4 de octubre de 2014

Más sobre Jesús Ibáñez, el revolucionario mierense (1889-1948)

Jesús Ibáñez, cicerone en la Rusia roja


Jesús Ibáñez, natural de Urbiés, fue detenido y recluido en la cárcel belga cuando regresaba de Moscú, donde había representado a los obreros españoles en la Internacional Comunista





Quienes siguen esta página (de lo nuestro e historias heterodoxas en "La Nueva España"), saben de mi querencia por con un historial más interesante y a la vez también el más olvidado. De tal forma, que tengo el honor de haber ido sacando a la luz en estos años algunos datos inéditos sobre él. (Ernesto Burgos-Historiador).
Jesús Ibáñez (1889-1948)
http://www.lne.es
En la «Semana Negra» de 2010 tuve la oportunidad de publicar su biografía en el libro colectivo «Los Olvidados»; pero como me limitaron el espacio a 10 folios, pueden suponer que se trata de un resumen. A pesar de ello es lo más extenso que se ha escrito hasta el momento sobre Ibáñez, aunque Paco Ignacio Taibo II anuncia ahora desde México que está trabajando en algo más serio. De cualquier forma, si ustedes tienen interés en leer lo mío, pueden encontrarlo en la página web de la Fundación Andreu Nin d´Asturies.
Les cuento esto para justificar por qué, de vez en cuando, ocupo esta tribuna contándoles cosas sobre el personaje, pero debo decirles que si no estuviese seguro de que les pueden resultar interesantes, no lo haría. A ver si les gusta el capítulo de hoy.
Jesús Ibáñez estuvo en todas las revoluciones de su época, entre ellas, lógicamente en el octubre de 1934 y, buscando siempre la primera línea, resultó herido. El 30 de octubre llegó a Mieres el ministro de la Guerra Diego Hidalgo Durán, al que se le había encargado la represión del movimiento armado y lo primero que hizo fue dirigir su coche oficial al Hospital de Sangre para preguntar por él. No estaba allí, porque ya había sido llevado a la Cárcel Modelo de Oviedo, pero lo que nadie podía suponer es que el político no quería otra cosa que saludar a un viejo amigo.


periódicos que salieron en Mieres, en los años 1918 y 1919. Los dos, fueron dirigidos por el genial periodista mierense Jesús Ibáñez
Lamentablemente Diego Hidalgo ha pasado a la historia porque tomó la controvertida decisión de ascender a general de división a Francisco Franco y luego contó con él como asesor militar a la hora de frenar la revolución de Asturias. El tiempo ha juzgado este error, pero no debe limitarnos la visión del personaje. Fue un intelectual, militante en el Partido Republicano Radical, con una vida consagrada al Derecho y un enorme interés por saber lo que pasaba en la Rusia bolchevique.
La curiosidad por comprobar lo que había de cierto en las informaciones que llegaban desde aquel país y un artículo sobre el Código Civil de los Soviets, publicado por el catedrático Pérez Serrano, que le intrigó, en su condición de notario y estudioso del Derecho, le impulsaron a viajar hasta allí, acompañado por su antiguo profesor de francés, para que le ayudase ante su dificultad con los idiomas. Los dos partieron hacia Francia en agosto de 1928 donde tuvieron que esperar casi hasta la desesperación los permisos para poder entrar en el país, a pesar tener la recomendación de varios miembros del Partido Comunista y de sus visitas diarias a la embajada soviética.
Diego Hidalgo contó su viaje en el libro «Un notario español en Rusia», escrito en forma de cartas a un amigo y lleno de reflexiones personales en las que se ve la contradicción que vivía en aquel momento entre su posición política conservadora y la simpatía por los revolucionarios. Como ejemplo, veamos esta referencia a su contacto con Joaquín Maurín: «Maurín es un joven inteligentísimo que estudia y trabaja con una asiduidad y una constancia bien poco frecuentes en nuestra raza latina, raza de genios, sí, pero de genios holgazanes?Maurín es uno de los hombres que más impresión me han hecho en la vida. ¿Voy a callármelo porque éste sea comunista?».
Cuando por fin pudo llegar a Moscú, vía Alemania y Polonia, Hidalgo se llevó la primera sorpresa al conseguir alojamiento en el Gran Hotel Moscova: un departamento amueblado lujosamente, con cuatro piezas: antesala, salón, con cinco ventanas a la Plaza de la Revolución, dormitorio y cuarto de baño y además barato. Él, que había hecho el equipaje con quinina, aspirina, heno de frutas, tintura de yodo, tafetán, agua de colonia, cordones para las botas, hilo para coser y todo lo necesario para visitar un país del que se decía que estaba en plena anarquía, sin contacto con el mundo civilizado, no tardó en preguntarse tras su primer paseo dónde estaban esos niños, que -según se contaba en las capitales europeas- pululaban por las calles, sin padres, hambrientos, como perros sin amo. Y así, pudo saber que, en efecto, la escena había existido tras la hambruna que estremeció el país en 1921, pero que luego fueron recogidos en asilos, escuelas y casas particulares, de modo, que en aquel momento sólo mendigaba, como aún sucede en todas partes, el mismo porcentaje de desarraigados que siempre rechazan su inclusión en el sistema.
La capital estaba entonces llena de intelectuales, a causa del centenario de Tolstoi, y entre ellos el periodista español Julio Álvarez del Vayo, con el que pudo entrevistarse. Un hombre que ya gozaba entonces de prestigio internacional y tendría una convulsa vida política, ya que también iba a ser ministro republicano, antes de evolucionar en el exilio hacia la extrema izquierda, hasta el punto de fundar en su vejez el FRAP, un movimiento que apostó por la lucha armada en los últimos meses del franquismo.
Pero, yendo a lo que nos interesa, una mañana, por fin, pudo conocer al que sería su guía: Jesús Ibáñez, al que describió como un hombre de figura menuda y cetrina, pero sonriente, cubierto con gabardina y boina. El de Mieres, abierto, no tardó en abrazarlo: «¡Ya era hora de que yo hablase el español con un español!». Y enseguida, tras contarle que acababa de regresar de unas vacaciones en el Cáucaso, tostado por el sol y fortalecido por el ejercicio, le acribilló a preguntas sobre la situación en la Península. Nada extraño, si tenemos en cuenta que ya llevaba en Rusia cuatro años.
El mierense vivía en una habitación del antiguo Hotel Comercio, un enorme edificio con ascensor y teléfonos, capaz de albergar a mil huéspedes, que había sido destinado desde el inicio de la revolución a residencia para las familias de funcionarios. Según el número de personas que integraba cada una, se les asignaban una o dos habitaciones, con cuarto de baño. La suya tenía el número 314 y en ella pasaba las horas traduciendo a Trotsky, en colaboración con Andreu Nin, junto al que acababa de terminar en aquellos días la versión del ruso al español del folleto «Mis peripecias en España», aunque su nombre -siguiendo la tónica que marcó su vida- fue ignorado en los créditos de las ediciones.
La sintonía entre ambos no tardó en producirse y Diego Hidalgo dio en su libro algunos detalles de la vida del asturiano: «sabe a la perfección el ruso y conoce palmo a palmo España entera, su vida es una terrible y ejemplar historia de trabajo, de hambre, de privaciones, de cárceles, de calvarios y amarguras, tiene en España a su mujer y a sus hijos y trabaja como traductor para vivir y poder mandar todos los meses unos rublos, convertidos primero en dólares y luego en pesetas para que coman los chiquillos».
Ibáñez les quiso enseñar todo: lo monumental y lo pequeño: subieron a la iglesia del Salvador para divisar desde el exterior de la cúpula una magnífica vista de la ciudad. Moscú había pasado de 800.000 habitantes en 1913 a 2.300.000 en aquel 1928 y les llevó a ver como se trabajaba día y noche haciendo casas para los obreros. Les habló de los cambios en la propiedad; de la estructura de la sociedad sin clases y la nueva familia; de que en el país de los soviets no había sitio para los vagos ni los señoritos; del orden y la cultura, y, mientras tanto, sonreía y fumaba, como los rusos, largos cigarrillos emboquillados.
También hubo tiempo para conocer a Korsunsky, un joven erudito que colaboraba en la redacción de la gigantesca Enciclopedia Soviética y deslumbró a Hidalgo con sus conocimientos sobre España, sobre todo cuando le dijo que estaba al día de las novedades porque leía diariamente «El Sol» y «El Debate». Fue imposible hacer más en tan pocas semanas: visitas a asociaciones culturales, deportes, contactos con gentes del Derecho soviético, políticos, el inevitable paso ante la momia de Lenin, incluso una detallada visita a un presidio que le permite conocer de cerca las diferencias con el sistema español. Tampoco faltó el teatro, popular y clásico, que Ibáñez le traducía al oído, y el notario español dejó constancia en su libro de la calidad de los actores, el respeto del público y el lujo de los decorados y los trajes de época.
Diego Hidalgo no olvidó nunca las agradables conversaciones sobre los temas más diversos con el revolucionario asturiano. Una noche, paseando por las calles en las que abundaban los restaurantes típicos y los lugares de diversión, le llamó la atención la ausencia de prostitutas y comentó que Gregorio Marañón le había encargado interesarse por el tema. Ibáñez se puso serio por primera vez y le explicó las bondades de la libertad sexual y la persecución de una actividad que se combatía en casas de reeducación, de las que se salía habiendo aprendido un oficio digno.
Ya en España, Hidalgo impartió varias conferencias sobre la organización y régimen del notariado en la Rusia de los soviets y estuvo entre los fundadores de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Luego, tanto Rusia como él, variaron sus caminos.

Ilustración de Alfonso Zapico
 FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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