6 de septiembre de 2013

Mario Roso de Luna - II

Escuchando a Roso de Luna.

El teósofo extremeño impartió en marzo de 1921, en la comarca de la Montaña Central, un ciclo de exitosas conferencias, en las que divulgó sus creencias.


Ya les conté en otra ocasión el viaje que Mario Roso de Luna hizo por Asturias en 1912 (ver artículo del 4 de septiembre de 2013) y que se plasmó años más tarde en su libro «El Tesoro de los Lagos de Somiedo». Les dije entonces que pasó por Laviana en vísperas de las fiestas de San Pedro y San Pablo donde pudo ver bailar la Danza Prima y también asistió a una boda en Tiraña, coincidiendo con el etnógrafo Juan Uría Riu.
Supongo que ya lo saben, pero por si acaso les recuerdo que Roso de Luna fue un sabio para unos y para otros un alucinado, aunque incluso estos últimos no pueden ignorar que tuvo uno de los cerebros más privilegiados que ha dado este país. Aquellos que juzgan a las personas por su currículo lo tienen fácil porque don Mario fue licenciado en Ciencias Físico-Químicas, Derecho y Filosofía y Letras, y destacó en Astronomía, Historia, Literatura y Arqueología
Iba a escribir ahora que no se le recuerda por nada de esto, pero no es verdad, ya que sus trabajos sobre algunos yacimientos de la tierra extremeña en que nació siguen teniendo aún mucho interés científico y a su estudio de los astros se debe el descubrimiento de dos estrellas y varios cometas, uno de los cuales lleva su nombre. El caso es que aún teniendo en cuenta este historial, su figura siempre se une a una discutida escuela de pensamiento, que últimamente cuenta ya con muy pocos seguidores, pero que en la primera mitad del siglo XX se hizo muy popular en España, precisamente gracias a él: la Teosofía,
Hoy vuelvo a este interesante y querido personaje para detenerme en la visita que hizo a la Montaña Central en marzo de 1931 con la intención de divulgar sus creencias impartiendo un ciclo de conferencias. La gira, según se lee en el Boletín Mensual del Ateneo Teosófico debía seguir el calendario que les expongo, con los temas correspondientes a cada día: el 9 de marzo en el Ateneo de Mieres: «Realidad e ideal». El 10 de marzo en el Ateneo de Turón: «La visión del hombre en la vida». Al día siguiente en el Ateneo de La Felguera: «Los obstáculos tradicionales en la marcha eterna del progreso». El 12, en el mismo lugar: «Filosofía y Astronomía». El 13, de nuevo en el Ateneo de Mieres: «Positivismo, Espiritismo y Teosofía».
Ya fuera de los valles mineros, tenía que estar el 14 de marzo en el Ateneo de Gijón para disertar sobre «Las Internacionales y las patrias» y el 15 en el de Ribadesella con este título sorprendente: «Anhelos ultratelúricos, las pretendidas comunicaciones con el planeta Marte». Después se trasladaría hasta Cantabria, para cerrar su gira con otras 4 conferencias.  

      

Revisando la prensa de la época, se ve que el título de algunas charlas se alteró sin mayor problema, pero ese es un detalle que pasa desapercibido al lado de los elogios que recibió el conferenciante y del cariño con el que fue recibido por unos vecinos, en su mayor parte obreros o comerciantes, que llenaron las salas para oír hablar sobre unos temas que en principio no parecen demasiado amenos y que sin embargo lograron sistemáticamente una acogida extraordinaria.
Veamos un resumen de las crónicas que los diferentes corresponsales fueron enviando al diario El Noroeste en aquellos días, empezando por el acto del 9 de marzo de 1931 en Mieres: «Nuevamente hemos tenido la satisfacción de escuchar desde la tribuna del Ateneo la docta palabra del eminente teósofo don Mario Roso de Luna, el que existía gran interés por volver a oír en Mieres, como lo prueba la gran concurrencia de ateneistas que llenó el salón del Teatro Novedades en la tarde del lunes. Presentó al conferenciante, con palabra fácil y acertada, el entusiasta directivo don Mario Menéndez?Seguidamente se levanta a hablar el señor Roso de Luna, que es acogido con una ovación. Recuerda la última vez que habló al público mierense hace año y medio, y comienza con la frase «Decíamos ayer»... Con la amenidad y elocuencia en el características, entra en el tema «Realidad e ideal: La misión del hombre en la vida». Pinta con vivos colores el materialismo grosero de quienes viven alejados de todo ideal, siendo esto indispensable para el desarrollo de la misión que el hombre debe cumplir en la vida.
Cita algunas anécdotas que son muy celebradas? censura al clero, que dice utiliza la religión para contribuir a la falta de coordinación que hay en el mundo. De este defecto adolece también la prensa derechista que se dedica a fomentar discordias y partidismos internacionales. Acerca de la práctica de la religión dice que en lugar de los pastores cuidar a las ovejas, lo que hacen es devorarlas. Trata de los misterios y dice que en vez de imponerlos como dogmas deben escudriñarse para buscar el germen de las grandes verdades olvidadas. Termina el señor Roso de Luna su interesante oración abogando porque todos laboren por la unidad ideal de los hombres, a fin de lograr el renacimiento de España. Tanto al final como durante su bella conferencia, recibió el notable profesor nutridos aplausos».
Y el día 10, en Turón: «Don Mario Roso de Luna ¡Por fin! el sabio, el hombre todo cívico por excelencia, el cantor de la Libertad, don Mario Roso de Luna, por segunda vez da una lección de cultura cívica al pueblo obrero de Turón en el que cuenta con fervorosos discípulos e infinidad de admiradores. Más de una hora de fogosa y cautivadora oración; con sus parábolas, con sus anécdotas, con sus cánticos a la Libertad, confortaron el ánimo ciudadano del auditorio numeroso que llenó plenamente el amplio coliseo. No nos es posible seguir frase por frase la conferencia; fue algo que se escapa de nuestra capacidad perceptiva; no tuvimos un instante de divagar; solo éramos todo atención a sus palabras; se nos hacía imposible perder una para regalo de nuestro espíritu; repetidamente su palabra arrancó unánimes aplausos».
No sabemos si el calendario se cumplió en La Felguera con dos conferencias o solo hubo una, porque aunque en los diarios se lee el anuncio de la primera para el miércoles 11 en el cine París, en El Noroeste se informa de que: «El jueves se inauguró el ciclo de conferencias organizado por el Ateneo de esta villa, con una muy notable del ilustre teósofo y astrónomo, don Mario Roso de Luna?acerca del tema 'Astronomía y Filosofía'. La disertación del distinguido conferenciante fue una de las más amenas e interesantes que escuchamos en nuestro primer centro de cultura, pues Roso de Luna habló en un tono científico pero tan claro y sencillo que era asequible a las inteligencias menos preparadas. Relacionó la Astronomía y la Filosofía, señalándolas como ciencias importantísimas para estudiar todos los progresos humanos, demostrando que la ignorancia de aquéllas ha sido el origen de muchos equívocos en el orden social y político. Intercalando en su peroración curiosas anécdotas, supo vulgarizar el ilustre escritor cuestiones de indudable trascendencia. Al terminar recibió muchísimos aplausos y felicitaciones».
Y otra vez en Mieres, al día siguiente, viernes 13, como estaba previsto sobre «Positivismo, Espiritismo y Teosofía». «Hallábase el Salón Novedades atestado de público, formado por socios del Ateneo y sus familiares? De la magnífica disertación de don Mario Roso es imposible dar idea exacta en la obligada brevedad de esta reseña. El ilustre profesor escuchó muchos aplausos y recibió numerosas felicitaciones después de su brillante peroración».
Los teósofos creen en la comunicación con los espíritus y en la reencarnación y se ha contado que cuando Murió Roso de Luna, su hermano se dirigió a la doliente multitud que acompañaba al cadáver para tranquilizarlos diciéndoles que no llorasen: Mario se había comunicado con él y estaba feliz porque ahora había renacido siendo gallo en Madagascar. Seguramente tampoco le hubiese importado ser un raitán en Mieres o en La Felguera.

Ilustración de Alfonso Zapico.
 

FURNTE:

Mario Roso de Luna


           
http://www.vopus.org

Teósofo, Escritor, Artista y Músico

“Para los heterodoxos, Roso de Luna era un hombre de enorme peso intelectual. A lo largo de su intensa y fecunda vida dio siempre muestras de una gran generosidad de espíritu, lo que le llevó a dedicar buena parte de su trabajo a la divulgación científica.”
Nació un 15 de Marzo de 1872 y murió el 8 de Noviembre de 1931. Fue hijo único y tuvo marcada influencia en su educación, aparte de su madre, de dos tías solteronas y de sus tíos Mario y Manuel, poeta y músico el primero, y astrónomo el segundo, profesión esta a la que le hubiese gustado dedicarse como lo demuestran descubrimientos y estudios celestes, unos reconocidos y otros no. Cierra el círculo de las influencias familiares el novelista Felipe Trigo, casado con una prima suya, a quien nunca hizo caso en lo relacionado con dar un giro a la temática de sus libros.
A los 17 años sufrió una especie de meningitis de la cual se recuperó, ya desahuciado, tras un encuentro prodigioso y que narra en sus “Memorias Intimas”, incompletas e inéditas todavía.
La bibliografía rosoluniana, abarca un total de 22 obras mayores pertenecientes a sus “Obras Completas”, cuatro libros aparte, y múltiples opúsculos (novelas cortas y conferencias) que junto a la gran cantidad de trabajos aparecidos en la prensa de la época ya como colaborador o redactor fijo, constituyen por su volumen y variedad un impresionante esfuerzo por conocer primero, y divulgar después, no sólo las ideas espirituales del hombre moderno sino también los descubrimientos científicos y tecnológicos recientes a favor de la idea de Auto-Realización individual y de progreso social.
En la “Biblioteca de las Maravillas”, colección de libros teosofistas y entre los que se encuentra “El Libro que Mata a la Muerte”, nos habla de la Naturaleza y sus recónditos misterios: cavernas encantadas, ciudades subterráneas, tesoros ocultos guardados por dragones, la vida en la cuarta dimensión y los seres que la pueblan, etc; como buen filólogo daba a sus expresiones una forma mítica.
En “El Tesoro de los Lagos de Somiedo”, se convierte en autor natural del principado de Asturias, con personajes tomados del natural, descripciones paisajistas y citas arqueológicas y astronómicas. Habla además, en esta obra, de la catástrofe Atlante, de Dioses y de la Kábala de la Asturias medieval. El Viaje Astral queda manifiesto en “De Sevilla a Yucatán”, haciendo en él interesantes revelaciones sobre el continente Atlante. Y el estudio étnico-mítico de las razas queda expuesto en “De Gentes de otro Mundo”; su amor por la música en los libros sobre Beethoven y Wagner: “La importancia de la Música se debe a su labor de modelar el Alma Humana con un lenguaje Universal”. Su antimilitarismo en “La Humanidad y los Césares”: “La humanidad encumbra a los Césares que la oprimen y crucifica a los que la redimen”. En 1905 realizó el proyecto de una escuela modelo para la educación y enseñanza de niños anormales, demostrando así su preocupación por los temas sociales. Hizo un análisis profundo de los mitos y leyendas españolas en “El Arbol de las Hespérides” y en el 2º Tomo de sus “Conferencias Teosóficas en América del Sur”.
Sus obras desaparecidas ya de las librerías y las reediciones lentas, hacen que el haber leído una de sus obras se convierta en toda una aventura y un descubrimiento intransferible.

 (Mario Roso visitando familiares en Trujillo - facilitada por Mª Teresa P. Zubizarreta)

FUENTE:  Editor VOPUS
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Mario Roso de Luna "filosofía para la vida"
http://filosofia.nueva-acropolis.es

Generalmente, todo hombre que tiene una idea fija acaba convirtiéndose en extravagante para los demás. Lo mismo da que sea vegetariano, espiritista, teósofo, naturista…
Esta frase del propio Roso de Luna define muy bien el carácter del librepensador y cómo es visto por la sociedad que le ve crecer. Roso de Luna fue un “extravagante” de su época, un autodidacta enamorado del saber, un filósofo amante de la verdad, y sufrió y fue feliz por ello.
Gracias al trabajo de investigación de D. Esteban Cortijo, podemos acercarnos a la vida y obra de Mario Roso de Luna, un erudito, escritor prolífico, orador, ateneísta, editor, astrólogo, etc., un hombre del Renacimiento en los comienzos del siglo XX.
Su fidelidad a la que reconoció como su Maestra, Helena Blavatsky, y sus investigaciones en el terreno de la filosofía hacen de Roso de Luna un personaje imprescindible para comprender los primeros y tumultuosos años del pasado siglo en España. Vaya desde aquí nuestro homenaje a tan notable personaje.
Mario Roso de Luna nació el 15 de marzo del año 1872 en Logrosán, pueblo de la provincia de Cáceres, y murió a los cincuenta y nueve años en Madrid, el 8 de noviembre de 1931.
Su padre se llamaba José Roso y Bober, ingeniero nacido en Vinaroz (Castellón), que llegó a Logrosán para trabajar en el ferrocarril y, más tarde, en las minas de fosforita que por entonces se explotaban.
Su madre fue Jacinta de Luna y Arribas, nacida en Cabeza del Buey (Badajoz). Un dato que encierra un particular interés es, sin duda, el hecho de que fue su madre quien se encargó de su educación, y con relativa frecuencia nos recuerda las lecturas que le hacía de niño y las que posteriormente le comentaba y ampliaba cuando él supo hacerlo.
Roso estuvo en la escuela durante seis años, pues a partir de los catorce años estudiará por su cuenta en casa, sin profesor, una vez que pasó sus exámenes reglamentarios. Poco antes, exactamente en 1889, teniendo diecisiete años, sufrió una meningitis que le puso al borde de la muerte.
Quiso estudiar la carrera de Ingeniero de Caminos, aunque su familia le orientó hacia la abogacía. En efecto, en 1890, con dieciocho años, se matricula en Derecho, y cuatro años más tarde se doctora. Como abogado fracasa, según él por altruista, honesto e insobornable.
Fue la madrugada del 5 de julio de 1893, estudiando asignaturas de su carrera, cuando descubrió el cometa que lleva su nombre en todas las cartas astronómicas del mundo. La primera noticia del descubrimiento se publicó en el diario El Imparcial, en un artículo escrito por el director del Conservatorio de Madrid, Sr. Merino, que mandó copia a París y Kiel. Este artículo fue el que posibilitó después reconocerle a Roso de Luna la prioridad del descubrimiento, pues un astrónomo norteamericano lo descubrió el día 8, y uno francés el día 9.
El único comentario que se le ocurrió hacer, teniendo en cuenta su fracaso como abogado fue: “La astronomía y los cielos me dieron entonces lo que me negara la tierra; la dicha inenarrable de un descubrimiento científico”.
En el año 1899, cumplidos los veintisiete años, se casó con Trinidad Román en el pueblo de esta, Miajadas (Cáceres). Su noviazgo fue rápido y comenzó el día en que Roso vio a su futura mujer en las fiestas de Logrosán. Tuvieron dos hijos; el primero fue una niña llamada Sara; después nació un niño llamado Ismael. Sara será la mejor discípula de su padre, siendo modelo de mujer culta y de noble corazón, en una época en la que las mujeres eran consideradas inferiores y totalmente sujetas al hombre, ya fuera padre o marido.
En 1896 Mario Roso era el representante de la Cruz Roja en Extremadura. Y en 1898 viaja a París llamado por Toro y Gómez para colaborar en la realización del Diccionario Ilustrado de la Lengua Castellana. La Diputación de Cáceres, ante las cualidades tan destacadas de Roso le concedió una ayuda de estudios, y en el año 1901 se licencia en Ciencias Físicas.
A partir de ahora, empieza otra etapa en la vida de Roso de Luna. Fue en 1903 cuando trabó contacto con las doctrinas de Helena Petrovna Blavatsky –fallecida en 1891–. A partir de este año, dirá que se vio irremisiblemente arrastrado hacia su amada maestra.
Él mismo dice: “Conocí la teosofía en abril de 1903 e inmediatamente la hice connatural con mi vida misma, emprendiendo una labor intensa que si al exterior se encierra en los diversos artículos filosóficos publicados desde entonces, en el interior ha sido algo así como la revelación de que mi destino entero y mi éxito o mi fracaso se cifra por completo en ella”.
Antes de mudarse a Madrid, dedicaba horas enteras a prácticas científicas en el patio de su casa (este es el principal motivo de que sus paisanos le denominaran el Mago Rojo de Logrosán).
Es 1904 la fecha de la muerte de su padre y de su traslado a Madrid con su mujer y sus dos hijos. De su hogar extremeño, como él mismo dirá, solo trae la ciencia, el arte, su alma y un puñado de tierra. Y estos son los cuatro puntos cardinales de su vida.
A partir de su llegada a Madrid, Roso sigue dedicándose con verdadera pasión al estudio de las obras de teosofía, pero no se limitaba a ellas, sino que a la vez profundizaba constantemente en historia, astronomía, química etc., con la pasión y provecho de un autodidacta.
Mantuvo siempre una enorme dedicación Roso a la guitarra y al piano, que le ayudaron a mantener su pasión por la música. Fue un prolífico escritor de innumerables libros y artículos para revistas de todo tipo, y se puede disfrutar de su obra completa en la actualidad.
Desde 1904 está afiliado a la Sociedad Teosófica de Adyar, fundada en 1874 por H. P. Blavatsky. Y como tal miembro, debido a su preparación filosófica y científica, se le llama desde Buenos Aires a dar unas conferencias, en sustitución de Annie Besant, cosa que llevará a cabo de inmediato en 1909. Se embarcó pronto, recordando el pasado conquistador de los extremeños, dispuesto a una conquista espiritual más anónima y menos cruel de los habitantes del Nuevo Mundo y cuyo efecto más constante es el recuerdo que de él tienen aún en Sudamérica y los dos tomos de su obra Conferencias teosóficas en América del Sur, que publicó al concluir su viaje. Argentina, Chile, Uruguay y Brasil fueron los países que se beneficiaron de su enorme erudición y su brillante oratoria. Manuel Sánchez Pizjuán dijo de él: “No enumera, narra; no impone criterios, expone doctrinas; no imita a nadie, copia su propio estilo”.
Como conferenciante tenía un gran éxito donde quiera que fuese llamado, ya en Madrid, Sevilla o Barcelona. Para dar una conferencia sólo precisaba que le dejasen reflexionar quince minutos sobre el tema. Y su elocuencia era tal que muchos que acudían a oír sus disertaciones con ánimo de criticarlas salían desconcertados, reconociendo lo fundado de sus opiniones por más contrarias a sus principios que pareciesen.
Según relata el mismo Roso en una entrevista que tuvo con Annie Besant de la que no salió muy complacido, narra cómo del imperceptible roce de los anillos de ambos apareció un resplandor extraño que les hizo mirarse en silencio con una interrogación en los ojos que ninguno intentó verbalizar.
Siguiendo con la astronomía, la noche del 8 al 9 de junio de 1918 descubrió, antes que ningún otro astrónomo europeo, la última estrella temporaria aparecida entre las constelaciones del Águila y de la Serpiente, pero el entonces director del Observatorio de Madrid, Sr. F. Íñiguez, retrasó la noticia llevado por su disparidad filosófico-religiosa con Roso.
En 1931 fundó con sus compañeros de la rama Hesperia el “Ateneo Teosófico”, que conoció durante los meses que duró su presidencia un gran apogeo, al recibir a los personajes de todas las tendencias y establecer con ellos discusiones y conferencias públicas. Como tantas otras cosas, la guerra civil terminó con este club del libre pensamiento. También escribió numerosas obras que reunió bajo el nombre de La Biblioteca de las Maravillas.
Le negaron una cátedra prometida anteriormente por el Ministerio de Instrucción Pública, aun estando refrendada por trescientos catedráticos y ateneístas de prestigio. Uno de los ministros que negó tal concesión dio como única razón que Roso era budista. Cuanto tengo de budista –le replicará– es lo que él de moro, de hotentote o de indio.
Sin embargo, Roso de Luna era en general bien considerado en el mundo cultural de su tiempo. Fue citado por Menéndez y Pelayo como el mejor estudioso y explorador científico en Extremadura. Y entre otros personajes ilustres, era amigo de Bonilla y San Martín. Alterna en esta época de su vida las conferencias, los escritos (sobre todo, comentando las obras de H.P.B.) y las charlas en el Ateneo con los intelectuales de la época. A esas charlas acudían Valle-Inclán, Cajal, Emilio Carrere, Arturo Soria, Gómez Carrillo, etc. Con Pío Baroja se veía a veces.
Para todo el mundo tuvo siempre abiertas las puertas de su casa; vagabundos y bohemios, todos eran bien recibidos, con temor a veces de su pobre mujer, que no podía por menos que extrañarse al ver cómo su hogar se convertía en consultorio o puerta de convento.
Otra de sus cualidades fue la serenidad ante la muerte. No quiso lágrimas ni luto. El lunes, 2 de noviembre de 1931, cayó en la cama y ya no pudo ir ese día de reunión. Pidió que llamaran al Dr. Alfonso, y con los auxilios de este, se recuperó rápidamente e incluso quiso levantarse. El sábado recayó, y el domingo por la tarde cambió bruscamente su enfermedad, se puso muy grave y a las doce de la noche, sereno y tranquilo, murió. Las últimas palabras que pronunciara Roso antes de morir fueron un verdadero mensaje de amor y entrega a lo que fue su ideal durante toda su vida. Ante la tristeza de su familia y amigos, solo les decía:
Ningún hombre es indispensable. No me lloréis. De una sola manera honraréis mi memoria: ¡continuad mi obra…! ¡Superadla!
 
FUENTE:  JOSÉ CARLOS CORREAS


  

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