26 de noviembre de 2014

Un epílogo sangriento en 1912 tras las falsas promesas de Claudio López Bru, marqués de Comillas.

El gesto diabólico del señor marqués.

Claudio López Brú (1853-1925)
Capitalista español, hijo y heredero de Antonio López López, que desarrolló un gran activismo católico como segundo Marqués de Comillas
Las falsas promesas de Claudio López Bru con las que logró atajar la huelga de la primavera de 1912 en la Sociedad Hullera Española.
                        
Ilustración de Alfonso Zapico de Claudio López Bru,
www.lne.es
El miércoles 22 de mayo de 1912 la Sociedad Hullera Española hizo pública la orden de despido para 24 picadores -luego se añadirían 5 más-, que se habían destacado protestando contra la presencia de fuerza pública en la celebración que los trabajadores conmemoran cada año el primer día de este mes. Sus compañeros reaccionaron declarándose en huelga. Inmediatamente pararon quinientos trabajadores; tres días más tarde ya eran tres mil y sumaron a la petición de readmisión el reconocimiento para organizar una sección del Sindicato Minero y la libertad de conciencia en el Coto del marqués de Comillas. Manuel Llaneza, secretario de la organización que se había fundado dos años antes y estaba perseguida en aquella empresa, se trasladó al día siguiente hasta Moreda, reclamado por los huelguistas para entrevistarse con su director don Manuel Montaves, quien le explicó que asumía toda la responsabilidad porque creía de buena fe que sus procedimientos de selección y dureza eran necesarios y muy convenientes para sus obreros y añadió para sorpresa del sindicalista que los obreros no agradecían sus buenos propósitos dirigidos a proporcionarles la mayor suma de felicidad y que seguiría despidiendo hasta lograr una completa selección de sus trabajadores.
El viernes, Llaneza volvió a Moreda para contar los detalles de esta entrevista en un amplio prado rodeado de huelguistas y también de cientos de mujeres. Arrancó nutridos aplausos e hizo salir las lágrimas de muchos ojos, principalmente cuando les prometió toda clase de ayuda moral y material, ofreciendo los hogares de sus compañeros de Mieres, Langreo, Oviedo y Gijón, para albergar a las familias mientras aquella lucha no terminase con el triunfo de los trabajadores.

Ilustración de Alfonso Zapico
La huelga siguió sin novedades hasta que don Claudio, el marqués, haciendo gala del proverbial paternalismo con el que ha pasado a la historia decidió la apertura durante tres días de los economatos de la empresa con la advertencia de cerrarlos después definitivamente si no se volvía a la normalidad. La noticia se publicó en el diario católico "El Carbayón" y fue contestada el día 2 de junio en su contrario "El Noroeste" por un comentario de portada que firmó Gumersindo Fernández:
"En El Carbayón, esa pócima informativa que nos suministra nuestro paternal patrono (descontándonos mensualmente el importe de la suscripción) hemos leído ayer un artículo capaz de enternecer el corazón de un jurado y que se titula "un gesto del marqués". Ese gesto que sus sabuesos comentan entre nosotros como gallarda manifestación de sus sentimientos cristianos, para quienes hace tantos años que venimos siendo objeto de la más inhumana explotación, de la supeditación más indigna, hemos de calificarlo como se merece. Aquel gesto ha sido una mueca diabólica, un nuevo lazo tendido para cazarnos alevosamente" .Y cerraba con una interrogación que no tardaría 48 horas en tener su respuesta: "¿Esta gravedad mansurrona después de 12 días de huelga será precursora de un epílogo sangriento?".
El día 3 Manuel Llaneza y Antonio Cienfuegos, los máximos representantes del SOMA, comunicaron en Oviedo al gobernador de la provincia su resolución de convocar a la huelga general en las dos cuencas mineras en solidaridad con sus compañeros de Aller, aunque como muestra de buena voluntad accedieron a aplazar su llamamiento al escuchar de boca de la autoridad la promesa de que se estaban buscando soluciones inmediatas.
En las calles también reinaba la confusión y se sucedían los rumores. La noticia de que en Sovilla una pequeña brigada había realizado labores de reparación en algunas máquinas creció para acabar convirtiéndose en la supuesta reincorporación al tajo de 200 mineros de Boo, que tuvo que ser desmentida. La realidad era que el paro se estaba extendiendo y ante el temor de que se registrasen acciones violentas se acuartelaron en Ujo 80 guardias civiles de infantería y 20 de caballería llegados en un tren desde León.
Ilustración de Alfonso Zapico
A la vez, lo que sucedía en Asturias también tuvo su repercusión en el Congreso donde se produjo una agria disputa entre el líder socialista Pablo Iglesias y el diputado conservador Alas Pumariño: cuando el primero expuso los detalles de la huelga minera, el segundo replicó con ataques personales diciendo que Manuel Llaneza, el secretario del sindicato que motivaba una de las peticiones de los revoltosos, hacía años que no era obrero porque no entraba en la mina y además cobraba su salario hubiese o no huelga.
Iglesias le contestó que Llaneza seguía perteneciendo a la clase trabajadora igual que él mismo aunque ya no estuviese en las cajas de la imprenta como en su juventud. Luego Pumariño aclaró que desde Madrid se habían dado órdenes para que los economatos permaneciesen abiertos y los obreros tuviesen todo cuanto necesitasen y que en el coto minero de Aller había escuelas, montepíos, cantinas, etc., fundadas y sostenidas por los patronos, lo que arrancó los aplausos de sus correligionarios.
Pero en Asturias la historia seguía su curso y por fin estalló la violencia que todos temían. En medio de un ambiente de pequeñas explosiones de dinamita en vías y castilletes fueron quemados dos vagones cargados de mineral y la fuerza armada hizo disparos de advertencia ante los piquetes que bloqueaban los grupos "Legalidad" y "Conveniencia", deteniendo además a cuatro trabajadores.
El peor incidente se produjo a las seis de la mañana del día 4 cuando un contratista y un capataz se dirigían escoltados por el puente de "Mariana" de Aller en dirección a ese grupo minero con intención de incorporarse al trabajo. A unos metros de las oficinas, fueron recibidos con insultos por un grupo de hombres y mujeres que ocupaban las alturas y se parapetaban tras de los árboles. Entonces, según la versión del Comandante Jefe de la Guardia Civil, al intentar disolverlos, estos respondieron con improperios y la emprendieron a pedradas.
En la agresión uno de sus hombres fue alcanzado en un hombro, lo que le hizo perder su fusil y con el fin de hacerse respetar sus compañeros dispararon, primero al aire y acto seguido afinando la puntería para matar a uno de los alborotadores llamado Nicolás Álvarez Fernández; un joven de 28 años de edad, casado, natural y vecino de Moreda. También hubo varios heridos, pero finalmente la situación pudo ser controlada gracias a la llegada de refuerzos mandados por un sargento.
El miércoles 5 de junio la situación se hizo más confusa. Mientras algunos obreros empezaban a reincorporarse en Aller, el paro seguía extendiéndose por las dos cuencas afectando también a los mineros del mercurio. Llaneza se desplazó a Langreo a dar instrucciones a sus compañeros socialistas para evitar que en el valle del Nalón los anarquistas, que allí eran numerosos, pudiesen ponerse al frente de la huelga, y ya de vuelta en Mieres pudo informar a unos 2.500 obreros reunidos en asamblea en el Centro Obrero de Mieres que había sido convocado por el Gobernador para aquella misma tarde y que de esa entrevista podría salir alguna buena noticia.
No se equivocaba. Aunque las principales villas mineras estaban tomadas por la fuerza pública que aquel mismo día había aumentado con la llegada a Mieres por ferrocarril de otras dos compañías del regimiento de Burgos y a pesar de que numerosos detenidos permanecían en las cárceles de Laviana y Oviedo, sobre la mesa de la máxima autoridad regional estaba una propuesta que podía aceptarse para cerrar el conflicto a cambio de una sanción de cinco días de sueldo a los mineros que habían iniciado el paro.
Y por si quedaba alguna duda sobre las buenas intenciones de la empresa, a las cuatro de la tarde del día 6 el mismo Gobernador Civil hizo pública una nota en la que afirmaba haber recibido un telegrama del ministro de la Gobernación que decía lo siguiente: "He visitado al señor Marqués de Comillas para hablarle de la huelga de Aller, contestándome dicho señor que olvidaba y perdonaba todo lo pasado y que volvieran al trabajo todos sus obreros sin distinción".
El católico patrono había actuado con prudencia, pero sobre todo también con generosidad. La buena noticia se comunicó a tres mil huelguistas que permanecían reunidos en el Centro Obrero y que decidieron incorporarse al trabajo al día siguiente. También se hizo llegar a los metalúrgicos de Duro Felguera y los mineros de Langreo, que manifestaron sus dudas ante lo magnánimo de aquella solución, pero la aceptaron con reparos; aunque no todos fueron de la misma opinión y hasta el día 15 de junio no se pudo certificar la normalidad absoluta en las explotaciones.
Así se cerró aquella huelga en la primavera de 1912, que resultó un fracaso porque la promesa del marqués nunca llegó a cumplirse. Ni los obreros despedidos fueron readmitidos, ni -por supuesto- el SOMA pudo tener su sección sindical en el Coto de Comillas. Los hechos dieron la razón a lo que Gumersindo Fernández había escrito para "El Noroeste": Aquel gesto ha sido una mueca diabólica, un nuevo lazo tendido para cazar a sus obreros alevosamente.            
Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR 

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