24 de octubre de 2015

Los orígenes del Reino de Asturias

En busca del Reino olvidado
En el siglo XVII se delimitan mejor los reinos: Galicia, Asturias (de Oviedo y de Santillana), León, Extremadura, Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, ... reinolvidado.blogspot.com
Hace poco más de ciento cincuenta años, un grupo de pioneros de la arqueología decidió buscar los orígenes del Reino de Asturias, cargando de tópicos nacionales un pasado que todavía no ha sido comprendido del todo.
Acta de protesta de varios asturianos residentes en Puerto Rico por el intento de venta del “Campo de la Jura”. Foto / A. C. P. M. H. A. O. http://www.atlanticaxxii.com
El periodo de entre-siglos, a caballo entre el XIX y el XX, fue una época fundamental para la arqueología europea y mediterránea, un tiempo en el que se formaron las bases teóricas y metodológicas y el armazón institucional de lo que hoy entendemos por arqueología contemporánea. A lo largo de aquellas décadas se sucedieron las exploraciones de Schliemann en Troya y en Micenas, los trabajos de excavación y restauración de sir Arthur Evans en el laberíntico palacio de Knossos o las primeras propuestas en el método arqueológico desarrolladas por Petrie en Egipto.
Como todo periodo en el que tiene lugar un importante avance en el conocimiento, el de entre-siglos fue un tiempo de heterodoxos, en el que confluyeron personajes de muy distinta condición: unos, los anticuarios, deseosos de encontrar “antigüedades” que enriqueciesen los fondos de los museos; otros, los arqueólogos, que intentaron explicar científicamente el pasado humano a través de los objetos que el tiempo no se llevó consigo. Había un inequívoco interés por poner cara a los príncipes de la Ilíada y a los faraones del Antiguo Testamento, a los más renombrados personajes de la Historia.
Asturias no fue ajena a aquella corriente cultural que recorría las todavía jóvenes naciones europeas en forma de pasión y fervor por la historia. Una actitud hacia el conocimiento del pasado que comenzó por lo que recibiría en aquellos años el nombre de Pre-historia, cuando la investigación de las cuevas y del arte parietal inicia su brillante recorrido de la mano del conde de la Vega del Sella, Eduardo Hernández Pacheco y Hugo Obermaier. Pero en esta época una segunda preocupación rondaba las inquietas mentes de los eruditos locales: Pelayo, Covadonga, la Cámara Santa… el Reino de Asturias en definitiva.
Aurelio de Llano. Foto / Enciclopedia Popular de Asturias. -  http://www.atlanticaxxii.com
Éste constituía el gran referente del pasado regional, y no ya tan solo desde un punto de vista estrictamente histórico, sino también desde su perspectiva más simbólica, casi mitológica. Con algunos precedentes destacados (podemos recordar aquí los estudios de Ambrosio de Morales en el XVI, del padre Carballo en el Setecientos, o de Jovellanos en el Siglo de las Luces) el periodo que abarca desde 1844 -fecha de creación de la Comisión Provincial de Monumentos- hasta la Guerra Civil supuso una época de gran efervescencia en el estudio de la Monarquía asturiana. Cuantitativamente no tuvo parangón. Nunca antes ni después conjugaron a la vez tantos estudiosos una misma preocupación. Y, con sus errores y aciertos, modelaron en gran medida la visión -recargada de tópicos- que aún mantenemos en la actualidad sobre aquellos reyes que habían gobernado el noroeste hispánico.

Poner rostro a la Historia
El crisol en el que se mezclan y preparan todos estos materiales es el mismo en toda Europa: el del nacimiento de la conciencia de los pueblos, las naciones y los Estados; el tiempo en el que el pueblo es considerado como una esencia supraindividual, una entidad con vida propia; un refugio para una parte de las mismas sociedades occidentales que a lo largo del siglo XIX habían contribuido de forma evidente al rápido aumento del conocimiento, del individualismo de la burguesía y de la urbanización, pero sufrían del mismo modo el crecimiento de la inestabilidad, la inseguridad y la desesperación.
Algo que en Asturias es bien visible cuando desaparece en el primer tercio del siglo el tradicional órgano del poder local, la Junta General del Principado, y el Estado liberal desmantela el poder territorial de la iglesia católica, produciendo graves daños sobre el patrimonio cultural, que las élites locales intentarán frenar a través de la Comisión de Monumentos. Aquellas élites creían que, si se perdían los objetos del pasado, se perdería el espíritu y la memoria de sus antepasados asturianos y de una Asturias que había adquirido personalidad propia en la Edad Media, cuando fue nación de naciones.
Se empezaban a publicar extensos tratados que tenían en su fundamento el estudio del Reino de Asturias, como el publicado en 1862 por José María Escandón sobre la Historia monumental del heroico rey Pelayo y sucesores en el trono cristiano de Asturias. Y en todos ellos encontramos el mismo anhelo: había que materializar el mito, y la mejor forma era poniendo rostro a aquellos personajes medievales acariciados por la leyenda. Se iniciaba así la búsqueda de sus restos en sus tumbas, tratando de recuperar la memoria de los reyes en un trasunto a pequeña escala de las por entonces famosas campañas de excavación en el Valle de los Reyes de Egipto. El interés que despertaba la cuestión lo vemos reflejado en los artículos dedicados por Nicolás Castor de Caunedo a “La tumba de Pelayo” (1849) y “El Panteón Real de Oviedo” (1859) en el Seminario Pintoresco Español, a los que seguirían otros muchos firmados por la mano de autores como Nemesio Martínez o Francisco Navarro.
Dibujo de los materiales hallados por Alcaide del Río en el castillo de Peña Manil en 1906 (Diego Somoano, 1960). - http://www.atlanticaxxii.com
Pero ya por entonces algunos eruditos se habían puesto manos a la obra. Sabemos así que en 1851 el abogado cangués Antonio Cortés realizaba excavaciones en uno de aquellos referentes por excelencia, la iglesia de Santa Cruz de Cangas, en la que buscó el sepulcro del rey Favila y encontró el dolmen megalítico. El propio Cortés y Roberto Frassinelli informaban en 1868 a la Comisión sobre las exploraciones realizadas en la tumba de Pelayo de Covadonga en los siguientes términos: “Sobre la existencia del cuerpo de Pelayo en su sepulcro de la cueva nos consta, que habiendo sido reconocido con el respeto que se merece, se hallaron en efecto los huesos aunque desarticulados, casi en número suficiente para componer el esqueleto, los que cuidadosamente se volvieron a enterrar dentro del sarcófago”.
Los enterramientos de los reyes en la corte de Oviedo también suponían un foco de fascinación y, aunque en 1890 Fortunato de Selgas publicaba “La primitiva basílica de Santa María del rey Casto de Oviedo y su real panteón” en el Boletín de la Real Academia de la Historia, habría que esperar a 1926 cuando unas obras en la catedral permitieron a Aurelio de Llano excavar el arruinado y reformado recinto que habían ocupado los antiguos sepulcros regios.

Glorias de nuestra Patria
Un segundo campo de estudio que llamó poderosamente el interés de aquellos eruditos decimonónicos fue el de las cortes regias. La arqueología trataba de esta manera de localizar los escenarios de poder, los palacios y las sedes donde habían tenido lugar los episodios más relevantes del Asturorum Regnum, las traiciones, las alianzas o los golpes de Estado. Por entonces Eusebio Martínez de Velasco publicaba en La Ilustración Española y Americana su artículo “Cangas de Onís, corte de los primeros reyes de Asturias” (1882), y en general interesaban todos aquellos vestigios relacionados con el boato cortesano, los “escudos de armas de los reyes de España”, las cruces de la Victoria y de los Ángeles o las lápidas con inscripciones, campo el que destacaron sobremanera los trabajos de recopilación y lectura realizados por el Padre Fita y el epigrafista alemán Emil Hubner.
En el imaginario asturiano construido en aquellos años, Covadonga era la cuna y el corazón de Asturias. Por ello, ante el estado de abandono en el que se encontraba el santuario desde finales del siglo XVII, los eruditos románticos afrontaron no solo el estudio del lugar, sino también propusieron su restauración. Tal es el caso de Nicolás Castor de Caunedo, el principal arqueólogo romántico asturiano, que ya en 1849 presenta a la reina Isabel II un Proyecto para erigir en Covadonga un monumento para recuerdo de las antiguas glorias de nuestra Patria.
Aurelio de Llano Roza de Ampudia (1868-1936), entrevista a un aldeano de las montañas de Quirós en octubre de 1921.
Llama además la atención como estos escenarios habían trascendido entre la ciudadanía más burguesa, circunstancia ejemplificada en el contundente acta de protesta firmada en 1894 por varios asturianos residentes en Puerto Rico denunciando el intento de venta por parte del Ayuntamiento de Cangas de Onís del “Campo de la Jura”, el lugar que había sido “donde primeramente se congregaron los que iban a defender nuestra Religión Católica y nuestra independencia, y allí, en presencia de Don Pelayo, juraron todos luchar hasta morir por conseguir sus ideales”. Paradójicamente sería la isla caribeña la que acabaría independizándose de España tan solo cuatro años después.
Las iglesias regias y los espacios religiosos, referentes del catolicismo nacional, constituyeron el tercer ámbito predilecto para los arqueólogos e historiadores del momento. Una obra pionera sería la publicada por José Caveda y Nava en 1844 bajo el título Memoria histórica de los templos construidos en Asturias desde la restauración de la monarquía gótica hasta el siglo XII, a la que seguirían numerosos fascículos rubricados por autores como el ya mencionado Castor de Caunedo, Amador de los Ríos, Juan Facundo Riaño o Fortunato de Selgas.
Pero a estas alturas el interés por la arquitectura asturiana había traspasado irremediablemente las fronteras asturianas -incluso las españolas- publicándose en 1865 en Inglaterra “The Asturias and its Antiquities” en la revista The Gentleman’s Magazine and Historical Review a partir de un viaje realizado en el verano de 1863 por el reverendo H. F. Tozer -famoso en vida por las crónicas de sus viajes por Grecia y Turquía-; o  en Toulouse la Notice sur Santa María de Naranco et San Miguel de Lillo. Eglises Asturiennes (1893), bajo la firma del Conde de Sainte-Saud.

Romanticismo histórico
En este febril contexto las excavaciones arqueológicas en los templos no se harían esperar. Se realizaron en San Miguel de Lillo a mediados del siglo XIX los trabajos que le dieron el aspecto que tiene en la actualidad. Y tuvo lugar la recuperación de importantes restos arqueológicos durante las obras de restauración de Santa María del Naranco de 1883. Unos años después, en 1899, la Comisión de Monumentos excavaba en la Cripta de Santa Leocadia bajo la Cámara Santa. Tras levantar las lápidas y encontrar unos esqueletos humanos Inocencio Redondo, encargado de los trabajos, solicitaba ayuda a Antonio Martínez, profesor de la Facultad de Ciencias, para identificar “dos sepulturas con restos humanos de fecha incierta hasta el presente”, en lo que se puede entender como los primeros atisbos en la formación de equipos interdisciplinares y la colaboración entre arqueólogos y antropólogos.
Museo Arqueológico de Asturias
Finalmente, y como no podía ser de otra manera, los castillos de los reyes astures también recabaron la atención de aquellos pioneros de la arqueología medieval asturiana. Ahí están, entre otras, las publicaciones de García del Real sobre las “Ruinas del castillo de Tudela” en la Revista de España (1870), o de Castor de Caunedo sobre el castillo de Gauzón en el Semanario Pintoresco Español (1844), teñidas la mayoría de las veces de una fuerte carga de romanticismo histórico. Les interesaba constatar aquellos emplazamientos desde donde se había conseguido derrotar a los musulmanes. Surgía así en 1868 un primer proyecto de excavación en el castillo de Gauzón que no llegaría a materializarse. Donde sí se realizaron excavaciones fue en el castillo de Peña Manil a cargo de Herminio Alcaide del Río, quien en 1906 escribía al anticuario Sebastián de Soto Cortés: “Ayer de madrugada, acompañado del Sr. Escandón y dos obreros, me he dirigido al alto de Peña Manil a hacer exploraciones…, olfateo que estoy ante un baluarte de las huestes de Pelayo, ya veremos qué resulta…”.
Los descubrimientos arqueológicos en aquellas tumbas, palacios, iglesias y castillos (en nuestra particular Troya, en nuestro Valle de los Reyes) sirvieron para construir durante aquel periodo de entre-siglos el imaginario colectivo de un Reino. Su gran poder simbólico e integrador no pasaría desapercibido, y años después sería hábilmente empleado durante el franquismo como memorial conmemorativo de la gesta de un pueblo vencedor. Su mejor ejemplo lo encontramos en el Jardín de los Reyes Caudillos de la catedral de Oviedo.
En la actualidad la arqueología medieval asturiana vive su segundo periodo de entre-siglos. No sabemos cómo será juzgada en el futuro, con todos sus defectos; pero lo que sí se puede afirmar es que es muy consciente de las limitaciones de la vieja historia local; que ha ampliado su objeto de estudio, situando en la misma balanza a siervos y señores; y que intenta responder, con las armas de la ciencia, a las mil preguntas que el pasado, ese apasionante y desconocido territorio, nos hace a los historiadores.
Cruz de la Victoria e inscripción procedente del Palacio de Alfonso III
FUENTE: ATLÁNTICA XXII (Revista asturiana de información y pensamiento)
AUTORES: Alejandro García Álvarez-Busto y Fructuoso Díaz García / Arqueólogos*.

NOTA: * Los autores de este artículo quieren agradecer al historiador José Antonio Fernández de Córdoba la documentación facilitada.
________________________________________________
________________________________________________
NOTA: Si te ha interesado esta entrada y quieres preguntar, comentar o aportar algo al respecto, puedes dejar un comentario o escribir a mi dirección de “correo del blog” con la seguridad de ser prontamente atendido.

¡¡¡Difunde “El blog de Acebedo”  entre tus amistades!!!

Sígueme en:
  • § Twitter – “El blog de Acebedo”

No hay comentarios:

Publicar un comentario