22 de noviembre de 2014

Dos jesuitas fueron fusilados en Mieres el 7 de octubre de 1934, frente a la bocamina de "la Coca"

Entre Dios y la mala suerte

EMILIO MARTÍNEZ y MARTÍNEZ
Los jesuitas Emilio Martínez y Juan Bautista Arconada fueron fusilados en Mieres, en octubre de 1934, tras un cúmulo de fatales casualidades.
  JUAN BAUTISTA ARCONADA PÉREZ
A las once de la noche del 7 de octubre de 1934, en plena efervescencia revolucionaria, dos jesuitas fueron fusilados a unos cien metros del hito kilométrico 422 en la antigua carretera Gijón-Madrid, entre Mieres y Santullano, frente a la bocamina de "la Coca", en el paraje que aún se conoce como "salto del agua". Se llamaban Emilio Martínez y Juan Bautista Arconada y su camino hacia la muerte llegó por un cúmulo de situaciones marcadas por la mala suerte. Aunque si prefieren la interpretación cristiana que hicieron los miembros de su orden todo obedeció a un plan divino que los condujo hacia el martirio, por lo que a la hora de contar las casualidades y los errores que convirtieron esta historia en un drama, sus hermanos de orden no dudaron en escribir esta alabanza: "¡Loado sea Dios que tan marcadamente se los inspiró!".
Al acercarnos a los hechos de insurrección minera no queremos ocultar ninguna de sus caras. La acción de los revolucionarios también tuvo capítulos negros que los investigadores no podemos olvidar y el peor de todos fue la violencia anticlerical. Ya hemos visto en esta página diferentes aspectos de la matanza de frailes en Turón, que es con mucho la más conocida, tanto por el número de víctimas como por las dificultades que aún existen para poner nombre a sus responsables, porque las conclusiones de los juicios que la siguieron, no convencieron a nadie.

Ilustración de Alfonso zapico

Hoy les voy a contar los detalles de lo que sucedió con estos dos jesuitas, un padre y un hermano según la jerarquía de su comunidad, siguiendo el relato de otros dos hermanos, pero esta vez de sangre, del primero, Emilio Martínez, quienes se desplazaron al valle del Caudal en cuanto supieron lo sucedido para seguir los pasos que habían dado los dos frailes hasta su trágico final, e incluso después ya que también se preocuparon de conocer lo sucedido con sus restos mortales.
El resultado de las pesquisas se publicó en Burgos en febrero de 1936 en un librito titulado "Dos jesuitas mártires en Asturias", prologado por Enrique Herrera Oria, también jesuita y hermano de Ángel Herrera, el fundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, aunque con una ideología mucho más extremista, que le llevó a presumir de haber sido quien orientó políticamente a Onésimo Redondo, uno de los fundadores de Falange Española y de las JONS.
Se lo resumo empezando por el primer atisbo de mala suerte: el padre Emilio, integrante como su compañero de la comunidad del Colegio de la Inmaculada Concepción de Gijón, no debería haber salido de ella en aquellos días, pero el 2 de octubre de 1934 se encontraba dirigiendo unos ejercicios espirituales en Carrión de Los Condes en sustitución de otro reverendo que a última hora no había podido desplazarse a la ciudad palentina.
Segunda casualidad: una vez concluida su misión, estaba pensado que tomase el tren hacia Asturias el día 3, pero la insistencia de sus correligionarios hizo que se tomase un descanso con ellos retrasando su salida. El día 5 salía de allí otro fraile hasta Oviedo y lo lógico hubiera sido que hiciesen el viaje juntos, aunque él prefirió no esperar, porque quería estar en Gijón para la misa del primer viernes de mes y también "porque estaba algo trastornado del vientre".
Ilustración de Alfonso zapico

Por fin, ocupó su plaza junto al hermano Arconada en el tren rápido Madrid-Gijón en la tarde del 4, con lo que tendría que haber alcanzado su destino aquella misma noche, antes del estallido revolucionario, pero no fue así.
De nuevo la fatalidad: al llegar a la estación de Linares, sobre las ocho, el convoy se detuvo. "Falta de corriente", dijo el maquinista, "parece que hubo un descarrilamiento junto a Campomanes". Efectivamente, el eje de un vagón de mercancías, seguramente manipulado, se había soltado provocando un descarrilamiento que tumbó dos postes del tendido eléctrico en el tramo anterior a La Cobertoria.
Tras el necesario transbordo y con un retraso de nueve horas, los frailes llegaron a la estación de Ujo a las cinco y media de la mañana y de repente se dieron de bruces con la recién nacida insurrección de Asturias. El tren se detuvo allí definitivamente y los mineros rebeldes, arma en mano, subieron a los vagones para identificar y cachear a los viajeros. A pesar de que Emilio Martínez iba de sotana, en aquel momento fueron respetados, pero ya vieron claramente que debían improvisar un plan para esconderse porque la suerte no iba a durar siempre.
Después de pasar unas horas burlando la vigilancia que se había impuesto en los alrededores de las vías, les vino a la memoria una familia de la localidad que había llevado sus hijos a su colegio gijonés e incluso conocían personalmente al padre Enrique y decidieron salir en su busca. El hermano Arconada, de paisano, se dirigió primero a la casa de don Camilo Muñiz, quien la había abandonado sabiendo que por su militancia derechista su vida también corría peligro. Fue otro Muñiz, don Dionisio, quien les ofreció su casa y le dio un guardapolvo al fraile para que su compañero pudiese cubrir su sotana y abandonar disimuladamente la estación donde ya llevaba oculto doce horas.
Desde la noche del día 5 hasta la mañana del 7 permanecieron bajo la protección de esta familia, hasta que a la hora del desayuno unos golpes en la puerta avisaron de que se iba a producir un registro en busca de armas. Entonces salieron a la calle y volvieron al tren de donde aún no se habían movido algunos viajeros. Entre ellos estaba Valentín Junquera, un propietario de Huergas (Pola de Gordón), con el que habían hecho amistad en el viaje desde Palencia y que decidió sumarse a ellos para intentar llegar hasta Oviedo por el monte.
Ilustración de Alfonso zapico
La empresa que ya era difícil de por sí, por los constantes tiroteos y marchas de grupos que cruzaban por todos los senderos, se hizo imposible por la mala salud del padre Emilio Martínez, que aún no se había repuesto de su "mal de vientre" y tenía tal debilidad que no podía seguir la marcha. De modo que volvieron a bajar por el camino de la tejera de Santullano para salir a la carretera unos 400 metros más allá del kilómetro 419 de la antigua carretera de Madrid.
Y de allí al pueblo, pero no como ellos hubiesen deseado. Cuando se encontraban a unos cien metros del puente de Santullano fueron detenidos por los revolucionarios. No les sirvió de nada exhibir sus billetes de tren; su presencia era tan sospechosa que fueron llevados hasta Mieres en una camioneta para que se explicasen ante el Comité.
Según el relato que estamos siguiendo, la actividad de los responsables de la revolución en Mieres era tan grande que se desentendieron del caso y lo dejaron en manos de sus captores: "Aquí no caben más detenidos; lleváoslos y haced con ellos lo que os de la gana". A partir de este momento los hechos ya apuntaron hacia un final fatal. Los tres hombres iniciaron otra vez el camino de vuelta, esta vez a pie y rodeados de gente armada y de alborotadores que clamaban por su ejecución.
Frente a la casa número 8 de Bazuelo se produjo una parada que estuvo a punto de acelerarlo todo. Agobiados por las voces de la multitud, las armas llegaron a montarse y apuntar a los detenidos, pero la dueña de aquella vivienda protestó de que los mataran allí conminándolos a marchar a otra parte y así lo hicieron conduciéndolos hasta la Casa del Pueblo de Santullano.
Añadir leyenda
Allí fueron interrogados hasta que los jesuitas reconocieron su condición exculpando al propietario leonés que fue puesto en libertad, después de que el capataz de minas don José Iglesias asegurase que lo conocía y que daba su palabra de que no era ni religioso ni fascista. Curiosamente, el salvoconducto para que pudiese circular libremente, fue redactado en una hoja de la Agrupación Socialista de Santullano por el padre Enrique, porque al parecer nadie de los que se encontraban en la sala sabía hacerlo.
Entretanto unas 150 personas, entre las que abundaban las mujeres y los niños, congregadas frente al local exigían que se los matase. Siempre según el relato del hermano de Enrique Martínez, parece que en ese momento los dos frailes fueron golpeados en las piernas y a este le cortaron la nariz, ya que así apareció después su cadáver. El caso es que pasadas las diez de la noche los llevaron en una camioneta hasta la bocamina de "la Coca", como dije más arriba, para obligarlos a ponerse al borde de la carretera donde cayeron tras recibir una descarga. Después fueron rematados a culatazos.
Los dos cuerpos fueron llevados hasta el cementerio de Mieres y enterrados en una fosa junto al guardia civil Tomás Escribano, sargento del puesto de Campomanes. Tras la revolución, el 24 de octubre, cuando ya llevaban dieciséis días bajo tierra, fueron removidos, colocados en cajas y depositados en el panteón que doña Sabina Méndez poseía en el mismo camposanto. Nunca se supo ni quien dio la orden del fusilamiento ni quienes apretaron el gatillo.

                                          Ilustración de: Alfonso Zapico
 FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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1 comentario:

  1. Soy sobrino-nieto del Padre Emilio Martínez y puedo aportar el dato de que he visitado la tumba donde está enterrado. Al menos lo estaba en un lateral de la iglesia de los jesuítas de Gijón, que luego fué cedida a la diócesis y convertida, supongo, en parroquia.

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