17 de noviembre de 2014

El domingo 11 de febrero de 1900, en Gijón se conmemoraba el aniversario del día en que se había proclamado aquella I República.

El espíritu satisfecho de Tomás Zarracina

El homenaje de los republicanos al industrial gijonés en el año 1900 fue prohibido por el Gobierno, que ante la reacción de repulsa tuvo que rectificar.
Publicidad de 1888 de LA INDUSTRIA, la fábrica de chocolate movida por vapor de Tomás


Don Tomás Zarracina fue un industrial gijonés que vivió en el Gijón de la segunda mitad del siglo XIX. Era rico y dirigió varios negocios, entre ellos pequeñas fábricas de chocolate, harinas, sidra; también administraba la panadería más popular de la ciudad, sacando al mercado diariamente unos 5.000 kilos de pan. A la vez fue un hombre solidario y pasó a la historia como un buen concejal, entregado durante la I República a mejorar las condiciones de vida de los más humildes. Por eso, cuando falleció en 1898, su entierro se convirtió en una manifestación del cariño que le profesaban sus vecinos. Dos años más tarde, el domingo 11 de febrero de 1900 se conmemoraba el aniversario del día en que se había proclamado aquella I República. Esta fecha fue recordada durante décadas por los republicanos hasta que a partir de 1931 se reemplazó por la del 14 de abril, fiesta de la proclamación de la II.
Según soplase el viento político había banquetes, encuentros de hermandad y hasta mítines cuando la autoridad lo permitía, pero en aquel momento España estaba hundida por la corrupción de la monarquía y el desastre militar de Cuba y Filipinas y se pensó en hacer algún acto más importante para demostrar a la sufrida población que existían alternativas dispuestas a tomar el relevo en el Gobierno.
Para los asturianos nada mejor que recordar a don Tomás, cuya memoria de buen ciudadano era el ejemplo de lo que proponían los republicanos. Para ello se pensó en colocar una lápida en la fachada de su casa; sin ostentación, algo barato, pero que debía costearse por suscripción popular para que fuese cosa de todos y se acordó repartir el dinero que presumiblemente iba a sobrar a partes iguales entre la Institución Filantrópica y el Hospital de Caridad.

Ilustración de: Alfonso Zapico
De cualquier forma, la jornada tenía que ser solemne y la Junta provincial de Fusión Republicana tocó a rebato entre sus partidarios de toda Asturias para que los acompañasen tanto en esa ceremonia como en el banquete que lo iba seguir en el restaurante "Le petit bouillon". Como guiño a la actividad panadera de don Tomás se anunció que en el patio del Instituto "Jovellanos" se repartirían bollos gratis a quienes lo necesitasen y por su parte el Partido Federal también anunció su intención de inaugurar aquella tarde su Casino.
Para la ocasión llegaron el día antes a la villa dos conspicuos personajes de los partidos republicanos: el diputado a Cortes don Jerónimo Palma y el elocuente catedrático Melquíades Álvarez, hijo de mierense, quienes anunciaron que iban a pasar la jornada "difundiendo la simpática idea republicana, llevando a los espíritus, con notas elevadas y armoniosas la fe en los ideales, y los alientos y el entusiasmo para luchar con tesón hasta verlos triunfantes".
Un programa semejante no parecía encerrar ningún riesgo para el orden público, pero las autoridades monárquicas no lo creyeron así y el Gobernador Civil, siguiendo órdenes de Madrid, se empeñó en amargar la fiesta a los ciudadanos progresistas. La noche anterior a los actos las tropas se mantuvieron acuarteladas y el teniente coronel jefe de la Guardia Civil convenció al alcalde para que enviase a unos operarios para arrancar la placa de la pared, que estaba ya preparada.
A punto estuvo de sobrevenir una desgracia cuando los despistados albañiles, herramienta en mano, fueron detenidos por el portero de la finca, quien los conminó a abandonar el lugar con la expeditiva amenaza de que "al primero que tocase la lápida le costaba la vida". De este modo la inscripción pudo seguir en su sitio hasta la mañana del domingo.
Aunque el día amaneció lluvioso, el agua no pudo impedir que un grupo numeroso de entusiastas se desplazase hasta la Estación del Norte para recibir a las diferentes delegaciones que llegaban en el mixto de la mañana desde otros puntos de Asturias. En aquel momento, tras la de Gijón, la agrupación republicana más activa estaba en Mieres y desde allí partió una comisión encabezada por Francisco Jove Fernández, de la Junta Directiva del Círculo Republicano y con él otros personajes que conocemos por sus actividades en estos años, como don Vicente Menéndez Fernández, Graciano Molleda Álvarez o Claudio García Estrada.
Junto a ellos viajaron grupos de Oviedo, Pola de Siero, Noreña y más localidades en las que los republicanos eran minoría entre las izquierdas más inclinadas a la Internacional obrera, como La Felguera.
Todos se encontraron al bajar con un andén lleno por correligionarios que los aclamaban, pero también por la Guardia Civil que había tomado la estación y las calles que la comitiva debía recorrer para llegar hasta la de Los Moros. Allí se vivieron otra vez momentos tensos cuando se supo que se había prohibido destapar la lápida.
Los dirigentes republicanos pasaron entonces al interior de la casa de Zarracina para redactar un telegrama dirigido a sus diputados en Las Cortes, contándoles el agravio: "Gobierno prohibió manifestación pacífica republicana dirigida honor memoria Zarracina. Reconcentrada toda la guardia civil de la provincia impidiendo reunirse grupos seis personas, como si estuviesen suspendidas garantías. Juntas provincial, local Fusión, Comité Federal, exhortan pueblo conservación orden. Celebrarase gran meeting de protesta. Convendría minoría republicana interpelase al Gobierno. Pueblo indignado, podría sobrevenir conflicto".
Ilustración de: Alfonso Zapico
Mientras tanto en la calle arreciaba la lluvia, pero el público no abandonaba el lugar que aparecía blindado por veinte parejas a caballo. Para amenizar la espera se leyeron los telegramas de solidaridad que habían mandado la Junta de Infiesto y destacados particulares como Ciriaco Balbín, Indalecio Corujedo o los profesores Rafael Altamira y Aniceto Sela, quién se disculpó por "ocupaciones ineludibles de última hora". También desde Langreo había llegado el humilde mensaje del apreciado médico Aquilino Cuesta: "Yo personalmente nada significo ni represento, pero con toda el alma me asocio a los hechos que el pueblo republicano de Gijón proyecte conmemorar?".
Hasta que un portavoz salió al portal para pedir que todos se dispersasen y no diesen disculpas para la intervención policial y convocó una nueva concentración a las tres de la tarde en el flamante casino de los federales para celebrar el mitin que anunciaba el telegrama enviado a Madrid.
La velada de protesta se pudo celebrar vigilada de cerca por los guardias, pero aún así antes de las intervenciones una orquesta afín se arrancó con la interpretación de "La Marsellesa".
Por los republicanos de Mieres intervino José Rodríguez Bernardo expresando su indignación por los atropellos de la mañana y citó una frase del profesor Gumersindo de Azcárate quien afirmaba que en aquel momento se vivía más que al amparo de la ley por la tolerancia de las autoridades, como lo demostraba la prohibición de la manifestación de este día.
También intervino, entre otros, Ramón Fernández, entusiasta obrero de Sama, quien afirmó que se había desplazado hasta Gijón "para presenciar un espectáculo que no vacilo en calificar de grandioso; pero este fue suspendido por los amaños del monarquismo, del caciquismo y de aquellos que nos impiden honrar la memoria de un hombre ilustre" y terminó declarándose ferviente republicano y "ansiando la llegada del día de la justicia en el que cada ciudadano pueda obrar libremente".
El plato fuerte fue Melquíades Álvarez, quien entonces era reconocido hasta por sus enemigos como el mejor orador del país. El tribuno, llevado por la pasión e influido sin duda por la moda espiritista que entonces recorría España, regaló una perla al auditorio: "Si es cierto, como dijo el filósofo, que en las regiones astrales moran los espíritus, el de D. Tomás debe estar hoy muy satisfecho, porque contemplará la gratitud de su pueblo y el amor de sus correligionarios, hermosas estelas que dejan la muerte de los grandes hombres".
Al día siguiente, mientras la lápida seguía custodiada por una pareja uniformada, ante la trascendencia nacional que había tomado el suceso, el alcalde de Gijón convocó a su despacho a un representante de la familia Zarracina y a dos miembros de la Junta local de Fusión Republicana para manifestarles su intención de dar marcha atrás y permitir la ceremonia de inauguración que había prohibido poco antes. Y así se hizo con un retraso de 48 horas.
La lápida de Tomás Zarracina sobrevivió a todos los avatares del siglo hasta que en 1999, en plena ebullición inmobiliaria, estuvo a punto de desaparecer junto al viejo edificio que la sostenía. Incluso llegaron a disimularla con pintura antes de mandarla a la basura, pero de nuevo el impulso popular forzó a su rescate y volvió a ser colocada en el moderno edificio que la sustituyó. Y allí sigue, tan discreta que solo la ven quienes la buscan. Desde las regiones astrales que citaba don Melquíades, el buen republicano seguramente sonríe cada vez que alguien se interesa por el nombre que aparece grabado en ella.

Ilustración de: Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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