12 de septiembre de 2013

Agosto de 1921 (La Guerra del Rif en Marruecos) y los incidentes en la Montaña Central asturiana.

El agosto de los buitres

 
Los cadáveres de los jinetes del Regimiento Alcántara tras la batalla

La Guerra del Rif, en 1921, provocó graves incidentes en la comarca de la Montaña Central al intentar impedir la Guardia Civil el reparto de publicidad pidiendo la paz por parte de los comunistas

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En el verano de 1921 los rebeldes rifeños, con una organización incipiente, casi sin artillería y sin aviones ni barcos derrotaron al ejército colonial español, mucho más numeroso y mandado por una retahíla de oficiales que ignoraron el peso de sus medallas para correr más que nadie a la hora de la huida, abandonando a su suerte a miles de soldados. La traición de muchos indígenas, tanto civiles como militares, que habían prometido lealtad a la bandera de la metrópoli, unida a una saña salvaje que no reparó en torturas, mutilaciones y toda clase de estupros, sin respetar ni a heridos ni a rendidos, hizo lo demás y el norte de Marruecos se convirtió en un infierno tan lleno de cadáveres insepultos que se llegó a decir que los buitres podían escoger y sólo comían de comandante para arriba.
Siguiendo una costumbre que no hemos perdido, España tardó en reaccionar. Mientras tanto el líder de los alzados, Abd el-Krim, pudo seguir campando a sus anchas, sumando victorias y territorio a su causa. Hasta principios de septiembre no se empezó de verdad a hacerle frente; para entonces los soldados que se habían desplazado a Larache, Ceuta y Melilla pasaban ya de sesenta mil y estaba dispuesto el embarque de más fuerzas de pontoneros y sanidad militar, haciendo que en las calles creciesen los rumores sobre el llamamiento a los reservistas, aunque el Gobierno aseguraba que si esto se producía solo se haría sobre el cupo de reclutas y en cualquier caso su obligación se iba a limitar a guarnecer las plazas peninsulares.
El sentimiento patriótico lo invadía todo, se celebraban fiestas benéficas y actos de apoyo a la guerra en pueblos y capitales al tiempo que se recogía dinero y provisiones para las familias de los combatientes, mientras el Tercio de Extranjeros, o la Legión, si ustedes prefieren su nombre de diario, abría una campaña de enganche en la que se pagaban 300 pesetas por la duración de la campaña -jugando con que no se sabía cuanto iba a durar- y 500 o 700 pesetas para aquellos que firmasen respectivamente por cuatro o cinco años de servicio.
Solo la izquierda del movimiento obrero se oponía a una movilización que previsiblemente iba a acabar diezmando a las familias más humildes. Los comunistas, todavía divididos en dos grupos antes de que en noviembre de aquel año cuajase la unificación en el PCE, dieron a sus militantes la orden de desafiar la política gubernamental repartiendo panfletos en los que se pedía la paz, lo que produjo varios enfrentamientos con la Guardia civil que intentó impedirlo a toda costa. La peor parte se la llevaron los militantes de la Montaña Central cuya sangre corrió el último fin de semana de agosto, cuando se confirmó que un contingente del ejército de reserva se había movilizado para cruzar el estrecho.

El primer incidente se produjo en Mieres cuando el comandante de la Guardia Civil de Murias tuvo conocimiento de que varios individuos procedentes de Langreo se dirigían hacia la villa portando propaganda sediciosa y, según el chivatazo que habían recibido, también armas. Entonces dio orden a los números Gerardo Lastra y Martín García para que se dirigiesen al alto de Santo Emiliano y procediesen a su detención.
Así se hizo, y cuando la pareja llegó a las proximidades del establecimiento de bebidas que regía José Martín, advirtió que cinco individuos se internaban en el local con intención de esconderse, de modo que los siguieron para exigir su documentación. En aquel momento, uno de ellos intentó enfrentarse a ellos sacando su pistola, pero al ver que no era secundado por sus compañeros desistió en su acción y accedió como los otros a entregar sus armas.
Tras efectuar un cacheo, se encontraron cuatro pistolas Star, seis cargadores llenos, un puñal de grandes dimensiones y abundante propaganda subversiva, por lo que los guardias procedieron a detener a todo el grupo y conducirlos carretera abajo hasta Mieres.
Los hechos demostraron que el plan de los detenidos era otro, puesto que a la mitad del camino los hermanos Manuel y Herminio Prieto García se arrojaron por sorpresa sobre la pareja con la intención de quitarles los fusiles, mientras los demás huían por el monte. Los uniformados se resistieron, hubo disparos y los dos hermanos cayeron gravemente heridos, teniendo que ser conducidos en camilla primero hasta la Casa de Socorro y de allí a Oviedo.
Más grave aún fue lo acontecido en el concejo de Aller. Según la información que proporcionó la propia Guardia civil, a las 9 de la noche del domingo salió una patrulla formada por tres guardias segundos con la misión de hacer un recorrido hasta Piñeres, donde por ser día festivo estaba previsto que se concentrase mucha gente y era posible que se repartiesen panfletos llamando a la desobediencia, como se venía haciendo desde hacía un tiempo. De hecho ya se habían producido algunas detenciones por unos pasquines clavados en los postes y árboles de la carretera a Cabañaquinta en los que se llamaba «al crimen, la revolución y la indisciplina».
A las dos y media de la madrugada la patrulla entró en el pueblo y vieron frente al establecimiento de Felipe Castañón a dos individuos sospechosos; al notar que uno de ellos intentaba ocultarse dentro, uno de los guardias lo detuvo y pudo incautarse de la pistola que portaba. A la vez, la pareja que había quedado fuera procedió a registrar a su compañero que trato de huir arrojando otra pistola a un prado.
Entonces todo ocurrió con rapidez: fue alcanzado y mientras uno de los guardias lo sujetaba, el otro se encargaba de buscar el arma en medio de la oscuridad; entonces el sujeto se abalanzó sobre su captor intentando inútilmente quitarle el fusil, luego salió corriendo y a pesar de que le dio repetidas veces el alto, el guardia Serafín Sanz -según la versión oficial- se vio forzado a disparar causándole la muerte. Una vez identificado, el caído resultó ser Dámaso Coto Alonso, de 23 años y minero en Urbiés.
En los días que siguieron, menudearon las detenciones, la censura se intensificó sobre las publicaciones de izquierdas y el 1 de septiembre Lázaro García, secretario de la Federación de Juventudes Comunistas de Asturias, ingresó en la Cárcel Modelo de Oviedo acusado de estar implicado en el reparto de las hojas que se habían repartido entre los soldados animándolos a desertar.
En la otra cara de la moneda, el 8 del mismo mes partió desde la capital de Asturias por ferrocarril el regimiento del Príncipe, con tal diligencia que los preparativos que se habían hecho en algunas estaciones del recorrido para agasajar a los soldados apenas pudieron realizarse.
En Mieres a primera hora de la mañana, cuando estaba previsto que pasase el primer tren, ya se habían reunido en el anden cientos de ciudadanos convocados por los himnos de la banda municipal que había ido recorriendo las calles llevando tras ella a la multitud, pero el primer convoy no se detuvo, a pesar de que los músicos atacaron un pasodoble y los vecinos echaron el resto dando vivas al Ejército y agitando al viento sus pañuelos. Sí lo hizo el segundo, el tiempo suficiente para que sus ocupantes coreasen la «canción del soldado» junto a los vecinos y un grupo de damas que les entregaron los donativos recogidos en la localidad.
Ajenos a este debate, los buitres siguieron engordando a cuenta de los cuerpos de los soldados caídos en África, lo malo es que muchos en vez de plumas llevaban estrellas de general o corbata de político. Nada nuevo.

Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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La guerra del Rif.

 La guerra colonial del Rif.
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El año 1919 se desatan las hostilidades en el norte de Marruecos. España declara una guerra colonial en toda regla a los independentistas que se han hecho fuertes en las montañas del Rif. El ejercito español quiere y necesita resarcirse de las derrotas coloniales que había sufrido a finales del s. XIX. Considera que la distancia está, en este caso, de su parte; no es lo mismo trasladar tropas y pertrechos a Filipinas o a Cuba que hacerlo a las inmediatas costas de África. España afronta el reto dando por hecho que la campaña norteafricana sería corta y brillante pero sus cálculos vuelven a fallar.

Abd el Krim
 

La tenaz resistencia de los rifeños convierte la intervención en una guerra prolongada que acarrea innumerables bajas al ejército colonial. A medida que se prolonga la guerra y se multiplican las bajas, la sociedad va tomando posiciones frente al conflicto que tiene un doble componente: nacional y de clase. La burguesía española se deshace en homenajes a los soldados que son enviados al frente pero hace todo lo posible para que sus hijos no participen en las luchas; quien tiene recursos paga el relevo para que los pobres sustituyan en África a los hijos de los acaudalados. El enfrentamiento armado tiene en Euskal Herria una connotación especialmente dolorosa. Suprimidos los fueros tras las derrotas carlistas, los jóvenes vascos se ven obligados a participar, por vez primera, en un ejército que les resulta ajeno y en una guerra colonial que les es impuesta. La campaña del Rif, con un costo cada vez mayor en vidas humanas, desata un fervor patriotero en el que participan todos los sectores sociales españoles. Esta oleada de imperialismo colectivo se mueve en torno a dos ejes: Los “moros”, personificados en el líder Abd El Krim, son la encarnación de la perfidia y crueldad. Por otro lado, tanto la derecha como la izquierda españolas se posicionan al lado del ejército; la guerra que responde a intereses económicos de las compañías comerciales que explotan el norte de África, es presentada como una lucha en defensa de la unidad nacional.
Los militantes del refundado PNV, lo mismo que los anarquistas y comunistas, adoptan una actitud internacionalista, abiertamente contraria a aquella guerra. Reivindican el derecho que tienen todos los pueblos a ser soberanos; justifican la opción armada de los insurgentes como la única forma posible de liberarse del yugo colonial. Maldicen de la legislación española que, tras la abolición de los fueros, obliga a la juventud vasca a participar en estas guerras coloniales españolas. Hacen un elogio de quienes desertan del ejército para no intervenir en una guerra injusta y clasista. Frente a la total descalificación del “moro”, defienden a los campesinos pobres de Marruecos como militantes activos de una lucha liberadora. Revalidan como admirable y ejemplar la figura de Abd El Krim, líder del levantamiento. Se dotan de una fuente de información alternativa que garantice el punto de vista de los independentistas alzados; el periódico Aberri cuenta con la colaboración permanente de Al- Adul Rabi Arab, periodista marroquí de tendencia nacionalista. En fin, exigen a la Monarquía y al Gobierno del Estado la responsabilidad de tantos jóvenes muertos.
                
Soldados españoles sostienen cabezas de bereberes (amazigh) como trofeo de guerra

Este posicionamiento crítico suscita las iras de gran parte de la población del Estado. El Gobierno persigue el internacionalismo que se manifiesta contrario a la guerra; sus portavoces son multados y reiteradamente encarcelados. La fanatizada sociedad española maldice de ellos. Tienen que hacer frente, de un modo especial, a los continuos ataques que les llegan desde las filas socialistas. Estos, liderados por Indalecio Prieto, se alían con la Monarquía, justifican la guerra y denigran a los desertores.

Rasgos identificatorios
            

Salvadas las diferencias cronológicas y políticas, es interesante constatar los rasgos definitorios de aquel internacionalismo emergente. Aunque ha pasado casi un siglo desde entonces, muchos de sus rasgos tienen vigencia en la actualidad

•La xenofobia subyacente a toda intervención colonial: desprecio a las poblaciones sometidas y desprecio convertido en odio cuando éstas reclaman su independencia. En el caso de la guerra del Rif se reaviva el proverbial odio a los “moros”. Toda intervención internacionalista se asienta, por el contrario, en un gran respeto al oprimido, en la validez de sus reclamaciones y en la justeza de su lucha emancipatoria.

•La vinculación entre los conflictos de clase y de pueblo. Vinculación que se produce cuando se da el acto de conquista y se manifiesta con evidencia en los procesos de independencia. El nacionalismo de Aberri captó con nitidez ambos rasgos. Su internacionalismo fue una respuesta adecuada a las dos problemáticas que se hallaban íntimamente relacionadas y marcó precedentes para el posterior internacionalismo vasco: entre independencia y revolución no hay contradicción.

•El papel alienado del socialismo español. Aunque reivindicaba en aquel tiempo su carácter proletario, se plegó al proyecto capitalista y colonial del Estado. Adoptó una actitud combativa frente a la práctica de la deserción, gesto de insumisión al capitalismo colonial que promovía la guerra. Aunque se reivindicaba como internacionalista, negó a los sublevados el derecho a la soberanía y persiguió a quienes la reivindicaban en el Estado. Lo mismo que ahora, hizo prevalecer por encima de todo la unidad nacional de España.

•Ya entonces, la práctica consecuente del internacionalismo constituía delito. No es de extrañar que los internacionalistas actuales estén continuamente en el punto de mira de la represión.
                       
Fuente: http://www.forocomunista.com
http://www.askapena.org/?q=es/node/290

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