16 de julio de 2018

Asesinato en el verano del veintisiete en Mieres

Muerte entre compañeros de oficio
Edificios de Mieres en 1927
Al acercarse el verano de 1927, un asesinato conmocionó la villa de Mieres; en plena calle de Teodoro Cuesta, un hombre de inmenso bigote asesinó a un heladero a cuchilladas
Ilustración de Daniel Castaño
Andaba a punto de arrancar el verano del veintisiete cuando el calor impuso de aperitivo los helados, y la moda hizo lo propio con las caras barbilampiñas. La relación entre ambos hechos, por más que pudiera parecer irreverente, quedó probada en el Mieres de la época. De forma trágica, claro. Los protagonistas, dos heladeros ambulantes; el arma del crimen, un cuchillo de carnicero, la coartada, un bigote. Remedios Ramos, vecina de la villa y testigo de aquel crimen cometido al caer la noche en pleno centro de Mieres, daría buena cuenta de ello medio año después, en la Audiencia de Oviedo, cuando se celebró el juicio por medio del que, y con gran interés de todos los asturianos, un heladero sin bigote o, más bien, con bigote escaso, se acabó sentando en el banquillo.

Ilustración de Daniel Castaño
Ocurrió en una noche de mediados de mayo del año 1927, en la calle de Teodoro Cuesta. Miguel B., un heladero ambulante, arrastraba su carrito pesadamente después de un largo día de trabajo. Aquellos días se vendía bien o, mejor dicho, se hubiera vendido bien de no existir competencia: Mieres era, sin lugar a dudas, sitio demasiado pequeño como para que dos hombres pudieran vivir de la venta de polos de hielo, barquillos de nata y cucuruchos de limón. De cualquier modo, aquel día nadie había visto a su competidor, Felipe D., un treintañero con el que Miguel tenía choques frecuentes por mor del negocio. Hasta entonces. De la que torcía una esquina y ante la estupefacta mirada de Remedios, un hombre de profuso bigote se lanzó encima del heladero, armado con un cuchillo de enormes dimensiones que llevaba preparado para atacar. Miguel B. murió prácticamente en el acto, desangrado por una herida que, según la crónica publicada por EL COMERCIO en diciembre del 27, le había seccionado la arteria aorta.
Escuela de Capataces en la Calle Campo Sagrado (Hoy Manuel Llaneza), obsérvese el carrito de los helados. (BPM. Mieres)
Contaron quienes conocían bien a los heladeros que la dramática escena “las ropas, impoluta-mente blancas, tiñéndose del avance de la sangre que se llevaba consigo la vida de la víctima” había tenido su última y más inmediata causa días atrás, cuando Miguel discutió con su rival. Felipe, que por aquel entonces portaba, efectivamente, un bigote abundantísimo al estilo de los viejos tiempos, había reñido con Miguel de forma bastante brusca, por motivos monetarios, y el tinglado resultó con el carrito del bigotudo tirado al suelo y toda la mercancía arruinada. Pero, aunque todo apuntaba en su contra, cuando las autoridades fueron a arrestar a Felipe por haber asesinado presuntamente a su competidor, se toparon con que la descripción que Rosario había dado del agresor no coincidía con la del heladero: si el rasgo más distintivo del primero había sido el bigotón, éste tenía ahora bigotín.
«Fue imposición de la moda, no para montar una coartada”
Calle Martines de Vega (hoy Carreño Miranda), hacia 1929
En diciembre, cuando fue sometido a juicio, Felipe se enfrentaba a un incremento de pena precisamente por haber intentado engatusar a la Guardia Civil afeitándose el bigote. Aseguraba el heladero (el único que quedaba ya a aquel lado del Caudal) que no había sido él quien había matado a Miguel y que aquel día, casualmente, había decidido no sólo cambiarse el estilo del bigote a la forma de Douglas Fairbanks, sino también ausentarse todo el día de Mieres «para gastarse veintiún pesetas que había encontrado».
«El cuchillo homicida», asegura EL COMERCIO del siete de diciembre, «lo había comprado en la capital el día en que asistió a un juicio oral. Y lo compró por si algún día tuviera necesidad de defenderse, pues pasaba por lugares de peligro».
Requejo (Mieres), hacia 1920
El heladero, sin embargo, no se declaraba inocente. Felipe asumió parte de la culpa de haber acuchillado a Miguel, pero no toda: aquella noche, aseguraba, y al llegar de Oviedo, había ido a pedirle de forma pacífica un cucurucho de helado y éste se lo negó (siempre según su particular versión), «al tiempo que profería una frase injuriosa para el nombre de su madre». ¡Acabáramos! Le había acuchillado, sí, porque a una madre no se la menta; y aún le acuchilló poco, porque hubiera podido hacerlo también con una hermosa navaja de Albacete que llevaba encima, en comandita con el cuchillo. Y que si huyó, remataba el heladero en su declaración, no fue por caer en la cuenta de que había matado a su rival, sino para escapar de las iras del público que, al presenciar la agresión, le rodeó.
La calle camposagrado a principios del siglo XX
Los testigos no avalaron tal versión. Todos declararon haber visto cómo el ataque se perpetraba por la espalda y sin mediar palabra. Remedios Ramos llegó a decir que vio cómo el homicida agarraba, antes de acuchillarle, a la víctima por el cuello. «Como sabía que eran amigos», transcribe EL COMERCIO de la pasmosamente tranquila declaración de la mujer, «no me extrañó el hecho», pero sí, obviamente, se alarmó al ver caer a la víctima al suelo después. Francisco García y el resto de hombres que presenciaron la pelea negaron haber querido linchar al agresor, tal y como éste había declarado, aunque sí lo per-siguieron hasta el cuartel de la Guardia Civil.
Álbum de las fiestas de San Xuan de Mieres en 1927
No había eximente relativa al insulto a las madres en 1927, ni tampoco hubo quien se creyera que, después de haber cometido un crimen, le diera a nadie por afeitarse a la moda de Hollywood. El jurado dictó sentencia contra Felipe D. el diez de diciembre, haciendo caso omiso de la petición del defensor de que el caso se calificara como de simple homicidio, un delito castigado con catorce años de cárcel: el heladero fue, finalmente, condenado a cadena perpetua por asesinato, así como al pago de diez mil pesetas a los herederos de la víctima. Una importante sanción económica que, irónicamente, se firmó en invierno, la época del año en la que los heladeros ambulantes habían de desalojarse de carritos y sombreros blancos y dedicarse a otros menesteres aparentemente (¡sólo aparentemente!) menos plácidos. El colmo de la profesión.
Ilustración de Daniel Castaño
FUENTE: ARANTZA MARGOLLES (Crímenes de ayer en Asturias-El Comercio)



Arantza Margolles Beran nació en Gijón, 1982. Licenciada en Historia por la Universidad de Oviedo y Máster en Arqueología y Patrimonio por la Universidad Autónoma de Madrid. Coautora de "Villafría 1934: Luz en la memoria" y "El crimen de ayer", ambos publicados en 2012. Colaboradora semanal en El Comercio y Noche tras Noche (RPA).





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