18 de abril de 2016

Pablo Suero (Gijón 1898-Buenos Aires 1943), el periodista con pasaporte argentino pero nacido en Gijón - Asturias (1)

Pablo Suero, el gijonés que entrevistó a una España que olía a guerra
Pablo Suero - Retrato del periodista
El reportero, con pasaporte argentino, amigo de Lorca y de Gardel, vivió en 1935 las convulsiones de un país abocado al desastre
Pablo Suero retratado de niño
Cuando el periodista Pablo Suero desembarca en España con un montón de proyectos de entrevista bajo el brazo, el país afilaba las guadañas. Era el año 1935, en vísperas de las elecciones de febrero. Suero tenía pasaporte argentino pero había nacido en Gijón, hijo de una familia emigrante. Se convirtió pronto en todo un personaje en Buenos Aires. Se ganó la vida como reportero y crítico literario, fue dramaturgo y director de escena. En 1936 se fijó en una joven actriz y la contrató para su compañía teatral. Se llamaba Eva, y años después pasó a la Historia por su apellido de casada: Perón. Suero escribió memorables letras de tangos para su amigo Carlos Gardel, y en Buenos Aires acabó haciendo otro amigo ilustre, Federico García Lorca, a quien en 1935 visitó en su casa familiar. Tras la muerte del poeta, poco tiempo después, Suero recordaba las palabras de la madre de Federico hablando de las elecciones del 35: «Si no ganamos, ya podemos despedirnos de España. Nos echarán, si es que no nos matan».
Aquellas entrevistas y crónicas que el asturiano Pablo Suero realiza en España en tiempos de preguerra demuestran la influencia del periodista. Lo reciben Manuel Azaña, Largo Caballero, Gil Robles, Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera e Indalecio Prieto, entre otros políticos de primera fila de la época. Ahora, el trabajo periodístico de Suero en España ve de nuevo la luz en forma de libro titulado «España levanta el puño. Palabras al borde del abismo». Lo de España levanta el puño viene a confirmar la ideología del periodista, que no tiene inconveniente en proclamar en cada crónica. Lo que se dice información militante. El gran icono de la derecha hispana, José María Gil Robles, accede a saludarle pero no le concede ni una sola declaración, quizá conociendo por dónde iban los tiros. Suero se venga con una crónica despiadada: «su oratoria es pobre de ideas y confusa, en ella se descubren acusados síntomas de mesianismo. Carece de brillantez, de ideología y se enreda en una sintaxis maltrecha».

Francisco Largo Caballero (Presidente del Gobierno), Diego Martínez Barrio (Presidente de las Cortes), Manuel Azaña Díaz (Presidente República)
La entrevista antes citada con el dirigente socialista asturiano es una de las más esclarecedoras. «Desde humilde taquígrafo de diarios se encumbró hasta las alturas del gobierno, pero para ello pasó por todos los avatares de la conspiración y de la revuelta», señala Suero a la hora de perfilar a «don Inda». El encuentro tiene su historia. En aquel momento Prieto estaba en busca y captura por sus responsabilidades en la locura de la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias. La Policía le buscaba o, al menos, hacía que le buscaba. Prieto se encuentra oficialmente escondido y hasta allí dice Suero que le llevan, tras un largo y fatigoso viaje en automóvil.
Era todo mentira. Indalecio Prieto vivía en su propia casa, en la madrileña calle Carranza, justo en el piso de arriba de la sede de «El Socialista». O la Policía miraba para otro lado o era un ejemplo de incompetencia manifiesta. Lo del cuento del viaje fue producto de la negociación con el periodista para no dar pistas. O mejor, para dar pistas falsas.
Ante las inminentes elecciones de 1935 que iba a acabar con Gil Robles, líder de la CEDA en la poltrona de un ministerio, Indalecio Prieto criticaba el programa republicano «tan moderado y conservador que sería un programa de derechas en cualquier otro país». Y cantaba las virtudes de la flexibilidad socialista: «Nosotros hemos cedido puestos en todas las provincias, no podemos ceder más sin el riesgo de desaparecer como partido. No tenemos la culpa de que España sea una República sin republicanos».
Suero proclama que a don Inda el pueblo le quiere, «de él procede», y recuerda cómo salvó la frontera «del modo misterioso y hábil que él únicamente domina» cuando el fracaso del Octubre del 34.
Asturias vuelve a estar presente en la entrevista que Suero le hace al dramaturgo Alejandro Casona, en aquel momento encaramado a la fama tras el apoteósico estreno de «Nuestra Natacha». «La obra -dice el periodista gijonés- tuvo un éxito clamoroso de público y de crítica. Esto último haciendo salvedad de la crítica de derechas, pues aquí hasta el arte tiene color político y se banderiza». Casona le cuenta sus inicios, el estreno de «La sirena varada» con Margarita Xirgu al frente del plantel. La actriz no estaba ni medio convencida de la obra, pero fue todo un pelotazo teatral.
Alejandro Casona
Alejandro Casona habla claro: «Yo respeto a los viejos valores como Benavente, los Quintero, Arniches. Ellos solos de por sí son un teatro. Pero creo también que han cumplido su ciclo». La crítica a los que venían detrás de ellos es todavía más acusada: «La generación intermedia es servil y de una vil pereza mental. No ha hecho más que bastardear lo creado». Para el dramaturgo de Besullo, la nueva generación estaba encabezada por García Lorca, y añadía entre los más destacados a otro asturiano ilustre, Valentín Andrés Álvarez, que ya había estrenado «Tararí».
A Dolores Ibarruri «La Pasionaria», Pablo Suero la visita en la cárcel. Es tiempo de República. El periodista la define como «una mujer alta, esbelta, de cabellos grises, de frente despejada, de rostro bello surcado por hondas arrugas de pesar. Tiene una extraña dulzura en sus ojos castaños y una suavidad de terciopelo en su voz sin crispaciones ni cóleras».
La causa de la detención de Pasionaria tiene que ver con Asturias, según cuenta ella misma. El escenario histórico, los meses inmediatamente posteriores a la Revolución de 1934: «Íbamos en un automóvil recorriendo los pueblos. A cada instante nos hallábamos ante el temor de las pobres gentes que enmudecían por miedo a la represalia de las autoridades. Asturias parece una cárcel todavía hoy. Nos detenían en los puestos policiales, en las carreteras. Me acompañaban unas señoras de la localidad, muertas de miedo. Los guardias, felizmente, no eran de los más avisados. Unos preguntaban: "¿Entre ustedes no hay un escritor?". "No". "¿Alguna de ustedes no es Pasionaria?". Aquí un movimiento de mis compañeras me vendió. Entonces yo dije: "Sí. Pasionaria soy yo". "Tenemos orden de detener a Pasionaria". "Pues tómenme", les dije"». La dirigente obrera tenía como misión localizar y reunir huérfanos de la Revolución asturiana.
La primera edición de «España levanta el puño» es de diciembre de 1936, ya con un país roto y desangrado. Aún quedaba lo peor. El prologuista de aquel bautizo literario, el novelista bonaerense Enrique González Tuñón proclama que «Pablo Suero está con la España que escribe, piensa, trabaja, construye».
Dolores Ibarruri “La Pasionaria”
FUENTE: EDUARDO GARCÍA 
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Pablo Suero, el triunfo del periodismo y el fracaso de la poesía
la figura olvidada del periodista argentino de origen español Pablo Suero (Gijón, 1989-Buenos Aires, 1943)
Gijonés, conoció en París y Buenos Aires a buena parte de la intelectualidad de su época, fue amigo de Gardel y contrató como actriz a la que sería Eva Perón
Eva Perón en 1947
Pablo Marcelino Suero nació en Gijón el 4 de marzo de 1898 y quizá por hacerlo en año tan señalado, de pérdida de colonias ultramarinas, el destino estaba esperándole al otro lado del océano. Cuando era un niño de corta edad, su familia emigra a la Argentina, donde muy pronto dejará ver Pablo su vocación literaria. Con 16 años tiene el alma hinchada de tanto Rubén Darío, pero para poder llevarse el pan a la boca ingresa en la redacción del periódico porteño «Crítica». Su labor como periodista será amplia y su prestigio no pequeño, colaborando con el tiempo en los diarios más importantes de Buenos Aires y Montevideo: «El Nacional», «Última Hora», «La Manaña» y «El Telégrafo» entre ellos; y en las más prestigiosas revistas, como «Caras y Caretas», «Mundo Argentino» o «Comedia». Pablo Suero, como Enrique Gómez Carrillo, fue uno de esos periodistas de raza que vivían con pasión lo que hacían, tenían los zapatos gastados de andar por el mundo, la muñeca suelta y resuelta a facilitar frases con garbo y solían imitar un poco esas poses decadentes que venían de París. Inteligentes, mundanos y a veces un tanto frívolos sabían ganarse la atención de los lectores. Pero, al mismo tiempo que se convertía en un gran periodista, Pablo Suero aspiraba también a ser coronado con laurel en el olimpo de la literatura.
Lo dice el proverbio estoico: si quieres suprimir el temor, suprime la esperanza. Claro que este autor no era un estoico y por eso en 1920 publica «Los cilicios», un libro de versos de estética modernista que ha notado el paso de la carcoma por sus páginas y hoy se nos vuelve polvo entre los dedos y nos deja un sabor demasiado empalagoso a lirios en el oído. A los 22 años se le nota cierto hastío, cierta pose que tiene tanto de fingimiento a la galería de los tiempos que corrían como de auténtica premonición del fracaso como escritor de altos vuelos. «Obsesión», se titula uno de los poemas, y comienza: «Me obsede un deseo arcano y brumoso,/ un vago y punzante anhelo, Señor,/ de ser más que carne doliente y aciaga;/ quisiera ser rayo, ser nube, ser sol?»; y en «Displicente» apunta: «Pues que nunca hube ganado,/ no llevo nada perdido;/ mi único bien aquí ha sido/ un cruel dolor obstinado». No fue un gran poeta, pero su poesía puede alumbrar una existencia de la que no nos sobran las noticias, como nos parece que hace la desgarrada composición «Balada del amigo inquieto»: «Y nunca hiciste mal sino de boca,/ sólo con la palabra heriste al hombre;/ en cambio ellos con qué furia loca/ te hicieron daño con crueldad sin nombre? // Nunca harás nada, pobre amigo mío;/ deja la pluma, deja, nunca escribas./ Ya te lo dije, desbordado río,/ nunca harás nada por mucho que vivas».
Libro de Pablo Sueros- Los Cilicios
En las páginas publicitarias de «Los cilicios» ya se anuncian otras seis obras del autor en preparación: tres piezas de teatro, dos libros de poemas y una guía emotiva de Buenos Aires; en los libros siguientes la lista aumentará sustancialmente, pero algunas de estas obras nunca llegarían a publicarse, quedarían perdidas entre las páginas de los periódicos o en algún lugar recóndito de la imaginación del autor. Por estos años veinte también escribió letras de tangos como «¿Se acuerdan, muchachos?», en colaboración con Enrique Delfino y que Carlos Gardel grabó en 1924. Desempeñó un gran papel como crítico teatral y como director de algunos de los elencos más importantes de Buenos Aires, lo que le llevó a conocer a mucha gente de primera fila. A la vez escribía teatro -muchas veces en colaboración-y guiones para la radio. Se codeó con tal número de celebridades en América y Europa, en Buenos Aires, Montevideo, Madrid o París, que no se entiende demasiado bien el desconocimiento que de él tenemos. Una tarde, en una calle de París, se tropezó con un viejecito que llevaba en su pecho la deslumbrante Medalla de Honor del ejército francés, aquel viejecito extremadamente delgado y decaído había estado en la Isla del Diablo y no era otro que Dreyfus, muchos años después de que su «affaire» hubiera conmocionado al mundo a partir del «J'acusse» de Émile Zola y puesto a Francia al borde de la guerra civil. Suero entrevistó a Pirandello, a Georges de Bouhelier, a Georges Duhamel, a Stefan Zweig, a Vicente Huidobro, a Ramón Novarro, a Colette y a un larguísimo etcétera. Como él escribió alguna vez, era un hombrecillo muy bien relacionado. A finales de 1936 contrataría para su compañía a una joven actriz que el mundo conocería más tarde como Eva Perón. Y ya nos advertía en su libro «Figuras contemporáneas» que esos personajes no se arriman a uno porque sí, hay que buscarlos, y allí les tiraba una coz a sus enemigos al confesar que buscaba celebridades «porque los prefiero a ellos que a vosotros, tan tristes, tan aburridos, tan vacíos de todo y tan llenos de vanidad y de crueldad». Fracasó en sus pretensiones literarias, pero se hizo un hueco como periodista de altos vuelos cuya viveza todavía puede disfrutar el lector actual en libros como «España levanta el puño» o «Figuras contemporáneas».
Pablo Suero pasó por diferentes redacciones hasta que se convirtió en un referente del periodismo argentino
Si en París y Buenos Aires conoció a una parte importante de la intelectualidad mundial, en España, durante su viaje para cubrir las elecciones de febrero de 1936 para el periódico porteño «Noticias Gráficas» -del que saldría el libro «España levanta el puño», recientemente reeditado- conoce literalmente a todo el que es alguien. Todos los políticos importantes del momento, desde Azaña a Gil Robles pasando por Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera, Dolores Ibárruri, Largo Caballero o Indalecio Prieto, están en estas páginas. Algunos ensalzados, como Azaña o Largo Caballero, otros tratados con algo más de sorna, como el señorito Primo de Rivera, a cuya entrevista Suero lleva para fotografiarlo a un joven comunista y mientras esperan en el hall de la casa de la calle Serrano roba un par de fotografías de un álbum familiar; o el nervioso Gil Robles, que, temeroso de perder las elecciones, apenas lo recibe unos minutos en plena campaña, para la que derrocha todo el dinero que generosamente le cede la Iglesia movilizando los «mass-media» de la época al más puro estilo fascista. Qué decir de los literatos... aquí están desde Jacinto Benavente y Carlos Arniches hasta jóvenes como García Lorca y Alejandro Casona, pasando por Pío Baroja, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Rafael Alberti y José Bergamín. Y también los hoy más olvidados Eduardo Zamacois, Antonio de Hoyos y Vinent, Jacinto Grau o Paulino Masip.
En 1940 publica «Agonía de un mundo», un nuevo libro de versos no más brillante que «Los cilicios», pero tiene para nosotros el interés de abrirse con un puñado de poemas en los que evoca su lejana infancia asturiana. No debió pasar demasiado tiempo Pablo Suero en su tierra natal. Ni en «España levanta el puño» -por el que Ian Gibson lo descubrió y sobre el que articuló su libro «Cuatro poetas en guerra», donde retrataba a Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y Miguel Hernández tomando como eje narrativo el libro de Suero, pues los había entrevistado a todos excepto a Miguel Hernández- recoge su experiencia infantil, ni en la primera parte de este libro, titulada «Estampas españolas», menciona Asturias -mientras sí habla de su llegada a Canarias, de Málaga, Cádiz, de los cafés de Madrid o de los barrios de Barcelona- ni alude, que recordemos, al hecho de ser asturiano a pesar de que a lo largo de estas páginas aparece en varias ocasiones el Octubre de 1934. Sin embargo, en «Agonía de un mundo», publicado tres años más tarde, sí hay referencias explícitas a su infancia asturiana a través de alguna estampa y varios retratos de parientes casi olvidados por la distancia. Entre los poemas que dedica a sus familiares -el tío Ramón, el tío Pepe, el tío Eduardo, el tío Florentino, las tías solteras?- tiene especial gancho el dedicado a uno de sus abuelos, que «fue marino y a ratos periodista de brega, liberal, come frailes». Suero salió muy joven de Asturias y no parecía conocer muy bien el mundo del que procedía. Su conocimiento probablemente provendría del escaso recuerdo y de los relatos familiares, quizá recuperados con cierto ahínco tras el viaje que emprendió a España a finales de 1935 y le llevó a escribir «España levanta el puño».
Portada de "España levanta el puño"
El último libro que publicó Pablo Suero fue «Figuras contemporáneas», que apareció en Buenos Aires en 1943. En este libro se anuncian los dos siguientes tomos de la serie que iniciaba, puesto que en el primero sólo están una parte de las personalidades que fue conociendo y entrevistando en su larga trayectoria como periodista, pero no llegarían a publicarse esas continuaciones porque el autor falleció en accidente de tráfico el 3 de febrero de ese 1943, antes incluso de que el libro llegara a imprimirse. En este volumen la figura más allegada para nosotros es Federico García Lorca, amigo de Suero, con el que se hizo una foto en el barco que en 1933 trasladó a ambos desde Montevideo a Buenos Aires, cuando el poeta granadino estuvo allí para el estreno de su obra teatral «Bodas de sangre». Al contemplar al orondo Suero al lado de Lorca en la cubierta del barco entendemos su apodo en el mundillo artístico bonaerense: «El Gordo» o «El Sapo»; y nos lo imaginamos en la noche porteña, en mitad de alguna acalorada discusión, sacando a relucir la mala leche que parece que le caracterizaba, mientras su amigo Carlos Gardel intenta contener su violencia diciéndole: «Che, Gordo, tranquilo, tranquilo».
Célebre fotografía coloreada de Gardel tomada por José María Silva.

FUENTE: ALFONSO LÓPEZ ALFONSO 
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