26 de agosto de 2013

Oviedo en la Historia

Oviedo - "Doce siglos de Historia".
                                                                                   

Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias en la Cámara Santa de Oviedo http://www.independentrip.com

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En el siglo IV el Imperio romano se extiende por el amplio territorio sobre el cual se asentarán después, las sociedades políticas que hoy llamamos europeas.
El Imperio romano se hace cristiano con Constantino el Grande, deja de concebirse como un Imperio rodeado de bárbaros y pretende hacerse universal (católico), tratando de incorporar al nuevo orden a todos los demás pueblos de la Tierra que presionan sobre él y amenazan siempre con destruirlo. Se ha dividido en dos polos, Roma y Constantinopla.
Pero en el siglo V, los pueblos bárbaros del norte que lo rodean, atraviesan el Danubio y se infiltran en las provincias romanas descomponiendo el Imperio de Occidente. Las partes descompuestas de este Imperio se reorganizan como reinos sucesores: el reino de los francos en la Galia y el reino de los visigodos en Hispania, principalmente. El Imperio romano de Constantinopla, el Imperio Bizantino, se mantiene e incluso pretende recuperar, con Justiniano en el siglo VI, las provincias perdidas.
En los siglos VII y VIII, el Islam –una herejía del cristianismo católico, según la fórmula de San Juan Damasceno– ha heredado el imperialismo ecuménico cristiano y rodea por el sur al Imperio de Constantinopla y a los reinos sucesores de Roma. El Imperio bizantino resistirá durante siglos la presión del Islam, hasta que en 1453 los musulmanes entran en Constantinopla.
Los reinos de Occidente también serán invadidos por las oleadas musulmanas, que arrasan los reinos occidentales. Pero en Covadonga (722) y en Poitiers (732), el impulso musulmán podría ser frenado.
Este primer impulso de resistencia, en Covadonga y en Poitiers, se transformará en muy pocos años, y necesariamente si quería mantenerse, en un impulso de avance indefinido como único modo de detener la presión del Islam, de «recubrir» su Imperio con otro Imperio universal (y no de mera resistencia). El imperialismo surgido de estos reinos sucesores occidentales no está por tanto inspirado solamente por el imperialismo musulmán sino que tiene, el mismo, orígenes cristianos, católicos.
Gracias a esta transformación imperialista del primer impulso de resistencia el orden cristiano de Occidente podrá mantenerse frente al Islam siglos después del hundimiento del Imperio bizantino.
La primera constatación de este impulso imperialista y no de mera resistencia nos la ofrece ya la época de Alfonso I el Católico (vinculado familiarmente a Don Pelayo). Pero, sobre todo, cristaliza cuando Alfonso II, para reorganizar su reino, que se extiende ya a lo largo de toda la cordillera cantábrica, de Galicia hasta Navarra, traslada en el 812 la capital de su reino a Oviedo, como centro de operaciones de un reino que sabe que tiene que desbordar continuamente sus fronteras si quiere subsistir.
Oviedo será así refundado como ciudad imperial, émula del antiguo Toledo, que, a su vez, quiso emular a Constantinopla y a Roma. De este modo, podrá decirse que Alfonso II anima un proyecto imperialista paralelo al que Carlomagno anima en Francia. Carlomagno se extenderá por los actuales territorios de Bélgica y Alemania, masacrando, cuando fuera preciso, a pueblos enteros (lo que no fue obstáculo en el momento de ser elegido como emblema de la actual Europa). Carlomagno también quiere extender su Imperio hacia el Sur, por lo menos hasta el Ebro. Pero será detenido en Roncesvalles (en la batalla del año 808 y no en la del 778): las figuras de Roldán y de Bernardo del Carpio, sobrino de Alfonso II, simbolizan este enfrentamiento.
Alfonso II, desde Oviedo inicia el camino de Santiago y llega hasta Lisboa. El impulso del nuevo Imperio cristiano organizado desde Oviedo en el reinado de Alfonso II se mantiene en sus sucesores. Alfonso III el Magno asumirá ya el título de Imperator Totius Hispanie. Su reino desborda ampliamente el territorio asturiano: Alfonso III funda Burgos y llega en sus correrías hasta Algeciras. Por ello no es propio hablar, a partir de Alfonso II, de los «Reyes de Asturias» —que fueron los reyes originarios-, sino de los Reyes de Oviedo. Los reyes de Oviedo no sólo han frenado definitivamente el avance musulmán en Europa (si no hubiera sido por ellos gran parte de los europeos actuales –españoles, franceses, ingleses, alemanes o belgas— vestirían desde hace siglos chilabas y turbantes y adorarían a Alá), sino que han orientado la dirección de los otros reinos.
El impulso imperialista de los reyes de Oviedo y sucesores, que asumirá durante siglos la forma de una «reconquista» del reino de los visigodos, no se agota en tal forma. Pero la consolidación y crecimiento del nuevo reino exigirá, por razones estrictamente estratégicas, a la muerte de Alfonso III, en el 910, el traslado de la capitalidad del reino de Oviedo a León. Y aquí se formarán nuevos reinos cuyo origen está vinculado siempre a los primitivos, como puedan ser los reinos de Navarra, Castilla o Aragón (en cuyo reino se englobará después Cataluña).  Todos ellos coordinados en un proyecto imperialista implícito que culminará con la toma de Granada en 1492. Pero que no se detiene allí. El impulso imperialista que moldearon desde el principio los reyes de Oviedo no se identifica por tanto con el proyecto de la Reconquista, lo desborda. Los Reyes Católicos, si apoyaron a Colón, no fue tanto, o únicamente, para abrir un nuevo camino hacia Poniente que les llevase a China, al Japón o a la India, sino, sobre todo, para poder envolver a los musulmanes por la espalda, a los musulmanes que acababan de entrar por Constantinopla y se disponían a pasar el Danubio.
El Imperio español de los siglos XVI, XVII y XVIII es así una continuación o resultado del impulso imperialista inicial de los reyes de Oviedo. Un impulso que cobrará fuerzas al andar; por ejemplo, con Alfonso VIII en las Navas de Tolosa.
Por ello sólo podrá medirse el alcance y significación histórica de los reyes de Oviedo cuando se mantenga la percepción de la conexión entre aquel impulso, inicial pero ya plenamente cristalizado, y su resultado, España y la Hispanidad. Quien subestime el significado y alcance de España y de la comunidad de los pueblos hispánicos, tendrá que subestimar también el alcance y significado de los reyes de Oviedo, así como recíprocamente: solamente podrá ponderarse el significado histórico de los reyes de Oviedo cuando se perciba la conexión entre el proyecto imperialista ya iniciado por ellos y el Imperio español que realmente existió. El alcance y significado de un proceso histórico jamás podrá medirse circunscribiéndonos al análisis de la época en que se gestó ese proceso, sino incorporando a este análisis su posterioridad.

                                    Santa María del Naranco
La Expansión del Reino de Oviedo.


Santa María del Naranco
Tras la última incursión de los musulmanes en Oviedo en el año 795, Alfonso II el Casto, que reinó desde el 791 hasta el 842, inicia un proceso de renacimiento y expansión del Reino: se  instituye su capital en Oviedo en el año 812, alcanzando el reino toda la franja norte y consolidándose en la región castellana tras la cornisa cantábrica. En el año 798 Alfonso II realiza una profunda incursión en territorio árabe y conquista la ciudad de Lisboa, obteniendo un gran botín. Con el objeto de establecer alianzas frente al Islam, el Rey Casto decide enviar ese mismo año una embajada a Carlomagno presidida por el embajador Froila y el teólogo Basilisco, donde se ofrecen al emperador francés varios de los objetos obtenidos en el saqueo de Lisboa, como una lujosa tienda de campaña árabe. Muchos historiadores de prestigio, como Claudio Sánchez Albornoz, coinciden en que el saqueo de Lisboa tuvo una gran repercusión en el mundo cristiano, por lo que esta comitiva constituye un acto simbólico en el que el soberano Alfonso II manifiesta su poder ante un Rey nombrado por el Papa y tributario suyo: primero nombrado rey de los francos por el Papa Zacarías en el 751 y después emperador del futuro Sacro Imperio por León III en el año 800.
De esta época también data la Batalla de Roncesvalles, negada por una parte considerable de la crítica desde el siglo XVII pero aceptada por los historiadores franceses, en la que el sobrino de Alfonso II, Bernardo del Carpio, vence a Roldán y a los Doce Pares de Francia en una fecha que se sitúa probablemente en el año 808, año en que se forja la Cruz de los Ángeles, reliquia donada por Alfonso II a la Iglesia de San Salvador de Oviedo, fundada también por el Rey Casto y que incluye la Cámara Santa con las principales reliquias de la cristiandad. Posteriormente en el siglo XI se atribuyó a la cruz una leyenda que supone a dos ángeles como los orfebres de la misma, relatada en la Crónica Silense (año 1115), donde se relaciona a Alfonso II con el arca de las reliquias ovetenses contenida en la Iglesia-Catedral de San Salvador.
La cruz incluye las letras griegas alfa y omega (principio y fin), símbolos del Apocalipsis y de Dios, como se señala en La Biblia. En el brazo inferior de la cruz aparece la inscripción Hoc signo tuetur pius=Hoc signo vincitur inimicus (Con esta señal se defiende el piadoso=Con esta señal se vence al enemigo), resonancia del lema del emperador bizantino Constantino, Hoc signo victor eris (Con este signo vencerás), ya utilizado por el Imperio Romano en tiempos de Constancio II (337-361). Pronto la inscripción se convirtió en un lema de la monarquía ovetense, que también aparece en la Cruz de la Victoria en tiempos de Alfonso III (año 908). Estas inscripciones nos sirven para concluir que la Cruz de los Ángeles es un símbolo del poder de Alfonso II, representado en la donación a la Iglesia de San Salvador de Oviedo, símbolo de un imperio cristiano que se intenta consolidar en Europa con Carlomagno y Alfonso II como competidores, uno al albur de Roma y el otro desligándose de ella.
Pero fundar un imperio cristiano al margen de Roma implica también crear lugares simbólicos y de peregrinaje, fundar una nueva iglesia distinta de la visigoda, que ha quedado en manos de los musulmanes. Alfonso II, con el posterior descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago poco después de ser instituida Oviedo como capital, funda un centro de peregrinaje en Santiago de Compostela, el Camino de Santiago, con una parada obligada, la Iglesia de San Salvador de Oviedo, como bien señala el lema: «Quien va a Santiago y no a San Salvador, visita al siervo y olvida al Señor». Así Alfonso II podría competir con las peregrinaciones cristianas a Roma y las musulmanas a Córdoba, en la línea del imperio cristiano que buscaba construir.

                       Cámara Santa
 Oviedo, Capital simbólica del Reino de España.
Cuando en el 908 Alfonso III traslada su corte a la ciudad de León, la unidad política del Estado no se rompe. Oviedo queda convertida en capital simbólica, en ciudad-relicario, donde se guarda la Cruz de la Victoria  símbolo de la Reconquista.
No sólo la Cruz, sino todas las reliquias que guarda la Cámara Santa (ampolla con la sangre de Cristo, leche de la Virgen, maná, santo sudario, &c.) de la Catedral de Oviedo, se convierten en símbolo espiritual del nuevo Estado que empuja hacia el sur de la Península Ibérica. Según F. J. Simonet, (Historia de los mozárabes españoles, Madrid, 1903, pág 253 y ss.) las reliquias de San Vicente fueron veneradas en Valencia hasta el ataque de Abderramán II a las posesiones de Teodomiro, cuando fueron trasladadas a Zaragoza y de allí al Algarbe,  yendo parte de ellas al territorio asturiano con el abad Fromestano y sus seguidores.
En 1075, Alfonso VI acude a Oviedo para la apertura del Arca Santa junto a su hermana Urraca, con un séquito en el que figura el Cid, cuya esposa Jimena, era copropietaria del monasterio de San Salvador de Tol en Castropol, por el que tuvieron pleito, que perdieron, contra el obispo de Oviedo Arias. Cuando abrieron el arca, salió de ella tal resplandor que cegaba los ojos de los presentes impidiendo ver nada más que la luz:
«Tanta lux emicuit ab illa ut pro ipso splendore oculi non possent aspiciere que habebatur intra claustra arche...». Ante esto, Alfonso VI dispuso que una nueva arca de chapas de plata ricamente labradas y que aún podemos admirar guardase dignamente en adelante tan preciadas reliquias.
Durante todo este periodo, Oviedo ha ido perdiendo importancia como capital política en beneficio de León.  Pelayo de Oviedo, va a intentar que su diócesis vuelva a tener la importancia de épocas anteriores ante el empuje de León, Toledo y Santiago. 
Se desconocen muchos datos de vida de este importante personaje de la Historia de Oviedo, entre ellos el lugar de su nacimiento. Se sabe con certeza, por ejemplo, que en 1098 recibió la consagración episcopal como auxiliar de Martín I, el titular de la sede. Se caracterizó por la defensa de los intereses territoriales de la diócesis de Oviedo.
El obispo Pelayo, tiene una gran significación para el estudio de la historiografía del reino de Oviedo. De su «oficina» salió el Corpus Pelagianus, cuya parte principal está compuesta por el Liber Chronicorum, donde se encuentran copiadas la mayoría de las Crónicas compuestas anteriormente, como la Historia Gothorum, la Historia Universal de S. Isidoro, la Crónica de Sebastián y la de Sampiro. Compuso, además una crónica original, que lleva su nombre y que continúa las anteriores, donde se encuentran sintetizadas y subrayadas todas las características de la historiografía medieval: providencialismo, moralismo histórico; e instrumentalización de la nobleza frente a los intereses de la Iglesia (agustinismo político). El hipercriticismo de diversos autores (i.e. Lucien Barrau-Dihigo) ha cargado las tintas contra la labor historiográfica de Pelayo, tachándole de falsario, fabuloso e interpolador, de forma no siempre justificada. La obra que ha hecho más célebre al obispo Pelayo ha sido el Libro de los Testamentos donde el prelado ovetense recogió todos los documentos relacionados con la situación jurídica, la historia y las posesiones de su diócesis.
La crónica del Obispo Pelayo está a la altura de las anteriores o las posteriores de Silense, Toledano o Alfonso X, por lo tanto, debe ser reivindicado como historiador de España a la altura de los anteriores, luchando contra la leyenda negra de falsario e interpolador que le rodea.
                                   Estatua de Valdés
La Herencia del Gran Inquisidor. 
El inquisidor Valdés Salas dejó en su testamento el deseo de convertir Oviedo en ciudad universitaria.  Además del deseo hizo figurar la cantidad  que debía consignarse a la fundación y construcción de un centro de estudios mayores y gracias a esta donación  se consiguió que Oviedo, además de ciudad imperial, fuese ciudad universitaria. La Universidad de Oviedo es el valioso legado y regalo del inquisidor a la ciudad.Fernando Valdés Salas (1483-1568), fue Arzobispo de Sevilla (1483-1568), y  entre 1529 y 1530 obispo de Elna (Francia). Fue nombrado obispo de Oviedo en 1532, y ejerció dicho puesto  durante siete años (1532-1539). El día 2 de mayo de 1566 firmó su testamento  y murió el 9 de diciembre de 1568, por lo que en el año 2008 se  cumplirán 440 años de su muerte. En su testamento establecía las cuantías que habían de repartirse entre los tres colegios que fundó y  las donaciones a distintos templos y monasterios a los que se encontraba ligado, así como su deseo de fundar un centro de estudios mayores en Oviedo.

«Porque en la ciudad de Oviedo tengo fundado un colegio y es­tudio, en el cual ahora se lee y ha de leer y estudiar gramática hasta que se de orden para que sean otras facultades, y para la latinidad ha de haber en el dicho colegio un preceptor y un repetidor y dos colegiales y tres familiares, demás del servicio de lavandera y cocinero, médico y botica y fábrica de la casa, quiero y es mi voluntad que, para sustentar y alimentar las personas susodichas del dicho colegio, hayan y tengan cada un año trescientas mil maravedíes de renta, demás del pan de renta que yo tengo en la comarca de la ciudad de Oviedo, las cuales dichas trescientas mil maravedíes y pan se han de repartir en las personas susodichas por la dicha orden y forma que a mí, o a la persona que yo para ello nombrare, pareciere que más convenga al servicio de Dios, nuestro Señor, y a la  autoridad y gobierno de la dicha ca­sa y colegio.» José Luis G. Novalín, El Inquisidor general Fernando de Valdés, Cartas y documentos, pág.364. Oviedo, 1968.


                          Plaza de Feijoo
Feijoo y Oviedo. 
En 1564 sus albaceas testamentarios pidieron bula papal a Gregorio XIII con el consentimiento de Felipe II a fin de fundar la universidad de Oviedo, aunque la institución y el edificio que la albergaría no se inauguró hasta 1608, cuarenta años después de la muerte de su mecenas.

En Oviedo la lengua española se expresó en todo su esplendor gracias a Benito Jerónimo Feijoo, cuyas obras alcanzaron una difusión extraordinaria incluso para los parámetros de nuestra época: sus volúmenes impresos rondaron los 420.000 ejemplares, cifra superior si se computan las ediciones clandestinas que se enviaban a Hispanoamérica.  Feijoo escribió «discursos varios en todo género de materias, para desengaño de errores comunes»,  incluyendo referencias a estampas cotidianas, incluso históricas, de la ciudad de Oviedo, sobre todo de  las supercherías y supersticiones que abundaban entre las gentes de la ciudad durante la primera mitad del siglo XVIII y de las que realizó profunda crítica.
Benito Jerónimo Feijoo nació en Casdemiro (Orense) en 1676. Tras ingresar en la Orden de San Benito en 1690, en el Monasterio de San Julián de Samos (Lugo), en 1709 recaló en el Monasterio de San Vicente de Oviedo, donde desarrolló su trayectoria como profesor y escritor hasta su fallecimiento en 1764. Feijoo fundó el ensayo filosófico en lengua española, conociendo sus obras traducción a otras lenguas como el italiano, el portugués, el inglés y el alemán.
Desde que en 1726 publicara el primer tomo de su Teatro Crítico Universal (1726-1739), el Padre Feijoo se vio envuelto en numerosas polémicas, continuadas en las Cartas Eruditas y Curiosas (1742-1760). Autores como el médico de la corte Martín Martínez y su compañero de orden Martín Sarmiento defendieron a Feijoo en unas controversias que aún hoy tienen interés, en temas como la astrología o la medicina. Especial interés alcanzó una polémica sobre si las mujeres alcanzan o incluso superan en inteligencia e ingenio a los hombres, defendiendo el benedictino en su famosa «Defensa de las mujeres» (1726) la valía del sexo femenino frente a numerosos autores conocidos y anónimos, un tema que  hoy día está de plena actualidad.


Placa dedicada a los héroes del Nueve de Mayo
Oviedo y la francesada. 
 Desde el balcón de correos en la ciudad de Oviedo, el cartero, D. Álvaro Ramos leyó la correspondencia en la que se narraban los detalles de los sucesos del Dos de Mayo de 1808 en Madrid. Es necesario recordar que en esta simbólica  fecha de  Dos de Mayo, el pueblo de Madrid, acaudillado por Daoíz y Velarde, se rebela contra el invasor francés. Si bien es verdad que esta rebelión no triunfa en principio, va a suponer uno de los principales  focos de los que surja la resistencia popular contra Francia. En Asturias prendió con fuerza la rebelión: muchos asturianos habían muerto en Madrid y el pueblo se exaltaba ante la lectura de la correspondencia que detallaba los crímenes.
Encontramos  una relación de los asturianos muertos y heridos en Madrid en Fermín Canella Secades, Memorias asturianas de 1808, Oviedo, Imprenta de Flórez, Gusano y Compañía, Calle de San José, núm. 6, 1908, págs 15-24.
Después de la lectura del correo, con los ovetenses ya enfurecidos, los magistrados y  Nicolás Llano Ponte, Comandante Provincial, pretendieron publicar el bando de Murat. De la Escosura se dispuso a leerlo, pero la algarabía en las calles no le permitía hablar. Frente a la fuente de Cimadevilla, María Andallón y Joaquina Bobela, estallaron en gritos ¡qué no se publique! A partir de aquí, otras personas se sumaron a la indignación, como el médico Reconco o el conde de Peñalva que  lanzaron la consigna : ¡A las armas! Los sublevados rompieron el parche del tambor de la guardia que acompaña al comandante y comienzaron a tirarles piedras a los magistrados que retrocedieron y se refugiaron en la Audiencia. Por un balcón de ésta, el Obispo Hermida procuró sin éxito, calmar a la muchedumbre.

El pueblo de Oviedo seguía reclamando a gritos el bando de Murat para quemarlo. Cada vez más gente se arremolinaba en la puerta de la Audiencia. Una columna de estudiantes y otra de vascos, trajeron las armas de fuego, procedentes del asalto a la fábrica de armas. Tomaron al asalto la audiencia entre gritos de ¡viva la religión! y ¡Viva el Rey!
Comandados por el Procurador General y otros personajes de Oviedo el bando se quemó en el actual parque. A las cinco de la tarde de ese mismo día, se reúnen el pueblo y algunos diputados y entre todos deciden no reconocer más Rey que a Fernando VII y confiarse a la Junta, en lugar de a la Audiencia.
El 25 de mayo, tras golpe de mano de varios patriotas, se produjo la creación de una Junta Suprema que enviaría emisarios a Inglaterra para firmar la paz en nombre de España y aliarse con los británicos, consiguiendo así suministros y armas, además de medios para repatriar a tropas españolas desplazadas por toda Europa en las campañas napoleónicas, como en el caso del regimiento del Marqués de la Romana.  Como señala Ramón Álvarez Valdés en sus Memorias del levantamiento de Asturias  en 1808, esta Junta Suprema ejerce las funciones de soberanía en nombre de Fernando VII, es decir, en nombre de España:

«Nota de las demandas expresivas de la voluntad del pueblo de esta capital [...]
Art. 2.° Siendo la primera medida de salvación la de crear un Gobierno patriótico, enérgico y entendido que dirija con acierto los esfuerzos de los asturianos en resistir la horrible agresión que les amenaza, crea e instituye una Suprema Junta de Gobierno con todas las atribuciones de la Soberanía que ejercerá en nombre de Fernando VII mientras no fuese restituido al Trono, compuesta del patricio D. José María del Busto, Juez primero noble de esta ciudad y de los demás individuos que merecen la confianza del pueblo y se designan en la lista entregada al Sr. Comandante general.
Art. 3.° Esta Suprema Junta no procederá a ningún acto hasta que haya prestado sobre los Santos Evangelios el juramento de fidelidad al Rey y a la Patria y de sacrificar en sus aras la vida, antes que supeditarse a la ignominia de sufrir el yugo de la dominación francesa.»
                        
Estatua de la Regenta a los pies de la catedral. El Oviedo del Magistral.
 En el siglo XIX Oviedo vive los cambios propios de la revolución industrial y la modernización de su paisaje urbano. Todos estas transformaciones, que trascienden el ámbito geográfico y se instalan en las costumbres sociales, fueron recogidas por Leopoldo Alas Clarín. Fiel testigo de estos cambios es el Magistral Don Fermín de Pas, personaje de La Regenta, que desde la torre de la catedral asiste a la metamorfosis de Oviedo.
Leopoldo Alas Ureña, Clarín, describe en esta obra cumbre de la literatura universal, a  Vetusta, «la heroica ciudad», su expansión urbana, su composición social, la moral, las costumbres y a los personajes que la habitan. El plano que Clarín traza de su Vetusta, concuerda con la ciudad modelo, Oviedo.
Don Fermín de Pas es el personaje a través del cuál Clarín describe la ciudad, sus paseos y su estructura, sus virtudes y sus defectos.  El verdadero amor de Don Fermín es Vetusta, eclipsado transitoriamente por la mujer del ex regente. Es Don Fermín quien abre la puerta de Vetusta, y quien nos conduce, primero a vista de pájaro por su fisonomía global, y más tarde a paso de sotana descubriendo una a una sus calles y costumbres. En el prólogo a La Regenta, Benito Pérez Galdós dice  sobre el Magistral: 
«(…) la gran figura del Magistral  D. Fermín de Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen. Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía, como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre, modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz, son de las más bellas de la obra». Benito Pérez Galdós, Prólogo a La Regenta, Madrid, Enero de 1901.
                                         Catedral de Oviedo.  Revolución y Guerra.
 Oviedo no fue ajena a las convulsiones mundiales sufridas durante el siglo XX, viviéndolas con una intensidad inusitada: en 1934 Oviedo fue destruida durante la denominada Revolución de Octubre de 1934, y en la guerra civil de 1936 fue de las primeras ciudades del mundo en ser bombardeada desde el aire, precedente de los destrozos y horrores sufridos por otras ciudades: Londres, Berlín, Dresde, Hiroshima, Beirut, Sarajevo... La ciudad de Oviedo fue así destruida doblemente y con especial énfasis en sus edificios y lugares más emblemáticos: la calle Uría, la Universidad de Oviedo y la Catedral, entre otros, quedaron en ruinas. En total tres cuartas partes de los edificios se vieron afectados y la mitad de la ciudad quedó destruida. Zonas enteras como Buenavista, San Lázaro o el Campillín fueron completamente restauradas y proyectadas desde cero.
Una vez finalizada la guerra, se comenzó la reconstrucción de la ciudad, dando paso de manera paulatina al Oviedo actual. En primer lugar se siguió el plan del Servicio Nacional de Regiones Devastadas, que elaboró un plan de reconstrucción ya en 1940, incluso antes que el plan para Madrid, teniendo Oviedo el privilegio de ser una de las primeras capitales de provincia en ser reconstruida tras la guerra. Germán Valentín-Gamazo elabora un nuevo plan en 1943, con especial énfasis en definir la ciudad según áreas sociales. Paralizado el plan por motivos económicos, hasta 1955 se construyen solares en la zona de Llamaquique para la clase media, mientras las clases populares se asentaron en las zonas de Santullano-Pumarín. Para resolver el problema de la vivienda obrera se modificó el Plan inicial de Gamazo paralelamente al crecimiento de la ciudad, que pasó de 71.000 a 130.000 habitantes entre 1950 y 1970. En 1956, con la Ley del Suelo, se soluciona el problema de acceso a la vivienda. Desde 1965 la permisividad de la altura de los edificios aumenta, erigiéndose construcciones modernas como el edificio de La Jirafa, en el centro de la ciudad.  Poco a poco Oviedo va tomando el aspecto que la caracteriza en la actualidad.


Premios Príncipe de Asturias. Oviedo, cuna de la Hispanidad.
Oviedo, ciudad más antigua de España y cuna de la hispanidad se presenta hoy como núcleo moderno que ha ido configurándose a través de las luchas políticas, sindicales y administrativas a lo largo del tiempo para transfomarse, en los últimos treinta años, en una población que basa su ritmo diario en los servicios, los congresos, los premios de proyección internacional (Príncipe de Asturias) y el turismo cultural de calidad. Oviedo cuenta hoy con los mejores servicios turísticos de Asturias y se convierte en atalaya privilegiada para observar restrospectivamente la historia de los doce siglos de hispanidad . Para satisfacer esas demandas, cuenta con numerosos hoteles, algunos conocidos  a nivel nacional, como El Reconquista, restaurantes, museos, teatros, ópera y diferentes lugares de reunión y esparcimiento
El calificar a la ciudad de Oviedo como «cuna de la hispanidad» queda justificado en el sentido de que fue Oviedo, según se ha interpretado en las páginas anteriores, la ciudad primera o más antigua de las fundadas en España, a partir de la cual se inicia el movimiento expansivo que conformará el cuerpo político de un Imperio Universal. A partir de la batalla de Covadonga, la expansión musulmana queda frenada y después, contraída y neutralizada.
En relación con la Idea de Hispanidad, otro dato de interés es el siguiente: una de las personas que propusieron la creación del Día de la Raza o Día de la Hispanidad, nació y murió en Oviedo, en sitio tan emblemático como lo es San Vicente, donde se fundó la ciudad o Feijoo tenía su celda, &c. Se trata de José María González, alias Columbia.
Actualmente, en Oviedo se celebra una fiesta anual con resonancias hispanas: el día de América en Asturias, en el cual se celebran los lazos de hermanamiento con las naciones hispanoamericanas y se recuerda a los emigrantes.
Entre todos los actos  celebrados en Oviedo destaca el acontecimiento anual de los Premios Príncipe de Asturias. Con ellos se recupera la importancia para España, desde Oviedo, del Príncipe de Asturias y de la Monarquía Hispánica en general, proyectándose una imagen de unidad política en torno a la monarquía.



La Regenta en la plaza de la catedral
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La elegancia francesa de la Cámara Santa.

La estética y la delicadeza de las figuras románicas del apostolado evidencian la influencia gala del taller y del maestro que las realizó.

Los expertos califican de «excepcional» el conjunto escultórico de la nave central, que «nada debe al Pórtico de la Gloria compostelano».

Cruz de los Ángeles, símbolo de Oviedo, en la Cámara Santa http://www.independentrip.com





Depositaria de un tesoro a la vez espiritual y artístico, la Cámara Santa de la catedral de Oviedo nació hace casi nueve siglos como santuario dedicado a albergar las reliquias que, según la tradición, llegaron a Asturias desde Jerusalén huyendo de las dominaciones infieles. Hoy, la Cámara Santa, de estilo románico de influencia francesa, es el tesoro más preciado de la Catedral, sigue recibiendo a centenares de visitantes y mantiene viva la costumbre iniciada por el rey Alfonso VI cuando, en 1075, la visita para asistir a la apertura del Arca Santa, viaje en el que lo acompaña casi toda su corte, además de don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
El viaje del monarca para visitar las reliquias ovetenses iba a ser el germen de un fenómeno que convirtió la capital asturiana en centro de una destacada corriente de peregrinación complementaria de la compostelana. La villa ovetense va a verse beneficiada por un fenómeno que, además de contribuir a su desarrollo comercial, será crucial para la introducción de corrientes artísticas europeas que van a desarrollar el estilo románico que se impone a finales del siglo XII.
Donde hoy está situada la Cámara Santa de la catedral de Oviedo existía un espacio prerrománico vinculado a la torre de San Miguel, un recinto techado a dos aguas con techumbre de madera y algo más alto que el actual. Allí, se realiza hacia 1170, en pleno auge del Románico, una rehabilitación importante promovida por el obispo Gonzalo Menéndez, «Gundisalvo», gobernador de la diócesis entre 1162-1175. El resultado de las obras es una pequeña nave de dos cuerpos con el central adornado con un triple arco fajón y rosetas en los intradoses. Cuenta con bóveda de medio cañón sobre una imposta decorada que recorre tres de las cuatro paredes de la nave.
Pero si algo llama la atención en el pequeño recinto de la Cámara Santa es el conjunto escultórico que forman las seis columnas con pedestal del apostolado. Se trata de una obra excepcional a la que se une el Calvario, situado en el muro de entrada a la nave. Hoy únicamente se conservan las cabezas en relieve al haber desaparecido con el paso del tiempo los cuerpos pintados.
La paternidad del apostolado ha sido a lo largo del tiempo un asunto de interés, ya que han sido varias las opciones utilizadas para poner autor al conjunto. Para algunos, el estilo de las seis columnas-esculturas que representan a los doce apóstoles es similar al que en el Románico temprano se emplea en Borgoña, Normandía.
Gerardo Boto, descendiente de asturianos y profesor de Historia del Arte medieval de la Universidad de Gerona, aprovecha estos días de verano incierto para visitar una vez más la Cámara Santa y reparar en la influencia francesa que aprecia tanto en la estética como en la elegancia de las figuras románicas del apostolado. Ante Agustín Hevia Ballina, responsable del Museo Diocesano, que hace de guía para construir este reportaje, Boto habla del apostolado como un conjunto «excepcional» atribuible a un maestro llegado del otro lado de los Pirineos «que nada debe al afamado Mateo» autor del Pórtico de la Gloria de Santiago.
Sin dejar de elogiar la calidad de las figuras, corrobora la pertenencia de las obras al último tercio del siglo XII, mientras Hevia observa la humanización de los rostros de los apóstoles «que, sonrientes, parecen estar dialogando entre ellos». César García de Castro, acompañante de Boto en el recorrido por la Catedral, suscribe su admiración por el trabajo artístico e innovador que desembocó en una de las más destacadas obras del Románico asturiano.
Aunque no se puede conocer con exactitud cómo se desarrolló la historia que daría paso a tan singular creación, se sabe que desde mediados del siglo XII surge un mayor interés de los artistas por la escultura y la iconografía, en lo que parece haber tenido cierta influencia el taller impulsado por el obispo Gonzalo Menéndez -promotor de la obra arquitectónica de la Cámara Santa- que funcionó como foco de atracción de numerosos artistas llegados de otros puntos de Europa.
En esas etapas de clara influencia eclesial, los artistas trabajaban bajo la dirección de obispos y teólogos, eran los encargados de planificar los programas y elegir los motivos que servían de ornamento a muros de iglesias y monasterios. Un ejemplo claro lo tenemos en los capiteles del apostolado, con un repertorio iconográfico que recoge a escenas de la Biblia.

 Una de las columnas de la Cámara Santa, con las figuras de San Pedro y San Pablo.  Nacho orejas

 FUENTE:  M. S. MARQUÉS.
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