2 de enero de 2016

Claudio López Brú, semblanza histórica del Marqués de Comillas (I)

Claudio López Brú (1853-1925), desde 1883 segundo Marqués de Comillas
Óleo de Antonio López y López. Primer marqués de Comillas. Del libro LA COMPAÑÍA GENERAL DE TABACOS DE FILIPINAS. 1881-1981
Claudio López Brú, segundo marqués de Comillas Capitalista español, hijo y heredero de Antonio López López, que desarrolló un gran activismo católico como segundo Marqués de Comillas, y del que tiene la Iglesia católica abierta causa de beatificación desde mediados del siglo pasado, secundada entonces incluso por la máxima autoridad política de España, por lo que será elevado a los altares si el Papa decide favorablemente. En 1883 tuvo que hacerse cargo del grupo empresarial y financiero levantado por su padre, manteniendo los compromisos adquiridos, entre ellos el patrocinio del Seminario proyectado por Tomás Gómez Carral, que se convirtió en la Universidad Pontificia de Comillas. Mantuvo una excelente relación con las más altas jerarquías de la Iglesia Católica, incluidos los papas León XIII, Pío X, Benedicto XV y Pío XI, y fue uno de los principales impulsores de la Acción Católica en España.
Claudio Segundo Bonifacio Antonio López del Piélago y Brú nació en Barcelona el 15 de mayo de 1853, poco tiempo después de la llegada de sus padres y sus tres hermanos mayores desde la isla de Cuba para asentarse definitivamente en la península.
«Fue Claudio concebido en Santiago de Cuba, al tiempo en que regía aquella archidiócesis el santo Arzobispo Beato Antonio María Claret, después fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Su madre piadosísima cuando llevaba en su seno al niño Claudio tenía la devoción de salir a recibir la bendición del Santo Arzobispo al pasar éste por la calle, para sí y para el hijo que en sus entrañas llevaba. Años más tarde, al contemplar su madre la extraordinaria virtud de aquel hijo, atribuía su santidad a las bendiciones del Beato Claret. Así nos lo ha relatado persona de su familia, digna de todo crédito.» (Eduardo F. Regatillo, S. J., Causa de beatificación del Marqués de Comillas, 1947.)
Claudio López, segundo marqués de Comillas.
Fallecido muy joven su hermano Antonio, al que su padre estaba preparando para ser el continuador de sus negocios, hubo de abandonar la vocación religiosa, que al parecer tenía, para convertirse en el continuador del imperio empresarial familiar. Por aquellos años mantenía una buena relación con el presbítero y poeta Jacinto Verdaguer, contratado en 1876 como capellán de la naviera familiar, y encargado de la capellanía creada en memoria del hijo fallecido. En 1881 contrajo matrimonio con una joven de 17 años, María Gayón Barrie. «Pero pese a su matrimonio con María Gayón y a su nueva situación mantuvo siempre su fidelidad a la Iglesia, hasta el punto, según se cuenta en Comillas, de hacer voto de castidad. Cierto es además que nunca tuvo hijos» (Raquel C. Sánchez, Antonio López..., 1999, pág. 55). El año de 1881 fue muy importante para la familia López, desde hacía tres años marqueses de Comillas: la naviera familiar se transformó en Compañía Trasatlántica, el rey Alfonso XII aceptó pasar invitado el mes de agosto en Comillas, se comenzó a fraguar el proyecto de un Seminario en Comillas, &c. Fallecido Antonio López el 16 de enero de 1883, le sucedió inmediatamente Claudio López en la presidencia de las sociedades mercantiles, heredando el título de Marqués de Comillas y la grandeza de España.
«Esa sociedad civil (o de cuentas de participación) conformada por la marquesa viuda de Comillas y su hijo Claudio para continuar con la casa de comercio de Antonio López aparece como la verdadera sociedad holding del grupo Comillas. Sociedad holding en el sentido más literal del término, es decir, de sociedad tenedora de las acciones, en la cual se fundamentaba el control familiar sobre las diferentes compañías analizadas. Sociedad tenedora que permitió, además, a los marqueses de Comillas: (1) contar con las carteras de otros accionistas muy cercanos; y (2) contar con el saldo de las cuentas corrientes (en algún caso millonario) de dichos accionistas: el hermano del primer marqués de Comillas, por ejemplo, Claudio López y López, tenía al morir en 1888 un saldo positivo de 2.313.405 pesetas, mientras que su yerno Joaquín del Piélago acreditaba, dos años después, un total de 433.368 pesetas a su favor. La cuenta corriente de la marquesa viuda de Comillas, Luisa Brú, ascendía en 1905, en el momento de su fallecimiento, a 504.300 pesetas. Incluso Eloísa López, criada de la familia y antigua esclava de Antonio en Cuba (del cual había tomado su apellido) tenía al morir en 1900 un saldo de 118.815 pesetas, depositadas en la casa de Claudio López Brú, al que además hizo su heredero [Arxiu Nacional de Catalunya, fondo Güell-Comillas, 7.4.20.]. Cantidades considerables que se sumaban al patrimonio propio de los Comillas, aumentando su capacidad operativa y financiera.» (Martín Rodrigo Alharilla, «La casa de comercio de los Marqueses de Comillas (1844-1920): continuidad y cambio en el capitalismo español», en Congreso de la Asociación de Historia Económica, Zaragoza, 19-21 de septiembre de 2001.)
En la entrada dedicada a Tomás Gómez se ofrecen más detalles de la decisiva intervención de Claudio López en el proceso de construcción, definición y puesta en marcha del Seminario Pontificio de Comillas, que inició sus actividades en enero de 1892.
El 13 de noviembre de 1893 fue muy destacada su intervención tras la catástrofe producida en Santander por la explosión del vapor Cabo Machichaco, fondeado en la bahía (y que no pertenecía a su compañía). Se desplazó inmediatamente desde Barcelona en un tren especial y organizó y dirigió personalmente los servicios de bomberos y hospitales (rechazando más tarde nuevos reconocimientos nobiliarios que para él pretendía alcanzar la ciudad de Santander).
peregrinos pobres que llegaban a Roma.
La peregrinación de los obreros a Roma
En 1894, en marcha ya el tercer curso del Seminario Pontificio de Comillas que él mantenía económicamente, tuvo ocasión de volver a demostrar ante León XIII (no se olvide que el papa era propietario de la institución comillesa, tras haber recibido y erigido la institución en 1890) la potencia de la actividad que se realizaba en su entorno. Aceptó la sugerencia del Arzobispo de Valencia y asumió la organización, que financió en su mayor parte, de la gran peregrinación de obreros españoles a Roma, verdadera prueba de la vitalidad de la Acción Social española y del movimiento obrero católico frente a liberalismos, anarquismos y socialismos. En sus barcos viajaron 18.000 –otros dicen 16.000– obreros peregrinos, tres años después de la Rerum Novarum, para agradecer al Papa su preocupación por la «cuestión social» y las soluciones ofrecidas por la más alta autoridad católica, y felicitar a León XIII en el cincuentenario de su ordenación sacerdotal. El «Papa de los obreros» aprovecho la peregrinación española para beatificar a los apóstoles de Andalucía, el Padre Maestro Avila y Fray Diego de Cádiz.
Juventud Femenina de Acción Católica con la bandera de la Federación.
El segundo Marqués de Comillas y la Acción Católica
El mismo año de 1894, después del IV Congreso Católico Nacional Español, celebrado en Tarragona de 16 al 20 de octubre de 1894, la Junta Central de los Congresos Católicos, creada en 1888, se transformó en Junta Central de Acción Católica, siendo nombrado Claudio López su Vicepresidente, cargo que el Marqués de Comillas desempeñó durante treinta y un años, hasta su fallecimiento en 1925. Al año siguiente, en 1926, el Cardenal Arzobispo de Toledo, Enrique Reig Casanova, al publicar los Principios y bases de reorganización de la Acción Católica Española, que promulgaba como su Director Pontificio, reconocía que el propio Marqués había urgido la necesidad de adaptar la Acción Católica a los nuevos tiempos [entre otras cosas: postguerra mundial, revolución soviética, tercera internacional, partidos comunistas, fascismo, &c.]:
«Hace años, el Excmo. Sr. Marqués de Comillas, caballero insigne entre los campeones del catolicismo, preocupado por los sucesos de la guerra europea y por sus consecuencias morales y sociales, pensaba frecuentemente, como presidente de la Junta Central de Acción Católica en España, sobre el momento de modificar los reglamentos y métodos como lo exigían las circunstancias, y de reunir en una sola dirección las fuerzas y asociaciones todas sin mengua de su autonomía peculiar, para los fines propios de la acción católica, que se levantan por encima, sin perjudicarlos ni disminuirlos, de los fines profesionales y materiales. La ocasión se presenta ahora favorable. Así lo han creído mis venerables Hermanos en el Episcopado, a quienes de antemano hemos propuesto los cambios y planes que hemos juzgado necesarios para la organización de la Acción Católica Española; y del mismo parecer han sido también los distinguidos y beneméritos señores de la Junta Central de Acción Católica y del Consejo Nacional de Corporaciones Católico-Obreras y otras personalidades y directores de obras. Pedimos al Cielo que todos los católicos de España mediten seriamente en la necesidad e importancia extraordinaria de la obra que intentamos, sin otra mira ni intención que restaurar todas las cosas en Jesucristo para rendir el servicio más transcendental a la Iglesia nuestra madre y a la Patria.» (pág. 8)
«Nos hemos detenido algo en el extracto de esta Memoria [del Congreso Católico de Tarragona de 1894], por considerarla fundamental y punto de partida de la organización de la Acción Católica en España. Baste decir que las conclusiones adoptadas en el Congreso fueron: Proceder a la reorganización de la Junta Central, compuesta de un Presidente y dieciocho Vocales, designados dos por cada Metropolitano; darle como cargo la preparación de los Congresos, el cumplimiento de las conclusiones, y dirigir la propaganda católica; dividir la Junta, por lo mismo, en tres Secciones y señalarle como Vocales auxiliares los señores Diputados y Senadores que lo sean con la venia de su Prelado; funcionamiento de Junta y Secciones; creación de Juntas o Comisiones diocesanas, auxiliares de la Central, formadas y presididas por los Prelados; autorización para establecer éstos subcomisiones en las cabezas de Arciprestazgo y poblaciones importantes; celebrar una Asamblea general con asistencia de representantes diocesanos. Con arreglo a estas bases se redactó el Reglamento de la Junta Central que ha regido hasta el presente, asumiendo la Vicepresidencia treinta y un años el egregio Marqués de Comillas, hasta su reciente muerte.
Grandes fueron los esfuerzos del Marqués y de la Junta para completar la organización, creando Juntas diocesanas y locales. Para ello se fundó y costeó la Revista Parroquial, que ha dejado de publicarse hace poco. No se ha logrado lo que del esfuerzo había derecho a esperar. Funcionan con vida y acierto algunas Juntas diocesanas de Acción Católica, como la de Oviedo en primer término, que puede presentarse como modelo, y las de Barcelona, Vitoria, Pamplona, Valladolid, Coria, &c., pero estamos muy lejos de la organización completa y robusta, que alcance hasta el último rincón de España, y pueda ser baluarte de los intereses espirituales religiosos y patrios frente a las pérdidas sufridas y a las contingencias del porvenir.» (págs. 68-69).
«Nos complacemos en repetir que estos dos organismos, la Junta Central de Acción Católica y el Consejo Nacional de Corporaciones Católico-Obreras alcanzaron, aun supuestos los defectos inherentes a toda obra humana, especialmente a obra que depende de la cooperación de los demás, frutos excelentes: a ellos se debió, cuando en España apenas se conocían ni ideas ni instituciones de acción católica social, cuando muchos espíritus eran hostiles a este movimiento, la fundación de los Círculos Católicos que es necesario de nuevo reorganizar, extender y federar, para la formación religiosa, moral y cívico-cristiana de los obreros, el Banco de León XIII, primeras propagandas de los Sindicatos agrícolas, la Idea de organización de los Sindicatos obreros católicos, campañas de acción católica y otras muchas iniciativas, que poco a poco fueron como sembrando múltiples y variadas instituciones en el solar patrio, lleno de individualismo y esquilmado, por la revolución, de toda agremiación social. Es también muy de alabar la conducta de la Junta Central de Acción Católica y del Consejo Nacional de Corporaciones Católico-Obreras, que, a pesar de tener confiada la dirección de la propaganda y de las obras sociales en toda la nación, no limitaron la esfera de trabajo a los particulares, dejando, con alto espíritu de quien mira sólo el bien general, el campo libre a las iniciativas privadas.
En el entretanto, a los oídos de todos llegaron las diferencias, quejas y censuras de algunos contra la Junta Central de Acción Católica y contra los Consejos Diocesanos, porque no se acomodaban ya a las circunstancias y no transformaban sus métodos y reglamentos. Pero quizá no había sonado la hora de la Providencia. Porque ¿quién no veía en estos últimos años que era necesaria la modificación de la Junta Central y del Consejo Nacional de Corporaciones Católico-Obreras? Muchas veces el Presidente de la Junta Central de Acción Católica, Excelentísimo Señor Marqués de Comillas, dijo a quien le quiso oír: «Es menester cambiar esto, han pasado muchos años y muchas cosas por el mundo y por España, se requiere hacer con todas las fuerzas y obras organizadas existentes un solo organismo nacional de Acción Católica, al estilo de lo que han hecho los católicos holandeses al constituir la Acción Católica Social, y principalmente los católicos italianos últimamente, al establecer la Acción Católica Italiana, que por cierto viene a confirmar nuestras ideas antiguas de que la Acción Católica en España debe ser una obra sola, nacional, disciplinada, con órganos vivos en cada una de las Diócesis, y teniendo como base la parroquia, una obra donde se reúnan todos los católicos españoles con conciencia de solidaridad y responsabilidad para defender, como católicos y como ciudadanos de una nación católica, los intereses del cristianismo, no sólo en el orden profesional, sino también en otros órdenes muy sagrados, más altos, más generales y sublimes.» Esta idea se llevó al sepulcro aquel ejemplar de caballeros católicos, que sólo anhelaba el momento de que se pusiese en práctica. Cuando fuimos promovido a la Sede Primada Nos dijo, y nos repitió más tarde: «Afronte y lleve a término, sin consideración alguna personal, la reforma que estime oportuna de la Acción Católica. Prescinda de mí, o relégueme al último lugar: estoy gastado con tantos años de actuación. Donde quiera que esté, contará siempre conmigo, y hasta es muy posible que pueda prestar aún mejores servicios a la Iglesia como soldado de fila.» Al hablar así, tenemos la seguridad de que era intérprete a la vez de los sentimientos en que abundan los miembros todos de la Junta Central de Acción Católica y del Consejo Nacional de las Corporaciones Católico Obreras. Teniendo presentes estos datos y las aspiraciones de los católicos, creemos interpretar los anhelos de todos, al reorganizar la Acción Católica Española.» (págs. 74-76) (Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Enrique Reig y Casanova, Principios y bases de reorganización de la Acción Católica Española, promulgadas por su Director Pontificio, Imprenta de la Editorial Católica Toledana, Toledo 1926.)
Claudio López Brú, segundo marqués de Comillas, fue un declarado antisemita
La importancia de Claudio López y de la Universidad Pontificia de Comillas en la acción católica y social de la España de aquellos años es indudable. En la práctica el propio funcionamiento de las empresas del Marqués de Comillas, como Hullera Española en el asturiano concejo de Aller. En el plano teórico y organizativo, léase sin más el «Programa de Sociología cristiana» que se estudiaba en la Universidad Pontificia de Comillas en 1925, año de fallecimiento del segundo Marqués, y la actualidad que tenían entonces lecciones como las siguientes:
«Lección 26. Del Capital. Concepto y clasificación del capital. –Formación del capital. –Teoría marxista del plus valor. –Refutación de la teoría de Marx. –Formación legítima del capital. –Juicio crítico del Capitalismo según la encíclica «Rerum Novarum».
Lección 27. Concepto de la propiedad. –Caracteres de la propiedad. –Clasificación de la propiedad. –Comunismo. –Anarquismo y socialismo integral, agrario y de Estado. –Sovietismo ruso. –Diferencias entre el sovietismo ruso y el socialismo de Marx.
Lección 28. Valor práctico del socialismo de C. Marx. –El socialismo marxista es prácticamente irrealizable. –Antagonismo sistemático entre el socialismo marxista y la religión, especialmente, cristiana-católica. –Juicio crítico del socialismo agrario y de Estado.» (Universidad Pontificia de Comillas, Programa de Sociología cristiana, 1925.)
De ahí que, quizá con una cierta hipérbole justificable en quienes promovían la beatificación de Claudio López, se le atribuyese el mismísimo papel de fundador: «Fue el marqués de Comillas el fundador de la Acción Católica en España», aseguraba Francisco Franco en la carta postulatoria que en 1954 dirigió a Pío XII.
«Su alteza de miras y elevado patriotismo al frente de las empresas que dirige, han dado a su personalidad tal relieve, que constituye, en el mundo social y político, una de las figuras más salientes y populares. Contribuye a ello su labor constante en materias sociales, su espíritu caritativo, y su actuación en el partido católico. Ferviente y entusiasta defensor de la política social cristiana, ha podido ser a un tiempo su propagandista y su ejecutor, aplicándola a las empresas que dirige, donde ha establecido, mucho antes de ser prescritos por las leyes, todos los beneficios de pensiones, retiros, mutualidad, &c.» (EUI 31:181.)
Jacinto Verdaguer visto por Ramon Casas (MNAC)
El Marqués de Comillas y Jacinto Verdaguer
Claudio López continuó con el presbítero Jacinto Verdaguer la relación que inició Antonio López cuando contrató al poeta como capellán de sus barcos: «Gracias a las gestiones del que fue obispo, doctor Estalella, logró entrar como capellán de la Compañía Transatlántica [anacronismo: la naviera de Antonio López no adoptó ese nombre hasta 1881] , permaneciendo en dicho cargo desde diciembre de 1873 hasta enero de 1875. Viajó en los vapores Antonio López, Guipúzcoa y Ciudad Condal, hasta que, fallecido el primogénito de Antonio López, marqués de Comillas [anacronismo: no fue Marqués hasta 1878], y a ruegos del segundo de sus hijos, Claudio, fue propuesto Verdaguer para celebrar en el palacio de los Comillas una misa diaria en sufragio del alma de aquél. Al dejar la vida marítima había terminado ya el poema L'Atlantida, que fue premiado en los Juegos Florales de 1877.» (EUI 67:1416-1417).
El «poema épico catalán» va dedicado a Antonio López, quien costeó la segunda edición de 1878. «También tengo la segunda edición de la Atlántida costeada por nuestro paisano Antonio López», le escribe Marcelino Menéndez Pelayo a Gumersindo Laverde el 13 de diciembre de 1878 (MPEP 3:204). En 1878 formó parte Verdaguer de la peregrinación a Roma, y León XIII se interesó por el poema, que le fue enviado ricamente encuadernado y con una dedicatoria latina redactada por el padre jesuita Fidel Fita. «Veraneando en el balneario de la Preste con Claudio López Brú, marqués de Comillas [anacronismo: no lo fue hasta 1883], compuso la poesía La Barretina, que obtuvo el premio de la Englantina en los Juegos Florales de Barcelona (1880), concediéndosele el título de Maestro en Gay Saber, por ser ya tres las veces que se vio laureado con premio ordinario.» (EUI 67:1417).
En 1881, incitado por Félix Sardá y Salvany, publicó Verdaguer hasta cincuenta cánticos e himnos religiosos apologéticos y de propaganda. Continuaba el «poeta nacional catalán» vinculado a los López cuando Alfonso XII aceptó pasar ese verano invitado en Comillas. «Estos días hemos tenido en la Montaña al egregio Verdaguer, que ha venido como capellán de Antonio López» (MMP a Laverde, Santander 15 septiembre 1881, MPEP 5:163).
«En 1883, en el vapor Vanadis, realizó una excursión en compañía de Claudio López y Manuel Arnús, visitando Málaga, Cádiz, varias poblaciones de la costa de África y algunas de Mallorca.» (EUI 67:1418.) «[En 1885] el entonces ministro de Gracia y Justicia, Francisco Silvela, ofreció reiteradamente a Verdaguer una canonjía vacante en la Catedral de Barcelona, pero el poeta, siempre humilde y modesto, se negó a aceptarla, alegando que con estar en casa del marqués de Comillas ya tenía bastante. Los marqueses, en efecto, le consideraban como un familiar muy querido. El marqués llevóle de compañía en algún viaje. A Comillas iba algunas veces, y allí conoció y trató a la reina Isabel II.» (EUI 67:1418.)
Ejerciendo sin duda funciones de secretario del Marqués de Comillas dirigió la siguiente carta a Marcelino Menéndez Pelayo: «Canuda, 14, 2. Barcelona, 29 junio 1885. Mi ilustre y querido amigo: Otra vez vengo a molestarle a V. y a interrumpir sus preciosos trabajos. Dispénseme V. Por la adjunta podrá V. enterarse del asunto que me obliga a escribirle, creyendo que sólo V. puede darme consejo, pues conoce mejor que nadie el mundo literario de nuestra España. ¿Cree V. que en el estado de división y de guerra civil en que estamos se podrá lograr algo para celebrar dignamente las Bodas de Oro de León Trece en nuestro suelo? ¿Nos daría V. el nombre y sus sabios consejos en caso de que se constituya una Junta organizadora? Ruego a V. me hable con franqueza y no deje de desaprobar el proyecto si no merece su beneplácito. Solo Collell está enterado del asunto, quien guardará la mayor reserva. Dispénseme V. y mande en lo que me crea útil a este su afmo. que se honra con su amistad y q.s.m.b. Jacinto Verdaguer, Prbr.º» (Jacinto Verdaguer a MMP, Barcelona 29 junio 1885, MPEP 7:262). (Se conservan en el Epistolario de don Marcelino Menéndez Pelayo hasta trece cartas que le remitió Jacinto Verdaguer, entre el 25 de enero de 1879 y el 17 de junio de 1891, diez de ellas anteriores a 1885 y entre las últimas, la mayor parte, recomendaciones. Sólo una, la cuarta, escrita en catalán (3:263). De MMP a Verdaguer se conserva una carta, de 25 de enero de 1886 (7:422). Del Marqués de Comillas se conservan dos cartas dirigidas a MMP: en una, sin fecha (22:697), Claudio le dice que María y él le esperan para cenar, junto con Mosén Jacinto; en la otra, fechada el 27 de abril de 1893 (12:310), parece buscar una reunión urgente con don Marcelino: «Mi muy estimado amigo: el duque de Bailén me ha comunicado una noticia con V. relacionada, tan grata para mí, que no quiero aplazar hasta que tenga la oportunidad de ver a V. y no sé cuándo será pues mañana marcho para Barcelona, el manifestarle cuan vivamente me complace...». No se conservan en dicho Epistolario cartas escritas al Marqués.)
Marcelino Menéndez Pelayo, por Kaulak

FUENTE: www.filosofia.org  (Seguir leyendo -Ver segunda parte)
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