1 de septiembre de 2013

El asesinato del periodista Luis Sirval el 27 de octubre de 1934

El eco de un disparo

El periodista Luis Sirval fue asesinado en la cárcel en el 34, cuando iba a publicar una crónica contando cómo había muerto Aida de la Fuente




El final de Aida de la Fuente, una adolescente comunista muerta en la Revolución del 34 en San Pedro de los Arcos, está rodeado de controversia y arrastra consigo otra intrigante historia: el asesinato del periodista valenciano Luis Sirval a manos de Dimitri Ivan Ivanoff, el mismo oficial de la Legión que disparó contra la adolescente asturiana, y no casualmente. Sirval era un redactor del periódico «El Mercantil Valenciano» que, como muchos otros compañeros de fuera de la provincia, había venido a Asturias para informar de los sangrientos sucesos. Aida de la Fuente cayó el 13 de octubre y Sirval fue fusilado en el patio de la Comisaría de Oviedo dos semanas después, el día 27.
Cuando Sirval llegó a Asturias en el otoño del 34 el movimiento revolucionario ya había sido sofocado. El periodista, de 36 años y cuyo nombre real era Luis Higón, fue detenido cuando iba a enviar a «El Mercantil Valenciano», antecesor del actual «Levante» -del mismo grupo editorial que LA NUEVA ESPAÑA-, su tercer reportaje sobre aquellos acontecimientos, en el que hacía referencia a lo ocurrido en San Pedro de los Arcos. En él, a través del testimonio de tres legionarios, implicaba al teniente Ivanoff, del Tercio, en el fusilamiento de Aida de La Fuente.
Juan Antonio Ríos Carratalá, catedrático de Literatura de la Universidad de Alicante, relata en el libro «Hojas volanderas», cómo Sirval fue sacado del calabozo por el búlgaro y otro teniente del Tercio, Florit de Togores, y en el patio, sin juicio, le dispararon a bocajarro.
El Tribunal de Urgencia de Oviedo celebró un juicio en agosto de 1935 sobre la muerte de Sirval. Eduardo Ortega y Gasset ejerció como abogado del periodista muerto y presentó 27 testimonios. El tribunal sentenció que a Ivanoff se le disparó «accidentalmente» la pistola, y a causa de ese «accidente» seis balas impactaron en el cuerpo de Sirval, la última en la sien. El legionario fue condenado a seis meses y un día de prisión menor «por un homicidio por imprudencia temeraria» y, según Ríos Carratalá, nunca cumplió la sentencia.
Un mes después el Tribunal Supremo ratificó el fallo. Estalló el escándalo y los intelectuales de toda España se movilizaron. Unamuno, Machado, Juan Ramón Jiménez y Azorín firmaron un manifiesto en contra de la sentencia.
«Voy a saber toda la verdad. Y a escribirla», se había despedido Sirval de sus compañeros de redacción al salir para Asturias, cuenta Rafael Montaner, del diario «Levante». Sirval llegó a publicar dos reportajes. En ellos se reconoce conmovido por los «interminables llantos, gritos y lamentaciones» de las mujeres de Asturias que recorren los caminos buscando a sus maridos y sus hijos desaparecidos. «Sentado en una roca como si estuviera tomando el sol» se encuentra con un chaval de unos 12 años. «Tiene un tiro que le atraviesa las dos sienes. La cara, negra, muestra un cuajaron de sangre desde la oreja al cuello. Debió alcanzarle una bala perdida cuando se acurrucaba allí huyendo de los tiros. He sacado una fotografía completamente impublicable», escribió Sirval.
La tercera crónica de Sirval sobre la Revolución del 34, la que le costó la vida, le fue incautada en el momento de su arresto y fue devuelta a su familia con varias hojas arrancadas. Nunca pasó por la rotativa.
El reciente fallecimiento de Pilar de la Fuente, la única hermana que quedaba de Aida, reavivó el recuerdo de la muchacha fuera de la fecha en la que es habitual hacerlo, porque lejos de caer en el olvido, la joven, que tenía 16 años el día de su muerte, es recordada todos los 13 de octubre con un homenaje en San Pedro de los Arcos, en el que suelen reunirse simpatizantes socialistas y comunistas.
Sobre las circunstancias en las que se produjo su muerte hay diversas versiones. El historiador David Ruiz recoge en su libro «Octubre de 1934. Revolución en la República española» la de «los insurrectos y familiares». Según ellos, la muchacha recibió dieciséis disparos, a juzgar por los agujeros que tenía el vestido que luego devolvieron a sus padres, y estos fueron realizados por Dimitri Ivan Ivanoff. La joven, según esta versión, hacía de correo y fue interceptada cuando intentaba informar a sus compañeros de las posiciones de las fuerzas del Estado. Hay otro relato de los hechos, también recogido por David Ruiz en su libro, y es el de los mandos de las tropas africanas que contaron que Aida de la Fuente respondió con una ametralladora a los disparos de los soldados de la Legión.
La revista gráfica «Estampa», del 3 de noviembre de 1934, uno de cuyos ejemplares guarda la Hermandad de Defensores de Oviedo recoge esta última versión. El cronista afirma que Aida de la Fuente era muy conocida en Oviedo «por el mote de la Libertaria» y explica que «la mató un legionario, que me ha contado como estuvieron otros dos compañeros suyos y él a punto de sucumbir ante la indomable muchacha: ella estaba a la puerta de la iglesia de San Pedro con una ametralladora». Detalla que en unos segundos la jovencita hizo un par de bajas entre los legionarios, dos sargentos. El hombre que refiere aquellos hechos, el legionario Torrecilla, aseguraba ser quien la había matado. Le ofreció rendirse, contó al periodista que le escuchaba, pero la muchacha le respondió golpeándole con una barra de hierro en la cabeza. Él cayó al suelo, aturdido por el golpe, y atinó a disparar más rápido que ella, cuando vio que la joven, vestida de rojo y «muy guapa», se sacaba una pistola del pecho.
Aida de la Fuente, por su juventud y su condición de mujer, se convirtió en símbolo de la Revolución del 34 pero con ella, en San Pedro de los Arcos, cayeron por lo menos otras seis personas, según recoge en su libro David Ruiz. Entre ellos, cuenta, había un recién casado al que aquel 13 de octubre le quitaron la vida y escaparon con sus regalos de boda.


FUENTE: 

Informe Sirval. "El Asesinato de Luis de Sirval".


Desde nuestra Onda Roja emitimos un espacio dedicado a investigar y a poner negro sobre blanco los crímenes cometidos contra el proletariado español.

La denominación del espacio toma su nombre del pseudónimo utilizado por el periodista valenciano Luis Higón Rosell, asesinado de forma alevosa en una comisaría de Oviedo cuando investigaba para el diario “La Libertad” los asesinatos cometidos por el ejército español contra el movimiento revolucionario asturiano.

En memoria de Luis de Sirval comienza esta serie de episodios en los que se pone de manifiesto la cobardía de los perros de la burguesía y el heroísmo de nuestra clase obrera.
Y que mejor homenaje que continuar con la labor periodística que inició Luis de Sirval, por eso hoy contaremos este negro episodio, uno de los tantos en que los poderosos se bañaron con la sangre de los trabajadores.
Madrid, 5 de Octubre de 1934, la Alianza Obrera de Asturias ha declarado la Huelga General Revolucionaria. Las redacciones de los diarios de toda España abren sus ediciones con noticias del movimiento revolucionario en Asturias.La mayoría de las publicaciones de la prensa obrera llevan tiempo suspendidas entre ellas las pertenecientes al PCE, como Mundo Obrero o La Tierra, pero no sólo ellas las socialistas Claridad o El Socialista o las libertarias como Tierra y Libertad, incluso los periódicos republicanos mas moderados están suspendidos, solo los periódicos de la reacción pueden sacar durante los días de la revolución sus ejemplares a la calle.
El proletariado asturiano al grito de UHP, se alzaba contra el Gobierno de la República proclamando el inicio de la Comuna. A la mañana siguiente de la declaración de la Huelga General los comités revolucionarios han construido el nuevo poder en la mayoría de los conceyos de las cuencas mineras, han detenido a las autoridades y han asaltado los cuarteles de la Guardia Civil. El Consejo Revolucionario de Asturias que representa a los tres principales grupos que forman la alianza obrera; socialistas, anarcosindicalistas y comunistas y  a cuya cabeza esta el dirigente ugetista del sindicalismo asturiano Ramón González Peña, decide el avance hacia la capital de la región.
Las fábricas de armas, como las de Trubia, Mieres, o La Vega, caen en manos de los mineros, abasteciendo, aunque de forma insuficiente, a las columnas que marchan a Oviedo y a los comités revolucionarios que mantendrán la comuna durante casi dos semanas.
En Madrid, el ministro de la Guerra, el Radical Diego Hidalgo, coloca al frente al frente de la represión del movimiento insurreccional al General López Ochoa, al comandante de la Guardia Civil Lisardo Doval, apodado el carnicero de Asturias que tendría que exiliarse tras demostrarse que bajo su responsabilidad se practicaron miles de torturas y asesinatos sobre la población de Asturias.
Hidalgo a pesar de tomar la decisión de colocar a López Ochoa al frente de la represión, más influido por su jefe de Partido, Alejandro Lerroux, que por convicción propia y que hace desconfiar al ministro, dado su conocida pertenencia a la masonería, se entrevista con los generales Franco y Goded, quienes le recomiendan que envíe a los cuerpos coloniales. Al día siguiente son movilizados los regulares  y el Tercio al mando del Teniente Coronel Yagüe.
Mientras, tres columnas de milicianos rojos, una proveniente de Trubia, otra de Mieres y otra de La Felguera y Sama de LLangreu atacan Oviedo.
El contingente militar cuenta con 18000 efectivos al mando de Lopez Ochoa, que avanza hacia Oviedo desde Galicia, tras conquistar Grado y Pravia, a ésta hay que sumar la columna que desde el Este manada Solchaga a la que desde el Sur manda Bosch-Balmes y el ataque desde el Norte gracias al  desembarco de las cabilas mercenarias que el día 9 ocupan los puertos de Candás, Avilés y Gijón, cuyas poblaciones quedan controladas al día siguiente siendo pasados por las armas los insurrectos. En la noche de ese mismo día son bombardeadas por la aviación gubernamental poblaciones centrales de la cuenca minera del Nalón como Mieres.
En la capital asturiana los revolucionarios han conquistado la mayoría de edificios importantes, como el cuartel de Carabineros, la comandancia de la Guardia Civil, a falta de conquistar el edificio gubernamental defendido por el Cuerpo de Asalto, vuelan la catedral de la vetusta ciudad, la Biblioteca de la Universidad o el Banco Asturiano símbolos del viejo y anquilosado poder burgués.
Pero desafortunadamente a los ocho mil revolucionarios a los que les sobra entrega a la causa, solamente cuentan con los pocos pertrechos traídos de las fábricas de Trubia o Mieres, la abundante dinamita que poseen no será suficiente para hacer frente a las tropas gubernamentales que han defendido algunos edificios en la capital asturiana.
Mientras en Oviedo los combates prosiguen, en el interior el avance de las tropas africanas va tiñendo de sangre proletaria el verde suelo de Asturias.
Sería durante los estertores de la revolución cuando encontró la muerte Luis de Sirval, mientras era testigo de la defensa de las últimas plazas que controladas por el comité revolucionario como la Iglesia de San Pedro de Los Arcos de Oviedo. Una de las últimas informaciones de las que sería testigo  Luis de Sirval iba a ser el asesinato, de nuestra Rosa Roja, Aída de la Fuente.
Es más que probable que el ser testigo de aquel crimen fuese lo que le costase la vida. Sus últimas notas tomadas a lápiz en una cuartilla decían lo siguiente: ''Daída Peña (probablemente por el segundo apellido de Aida: Penaos), 16 años, la fusiló el Teniente Dimitri Ivan Ivanov.
Iglesia de San Pedro.
Fusilaron 7 en seguida.'
El Asesinato de Aída de la Fuente y de los seis milicianos, presenciado por el joven periodista, parece a todas luces el motivo de la vendetta. Desconocemos, dado que no hay ninguna fuente que así lo diga, cual fue el motivo de su detención. La única información disponible, es el informe que el diputado leonés, Félix Gordón Ordás, miembro en aquel momento del todavía existente Partido radical Socialista que lideraba Marcelino Domingo, y en el cual decía lo siguiente: El día 27 de octubre, a las cuatro de la tarde, entraron en tropel en los calabozos de la Comisaría de Investigación y Vigilancia de Oviedo tres oficiales del Tercio diciendo que buscaban a un individuo. Llegaron en sus pesquisas a un calabozo oscuro y sin cama, que daba al pasillo; allí estaba Sirval. Uno de los oficiales, el mismo que después le mató, dijo: “Tú ¿quién eres?” Y él contestó: “Soy un periodista.” El oficial replicó: “¿Tú periodista? Tú eres un asesino y ya no vas a matar a nadie más.”, Sirval exclamó emocionado: “Me confunden, me confunden; yo soy inocente.” No hubo ninguna respuesta. Entre los tres sacaron a Sirval al patio a empellones y sin mediar otras palabras se dispararon allí sobre Sirval hasta siete u ocho tiros, y tras un intervalo de segundos, un tiro más. ¿El de gracia?

Después de matarlo, y no antes, el mismo oficial que asesinó a este ilustre periodista destrozó a machetazos un maletín de cuero que Sirval llevaba consigo, y de él sacó un libro y unos papeles, diciendo: “Aquí, aquí está la relación de las personas a quienes éste iba a matar.” Una vez realizada la hazaña se iban los tres oficiales del Tercio; pero uno de los policías de guardia, al parecer un cabo, les dijo que a él se le había entregado un preso y allí quedaba un cadáver, y que él no se hacía responsable. No sé lo que pasaría después; probablemente le dejarían hecho algún informe.

Al día siguiente, al mediodía, se llevaron el cadáver, que antes había sido visitado por varias personas. Estuvo muerto Sirval en el patio y tapado con unas tablas su cadáver durante veinte horas. Desde algunas casas próximas se vio lo ocurrido y de ellas salieron gritos de horror. Antes de asesinarlo se había registrado su habitación en la casa en que estaba hospedado. ¿Cuál fue el motivo de este asesinato? Hay cinco testigos, los nombres de los cuales obran en mi poder.”
Aquel oficial del Tercio que descerrajó aquellos seis tiros sobre Luis de Sirval, era Dimitri Ivan Ivanov, el mismo que había asesinado vilmente a la revolucionaria asturiana Aída de la Fuente y que mandaba el pelotón encargado de fusilar a los otros seis mozos comunistas que defendían junto a la Rosa Roja, Aída de la Fuente  la posición de San Pedro de los Arcos.
El asesinato de Luis de Sirval, se producía según los datos que disponemos en la tarde del 14 de Octubre, cuando fueron aplastados los últimos de la resistencia obrera en la capital asturiana   
Tras la conquista de Oviedo por el cuerpo de infantería al mando de General López Ochoa la revolución queda dañada seriamente desapareciendo los focos rebeldes de las zonas urbanas quedando relegada a los pequeños pueblos de las cuencas mineras del Nalón y del Caudal.
Tras los últimos combates la capitulación es pactada entre el socialista Belarmino Tomás, representante del Consejo y el General López Ochoa la noche del día 15 de Octubre.                         La contundencia criminal del gobierno radical-cedista conmueve a la opinión pública dentro y fuera de España, las instantáneas aparecidas en los distintos periódicos hacen que el presidente del consejo de ministros, Alejandro Lerroux, se vea obligado a abrir una comisión parlamentaria que investigue lo ocurrido en Asturias, en la que estarán presentes importantes juristas progresistas como Clara Campoamor o el Socialista Fernando de Los Ríos. Mientras, en los círculos obreros de toda España se clama venganza contra los canallas que asesinado vilmente a casi 3000 obreros y han encarcelado y torturado a casi 5000.
El periodista anarquista Eduardo de Guzmán, que en aquel momento es compañero de Luis de Sirval en la redacción de la Libertad, escribía esto en una crónica fechada el día 17 y que no vería la luz hasta unos meses después, tras restablecerse las garantías constitucionales, “El aspecto que ofrece Oviedo es el de un territorio colonial, en el cual los moros y los legionarios ríen y hacen bromas, junto a los cadáveres obreros que muestran la poca vergüenza de este Gobierno, que ha machacado polaca y moralmente lo que supuso para el pueblo español el 14 de Abril de 1931”
MUSICA-
El cuerpo de Luis de Sirval, no pudo ser recuperado por su familia hasta un tiempo después, gracias a la intervención del diputado Ortega y Gasset al  que el padre del `periodista había escrito una carta implorando su ayuda para poder dar sepultura.
La investigación judicial inculpó a Dimitri I Ivanov y a otros dos oficiales del Tercio del asesinato de Sirval, el día 6 de Agosto de 1935 en la Audiencia provincial de Oviedo, comienza la vista, que terminaría con un Consejo de Guerra para los tres acusados siendo condenado el mercenario búlgaro por homicidio y los otros dos absueltos de él. Al parecer el asesino de Luis de Sirval fue liberado de la cárcel de Salamanca al comenzar el levantamiento y que murió en Marruecos en el año 1956, aunque no podemos certificarlo.
Pero lo cierto es que el nombre de Luis de Sirval, fue y será un símbolo de nuestra historia, dando nombre a células del Socorro Rojo, a cuadros del Teatro Popular Proletario de la misma organización y a ser citado durante todo el proceso de la revolución española y de la resistencia del pueblo ante el fascismo, a casi 77 años de lo ocurrido este nombre resplandece en la Historia de la memoria antifascista de nuestro pueblo, ¡Luis de Sirval, siempre entre nosotros! 
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El caso Sirval

Muerte "accidental" de un periodista

Sirval fue detenido y asesinado en Oviedo cuando escribía para 'El Mercantil Valenciano' un reportaje en el que implicaba a un teniente de la Legión en el fusilamiento de una joven

«Voy a saber toda la verdad. Y a escribirla». Así se despidió Luis de Sirval (Valencia, 1898 - Oviedo, 1934) de sus colegas de «El Mercantil Valenciano» (EMV) cuando salía para Asturias con el fin de cubrir la fallida Revolución de Octubre del 34 para el antecesor Levante-EMV. Un compromiso con la verdad que le costaría la vida a este reportero que en realidad se llamaba Luis Higón. Fue acribillado a balazos por un teniente búlgaro de la Legión el 27 de octubre de 1934 cuando estaba detenido en la comisaria de Investigación de Oviedo.
Juan Antonio Ríos Carratalá, catedrático de Literatura de la Universidad de Alicante, relata en el libro «Hojas volanderas», la vida de Sirval y otros cuatro periodistas de la República que «pese a protagonizar un tiempo de vértigo, donde la crítica y la información eran una arriesgada apuesta, hoy han quedado relegados a notas a pie de página».
Sirval, que llegó a Asturias una vez el movimiento revolucionario ya había fracasado, fue detenido cuando iba a remitir su tercer reportaje a «EMV». En él, a través del testimonio de tres legionarios, implicaba a un teniente del Tercio, Dimitri Iván Ivanoff, en el fusilamiento de la joven de 19 años Aida Lafuente, quien ha pasado a la historia como «La Rosa Roja» de Asturias.
El oficial y otros dos compañeros, estando francos de servicio, se presentaron en la comisaria y sacaron al reportero de su calabozo. En un pequeño patio de 36 m2 cerrado por muros de 9 metros de alto le mataron sin piedad. Ríos Carratalá califica este asesinato de «crimen de Estado» seguido por un juicio en el Tribunal de Urgencia de Oviedo en agosto de 1935 que fue «una farsa». El legionario sólo fue condenado a seis meses y un día de prisión menor que no cumplió «por un homicidio por imprudencia temeraria».
El tribunal, que rechazó los 27 testimonios presentados por el abogado defensor, Eduardo Ortega y Gasset, entre ellos el de una vecina de la comisaría que presenció el asesinato, consideró un hecho probado que al teniente se le disparó «accidentalmente» la pistola, impactando sobre el periodista seis de los siete tiros que descerrajó, el último de ellos en la sien.
El escándalo, agrandado por el Tribunal Supremo, que apenas un mes después ratificaba el fallo que dejaba el crimen impune, provocó una ola de protestas que llenaron plazas de toros como la de Valencia. Intelectuales de la talla de Unamuno, Machado, Juan Ramón Jiménez y Azorín firmaron un manifiesto en contra de la sentencia.
La victoria del Frente Popular en febrero de 1936, elevó a Sirval a la categoría de héroe de la República y pocas fueron las ciudades que no le dedicaron una calle. Así, la de Las Barcas lució el nombre de Periodista Sirval hasta la entrada de las tropas de Franco en el «Cap i Casal». Hoy ninguna calle de España, ni tampoco de su Valencia natal, llevan el nombre del reportero que defendía que la misión del periodista era «ver y contar».
El hijo de «Manelín el ferroviario», símbolo de la tragedia
«Quince días de guerra bajo la enseña roja». Así tituló Sirval los dos reportajes que envió a «El Mercantil Valenciano» tras cuatro días recogiendo testimonios en las cuencas mineras del drama humano desencadenado por la Revolución de Asturias y su brutal represión por el ejército. El tercer reportaje le fue incautado a Sirval en el momento de su arresto y devuelto a su familia con varias hojas arrancadas. Nunca se publicó. La primera de estas crónicas abrió la portada de «EMV» el domingo 28 de octubre de 1934, cuando en Valencia se desconocía que el reportero había sido asesinado el día anterior.
El periodista llegó en tren a Asturias. En Campomanes decidió bajar del tren que le llevaba a Oviedo, para seguir a pie. «Lo primero que advierto es un olor nauseabundo a carne en descomposición. Los muertos €centenares: soldados y paisanos juntos€ están enterrados a flor de piso, con sólo una ligerísima capa de tierra encima». Aunque en un sólo día llega a ver 27 fusilados, lo que más le conmueve son los «interminables llantos, gritos y lamentaciones» de las mujeres que recorren los caminos en una búsqueda desesperada de sus maridos e hijos desaparecidos.
En lo alto de un monte, le dicen que «está aún al descubierto el hijo de Manelín el ferroviario». «Sentado en una roca como si estuviera tomando el sol», se encuentra con un chaval de unos 12 años. «Tiene un tiro que le atraviesa las dos sienes. La cara, negra, muestra un cuajaron de sangre desde la oreja al cuello. Debió alcanzarle una bala perdida cuando se acurrucaba allí huyendo de los tiros. He sacado una fotografía completamente impublicable». Ésta y el resto de imágenes que captó con su cámara, «que cuando se publiquen darán a conocer lo horrible de cuanto aquí ha pasado», escribió Sirval en una carta que se ha convertido en testamento, fueron veladas durante su detención.

FUENTE:  RAFEL MONTANER
Levante-EMV.com » Comunitat Valenciana
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Matar a un periodista a la fuga.
Más fácil que matar la verdad es disparar al periodista. Cada conflicto suele causar bajas entre informadores que solo van armados con cámaras y cuadernos. A menudo no son accidentes.
Juan Antonio Ríos Carratalá, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, ha investigado las trayectorias de varios periodistas que ejercieron durante la Segunda República, que apenas han pasado a la historia y que mantuvieron posiciones políticas divergentes: el anarquista amante del cine y el teatro Mateo Santos, el anfifascista José Luis Salado, el falangista vasco Jacinto Miquelarena y el empresario de variedades León Vidaller. Los cuatro, “tras avatares que pasan por el exilio, el suicidio y la desaparición, quedaron relegados a las notas a pie de página o los testimonios pronto olvidados”, cuenta Ríos Carratalá en la introducción a su libro “Hojas volanderas”, que ha publicado la editorial Renacimiento. 
Pero si hemos de apostar por una historia, el catedrático recomienda la de Luis de Sirval, el periodista asesinado en 1934 en Asturias, adonde había acudido para informar de los durísimos acontecimientos ocurridos aquel otoño. El valenciano Sirval (Luis Higón Rosell era su verdadero nombre), que trabajaba como free-lance para varios periódicos, había llegado a Asturias cuando ya había sido controlado el movimiento revolucionario y se había desatado una represión salvaje comandada con ferocidad por Lisardo Doval y el teniente coronel Yagüe.  “Recorrió las cuencas mineras durante cuatro días y recabó el testimonio de tres legionarios que habían presenciado lo sucedido en las inmediaciones de la iglesia de San Pedro de los Arcos, de Oviedo, el 13 de octubre”, escribe Ríos.
El periodista fotografió imágenes de tal crudeza que eran de imposible publicación, entre ellas la de un niño de 12 años con un tiro en la sien. Sirval hizo bien su trabajo: logró que tres legionarios le informaran de los sucesos. Daban nombres y aportaban pruebas. El periodista solo falló en algo esencial: la discreción. En algún bar o café soltó lo que tenía entre manos. La información voló por Oviedo. La noche del viernes 26 de octubre fue detenido por la Guardia de Asalto en la pensión La Flora, antes de que el artículo (su tercera crónica) saliese publicado. El autor de Hojas volanderas cuenta que primero fue trasladado al cuartel Santa Clara y finalmente a la Comisaría de Investigación y Vigilancia de Oviedo: “No hubo acusación ni juicio porque urgía ejecutar la sentencia dictada por los denunciados. El periodista fue sacado al patio y asesinado por un teniente del Tercio, que actuó en compañía de otros oficiales”.
En agosto de 1935 se procesó solo a uno, el legionario búlgaro Dimitri Iván Ivanoff, que adujo que el periodista le insultó, le empujó e intentó fugarse, pese a que estaba rodeado de oficiales armados y en un patio tapiado de 36 metros cuadrados. La prensa conservadora se alineó con la tesis del gobierno de Alejandro Lerroux. El fiscal desestimó la declaración de la vecina que contempló la escena desde una ventana y solo tuvo en cuenta testimonios de la defensa. El tribunal de urgencia de Oviedo condenó a Ivanoff a seis meses y un día de cárcel menor y a pagar 15.000 pesetas a la viuda de Sirval, cosa que eludió al declararse insolvente. La mejor recreación de la farsa judicial la escribió otro periodista, que también estaba en la picota, Javier Bueno, tirando de ironía.
 “Lo ocurrido en aquel patio fue esto: Que Luis de Sirval, grande y fuerte como un oso (…), contestó con un bofetón hercúleo y homicida a las mesuradas palabras de un oficial; se abrió paso entre una docena de tiernos servidores del orden en un corredor de un metro de anchura, e intentó huir por donde él sabía de sobra que no había puerta. Entonces, un señor oficial del Tercio, que ha estado en 250 combates, se puso tan nervioso viendo enfadado a un periodista, que se le escaparon todos los tiros de la pistola. Todos los tiros hirieron, mataron y asesinaron por su cuenta y riesgo a Luis de Sirval. Seis meses y un día. Al pelo también. Aquí todo se monta al pelo”.

FUENTE:  Tereixa Constenla

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