corre paralela a la anterior desde la plaza de Puerta Cerrada hasta la plaza del Humilladero. En esta calle se establecieron la mayoría de las fondas, tabernas y hospederías que recibían y albergaban a los arrieros, vendedores y viajeros que llegaban a vender sus mercancías en los mercados de la Cebada y se aposentaban en una determinada posada. Estas posadas tuvieron su origen en el siglo XVII y en un principio sólo daban alojamiento al viajero y a su caballería. Solían ser edificios independientes y a medida que avanza el siglo XIX las posadas no sólo subsistieron sino que mejoraron; el viajero ya podía comer a la carta y a la vez ser centros comerciales para la venta de productos traídos de otras regiones.
Plaza de los Carros, en 1900.
La profusión de las posadas motivó, a su vez, la proliferación de talleres artesanos que surtían a estos trajinantes; toneleros, latoneros, cordeleros, boteros, etc. En definitiva, la vecindad de esta zona vivía a la sombra de este negocio, y los establecimientos de los al rededores servían para la conservación de los géneros  Actualmente quedan cinco de las antiguas posadas, aunque desempeñan funciones diferentes; San Isidro, el Dragón, El León de Oro, la de San Pedro (Mesón del Segoviano) y la posada de la Villa. Como dijimos, la Posada de la Madera, sita en el núm. 12 de la Plaza de la Cebada, era la que albergaba a los arrieros de Luarca y Cangas de Tineo. La plaza de la Cebada  tenía el mercados madrileño más importante para la venta de cereales, legumbres y otros productos. Es por tanto y teniendo en cuenta el carácter agrícola de la sociedad madrileña, hasta bien entrado el siglo XIX, uno de los puntos económicos más destacados de la ciudad. Su nombre se debe a que en este lugar se separaba la cebada destinada a los caballos del rey de la de los regimientos de caballería. El grano lo traían a vender a esta plaza los labradores de la cercanía de Madrid. En el siglo XVII fue el lugar donde se instalaron las ferias de Madrid y en el siglo XIX pasaron a celebrarse allí las ejecuciones, siendo ahorcado en 1824 el general Riego, de Tineo, y en 1837 Luis Candelas al Garrote Vil. 
La plazuela de la Cebada se formó a principios del siglo XVI y desde el principio estuvo dedicada al comercio de granos, tocino y legumbres. La plaza se convirtió en el lugar al que todos los madrileños acudían al acto del intercambio, de manera que en el siglo XVII se instalaron aquí las ferias de Madrid.
Los labradores de las afueras traían su grano entrando por la Puerta de Toledo y la venta se llevaba a cabo en la misma plaza al aire libre, a gritos y voces como si de un espectaculo, un ritual se tratara (esto era un mercado vivo, un mercado social, un mercado callejero…)
Plaza y mercado de la Cebada en 1900
En definitiva ahí se acaba el periplo de nuestros antepasados que, durante muchos siglos, utilizaron los viejos pero sólidos caminos que cruzaban la Cordillera Cantábrica o bien comenzaba una nueva aventura de retorno a la tierrina asturiana. Comentaba el tío Alonsín de Leitariegos, que a principios de 1900 tenía una gran importancia al menos dos viajes desde Madrid a Cangas, que era el de la cera y el del mazapán. El primero consistía en numerosas velas y cirios, incluso con inscripciones de las familias canguesas acomodadas en Madrid, que envíaban a Asturias para ser expuestos en las distintas iglesias de su procedencia. El viaje de los mazapanes tenía lugar para traer los productos navideños que aquí, en un medio rural, bien poblado, pero de malas comunicaciones y escasísimos recursos económicos, no existían. Al respecto, los frailes del Monasterio de Corias, dueños de miles de colmenas en el occidente asturiano durante muchos siglos, enviaban carros de cera de colmenas para blanquear en Madrid y hacer los cirios y velas, de tanta importancia en aquellos años.
Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE: Textos y fotos, extraidas de la página "Camino Real de Leitariegos" https://caminorealeitariegos.wordpress.com
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2 comentarios:

  1. Muchas gracias por la información.
    Un saludo.

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  2. Mi abuelo agustin alvarez alonso,supo tenet en mieres una empresa dr autobuses,ante de la guerra civil,funcionaban a gas de carbon,se lo decomisaron durante la guerra,vivia sobre la calle ave maria hoy clarin,donde tenia su vivienda,y el garaje y taller para los omnibus,unia mieres con turon creo,y con puente de hierro o algo asi,alguien sabe algo mas se lo agradecere,yo soy nieto y vivo en argentina.saludos

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