12 de enero de 2016

El Gijón de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, camino de la prosperidad

La villa sin servicios municipales en la que se construyó una plaza de toros

Ver artículo del Blog, La Plaza de toros "El Bibio" de fecha 25 de marzo de 2013
http://elblogdeacebedo.blogspot.com.es/2013/03/la-plaza-de-toros-de-gijon-el-bibio.html
Año 1888 construcción de la plaza de toros-Técnicos y obreros
El paisaje urbano era terrible, con calles malolientes y delincuencia En las fiestas de San Pedro participaban caballeros en la lidia taurina
La plaza de toros de Gijón. La ciudad tuvo coso taurino un año antes que París
Aquel Gijón que se había puesto en el camino de la prosperidad gracias a la instrucción nada tenía que ver, sin embargo, con un oasis existencial, ya que padecía problemas cotidianos que no habían sabido ser afrontados desde el Ayuntamiento con la eficacia que demandaba la modernidad en una población que había superado los diez mil habitantes.
No había bombas de agua que pudieran ser utilizadas en casos de incendios, por lo que había que recurrir a los baldes de los vecinos dado que no existía un servicio municipal organizado.
Eso sí, la popular expresión de: "¡Agua va!" imperaba como aviso a los peatones que transitaban por unas oscuras, estrechas y malolientes vías, dado que tampoco el alcantarillado era un lujo del que pudiera disfrutar toda la ciudadanía.
1912 vista desde los jardines de la reina
El paisaje urbano era terrible, aunque la ciudadanía se sintiese feliz con el boulevard de Corrida Street y los balnearios que tanto dinamizaban la vida turística gijonesa. Todo era una pantalla que pretendía ocultar la vida real de lo que ocurría en el otro Gijón no turístico. Los animales domésticos -gallos, gallinas, perros y gatos- deambulaban por las calles sin control alguno y cuando se morían se pudrían en las vías públicas. Hasta se dio el caso, al final de la playa de San Lorenzo, de un caballo que fue pasto de los cuervos entre los montículos del arenal del río -al que con el tiempo le bautizarían con su propio nombre "Piles"- sin que nadie retirase sus restos para evitar las indudables pestilencias a la población.
La villa de Gijón y su puerto hacia 1635.
Archivo General de Simancas.
Los pescadores tenían la costumbre de dejar tiradas al sol en las rampas de los muelles las cajas de madera con los bonitos durante los calores de la canícula estival, a la espera de un comprador que les ofreciese un buen precio. Gaviotas y grandes moscas pegajosas merodeaban por el entorno, lo que no era una estampa sanitaria idílica. La delincuencia campaba tranquilamente por las calles cuando se apagaban las farolas del alumbrado público y los voluntariosos serenos no eran un servicio realmente eficaz que evitase robos de gallinas y demás bajo el amparo de la oscuridad.
Vamos, el panorama social era desalentador en las malolientes calles y el alcalde José Álvarez Jove tampoco encajaba bien las críticas cuando se le reprochaba hasta que hubiese telarañas en la Casa Consistorial.
Gijón1884 muelle Abtao
Los tratamientos médicos más frecuentes eran las píldoras para purgar los cuerpos, los jarabes contra la tosferina y las inyecciones contra las enfermedades venéreas. Muy de moda estaba por aquellos tiempos purificar los cuerpos, las purgas; y el tratamiento más recomendado eran las píldoras del doctor Dehaut de París; mientras en la Farmacia Cortizo se dispensaban jarabes expectorantes contra la tosferina, eficaces pastillas contra las lombrices, jarabe de quina con hierro para las anemias, esencia de zarzaparrilla al yoduro potásico como regenerador de la sangre, inyecciones contra la gonorrea, tópicos antivenéreos contra los chancros fagedénicos y las úlceras sifilíticas, así como líquidos para la curación rápida de tumores hemorroidales.
Viejo puente o pasarela del piles por el 1905
La tradición taurina iba a más porque este tipo de festejos -actualmente tan polémicos- ya formaban parte de nuestras tradiciones populares. Sin ánimo de polémica y con el máximo respeto a todas las opiniones sobre la tauromaquia, conviene recordar que en mayo del año 1075 el rey Alfonso VI procedió a la solemne apertura del Arca Santa, en presencia de sus hijas Urraca y Elvira. Además de tener por testigos a importantes personalidades eclesiásticas y nobles, hasta el mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid Campeador" participó en los festejos destacando entre los alanceadores de toros, ya que entre los eventos que fueron organizados no faltaron tampoco las corridas, lo que demuestra que las raíces de la lidia han estado siempre en torno a la Corte.
De ahí que se pueda reivindicar, sin faltar al rigor histórico, que tanto la cría y consumo de cerdos de pata negra -a los árabes su religión les prohíbe comer la carne de cerdo, ¿o no?- como las corridas de toros fueron realidad aquí en nuestros territorios del Reino Astur antes que en otras tierras más allá de Pajares. En la descontextualización histórica de los orígenes de nuestras raíces ahora también hay que tragar saliva cuando alguien mantiene la peregrina tesis de que para hablar y entender de toros hay que pasar de Despeñaperros hacia abajo.
PRIMER CENTENARIO PLAZA DE TOROS EL BIBIO - GIJON. GIJON TAURINO 1888 - 1988. JUAN MARTIN MERINO 
Las corridas de toros ya estaban presentes en los festejos de San Pedro. Como una prueba más de su arraigo, en el año 1885, con motivo de la conmemoración de la festividad de San Pedro, además de los ritos religiosos con grandes procesiones populares, también había comparsas enmascaradas con saltimbanquis, hogueras donde se quemaban girándulas, ruedas, alcancías y volatines. No había entonces problemas presupuestarios para subvencionar los festejos por parte del Ayuntamiento de Gijón, dado que a los festejos concurrían muchos caballeros del Principado, quienes también participaban en la lidia de toros con utilización del rejoncillo para desjarretar a los morlacos y así darles muerte. La historia es la que es y nunca puede ser negada.
Plaza de toros (El Bibio) - año 1888
De ahí que a nadie le extrañase entonces la iniciativa empresarial de construir una plaza de toros en El Bibio. En el año de 1887 -después de las exitosas experiencias de cosos taurinos ambulantes- se procedió a la constitución de la "Sociedad Plaza de Toros de Gijón", bajo la presidencia de Florencio Rodríguez. Bajo la dirección del famoso arquitecto Ignacio Velasco -quien también se había responsabilizado de la remodelación del nuevo "Gran Café Colón"- las obras fueron acometidas por los constructores Goyanes y Canosa con una gran celeridad, lo que permitió la inauguración del coso. El aforo era de diez mil personas y el presupuesto final fue de doscientas mil pesetas. Se eligió el estilo arquitectónico neomudéjar, que era el que imperaba en el siglo XIX en toda España. El 12 de agosto de 1888 abrió sus puertas y durante tres días se lidiaron toros de las ganaderías de Orozco, Veragua y Medrano, con los matadores Rafael Guerra "Guerrita" y Luis Mazzantini.
Gijón tuvo plaza de toros un año antes que París. Así que al año siguiente, cuando muchos gijoneses pagaron ciento treinta y cinco pesetas por ir en tren -con derecho a veinte kilos de equipaje- en un viaje que duraba tres días a la Exposición Universal de París para extasiarse ante la construcción de la torre de Eiffel, se sintieron orgullosos y tomaron como cosa muy normal que en los Campos de Marte también existiese -igual que en Gijón- un plaza de toros que había sido construida por Mariano Hernando de Larramendi y en cuya corrida inaugural, el 20 de junio de 1889, lidiaron toros Antonio Carmona "El Gordito", Fernando Gómez "El Gallo" y Juan Ruiz "Lagartija".
Torero Gijones Severino Díaz Busto,conocido como el Praderito, en el Bibio en el año 1920.
Aquellos potentados viajeros gijoneses también pudieron extasiarse con otros actos culturales en la Exposición de París, como la música javanesa -que tanto entusiasmó e influyó posteriormente a Claude Debussy- o el espectáculo de "Buffalo Bill", quien deslumbró a todo el personal con la gran tiradora Annie Oakley en su show "Muestra del salvaje Oeste". Aunque en Gijón ya conocíamos, por supuesto, las locomotoras, aquellos intrépidos viajeros gijoneses fueron testigos en primera fila, no obstante, de la tragedia de William Stroudley -el superintendente de "London, Brighton and South Coast Railway"- quien falleció en un lamentable accidente durante una de sus arriesgadas exhibiciones con las revolucionarias locomotoras, que tanto iban a influir en el desarrollo industrial de los países civilizados.
Eso fue, claro, antes de que en Gijón nuestros fontaneros gobernantes alejasen en el siglo XXI las estaciones férreas del centro de la ciudad -sin explicación lógica alguna que justificase semejante atentado urbanístico- en contra de la racional cultura vigente en las principales capitales de la Unión Europea y de Estados Unidos.
Jardinera en el apartadero del  Natahoyo (Gijón) en 1899

FUENTE: MANUEL DE CIMADEVILLA
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