4 de junio de 2013

Regina García López 'La Asturianita'

Todos creían que era una espía. 

 Regina García López 'La Asturianita' disparando una escopeta.

Perdió los brazos y aprendió a hacer cualquier cosa con los pies. Dio la vuelta al mundo. Pero republicanos y franquistas la enviaron a prisión.

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Lo nunca visto. El caso más portentoso de reformación humana mediante la voluntad. La artista sin brazos, ni los tiene ni los necesita. Es tiradora al blanco. Toca piano, violín, acordeón y xilófono. Es profesora de caligrafía. Es una excelente mecanógrafa. Juega al billar y a cartas. Conduce un automóvil con la ayuda de sus pies. Hace caricaturas de uno del público. Hace toda clase de labores propias de su sexo: corta, enhebra una aguja, cose...”. Así se anunciaba en 1933 la actuación en un teatro de Lleida de Regina García López, La Asturianita. Una mujer excéntrica con una vida de película, a la que republicanos y franquistas encarcelaron por el mismo delito: espiar para el bando contrario.
Regina García, segunda de ocho hermanos, había nacido en 1898 en Valtravieso, una aldea asturiana de 25 casas y 63 habitantes. Un accidente en el aserradero de su padre cuando tenía nueve años le arrancó los dos brazos. Un asturiano que se había hecho rico en Argentina se ofreció a pagar su educación en el Colegio del Asilo, donde iban los hijos de las mejores familias de Luarca. Más tarde, propuso a sus padres adoptarla y llevársela a Buenos Aires, pero estos no aceptaron. Incluso contrató a un especialista alemán para que le implantara unos brazos mecánicos. El experimento no funcionó.
Cuando Regina cumplió los 15 años le dijeron que tenía que dejar sitio a otra niña en el colegio. Para entonces, había decidido que quería ser maestra. “La gente le decía '¿pero cómo vas a ser maestra sin brazos? ¡Olvídate! Duerme, come, reza”, relata su hijo Marcelino, de 86 años. “Poco después intentó suicidarse tirándose desde un acantilado”. Aquel día vio, en el camino de regreso a casa, a unos titiriteros con monos que cogían cosas con las patas. “Mi madre pensó: 'Si ellos lo hacen, yo también'. Y empezó a ensayar haciendo garabatos con los pies. Pensaron que estaba chiflada”. Fue la primera vez que la dieron por loca. La primera de muchas. Pero Regina iba a recorrer el mundo y a hacerse rica con aquella locura.
Debutó en el Teatro Jovellanos de Gijón, actuando para la infanta María Teresa de Borbón en 1917, y durante los años siguientes visitó 42 países de gira (Turquía, Egipto, Brasil, Argentina, Venezuela, EE UU...) con su espectáculo, siempre en teatros. Nunca quiso actuar en circos. En 1933, según recoge María Teresa Bertelloni, su nuera, en la biografía Regina García López, La Asturianita, fue recibida por el presidente Roosevelt en la Casa Blanca, adonde llegó, como era costumbre en sus actuaciones, conduciendo ella misma con los pies. El presidente estadounidense le tendió instintivamente la mano y La Asturianita le ofreció el pie.

En una de sus giras fue recibida por el presidente Roosevelt, que le extendió instintivamente la mano. Ella le ofreció el pie
En una de sus actuaciones, en Avilés, Regina conoció al que sería su marido, entonces, un admirador. Se casaron en 1922 y tuvieron tres hijos: María, Marcelino y Juan, este último nacido en mitad de una gira, en un barco de bandera alemana en aguas de las Azores. En 1928 se separaron. “Mi madre tenía una personalidad arrolladora. Era un cerebro y los hombres en aquella época querían ser tutores de las mujeres”, explica Marcelino. “Lo mismo que le atrajo de ella fue lo que les separó. Tengo la impresión de que mi padre se sentía desbordado por ella”.
El 27 de marzo de 1936, antes de comenzar una actuación en un teatro de Luarca, Regina quiso hablar de sí misma: “Los niños huían de mí... Obtuve las primeras revelaciones de la compasión, que hiere, que humilla. Las gentes derramaban sobre mí sus miradas piadosas. '¡Pobre manquina!', decían. '¡Y para los suyos, qué carga!'. Esto amargaba mi espíritu. Con la voluntad hecha acción, aprendí, trabajé, gané, gasté, soñé, amé y realicé, porque dentro de mi cuerpo mutilado está el alma de una mujer de cuerpo entero...”. Y a continuación, presentó su gran proyecto, Selección, con el que pretendía recaudar fondos en sus giras para pagar los estudios a chavales de aldea sin medios pero con aptitudes.
Recibió muchas críticas por aquel proyecto, como recoge Luis González Fernández en Regina, el coraje de una mujer (Madu ediciones). El semanario La Democracia arremetió contra ella por pretender educar a los niños “sin Dios”. La Voz de Asturias la elogiaba: “Es excepcionalmente culta y siente inclinación fervorosa hacia la enseñanza (...) No veáis en ella el número de varietés, ved en ella a Regina García, altruista, filántropo, apóstol”.

La Asturianita pintando un cuadro
Es verdad que Regina era muy culta. Hablaba cinco idiomas: portugués, francés, inglés, alemán e italiano. Por eso el encargado de información del Ministerio de la Guerra, Ángel Pedrero, le propone trasladarse a Francia para espiar para la República. Regina se niega. Había llegado a Madrid poco antes de que estallara la Guerra Civil con un contrato en La Zarzuela para recaudar fondos para los niños de Luarca. Y en abril de 1937 es encarcelada en la prisión de Ventas, acusada de espiar para los franquistas.
Al caer Madrid en manos del bando nacional, el 1 de abril de 1939, Regina sale de la cárcel. Pero por poco tiempo. Para celebrar su libertad, decide ir al cine. Llevaba un vestido-capa que disimulaba su defecto y al terminar la película fue la única que no hizo el saludo fascista. “¡Brazo en alto!”, le gritó un falangista. “Yo no levanto el brazo ni aunque me lo pida el mismísimo Franco”, contestó. “Pues queda usted detenida”. El episodio lo cuenta ella misma en su diario y lo recuerda bien Marcelino: “Mi madre no se callaba nunca. Protestaba sin medir las consecuencias. Era muy temperamental”. Regina terminó mostrando al falangista que no tenía brazos y explicó que acababa de salir de la cárcel, donde la habían metido los republicanos. La dejaron marchar, pero ella vería varias veces a aquel falangista espiándola. Poco después, el Régimen le pide que colabore como soplona. Regina también se niega esta vez y es encarcelada de nuevo, ahora por los franquistas. La prisión de Ventas es ahora un penal abarrotado en el que ingresan cada día entre 80 y 100 reclusas, según recoge González Fernández en su libro. Durante su estancia será trasladada varias veces al psiquiátrico. Ella misma explica en su diario que tenía alucinaciones. “Voy perdiendo la noción de todo y los ruidos en mi imaginación son completamente distintos a lo que deben ser...”. El 5 de agosto de 1939, Regina oye llamar a 13 compañeras que serán fusiladas esa madrugada y pasarían a la historia como Las 13 rosas.
El 3 de marzo de 1942 se celebra su juicio. “Llevábamos seis años sin ver a mi madre y casi no llegamos ese día porque a mi tío le parecía un capricho gastar el dinero en que viajáramos a Madrid para el juicio”, recuerda Marcelino, que entonces tenía 16 años. El que no estuvo fue su marido.
El juicio dura ocho horas. Tres agentes franquistas la acusan de crear “una vasta organización internacional calificada por ella como Selección, de corte masón”. Falange dice que es “bastante peligrosa”. La policía militar de Madrid la considera, sin embargo, “afecta al glorioso movimiento nacional y políticamente de toda confianza, habiendo estado presa con los rojos la mayor parte de la guerra y adquiriendo su libertad el mismo día de la liberación de Madrid”. La Guardia Civil de Luarca advertía: “Muy propagandista del comunismo. Es peligrosísima para la causa ya que por su cultura se desenvuelve con mayor facilidad”. Y en el informe de Sanidad Militar se lee: “Habla en tono autoritario. Aunque perfectamente lúcida, sus contestaciones se desvían enseguida del tema principal a asuntos accesorios de que ella quiere hablar. Niega las sospechas que pesan sobre ella como espía internacional y dice que es víctima de una intriga. Los médicos que suscriben opinan que padece una parafrenia sistemática”. El fiscal pidió para ella la pena de muerte por “prestar servicios como confidente a las órdenes del subnegociado de servicios especiales del Estado Mayor Rojo”. Finalmente, fue absuelta por loca, pero enviada a un psiquiátrico.
Un año después, Regina seguía recluida en la sala de dementes de un hospital. Y allí murió el 19 de mayo de 1942. Su abogado llegó un día tarde: el 20 de mayo de 1942 pidió que le dieran la libertad total.
Los franquistas se incautaron de todos sus bienes. Marcelino cree que su madre no murió de tifus, como le dijeron, sino que fue envenenada. “En su diario había dejado escrito que temía por su vida”, explica. “No estaba loca, pero no era una mujer corriente. Yo la admiraba muchísimo, como si no fuera mi madre. Me parecía infalible”.
Regina García tenía 44 años el día que murió. Le había dado tiempo a recorrer el mundo, a enamorarse, a ser madre, a demostrarle a todos que podía hacer mucho más que comer, dormir y rezar.

FUENTE:  http://politica.elpais.com
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La vida cercenada de La Asturianita

Regina García perdió los dos brazos siendo niña, recorrió el mundo como artista, luchó por la educación infantil y fue perseguida por la República y el franquismo

A los 9 años perdió los brazos en el aserradero de su padre, fue artista en medio mundo mostrando sus habilidades con los pies y murió de miseria en la posguerra, internada por loca, después de haber sido encarcelada por la República y por el franquismo. Regina García López, (Valtravieso, 1898 - Madrid, 1942) La Asturianita regresa a la actualidad gracias a la biografía «Regina, el coraje de una mujer» (Madú Ediciones) escrita por el periodista valdesano Luis González Fernández después de seis años de trabajo de investigación documental, recogida de testimonios y escritura.
Las poleas de la sierra echaron a andar, envolvieron los brazos de Regina y los arrancaron a la altura de los hombros. La niña fue operada durante horas, anestesiada con cloroformo. Aquel día de agosto de 1907, Regina, de 9 años, se había endomingado para ir con su padre al aserradero de El Fornel, donde la familia tenía depositadas sus esperanzas de prosperidad para los ocho hijos. Años más tarde, el aserradero se quemó y el padre, Celestino, tuvo que emigrar a Argentina, pero el problema de 1907 fue que su segunda hija se convirtió en «manquina» y melancólica.
José García Fernández, «El Pachorro», un indiano con posesiones en la provincia argentina de Tucumán, pagó la educación de Regina en el Colegio del Asilo de Luarca, junto a 400 críos más. Quiso adoptarla y llevarla a América, pero sus padres no aceptaron y trajo de Alemania a un especialista para que le implantara unos brazos mecánicos, sin éxito.
Regina, preocupada por su futuro, se empeñó en su presente aprovechando cada enseñanza. A los 17 años manifestó dos preocupaciones, la igualdad de las mujeres y la educación de los niños, y una ambición: estudiar Magisterio. Las familias ricas de Luarca a las que acudió para que le pagaran los estudios le dijeron que se quedara en el asilo, insensibles a que lo que ella más temía era ver pasar los años rodeada de ancianos y enfermos. Un circo italiano de paso por Luarca le dio la solución. Vio un mono que divertía al público comiendo y lanzando avellanas con las patas traseras y decidió ser artista. Su madre la desanimó, pero ella empezó a ejercitar los pies y en unos meses escribía, cosía y bordaba con ellos.
El estío de 1918 trajo de nuevo al indiano a Valdés, que vio los avances de Regina y participó de su nacimiento para el arte llevándola al Gijón que rivalizaba en veraneos con San Sebastián, a una fiesta en honor a la infanta María Isabel. La Asturianita empezó a animar los festivales benéficos y los teatros de las villas de Asturias. En el Jovellanos, con la compañía del circo Evans, supo lo que era compartir cartel con la cupletista Raquel Meller.
La misma personalidad fuerte que la llevó a entrenar sus pies le hizo expresar sus ideas con vehemencia. Cuando se enteró de que el párroco de su pueblo quería cobrar ocho pesetas a una familia paupérrima por oficiar el entierro de su hijo de un año le dedicó una poesía satírica que acabó con el propio obispo de Oviedo reprendiéndola.
Nada paraba a La Asturianita. De gira en Badajoz conoció a Juan Dámaso Cisneros, empleado de Correos, y, después de un corto noviazgo, se casó con él en Santiago de Arriba, parroquia a la que pertenece Valtravieso. Tenía 25 años. Cisneros, con el que tuvo tres hijos (María, Marcelino y Juan) antes de que se divorciaran en 1929, fue su representante en los años en que comenzaron sus giras por el extranjero. «La maravillosa artista sin brazos. No los tiene ni los necesita», conduciendo con los pies un vehículo de gran cilindrada, anunciaba por las ciudades de Turquía, Palestina, Egipto, Uruguay, Brasil, Argentina, Venezuela, Cuba, Puerto Rico y Estados Unidos un espectáculo en el que liaba pitillos y los encendía, realizaba caricaturas del público, descorchaba botellas y las servía, tocaba piano, violín, acordeón y xilofón, y cazaba con escopeta una moneda puesta sobre el bocal de una botella.
Luis González Fernández escribe que recorrió 40 países antes de que en 1935, con sus buenos cuartos ahorrados, decidiera regresar a Luarca y dedicarse a tareas filantrópicas que materializaran sus ideas de justicia social.
En 1936 inició su proyecto «Selección» para escolarizar a todos los niños y niñas con capacidades hasta donde llegaran evitando que buenas cabezas se perdieran en lejanas aldeas. En la primavera de 1936 dio discursos -a veces con pequeñas actuaciones- para mover conciencias y aligerar bolsillos. Lo hizo con su convicción habitual. El semanario luarqués La Democracia la acusó de querer una enseñanza sin Dios, lo que ella negó.
Para recaudar fondos a beneficio de los niños de Luarca consiguió un contrato en el teatro de la Zarzuela y viajó a Madrid el 13 de junio de 1936, un día después del asesinato del progresista teniente Castillo y la misma jornada del asesinato de diputado derechista José Calvo Sotelo. Cinco días después, con Regina alojada en la pensión Bellas Artes de la calle Alcalá, comenzó la Guerra Civil y el principio de su largo, absurdo y miserable fin como espía y loca para la República y el franquismo.
La Asturianita actuó varias veces en el Madrid de la guerra donde ni quiso estarse quieta ni supo estar callada. Como se desenvolvía con labia e influencias y, según su biógrafo Luis González Fernández, tenía una necesidad patológica de notoriedad, intervino para excarcelar a parientes de la pensión, lo que la llevó ante Ángel Pedrero, hoy recordado como antiguo jefe de una checa (prisión parapolicial) y responsable del servicio de inteligencia de la República. Pedrero le propuso ser espía en Francia, lo que ella rechazó. El jefe del espionaje la mandó detener y encarcelar, aislada, en la prisión de Ventas el 4 de abril de 1937. En los cinco años que le quedaban de vida sólo tendría unos días de libertad. El resto lo vivió entre prisiones, juzgados y manicomios. Aunque confesó, en ocasiones, que se había hecho la loca para salir de la prisión, es difícil saber, en cada momento, cuánto estaba afectada su conducta por la valentía, la imprudencia o una mala salud mental.
Cuando Madrid pasó a manos de los franquistas, Regina, como represaliada de la República, quedó inmediatamente en libertad. Por poco tiempo.
La anécdota de una tarde de cine explica bien al personaje. Al terminar la película, a los acordes del himno nacional, todos los espectadores se pusieron en pie e hicieron el saludo franquista. Un joven se acercó a la artista, que iba cubierta con un abrigo capa, y le exigió que levantase el brazo porque «estamos en la España de Franco». Ella respondió: «Pues yo no levanto el brazo ni ante el mismísimo Franco, aunque me maten». El falangista la quiso llevar detenida, ella aclaró el malentendido y algunas personas intercedieron para poner sentido común en la estúpida situación.
Regina gastaba ese tipo de humor en sus espectáculos y en la vida. No entendió que la situación no estaba para bromas, como tampoco cuando, en el Madrid asediado, decía ante cualquiera que era amiga de Azaña o del obispo de Málaga o que tenía el carné número uno del Socorro Rojo Internacional.
Poco después del incidente del cine empezó a recibir visitas de agentes del nuevo régimen que le propusieron colaborar en la represión y, sea porque se negó o por una denuncia, la detuvieron de nuevo, la interrogaron en la Dirección General de Seguridad y la volvieron a encarcelar en Ventas, un edificio atestado donde se vivía el miedo a las sacas, se oían los fusilamientos en los paredones del cementerio del Este, había hacinamiento, hambre e insalubridad. Allí, enferma de fiebres y desequilibrada, rompía el sueño de las demás reclusas cantando asturianadas por las noches.
Por los fragmentos que recoge González Fernández, el juicio a La Asturianita revuelve las tripas. Su defensor la conoció a la puerta de la sala de juicios; la Guardia Civil la presentó como creadora de una «vasta organización internacional, calificada por ella como Selección, de corte masón»; la Policía militar en 1939 la certificó como afecta al glorioso Movimiento Nacional, no faltó el «al parecer se trata de una persona bastante peligrosa» sin especificar el parecer de quién y la Guardia Civil de Luarca la calificó como «persona de actividades izquierdistas y muy propagandista del comunismo, peligrosa para la causa ya que por su cultura se desenvuelve con mayor facilidad, huyó a campo enemigo no habiendo cometido desmanes por hallarse inútil de los brazos». Un gañán compareció brazo en alto y al grito de «acuso a Regina de haberme delatado» con tales modos que el presidente de la sala lo expulsó. El informe psiquiátrico le diagnosticó «parafrenia sistemática» (el de la República, la evaluó como «enferma mental paranoica con delirio reivindicador»). Aunque Regina se enfrentaba a una petición fiscal de «reclusión perpetua a muerte» no hubo en sus deposiciones miedo ni culpa sino desenvoltura confiada.
La sentencia del 3 de marzo de 1942 la absolvió «aunque deberá permanecer internada en un establecimiento psiquiátrico a disposición de la autoridad judicial militar». De vuelta a la sala de enfermas de la cárcel de Ventas, las compañeras le organizaron una pequeña fiesta en la que aparecieron una bolsa de fruta y algunas pastas, hubo cantos y risas, y se cerró con un «viva Asturias» cuando la enfermera ordenó silencio.
A Regina la mató en tres días «el piojo verde», un azote de la posguerra. Ingresó muy grave en la sala de infecciosos del Hospital del Rey y le diagnosticaron tifus exantemático, la enfermedad del frío, del cansancio, de la suciedad en campamentos, cuarteles y cárceles. Murió el 22 de mayo de 1942, con 44 años, acompañada por María, su hija adolescente, y por su cuñada Josefa. 

FUENTE:  JAVIER CUERVO
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 A rebufo de «la Asturianita»

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Hace exactamente 80 años, en 1933, una asturiana del concejo de Valdés fue recibida por el presidente Roosevelt en la mismísima Casa Blanca. Regina García López, que en ese momento ya era conocida mundialmente como «la Asturianita», se presentó a la cita conduciendo un elegante coche de la época con los pies en el volante. Cuentan que el presidente estadounidense le tendió instintivamente la mano y que ella, que de niña había perdido los dos brazos en un accidente, le correspondió ofreciéndole cortésmente su pie.
 «La Asturianita» actuó, entre otros países, en Turquía, Palestina, Egipto, Uruguay, Brasil, Argentina, Venezuela, Cuba, Puerto Rico o Estados Unidos, escaparates en los que sorprendía liando pitillos y encendiéndolos, realizando caricaturas del público, descorchando botellas, jugando a las cartas y al billar, tocando cualquier tipo de instrumento o derribando con una escopeta una moneda colocada sobre un bocal. En los carteles anunciadores del espectáculo siempre se colocaba el mismo reclamo: «La maravillosa artista sin brazos. No los tiene ni los necesita».
Y es que la vida de Regina García López corrió a toda velocidad y es digna de un guión de Hollywood. Nació en el año 1898 en Valtravieso, una pequeña localidad valdesana. Cuando tenía 9 años perdió los dos brazos tras un accidente en el aserradero de su padre. Una máquina se los cortó de cuajo a la altura de los hombros. José García Fernández, «el Pachorro», un asturiano que había hecho fortuna en Argentina, se ofreció entonces para ayudarla y le pagó la educación junto a los hijos de las familias más adineradas de Luarca en el Colegio del Asilo. Se ofreció a adoptarla para llevársela con él a Buenos Aires, pero sus padres no aceptaron y optó por contratar a un especialista alemán para que le implantase unos brazos mecánicos, un experimento que no funcionó.
Pero Regina García nunca se rindió. No quería quedarse en el asilo para siempre, rodeada de ancianos y enfermos, y un circo italiano que estaba de paso por Luarca le dio la solución. Vio un mono que divertía al público comiendo y lanzando avellanas con las patas traseras y decidió que ella también podía hacerlo. Su madre la desanimó, pero ella empezó a ejercitar los pies y en unos meses escribía, cosía y bordaba con ellos. El indiano que la había apoyado de niña regresó de nuevo a Valdés en el año 1918 y pudo comprobar los avances de «la Asturianita», algo que le llevó a impulsar su carrera artística. De su mano debutó en el teatro Jovellanos de Gijón, actuando para la Infanta María Teresa de Borbón. A partir de ahí «la Asturianita» comenzó un periplo que la llevó a subirse a las tablas de los teatros de medio mundo.
Regina García fue una mujer excéntrica con una vida de película. Tras haber tocado el cielo de la fama, murió en la miseria durante la posguerra, a los 44 años, internada por loca, después de haber sido encarcelada por la República y por el franquismo. Ambos bandos la tacharon de espía. La anécdota de una tarde de cine explica bien el carácter de «la Asturianita». Según recoge su biógrafo, el periodista valdesano Luis González Fernández, al terminar la película, mientras sonaba el Himno nacional, los espectadores se pusieron en pie e hicieron el saludo franquista. Un joven se acercó a la artista y le exigió que levantase el brazo porque «estamos en la España de Franco». Ella respondió: «Pues yo no levanto el brazo ni ante el mismísimo Franco, aunque me maten». El falangista la quiso llevar detenida, pero ella aclaró el malentendido dejando claro que no tenía brazos, y algunas personas intercedieron para frenar la situación. El libro de Luis González Fernández recoge cientos de anécdotas que demuestran que a «la Asturianita» le gustaba pisar a fondo el acelerador.


Sin brazos con coches de serie. Regina García López, que aparece en la imagen subida a un Chevrolet Seis modelo.

FUENTE:  Félix VALLINA

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