4 de septiembre de 2013

Mario Roso de Luna - I

Roso de Luna y los gobetos.








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Estoy seguro de que ya saben que a los habitantes de Bello, en el concejo de Aller, se les conoce como gobetos. En muchos pueblos sucede algo parecido: los que nacen allí llevan también un mote curioso, pero han perdido la memoria y no saben por qué es así. Hoy vamos a entretenernos en recordar sólo lo de Bello y ya ven qué curiosa es la historia: para buscar la explicación debemos empezar remontándonos nada menos que al Nueva York de 1875.
En aquel año un grupo de aficionados a las ciencias ocultas y al estudio del pensamiento oriental en el que destacaba una mujer excepcional, Helena Petrovna Blavatsky, fundaba allí la llamada Sociedad Teosófica. Su objetivo pasa por hacer una síntesis de lo espiritual, la filosofía, la ciencia y la psicología reconciliando a todas las religiones, sectas y naciones bajo un sistema común de ética fundado en verdades eternas. El movimiento llegó a Barcelona a finales del siglo XIX y desde allí se extendió por toda la Península atrayendo a cristianos desencantados, gnósticos, rosacruces, ocultistas, espiritistas, masones y gentes con diferentes inquietudes por «aquello que está ahí y que no se puede ver».
El más conocido de los teósofos españoles fue el doctor extremeño Mario Roso de Luna, nacido en marzo de 1872 en un pueblo de la provincia de Cáceres llamado Logrosán y que hasta su muerte en noviembre de 1931 llevó una vida inquieta como viajero, periodista, conferenciante, escritor e incluso astrónomo, y llegó a descubrir un cometa que lleva su nombre. Roso fue además un intelectual de prestigio que hablaba con fluidez cuatro lenguas, doctor en Derecho, licenciado en Ciencias Físico-Químicas y también un destacado ateneísta participando a menudo en las tertulias de esta institución madrileña junto a Valle Inclán, Ramón y Cajal, Emilio Carrere, Arturo Soria, Gómez Carrillo e incluso Pío Baroja, pero su actividad como teósofo tras abrazar en 1902 las doctrinas de Helena Blavatsky le cerró el paso a puestos de mayor importancia. Con todo, tradujo al castellano las obras de su maestra y escribió numerosos libros relacionados con lo oculto que por fin se publicaron en su totalidad en 2003. El tomo V de estas obras completas consta de cuatro trabajos dedicados a Asturias: «El tesoro de los lagos de Somiedo»; «Don Roberto Frassinelli. El alemán de Corao»; «Libro de bitácora de mis viajes a Asturias» y «La xana».
La primera de estas obras, «El tesoro de los lagos de Somiedo», una narración subtitulada «Por la Asturias tenebrosa», salió de la imprenta en Madrid en 1916 y está considerada por los entusiastas de estas cosas como el Quijote del ocultismo. Cuenta el relato de un viaje fantástico por nuestra región que Roso de Luna inició en abril de 1912 cuando estaba destacado en El Bierzo, para informar sobre un eclipse de Sol como corresponsal del periódico madrileño «El Liberal» y en sus 544 páginas se desgrana una amplia variedad de historias, tradiciones y leyendas de nuestra tierra acompañados por personajes reales y otros de ficción, pero el texto siempre tiene el fondo de las enseñanzas misteriosas que predicaba el teosofismo.
En su búsqueda del tesoro, que finalmente y contra todo pronóstico encuentra al final de su novela, Roso llegó hasta la Cuenca del Nalón. Lo hizo en tren y a juzgar por lo que escribe, la zona le agradó desde un principio: «A la vista tuvimos bien pronto el bosque de chimeneas de los altos hornos de La Felguera y de Langreo, que ya forman con Sama una sola población, lindísima por sus quintas, su parque, su Ayuntamiento, su teatro Vital Aza y sus aguas sulfurosas de Lada» y aquí tuvo ocasión de conocer las minas «las célebres explotaciones del duque de Rianzares; las de Herrero y Compañía; las de Entralgo, Figaredo, Caudín, La Mosquitera, los cokes de Delbroukc y de Gándara, la Metalúrgica belga? La Señorita, La Colasa, El Carbonero y El Molinuco».
Poco importa que el autor haya bailado alguna letra en el apellido de Riansares o en nuestros pozos más emblemáticos o que haya llevado hasta el Nalón algún pozo del Caudal, el caso es que estuvo aquí, se informó e incluso pido bajar a un pozo -El Molinuco-, donde le impresionó «la angustia del descenso... después la triste impresión de aquellos caballos infelices de las vagonetas, llevados por verdaderos diablos y condenados allí abajo a perpetua noche» y por supuesto la dureza del trabajo minero que le hace preguntarse al volver a la superficie «¿tendría razón Mahoma al prohibir que el hombre arañe, desgarre así las entrañas de la madre Tierra? No lo creía, pero yo al menos no sería minero por nada del mundo».

                                                              Roso de Luna y su esposa  
    
Más amable fue su conocimiento de Laviana, que visitó en vísperas de las fiestas de San Pedro y San Pablo para poder ver una buena danza prima e incluso una boda «de rumbo» en Tiraña. Allí -sorpréndase- coincidió con Juan Uría Riu, que luego se convertiría en el mejor de los historiadores asturianos y entonces aún era un jovencísimo investigador que recorría los pueblos a caballo recopilando las informaciones en las que trabajaría toda su vida. Uría se dedicaba en aquel momento a buscar por las tierras altas del Nalón a las familias más antiguas para medir sus índices cefálico, nasal, frontal, facial? y determinar así las características de la raza astur.
Como ven, cuando hace algunos años los gobernantes vascos encargaron un trabajo similar para determinar las peculiaridades de los euskaldunes, no estaban inventando nada, pero para nosotros lo verdaderamente sorprendente -recuerden que hablamos de las Cuencas y de la primera década del siglo XX- eran las conclusiones a las que estaba llegando Uría Riu y que coincidían con un trabajo anterior de Juan Menéndez Pidal sobre las gentes de Pajares y el Huerna: en Asturias convivían individuos de origen celta junto a otros de pura raza aria. Siguiendo esta idea, a Roso le interesaba más la mitología que las características físicas de los paisanos y en un momento de la conversación, hablando de símbolos y animales mágicos, cita a las vacas como animales pródigos en leyendas -«las celestes vacas», escribe él- y pone en boca de Juan Uría la explicación de por qué a los naturales de Bello se les llama gobetos.
Seguro que les interesa: «Se cuenta que una yegua y una vaca de cierto vecino de Bello parieron en una misma noche, muriendo enseguida la yegua y la cría de la vaca, por lo que el buen vecino se obstinó en que la vaca criase al potrito, para lo cual untó a éste con cenoyo y manteca fresca y para persuadir a la vaca, le cantaba:
"¡Quiérelu gobeta, / que to fichu ye; / tiene las patas chargues / y val paqué / el pescuiyu rollizu / y el reu matuché? / gobeta, eh!"».
Pero Roso de Luna no tarda en buscarle una interpretación teosófica a la leyenda. Ahora, prepárense: «?Creo ver en la yegua muerta a la sepultada Atlántida, en su potro, a los muchos atlantes perversos que en el mundo aún imperan; en la vaca, a la consabida vaca lunisolar, y en su ternera, a la sacrificada ternera de Parvati, símbolo de la Tierra, o mejor dicho, a las gentes de la Buena Ley primitiva que han desaparecido del mundo». Dense cuenta, y los alleranos llamando gobetos a los de Bello, como si tal cosa?
En fin, el capítulo sigue contando la animosa charla de los dos amigos que se detienen a continuación a comentar las leyendas del pozu Funeres y del padre Adulfo, que se cuenta en Caso, pero ésas ya no se las resumo porque no queda espacio y además si les llaman la atención estas cosas lo mejor que pueden hacer es buscar «El tesoro de los Lagos de Somiedo», que les recomiendo para pasar unos buenos momentos de lectura.
En cuanto a Roso de Luna, a pesar del éxito que tuvieron en aquel momento sus libros y del esfuerzo que siempre mantuvo por divulgar sus teorías, nunca logró que el número de teósofos españoles fuese numeroso y de hecho en Asturias se limitó a un puñado de entusiastas que se reunieron en la zona de Llanes. Sin embargo, últimamente las sociedades que se reclaman herederas del pensamiento de madame Blavatsky se multiplican por todo el mundo con diferentes nombres y sus obras no dejan de reeditarse y además, después de décadas de olvido, gracias al empeño de Esteban Cortijo, un hombre que se ha dedicado por entero a recuperar su obra y su biografía, Roso ha vuelto a ponerse de moda. Ahora, si nos hablan de estas gentes, ya sabemos que también dejaron su huella en las Cuencas. Y es que aquí hubo de todo.

Ilustración de Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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Avilés y Mario Roso de Luna.

Mario Roso de Luna nació en Logrosán (Cáceres) el 15 de marzo de 1872. En 1894 se doctoró en Derecho y en 1901 se licenció en Ciencias Fisicoquímicas. Aficionado desde joven a la Astronomía, descubrió en 1893, en la constelación Auriga, el cometa bautizado con el nombre de Roso de Luna, y también otra estrella. En 1894 inventó un aparato de astronomía popular llamado Kinethorizon, que reproduce el aspecto del cielo por medio de la electricidad y por el que se le concedió la cruz de Carlos III. Impartió cátedras de Matemáticas y de Castellano en París y Ostende. Es autor también de la rectificación científica del itinerario romano de Mérida a Zaragoza y descubrió varios yacimientos prehistóricos e inscripciones romanas. Fue miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia.
Apasionado investigador de lo oculto, la lectura de las obras de Helena Petrovna Blavatsky le llevó a convertirse en 1902 en seguidor de la teosofía, doctrina que alcanzó cierta relevancia en aquellos tiempos. El 'mago de Logrosán', como era conocido en la época, miembro del Ateneo de Madrid y masón, fundó la revista 'Hesperia', dirigió la Biblioteca de las Maravillas y recorrió gran parte de Europa y de Hispanoamérica como conferenciante y divulgador de la teosofía. Como escritor, además de su obra periodística, es autor de más de veinte libros, entre los que se pueden mencionar: 'En el umbral del misterio', 'La ciencia hierática de los mayas', 'Por el campo de la electricidad', 'Las gentes del otro mundo', 'La Atlántida, continente histórico', 'Simbolismo de las religiones', 'De Sevilla al Yucatán', 'El libro que mata a la muerte', 'Del árbol de las Hespérides', 'Beethoven, teósofo', 'Wagner, mitólogo y ocultista' y 'El tesoro de los lagos de Somiedo'. Falleció en Madrid el 8 de noviembre de 1931.
Extraño libro
En abril de 1912 Roso de Luna viajó a la comarca leonesa de El Bierzo, como corresponsal del periódico madrileño 'El Liberal', para informar de un eclipse de sol que había congregado a un gran número de investigadores y curiosos. Allí trabó amistad con un curioso y culto asturiano que le invitó a recorrer el Principado en un viaje en el que se mezclan la historia, la leyenda, la mitología, el ocultismo, los personajes reales y los de ficción.
Fruto de esa aventura nació 'El tesoro de los lagos de Somiedo', narración ocultista subtitulada 'Por la Asturias tenebrosa', que fue publicada en Madrid en 1916, como primer tomo de la Biblioteca de las Maravillas. Esta extensa obra, de 544 páginas, fue reeditada en 1980 en Madrid (en edición facsimilar) y en Gijón, esta última con prólogo de Juan Cueto Alas. Los críticos Julio Casares, en 1919, y Julio Somoza, en 1927, valoraron negativamente la excesiva extensión del libro y las disparatadas teorías teosóficas del autor. La obra, aunque efectivamente resulta de farragosa lectura, no carece de cierto interés y en ella se habla de Avilés.
Estancia en Avilés
Roso de Luna narra en el libro 'El tesoro de los lagos de Somiedo' su paso por la villa avilesina de la siguiente manera: «Estaba, pues, en la histórica Avilés, la 'Abilies' ibérica, émula de la segunda de las Columnas de Hércules, derivada acaso de la misma palabra que la romana 'ávula' o 'avecilla', o más bien de algún desconocido nombre 'zoela', que diría Fernández Guerra; la ciudad de las primitivas leyes estampadas en 'tesseras' de bronce y, siglos más tarde, del famoso Fuero Municipal, que data nada menos que de 1085 y fuese confirmado en 1155 por Alfonso VII, el Emperador (...) Estaba, digo, en la ciudad que llegara en su libérrima y patriótica autonomía a llamarse república en sus acuerdos municipales, y tuviese a grandísima gala el que sus vecinos, según Fuero, no pagasen desde el mar hasta León portazgo ni pontazgo».
«Así pensaba, dando unos paseos por su grandioso Bombé, el parque mejor de todo el Principado robado a la duna que va por el Espartal, camino de la célebre ría de 'Neba' y 'Noega', o San Juan de Nieva, dominada por el roquero castillo de Gauzón.
Mientras, organizaba mi pequeño programa de visita al Archivo Municipal para ver el discutido pergamino del Fuero; las iglesias bizantinas y gótico-primitivas de Baragaña, Santo Tomás de Sabugo, Capilla de los Alas, el ex convento de San Francisco, cuanto a media docena de casonas nobiliarias y a otras varias bellezas arquitectónicas, minuciosamente descriptas en la 'Historia' inédita de David Arias, sin olvidar tampoco los Caños, el Hospital de San Juan, la Malatería de la Magdalena, Puente de San Nicolás y el Cristo de Galiana, patrono de la villa...».
Posteriormente viajó en tranvía hasta el puerto de San Juan de Nieva y la playa de Salinas, donde gozó de una hermosa puesta de sol desde la Peñona. Y continúa su relato: «Mi hotel (se trata, sin duda, de la famosa fonda La Serrana) tenía a la sazón bastante gente, y estaba cerca de la iglesia de San Nicolás, donde antes había visto el sepulcro de don Pedro Méndez (Menéndez) de Avilés, conquistador de la Florida, que siguiera las huellas de mi paisano Ponce de León. Esperé, pues, para cenar, a que fuese más tarde y sólo quedasen en el comedor un grupo de toreros que se disponían, creo, a inaugurar al otro día una plazucha de madera en Grado, y dos o tres personajes más, perfectamente anodinos, mientras yo me iba al otro lado. Allí, a poco de haberme sentado, reparé en una mujer, solitaria también, y la que, no sólo no era
Como el milagro de la tía Andrea,
que es de Avilés, y, sin embargo, es fea
que dijo el pícaro de don Ramón de Campoamor, sino que me pareció tan maravillosamente hermosa, como ninguna de las hijas de Eva que tenía vistas en mi vida».
Con esta bella mujer partió Roso de Luna en automóvil, al día siguiente, camino de Grado, y el viaje se convirtió en una auténtica aventura onírica en la que aparecen los bosques encantados y las 'xanas' de la mitología popular asturiana.
 El parque de Muelle construido sobre el antiguo paseo del Bombé. / ARCHIVO NARDO VILABOY

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