4 de febrero de 2013

Luis Arias Martínez (Navia)

 
"Luis Arias Martínez", cafetero en Puerto Rico

Natural de Navia, constituyó junto a sus sobrinos una de las grandes empresas del sector del café, con sucursales en todos los continentes, y regresó para levantar un palacio a la entrada de su villa natal

Parece que era norma para hacerse rico en Cuba ser tabaquero y en Puerto Rico, cafetero, y entre una y otra producción, la del tabaco y la del café, está la del azúcar, que tenía en Cuba un volumen y un arraigo parecidos a los del tabaco, con la única diferencia de que el tabaco era planta autóctona y el azúcar, en cambio, era producto de una aclimatación que resultó ser un éxito completo. Cuando Colón vio a un indio en una piragua con algo en la boca que le pareció un tizón, pues era oscuro y echaba humo, estaba viendo algo realmente nuevo para un europeo: algo que un europeo veía y olía por primera vez. En cambio, la captación del azúcar sigue otro proceso, aunque debe quedar bien claro que azúcar y tabaco son productos vegetales del mismo clima, pero su aprovechamiento y explotación siguieron vías y procedimientos diferentes. La explotación del azúcar empieza en unas fechas muy tempranas de la colonia, pues ya en el año 1523 unos frailes dominicos fueron los primeros que sembraron cañas de azúcar en Cuba, aunque el ilustre etnógrafo cubano Fernando Ortiz prefiere considerar a Cristóbal Colón como «el primer azucarero de América».

Fernando Ortiz es autor de un libro magnífico, fundamental, titulado «Contrapunto cubano del tabaco y del azúcar», obra voluminosa y muy completa, a la que Bronislaw Malinowski describe en el prólogo como «una obra maestra de investigación histórica y sociológica, tan magistralmente condensada y documentada como libre de toda erudición pedante y estéril». Ortiz afirma en ella que «el contraste entre el tabaco y el azúcar se da desde que ambos se juntan en la mente de los descubridores de Cuba. Cuando, a comienzos del siglo XVI, ocurrió la conquista del país por los castellanos que trajeron al Nuevo Mundo la civilización europea, ya la mente de estos invasores era impresionada fuertemente por dos hierbas gigantes. A la una, los mercaderes venidos del otro lado del océano la contaban ya entre las más fuertes tentaciones de su codicia, y a la otra la tuvieron como el más sorprendente hallazgo del descubrimiento y como peligrosa tentación de los diablos, quienes por tan inaudita yerba les excitaban sus sentimientos como un nuevo alcohol, su inteligencia como un nuevo misterio y su voluntad como un nuevo pecado». El tabaco provocó siempre curiosas suspicacias, desde las de la Inquisición a las del socialismo posmoderno, y nada digamos de las gentes indoctas y supersticiosas, como el criado de monsieur Nico (de quien procede el nombre de nicotina), que al ver a su señor fumando apaciblemente una pipa, le echó un jarro de agua por encima, temiendo que estuviera quemando por dentro o en posesión de los demonios y por su boca salieran los humos del infierno. Claro que los humos del infierno huelen a azufre y los del tabaco extienden aromas deliciosos. A estas alturas de la posmodernidad, las peores enemigas del tabaco son las ministras posmodernas como la Salgado, que como no creen en el diablo ni en la otra vida, creen en la salud maníaca y que el tabaco es nocivo, porque, como afirmaba inteligentemente Chesterton, desde que no se cree en Dios, se cree en cualquier cosa. Por el contrario, según Grande Cobián, el mayor perjuicio que puede causar el azúcar es a la dentadura.

Siendo cultivos distintos, dieron lugar, como es lógico, a distintos tipos de cultivadores. De los tabaqueros ya hemos mencionado al riosellano Ramón Cifuentes. En cuanto al negocio del azúcar, en el artículo anterior nos hemos ocupado de Pedro Alonso; su cuñado, Manuel Rionda era conocido en Cuba como el rey del azúcar. Queda un tercer producto por considerar, el café, inseparable del tabaco y del azúcar. Al negro y amargo café se le quita bravura con azúcar, y es compañía indispensable, en las sobremesas, del tabaco. Antes, encender un buen puro era ritual indispensable de las sobremesas. Ahora esa costumbre no sólo se ha perdido, sino que van a prohibirla. Los propietarios de restaurantes observan que los no fumadores comen (a ser posible con agua mineral y viandas bajas en colorías) y se van como si fueran a perder el tren o a apagar un incendio. En cambio, los fumadores dilatan el momento de levantarse de la mesa y tomando consumiciones preferentemente alcohólicas. De manera que, desde un punto de vista estrictamente comercial, resultan más convenientes como clientes los fumadores que los no fumadores.

El café, inspirador de amenas sobremesas y de algún que otro insomnio, no es exclusivo de las Antillas, sino que está distribuido por las zonas cálidas de todo el planeta. A lo largo del siglo XIX, el café de mayor prestigio era el de grano pequeño, redondo, amarillento y muy aromático de Moka, cuyo centro de comercio era Yemen; también el café de las Mascareñas, de grano grueso y alargado, y menos oloroso, procedente de las islas de Mauricio y de la Reunión. También fue muy apreciado el café de Sumatra, Java y Filipinas, islas a su vez buenas productoras de tabaco, y en América los cafetales de Brasil, Cuba, Haití y sobre todo el «caracolillo» de Puerto Rico, cuya mezcla con el moka constituye el mejor café del mundo, en opinión de los entendidos.

Al café se dedicó en Puerto Rico el indiano Luis Arias Martínez, nacido en Navia, en el seno de una familia numerosa y humilde. Su sobrino, el ilustre escritor Luis Romay G. Arias, a quien la timidez y la modestia impiden dar más frecuentes frutos de su talento literario, le describe «pícnico, de mirada acuosa y con bigote sumamente poblado; usaba leontina de oro, con dije y medallón, y un reloj de bolsillo con tapas de oro, con águilas resplandecientes, además de unos espectaculares gemelos, confeccionados con monedas de dólares de oro. Completaban su peculiar fisonomía unas gafas de oro, con cristales en verde, y un tresillo de diamantes, adquirido en un «trust» de la madrileña Puerta del Sol». Es el retrato típico del indiano clásico. Otros muchos detalles de su biografía y obras contribuyen al clasicismo del personaje, y en lugar eminente la construcción del palacete Arias, que es ornamento importantísimo y característico de la villa de Navia y en la actualidad sede de un cómodo y excelente hotel.

Aunque Luis Romay no precisa las fechas (me guío por su notable contribución al volumen «10 estudios sobre emigrantes asturianos a América», coordinado por Servando Fernández Méndez), es de suponer que embarcó joven «con la idea de obtener rápidos beneficios que les habrían permitido un acomodado retorno y el apoyo a los familiares que aquí quedaban esperando ansiosos la llegada de noticias y, como no, el día del feliz y definitivo regreso». Esa era la meta de los jóvenes emigrantes, y desde luego, la de Arias.

Arias, desembarcado en Puerto Rico, se introdujo desde el principio en el negocio de los cafetales, en el que ya otros asturianos habían hecho grandes fortunas. Para consolidar la suya, Luis Arias Martínez reclamó a sus sobrinos Indalecio y Luis, con quienes fundó la razón comercial «Arias y Sobrinos», que hacia el año 1922 era de las más importantes de la isla, con sucursales en todos los continentes. Sin embargo, y a pesar de la magnitud del negocio, en su dirección predominaba un sentido muy tradicional del ahorro, basado en el principio de que todo gasto superfluo que se evita es ganancia. Siguiendo este inefable principio de gestión, para abaratar costes de transmisión, Arias y Sobrinos decidieron prescindir del envío de telegrama de aviso, sustituyéndolos por un sistema de claves alfabéticos-numéricas, que sin duda resultó eficaz, además de barato, porque el negocio no pareció resentirse por prescindir del servicio telegráfico. Esto puede deberse también a la buena suerte de Arias, señalada por Romay. Cuando los ciclones caribeños azotaban la isla, los cafetales de Arias no resultaban afectados. En rigor, el más afectado era él, que caía en un estado del postración, del que se recuperaba al comprobar que las fuerzas de la naturaleza desatada le había respetado una vez más. Esto ya desde que desembarcó: porque el barco que le condujo a Puerto Rico, a la vuelta a la patria se perdió en el mar con todo el pasaje a bordo. Este naufragio es, según Romay, la comprobación de la buena estrella del pariente.

Luis Arias regresa a la patria al considerar que ya llevaba demasiado tiempo en las Indias Occidentales, y la obra más importante de su regreso es la construcción del palacio de Arias, a la entrada de la villa de Navia, que encargó al arquitecto Luis Menéndez Pidal. La obra fue iniciada en 1925 y se empieza a habitar en 1929. Posteriores reformas se deben a los sobrinos del indiano, de manera especial al cura y latinista Hilario Arias, autor de una gramática latina muy útil por su buen sentido y claridad. La familia hizo otras obras que contribuyeron al desarrollo local, donando un terreno en El Poste para un parque. Y aunque don Luis Arias padecía diversos achaques (Romay es médico y los detalla), pudo disfrutar todavía diez años de la suntuosa villa. Lo que, según se vea, es otra manifestación de su buena suerte. Pues otros no llegaron a terminar su palacio, o no llegaron a habitarlo, como Íñigo Noriega, que nunca vivió en su palacete de Colombres, «Villa Guadalupe». Arias pasó los últimos años jugando al tresillo y comiendo berzas. Para los horarios de las comidas era de una puntualidad inflexible. Murió el 14 de enero de 1939.

Ilustración de: Pablo garcia

FUENTE:  IGNACIO GRACIA NORIEGA

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