12 de junio de 2013

En Mieres hubo muchos muertos que habían votado en las elecciones generales de 1881.

El voto de los muertos.

El republicano Manuel Pedregal y Cañedo logró un escaño en las elecciones generales de 1881 gracias a 105 sufragios obtenidos en Santullano que se correspondían con personas fallecidas.

Familia Real Española. La imagen muestra a la reina María Cristina, Crista, sosteniendo a su primer retoño, una niña bautizada Mercedes en honor a la difunta esposa de Alfonso XII, que aparece en pie. A la izquierda de la imagen, la infanta Paz, en pie. A la derecha, Isabel y Eulalia. Esa era, en esencia, la familia real española a finales de 1879. http://dinastias.forogratis.es

http://www.lne.es
Alfonso XII llevó en su testa la corona de España desde que fue proclamado rey en 1874 por el general Martínez Campos hasta 1902, año en el que le pasó a su hijo los costosos trastos de la monarquía. En este período se celebraron en el país 11 elecciones generales. En la primera y las seis últimas estuvo vigente el sufragio universal -lógicamente sin incluir a las mujeres, que como ustedes saben tuvieron que esperar a la II República para poder ejercer este derecho- pero en los otros cuatro comicios (los de 1879 y los tres que se convocaron en la década de los años 80), el sufragio fue censitario, lo que quiere decir que el número de votantes se redujo a aquellos varones que gozaban de buena posición y cartera abultada.


 Antonio Cánovas del Castillo; historiador, pensador, ensayista, periodista, poeta, novelista, conferenciante, aficionado al teatro, ateneísta, académico de cinco reales academias y además de eso político y no un político cualquiera. Cánovas, realizó excavaciones arqueológicas en Italia, escribió un pequeño tratado de prehistoria en el mismo momento en que esa ciencia estaba naciendo. Cánovas, concebido como un simple político no solo quedaría empobrecido sino quedaría incomprendido. Junto al reconocimiento de sus éxitos, la figura de Cánovas ha estado siempre unida a una fuerte discusión, sobre los aspectos de su obra de gobierno. Pocas figuras hay en la historia contemporánea española que tengan un biografía tan excepcional como la de António Cánovas. Presente en los avatares nacionales desde el final del reinado de Isabel II hasta su asesinato en el verano de 1897. La Constitución de 1876 y el sistema político que imperó desde esas fechas hasta el golpe de estado del general Primo de Rivera están vinculados a su persona, medio siglo en el proceso de modernización de la sociedad, la economía y el estado español. D. Antonio Cánovas del Castillo, nació en Málaga el día 8 de febrero de 1828. Gran estadista, pionero en la consecución de un sistema político tipo que es el que tienen hoy los países democraticos. http://www.malagahistoria.com


El responsable político de esa situación fue Cánovas del Castillo, quien hizo que las Cortes de la Restauración aprobasen en diciembre de 1878 una ley electoral que excluía a todos los trabajadores e incluso a una gran parte de la clase media española. Para votar había que ser varón, mayor de 25 años y haber pagado a las arcas públicas un mínimo de cincuenta pesetas anuales en los dos últimos ejercicios de contribución, o veinticinco en el último año si se trataba de un propietario rural.
Asturias tenía entonces 576.000 habitantes, es decir poco más de la mitad de los que hay ahora; muy repartidos, porque Oviedo y Gijón no pasaban de ser dos pueblones, de manera que algunos concejos estaban más poblados que en la actualidad. Cuando se convocaron las elecciones de 21 de agosto de 1881, solo un 4,3 % de la población cumplía las condiciones para poder acercarse a las urnas, lo que se traducía en unos 25.000 electores y, de ellos, el día del sufragio se quedaron en casa 10.000, con lo que pueden suponer que cada papeleta valía su peso en oro.
Otra característica de este tiempo era la división territorial. Recordarán que a la hora del voto nuestra región se divide hoy en tres circunscripciones: una central y otra en cada ala del territorio. Seguro que también conocen que algunos partidos afirman que este reparto es injusto y solicitan que se establezca una única circunscripción autonómica. Pues bien, en aquel 1881 a nuestra región le correspondían catorce representantes, repartidos entre once distritos que tocaban a un diputado cada uno más una gran circunscripción que elegía a tres. En esta última, centrada en la capital, se incluían todos los concejos de la Montaña Central.
Siguiendo la norma de aquellos años, abundaron los pucherazos y las irregularidades de todo tipo y finalmente tanto en España como en Asturias acabaron venciendo los liberales de Mateo Sagasta, que aquí obtuvieron un triunfo abrumador con ocho diputados; mientras los conservadores solamente pudieron sumar dos y la Unión Católica otros dos, aunque en este caso fue un excelente resultado, ya que en el resto del país este partido solo añadió otro más.
No fue nada extraño, porque los dos grandes partidos se iban turnando en el Gobierno y el resultado respetó aquel pacto no escrito. Luego, para completar los 14 escaños, también hubo un demócrata y un republicano y fue precisamente con este último donde surgió el problema. Se trataba de Manuel Pedregal y Cañedo, un jurista nacido en Grado, que había sido ministro de Hacienda durante la Primera República y volvía en aquel año a la vida política.
Hoy les traigo este caso, que tuvo como escenario a Santullano y llegó hasta el Congreso merced a la denuncia presentada por otro candidato que había sido derrotado solo por 49 votos de diferencia y alegó que su rival debía la victoria a los que habían salido de esta localidad mierense y entraban en un lote de papeletas falsas, porque allí se había hecho votar a 105 muertos.
El denunciante fue José María Celleruelo, natural de La Carrera, en Siero, abogado, periodista y dirigente del partido que dirigía Emilio Castelar, con el que llegaría a ocupar el cargo de gobernador civil en Segovia, Almería y Alicante, para acabar siendo ministro de Gracia y Justicia en 1906.
Pero en aquel 1881, Celleruelo protestaba por la pérdida de su escaño asturiano, aunque sin darse mucha prisa, ya que siguiendo lo que en aquel tiempo admitía la ley electoral, se había presentado a la vez por la circunscripción de Lérida y allí sí había resultado elegido. De manera que su reclamación no llegó a las Cortes hasta el 26 de enero de 1883. Veamos ahora como transcurrió, según la información que publicaron al día siguiente los diarios, especialmente «El Globo», que compartía las ideas del perjudicado y se puso claramente de su lado.
El primer trámite fue constituir el tribunal de actas graves para juzgar la cuestión de validez del acta de Oviedo y, ante él se defendió el señor Pedregal -decía el diario- «con la facilidad de palabra que le ha dado el mucho uso que de ella hace en círculos y meetings». Ocupó su tiempo en rechazar la acusación de abusos y atropellos que se hacía contra sus correligionarios y amigos, especialmente los que se referían a la sección de Mieres y colegio de Santullano, donde el respetable economista había sacado los 200 votos que le dieron la ventaja en el escrutinio general sobre el señor Celleruelo, y se asió al argumento de suponer que muy bien podían existir personas vivas que figurasen en el censo electoral con el mismo nombre y apellido de aquellos cuyas partidas de defunción se habían presentado al tribunal.
Afirmó también que en otras partes de Mieres hubo muchos muertos que habían votado a favor del señor Celleruelo y que en cambio él traía certificaciones de numerosos electores que afirmaban haberle votado en Santullano; pruebas que no admitió el alcalde de la villa. Que ambos hechos estaban demostrados y que siendo relativamente corta la diferencia de votos debería resolverse a su favor. Además rogó al tribunal que se fijase en la declaración de don Inocencio Fernández, quien afirmaba que las actas de Santullano se habían llevado en blanco.
Luego le tocó el turno a José María Celleruelo, para impugnar el acta, empezando por expresar el sentimiento con que cumplía un deber que la justicia y la gratitud a sus amigos, los electores de la circunscripción de Oviedo le imponían y dijo que él ya había pedido que se abriera una información para probar que era imposible esa notable coincidencia de nombres entre los vivos y los muertos, pero que el tribunal se había negado a hacerlo.



        Primera página de El Globo (30 de octubre de 1882) http://garcia-adell.blogspot.com.es
 
Según «El Globo» «en esto, como en todo, ni usó tono campanudo y pretencioso ni se apartó al hablar de su adversario de las reglas de la más perfecta cortesía. Habló con aplomo y seguridad, como quien está penetrado del derecho que le asiste, pero sin encono ni dureza» para decir que aún admitiendo todas las hipótesis que el señor Pedregal se había dignado hacer, se partía siempre del hecho innegable de los 105 muertos, que tomaron parte tan activa en el triunfo del infatigable orador economista, y así, de cualquier manera que las cuentas se ajustasen, el triunfo era suyo.
Aclaró además cosas muy curiosas sobre la manera en que se hacía el censo electoral, casi siempre limitándose a copiar unas listas de otras, por lo que no resultaba extraño que muchas veces figurasen en la relación electores muertos en 1855. A continuación hubo dos brevísimos turnos de réplica. Pedregal utilizó el suyo para aclarar que en lo de los muertos solamente se atenía al censo y Celleruelo insistió en que debía su derrota a los 105 electores que salieron de sus sepulcros para votar en la urna de Santullano. Luego, a las cuatro de la tarde, el presidente mandó despejar las tribunas para que nada turbase las deliberaciones del respetable tribunal que se constituyó en sesión secreta.
Cuando se reanudó la sesión, no hubo sorpresas: el secretario del tribunal, Antonio Ferratges, leyó la sentencia por la cual el acta de Oviedo se declaraba válida y Manuel Pedregal conservaba su acta de diputado; el Congreso volvió a reunirse en secciones y enseguida se trató el siguiente asunto que tocaba unas disposiciones sobre el Código de Comercio. Igual que El Cid ganó en Valencia una batalla después de muerto, los difuntos de Santullano pudieron servir a la Patria desde sus tumbas, aunque lo más grave es que este no fue un caso aislado y todos los españoles sabían que se trataba de una práctica habitual dirigida por los caciques locales.
Llegados a este punto, hace unos años todos nos habríamos preguntando como nuestros mayores pudieron soportar esta situación, pero hoy, cuando nosotros estamos padeciendo una realidad aún más humillante, ya no nos escandaliza nada.


Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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Manuel Pedregal y Cañedo - Biografia.


Manuel Pedregal y Cañedo 
 
 http://grau.grao.net
(1831-1896). Nació en Grado el 12 de Abril de 1831 y estudió las primeras letras en su villa natal. En 1843 se trasladó a Oviedo para continuar los estudios en la Facultad de Filosofía, en la que se graduó bachiller; siguió luego los de Derecho, licenciándose en 1856, y al año siguiente abrió despacho de abogado. Durante su carrera ya se había iniciado como orador en la Academia Científica y Literaria, que contribuyó a fundar en 1854, y en la que destacó defendiendo posturas democráticas durante el bienio progresista de 1854-1856. Participa también en la fundación de un nuevo Partido Democrático, formando parte de su comité en la capital. Intervino activamente en la revolución de 1868, tanto en vísperas de su preparación como durante su desarrollo, fiel ya a los ideales republicanos, formando parte de la Junta Revolucionaria Provincial y fundando el periódico El Constituyente. Fue elegido concejal del primer Ayuntamiento de Oviedo constituido tras la revolución. Se presento a las elecciones a diputados provinciales en 1869, 1871 y 1872, con desigual fortuna, ya que en las dos últimas elecciones su acta fue anulada por varios motivos, en el último de los casos por un recuso en favor del monárquico Faustino Rodríguez San Pedro. En las Cortes Constituyentes de 1873, que proclamaron la República, fue diputado por Gijón y resultó elegido vicepresidente del Congreso y gobernador civil de La Coruña. Durante el gobierno de Castelar desempeñó la cartera de Hacienda, logrando, en los cuatro meses que estuvo al frente del Ministerio, reorganizar la difícil situación del Tesoro Público. Con la caída de la República, se dedicó a su profesión de abogado, actuando en diversas causas que aumentaron su reputación , entre las que destaca el contencioso-administrativo en el que defendió los derechos de la Universidad de Oviedo. Fue decano del Colegio de Abogados de <Oviedo en 1865. En Madrid fue miembro y posteriormente presidente del Ateneo y de la Academia de Jurisprudencia. Junto con Giner de los Ríos, fue uno de los creadores de la Institución Libre de Enseñanza, de la que fue rector de estudios y presidente de la Junta de gobierno. En 1881 vuelve de nuevo públicamente a la actividad política y se presenta a las elecciones a Cortes por Oviedo, animado por la defensa del régimen comercial de librecambio que se discutía en esos momentos, siendo elegido diputado, presentándose sucesivamente en las convocatorias de 1886, 1891 y 1893. Líder principal en Asturias del Partido Centralista de Salmerón, participó en varios intentos de unión republicana, junto con Gumersindo Azcárate y Rafael María de Labra. Falleció en Madrid, el 22 de julio de 1896, tras sufrir un ataque de apoplejía. Fue nombrado miembro de la Academia de la Historia en 1866 y es autor de varios trabajos históricos y jurídicos. Grado, su villa natal, honró su memoria al año de su muerte con una estatua obra de Cipriano Folgueras, que fue retirada en 1936 al entrar los nacionales en la villa moscona
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Busto de Manuel Pedregal y Cañedo en Grado  http://grau.grao.net

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